Por enésima vez en campaña, el senador Fulgencio admitió que todas aquellas mentiras, disfrazadas de verdades, comenzaban a descomponerse.
—Este pueblo tendrá su ferrocarril. Los quintales de café y vainilla llegarán a los mercados de París y Nueva York —lo había dicho en tres campañas anteriores—. Esta vez, la gente lo abucheó y se retiró al notar que no había ni arroz ni colchas.
Desde el estrado la vio. Fue hasta donde estaba ella, la saludó y se sonrieron. Era la mujer más hermosa de la sierra. No tuvo duda: decidió poner fin a su carrera política y buscar el consentimiento de sus padres para desposarla.
Tres días y tres noches de fiesta culminaron con la boda. En la noche nupcial, el aroma a vainilla de sus senos lo envolvió, y el tacto de su cuerpo fue suave, como la piel del durazno. Fulgencio comprendió, sin necesidad de palabras, que ella sería su destino y su refugio. La recorrió con el trote de sus yemas, como si el cuerpo de ella estuviese lleno de estrellas. Ella, temerosa, aceptaba sin corresponder. Los latidos del senador se aceleraron, desordenados como potros desbocados, buscando el éxtasis. Pero el ritmo se quebró, y su corazón, extasiado, dejó de latir.
Al día siguiente, Fulgencio Covarrubias fue velado según las costumbres del pueblo. Ella, en silencio, lloraba. El pueblo se apiadaba de su prematura viudez. La vida que el destino le había prometido se desvanecía entre el humo del incienso.
Después de los ritos, cobró los seguros de vida del senador. Seguía llorando, pero ya no era tristeza.
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