MOMENTOS MEMORABLES
Luciana despertó con el canto de un gallo y con una sonrisa que no cabía en la almohada, consciente de que le esperaba una jornada especial.
Era un lunes de agosto en el que ella tenía dos actividades importantes que le ocuparían todo el día.
Tendría el examen final de su tesis de arquitectura, y era, además, el día que había prometido a su abuelo llevarle al asilo un bizcocho relleno de guayaba por su cumpleaños.
Se vistió rápido. Agarró un rollo con los planos que sustentaban su tesis y, por supuesto, la caja con el bizcocho que había horneado la noche anterior.
Al bajar las escaleras, su mamá le advirtió:
—¡No olvides el paraguas, que está muy nublado!
Luciana rio, tomó el paraguas y salió corriendo.
En la calle, la lluvia empezó a caer con gotitas traviesas. En cada paso se salpicaba y el agua parecía bailar al ritmo de su corazón.
Llegó a la universidad empapada, pero con la caja del bizcocho bien protegida, intacta.
El profesor, al verla, le dijo:
—¡Qué entrada triunfal! Si los edificios que diseñes tienen la mitad de tu energía, serán un éxito.
El examen fue un torbellino de interrogantes sobre la funcionalidad de su proyecto. Cuando entregó los tomos con la parte teórica de la tesis, sintió que sería aprobada pues había dejado un pedazo de su alma en cada texto y en cada plano elaborado.
El jurado analizó su trabajo y lo aprobó.
Salió del aula y, al llegar al asilo, encontró a su abuelo esperándola bajo un gran árbol del patio, con una sonrisa tan brillante como un sol.
—¡Luci! —exclamó el abuelo, usando el apodo que le puso desde niña—. Me trajiste el bizcocho, ¿verdad?
Luciana asintió, abrió la caja y el olor de las guayabas se mezcló con el aroma de la lluvia. Compartieron el postre, la charla y unas cuantas anécdotas de cuando el anciano le enseñaba a construir castillos de arena en la playa.
En ese momento, el tiempo se detuvo: la lluvia, la aprobación de su trabajo, el cumpleaños, las risas… todo era perfecto.
Al despedirse, el abuelo le dio una pequeña piedra lisa del tamaño de una moneda.
—Para que la lleves siempre y recuerdes que cada día puede ser memorable —le dijo.
Luciana volvió a casa con la piedra en el bolsillo y el corazón alegre. Esa noche, mirando la lluvia golpear la ventana, pensó que el día había sido más que un examen o un bizcocho. Fue la prueba de que los momentos simples, compartidos con quien amas, son los que realmente dejan huella.
Y así, con la piedra en la mano y una sonrisa en el rostro, se quedó dormida, soñando con los próximos días memorables que de seguro vendrían para su vida.
Alberto Vásquez.
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