Era mi tío y con él caminaba por la San Martín en sentido norte. Hasta que decidió qué entráramos al restaurante El Vizcaya. Y mientras esperábamos por la orden hecha, llegó un declamador. Ocupó una silla junto a las nuestras y de sus labios salió un dibujo de Rubén Darío: ‘Lo fatal’.
Y mi tío tuvo muy atento a cada palabra suya. Porque él(mi tío), gustaba de la poesía como tema de tragos. Y el nicaragüense era su poeta preferido. Pero los ojos del declamador rebelaban el número de copas que ardían ya en su hígado. Más, el dolor impreso por Darío en el poema citado, también resbalaba sobre su lengua.
Pero cuando sé dejó caer sobre la silla, una extraña emotividad me puso de pies. Le miré y con una presunción de queja, le dije que al poema le faltó una estrofa. Volví a sentarme y a su duro aspecto facial, el declamador le añadió una frase escalofriante: ¡Complétalo tú! Luego de lo cual, el hombre mantuvo una mirada qué logró intimidarme.
Y el tenso momento me trajo la geometría del espacio ocupado. Ya qué por vez primera, me descubrí a igual distancia de ambos. Estando ellos en los dos polos horizontales del planeta. Sin embargo, hacia donde decidí mirar, me situó entre dos pupilas fulminantes. Y yo, que fui por lana, tal vez, salí trasquilado.
Y Darío, que en su poema lamentaba lo de morir aún viviendo, por aquello de que la naturaleza no paraba de provocarle con sus racimos, pareció también irse de parte del recién llegado. Por lo que albergué la esperanza única de mi defensa, viniendo solo de parte de mi tío. Pero sus ojos pintaban otra cosa.
Qué la definió con una palabra salida de un fusil: ¡Complétalo!
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