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ROJO BRILLANTE

La vieja estaba sentada en cuclillas sobre el duro suelo, mientras el viento nocturno cantaba entre las hojas de los árboles. Sonría tenuemente, con los ojos entrecerrados, y las manos arrugadas recogidas en el regazo; justo descanso para unas manos que habían trabajado lo suyo. Todos guardaban silencio, esperando respetuosamente que comenzara. Y así lo hizo. Abrió unos ojos chispeantes, maliciosos, y comenzó su cuento:

“ Garou era un muchacho apuesto. Era difícil presumir esto, pues no era ni muy fuerte, ni muy hermoso. Caminaba de forma desgarbada, sorteando los viejos árboles del bosque al descuido, en una clara mañana de verano; normal, cuando se tienen diecisiete años y el Sol brilla como si acabaran de limpiar su ígneo carro. Sí, Garou era feliz.

A Garou no le turbaban preocupaciones inmediatas. Tenía sus problemas, como todo el mundo. Algunos francamente importantes, o eso pensaba él. Tal vez incluso nosotros hubiéramos pensado que estaba con el agua al cuello, pero Garou era especial. Muy especial. Aunque ahora, en este instante ya perdido en las madejas de ese condenado ovillo llamado Tiempo, su mayor problema era muy simple: hambre, y sed.

Garou olfateó el aire limpio, con su aguileña nariz adolescente. Hmmm, conejo. Podría ser. Pero, espera, viejo lobo solitario, ¿qué es eso que oyes y hueles?. Risas. Infantiles.

Una niña.

Sí, una linda niña pecosa, que corretea sola por este viejo bosque, portando una cesta de mimbre, parecen decir los vetustos robles, y enarcan sus pobladas cejas de musgo, mientras los altos álamos agitan nerviosos sus hojas. Siempre han sido muy nerviosos estos álamos, reprueban los venerables robles, y el viento ríe complacido...

La niña no parece prestar oídos a las murmuraciones del bosque; también normal, a los siete años tienes otras cosas que escuchar. Tu corazón, por ejemplo, y las cosas que te canta, cuando todo es nuevo, y fresco, y hermoso, y la desdicha es como un ave de mal agüero que puedes espantar con sólo batir palmas encantado. Ay, es hermoso contar historias...

Pero Garou no sólo tiene oídos, también tiene ojos, y sabe usarlos. Y sus ojos le dicen que la niñita hace gala de unos ojos verdes como la hierba de un prado de montaña al amanecer, y unos cabellos rojos como un crepúsculo de otoño, cuando las hojas mueren y caen, suspirando por los días perdidos del verano. O mejor dicho, un ojo tan solo. El otro está cerrado por una hinchazón brutal. Y sus dientecitos son blancos, salvo en un hueco que dejan tres ausencias. Fuerte debió ser el golpe. Garou también nota que las ropas de la niña son poco más que harapos rotos y sucios, y va descalza. Y sola, en este bosque antiguo, tan antiguo que no tiene leyes, ni memoria. Y en estas cavilaciones, la niña se tropieza con él.

La jovencita se detiene en seco, asustada, y deja de cantar, y el silencio del anciano bosque retorna, malhumorado, rotundo como un viejo gruñón que recobrara su posesión de mal modo. Y los ojos del joven Garou se tiñen momentáneamente de tristeza, porque hasta para él ha pasado ya el tiempo de la inocencia, y la canción de la niña era como un bálsamo de la memoria, un lienzo suave que restaña viejas heridas...

Pero Garou sigue siendo a fin de cuentas joven, y sonríe, mostrando unos dientes inmaculadamente blancos, proporcionados, y afilados y fuertes. Le habla a la niña con palabras suaves, y le revuelve sus rojos cabellos, y la niña ríe complacida, y el silencio del bosque vuelve a esconderse...

La niña le ofrece comida a su nuevo amigo, pues eso lleva en la cesta. Comida para una tía suya, que vive en una cabaña, en el interior del bosque. Sola. Pero no, agua no tiene. ¿Querría Garou acompañarla hasta allí?. Por favor, por favor, se lo agradecería tanto...

Garou no es amigo de los problemas. Y su fino olfato le advierte. Pero su aguda vista capta el miedo, que repta por los ojos de la niña, como una serpiente sube hasta el nido desprotegido. Y la acompaña.

Ambos caminan, y ríen y cantan, y hasta los mismos viejos robles sonríen, porque ellos también fueron un día ya lejano retoños, y aun bellota...

La casa de la tía de la niña se alza en medio de un claro, en lo más profundo del bosque. Solitaria, se yergue siniestra, aunque es una simple cabaña rústica, y el humo emerge acogedor de la chimenea. Aun así, a Garou se le eriza el pelo, y aun el alma se le erizara, si la tuviera, mientras contempla a la tía de la niña, que les da la bienvenida desde la puerta. Los esperaba.

Es una vieja de unos setenta años, decentemente arreglada, como su cabaña. Vive sola. Los padres de la niña son sus únicos parientes, y de tanto en tanto le enviaban viandas. ¿Querría Garou ser su invitado?. No, no hay mas que hablar. Ella remediaría sus necesidades. Le prepararía una suculenta comida. Tú, mi querida niña, puedes volver con tus queridos padres. Y al decir esto sonreía, mostrando unos dientes amarillos y no menos afilados que los del joven Garou.

Ah, si Garou hubiera tenido unos años más... Pero era joven, e inexperto. No había corrido aun lo suficiente, no había escuchado los sabios consejos de la Luna. Por eso, cuando despertó después de la pitanza, era ya de noche. Y seguía en la cabaña. Encadenado.

Garou contempló tristemente su tobillo encadenado. Era una fina cadena de plata. Pero, a pesar de su fragilidad, supo que jamás podría romperla. Porque con solo rozar su piel notó que era de plata de Luna; una cadena de plata labrada en noches de Luna llena, sabe el Uno con cuánto esfuerzo. Se recostó en el duro suelo, y apoyó la espalda contra las paredes de troncos, y los sintió. Los árboles.

Los troncos de la cabaña no estaban enteramente muertos. Habían atrapado la esencia de los árboles que fueron, y los habían ligado a los troncos putrefactos. Y allí estaban, gritando. Sollozaban, los orgullosos pinos, y gemían, los fuertes robles, y hasta castaños de lastimeras voces había. Garou se tapó las orejas en vano, porque lloraban es su corazón. Y entonces llegó ella. Solo que ya no era una anciana; era una horrenda bruja. NO fue necesario que le explicara nada a nuestro amigo. Supo, supo entonces, aunque fuera demasiado tarde.

Era una bruja de negro corazón, desterrada al bosque, quién sabe si por los hombres de bien o voluntariamente por su alma maldita. Allí vivía, allí tejía sus maldades, allí medraba para corromper todo lo que a su alcance llegara. Por el terror tenía atados a los padres de la niña de cabellos carmesíes, y éstos, descastados, le enviaban lo que podían con su hija, y ni todas las Eirinias del mundo les hubieran hecho cambiar. Pero, reflexionó tristemente Garou, poco extraño resulta de unos padres que en lugar de amor y cariño dan a su hija de siete años golpes y melladuras. Y lloró por ambos.

A la bruja no se le dio un ardite por sus lágrimas, y dado que al primer vistazo le reconoció como del Pueblo, se regocijó sobremanera, y le dijo, entre silbidos maléficos, que esperaba mucho de él: sus huesos para amuletos, su sangre como néctar de vigor para el frío del invierno, y su carne para pociones. Ella era industriosa, así que no tuviera cuidado, ¡todo se aprovecharía!. Y rió malignamente, mientras partía a buscar hierbas.
El amanecer no le trajo ningún consuelo a Garou. Contempló melancólicamente el caldero de la bruja, en el cual destilaría su cuerpo dentro de no mucho tiempo. Lamentaba su vida perdida, sus cazas nunca realizadas, el viento nocturno en la cara mientras la Luna le cantaba a él, elegido entre muchos...

Y así le encontró la niñita. Porque había vuelto. Sí, tenía tan solo siete años, pero ya conocía las maldades del corazón humano. Y, haciendo gala de un valor y un orgullo que hubieran avergonzado al Sol del mediodía, volvió por su amigo. Y tiró, y tiró de la cadena, pero nada podía hacerse. Garou la miró tristemente a los ojos, porque él sabía cómo podrían romperse los eslabones, pero él no le haría eso a su pequeña amiga. Y entonces, los ojos verdes de la niña relumbraron, y Garou, sorprendido, se dio cuenta que algo del Pueblo estaba en ella, y sintió la succión, la desagradable sensación, y la niña supo. Lamió su espíritu, y no se asustó. Entonces, la niña de cabellos como ascuas mortecinas se levantó, tomó un cuchillo que allí cerca estaba y seccionó una de sus muñecas, dejando que su sangre fluyera sobre la cadena, ante la mirada espantada de Garou, que sabía que haría falta mucha sangre para liberarle. Sangre de una virgen.

Le suplicó que no lo hiciera, se lo suplicó, una y otra vez, hasta que ella dejó de sonreír y cerró los ojos. Entonces Garou estiró con todas sus fuerzas, y partió los eslabones, resbaladizos y rojos. Y corrió buscando agua y trapos para taponar la espantosa herida. Solo estaba desmayada, gracias sean dadas a todos los Poderes. La tomó en brazos y la depositó en la cama de la bruja. Era tan frágil, tan indefensa, y le había dado su sangre. Y, a cambio de todo eso, recibía golpes y maldiciones de bruja. Y Garou, el apacible y divertido Garou, sintió crecer la ira dentro de él, como una tormenta amenazante, y ya el trueno retumbaba. Entonces Garou se ocultó en las sombras, y esperó. Esperó noche. Esperó la Tempestad.

A la noche volvió la bruja, y grande fue su enojo al ver la cadena rota. Vociferó, y escupió, y arañó los troncos de las paredes, que chillaron lastimados. Entonces vio a la niña acurrucada en su cama, pálida y marchita. Fue ante ella, y alzó un puño seco y arrugado pero fuerte en la malicia. Y entonces sintió un aliento cálido y húmedo en la nuca. Espeso. Se volvió. Y allí estaba Garou, a la luz de la Luna que entraba orgullosa y triunfante por la ventana. Alto, peludo, fuerte como los hijos de la Madre bienaventurada, y en sus ojos moraba el fuego de la Luna, ardía como las Estrellas que la sirven, doncellas de alta dama. Pero en los ojos de la bruja habitaba ahora el Miedo, miedo al monstruo que rugía más fuerte que el Mar cuando bate las rocas hirientes, y Garou abrió sus fauces, y sus dientes, capaces de cortar el acero, se hincaron, y la cabeza entera de la bruja chasqueó como una avellana entre ellos, mientras sus garras le abrían las costillas con el mismo esfuerzo con que otros abrirían una barra de pan tierno.

Dientes y garras tuvo la bruja, pero menos dolor del que merecía. Amén.

A la mañana siguiente Garou, otra vez un adolescente amable, sacó en brazos a la niña, para que la saludaran el viento y el cielo. La apartó un tanto, y quemó la casa. Y sonrió, porque el humo subió alto, y los troncos ya no gritaban. Suspiraban, y cantaban, y los ecos se perdieron felices en la inmensidad de la floresta...

En los días de viaje que siguieron la niña se repuso un tanto, bajo los cuidados de Garou. Finalmente encontraron a unos gitanos, y éstos saludaron respetuosamente al joven, porque los gitanos, juiciosos, respetan a la gente del Pueblo. Garou les encomendó a la niña, y ellos dieron palabra de hacerla una de los suyos, y que no le faltaría nada. Roble, ceniza y espino, y el pacto quedó sellado. Y si todo ello fallaba supieron, en la terrible sonrisa de Garou, que la niña tenía un amigo del cual era mejor ser también amigo. Y así se separaron, y así acaba el cuento”.

La vieja sonrió mientras los que la rodeaban batían palmas encantados, porque contar una buena historia es si cabe más gratificante para el narrador. Y, coqueta ella, se desembarazó de su capuz, rojo oscuro, y ondeó sus cabellos, que sorprendentemente conservaban su color natural. Rojo brillante. Y volvió a sonreír.

FIN

Texto agregado el 19-10-2004, y leído por 273 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
05-06-2005 Nueva visita me gusta tu estilo es de los que no se pueden dejar. adelante. gatelgto
22-11-2004 Un gran cuento como siempre felicidaes te sigo leyendo. gatelgto
04-11-2004 Nonono ^^ Mi nick "Freya" es de una serie japonesa llamada "chobits" es buena...tienes que verla, mi imagen en mi biografía es de freya. Saludos ^^ freya
 
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