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Fueron malos tiempos aquellos en los que Fermín, su padre y sus hermanos, junto con el arado de mulas, trillaban el trigo de las eras de Agramante. Eran los duros días de la guerra de España. Días de hambruna y miedo. Tanto miedo, que el pueblo se hizo quedo y murió de silencio. Por entonces Fermín era un niño a punto de dar el estirón. Era corto de entendederas, pero supo entender que algo grave pasaba, cuando sus vecinos dejaron de callejear. Sólo en la noche adivinaba sus rostros por las sombras que la luz del candil reflejaba en las cortinas de los ventanales. Su rostro se hizo grave, y aprendió a tragarse la risa con la que gratificaba a los pequeños acontecimientos cotidianos. Era menesteroso y siempre preguntaba y repreguntaba las mismas cosas, aunque por ello, las respuestas no dejaran de parecerle nunca una novedad. Falto de memoria (y de algún otro don con los que la naturaleza privilegia azarosa al ser humano), tuvo la suerte de truncar la bobina del recuerdo de todas esas muertes mañaneras, que en más de una ocasión divisaron ocultos tras los ramales del camino. Así olvidó las caras del ingeniero Antón, del herrero Bolaño, del industrial de harinas y de otras tantas desparramadas por los campos en el tiempo de la siega.

-¿Qué es esto, padre?, -preguntaba, cuando deprisa se precipitaban junto con las mulas al entramado del monte.

-Nada hijo, acaban de darles el “paseíllo”

-¿Y qué es eso, padre?

-Los han matado, ¿Ó es que no lo ves?

-¿Y por qué, padre?

-Son rojos hijo, malditos rojos, recuérdalo bien. Tú no has visto nada. Si aún a malas un día te pillaran en estas, escupe dónde el muerto y grita fuerte: “era un maldito rojo”. -Y continuaban el camino hacia los montes.

Siempre las mismas preguntas, siempre las mismas respuestas...Fermín apenas podía reprimir un escalofrío cuando oía el disparo de los rifles y el golpe duro y seco de los cuerpos al caer como fardos en la tierra, igual que el ruido de los sacos de trigo, cuando los dejaban a plomo sobre las carretas. Y él, temblaba abrazado a las piernas, entre los escalofríos de su padre.

Continuaron la siega y continuaron la trilla y a medida que los campos los alejaban del pueblo, los macabros acontecimientos matutinos se fueron espaciando y pudo olvidar. Se habían acercado ya a las postrimerías de Agosto y tocaba trabajar los linderos más apartados del monte. Acostumbraban entonces a pernoctar padre y hermanos en las casetas de labranza. Prudencio, el hermano mayor, no había venido al monte a causa de unas fiebres y le tocó al pequeño bajar solo hasta el pueblo a buscar provisiones. Retornaba de nuevo, con el morral cargado, cuando los ruidos de pasos y las voces, ya tan acostumbradas recién pintada el alba, le hicieron correr a refugiarse tras un chaparro, un poco claro pero muy cercano. Le pudo el miedo. No respiró. Disparos y un ruido seco de desplome. Luego otro. Sólo tenía que esperar unos minutos y seguiría hacia el monte. Y así lo iba a hacer, cuando una mano repentina le agarro por el hombro y otra mano le estiró una oreja.

-Miren que traigo aquí. –Fermín temblaba y por un momento creyó que iba a orinarse encima.

-Déjalo Anselmo, sólo es un niño.

-¿Qué has visto, eh? –Le gritaba Anselmo con la rabia reflejada en los ojos.

-No he visto nada, na, nada –tartamudeó-, de todas formas “era un maldito rojo”.

Por fin pudo decirlo. Ahora sólo le quedaba escupir hacia el lugar que se encontraban los cuerpos, pero tenía la boca seca del terror. Entonces lo vio. Prudencio descansaba con los ojos abiertos, sobre otro cuerpo que boca abajo, estaba mordiendo el polvo. La sangre le había salido a borbotones por el pecho, y un hilo manaba aún desde su comisura. Como pudo, guardando en la garganta el moco de las lágrimas contenidas escupió.

- “Malditos rojos”, -gritó.

Cuando se decidieron a soltarle, salió corriendo hasta llegar sin aliento al primer recodo del camino. Allí, tirado sobre el campo, se orinó, vomitó hasta vaciarse y se embadurnó el dolor con el resto de sus lágrimas.

No lograba entender. Lo único rojo que le había visto a su hermano en toda su vida, había sido aquella maldita mancha de sangre.

Justine





Texto agregado el 05-11-2004, y leído por 1384 visitantes. (19 votos)


Lectores Opinan
15-03-2018 una etapa historica que dejo heridas que nunca cicatrizaran, la grieta persiste debajo de una capa de maquillaje de olvido satini
23-12-2013 Me he tenido que dar un minuto para respirar y escribirte -aunque no podía dejar de hacerlo-. Desde que vivo en España he escuchado varias historias terribles, algunas con tintes semejantes a esta (aunque tú lo cargas con tu capacidad literaria, y eso lo torna tan emocionante como oírlo de boca de quienes lo han vivido, aunque sus expresiones no sean tan bonitas...). ikalinen
23-12-2013 Son períodos de la historia que sólo despiertan preguntas y mucho dolor. Supongo que cada país tiene sus propios capítulos aciagos. Lo malo es que muchos no saben aún cómo cerrarlos. ikalinen
16-09-2012 Tremendo. Es una maravilla. nilope
16-06-2012 andas volando! nicolas_nunca
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