Los botes, con sus panzas al cielo, dan cuenta del obligado descanso que impone el clima. Algunos no volvieron y las miradas expectantes viajan lejos entre bruma y brisa. Un café amargo despierta los sentidos y las manos entumecidas se aferran a un tazón humeante que se comparte entre varios. Esperan, oran, y esperan. A intervalos, las voces y el llanto se aquietan, solo se escucha el rugido del mar.
Vania está en la orilla, junto al frenesí de las olas, se abraza como autoconsuelo ante el vacío que se instala en su ser. Cruel madrugada que amenaza arrebatarle todo. Su garganta es un nudo, a veces carraspea porque se olvida de respirar. "No podré vivir si no vuelves", lanza su sentencia lastimera como si el mar transmitiera su quejido. ¿Acaso lo hace? "No podré vivir si no vuelves".
Las lágrimas, la brisa, las olas, todo es sal, todo duele. El tiempo avanza, la ausencia golpea. Vania se diluye lentamente. Seis días han pasado; ha vuelto el sol, el buen clima, los botes a la pesca. Su hijo no.
M.D
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