La señorita Paulina, regresa.
La señorita Paulina era una mujer aún joven, de cabellos rizados formando unos bucles rojos casi del color del sol en verano, de ojos del color del mar cuando está embravecido y una elegancia que la hacía notar donde se encontrara.
No puedo decir que era hermosa, pero tenía algo, eso que muchas veces no podemos explicar con palabras que la convertía en una mujer increíble.
La noche estaba llegando a su fin cuando el ómnibus que la llevaba a su antiguo pueblo desde la capital llegaba a la terminal, sabía que, aunque era demasiado temprano, alguien la estaría esperando.
De pronto la vio, su tía Helena, hermana de su madre, la hubiera reconocido entre un millón de personas, se parecían tanto, el mismo color de cabello, los mismos ojos, podía pasar por su hermana y no como su tía, la menor de las hermanas de su madre quien tenía solamente diez años más que su sobrina.
Las dos mujeres corrieron a abrazarse, hacía muchos años que no se veían, desde que Paulina tenía unos quince años, época en que su madre decidió que era mejor buscar nuevos horizontes fuera del pueblo que las viera nacer para encontrarse de la noche a la mañana en la capital del país.
La madre de la señorita Paulina era una mujer de negocios, soltera y sin nada más que hacer que cuidar de su hija ya que el dinero que las mantenía provenía de la granja que, aunque se hubieran ido tanto ella como su hija tenían parte de las ganancias del negocio familiar.
Pero, Paulina no se conformaba con el dinero que recibía, aunque su madre ya no estaba en este mundo, su tía seguía mandándole la parte que le correspondía, pensaba que era lo justo, Etelvina, la madre de Paulina, había sido la contadora de la familia y siempre ayudo en lo que pudo con la empresa.
Luego de la charla habitual entre tía y sobrina, fueron directamente a la granja, ésta quedaba un poco alejada, campo adentro como solía decir Helena.
Al llegar la señorita Paulina se sorprendió, no la recordaba, tal cual estaba actualmente, ahora sí era una granja de verdad, no como cuando era chica.
Helena no se casó nunca y aunque aún era una mujer joven, su amor verdadero era la granja, los animales y hasta la huerta y los árboles frutales, solía decir que le agradaba la soledad.
Al entrar a la hermosa casa construida cien diez años atrás por su bisabuelo y reformada al paso de los años, la señorita Paulina volvió a ser aquella muchachita que soñaba con llegar a ser una maestra, sueño que al llegar a la capital tuvo que dejar de lado, su madre le decía que, si realmente quería vivir de un sueldo digno, no soñara con ser maestra ya que era la profesión menos paga de cuántas profesiones eligiera y poco a poco la fue convenciendo hasta que se decidió por estudiar periodismo y eso la llevó a ser una de las más conocidas periodistas del país.
Las vacaciones de una semana la habían llevado a su pueblo natal.
Paulina y su tía recorrían cada mañana la extensa granja, dando de comer a los animales, haciendo todo lo que solía hacer cuando era chica y se sentía increíblemente bien, tanto así que cuando recibió la llamada de su jefe diciéndole que la necesitaba antes de lo previsto, dudó, pero sabía que su deber era volver a la capital, el trabajo que había hecho por años no podía esperar, muchas personas dependían de lo que ella hacía y contestó la llamada diciéndole a su jefe que al día siguiente llegaría a la capital.
Habló con su tía y le explicó que ya no podía quedarse y tendría que marcharse esa noche para poder cubrir un suceso importante a la mañana siguiente.
Con mucha tristeza quedó Helena quien ya se había acostumbrado a la presencia de Paulina, pero comprendió que el deber con su trabajo estaba primero.
Esa misma noche el mismo ómnibus que la había traído, la llevaba de regreso y la muchacha cerró los ojos para tratar de dormir y no llegar tan cansada a la mañana.
Luego de una hora aproximadamente se desató una tormenta muy fuerte, por un instante la señorita Paulina creyó ver algo en el cielo, algo muy extraño, algo tan brilloso que la cegaba.
Trató de abrir los ojos, pero le fue imposible y oyó algo que la hizo temblar, una voz suave le decía que se bajara de aquel ómnibus.
No entendía nada, el ómnibus estaba en silencio, nadie se había sentado a su lado, eran pocos los pasajeros ese día y por lo tanto tenía todo el asiento para ella.
Trató de seguir durmiendo, la tormenta era lo único que le impedía hacerlo, aunque esa no era toda la verdad, aquella voz que parecía venir de fuera del ómnibus seguía insistiendo en lo mismo, bájate, no te vas a arrepentir y aunque parezca descabellado, se acercó al chófer y le suplicó que le permitiera bajar.
El hombre no podía entender el motivo, pero ella le explicó que tenía que hacerlo, que se había arrepentido del viaje y quería volver el pueblo, luego de tanto insistir, el hombre no tuvo más remedio que dejarla bajar no sin antes darle su valija.
Al bajar del ómnibus casi nadie lo notó, estaban durmiendo y seguían haciéndolo cuando el ómnibus volvió a arrancar.
Ya sola en la carretera la señorita Paulina pensó que estaba loca, pero de pronto volvió a sentir una voz ya conocida, una mujer a su lado le decía que había hecho bien en bajarse, porque lo que vería a continuación no sería agradable a sus ojos y diciendo esto, aquella extraña mujer desapareció mientras a pocos metros, un rayo caía justo en medio del ómnibus.
A pesar de lo terrible del acontecimiento, Paulina como buena periodista tomó su cámara y corrió hacia el ómnibus que ardía luego de haber matado a sus pasajeros sin excepción.
Nada pudo hacer para ayudarlos, estaban calcinados en una escena dantesca.
Aquello era horrible, pero debía cumplir con su deber, filmar el accidente y tomar todas las fotos necesarias para a continuación enviarlas a su jefe no sin antes decirle que ese era su último trabajo como periodista.
Así fue que la señorita Paulina regresando a su pueblo luego de contarle a su tía lo extraño de los hechos acontecidos, se dijo a si misma que, aunque nunca pudiera saber de quién era aquella voz y qué había pasado con la mujer que viera en la carretera, su destino estaba justamente allí, en su granja y que luego de cumplir el verdadero propósito de sus sueños, seguiría la carrera de maestra, la que hubiera hecho si no se hubiera ido a la capital.
Luego de unos años la señorita Paulina al fin, recibida de maestra, entraba al aula donde unos chiquillos de seis años le gritaban al entrar, ¡Bienvenida Señorita maestra Paulina! Su nombre al fin estaba completo.
Omenia
5/3/2026
|