Anoche miré la luna y envidié a mi bisabuela. Y fue que los últimos tres días que antecedieron a este, esa esfera caía perpendicularmente sobre mi casa. Y de hecho, para verla precisaba de colar mi ojos al través de un cristal, echar hacia atrás mi cabeza y torcer mi cuello hasta sentir su quiebre.
Cosa innecesaria en tiempo de Aína. Y me refiero al mundo suyo. Aquel, cuyos días, medía desde el siglo diecinueve. Cuando lo necesario lo donaba Dios. Por eso el mango caído cuando ella soñaba, lo juntaba con dos ramas de orégano, dos ajíes distintos, una mano de rulos y seis huevos del nido de la gallina japonesa.
Entonces, tomaba el bidón para buscar agua potable de la llave pública de la calle Ancha con la Independencia. Y en el trayecto de ida y vuelta, solía cantar. Más, hoy la mirada mía dada a la luna, difiere mucho de la, al sol suya de cada amanecer. Lo cual, creo, sé debió a su forma de leer el tiempo. Porque era que Aína creía en lo efectivo del regalo divino diario.
En cambio, la vespertina mirada que ayer di a la luna, dibujó en mi cerebro una desconfianza. Algo inconcebible, dentro del cráneo de mi bisabuela. Ya qué una mirada suya al sol, le explicaba la situación del mundo entero. En cambio, lo visto ayer por mi en la luna, no pinta ni sabrá, a lo que antes, sabía el sazón de mi vieja.
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