Un día desperté pegado a la cama. Abrí los ojos con modorra como siempre y cuando quise moverme no pude. Intenté levantar el torso con los brazos y nada. Una fuerza me empujaba hacia abajo. Intenté sentarme de golpe para ver si lo lograba pero no. ¿Qué me estaba pasando? La cabeza lo mismo, podía moverla de un lado a otro pero no despegarla. No estaba triste o angustiado. Estaba sorprendido. Así que grité, que alguien viniera a ayudarme. Me di cuenta que mi hija y mi hijo estaban en el colegio y mi esposa en el trabajo. Giré mi cabeza y alcancé a ver el celular sobre la mesa de luz pero no pude llegar a él. No me quedaba otra que esperar a que mi hija saliera del colegio al mediodía. Intenté volver a dormirme pero no pude. Me puse a pensar en los viejos tiempos de la escuela secundaria cuando viví en un internado. Las noches eran divertidas y siempre hacíamos cagadas con mis compañeros. Había uno a quien habíamos agarrado de punto y le poníamos crema de afeitar en el picaporte de la habitación. Siempre caía y se enchastraba todo. Ahora que lo pienso era una boludés, pero nosotros nos matábamos de la risa. Esos eran buenos tiempos pero ahora. La falta de trabajo, el aburrimiento, el agobio existencial.
Finalmente mi hija llegó de colegio. ¡Renataaaaa!, grité. Ella se asomó desde la puerta. ¿Qué pasa, papi? Renata, estoy pegado a la cama. Uhhhh, ¿y qué puedo hacer? Traeme algo para tomar. Tengo sed. Me trajo un poco de agua fresca, hacía mucho calor. Volteé un poco la cabeza para dar algunos sorbitos de costado. Papá estás todo transpirado. Me puso unos paños frescos sobre la cabeza y encendió el aire acondicionado. ¿Desde cuándo estás así, papá? Desde esta mañana. Me hubieras llamado a la escuela y venía. Pero si no puedo, no puedo ni mover los brazos. ¿Querés que te traiga algo para comer? Sí, un pedacito de pan con mermelada, algo blando y fácil de tragar porque viste que no puedo mover la cabeza demasiado. Me trajo el pan con mermelada y me lo dio de a pedacitos. Calmó mi hambre. ¿Qué le voy a decir a tu mamá? Decile que te despertaste pegado a la cama, y listo. Pero si se piensa que no me quiero levantar. Se va a dar cuenta, papá. Se nota que estás pegado. A lo mejor para cuando ella llegue se me pasa.
Cuando llegó mi esposa ella estaba realmente cansada. Entró en la pieza. ¡Qué calor, por Dios!, exclamó. ¿Te fuiste en bicicleta?, le pregunté. ¿Qué hacés vos acostado todavía? Estoy pegado a la cama. Pufff, lo que faltaba ¿Y desde cuándo? Desde esta mañana. ¿Renata te trajo algo de comer? Sí, sí. Bueno, me voy a tirar un rato al lado tuyo para descansar. Está lindo acá con el aire acondicionado, dijo. ¿Cómo te fue en el trabajo?, pregunté. Bien, bien, me dieron el ascenso. ¡Qué bueno, mi amor! La verdad que sí. Me tenía fe. ¡Más plata!, exclamó. Viene bien porque vaya a saber uno cuánto tiempo vas a estar vos pegado a la cama, así ni trabajo vas a poder buscar. Ya lo sé, dije triste.
Pensé en los buenos momentos. Era vendedor de camionetas Volkswagen. Se vendían bien. Yo conozco el oficio y soy elocuente y tengo el don de seducir a la gente. Tenía buena comisión, así que vivíamos mejor que ahora. Después la concesionaria se mudó a otra ciudad y me quedé sin trabajo. Un garrón. Anduve errante por la ciudad buscando trabajo. Llené las páginas web con mi curriculum. Pero nada. Está dura la calle para un vendedor. Lo único que aparece para vender son cosas raras, chucherías chinas, o cosas invendibles como lanchas o luminarias para eventos sociales. Ahora, pegado a la cama; lo único que me faltaba. A decir verdad yo escuché de algunos otros que despertaron pegados a la cama. Un muchacho conocido que estaba jugando en la reserva de Central y se quebró los cruzados. Un amigo diabético al que le tuvieron que amputar una pierna. Una señora a quien se le murió el marido. Cuando mi esposa despertó le dije: ¿Te acordás de Martita? Cuando quedó viuda despertó pegada a la cama. Sí, me acuerdo, dijo. Pero mejor ni me hagás acordar, la tuvieron que sacrificar, agregó. Tenés razón, dije triste otra vez. Mejor ni recordarlo. Mi esposa todavía estaba contenta por el ascenso. Empezó a besarme y yo hice lo que pude. La cosa se enfervorizó y se subió encima de mí y tuvimos relaciones. Me sentí bien. Un poco hombre. Algo que hacía tiempo no me sentía.
Pasaron unos días. Un día entró mi esposa furiosa en la pieza. A ver dejame ver algo. Pasó la mano entre la cama y mi cuerpo. ¡No hay ningún pegamento, ni nada por el estilo!¡Vos no tenés voluntad para levantarte!¡Te estás mandando la parte! Pero no, mi amor, no me puedo despegar. ¡Mentira!¡Yo no estoy para mantener vagos! Más vale que te levantes. Me apagó el aire acondicionado y salió de la pieza dando un portazo. Al rato entraron mi hija y mi hijo. Habló ella primero: papá, dice mamá que no estás pegado a la cama. Sí, eso dijo, manifestó mi hijo ¿Por qué haces esto, papá? ¿Ustedes tampoco me creen? No me puedo mover. ¿Ustedes se creen que yo quiero estar así? Papá, tenés que salir y buscar trabajo. Somos una familia. Todos tenemos que colaborar. ¡Dios mío!¿Por qué no me creen? ¿Te acordás de Gustavo, Renata? El muchacho que jugaba en Central y se rompió los cruzados. Él también apareció pegado a la cama. Tenés razón, sí, me acuerdo, cuando se curó le dijeron que podía volver a jugar y se despegó. Pensaron en sacrificarlo. Qué triste. Sí, por favor, denme una posibilidad, seguramente voy a despegarme pronto. Pero papá, mamá dice que no hay nada que te pegue a la cama, dice que pasó la mano por abajo de tu cuerpo y no tenés nada. ¡Pero no me puedo mover! Mis dos hijos me besaron y salieron de la pieza.
Traté de hacer un esfuerzo descomunal por despegarme pero no pude. Empecé a angustiarme. Un dolor opresivo en el pecho. Un ardor. Empecé a sentir un fuego adentro mío y la sensación vertiginosa de estar cayendo en un precipicio y la inminencia de que me iba a hacer mierda contra algo. Grité. No fue un pedido de socorro, fue una descarga, volví a gritar. Mi esposa se asomó a la pieza. Vago de mierda, dijo. Ahora hacés show, agregó. ¿Podés llamar a un médico?, le pregunté. Ni loca ¿un médico?¿para hacer más teatro? Voluntad, papito, eso te hace falta. Levantate y déjate de mandar la parte. Nadie me comprendía. Yo hubiera sido el primero en levantarme de la cama y salir a buscar trabajo. No deseaba otra cosa que volver a ser un ciudadano digno. Un trabajador digno. Alguien capaz de sostener una familia. Pero, ahora estaba pegado a una cama sin esperanzas y sin que nadie me creyera. Escuché murmullos entre mi esposa y mis hijos. Lo único que faltaba era que pensaran en sacrificarme. Mi esposa no iba a hacerlo. ¿Saben por qué no iban a hacerlo? Porque mi esposa iba a preferir humillarme siendo ella la que mantenía la casa antes que dejarme morir. Iba a venir a sermonearme todos los días y hacerme sentir un inútil, un fracasado. Posiblemente se iba a conseguir un amante y disfrutar de la vida sintiéndose superior a mí. Solo una cosa podía salvarme, un milagro, que Dios hiciese aparecer alguien en mi casa diciendo que venían a ofrecerme un trabajo. No me quedó otra. No me quedó otra opción que ponerme a rezar. Y eso hice recé por un largo rato hasta quedarme dormido.
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