Pedro conducía con una mano relajada sobre el volante, integrándose en el flujo pesado del tráfico vespertino con una economía de movimientos que rozaba la indiferencia. Sus dedos, largos y de nudillos anchos, mantenían un agarre firme pero ligero, el tipo de control que ejerce quien confía plenamente en la máquina. Tenía el tabique nasal ligeramente desviado hacia la izquierda, un detalle que le daba a su perfil una dureza asimétrica, acentuada por una mandíbula que mantenía apretada incluso cuando sonreía.
Afuera, la ciudad se manifestaba en su desorden habitual. Una anciana avanzaba con lentitud, anclada al brazo de un niño de unos diez años que tiraba de ella con impaciencia; la mano de la mujer, una garra de piel traslúcida y manchas color café, apretaba la sudadera del nieto con la fuerza desesperada de quien se aferra al último vínculo con la tierra.
Unos metros más adelante, un hombre de aspecto desharrapado pateaba una lata estrujada de Coca-Cola con una fijeza de estatua; el metal rojo y abollado brillaba con un matiz metálico bajo la luz del ocaso cada vez que chocaba contra el asfalto. Cerca de él, una mujer hermosa gesticulaba con furia al teléfono; a pesar de su elegancia, el nudillo del dedo índice se veía enrojecido y en carne viva de tanto haber sido mordido durante la llamada. Pedro observaba estas escenas con unos ojos hundidos, de un color pardo difícil de definir, que parecían registrar cada miseria y cada brillo con la misma distancia clínica.
—¿Viste que la película no tiene nada que ver con el libro? —dijo Susana de pronto, rompiendo el silencio.
Al hablar, giró apenas el rostro hacia él. La luz del sol se filtró por el parabrisas y resaltó una pequeña cicatriz casi invisible que le partía el final de la ceja derecha. Pedro soltó una breve risa, un sonido seco que apenas le movió las comisuras de los labios.
—Pasa siempre. En el libro te cuentan hasta lo que el tipo piensa cuando va al baño, y en la película nada más lo ves ahí parado con cara de fuchi.
—Pero es que en el libro ella sabe en lo que se está metiendo —continuó Susana.
Mientras gesticulaba, el lóbulo de su oreja atrapaba el brillo de un pendiente que oscilaba con el movimiento de su mandíbula. Tenía una forma particular de pronunciar las »s», un siseo apenas perceptible que hacía que sus labios se tensaran.
—En la tele parece que nada más se deja llevar porque sí —insistió ella, y al fruncir el ceño aparecieron tres líneas finas en su frente—. En el papel se siente que la mujer está sufriendo porque quiere estar en dos lugares al mismo tiempo.
Pedro la escuchaba sin desviar la vista del tráfico, pero su actitud era la de quien descifra un código. Había algo de depredador paciente en su postura, una calma que resultaba inquietante porque no nacía de la paz, sino de la vigilancia.
—A lo mejor en el cine no hace falta que te lo expliquen tanto —respondió él, y al hablar se le marcaron dos surcos profundos a los lados de la boca, huellas de años de silencio autoimpuesto—. Con que le veas la cara cuando se queda sola, ya sabes que trae un relajo en la cabeza. A veces lo que no dicen es lo que importa.
Susana asintió, revelando la tensión de los tendones de su cuello. Regresó la mirada a la ventanilla, dejando que la conversación quedara suspendida. Pedro acomodó el retrovisor con un movimiento milimétrico, no para ver el tráfico, sino para capturar por un segundo el reflejo de sus propios ojos, como si confirmara que seguía al mando de la escena.
El semáforo cambió a rojo y el auto se detuvo con un leve cabeceo. Pedro soltó un suspiro corto, dejando que sus hombros se relajaran rozando apenas el respaldo de cuero. A su derecha, la luz de un anuncio espectacular de neón comenzó a parpadear, bañando el perfil de Susana en ráfagas de un blanco frío que acentuaba la curva de su pómulo y la sombra de su mandíbula.
Susana bajó el protector de sol. El mecanismo crujió con un sonido seco, plástico, que pareció demasiado fuerte en el silencio que había dejado su charla sobre libros. Abrió la tapa del espejo y la pequeña luz de cortesía iluminó sus ojos, revelando una cierta languidez por el cansancio de la jornada; una mirada entornada que le daba un aire de ausencia, como si una parte de ella ya no estuviera presente en la cabina del auto. Con una concentración de cirujano, se delineó los labios; Pedro observó el pulso firme de su mano, una extremidad pálida que contrastaba con la oscuridad del tablero.
Al levantar el brazo para ajustarse el pelo, la tela delgada del vestido se estiró, convirtiéndose en una segunda piel. La seda se hundía sutilmente en la carne de la cintura, delatando la presión de la tanga y el encaje de la lencería que vibraba bajo la ropa como una corriente eléctrica subterránea.
—¿Crees que sea tarde? —preguntó ella, cerrando el espejo de un golpe que resonó en la cabina como un veredicto.
—Ya casi llegamos —respondió Pedro.
Metió primera y el auto avanzó. Pasaron junto a un vendedor ambulante que agitaba un fajo de billetes mugrientos; el hombre tenía las uñas largas, amarillentas por el tabaco, y un tatuaje borroso en el antebrazo que parecía una letra »M» o una montaña mal dibujada que el tiempo había ido borrando. Susana, ajena a la mirada del vendedor, se pasó las palmas de las manos por la falda, alisando una arruga inexistente. El roce de sus palmas contra la seda produjo un siseo eléctrico, un sonido que sólo ellos dos podían descifrar.
—Me siento... rara —soltó ella en voz baja, mientras los neumáticos rebotaban sobre una alcantarilla mal nivelada.
Pedro apretó el volante. Sus dedos se marcaron sobre el material sintético. Sabía que no era timidez lo que ella sentía, sino la conciencia punzante de los zapatos de correas mordiéndole los tobillos y de la lencería recordándole su propia desnudez a cada movimiento.
—Es por el vestido —dijo él, con ese tono que cerraba cualquier posibilidad de duda—. Te ves muy bien.
El edificio de cristales ahumados surgió frente a ellos, devolviéndoles el reflejo del auto como un bloque negro y brillante que avanzaba, inevitable, hacia el centro de la escena social.
Pedro detuvo el auto frente a la marquesina del edificio. Un joven con uniforme oscuro se acercó de inmediato, moviéndose con una eficiencia mecánica que no lograba ocultar un rictus de fastidio en la comisura de la boca. Al inclinarse hacia la ventanilla, la luz blanca de los focos cenitales reveló un rostro de facciones afiladas, casi infantiles, marcado por un acné tardío que le florecía en racimos rojizos sobre la línea de la mandíbula.
Sus ojos, de un marrón opaco y vidrioso por la falta de sueño, barrieron el interior del vehículo con una indiferencia profesional, deteniéndose apenas un segundo en la calidad del cuero de los asientos. Tenía el cabello cortado casi al ras, dejando ver la forma irregular de un cráneo donde destacaba un remolino rebelde que el gel no había podido someter. Hizo un gesto breve con la mano, una invitación perezosa a que bajaran, mientras sus fosas nasales se dilataban ligeramente al percibir el perfume de Susana.
Pedro esperó un segundo antes de apagar el motor, dejando que el murmullo del aire acondicionado llenara el último espacio de su intimidad. Afuera, la ciudad seguía su curso: un taxi pasó a toda prisa, levantando una ráfaga de viento que hizo bailar los cabellos de una mujer que esperaba en la esquina, mientras un guardia de seguridad, con el rostro hundido en el cansancio, ajustaba su cinturón de cuero desgastado antes de iniciar su ronda.
Al bajar, el aire fresco de la noche les pegó de frente. Susana se aferró al brazo de Pedro. Sus dedos, fríos por el aire exterior, se hundieron en la tela de la chaqueta de él con una firmeza que iba más allá del equilibrio.
Caminaron hacia la entrada. El pavimento, una superficie de granito pulido que reflejaba las luces blancas, devolvía el sonido rítmico de los tacones de Susana. Ella avanzaba con una apostura que obligaba a la seda a trabajar a su favor; sus senos se proyectaban con una fijeza orgullosa bajo la tela, marcando el paso con un balanceo mínimo y arrogante. Al caminar, el movimiento de sus nalgas, compactas y definidas, generaba un oleaje rítmico que la falda apenas lograba contener.
Cruzaron el umbral y el ruido de las copas y las voces los envolvió como una marea. No habían avanzado ni tres metros cuando un hombre alto, con un traje gris de corte impecable que le ajustaba con una precisión militar en los hombros, se separó de un grupo y avanzó hacia ellos.
—¡Susana! Qué bueno que vinieron —dijo el tipo.
Tenía un rostro de facciones marcadas, con una mandíbula ancha que movía al hablar como si estuviera masticando cada palabra. Su cabello, de un rubio cenizo peinado hacia atrás con excesivo fijador, dejaba marcados los surcos del peine como cicatrices sobre el cuero cabelludo.
Antes de centrarse en ella, extendió una mano firme hacia Pedro.
—Mucho gusto, soy Ricardo. Gracias por traerla, es un placer tenerlos aquí —dijo con una sonrisa educada.
Acto seguido, se giró hacia Susana. Sin dudarlo, acortó la distancia y la besó con lentitud en la comisura de los labios. Al hacerlo, posó su mano en la cintura de ella, hundiéndola ligeramente en la seda sobre la curva de la cadera. Susana no se inmutó; al contrario, entrecerró los ojos aceptando el contacto, un gesto de entrega momentánea que validó la presencia de Ricardo frente a la mirada de Pedro.
Tras el beso, Ricardo se separó apenas lo necesario, retirando la mano de su cintura para convertirla en un mero guía, un ademán elegante que indicaba el camino hacia el salón principal.
—Pasen, por favor. La mesa está lista —añadió, recuperando su tono de anfitrión impecable.
Pedro sintió un frío familiar en la boca del estómago por la aceptación silenciosa de Susana.
Caminaron detrás de la espalda ancha y el paso marcial de Ricardo, y Susana apretó el antebrazo de Pedro. No fue un gesto de cariño, sino una señal de ajuste. Ella no necesitaba mirarlo de frente para saber que la mandíbula de él se había convertido en un bloque de granito y que sus ojos registraban la trayectoria de la mano de Ricardo como si fuera el rastro de un proyectil.
Se inclinó hacia su oído, dejando que el aroma a gardenias y aire frío lo envolviera.
—No pongas esa cara —susurró ella—. Ricardo es el que organiza todo este teatro de la constructora. Es un tipo que vive de las apariencias, Pedro. Necesita esos gestos ensayados para sentir que todavía manda algo.
Hizo una pausa, viendo cómo la nuca de Ricardo, con esos surcos del peine tan marcados, se alejaba unos metros delante de ellos. Una sonrisa mínima, casi de lástima, asomó en su boca.
—Míralo bien. Es un hombre que se tiñe las canas y usa faja para que no se le note la ginebra del almuerzo. Es patético, en serio. Es pura fachada, como los cristales de este sitio.
Al decir esto, Susana deslizó su mano hacia la palma de Pedro, rozando la dureza de sus nudillos.
Pedro relajó los hombros un poco. Ella había desactivado la tensión con una frase, devolviéndole a él la ventaja del observador, aunque ambos sabían que el beso en la comisura seguía vibrando en el aire del salón.
Ricardo los condujo a través del salón como quien exhibe un trofeo recién pulido. A cada pocos pasos, el grupo se detenía. Las presentaciones se sucedían con la misma cadencia que el tintineo de los hielos en las copas: nombres de apellidos compuestos, cargos en la constructora y sonrisas que no llegaban a los ojos. Susana se movía con una soltura envidiable; reconocía rostros, recordaba anécdotas mínimas sobre viajes a la costa y despachaba preguntas sobre el tráfico con una ligereza que parecía ensayada.
—¡Susana! Sigues teniendo esa puntería para elegir los cortes de seda —exclamó una mujer de collar de perlas excesivo, barriendo con la mirada la figura de ella.
—Es una cuestión de instinto, Elena —respondió Susana, mientras sus nalgas dibujaban un arco preciso al girarse ligeramente para incluir a Pedro en el círculo.
Un hombre de rostro rubicundo y ojos inteligentes se detuvo frente a ellos, observando la rigidez contenida de Pedro.
—Usted debe ser el que aguanta el ritmo de esta mujer —dijo el hombre, extendiendo una mano que olía a tabaco de pipa—. Soy Julián. No envidio su paciencia, pero sí su vista.
—La paciencia es solo una forma de observación prolongada —respondió Pedro, con una media sonrisa que hizo que Julián arqueara una ceja, complacido por el envite.
—Ingenioso. Tenga cuidado, en este salón la observación prolongada suele terminar en auditoría.
Tras unos minutos de ese intercambio de cortesías afiladas, Ricardo se vio reclamado por un grupo de inversores en la otra punta del salón. El flujo de gente los fue empujando suavemente hacia una de las mesas altas cerca del ventanal, lejos del epicentro del ruido.
Finalmente, recuperaron su espacio. Pedro pidió dos copas de un vino tinto denso, casi negro, que dejaba lágrimas lentas en el cristal. Se apoyaron en la mesa, uno frente al otro, mientras la ciudad vibraba al otro lado del vidrio, reducida a un hormiguero de luces blancas y rojas.
—¿Y bien? —preguntó Pedro, bajando la voz mientras observaba cómo la luz de una vela cercana se reflejaba en los ojos de Susana, acentuando esa languidez que no la había abandonado—. ¿Cuánto tiempo tenemos que esperar por ese pastel?
—Ricardo dice que es una receta familiar, una especie de ritual antes de los discursos —respondió ella, humedeciéndose los labios con el vino—. Pero sospecho que solo es una excusa para que nadie se vaya antes de que él pueda dar su charla.
Susana dejó la copa y buscó la mano de Pedro sobre la madera oscura de la mesa. Sus dedos se entrelazaron con una naturalidad que borró de golpe la presencia de Ricardo y el eco del beso en la comisura. Estaban de nuevo en su propia frecuencia, compartiendo ese silencio cargado de significados que solo ellos entendían, mientras el resto del salón seguía girando como un carrusel ruidoso a su alrededor.
—Te ves cansada —dijo él, recorriendo con el pulgar el dorso de su mano.
—Lo estoy —admitió ella, acercando su silla un centímetro más—. Pero el vino ayuda. Y saber que después de esto, el auto volverá a ser solo nuestro.
El murmullo del salón se volvió un ruido blanco, una marea lejana que ya no los tocaba. Susana bebió el último sorbo de vino y dejó la copa en la mesa con un golpe seco, casi rítmico. En ese momento, su rostro cambió. La languidez del cansancio fue sustituida por una fijeza eléctrica, una claridad punzante que Pedro reconoció de inmediato.
Ella se reacomodó en la silla, y el leve roce de la seda contra su piel le recordó la presencia constante de la tanga. El tejido, firme y mínimo, le enviaba señales nítidas desde su sexo y su ano, una presión que la hacía consciente de cada centímetro de su anatomía en medio de esa gente que charlaba sobre hipotecas y viajes. Se sentía limpia, impecablemente maquillada, con el aire de una mujer mundana que domina el entorno, pero por dentro, el estómago se le enfriaba bajo una descarga de adrenalina pura.
Susana empezó a escanear el sitio. Sus ojos no buscaban rostros, sino fallas en la estructura del salón. Ignoró a las mujeres de perlas y a los hombres de traje, buscando el punto ciego. Finalmente, lo encontró: tras unas pesadas cortinas de terciopelo que daban acceso a un balcón técnico, había un rincón oculto por una columna de mármol y un helecho ornamental de hojas anchas. Era un ángulo muerto donde la luz de los ventanales no llegaba y donde la atención de los invitados difícilmente repararía.
—Pedro —dijo ella, y su voz sonó distinta, cargada de una urgencia que le erizó la piel—. Mira hacia el fondo, junto a la columna gris.
Él siguió la dirección de su mirada, confundido.
—En unos minutos van a traer ese pastel —continuó ella, acercándose tanto que Pedro pudo sentir el calor que emanaba de su cuello—. Todos se van a amontonar alrededor de Ricardo. Las luces se van a atenuar para las velas. Nadie va a mirar hacia ese rincón.
Pedro la miró, noqueado. La implicación de sus palabras le golpeó el pecho como un impacto físico. Ella nunca había confesado esa fantasía de exposición, pero la forma en que sus dedos apretaban el borde de la mesa delataba que no era una idea al azar, sino una pulsión contenida que acababa de desbordarse. El contraste entre la elegancia pública de Susana y la crudeza de su propuesta lo dejó sin aire.
—¿Aquí? —susurró él, con el pulso acelerado—. ¿Hablas en serio?
Susana no respondió con palabras. Se limitó a sostenerle la mirada con una audacia que Pedro nunca le había visto fuera de su alcoba. Se pasó la lengua por el labio inferior, un gesto lento que terminó de demoler cualquier rastro de duda en él. La excitación venció al asombro; la imagen de poseerla allí mismo, protegidos apenas por un helecho y la distracción de un pastel, hizo que la sangre le golpeara en las sienes.
—El momento es cuando bajen las luces —dijo él, aceptando el envite con una voz ronca que apenas reconoció como propia.
No esperaron. El tiempo de la prudencia se había agotado en el mismo instante en que ella verbalizó el deseo. Susana se levantó de la silla con una lentitud calculada, pero Pedro notó que sus hombros estaban tensos, elevados por una respiración que se había vuelto corta y profunda. Al ponerse de pie, la seda del vestido se adhirió a su cuerpo como una segunda piel mojada; la adrenalina y el calor del salón habían provocado que sus pezones se endurecieran, proyectándose contra la tela con una fijeza que parecía querer perforar el tejido. Eran dos puntos de presión arrogantes que delataban su estado mucho antes de que ella diera el primer paso.
—Ahora —susurró ella.
Caminaron intentando mantener la cadencia del resto de los invitados, pero la estructura de Susana había cambiado. Ya no era la mujer mundana saludando conocidos; ahora se movía con una rigidez felina. Su rostro estaba encendido, con un rubor que nacía en la base del cuello y subía hasta las mejillas, dándole un aire de fiebre o de embriaguez. Sus ojos, fijos en la sombra de la columna de mármol, brillaban con una humedad salvaje, esquivando cualquier contacto visual que pudiera distraerla de su objetivo.
Pedro la seguía a un paso de distancia, protegiéndole la espalda. Podía ver el rítmico balanceo de sus nalgas, más marcado ahora por la tensión de sus muslos, y cómo la mano de ella buscaba discretamente el dobladillo del vestido para asegurarse de que nada entorpeciera el movimiento final. El nerviosismo le hacía a él apretar los dientes; cada vez que alguien pasaba cerca con una bandeja o una risa estruendosa, sentía un latigazo en la columna vertebral.
Llegaron al borde del sector iluminado. El aire en ese rincón, cerca del ventanal y el helecho, era más denso y olía a tierra húmeda y polvo acumulado. Susana se deslizó primero detrás de la columna gris, desapareciendo de la vista del salón principal. Cuando Pedro entró en el hueco, la encontró de espaldas contra el frío mármol, con el pecho subiendo y bajando en oleadas violentas.
El contraste era brutal: a menos de cinco metros, Ricardo alzaba la voz para anunciar la llegada del pastel, y las primeras notas de una música suave empezaban a sonar. Ahí, en la penumbra, Susana tenía el rostro descompuesto por una urgencia casi dolorosa. Se llevó las manos a la cintura, buscando el contacto con su propia piel, mientras sus ojos buscaban los de Pedro con un hambre que ya no entendía de protocolos. Estaba temblando, una vibración fina que recorría sus piernas y se perdía en la oscuridad del piso.
Susana lo jaló hacia la sombra más densa con una fuerza que Pedro no le conocía. En cuanto estuvieron protegidos por la columna y el follaje del helecho, ella le dio la espalda de inmediato, apoyando las palmas contra el frío mármol. El contraste entre su piel hirviendo y la piedra muerta la hizo soltar un aire entrecortado.
—Te amo, Pedro... por favor, hazlo ya —susurró, con la voz rota por un nerviosismo que la hacía temblar entera.
Pedro, sin embargo, se quedó mudo. El estruendo de la fiesta al otro lado, el pánico a que alguien asomara la cabeza y la velocidad de todo lo dejaron bloqueado. Sus manos buscaban la seda, pero se sentían pesadas, torpes. Se pegó a ella, sintiendo la curva firme de sus nalgas contra su entrepierna, pero su cuerpo no reaccionaba al caos de la situación.
—No quiere, Susana... —le soltó al oído, con un tono de pura frustración mientras el ruido de las copas seguía sonando a pocos metros.
Ella no se asustó ni perdió el pulso. Al contrario, una sonrisa pequeña, cargada de una seguridad casi felina, asomó en su cara. Se giró un poco, lo justo para vigilar el salón por el resquicio de la columna, observando cómo los meseros empezaban a mover la mesa principal. Ella se conocía de memoria estos protocolos; sabía exactamente cuánto tardaba la vanidad en organizar su espectáculo.
—Escúchame —le dijo, y su aliento caliente le quemó la oreja—, tenemos tiempo de sobra. Mira a Ricardo, ahora viene todo el circo: que si acomodan el pastel, que si el invitado de honor no llega, las mañanitas, las velas, los deseos, los aplausos... y luego repartirlo.
Hizo una pausa para besarlo rápido, con los labios ardiendo, antes de volver a pegarse de espaldas contra él, empujando sus caderas con una presión eléctrica que buscaba despertarlo a la fuerza.
—Son veinte minutos, Pedro. Veinte minutos en los que todo el mundo va a estar embobado mirando el pinche pastel y nadie se va a acordar de nosotros.
Echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro de él, con los ojos fijos en las luces del techo que empezaban a bajar de intensidad. El miedo de Pedro empezó a transformarse; el abismo que los separaba de la gente se sentía ahora como un escudo perfecto.
Pedro seguía con la mirada perdida en la sombra de la cortina, el pulso errático y el cuerpo bloqueado por la indecisión. Pero Susana no estaba para esperas. Con un movimiento fluido y drástico, se acuclilló frente a él. El roce de sus rodillas contra el suelo de granito apenas produjo sonido, pero la velocidad con la que bajó la bragueta de Pedro fue eléctrica.
Extrajo el pene dormido con la urgencia de quien tiene el tiempo contado. Lo metió en su boca de inmediato. No era la caricia pausada y devota que le daría en la intimidad de su alcoba; esta era una acción funcional, técnica, una maniobra de emergencia diseñada para despertar la sangre a punta de calor y presión. Mientras trabajaba con la lengua, Susana mantenía los ojos entreabiertos, mirando de reojo hacia el salón, vigilando las siluetas que se movían detrás del helecho. Era una imagen brutal: la mujer más elegante de la fiesta, arrodillada en la sombra, cumpliendo una misión mientras controlaba el perímetro.
Pedro soltó un jadeo ahogado, apretando los dientes. La visión de esa mujer tan bella, con el maquillaje impecable y el vestido amontonado, entregada a esa tarea mecánica mientras vigilaba a los invitados, hizo que se le parara como por ensalmo. Fue una erección violenta, cargada de la adrenalina de ser descubierto.
Susana sintió el cambio de inmediato. Dejó de mamarlo, se separó apenas para darle un beso al glande y le dedicó una sonrisa rápida, cargada de una picardía triunfal. Se puso en pie y volvió a darle la espalda con agilidad.
—Ya mi amor, ya se paró —susurró, con la respiración ya agitada y una urgencia que no admitía réplica.
Pedro ya no dudaba. Levantó la seda del vestido con manos firmes, subiéndolo lo justo para que las nalgas de Susana quedaran al descubierto en la penumbra. Con un movimiento rápido, hizo a un lado el hilo de la tanga, liberando el camino. Ella se acomodó, arqueando la espalda y buscando el apoyo del mármol, mientras Pedro acomodaba el glande en su sexo, que ya estaba tumefacto y ardiendo.
Afuera, las luces bajaron y las primeras notas de las mañanitas empezaron a sonar. Pedro aprovechó el estruendo de las voces y entró de golpe, enterrándose en ella hasta el fondo. Susana hundió el rostro contra la columna, tragándose un gemido que se perdió entre los primeros aplausos del público que celebraba el pastel de Ricardo.
Pedro ya no escuchaba las mañanitas ni el barullo de los invitados. Su mundo se había reducido al calor de Susana y al ritmo eléctrico que sus caderas marcaban contra el mármol. Estaba volcado por completo en ella, concentrado en el placer que le devolvía cada embestida. Con una mano aferrada a su cintura y la otra buscando el frente, Pedro encontró su clítoris. Empezó a acariciarla con una urgencia que sumaba ese estímulo al roce interno que los estaba consumiendo a ambos.
Susana arqueaba la espalda, entregada. No buscaba esconderse tras un resquicio; de hecho, el espacio entre la columna y el ventanal era lo suficientemente amplio como para que cualquier mirada que se desviara del centro del salón pudiera distinguirlos. Pero ella confiaba en la ceguera de la masa. Giraba el rostro hacia la gente, forzando la vista hacia las siluetas borrosas de los invitados que rodeaban a Ricardo. Ver el brillo de las velas del pastel y la indiferencia de esa gente mientras ella era poseída en la penumbra disparaba su excitación a niveles insoportables. El peligro de estar ahí, a la vista de quien quisiera mirar, era el combustible que hacía que sus gemidos fueran cada vez más difíciles de ahogar.
—Más... —alcanzó a jadear ella, apretando las manos contra la piedra fría.
Pero la burbuja de impunidad se trizó en un segundo.
Un camarero joven, cargando una bandeja vacía, pasó a escasos dos metros de su escondite, buscando un atajo hacia la zona de servicio. El chico caminaba con la inercia del trabajo hasta que un movimiento rítmico en la sombra lo hizo girar la cabeza.
Se detuvo en seco. Por un instante eterno, sus ojos se cruzaron con la figura de Susana, que en ese preciso momento tenía el rostro vuelto hacia afuera, con el cabello ligeramente revuelto y los ojos encendidos por el orgasmo inminente. El joven captó la escena completa: el vestido alzado, la sombra de Pedro moviéndose con fuerza detrás de ella y la cruda realidad de lo que estaba ocurriendo en ese rincón.
El camarero se quedó de piedra, con la bandeja vibrando apenas en sus dedos. Pedro sintió la parálisis del aire y levantó la vista, encontrándose con la silueta del intruso a plena luz de la penumbra. El corazón le dio un vuelco violento, pero la mirada de Susana, lejos de mostrar vergüenza, se clavó en la del chico con una audacia que rozaba el desafío.
El tiempo se detuvo en ese rincón, suspendido entre el coro de las mañanitas y el tintineo de la bandeja del camarero. Pedro sintió una descarga de adrenalina que le recorrió la espina dorsal como un rayo de hielo, pero no se detuvo. Al contrario, la mirada del chico, fija y estupefacta, se convirtió en el catalizador final.
Susana, lejos de encogerse o intentar cubrirse, apretó los dientes y echó la cabeza hacia atrás, clavando sus ojos en los del joven. Había algo de desafío puro en su gesto, una embriaguez de poder que nacía de ser vista en su momento más crudo y real por alguien que no pertenecía a su mundo de apariencias. Sus dedos se hundieron en el mármol, y sus caderas buscaron a Pedro con una violencia renovada, obligándolo a seguir el ritmo a pesar del testigo.
—No pares —jadeó ella, casi en un susurro que el camarero pudo adivinar por el movimiento de sus labios.
El chico, paralizado por una mezcla de terror y fascinación, no atinó a dar un paso atrás. Se quedó ahí, a dos metros de distancia, convertido en una estatua de uniforme que presenciaba cómo la seda del vestido subía y bajaba con cada embestida de Pedro. El contraste era absoluto: la elegancia de la fiesta a sus espaldas y la animalidad de la escena frente a él.
Impulsado por la mirada de Susana y la presencia del intruso, Pedro apretó la mandíbula hasta que le dolió. Sus manos, ya expertas en el cuerpo de ella, trabajaron con una precisión desesperada. El placer se volvió una presión insoportable en su vientre, una marea que subía reclamando su salida. Con un último empuje profundo, sintió cómo Susana se tensaba por completo, sus músculos internos abrazándolo en un espasmo rítmico que lo arrastró con ella.
Susana hundió el rostro en el hombro de Pedro, ahogando un grito de victoria, mientras sus ojos se cerraban finalmente, dejando al camarero a solas con la imagen de su entrega.
El joven parpadeó, como despertando de un trance. Dio un paso atrás, luego otro, y finalmente giró sobre sus talones, perdiéndose en la penumbra del salón hacia la cocina. No dijo nada, pero el temblor de su bandeja al alejarse fue el único aplauso que ellos necesitaron.
Pedro se separó con un movimiento rápido, el corazón todavía intentando salirse del pecho. Con dedos torpes, acomodó su miembro —aún húmedo y todavía erguido dentro del pantalón—. La tela le resultó áspera, una presión incómoda y deliciosa a la vez que le recordaba la urgencia de lo vivido. Susana, por su parte, hizo gala de una maestría casi atlética: se reacomodó la seda del vestido sobre sus muslos con un gesto seco, asegurándose de que la caída de la tela fuera impecable. Tenía la espalda encendida por el sudor, un brillo febril que delataba la intensidad del momento bajo la penumbra.
Antes de separarse, ella lo tomó por la nuca y le dio un beso profundo, largo, un beso que sabía a victoria.
—Ahora regreso, mi amor —le susurró con un brillo de travesura en los ojos.
Ella se alejó con pasos cortos hacia los baños, manteniendo esa tensión interna para controlar el rastro líquido de él que amenazaba con escurrir. Pedro, por su parte, necesitaba espacio. Salió del lugar y se dirigió a un sitio retirado, cerca de una barra secundaria donde el aire circulaba mejor. Pidió una copa y dejó que el licor le quemara la garganta mientras la erección, por fin, cedía ante la calma del alcohol.
Sin embargo, aunque el cuerpo se le relajaba, su mirada no descansaba. Se mantuvo alerta, con los ojos fijos en la dirección por la que ella se había ido, esperando con una fijeza instintiva el momento exacto en que ella volviera a aparecer. Para él, la fiesta seguía en pausa hasta que Susana estuviera de nuevo a su lado.
Cuando ella volvió, se veía radiante, descargada. Se acercó a él con una sonrisa cómplice y, sin decir una palabra, le extendió el puño cerrado. Pedro abrió la mano y sintió el tacto de la seda mínima, tibia y húmeda.
—En la casa la lavo —le dijo ella al oído, con una naturalidad que lo dejó mudo.
Él guardó la prenda en su bolsillo, sintiendo el calor de la tela contra su muslo. Estaba a punto de decir algo cuando una voz familiar rompió la burbuja.
—¡Pero miren a quiénes tenemos aquí! ¡Parece que se perdieron lo mejor del pastel! —gritó uno de los socios de la constructora, acercándose a ellos con una copa en alto y un grupo de personas detrás.
Tres días después, el festejo de la constructora era sólo un rastro de polvo. Susana entró al departamento cargando el peso de una jornada de diez horas y el humor agrio que sólo el tráfico de la ciudad sabe inyectar en las venas. El aire del recibidor estaba viciado, con ese olor a encierro y a la humedad del plato de agua de Tommy.
Tommy, un gato gordo de un gris cenizo que parecía haber sobrevivido a tres guerras, la esperaba sentado junto al sofá. Tenía el lomo marcado por una cicatriz que le daba un aire de villano retirado. Susana lo había sacado de un callejón hacía dos años, cuando el animal era puro hueso y rabia; ahora, era una masa de carne y pelo que la miraba con obstinación, reclamando su existencia con un maullido ronco, como de fumador empedernido.
—Ya voy, gordo, aguántame tantito —refunfuñó ella, lanzando las llaves sobre la mesa donde se acumulaban los recibos y un folleto de supermercado.
Se soltó los zapatos de un taconazo. Tenía los pies hinchados y la marca del elástico de las medias grabada en la piel. Tommy se le enredó en los tobillos, rozando su pelaje áspero contra las piernas de ella mientras Susana avanzaba hacia la cocina. Tomó el sobre de Whiskas, lo rasgó con los dientes y vertió el contenido en el plato de cerámica desportillada. Al agacharse, esbozó una sonrisa de resignación; era el tributo diario al sobreviviente.
Al inclinarse, la tela de su falda de tubo se tensó al límite sobre sus nalgas, dibujando la curva sólida de sus caderas. La blusa de oficina, ligeramente traslúcida por el sudor de la tarde, se le pegaba a la espalda, revelando el relieve de los tirantes del sostén que le mordían los hombros. Sus muslos, apretados por el nailon de las medias, se veían potentes, pero más cerca de la fatiga por el ajetreo del día.
Desde el baño llegó el sonido del agua corriendo y un carraspeo. Susana se incorporó, sintiendo un leve crujido en las lumbares, y caminó hacia allá desabotonándose los puños de la blusa. Al llegar a la puerta, vio a Pedro. Estaba de espaldas, orinando frente a la taza con las piernas abiertas y los hombros relajados. El sonido del chorro golpeando el agua era constante.
Susana se apoyó en el marco de la puerta. Se rascó el abdomen, justo donde el roce de la pretina le había causado una leve picazón, y soltó un suspiro largo mientras observaba la nuca de su marido.
—Ricardo mandó las fotos —dijo ella con la voz pastosa—. Salimos bien, pero tengo una cara de loca que no puedo con ella.
Pedro terminó, sacudió su miembro con dos movimientos mecánicos y bajó la palanca. El estruendo del agua llenó el baño pequeño. Se giró mientras se subía el cierre, mirando a Susana con esos ojos que parecían registrar su cansancio antes que su rostro.
—Es la cara que pones cuando te gusta algo —respondió él, caminando hacia el lavabo para lavarse los dientes.
Susana se acercó al espejo, ignorando la mancha de pasta seca en la cerámica. Miró sus ojeras y luego, por el reflejo, observó a Pedro, que ya se frotaba los molares con una energía rutinaria, haciendo una espuma blanca en las comisuras de la boca. Tommy apareció en el umbral del baño, sentándose a observar la escena con su mirada tuerta y juiciosa.
—Estaba pensando en ese chico —soltó ella, como quien menciona que hay que comprar detergente—. En cómo se quedó ahí parado, mirando.
Pedro se detuvo con el cepillo en la boca, la espuma resbalando un poco. El silencio que siguió fue denso, real, puntuado solo por el ronroneo asmático de Tommy que se rascaba la oreja mocha.
Pedro se enjuagó la boca con rapidez, haciendo un buche sonoro que arrojó con fuerza contra la porcelana. Se pasó la mano por la barbilla para quitarse el rastro de agua y menta y, sin dejar de mirar el reflejo de Susana en el espejo, soltó una risa seca.
—Buen espectáculo que vio el buey, y gratis —dijo él, con esa voz de quien ya solo piensa en apagar la luz y dormir.
Susana sonrió con un cansancio real, una expresión que no buscaba seducir, sino simplemente reconocer la verdad. Se terminó de quitar el segundo arete; tenía el lóbulo rojo y le ardía un poco por el peso del metal. Se soltó el primer botón de la falda, que le apretaba el vientre hinchado tras las horas de oficina, y dejó que la prenda se relajara sobre sus caderas. En el aire del baño pequeño empezó a flotar el olor a su propio sudor, un aroma agrio y humano que se mezclaba con el cloro de la limpieza de la mañana.
—Tenía las manos jóvenes —continuó ella, mirando sus propias ojeras en el espejo mientras se pasaba los dedos por el cuello, buscando aliviar la tensión—. Me pregunto cómo se sentirían esas manos en mis muslos mientras tú me miras desde el sillón, así, con esa cara de sueño y tu playera vieja.
Pedro se quedó quieto, con la toalla gris y descolorida en las manos. No hubo un movimiento de acercamiento ni un gesto de galán. Se limitó a sostenerle la mirada a través del cristal manchado, procesando la imagen de su mujer: cansada, sudada, con el pelo perdiendo la forma y soltando una frase que no encajaba con el desorden de los cepillos de dientes sobre el lavabo.
—Ese tipo no aguantaría ni dos minutos con nosotros —respondió Pedro finalmente, con una honestidad plana.
Susana no añadió nada más. Se limitó a bajar el cierre de su falda, dejando que la semilla de la idea cayera en ese espacio estrecho entre el inodoro y la regadera, junto a Tommy, que seguía lamiéndose la pata con absoluta indiferencia.
Salieron del baño y la casa los recibió con su penumbra habitual. Susana dejó la falda en el dormitorio y se puso un camisón de algodón lavado mil veces, una prenda sin forma que olía a suavizante y a hogar. Pedro ya estaba en la cocina; se escuchó el chasquido del imán de la puerta del refrigerador y el tintineo de los platos.
El sonido de los cubiertos chocando contra la mesa de fórmica era el único ritmo de la noche. Pedro había servido lo que quedaba de un guiso del día anterior; la grasa se había solidificado un poco en los bordes, dándole un aspecto poco apetecible pero honesto.
Susana se sentó frente a él. Tenía el pelo recogido en un chongo desprolijo y la cara lavada, revelando esas manchas pequeñas que el sol y los años le habían dejado cerca de los pómulos. Tommy apareció de la nada, saltando a la silla vacía que estaba al lado de ella, acomodando su cuerpo de tonelaje completo con un suspiro asmático.
—Está frío —dijo ella, pinchando un trozo de carne con el tenedor. Mientras hablaba, estiró la mano y le rascó la cabeza al gato, que entrecerró sus ojos con un ronroneo que vibró en la madera de la silla.
—Caliéntalo si quieres —respondió Pedro sin levantar la vista, concentrado en desmenuzar un pedazo de pan.
Comieron en un silencio denso. Era el silencio de dos personas que conocen sus ruidos y sus pausas. Susana masticaba despacio, mirando un punto fijo en la pared donde la pintura empezaba a abombarse por la humedad. La idea seguía ahí, fermentando entre el bocado y el trago de agua, hasta que finalmente encontró la forma de salir, despojada de cualquier adorno.
—¿Te imaginas que un día invitaras a un amigo... y que le permitieras tocarme? —soltó ella de pronto, sin quitar la vista de la mancha de humedad.
Pedro se quedó con el trozo de pan a medio camino entre el plato y la boca. No hubo una respuesta inmediata, ni un brillo de excitación en su mirada. El silencio de la cocina se volvió repentinamente más agudo, solo interrumpido por el zumbido eléctrico del refrigerador y el ronroneo sordo de Tommy.
Bajó la mano lentamente y dejó el pan sobre la mesa, junto a una mancha de grasa que empezaba a secarse. Se tomó su tiempo. Sus ojos pardos se fijaron en el tenedor de Susana, siguiendo el rastro del guiso que aún goteaba una brizna de salsa. Se quedó mirando ese punto fijo, con la mandíbula apretada, como si estuviera calculando el peso exacto de lo que acababa de escuchar. La imagen de Darth Vader en su playera gris, ya agrietada por los lavados, parecía presidir la mesa; el sable de luz rojo era lo único que conservaba un brillo encendido sobre el algodón gastado.
—No sabía que ahora te interesaban mis amigos —soltó Pedro finalmente, con una ironía seca, casi cortante.
Susana soltó una risa breve, casi un bufido, y volvió a concentrarse en su plato, removiendo la comida con el tenedor para quitarle importancia a sus propias palabras.
—Olvídalo, son estupideces que se me ocurren después de un día de locos en la oficina —dijo ella, encogiéndose de hombros bajo el camisón de algodón—. Es el cansancio, me pone a decir tonterías.
Pedro se echó hacia atrás en la silla, que emitió un gemido de madera vieja bajo su peso. Cruzó los brazos sobre el pecho, ocultando parte del casco negro estampado, y soltó una risa breve que no llegó a sus ojos.
—Seguro que a más de uno le encantaría la invitación —añadió, desviando la vista hacia la ventana negra que daba al tragaluz del edificio—. Pero dudo que alguno sepa qué hacer cuando yo le diga que se detenga.
Susana no respondió. Se limitó a seguir rascando la oreja mocha de Tommy, que se estiró en la silla disfrutando del contacto. El gato ni siquiera se inmutó ante la tensión; para él, el mundo seguía siendo el mismo plato de comida y el mismo rincón cálido.
Pedro se levantó de la silla con un movimiento pesado. Se acercó a Susana y, rompiendo la frialdad de los últimos minutos, le dio un beso rápido en la sien, un gesto automático, casi de hermano, que olía ligeramente a la menta de la pasta de dientes.
—Si te vas a bañar, apúrate para aprovechar el agua caliente. Yo me metí hace media hora y ya quedaba poca. El boiler anda fallando otra vez.
Caminó hacia el fregadero y metió su plato junto a otros bajo el brazo de la mezcladora, tomó la fibra verde a un lado y la mojó para quitarle lo tieso, luego la impregnó de detergente liquido y comenzó a lavar los trastes, pensativo.
Pedro se acomodó en el sillón de la sala, con el control remoto en una mano y una taza de café en la otra, de la que subía un hilo delgado de vapor. El televisor iluminaba sus facciones con destellos azules y verdes mientras pasaban el resumen de la jornada. Estaba absorto, esperando el resultado de los Pumas. En la pantalla, el narrador informaba con tono neutro: »y en otras noticias, el equipo de Pumas obtuvo una victoria contundente contra las Chivas, que no supieron ni qué tren les pasó encima». Pedro soltó un bufido de satisfacción y asintió para sí mismo, con un gesto expectante que se relajó al fin tras el resultado.
Tommy apareció entonces, deslizándose desde la penumbra del pasillo como una sombra gorda y pesada. Se acercó a las piernas de Pedro, frotando su lomo contra la mezclilla gastada. Pedro bajó la vista y la dureza que había mostrado en la cocina se disolvió en una distracción doméstica.
—Vente para acá, Tommy —murmuró, dejando la taza de café en la mesa lateral.
Se inclinó y tomó la cabeza del gato entre sus manos grandes. No fue un toque delicado; la oprimió con una firmeza tosca, casi posesiva, hundiendo los dedos en el pelaje espeso mientras el gato entrecerraba sus ojos, aceptando esa forma bruta de cariño.
—¿Qué estás haciendo, Tommy? ¿Qué estás haciendo? —le decía en voz baja, casi en un secreto, mientras sacudía ligeramente la cabeza del animal entre sus palmas.
En ese momento, la voz de Susana llegó desde el fondo del pasillo. Venía amortiguada por los muros y el golpeteo del agua, naciendo directamente desde la regadera. El llamado rompió la burbuja de los goles y el café con un tono que no admitía demora.
—¡Pedro! —gritó ella desde el baño.
Pedro soltó a Tommy, que se quedó un momento desconcertado sacudiendo las orejas, mirando hacia la oscuridad del pasillo bajo la luz del televisor.
Pedro caminó por el pasillo, dejando atrás el murmullo del televisor donde comentaban uno de los goles de los Pumas. Empujó la puerta del baño, que cedió con un quejido de bisagras oxidadas. El ambiente estaba saturado de un vapor ralo y el olor metálico del agua caliente que ya empezaba a escasear.
—Pásame la toalla —dijo la voz de Susana desde atrás de la cortina.
Pedro estiró el brazo hacia el toallero. Sus ojos evitaron la silueta difusa y blanca que se adivinaba tras el plástico translúcido de la cortina; fijó la vista en los azulejos amarillentos. Le alcanzó la toalla, una pieza de algodón desgastado que tenía uno de los bordes deshilachado, con los hilos colgando como una herida vieja.
Se escuchó el chirrido seco de la llave al cerrarse. El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el goteo rítmico de la regadera. Susana asomó el brazo, tomó la toalla, pero en lugar de soltarlo, cerró los dedos con fuerza alrededor de la mano de Pedro y, con un movimiento firme, lo jaló hacia el espacio estrecho de la tina.
Pedro tropezó, quedando frente a ella. El pelo de Susana, empapado y oscuro, se pegaba a sus hombros como cuerdas de piano. Sus ojos brillaban bajo la luz blanca del plafón, con una intensidad que lo dejó mudo. El sable de luz rojo de su playera parecía palpitar con el calor del baño.
—¿Qué crees, amor? —preguntó ella, con una voz que era un susurro húmedo.
Pedro sintió la garganta seca y tragó saliva con dificultad. El espacio era tan pequeño que podía sentir el calor que irradiaba la piel de ella.
—Te acabas de ganar un premio por lavar los trastes —sentenció Susana, sin soltarle la mano, dejando que la toalla deshilachada cayera al suelo de la tina.
Pedro no tuvo tiempo de reaccionar. Susana lo atrajo hacia su cuerpo con un movimiento eléctrico, sellando sus labios contra los de él en un beso que sabía a humedad y urgencia. El choque térmico fue inmediato: la playera gris de Darth Vader se empapó al instante, pegándose al pecho de Pedro mientras sentía el calor de la piel desnuda de ella.
—Estás tan caliente, Pedro... —susurró ella entre besos, con la respiración desbocada—. Me encanta que me hayas hecho caso... no dejes de besarme así.
Él respondió a la pasión de golpe. Con las manos todavía torpes por la sorpresa, comenzó a recorrerla. Se hundió en su cuello y bajó hasta sus pechos, buscando los pezones con los labios y succionándolos con una avidez que la hizo arquear la espalda.
—¡Ay, sí...! Ahí, amor, ahí merito —gemía ella, cerrando los ojos con fuerza mientras el pelo empapado le resbalaba por la espalda—. ¡Qué rico…! ¡Qué rico se siente!.
Sin darle tregua, Pedro la tomó por la cintura y la obligó a girarse. La volteó con firmeza y él se arrodilló sobre el piso de la tina, ignorando el agua que se encharcaba, para comenzar un descenso frenético. Le besó las piernas, subiendo por los muslos hasta llegar a las nalgas. Con las manos seguras, las abrió.
—¡Se siente riquísimo! —exclamó ella, apoyando las manos en los azulejos para sostenerse—. ¡Qué rico...!
Pedro le lamió el sexo con trazos largos y luego, con la misma entrega, pasó a lamerle el ano. Susana apretó los dedos contra las juntas de la cerámica, estremeciéndose.
—¡Eso... eso es! —musitaba con la voz quebrada, dejando que la cabeza colgara hacia adelante—. No sabía que tenías tantas ganas... sigue, mi amor, me vas a volver loca. ¡Ay, que rico!
Sus gemidos rebotaban en el espacio cerrado del baño, rítmicos y constantes, mientras ella se abandonaba por completo a las sensaciones, dejando que su voz llenara el hueco que el agua y el silencio habían dejado momentos antes.
Pedro no pudo contenerse más. Se puso de pie con un movimiento brusco, su respiración mezclándose con el vapor denso del baño. Con la mano temblorosa por la urgencia, extrajo su miembro erecto de entre la tela pesada del pantalón y la playera gris mojada. Acomodó a Susana contra los azulejos, inclinándola apenas lo suficiente para posicionar el glande justo en la entrada de su vagina.
Sintió el calor húmedo de ella reclamándolo, pero antes de empujar, Susana llevó su mano hacia atrás. Sus dedos, suaves y húmedos, se cerraron sobre la mano de Pedro que sostenía su miembro, deteniendo el impulso.
Se giró apenas, lo suficiente para buscar su oído, y le musitó con una sensualidad que le erizó el vello de la nuca:
—Te dije que te habías ganado un premio...
Pedro tragó saliva; un frío de emoción pura le recorrió la espina dorsal, un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del agua que goteaba. Ella se pegó más a él, y en un susurro que sonó como una confesión prohibida, añadió:
—Ahí hay crema.
El mundo exterior, el resumen de los Pumas y el ronroneo de Tommy en la sala desaparecieron por completo. Pedro entendió el mensaje, el peso de lo que ella estaba ofreciendo y la complicidad que eso implicaba. Sus manos buscaron el envase en la repisa del baño, mientras el corazón le martilleaba contra las costillas, listo para reclamar lo que Susana acababa de poner sobre la mesa de la manera más directa posible.
Pedro tomó el envase de crema de la repisa con los dedos un tanto torpes, producto de ese nerviosismo eléctrico que lo hacía ver casi como un adolescente en su primera vez. Tenía los cabellos revueltos, algunos mechones pegados a la frente por el vapor y el agua, dándole un aspecto desaliñado que a Susana siempre le despertaba una ternura feroz. Él la miró con esos ojos pardos cargados de una duda excitada, como si necesitara confirmar que el permiso era real.
—¿Segura...? —murmuró Pedro, con la voz quebrada.
Susana soltó una risita suave, cargada de una confianza que solo da la repetición. Se acomodó mejor contra los azulejos, ofreciéndole la curva de su espalda con una naturalidad absoluta.
—Ay, Pedro... —susurró ella, estirando los brazos para apoyarse con fuerza en la pared—. Ya sabes que me encanta. Apúrate, amor, que me enfrío.
Él vertió un poco de crema en sus dedos. El sonido del roce de sus manos lubricadas fue lo único que cimbró el silencio del baño. Con una delicadeza que contrastaba con su corpulencia, comenzó a preparar el terreno. Susana cerró los ojos, sintiendo el contacto frío de la crema que pronto se calentaba con la fricción. Sus nalgas se tensaron ante el primer roce, y luego se relajaron, abriéndose para él en un gesto de entrega total.
—Eso... despacio, amor —musitó ella, mientras su vientre se contraía y sus pechos, todavía húmedos, rozaban la cerámica fría—. Ya conoces el camino, no te pierdas ahora.
Pedro, con el gesto concentrado y el labio inferior apenas atrapado entre los dientes, posicionó el glande. La entrada palpitaba y la experiencia compartida dictaba el ritmo. Él empujó con una lentitud casi agónica, buscando no lastimarla, mientras sus manos grandes se hundían en la cintura de ella para fijar el rumbo.
—¡Oh...! —el gemido de Susana fue largo, una nota contenida que vibró en las paredes del baño—. ¡Sí! ¡Ya está... Ya está…!
Cada centímetro que Pedro ganaba era celebrado por el cuerpo de ella. Sus hombros se sacudían levemente y sus muslos temblaban, mientras sus manos buscaban las juntas de los azulejos para no resbalar por el placer que empezaba a irradiar desde su centro.
—Qué rica está... está bien dura... —susurró ella con la voz quebrada, girando apenas la cabeza para sentir el aliento de él, disfrutando de ese gesto de esfuerzo y devoción que Pedro mantenía en su rostro.
Él finalmente se hundió por completo, soltando un suspiro de alivio y triunfo que le despeinó más los cabellos. Susana recibió el impacto con un espasmo de placer, sintiendo la plenitud de esa invasión pactada. Empezó a mover las caderas hacia atrás, marcándole el compás, recordándole con cada vaivén que ese territorio era el lugar donde ambos mejor se reconocían.
Susana no se quedó estática; comenzó un movimiento de cadera rítmico, un vaivén lento que obligaba a Pedro a sentir cada relieve de ese camino que estaban recorriendo. Su cabello oscuro, empapado por el agua y el sudor, se pegaba a su espalda y a sus hombros como hilos de seda negra, dejando ver la nuca tensa por el esfuerzo.
Al ritmo de su movimiento, sus senos se balanceaban rozando la cerámica fría de la pared; la piel blanca se veía encendida por el calor del baño. Sus pezones, endurecidos por la excitación y el roce ocasional de las manos de Pedro, destacaban como dos pequeñas gemas oscuras sobre la curva firme de su pecho. Sus piernas, largas y fuertes, temblaban ligeramente mientras sus pies buscaban apoyo en el piso de la tina, con los dedos encogidos, aferrándose al relieve del antideslizante.
Se giró apenas lo suficiente para que él pudiera verla. Sus ojos, antes brillantes por la luz, estaban ahora velados, pesados de placer, casi ocultos tras sus pestañas húmedas. Su boca permanecía entreabierta, con los labios rojos y carnosos brillando por la humedad, dejando escapar el aire en pequeños jadeos que empañaban el espacio entre ellos.
—¿Te gusta tu premio, amor? —musitó ella con esa voz contenida, casi un secreto compartido en la penumbra del baño.
Pedro la miró, con su gesto de nerviosismo transformado en una devoción absoluta, sintiendo cómo el mundo entero se reducía a ese vaivén y a la voz de Susana que lo envolvía todo.
El movimiento se volvió más fluido, un ritmo compartido que eliminó cualquier rastro de la torpeza inicial. Susana, sintiendo la plenitud de Pedro dentro de ella, arqueó la espalda hacia atrás, buscando el contacto total de su piel mojada contra la playera empapada de él. Sus nalgas, firmes y elevadas, se alzaron más, ofreciéndole un ángulo más profundo que lo hizo soltar un gruñido ahogado de placer.
Ella llevó una mano hacia atrás, enredando los dedos en el cabello revuelto de Pedro para atraerlo hacia su rostro. Volteó la cabeza todo lo que el estrecho espacio de la ducha le permitía, buscando sus labios con una urgencia renovada. Se fundieron en un beso profundo, hambriento, que sabía a vapor y a café compartido.
En medio del beso, con el cuerpo vibrando por cada embestida y los ojos fijos en los de él, Susana rompió el sello de sus bocas apenas unos milímetros. En un murmullo de placer, cargado de una malicia juguetona que lo hizo estremecer, soltó la pregunta:
—¿Y si un amigo tuyo me tocara ahorita, amor?
Pedro sintió que el corazón se le detenía un segundo antes de galopar con más fuerza. La palabra »ahorita», dicha en ese tono, en ese lugar, le dio una cercanía física a la fantasía que lo dejó sin aliento. Susana lo miraba con una intensidad devoradora, disfrutando del gesto de desconcierto y excitación que cruzó el rostro de él, mientras seguía empujando sus caderas hacia atrás, fundiendo la pregunta con el acto.
Pedro la sujetó por la cintura con una fuerza renovada, sus manos grandes hundiéndose en la carne suave de sus caderas para fijarla contra los azulejos fríos. El contraste entre el calor de sus cuerpos y la frialdad de la pared parecía encenderlo más. Arremetió con una energía bruta, perdiendo el nerviosismo inicial y transformándolo en una urgencia que hacía que el agua estancada en la tina salpicara con cada embestida.
Susana dejó escapar un jadeo largo, su cabeza colgando hacia adelante mientras sus manos arañaban las juntas de la cerámica. Pedro, con el cabello más revuelto que nunca y el rostro encendido por el esfuerzo, pegó su pecho a la espalda mojada de ella. Entre jadeos pesados que le quemaban la garganta, le soltó la pregunta directamente al oído:
—¿De veras te gustaría? —su voz sonó ronca, cargada de una mezcla de incredulidad y una curiosidad oscura que ya no podía reprimir.
Ella no respondió de inmediato con palabras; en su lugar, empujó sus nalgas hacia atrás con más fuerza, recibiéndolo con un espasmo que delataba cuánto le excitaba la mera posibilidad. El baño se llenó del sonido de sus respiraciones entrecortadas y el eco de la pregunta de Pedro, que se quedó flotando en el vapor como un desafío que ambos acababan de aceptar.
Pedro no soltó el agarre; la duda, mezclada con la adrenalina del momento, lo obligaba a buscar una confirmación que fuera más allá de los gestos. Sus manos apretaron con más fuerza la cintura de Susana, hundiéndose en su piel, mientras sus embestidas se volvían más pesadas y profundas. El eco de sus propios jadeos rebotaba en el cubículo de la tina.
—Dime... —insistió él, con la voz rota, pegando su frente a la nuca húmeda de ella—. ¿De veras te gustaría?
Susana guardó silencio por unos segundos, dejando que solo sus gemidos llenaran el espacio, sonidos guturales y constantes que delataban cómo la pregunta estaba elevando la temperatura de su propio placer. Sus manos arañaron los azulejos, buscando un soporte que la realidad ya no le daba.
Finalmente, con la voz quebrada, contenida por la intensidad de lo que estaba sintiendo y el ritmo que Pedro le imponía, soltó las palabras en un murmullo definitivo:
—Sí... sí, mi amor... sí me gustaría.
Al oír ese »sí» definitivo, la última pizca de autocontrol de Pedro se desintegró. El impacto de la confesión fue el golpe de gracia para sus nervios; soltó un gruñido ronco, profundo, que pareció nacerle desde el fondo del pecho, y arremetió una última vez con una fuerza que hizo que Susana se pegara por completo a los azulejos.
El espasmo lo recorrió de pies a cabeza. Pedro sintió cómo la sangre le subía al rostro, empañándole aún más la vista mientras su cuerpo se tensaba en una descarga violenta y prolongada. Sus manos se aferraron a las caderas de ella con una presión casi dolorosa, anclándose a la realidad mientras se vaciaba.
Susana sintió la intensidad de la entrega de Pedro y el calor de su clímax, así que reaccionó con la misma violencia interna. Sus piernas flaquearon y sus pies se deslizaron apenas un par de centímetros sobre el piso de la tina. Un gemido agudo, largo y entrecortado se le escapó de la garganta, mientras su interior se contraía en oleadas rítmicas que buscaban atrapar cada gota del premio que él le estaba dejando.
Se quedaron así unos segundos, congelados en un abrazo torpe y húmedo. El único sonido era el de sus respiraciones desbocadas, que chocaban contra la pared fría, y el goteo persistente de la regadera que ahora parecía aplaudir el silencio que siguió a la tormenta. Pedro apoyó la frente en el hombro de Susana, con el cabello más revuelto que nunca y el corazón martilleando contra la espalda de ella, procesando todavía el eco de las palabras que lo habían hecho estallar.
El aire de la noche se sentía distinto, más afilado. Susana se miró en el espejo del pasillo mientras Pedro buscaba las llaves del coche. Llevaba un vestido que era una declaración de guerra: un negro profundo, de una tela que parecía absorber la luz y que se ceñía a sus caderas con una fidelidad alarmante, casi idéntico al de aquella noche, pero con un escote en la espalda que bajaba hasta donde la imaginación de Pedro empezaba a flaquear.
La conciencia de la tanga le provocaba una sensación de vulnerabilidad eléctrica; cada vez que el roce de la seda tocaba su piel, le recordaba que estaba caminando sobre un alambre de púas invisible. Se calzó los zapatos de tacón infinito, esos que le obligaban a arquear la espalda y a caminar con una cadencia que gritaba peligro.
—Te ves... —Pedro se detuvo en seco al verla, con las llaves en la mano y la boca a medio abrir.
—Ya sé, Pedro. Vámonos, que se hace tarde para lo de Aníbal —lo cortó ella, con una sonrisa que no llegó a sus ojos pero que le encendió la sangre a él.
Llegaron a la casa de Aníbal, un lugar donde la música ya retumbaba contra las ventanas y el olor a carne asada y alcohol barato inundaba la calle. Aníbal era el »mejor amigo» de Pedro, el tipo de hombre que siempre tiene un chiste de doble sentido en la punta de la lengua y una mano que se demora un segundo de más en los saludos. Susana sabía perfectamente cómo la miraba Aníbal cuando Pedro iba por más cervezas; conocía esas bromas que llevaban un dardo de intención clavado en el centro.
Bajaron del coche, el aire frío de la noche golpeó las piernas de Susana, recordándole con una caricia eléctrica su lencería bajo la seda negra del vestido. Caminó hacia la entrada con ese balanceo que los tacones imponen, sintiendo cómo el movimiento de sus muslos generaba una fricción que le subía por la espina dorsal.
Pedro iba un paso detrás. Lo que sentía no era simple celos, era un incendio químico. Observaba la espalda descubierta de su mujer y la curva de sus caderas con una mezcla de posesión salvaje y una angustia que le apretaba la garganta. Tenía el pulso acelerado, una descarga de adrenalina que le bajaba hasta el estómago como un bloque de hielo. Sabía lo que venía; lo habían coreografiado en la oscuridad del auto, y esa complicidad secreta lo hacía sentirse poderoso y miserable al mismo tiempo.
Aníbal abrió la puerta. El aroma a carne asada y leña quemada los recibió de golpe.
—¡Hombre, Pedro! —Aníbal le soltó un abrazo vigoroso, una palmada en la espalda que sonó a lealtad pura. Luego se giró hacia Susana con una sonrisa franca, sin una pizca de malicia—. Susana, qué gusto. Pásenle, están en su casa. Estás espectacular, de verdad, Pedro tiene una suerte que no se cree.
Ese respeto de Aníbal, esa forma tan limpia de recibirla como »la mujer de su amigo», fue el detonante. Mientras Susana le devolvía el saludo con un beso en la mejilla, rozando apenas la piel del anfitrión, Pedro sentía que el aire le faltaba. Ver la decencia de su amigo frente a la intención oculta de Susana le generaba una excitación insoportable, una molestia que se le instalaba en la boca del estómago y que solo servía para alimentar más el fuego.
Se instalaron en el jardín, pero para la pareja, los demás invitados eran solo ruido de fondo. Pedro no podía dejar de mirar el celular que había puesto sobre la mesa, justo al lado de su cerveza. Era su detonador. Cada vez que Aníbal se reía o le servía más vino a Susana con esa caballerosidad impecable, Pedro sentía un tirón de adrenalina. Imaginaba la piel de Susana bajo el vestido, sabía que ella estaba jugando con el límite, y el hecho de tener el control total de la situación a través de ese aparato telefónico lo mantenía en un estado de alerta casi animal.
—Oye, Aníbal —dijo Susana de pronto, interrumpiendo una charla sobre el trabajo—. Pedro me dijo que habías remodelado la recámara principal. Me da mucha curiosidad ver cómo quedó el decorado de la iluminación que mencionaste.
Aníbal, ajeno al abismo que se abría a sus pies, se limpió las manos con una servilleta y se puso de pie.
—Claro, Susi. Quedó muy bien, la verdad. Sube, está justo al pasar el pasillo. Pedro, ¿vienes?
—Me quedo a terminarme ésta —respondió Pedro. Su voz salió más ronca de lo normal. Se obligó a mirar a Aníbal a los ojos, pero la imagen de Susana subiendo las escaleras con el amigo fue un golpe de dopamina que barrió cualquier rastro de duda.
Los vio desaparecer por la escalera. Pedro se quedó solo en la mesa, rodeado de gente que reía, pero él solo escuchaba su propio corazón. El frío en su estómago era ahora un vacío voraz. Sacó el celular, desbloqueó la pantalla y dejó el pulgar flotando sobre el botón de llamada. Era el dueño del tiempo. Era el dueño de la escena que estaba a punto de ocurrir allá arriba.
En la planta alta, Susana entró en la habitación de Aníbal. El orden y el olor a madera limpia de la estancia la hicieron sentirse más expuesta que nunca. Aníbal encendió la luz de lectura, una luz cálida que bañó la cama y las sábanas tensas.
—Es esta, ¿ves? —dijo Aníbal, señalando la lámpara con sencillez.
Susana no miró la lámpara. Se detuvo en medio del cuarto, sintiendo cómo el vestido se pegaba a su piel húmeda por el nerviosismo. Se giró hacia Aníbal, y en la penumbra de la habitación, sus ojos brillaron con una intensidad que Aníbal no supo interpretar. El silencio se volvió asfixiante.
Abajo, en el jardín, Pedro miró el reloj del celular. Un minuto. Sesenta segundos de imaginar a Aníbal cerca de ella, de pensar en el desconcierto del hombre respetuoso y la audacia de la mujer que amaba. La adrenalina era un flujo que le recorría las venas como ácido. Con un movimiento seco, presionó el botón.
El teléfono de Susana, depositado como si tal cosa en la cama de Aníbal, empezó a vibrar con una violencia que rompió el aire.
Susana dio un paso atrás, rompiendo la burbuja de tensión que empezaba a asfixiar la habitación. El vibrar del teléfono sobre el edredón de Aníbal parecía un pulso eléctrico. Con un gesto rápido, lo tomó y le lanzó a Aníbal una mirada cargada de una disculpa silenciosa, una que él recibió con una inclinación de cabeza casi rígida.
—Perdona, Aníbal... es Pedro —dijo ella, con la voz ligeramente agitada.
Se alejó hacia el rincón del ventanal, dándole la espalda. Aníbal se quedó de pie junto a la lámpara, soltando un aire que no sabía que tenía retenido. Aprovechó ese segundo de soledad para recorrer con la vista la caída del vestido negro, la línea infinita de la espalda de Susana y la forma en que el tejido se amoldaba a ella mientras caminaba. Sacudió la cabeza con violencia, cerrando los ojos un instante; era la mujer de su mejor amigo, el hombre que lo esperaba abajo, y esas ideas no tenían lugar en su casa. Se obligó a mirar hacia la pared, buscando recuperar la cordura que ese perfume de mujer le estaba arrebatando.
—Dime, amor... —soltó Susana al contestar, tratando de que su voz sonara ligera, aunque el pecho le subía y bajaba con fuerza—. ¿Todo bien por allá?
Abajo, Pedro estaba hundido en la silla, con el celular pegado a la oreja y los ojos fijos en un punto inexistente del pasto. Al escuchar la voz de ella, tan controlada y a la vez tan cómplice, sintió que el frío del estómago se le subía al pecho. La adrenalina le estaba pasando factura; la molestia de saberla ahí arriba con Aníbal luchaba contra la excitación de haber provocado el encuentro.
—Todo bien —respondió Pedro, y su voz salió con una gravedad que delataba el esfuerzo por mantener la calma—. Solo quería saber cuánto tiempo te vas a quedar mirando una lámpara. Los muchachos ya están abriendo otra botella y Aníbal es el anfitrión, no debería estar tanto tiempo encerrado contigo.
Se hizo un silencio en la línea. Pedro apretó el aparato contra su rostro. Estaba en el límite. Podía pedirle que bajara en ese mismo instante y terminar con la tortura, o podía dejar que el hilo se tensara un poco más. La coherencia de su deseo lo empujaba hacia adelante, pero el respeto por Aníbal era un ancla que todavía pesaba.
—Baja ya, Susana —añadió él, con un tono que pretendía ser una orden pero que sonaba a súplica—. Dile que ya viste suficiente. No quiero que Aníbal sienta que lo estamos molestando.
Susana sonrió para sus adentros, captando perfectamente la vibración en la voz de Pedro. Sabía que él estaba al borde del colapso, disfrutando y sufriendo en partes iguales.
—Claro, mi vida. Tienes razón, ya bajamos —respondió ella, girándose para mirar a Aníbal,
Susana le hizo una seña rápida a Aníbal, un gesto breve con la mano.
—Aguántame tantito —le dijo.
Aníbal asintió con esa seriedad mansa que siempre le tenía. Dio media vuelta y salió al pasillo, dejándole la habitación para que hablara con libertad. Susana se quedó en el centro de la pieza, rodeada por el olor a madera y orden de su amigo. Se llevó el teléfono al oído y bajó la voz a un susurro limpio.
—¿Estás seguro, amor? —preguntó ella, y la pregunta quedó flotando en el aire quieto del cuarto—. ¿Sí has visto cómo me mira, verdad? ¿Es porque es tu amigo?
Abajo, Pedro sintió un vuelco. Esa sencillez con la que ella lo soltó le dolió y lo encendió al mismo tiempo. Estaba sentado en la mesa, apretando el auricular contra la oreja, sintiendo ese frío punzante en la panza que solo la mezcla de adrenalina y molestia le provocaba. Era su amigo, el tipo que lo estimaba, y ahí estaba ella, confirmando en tres frases lo que él siempre había intuido bajo la cortesía de Aníbal.
—Baja ya, Susana —respondió Pedro. Su voz salió con una vibración seca, cargada de una urgencia que no admitía réplica—. Baja ahora.
—Ya voy —dijo ella, y colgó.
Susana se alisó el vestido negro sobre las caderas. Sintió el roce de la tela directamente sobre su piel, un recordatorio silencioso de sus prendas íntimas. Salió de la recámara y encontró a Aníbal esperándola en el pasillo, con la mirada puesta en la escalera, respetando su espacio hasta el último segundo.
—Listo, vamos —le dijo ella al pasar a su lado.
Caminaron hacia la planta baja. Aníbal iba un paso atrás, manteniendo esa distancia de caballero que a Pedro, desde el jardín, le pareció de pronto una frontera a punto de romperse.
Pedro se quedó mirando la pantalla negra del celular. El »ya voy» de Susana seguía retumbando en su oído. Sintió una descarga de adrenalina que le recorrió los brazos, dejándole las manos temblorosas sobre la mesa de madera. El frío en el vientre ya no era sólo nervios; era la aceptación de un deseo oscuro que lo estaba asfixiando.
Miró hacia la escalera y los vio bajar. Aníbal venía detrás, con la mirada fija en los escalones, cuidando de no parecer que observaba el balanceo de las caderas de Susana bajo ese vestido negro que incluso a Pedro le cortaba el aliento. Esa rectitud de Aníbal, esa forma de ser »el buen amigo», fue lo que terminó de romper la resistencia de Pedro.
Cuando llegaron a la mesa, el silencio de Pedro fue absoluto.
—Todo bien, hermano —dijo Aníbal, sentándose y buscando la mirada de Pedro con la honestidad de siempre—. Susana ya vio la lámpara, dice que le gustó.
Pedro no respondió de inmediato. Miró a Aníbal, notando el ligero brillo de sudor en su frente, y luego miró a Susana. Ella se sentó a su lado, y Pedro sintió el calor que emanaba de su cuerpo, ese perfume mezclado con el aire de la recámara de arriba. La molestia por la perturbación a la amistad de Aníbal se convirtió en una excitación líquida, pesada.
Entonces tomó una decisión súbita, como si no fuera él. Habló de las fotos que Aníbal conservaba de cuando fueron a Egipto muchos años atrás. Mostró un entusiasmo que sorprendió a Aníbal. Se levantó de la silla con una decisión repentina, esa que solo da la adrenalina cuando se mezcla con el alcohol. Dio una palmada en el hombro de Aníbal, un gesto de camaradería cordial.
—Vamos los tres —dijo Pedro, y su voz tenía un brillo extraño—. No puedo dejar que Aníbal cuente la historia de Egipto sin que yo esté ahí para corregir sus exageraciones.
Aníbal se rió, contagiado por el entusiasmo de su amigo. —Está bien, subamos. Pero te advierto que mi memoria sigue mejor que la tuya.
Subieron la escalera en fila. Susana iba en medio, sintiendo la presión de los hombres. Delante, Aníbal, el amigo leal; detrás, Pedro, el arquitecto de su propia tortura. En el pasillo estrecho que llevaba al estudio, el roce de los cuerpos era inevitable. Susana sentía el aire frío en sus piernas y la mirada de Pedro clavada en el balanceo de su cadera, una mirada que le gritaba que el juego estaba a punto de volverse real.
Aníbal abrió la puerta del estudio. Era un cuarto pequeño, saturado de libros, con un escritorio de madera pesada y un aroma a tabaco y papel antiguo. Encendió una lámpara de brazo articulado que bañó la estancia con una luz dorada y densa. Sacó el álbum de cuero del estante y lo puso sobre el escritorio.
—Mira, Susana —dijo Aníbal, abriendo la primera página—. Este fue el amanecer en Giza. Pedro estaba todavía dormido en el hotel cuando yo ya estaba ahí.
Pedro se acercó, colocándose al otro lado de Susana, encerrándola. Por un par de minutos, la escena fue de una normalidad casi dolorosa: bromas sobre el calor del desierto, comentarios sobre la calidad de la luz y la risa limpia de Aníbal. Pero Pedro tenía el corazón a mil por hora; el frío en su interior era ahora un vacío eléctrico. Miró a su mujer, tan cerca de su mejor amigo en ese espacio tan reducido, y sintió que el momento había llegado.
—¡Rayos! —exclamó Pedro de pronto, palmeándose los bolsillos—. Dejé el celular en la mesa del jardín. Con la suerte que tengo, alguien va a derramar una cerveza encima o se me va a perder.
Aníbal levantó la vista del álbum, preocupado. —Ve por él, hermano. No te preocupes, aquí la cuido.
—No me tardo —dijo Pedro, retrocediendo hacia la puerta—. Sigan viendo las fotos del templo de Luxor, esas son las que más quería ver ella. Sigue contándole, Aníbal, tú lo haces mejor que yo.
Pedro salió del estudio y cerró la puerta, no del todo, dejando una rendija mínima por la que se filtraba el sonido de la voz pausada de Aníbal.
Se quedó un segundo en el pasillo, solo en la penumbra. Respiró hondo, sintiendo cómo la adrenalina le recorría la espalda. Había dejado a su mujer, vestida con seda y nada más, a solas con el hombre que más respetaba y que, según ella, la miraba con un deseo contenido. Bajó los primeros escalones con las piernas temblorosas, no para ir por el celular, sino para ganar la distancia necesaria y dejar que el silencio del estudio empezara a jugar a su favor.
El ambiente cambió al instante dentro del estudio. Aníbal carraspeó, sintiéndose repentinamente consciente de la cercanía de Susana y de la ausencia de Pedro.
—Bueno... —dijo Aníbal, pasando la página con dedos que ya no estaban tan firmes—. Esta es la entrada a la tumba de Ramsés. La luz ahí es... es muy especial.
Susana se inclinó sobre el escritorio para ver la foto, dejando que su hombro rozara el brazo de Aníbal.
—Es impresionante, Aníbal —susurró ella, girándose para mirarlo—. ¿De verdad estabas tan solo como dices en ese viaje?
Susana escuchó el eco de los pasos de Pedro alejándose por la escalera y supo que el escenario estaba listo. La complicidad silenciosa con su marido, ese pacto de adrenalina y sombras, acababa de dejarla en el centro del tablero. Se giró ligeramente hacia Aníbal, quien seguía señalando una imagen granulada del Valle de los Reyes, intentando mantener la voz firme para ocultar el súbito vacío que la ausencia de su amigo le provocaba.
—Ay, Aníbal, espera... —dijo ella, llevando una mano a su espalda—. Siento algo que me pica horriblemente desde que bajamos del coche. Creo que se soltó un hilo del forro o algo. ¿Me ayudas? No alcanzo a ver.
Se dio la vuelta con una lentitud calculada, ofreciéndole la extensión de su espalda descubierta. Aníbal, el hombre que valoraba la estima de Pedro por encima de casi todo, sintió que las palmas de las manos le empezaban a sudar. Tragó saliva, intentando que su mirada fuera »médica», puramente técnica, pero el olor del perfume de Susana lo estaba golpeando de frente.
—Claro, déjame ver... —murmuró él, inclinándose con un nerviosismo que le hacía temblar los dedos.
Susana, bajo el pretexto de ver mejor la foto del escritorio mientras él la »ayudaba», se inclinó hacia adelante. Al hacerlo, arqueó la espalda y levantó ligeramente las nalgas, provocando que la seda negra del vestido se tensara y subiera un par de centímetros. Fue entonces cuando Aníbal lo vio: el hilo negro de la tanga perdiéndose en la curva de su cadera, una visión que rompió su guardia.
Ella volvió a las fotos sin darle tiempo a procesar, pero esta vez se pegó a él. Su brazo rozaba el pecho de Aníbal; podía sentir el calor de su cuerpo atravesando la camisa.
—Mira esta, Aníbal... el detalle del jeroglífico es precioso —susurró, inclinándose aún más.
Aníbal estaba perdido. Desde su altura, podía oler el aroma dulce de su cabello y, al bajar la vista, el escote del vestido le revelaba el inicio de sus senos, bañados por la luz dorada de la lámpara del estudio. El aire en el cuarto se volvió denso, casi sólido. El respeto, la amistad de años con Pedro y la moral empezaron a disolverse ante la evidencia física de la mujer que tenía al lado.
—Qué bella eres, Susana... —musitó él, con una voz que ya no le pertenecía—. Pedro se sacó la lotería contigo. De verdad.
Susana se giró lentamente, quedando a centímetros de su rostro. Sus ojos, antes claros y distantes, ahora tenían un velo de deseo que Aníbal nunca había visto.
—¿De veras? —preguntó ella, dejando la pregunta vibrando en el espacio mínimo que los separaba.
Aníbal sintió un frío glacial en el vientre en ese instante, esa descarga de adrenalina que avisa de estar cruzando un punto de no retorno. El mundo alrededor desapareció. Los sonidos de la fiesta abajo se volvieron un murmullo obturado, como si estuviera bajo el agua. Entró en una secuencia onírica, un desdoblamiento donde su cuerpo actuaba por puro instinto mientras su mente parecía atestiguar todo desde fuera.
Se vio a sí mismo avanzando, rompiendo la última frontera de la prudencia. Sus labios buscaron los de ella con urgencia. Lejos de apartarse, Susana le respondió el beso con una intensidad que confirmó el juego.
Abajo Pedro miraba su reloj como si quisiera despejar una ecuación con la pura mente. El frío en su interior se intensificaba mientras volteaba hacia arriba por inercia.
Minutos después, Susana y Aníbal aparecieron en el jardín cuando la música ya se mezclaba con el eco de las voces de los otros invitados que aún quedaban. Ella caminaba con una ligereza distinta, el rostro encendido por un rubor natural que el aire de la noche no lograba enfriar. Pedro, sentado en la misma mesa, sintió el impacto de su presencia antes de que ella pronunciara palabra alguna.
—Perdón por la demora —dijo Susana, con una sonrisa que conservaba un brillo travieso—. Pero es que las fotos de los otros viajes también están bien padres, Aníbal se picó enseñándomelas.
Aníbal se quedó un paso atrás. Tenía el cabello ligeramente alborotado y una expresión en la que el entusiasmo del momento luchaba con el peso de la realidad. Miró a Pedro y, aunque su estima por él seguía intacta, en sus ojos se notaba la huella de quien acaba de cruzar un umbral prohibido. Para él, el afecto por su amigo y el deseo por Susana siempre habían habitado compartimentos diferentes; esa noche, simplemente permitió que el segundo inundara el primero.
—Sí... perdón, Pedro —musitó Aníbal con una sonrisa trémula, rascándose la nuca—. Me emocioné explicando lo de las rutas. Oigan, me voy a acercar a la cocina a traer más hielo, ya se acabó. Disfruten, ahorita regreso.
Aníbal se retiró con paso rápido, buscando un momento de aire entre el hielo y las sombras. Pedro lo vio irse, comprendiendo cada matiz de su nerviosismo. En ese instante, una descarga de adrenalina le recorrió la espina dorsal, instalándose en su vientre como un bloque de hielo. Imaginó a su mujer bajo la fuerza de Aníbal en aquel estudio y su cuerpo respondió con una erección fría y persistente. La aceptación de lo ocurrido no le generaba rechazo, sino una vitalidad eléctrica, una conexión cruda con la realidad del acuerdo que habían trazado.
Susana notó la fijeza en la mirada de su marido y la tensión que emanaba de su cuerpo, así que se acercó a él. Ignoró el ruido de la fiesta y el murmullo de los invitados. Lo tomó de las mejillas, obligándolo a verla de cerca. Sus manos estaban calientes y su aliento aún guardaba el ritmo de la agitación de hace unos minutos.
Lo besó con una entrega profunda, un beso largo que parecía querer transferirle toda la energía de lo sucedido en la planta alta.
—Es solo mi cuerpo, amor —le susurró al oído, con una voz que vibraba por la adrenalina compartida—. Yo solo te amo a ti.
Pedro cerró los ojos, sintiendo cómo el frío en su vientre se convertía en una urgencia que ya no podía contener en público. La lealtad de Aníbal y el cuerpo de Susana se habían fundido en una sola experiencia que ahora solo ellos dos debían terminar de procesar.
El trayecto a casa fue un silencio cargado de electricidad, con el motor del auto zumbando como un eco de la tensión que traían de la fiesta. En cuanto la puerta del departamento se cerró tras ellos, el mundo exterior desapareció. No hubo espacio para preámbulos. Pedro arrojó las llaves sobre la consola y, con una urgencia que rayaba en lo frenético, ambos se deshicieron de lo que estorbaba: abrigos, bolsos y zapatos quedaron esparcidos en el pasillo.
Tommy apareció estirándose, esperando sus croquetas con la dignidad habitual, pero fue apartado de un movimiento rápido mientras soltaba un maullido de indignación al ver que su cena no era la prioridad de la noche.
Pedro tomó a Susana por la cintura y la estrelló contra su cuerpo, buscándole la boca con una pasión que sabía a adrenalina y a la culminación de una espera agónica. La tomó con fuerza, la giró y la puso en cuatro patas sobre el sofá, levantando el vestido negro que ya había cumplido su función de camuflaje. Hizo a un lado la tanga y la penetró de un solo movimiento, seco y profundo, sintiendo el calor de ella que todavía parecía conservar la temperatura de la casa de Aníbal.
Susana estaba fuera de sí. Al sentir el impacto de Pedro, sus ojos se cerraron y su mente la proyectó de regreso al estudio. Se vio de nuevo inclinada sobre el escritorio de madera, rodeada del olor a papel viejo y el pulso de Aníbal. Revivió la sensación exacta de recibir el miembro de su amigo mientras él, perdido en un deseo que había guardado por años, le acariciaba los pezones con una desesperación que casi le dolía. El recuerdo potenciaba el presente, fundiendo a los dos hombres en una sola experiencia de posesión.
Pedro la sujetaba por las caderas con una firmeza que le dejaba marcas. El frío en su vientre se había transformado en un incendio de adrenalina pura. Mientras la embestía, se inclinó hacia adelante y le mordió el lóbulo de la oreja, un mordisco pequeño que la hizo arquearse.
—¿Te gustó? —le susurró al oído, con una voz ronca que vibraba por el esfuerzo—. Dime si te gustó, Susana.
Ella guardó silencio por unos segundos, hundiendo el rostro en los cojines, dejando escapar gemidos entrecortados que eran la única respuesta posible a la intensidad del momento. Pedro no se detuvo, buscó el fondo una y otra vez, necesitando esa confirmación que cerrara el círculo de lo que habían provocado.
—Sí... —soltó ella al fin, en un suspiro que fue casi un grito—. ¡Sí, me gustó!
Al escuchar esas palabras, la última barrera de Pedro se desplomó. La descarga fue violenta, una eyaculación que pareció drenar toda la tensión acumulada desde que llegaron a la casa de Aníbal. Se dejó caer sobre la espalda de ella, ambos respirando con dificultad, mientras el silencio del departamento volvía a instalarse, roto solo por el ronroneo resentido de Tommy al fondo del pasillo.
La noche se deshilacha entre risas y el tintineo de copas que chocan. Susana se mueve por la sala con una energía eléctrica, el vestido de flores que le llega a las rodillas baila con ella mientras reparte bandejas de sándwiches, sus uñas de colores centellean bajo las luces cálidas y los delfines de sus aretes parecen saltar con cada giro de cabeza. Pedro la observa desde la barra, apoyado con una cerveza en la mano, sintiendo ese frío familiar en la panza al ver cómo ella, »casualmente», roza el brazo de Aníbal al pasarle una servilleta. Aníbal intenta mantener la compostura, ríe de los chistes de los otros invitados, pero sus ojos traicionan su atención: se pierden en el collar de perlas de imitación que descansa sobre el escote de Susana cada vez que ella se inclina.
Las voces de los amigos se van apagando, las anécdotas sobre el ascenso de ella se vuelven ecos distantes. Tommy deambula entre los pies de la gente, esquivando zapatos y caricias distraídas, hasta que el grupo avanza hacia la salida. Los adioses en la puerta se sienten lentos, espesos. Pedro despide a la última pareja con una palmada en la espalda, pero su mente ya está de vuelta en el centro de la estancia.
El silencio se instala como una sábana pesada. La música sigue sonando bajito, un ritmo constante que marca el pulso de lo que está por venir. Aníbal se queda sentado, con la copa a medio terminar, mirando el suelo con esa sonrisa trémula que no puede borrar. Susana se suelta el pelo, dejando que las ondas le caigan sobre los hombros, y se sienta en el sofá con las piernas cruzadas, dejando que el borde del vestido suba lo suficiente para que la mirada de Aníbal se quede anclada ahí.
Pedro camina hacia ellos, dejando su bebida en una mesa lateral. Se detiene a una distancia justa, la necesaria para verlo todo, para sentir cómo la adrenalina le recorre el vientre al notar que el aire en la habitación ha cambiado. Ya no hay invitados; sólo queda la verdad de lo que pasó en aquel estudio días atrás, flotando entre los tres.
Susana levanta la vista hacia Aníbal, sus ojos brillan con esa fijeza que Pedro conoce bien. El silencio se prolonga, cargado de una electricidad que hace que los vellos de los brazos se ericen. Aníbal traga saliva, su mirada viaja de las uñas de colores de Susana a los ojos de Pedro, buscando una señal, un límite que sabe que ya no existe.
—¿Te gusta el vino, Aníbal? —pregunta ella, y su voz rompe la quietud con una suavidad que suena a desafío—. Siento que todavía estás un poco tenso... después de lo de las fotos.
Pedro se levanta del sofá con un movimiento fluido, intercambia una mirada cargada de intención con Susana y se disculpa con una voz que intenta sonar casual.
—Se me antojó un café —dice, alejándose hacia la cocina.
Desde la barra, entre el sonido de la cafetera y el aroma que empieza a llenar el aire, Pedro observa la escena. Ve a Susana inclinarse hacia Aníbal, hablándole en un susurro constante, casi hipnótico. Aníbal, hundido en el sillón, voltea a ver a Pedro con un gesto de pasmo absoluto, con los ojos muy abiertos, como si intentara procesar una verdad que le vuela la cabeza. Susana le pone una mano en la rodilla, pareciendo tranquilizarlo, moviendo los labios con suavidad mientras el amigo sigue visiblemente nervioso, con la respiración errática.
Pedro regresa a la sala con la taza humeante. Se sienta junto a ella y le toma la mano con firmeza. Siente el calor de su piel y la descarga de adrenalina que le recorre el vientre al ver que el tablero está listo.
—Ya le expliqué todo a Aníbal, amor —dice ella con una calma que desarma.
Pedro voltea hacia su amigo con el pulso a mil. Le sostiene la mirada, sintiendo ese frío eléctrico en la panza.
—¿Y bien? ¿Qué piensas de todo esto? —pregunta Pedro, forzando una nota de franqueza—. No me digas que soy un pinche pervertido, cabrón.
Aníbal suelta una risa nerviosa, un sonido breve y entrecortado que nace de la pura desorientación y que pronto se contagia a los tres. Es una risa que rompe la última barrera del desconcierto. Aníbal se limpia una lágrima imaginaria, sacude la cabeza y, con la voz vibrante, solo atina a preguntar:
—¿Están seguros? ¿De verdad?
Susana no responde con palabras. Aprieta la mano de Pedro con fuerza y se gira hacia él, besándolo con una pasión que sabe a pacto sellado, un beso profundo que termina con un besito suave, de despedida, en la punta de sus labios. Luego, con la misma lentitud, se desliza hacia Aníbal. Le pone una mano en la mejilla, sintiendo el calor de su rostro, y lo besa con la misma intensidad devoradora.
Aníbal abre los ojos de par en par, mirando a Pedro con espanto, esperando encontrar juicio o ira. Pero lo que ve es a un hombre tranquilo, excitado, con la mirada fija en ellos. El asombro de Aníbal se disuelve en una urgencia que ya no puede contener. Se levanta del sillón, toma a Susana de la cintura con manos posesivas y le acaricia el talle, subiendo y bajando, mientras vuelve a mirar a Pedro por instinto.
Pedro da un trago nervioso a su café. Siente el roce de Tommy, que se restriega contra su pierna buscando atención, ajeno al incendio que se gesta sobre él. Susana se voltea de espaldas a Aníbal, pegando las nalgas directamente contra el miembro erecto de su amigo bajo el pantalón. Su vestido de flores se tensa contra sus curvas mientras ella suelta un gemido bajo y, sin dejar de mirar a su esposo, pregunta:
—¿Estás bien, amor?
Pedro asiente, incapaz de articular palabra, con la garganta seca. Susana comienza a mover las nalgas rítmicamente contra Aníbal mientras sus manos, expertas y rápidas, desabrochan los botones de su blusa y sueltan el sostén. La prenda cae, exponiendo sus senos bajo la luz de la sala; los pezones están tumefactos, oscuros y duros por la excitación compartida.
—¿Estás bien, amor? —repite ella, con la voz quebrada.
Pedro vuelve a asentir. Tommy da un salto y se sube a sus piernas; Pedro empieza a acariciarle la cabeza con la mano temblorosa, sintiendo el ronroneo del gato mezclado con el martilleo de su propio corazón. En ese momento, Susana toma las manos de Aníbal y, con un movimiento decidido, las lleva hacia sus senos, dejando que los dedos de su amigo finalmente reclamen lo que ella ha puesto en juego.
Aníbal cierra los ojos al sentir la textura de los senos de Susana bajo sus palmas. Sus dedos, que antes dudaban, ahora se cierran con una firmeza que nace del reconocimiento. Ella echa la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro de Aníbal, mientras sus manos guían el ritmo de las caricias.
Desde el sofá, Pedro siente que el aire de la sala se vuelve más denso. La imagen de las manos de su mejor amigo reclamando el cuerpo de su esposa no le produce ningún rechazo; al contrario, es la validación física de la confianza que los une a los tres. El ronroneo de Tommy en su regazo es un contrapunto rítmico a los gemidos bajos de Susana.
Aníbal se inclina y busca el cuello de Susana, respirando su perfume con una desesperación que ya no intenta ocultar. Ella vuelve a mirar a Pedro, con los ojos empañados por el placer, buscando la confirmación constante de que él está ahí, siendo parte de cada segundo.
—¿Ves, amor? —susurra ella, casi sin aliento—. Mira cómo me toca... mira cómo me desea.
Susana se arqueó, pegando la columna al pecho de Aníbal; sentía la dureza de su amigo a través de la tela del pantalón y la mirada de Pedro, que la devoraba desde el sofá con una fijeza que le helaba la sangre.
Pedro se puso de pie. Sus rodillas vibraban, una debilidad eléctrica que le recorría los muslos mientras caminaba hacia ellos. Al llegar, el calor que emanaba de la pareja lo envolvió como un vapor espeso. Tomó el rostro de Susana entre sus manos, hundiéndole los dedos en el pelo suelto, y la besó con una ferocidad que sabía a posesión y a entrega. Susana le respondió el beso con un gemido sordo, abriendo la boca para recibir la lengua de su esposo mientras sentía, en su espalda, cómo las manos de Aníbal finalmente perdían el respeto por la seda del vestido.
Aníbal hundió el rostro en el hueco del hombro de Susana espoleado por la proximidad de Pedro. Respiró su perfume, mezclado ahora con el rastro del sudor de la fiesta, y sus dedos se cerraron sobre sus senos con una urgencia que ya no pedía permiso. Los pezones de Susana, duros y oscuros bajo la luz de la lámpara, buscaban el roce de las palmas del amigo, mientras ella se retorcía entre los dos hombres, sintiéndose el centro absoluto de un universo de carne.
Sin romper el beso con Susana, Pedro bajó su mano derecha. Deslizó los dedos por la curva de la cadera de ella, subiendo el vestido de flores centímetro a centímetro. La tela se amontonó en la cintura, revelando la blancura de los muslos de Susana y la sombra mínima de la tanga. Pedro metió la mano por debajo del encaje, encontrando la humedad ardiente que ella le ofrecía. Empezó a acariciarla con un ritmo implacable, sintiendo cómo ella se tensaba y buscaba el apoyo de Aníbal, que la sujetaba por la cintura con la fuerza de quien ha esperado años por ese momento.
—Míralo, amor... —susurró ella entre los labios de Pedro, con la voz rota—. Mira cómo me toca...
La sala quedó envuelta en una atmósfera pesada, donde el único sonido era el pulso desbocado de tres corazones latiendo en una sincronía extraña. Aníbal, ya despojado de su ropa, se pegó a la espalda de Susana con una urgencia que hacía vibrar el aire. Sus manos, grandes y marcadas por un nerviosismo que finalmente mutaba en una posesión febril, buscaron la seda del vestido de flores. La tela subió con un siseo eléctrico, amontonándose en la cintura de ella y revelando la curva pálida de sus nalgas bajo la luz ámbar de la lámpara.
Pedro dio un paso atrás, retirando su mano del sexo de Susana con una lentitud deliberada. Cedió el espacio físico, pero no el mando emocional de la escena; se quedó justo frente a ella, a la distancia exacta para que sus alientos se fundieran en uno solo.
Susana no lo dejó ir. En un movimiento instintivo y cargado de intención, estiró los brazos y se ancló a los hombros de Pedro, clavando sus uñas de colores en la tela de su camisa con una fuerza que buscaba estabilidad y pertenencia. Lo miró fijamente a los ojos, con una fijeza que borraba cualquier rastro de la fiesta o del mundo exterior. En su mirada no había distracción, sino una lealtad feroz: incluso ahí, en el epicentro de la tormenta, sus ojos le gritaban que era a él a quien amaba, que ese placer era una ofrenda exclusiva para su vínculo.
Aníbal, con los dedos todavía temblorosos, hizo a un lado el hilo de la tanga. El roce de su piel contra la de ella fue un chispazo que recorrió la columna de los tres. Se tomó un segundo para acomodar el glande en la entrada, sintiendo el calor húmedo de Susana que lo llamaba con un pulso rítmico.
—Mírame, amor... —susurró ella, sin apartar la vista de Pedro, con la voz quebrada por la anticipación.
Aníbal empujó. Fue un movimiento seco, profundo, que lo enterró en ella de golpe. Susana soltó un jadeo largo que terminó en un gemido contenido contra los labios de Pedro, pero no cerró los ojos. Se mantuvo anclada a los hombros de su esposo, utilizándolo como el pilar que la sostenía mientras el cuerpo de Aníbal la habitaba por detrás con una fuerza que la hacía tambalear.
El ritmo de Aníbal se volvió constante, un golpe de carne contra carne que hacía que el vestido de flores se meciera rítmicamente sobre la espalda de Susana, siguiendo el compás de la embestida. Ella sentía cada centímetro de la invasión de su amigo, la dureza y el calor de un hombre que la deseaba con desesperación, pero su centro de gravedad era Pedro. Sus manos apretaban los hombros de su marido con cada golpe, y sus ojos, empañados por un brillo de deseo crudo, seguían fijos en los de él, validando el acuerdo en cada sacudida.
Con el rostro a milímetros del de ella, Pedro veía cómo las pupilas de Susana se dilataban con el roce interno. Sentía el frío de la adrenalina en su propio vientre al verla así: siendo reclamada por otro pero entregada espiritualmente a él. La conexión era absoluta. Susana se arqueaba, buscando el fondo de Aníbal, pero sus labios buscaban los de Pedro, y sus ojos se afianzaban en su mirada como cada vez que hacían el amor.
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