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La muchacha, transparente y luminosa, meditabunda o impertinente, a veces silenciosa y agazapada, se divertía observando alternadamente con sus ojos sesgados, como el que quiere ver sólo lo que le acomoda y luego su rostro variopinto se encendía con una mirada franca y abierta tal si fuese una asamblea en la cual relucen las prendas más íntimas ante el ojo candente del astro rey y fue entonces cuando sintió en sus ligeras espaldas algo duro que se afirmaba en sus frágiles costillas.

Se dio vuelta para ver quien era el causante de tal molestia y se encontró con el rostro bien afeitado de un señor de terno y corbata que la apuntaba con su revolver. Con su voz educada, este le dijo que era menester silenciarla porque hay cosas que no se pueden andar propalando a los cuatro vientos. Se disponía a disparar y el clic del gatillo parecía que iba a zanjar la situación, cuando el trajeado sintió a su vez que algo duro, tan duro como el revolver que portaba, se posicionaba justo detrás de donde bombeaba su corazón.

Al dar vuelta su cabeza, contempló a un tipo mal agestado que lo miraba con ojos que echaban chispas mientras a través de sus dientes amarillentos profería las siguientes palabras: -Acallarla es detener el proceso en que todos estamos involucrados. El tipo de terno levantó sus manos y no se atrevió a chistar.
El hombre mal agestado sonrió pero luego su sonrisa se transformó en mueca de desagrado cuando a su vez se supo encañonado por un tipo que usaba gafas oscuras y abrigo negro.

Este individuo le habló muy quedo al oído diciéndole que no todo era necesario saberlo. Que las grandes estructuras tienen vicios que se pueden ocultar con un poco de ripio y cemento. En otras palabras, que era conveniente que dejara hablar al que estaba más adelan... Antes que terminara la frase, sintió a su vez algo duro y penetrante lastimándole sus vértebras.

Se dio vuelta sólo para contemplar a una mujer de aspecto hogareño que esgrimía una pistola. –Está cargada señor, por si no me cree. Le ordeno que no obstaculice las vías que nos permitirán saberlo todo. El tipo, algo intimidado, bajó su arma y sacando cuidadosamente una cajetilla de cigarrillos, extrajo uno y le ofreció otro a la mujer.

Está negó con la cabeza y estaba en eso cuando sintió algo duro y frío que le hería su espalda vigorosa. Se iba a dar vuelta para pegarle una cachetada al atrevido que osaba molestarla, cuando comprobó que era un uniformado que bien podría haber sido un militar o un integrante del ejército de salvación, ya que su aspecto era un tanto descuidado.

El hombre, con voz carrasposa, le conminó a bajar su arma diciéndole muy quedo que los procesos deben investigarse muy minuciosamente antes de propalar cualquier barbaridad. Sus palabras fueron cortadas de golpe por el introducirse en sus recias costillas de un objeto duro y punzante.

Era un rapaz que le había colocado un cuchillo entre las rendijas de su esqueleto mientras hurgueteaba en sus bolsillos. Antes que encontrara nada, el individuo arrojó el puñal al sentir que una cosa durísima se apegaba a sus flacas espaldas. Era un hombre de gran estatura que de paso le propinó una cachetada, erizando aún más sus hirsutos cabellos.

Si uno hubiese tenido la oportunidad de contemplar la escena, se habría reído a mandíbula batiente porque aquello parecía una fila de personas que esperasen la apertura de un banco, todos quietos y amedrentados por el que tenían a sus espaldas.
El rapaz, que a pesar de todo era un ser criterioso, alzó su voz para expresar una idea que a todos les pareció salomónica: -¿Qué tal si empelotamos a la eñorita que está delante de toítos nosotros, la cortamos en trocitos y cada uno se lleva su parte?

Los cicunstantes digirieron el concepto, se miraron unos a otros y antes que decidieran que era una muy buena idea, la muchacha aquella, tan rotunda y esquiva, huidiza y presente a la vez, en un momento de descuido, pegó un tremendo brinco y arrancó a morirse.

Cuando las personas se dieron cuenta que se habían perdido la oportunidad de tener aunque sea una parte de aquel codiciado trofeo de caza, se desperdigaron por los cuatro puntos cardinales y aún ahora se les puede ver como voltean todo lo que se les pone por delante para encontrar esa valiosa y escurridiza pieza llamada verdad...






















Texto agregado el 02-11-2004, y leído por 242 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
05-11-2004 como siempre lo unico que puedo decir es que esto esta divertidisimo, definitivamente, tienes el sentido del humor mas agudo de la pagina juliojeda
04-11-2004 Manejas las situaciones como quieres y las desarrollas con pericia envidiable. ¡¡¡Viva la imaginación!!! La tuya graju
03-11-2004 Muy bueno, Guido, el mensaje medio rebuscado, pero el contenido muy entretenido y con el nivel (tuyo) de siempre... guy
03-11-2004 No se puede matar a la verdad... ni disfrazarla, ni encubrirla. Un abrazo. neusdejuan
03-11-2004 Eres de una genialidad increíble. Me encanta leerte. Palom_a
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