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Ya se ha hablado bastante de hadas, de sapos encantados, de mariposas, duendes y princesas. Ahora quiero recuperar a los seres personificados tras esos míticos personajes. Como la democracia y las filas son los males más necesarios de nuestra sociedad, respetaré el orden de aparición en este maravilloso reparto de seres amables y dignos del mejor de mis sueños. Anémona apareció una semana antes desde la boca de ese monstruo colilargo que es el Metro y nos abrazamos por fin, cerrando ese largo paréntesis de cosquillosas dudas que mutuamente nos embargaban. Ella se transformó delante de mis ojos en una enérgica mujer, dejando de lado sus disfraces de Anémona y de gata, para mostrarme su faceta humana, la más rica y que sólo se evidenciaba en esos textos suyos plagados de magia y poesía. Fue el prólogo de algo que días más tarde dejaría en mi alma recuerdos que conservaré en un lugar privilegiado.

Llegué esa mañana un tanto despistado a aquel lujoso hotel que más bien parecía un escenario televisivo que un lugar al cual se llega y se va, con maletas y recuerdos bajo los brazos. Sabía que los insignes amigos estaban en algún punto que desconocía, pero bastó que preguntara por Rodrigo Pratdesaba para que la niña sonriera y le mandase a avisar de inmediato. Desde el segundo piso, que en ese momento me pareció el séptimo cielo, aparecieron Shou, Rodrigo, Sapo y Anémona, desdoblados desde sus latitudes para estremecer mis sentimientos de hombre vulnerable. Shou bajó corriendo desde las escaleras para abrazarme con una efusividad de viejos amigos, lo mismo hicieron luego Rodrigo, Sapo y Anémona y después de esta cálida recepción, me invitaron para que me integrara a su mesa.

Se hablo de lo divino y de lo profano, Rodrigo, con su voz operática, narraba miles de anécdotas mientras trasegaba un copón de buen tinto. Shou, comentaba algo y sonreía, luego se levantaba para ir a abrazar a alguno y luego, haciendo uso de esa transparencia tan propia de ella, proseguía hilando palabras con ese acento arrobador que poseen las bonaerenses, luego sonreía, acariciaba con sus manos tiernas al que estuviese más cercano y luego, una vez más, se abalanzaba sobre otro para envolverlo entre sus brazos cálidos. Sapo, un señor muy distinguido y de discurso impecable, sonreía apenas ante estos pequeños desmadres que alcanzaban su momento culminante cuando Rodrigo contaba alguno de sus chascarros. Entonces todos reíamos y nos desordenábamos como si fuésemos unos párvulos. Anémona, friolenta y arrebujada en su silla, escudriñaba todo tras sus lentes de gatita intelectual. Ya veía yo como iba tomando cosas de aquí, otras de allá, por allí un gesto, más allá una mueca, acaso una risa y con todos esos elementos a la mano iba hilvanando en su mente el bosquejo de lo que más tarde sería una brillante prosa o una inspirada poesía.
Más tarde, la esposa y las hijas de Rodrigo, agregaron a ese microclima de convergencias su ímpetu caribeño. La esposa, una cascada obsecuente de dichos paralelos a los de Rodrigo y las hijas, dos campanitas que no dejaron de repicar durante toda la jornada.
Cuando yo creía que todo estaba dicho y mi corazón, sintonizado a los de mis amigos, latía casi al mismo ritmo, apareció Ignacia, la elegante dama de la poesía nostálgica y los relatos en sepia. Una sonrisa amplia la antecedió y luego fueron las palabras, cálidas y afectuosas. Ya reunidos todos, como se había trazado en la frontera de lo posible, compartimos el resto de la tarde, conociéndonos en nuestra particular estructura carnal, remodelando las configuraciones de cada uno y objetivando lo que hace un tiempo sólo era una lejana quimera.

Los amigos emigraron más tarde a sus respectivos hogares, dejando la preciosa estela de su recuerdo. Lágrimas y promesas sellaron el adiós de estos enamorados de la amistad y cada uno de ellos ha volcado después en el computador su personal vivencia. Yo lo he hecho desde mi perspectiva, introduciéndome subrepticiamente en aquellos momentos en que no estuve con ellos para no quedar con la amarga sensación de no haber saboreado cada uno de esos instantes y cada uno de sus ensueños…


Texto agregado el 21-10-2004, y leído por 390 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
23-10-2004 Y de pronto, desde las entrañas de aquel hotel, apareció el botones:" Los busca un señor en la recepción". Lo de señor, con minúscula, le queda corto. Gui es un Señor, con mayúscula. Por su aspecto tranquilo, de hablar pausado y escaso, pero que emana calor y amistad en sus comentarios y en sus palabras sutiles. - "¿Sabes Rodrigo?- me dijo- anoche soñe con este encuentro." Desde ese momento confirmé quién era Gui. Lo que siempre había pensado: UN AMIGO GIGANTE, no en estatura, pero sí en calidad de afecto. Desde aquí, a miles de kilómetros, amigo mío, vaya ese abrazo inmenso, llenos de hadas, estrellas, magos y mariposas, tanto de mi parte como el de mi familia. rodrigo
22-10-2004 Uno de los más bellos relatos que he leido en esta página, es un himno a la amistad, al contacto humano y me crea una enorme envidia sana por no haber estado allí... barrasus
21-10-2004 Es una crónica sin hadas, sin duendes, sin mariposas, es una crónica del encuentro, muy bien escrita, excelente redacción y muy emocionante cómo captas los momentos, te recuerdo, en silencio, dibujando caricaturas, que ya quisiera yo ver, y retratando en tu memoria ese día, ese único día que pudimos compartir contigo. Luego el paseo al pueblito de los Artesanos y la despedida. Es cierto que hemos estado enfiestados los cuenteros del encuentro, con flores y estrellas que van y vienen, tu narración nos mantendrá en la felicidad del " encuentro anunciado ". Ignacia
21-10-2004 Querido amigo Gui. La crónica de este encuentro anunciado reporta tal cual sucedieron los hechos aquel día. Es verdad, entre emociones, carrasquillos, cuentos y espontaneidad nos fuimos conociendo y disfrutando esta vivencia tan particular, sintiéndonos enamorados de esta amistad creciente. Mil gracias por compartir este relato. Emocionan tus palabras. Eres un amigo que admiro en sus letras y quiero sinceramente. Shou
21-10-2004 Casi me parece estar allí...¡que maravilla! yoria
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