Se trataba de una familia algo curiosa. Al tío abuelo que quedaba con vida (ricachón y solterito), sus sobrinos nietos lo rodeaban halagándolo como a nadie. El viejo, en el fondo mandón y soberbio, pero manipulador como pocos y carismático como nadie si así le convenía, los tenía agarrados a todos en un puño. Aprovechaba, declarando que cada Domingo había que festejar su cumpleaños porque todos ellos, debían agradecer a la vida el hecho de su existencia. De manera que cada Domingo, le preparaban una torta de cumpleaños y le llevaban el desayuno a la cama, reuniéndose al final en un coro de jóvenes voces, a cantarle el Feliz Cumpleaños.
No faltaba quien le hiciera un regalito con los pocos pesos que juntaba. Él mientras tanto, decía, amenazaba, declaraba, negaba y juraba cada vez una cosa distinta relacionada con la herencia.
Ora se la daba a la mujer por ser la única fémina, en razón de su condición, ora al mayor por su primogenitura, un día era al más chico por ser el más responsable, y al siguiente a quien tenía familia con hijos, o a una amiga de la infancia, viuda y buena mujer. Todas las semanas iba al menos un día a la escribanía a modificar el testamento.
Mientras tanto su sobrinada se desesperaba por complacerlo, cosa que el tío aprovechaba de lo lindo. Ordenaba que le cocinaran, que le plancharan tal traje, que lo llevaran a pasear en auto, que le compraran tal o cual cosa y todo, mientras fumaba uno de sus costosos habanos. ¿Acaso alguno se iba a molestar?, más le valía que no chistara siquiera. De ahí que todos hicieran muy buena letra pese a sus exigencias. Matarlo no podían, nadie sabía esa semana quién figuraba y quién no, en el testamento.
Llegó el día de su deceso y al regresar, fueron todos derechito a la escribanía, pidiendo ver de inmediato el documento del occiso. El notario explicó que no existía tal documento. El tío iba semanalmente más que nada a charlar de bueyes perdidos, tomarse un whiskecito y a lamentar la pérdida de toda su fortuna en la Bolsa. |