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Inicio / Cuenteros Locales / facundoareileb / DOS SILLAS, UNA MESA Y UNA COPA DE VINO

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Dos sillas y una mesa. Una pared blanca. Una copa de vino. Y yo, inmóvil, mirando el blanco. El blanco profundo, casi infinito, de las paredes de la pequeña sala. Solo estoy yo, con la copa delante mío. No hay nada más. Nadie más… Lo único que nos separa es el aire, ese espacio inerte que no vibra, que no dice nada. No hay emoción entre la copa y yo. No la hay entre la mesa blanca, las sillas blancas y las paredes que devoran el tiempo con su blancura impasible. ¿En qué momento mi vida se convirtió en este desierto blanco? Un lugar donde la oscuridad no existe —porque sería, al menos, una forma de contraste. Un lugar donde tampoco hay paraíso —porque el blanco aquí no es pureza, es castigo. Todo es blanco, frío, expansivo. Un blanco que no consuela. Un blanco que no olvida. Un blanco tan vasto que se vuelve perverso cuando lo miro.
Y la copa de vino está delante de mí, sola. Está ahí sin moverse, inerte. Y yo, sentado, mirándola fijo. Es lo único en este espacio que tiene color. Ese bordó que resalta en la blancura, que parece tener vida… pero no. No es alegría. Es tristeza profunda. Su color contrasta con el blanco impoluto, calmando apenas la frialdad del ambiente, dejándome perplejo, con los ojos rojos, haciendo juego con la copa de vino.
Me levanto muy lento, como si el tiempo fuera mi amigo. Rodeo la mesa y la miro. No hay sentimientos. No hay nada. Solo frío. Ese frío que emana de las paredes, del techo. Que emana del piso, de las sillas. Vuelvo a repetirlo, como un eco dentro mío… no es pureza… es la nada misma que azota mi tristeza.
Con un golpe en la mesa descargué mi ira. Un gesto brutal, que rompió el silencio. Fue mi furia la que habló, esa que viene desde adentro, desde lo más profundo de mi ser, donde ni siquiera el blanco puede ver. No sé si el blanco me está volviendo loco, si este color sin alma me está vaciando las entrañas poco a poco, pero en ese instante la copa tembló. Una sola gota, gorda, espesa, decidida, se deslizó hasta caer sobre el blanco inmaculado de la mesa. Y fue como si ella hubiera sido herida de muerte. Como si el vino fuera sangre. Como si algo gritara en ese rojo profundo que manchó la pureza enferma. Pero no. La única herida verdadera en esta historia… es la de mi corazón.
Me arrodillo en el piso como pidiéndole perdón. No sé a quién, ni por qué, pero mis rodillas tocan el suelo con sumisión. Apoyo las manos suavemente sobre la mesa, como si quisiera acariciarla, como si ella pudiera comprender. Y por un segundo… solo uno. Mi alma se disuelve, se transforma, se funde con ese blanco inmenso que todo lo devora. Entonces ya no hay un “yo”. Soy la sala, soy las sillas, soy la mesa. Somos un solo ser, inmóvil, silencioso, neutro. De un color blanco perfecto. Levanto lentamente la cabeza, con un movimiento casi sagrado, y miro hacia arriba, hacia el cielo, el cielo raso… y claro... también es blanco.
Cuando creo haberme fundido con todo, cuando ya no distingo mi piel de la mesa, de las sillas, de la pared, ni mis pensamientos del vacío, un sonido irrumpe en la sala. La puerta se abre y un rayo de sol entra tímido. La luz estremece mi alma, despacio, como si despertara algo dormido. Inhalo profundo. El aire ahora pesa distinto, el ambiente dividido por blanco y el amarillo. Y yo, sin decir palabra, me quedo sentado, mirando la copa de vino. La única testigo de esta escena que no quedó en el olvido.


Fernando J. Beliera

Texto agregado el 03-03-2026, y leído por 0 visitantes. (0 votos)


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