No recuerdo qué hice o no hice, pero luego de aquella junta, aquella oscuridad y humedad, una luz roja alumbró nuestra jauría. Amé ese color. Amé ese calor mientras todos mis compinches huían ante ese rojo... diablos, me dije, soy inmortal.
Cogí en mis manos un trozo de aquel cuerpo, y ante los ojos de muchas luces rojas me tragué sus carnes. Gritos y golpes cayeron como lluvia del cielo, y recordé a Bob Dylan, sonreí con la sangre cayendo de mis labios. Los golpes no duelen cuando no te resistes, solo pasan y tocan hasta quebrar los huesos. El dolor, ese amigo que tantas veces vi en los ojos de los demás, ahora lo comprendía, entendía por qué gritaban. Pero yo no gritaba. Solo me carcajeaba, más y más, hasta que me llevaron a una jaula.
No se veía la luz, solo negro, negro como los ojos de aquella figura que salía de los muros. Se me acercaba y hacíamos el amor. Era una perra. Qué placer. Estaba en su infierno y me gustaba, y reía y reía, hasta que las luces se encendían y me veían cogiendo a mi propia almohada. Estaba ciego a la luz, pero reía sin parar.
Pasó el tiempo. Pasó el tiempo. Me juzgaron, me vistieron y me condenaron. Y solo dije: sí señor, estoy lleno de oscuridad, me gusta ver el dolor. Así como usted me ve a mí, yo veo en usted una cola larga y roja que me arrancará todas mis sonrisas.
Me llevaron al pozo. Y luego, más luego, más luego, vino un hombre viejo con una cruz. Lo miré y vi que de sus ojos salían lágrimas de sangre. Sonreí. Amaba ese color. Se fue el hombre y me dejó la cruz.
La cogí.
—Hola —le dije.
—Hola —dijo la cruz.
—No vas a morir.
—Ya lo sé. No sé morir.
—No vas a morir.
—Pues...
—Ya estás muerto.
—¿Sí?
—Sí —dijo la cruz—. Cierra los ojos.
Los cerré. Vi a dos hombres que me llevaban a un muro enorme. Tres hombres con fusiles me apuntaban. Quisieron cubrirme el rostro. Les dije que no. No es necesario. Me gusta ver a la gente sufrir. Sonreí. Y luego vi tres disparos que atravesaron mi cuerpo, y vi mi cuerpo caer sobre un charco de sangre color rojo.
Me encantaba ese color.
—Sí —respondí—. Estoy muerto.
—Sí —dijo la cruz—. Y ahora debes despertar.
Cerré los ojos y todo se hizo rojo. |