Pronto llegaría la hora puntual en que se definiría la suerte. Sabia que tenia que ser precisamente a esa hora y no minutos después, ya que el carro recolector venia desde abajo a partir del cuarto de hora que restaba y ya para cuando se aproximaba a las aceras del barrio venia apenas a realizar la labor a las volandas porque la hora puntual, además de ser el limite en la jornada laboral de todos los días, también significaba el punto de fuga para otros. De esa manera, era poco o nada lo que se lograba hacer si al llegar a la esquina de la acera se veía solamente las enormes llantas rodar con el cubículo de inmundicias hacia la izquierda, por donde se sale a la avenida principal. Por tanto, terminó de envolver el bulto, a su vez que husmeaba por la ventana. Procuraba no volver a tener que encender la luz desde la última vez que había ido a mirar si existía algún avistamiento de un vehículo recolector. Bajo la oscuridad esperaba entonces, tan solo con la ansiedad de sus parpados temblando. Al escuchar las primeras pisadas comprendería, otra vez, que faltaba poco para que todo empezara. Las pisadas iban y volvían, como si bajaran y subieran escaleras sin cansancio o solo disfrutaran del placer de hacer saltos de cuerda con desbordante energía. Transcurrían segundos y segundos y la única melodía fueron las pisadas hasta que Elkin, no soportando más, halo un poco de la cortina con lo que conseguiría que se filtrara el rayo de claridad que necesitaba para mirar la hora del reloj de pulsera. Eran las doce.
-Otra vez este Hijueputa me está aguando el plan-, Dijo.
Segundos después las pisadas marcharon ahora si por la ruta de las escaleras. Elkin conoce el recuento. Empezaba con el ruido de una puerta al abrirse, de goznes oxidados; luego era una enorme pisada como de elefante estrellándose en el suelo después de la otra enorme pisada, para acabar alternando en el ronroneo de una siguiendo a la otra. A medida que alcanzaban esas pisadas el piso de Elkin, el volumen del ruido fue en aumento y solo cuando dobló el dueño de aquellas pisadas la espiral que superaba el piso de Elkin y daba paso a los nuevos escalones que lo continuarían llevando al descenso, empezó a escucharse el silencio molesto bajo el cual Elkin se recostaba unos instantes mientras terminaba de pensar que hacer.
-Fue lo mismo de ayer. ¡Es que yo si sabía que este hijueputa me la iba a volver a hacer!, se dijo.
Rumió uno o dos juramentos de mas y quiso volver a empezar la tarea. Como lo había presentido, no habían quedado bien hechos los nudos; la sabana era demasiado transparente para ser blanca. En un soplo retiró la sabana y desató los nudos mal hechos. Ahora lo que había vuelto a ver la luz era lo que guardaba el bulto. Acto seguido saco los brazos que estaban doblados en el pecho, estirándolos cada uno para su costado. Otro golpe estricto y que decía lo culminante se avecinó, como si viniera a estropear el aletargado silencio. Una injuria de mas exclamó, dejando el rumiar por el alarido. Terminó por separar de las piernas el falso nudo y con fuerza empujó el cuerpo para volver a camuflarlo en la nueva sabana. La frazada quedó lista. Como de la calle no escuchaba ni un solo murmullo, el haría lo mismo. Con la tarea lista y corregida, espero con absurdo lo inminente. Mas allá de una acera con los restos de la basura a granel que se escapaba de las bolsas agujeradas, no había mas que la soledad de todos los días después de medianoche. No quedaría nada sobre la Avenida principal, por donde el carro recolector pitó y dio su ultimo coletazo. Él estaba dando los pasos cruciales que lo llevarían al primer piso con ello a cuestas. Sudoroso, persistente y voluntarioso, se encontraba lejos de pensar que una puerta vecina pudiera abrirse; lejos de la excusa y por supuesto lejos de lo indecoroso de sentir vergüenza. Acertadas las cosas a su favor, se vio desplegando sus pasos por el limitado corredor, como si la línea recta estuviera condenada a ser de tajo la curva, el declive. Y al adentrarse una vez mas en la espiral, volvió a la intención de consultar el reloj de pulso. Uno de los brazos recién amordazados, se le apareció por encima del hombro izquierdo, en donde hacía peso el cuerpo cuan largo era. No podía negar que sentía pavor, y al estremecerse le vino a la mente una película de terror que llegó a ver. El nudo quedo mal porque resolvió inconscientemente el hacerlo de la misma manera de ayer. El otro brazo increíblemente se quedó adherido en el pecho, cubierto por la frazada. Se pregunto qué cuantos pisos quedaban.
-A lo sumo unos cinco, -, escuchó a sus espaldas, y era el que daba los pasos a medianoche quien le respondía. - Llevo en este edificio como un año y no se cuantos pisos tiene, y debería de ver como van construyendo de pa’arriba-. Elkin, comprendiendo que el cara a cara era un destino que no solo iba a ser posible si no ineludible, optó por hacer de la brevedad su as bajo la manga, y olvidándose del odiado vecino del piso superior, animo la aspereza con la sencillez de dos palabras que no irían ni para mal ni para bien.
-Cómo le va.
El Hombre lo miró de arriba abajo, con mirada analizadora. Miró el bulto de maniquí que colgaba de su espalda, pero Elkin ya estaba preparado para todo. Las voces de los operadores, el llamado uno y otra vez de la sirena del vehículo recolector terminaron de hacer mella en la alucinada audición de Elkin, quien está viéndose en un intrincado cuerpo a cuerpo con el hombre del piso superior por el mismo incidente que viene acaeciéndose desde ayer, cuando estaba intentando en llevar a buen termino su labor. Se está viendo así mismo abofeteándolo, injuriándolo y el vehículo recolector que hace la pausa de esa jornada bajo los últimos pitazos de la noche.
-Se le puede caer. Dijo su vecino. - El piso está resbaloso. La señora de servicio brilló esta mañana.
Elkin, alcanzando el final del corto corredor, empezó a girar en ascenso. En un momento en que giró sobre si para ver desde el hombro el incorpora miento a la espiral, miró fugazmente la hora. Tuvo la corazonada de escuchar una solicitud, reclamo, o recomendación, pero sus pasos no le dejaban detenerse para pensar. El palpito se ampliaba en que, si había recibido una solicitud, un reclamo, una recomendación, aunque ya se encontraba muy alejado del hombre vecino del piso superior y volvía a ignorarlo. Al llegar a su apartamento lanzó aquello pesado que ya atormentaba su espalda encima de la cama, pero como toda cosa probable, esta se desdobló y el bulto dejó ver lo que tendría que ser. Igual que el día anterior, siguió permaneciendo en la oscuridad. Desde poco antes de regresar al dormitorio sabia que era el conducto regular.
Ni por la más mínima curiosidad de husmear por si dentro de poco pasaría por fin el carro recolector se atrevió a halar de la cortina. Menos de encender la luz para mirar con claridad lo que todavía no se atrevía a considerar como inminente. A la mañana siguiente lo primero que hizo fue dejar algo que parecía un cuerpo extendido sobre su cama. En todo el día se quedó sentado a su lado. Algunas veces era que iba a caer despedido de bruces de la silla por la duermevela de esperar que todas las inacabables horas con sus minutos y segundos terminaran con ese día para siempre y lo dejaron solo justamente en la hora puntual de la noche. Eso deseaba, y sin embargo cuando llegó la noche retornaron los pasos agigantados del vecino. Así de esa forma volvía a machacar cualquier intención. Pero en esta ocasión lo hacia con mas apremio que las anteriores, desde que Elkin se encontraba urgido por llevar la misión, poco después de arrendar el piso.
Parecía volvía a caer en el juego de malbaratar todo un día entero (porque efectivamente no podía salir con lo que resguardaba en la cama hasta la calle en donde la luz del día traía consigo caras, mirones, testigos). Aquella cosa que lo paralizaba y por la que no operó con sagacidad fue la ansiosa espera, que distaba muy lejos de lo que muchos empezaron por llamar como retraimiento, remordimiento extremo e inmóvil. Si hay algo en lo que Elkin se siente firmemente identificado es en la frialdad que siempre ha percibido que existe dentro de él. Era de esos que una vez conscientes del acto, conocen lo que sigue, la consecuencia para bien o para mal. Por ello nada tendría de malo si al medio día Elkin resuelve abrir todas las cortinas de la sala del apartamento, abrir las ventanas, abrir la puerta del portón para que siga entrando un buen viento de mediodía bogotano y quizás tarareando una canción de rock en un mal ingles desafinado, mientras del otro lado pasan las sombras de los vecinos, apresurados hacia la hora puntual y pugnando por salir del corredor truculento por el atascamiento de pies. A la luz apagada del cuarto desde la mañana hasta el punto en que la noche traza su límite, pendiente de que el cuerpo no vaya a emitir un suspiro y aun con la alarma que desataría un tercero que no debería de estar en ese lugar y del que es posible que pueda ser escuchado por otros, no vería asomo en salir fuera del apartamento bajo la claridad del día para dejarse ver por los primeros vecinos de la mañana, llevando la careta bien puesta. Cuando le vayan a empezar a preguntar por el maniquí, llevaría entonces a sus labios unas palabras que ya tenia masculladas, porque sabia que existen viejas chismosas como bastardos entre los especímenes. La dificultad radicaba en la moralidad, y esto también lo iba pensando como algo determinante. Pero no veía con buenos ojos el acaparar la aventura de ser descubierto por la sospecha de verse ridiculizado bajo un sonsonete de preguntas que empezarían con un “cómo está” y la pre consabida interrogación manifiesta de que qué era eso que está colgando de su espalda, vecino
-Si. Lo pienso Botar. Era el muestrario del Boutique de mi esposa. - Afirmaría.
En lugar de eso sabe que lo que le convendría por hacer seria permanecer así, en silencio, halando el pliegue de la cortina de cuando a cuando, como desde dos días antes de instalarse en alquiler en el piso 15 del edificio, sin conocer la noticia que venía rondando de una persona extranjera desaparecida. Por la noche, burlando el unánime diagnostico de ansioso extremo inmóvil, habría de embarcarse mucho antes de la hora en que (por la vuelta de hoja del día a la noche) empezaba a sentir los pasillos y caminaba hacia la espiral, desde la parte superior hasta la inferior. Y al elegir la hora señalada y al querer repetir la intencionalidad del día anterior, vuelven las pisadas, pero con el atenuante de ser pisadas mucho mas agrestes, acompañadas de algo que Elkin señaló como lucha. Las alarmas de llegada del vehículo recolector sonaron intensivamente, y una luz anaranjada repiqueteaba, alcanzando a ingresar el hilo de luz por debajo de la puerta. Las pisadas para ese instante se acercaban al corredor del apartamento alternándose con algo que va arrastrado a su vez por un brazo restante. En su detalle por querer encontrar a travez del picaporte de vidrio al enajenado, apenas si logró verlo de perfil, y solo lograría apreciar la bolsa que llevaba levantaba su otra mano, dejando unas cuantas sombras de sangre por caer, mientras se embarcaba en el descenso del edificio, por la espiral. Estando previamente reforzado con dos frazadas de mas que envolvieron dentro de si todo lo que seria en ojos sabuesos de increíble reconocimiento, sus manos tomaron firmemente el bulto. Se lo llevó a las espaldas, así como quien intenta poner a buen resguardo bajo el lomo de su humanidad a un amigo Danes que ha muerto y que necesita que lo bajen del piso 15 hasta el jardín en donde descansaría. En la consigna del tiempo, venia faltando solo minutos rezagados para que volviera a existir otra noche idéntica a la de ayer, mas esperanza que volver a empezar a conformarse con el fracaso. Porque el ayer y el pasado aun le susurraban el sentimiento de estar metido en un embrollo sin salida, en un laberintico sube y baja, en el girar de la izquierda cuando en la caída libre de los pies resbalando por la baldosa lisa sobre la escalera se llega al piso inferior y al cruzar el corto corredor continuar siempre girando a la izquierda, para seguir con los pisos de abajo. Al acabar las alarmas de anunciar la retirada con todo el estercolero vertido en la parte trasera del vehículo recolector, el vecino de Elkin apresura el paso, llegando a la resultante de que le restaba un escalon para ganar el primer piso. Atareado y de repente confuso por no saber que bolsa volver a levantar ahora que había tenido que soltar los paquetes que traía en el suelo porque ya venia con entumecimiento en los antebrazos, va emprendiendo el camino del callejón. Desde hacía un año conocía la hora de paso del vehículo recolector.
-Mierda. - Espetó.
Dejando solo una estela de humo oscuro, el vehículo dio la vuelta y cuando, pasos arriba, Elkin, reaccionando al aviso, mira el reloj, y al oírse la corneta intermitentemente una sola vez mas por algunos segundos, volvió a su modo una injuria a los labios, y es ahí donde finalmente cesa el sonido. De un empujoncito acomodó mejor el bulto.
-Otra vez me echa todo a perder este hijueputa-. Pensó
En el apresuramiento de Elkin, sus pasos, en la lucha personal, llegaban a medio camino de la meta, y aunque ya todo estaba perdido, Elkin no necesitaría que lo absolvieran en su decisión de seguir adelante. No pensaba tanto en la interferencia de su vecino ( en contravía, desligados ya de todo encuentro formulado bajo lo imprevisto, la sorpresa ;la careta ). Elkin estaba preparado para todo.
|