TU COMUNIDAD DE CUENTOS EN INTERNET
Noticias Foro Mesa Azul

Inicio / Cuenteros Locales / dalvenjha / Azul

[C:624930]

He escrito tu nombre en las ventanas de todos los buses que empañé con mi propio aliento, para volver a tenerte cerca, para no olvidar tus letras, o solo para observar el reflejo cansado de mis ojos rojos.

Tenía siempre la muñequita colgando del cierre de mi maletín... era extraña, estudiadamente extraña, pero llamaba la atención, de esas que garantizan preguntas que luego podía responder con fingida modestia (pero auténticamente avergonzado). Cada vez que las respondía, sentía que se volvía más y más falsa, o quizá más desgastada, porque las historias, cuando las cuentas, terminan por perder algo de esa magia que les imprime la realidad. Esa fotografía inicial, de la cual (confieso) solo hablo para llamar la atención.

Todo en la muñeca era azul, sus trenzas eran azules, su vestido azul, a diferencia de las demás que tenían las trenzas doradas. Era rara su expresión medio borrosa, y sus ojos mal cerrados (azules) le daban un aspecto miserable de tristeza inescapable, sumado a muchísimos remiendos evidentes.

—La persona que te regaló eso lo compró seguramente a un sol en una combi—

Pensé que te conquistaría el valor sentimental del gesto, cuya luz era lo único que iluminaba esa expresión de invierno contenido que contrasta con la tarde rosada (bueno, Lima es hermosa por la tarde, no hay nada que hacer), horrible combinación de frío y melancolía que me invade ante la perspectiva de permanecer fuera hasta tarde, antes de dar explicaciones incómodas sobre mi estado emocional, de mirar en el espejo el mismo rictus de muñeca ausente, de confirmar que este último regalo sin entregar me ha pasado a definir.

Cojudeces tuyas, melancolía de mierda, que se confunde con tu timidez.

Son las diez y busco cualquier manera de tomar distancia del desastre, poco a poco me doy cuenta de lo insana de la situación, lo infructuoso de mis “citas”, chapoteo vergonzoso al que me someto, aún sabiendo que mi corazón no acepta esa moneda falsa, manotazo de ahogado. Como perseguido me escapo de la pregunta en mi celular “¿Dónde te has ido?”, miro hacia atrás, pero a estas alturas ya no sé si es para ver si hay alguien más o si eres tú.

Demás está decir que solo he logrado extrañarte en los lugares donde aparecen los rostros ajenos a todo recuerdo. Desubicado he mirado alrededor y justo cuando empezó a garuar sentí como algo se rompió por dentro, y me dolió, y me hizo falta, racionalicé la ausencia, esperé para sacar a relucir el cinismo, se apaciguó el recuerdo y logré treparme, derrotado, a un autobús vacío, a sentarme para actuar como si nada hubiera pasado.

—No tengo recuerdos tuyos aquí, solo tengo tu ausencia en todas partes—

Comienzo a sospechar débilmente que toda esta tristeza que me infecta tiene su foco en el color azul de esa muñeca triste. La miro, un poco con horror y un poco con curiosidad. Me doy cuenta de que estamos llegando al centro y cierro compulsivamente la ventana.

En las lunas de los carros compruebo que las teorías más descabelladas suelen tener razón, empaño las ventanas y leo lo que yo mismo he escrito:

«He escrito tu nombre en las ventanas de todos los buses que empañé con mi propio aliento, para volver a tenerte cerca, para no olvidar tus letras, o solo para observar el reflejo cansado de mis ojos rojos».

Comienzo a pensar en que te diré más tarde (no tengo idea del porqué, hace mucho que no me contestas), pero este juego de imaginar que regresas a pedirme perdón (aunque sé que siempre será al revés), me consuela de vez en cuando: “Me olvidé mencionar que llevo tu recuerdo ahorcado del lado derecho de mi maletín, para poder observarte, te he vestido de azul, y he comprobado que la tristeza te sienta bien”, creo que está bien, pero en el fondo entiendo que me porto así por que jamás he pensado en tus palabras sin dejar de lado mi egoísmo.

Pensé que mi plan era perfecto, pero cada vez son más escasos los teléfonos públicos, es casi medianoche y he tenido que invadir el jardín de un hospital para encontrar un teléfono (azul, lo que me alarma) pero se que de este modo no me podrás bloquear.

—Hola, soy yo—

Puedo casi escuchar tu sorpresa, escucho tu voz asustada del otro lado, no eres tú, eres una versión de ti que no recuerdo con alegría.

Intento balbucear lo que pensé antes, lo único que me sale son frases automáticas que ya no recuerdo, me quedo con la imagen de vestirte de azul atragantada en la garganta. Han pasado tantos años y supongo que aún no sé hablar bien. Hago una nota mental de hacer caso a mis corazonadas la próxima vez —un momento, ¿la próxima vez?— claro, no debería haber otra vez. Lanzo la muñeca al jardín y me subo a la vereda, es hora de irse.

No ha pasado ni siquiera un minuto, y no entiendo... tengo la muñeca de cara borrada en las manos, la acomodo con cuidado, y le limpio la hierba de la trenza; luego vuelvo a pensar que no es mi culpa, que toda esta tristeza de mierda se debe al azul tristeza que se queda pegado a mi retina roja.

Texto agregado el 20-03-2026, y leído por 1 visitantes. (1 voto)


Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte! ]