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A veces pienso que nunca salí de aquel bosque.

Salí del pueblo para continuar mis estudios. Los terminé. Me casé. Y qué difícil aceptar que la mujer amada, un día, te dice que tú no eres el hombre con el que ella soñaba.

Para distraerme y evitar la soledad, me inscribí en un club de senderismo. Caminar y fijar la mirada en los claroscuros de una enramada o en el perfil de la serranía. El silencio profundo del monte. Pero al ver tanta belleza, no evitas que llegue la imagen de ella. Te invaden los recuerdos.

El búnker del abuelo era inaccesible. Pero más grande era mi curiosidad. Admiraba un cuadro de tonos oscuros que contenía un bosque de pinos iluminado por la luz de la luna. En un claro, una mujer espigada, con vestido rojo y entallado, tocaba el violín. Tenía los ojos negros y vivos, ligeramente entornados, como si miraran a quien los contempla. Su mano izquierda danzaba sobre el diapasón; la derecha sostenía el arco con tal elegancia que parecía un ave dispuesta al vuelo.

Un día, escuché su voz a mis espaldas:

—Pásale.

Me quedé inmóvil.

—¿Te gusta lo que ves?

Asentí con la cabeza.

—Un día, si te aplicas, será tuyo. ¿Qué cuadro mirabas?

Señalé a la mujer del violín.

—Tienes buen ojo —dijo—. Quédate. La próxima vez que quieras venir, avísame. Y no entres como cualquier ladronzuelo.

Seleccionó un disco.

—Ella toca así —dijo—. Dale rienda suelta a tu imaginación y déjate llevar por lo que ves y escuchas.

Disfruté cada detalle: su cuerpo delgado, espigado, sus ojos negros, sus cejas oscuras y finas. El violín parecía despertar a los gnomos del bosque. Sus brazos y manos destellaban. Atrás había una cabaña, y la música parecía fundirse con el inmenso pinar.

—La melodía se llama Czardas —dijo el abuelo—. Es música húngara.

Salí de allí y solo me llevé el recuerdo de la mujer violinista, entregada a su arte.

Cada fin de semana, con la mochila a la espalda, nos perdíamos entre la espesura.

Un día me retrasé para admirar un racimo de hongos rojos y brillantes. No resistí la tentación y los probé, para luego escupirlos. Cuando busqué al grupo, ya no estaba. La tarde se hizo oscura. No escuchaba pisadas ni voces. El pulso de mis sienes era un reloj. Grité varias veces, y solo el piar de las aves respondía.

Encontré una vereda y la seguí. El bosque se hizo más claro. Apresuré el paso. Distinguí una choza. Salió una mujer madura, morena y delgada. Le pedí que me orientara. Sonrió y me invitó a pasar.

—Será difícil que se vaya. La noche no tarda.

Tomaba un sorbo de agua cuando escuché el ruido de la puerta. La señora se adelantó:

—Tenemos un invitado.

Me presentó a su esposo y a su hija. La percibí como un rostro familiar. Era ella. La del cuadro. La misma mirada, la misma inclinación al saludar, los mismos dedos largos.

Me quedé con ellos. Aprendí a pintar escuchando sus dotes de violinista, y bajo la supervisión de su padre logré, por fin, controlar el pincel.

Con ella caminé, disfrutando su presencia y su belleza. Salíamos de la cabaña, veíamos cómo caía la luz entre los pinares. Las miradas, nuestra piel, ese roce inefable.

Yo deseaba compartir mi vida con ella para siempre. Cuando terminase el cuadro, le diría que fuese mi esposa. Pero nunca estaba satisfecho. Añadía una pincelada aquí, corregía un reflejo allá. Sé que las aves migraron, que volvieron las mariposas, y un día, antes de enseñarle lo terminado, nos encontramos en la hierba y nos rodeamos tan profundamente que logramos la intensidad de ser uno.

Qué lejos se oía el canto de las aves.

Aún por la mañana cortamos pitahayas. Cuando quedamos solos, la llevé a mi taller. Quité la sábana que cubría el cuadro. Fue en ese momento que escuché un grito de ella, que parecía un gemido hacia sus entrañas. Sentí que en mi cabeza se rebobinaba una cinta, como en aquellos casetes, hasta el final.

Abrí los ojos.

La cama, el olor a desinfectante me decían que estaba en un hospital.

—Te encontramos entre la hierba, inconsciente —dijeron los amigos—. Estuviste dos días internado.

En mis adentros no lo creía. Yo sentía que había vivido otra vida.

Cuando estuve solo, le pregunté al médico:

—¿Qué me pasó?

—Le hicimos pruebas. Todas salieron bien.

—Comí hongos —dije.

—Ah, sí. Los hongos. Se me olvidaba —sonrió—. Pero, ¿qué cree? Esos hongos son inofensivos.

—Lo sé. Pero algo pasó.

El médico no respondió. Salió de la habitación y yo me quedé mirando la ventana.

Afuera, la lluvia. Dentro, el recuerdo y el silencio.

Y yo, aún esperando oír un violín.

Texto agregado el 18-02-2026, y leído por 18 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
19-02-2026 Que hermoso relato. Está escrito con una sencibilidad elegante y delicada. La historia envuelve fácilmente y deja imágenes que permanecen. Me queda la sensación de que a veces no regresamos del todo a los lugares donde fuimos felices y que ciertas experiencias, reales o no, marcan más que cualquier explicación lógica. kone
19-02-2026 —Me parece leer un cuento con dos partes independientes, una la del búnker del abuelo y la otra la de las alucinaciones en el bosque, lo que claramente de lleva a pensar que nada tienen que ver los hongos, por lo tanto hay algo mas profundo arraigado en la mente del personaje. (Creo recordar algo de un búnker situado en el patio trasero del hogar). —Abrazos de vicenterreramarquez
18-02-2026 Hongos alucinógenos que hicieron que el protagonista se sintiera en otro mundo, muy lindo cuento. Saludos. ome
 
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