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Las hermanas Cortes eran dos hermosas jóvenes que vivían solas en la casa heredada de sus padres. Gina era un encanto de mujer, suave y dulce como una flor. Susana la mayor se destacaba, en cambio, por su picardía y por su espíritu juguetón. Uno de sus recurrentes objetivos para complacer su carácter bromista era Pancracio, un tipo apocado e inocentón que todos los días pasaba frente a su casa para dirigirse a su trabajo de barrendero en una fábrica de metales. A decir verdad, al tipo aquel parecía faltarle una chaucha para el peso, es decir que su inocencia rayaba en la idiotez.
-Buenos días señorita Gina.
-Buenos, don Pancra ¿Y como está usted esta mañana?
-Como me ve usted, alentado y sonriente.
La verdad es que la sonrisa parecía pintada en ese rostro bobalicón y así fuese que lloviera a cántaros o el sol estuviese descascarando piedras, Pancracio, refractario a todas estas situaciones, caminaba con su paso lerdo, de su casa al trabajo y del trabajo a su casa.

Cierta mañana, Susana urdió una broma que de sólo imaginar sus efectos la hizo lanzar una tremenda carcajada. Aprovechando que su hermana había viajado a la capital durante algunos días para arreglar ciertos asuntos, se le ocurrió jugarle una trastada al inocente varón. Apenas vio que el bueno de Pancracio se acercaba con su sonrisa eterna, tomó entre sus brazos a una gata que acudía de vez en cuando a su casa y simuló llorar desconsoladamente. El inocente de Pancracio no tardó en arrimarse a la muchacha para preguntarle con su voz meliflua cual era el motivo de su pena. La muchacha le miró con sus ojos anegados en llanto, ya que entre todos sus talentos, el más aguzado en ella era su tremendo histrionismo.
-¿Cómo quiere que no llore don Pancra si anoche nomás pasó por esta casa una malvada gitana que le echó una tremenda maldición a mi hermanita?
-¡No me diga señorita! ¿Y se puede saber cual fue la maldición?
-La mujer mala esa transformó a mi hermana Gina en esta gata y dijo con su voz chillona que mientras no encuentre un varón apuesto y gallardo que acceda a vivir con ella, así se quedará.
-¡Eso es tremendo señorita! Pobre señorita Gina. En este pueblo es muy difícil que encuentre a alguien así.
-Y eso es lo que me tiene desconsolada. Estoy condenada a vivir con mi hermana maullando y durmiendo todo el santo día y en vez de esos exquisitos pasteles que ella gusta de comer, ahora tendré que darle sardina enlatada y arenques frescos.
Pancra miraba fijamente a los ojos adormilados de la gata y cuando intentó pasarle la mano por el lomo, la minina se engrifó, lanzando un espantador resoplido. El hombre retiró su mano asustado y haciendo una ridícula reverencia, se disculpó con ella. Susana reprimió a duras penas una carcajada y haciéndose la compungida, apretó la gata a su cuerpo y se despidió del hombre. Este, deseándoles buena suerte y con la promesa de regresar esa tarde, se encaminó a paso lento a su trabajo.

Apenas visible entre las rumas de fierro, Pancracio barría y barría las virutas de metal esparcidas por el amplio galpón, pero su pensamiento estaba puesto en Gina, bella y amorosa mujer que siempre le sonreía cuando le veía pasar. No podía explicarse como podía existir gente tan malvada como para hacerle tanto mal a quien menos lo merecía.
Se repelía por no ser guapo y viril, algo que le habría permitido rescatar a la hermosa chica de las garras de esa cruel maldición. Su alma limpia, manantial desde el cual se desbordaban todas sus buenas acciones, discurría una y otra vez descabelladas soluciones. Aquel día, Pancracio sólo estuvo en cuerpo en su trabajo. Su alma sobrevolaba el limbo de los problemas difíciles de resolver, los que para él eran casi absolutamente todos.

Aquella tarde llegó son inusitada resolución a la casa de las hermanas, tocó el timbre y se asomó la hermana mayor toda llorosa. A sabiendas que el iluso hombre se aparecería por allí en cuanto saliera de su trabajo, la desalmada Susana había picado una cebolla poco antes que ello aconteciera.
-Buenas tardes señorita Susana.
-Malas diría yo- dijo la joven, simulando un desconsolado llanto. –Mírela usted, allí recostada en el sofá como si nada pasara. ¡Que pena más grande Dios Mío! ¡Ella que era mi gran compañía! Yo le converso y converso y ella continúa sin decirme nada, indiferente y al parecer ignorante de la maldición que la tiene en ese estado.
El inocente hombre asomó su cabeza por la puerta y la saludó:
-Buenas tardes señorita Gina.
La gata levantó apenas sus orejas, le miró con sus grandes ojos y luego continuó dormitando.
-Parece que me reconoció. En sus ojos me pareció ver una llamita de comprensión. Tiene que tener paciencia, señorita Susana.
-Estaba pensando que a lo mejor usted puede salvarnos a ella y a mí.
-No me imagino como, pero si de ayuda se trata, lo que usted me pida señorita.
-La gitana dijo que sólo un hombre apuesto y gallardo la sacaría de ese estado ¿no?
-Eso me dijo usted.
-Precisamente por ello es que quiero pedirle que nos ayude y la única manera que esta maldición termine es que usted se lleve a mi hermana para su casa y como sabe si con eso se libera del encantamiento.
-¿A mi casa? ¡Pero si yo vivo en una piecita muy humilde y muy chiquita! La señorita Gina se va a ahogar allí.
-Eso no importa mucho si logramos que se enamore de usted.
-¡Como se le ocurre, señorita! ¿Qué no ve que soy harto feo? Lo más que puede pasar es que ella me desencante a mí y yo termine convirtiéndome en un príncipe y no en el espantapájaros que soy.
-El amor todo lo puede, don Pancra. ¿Cómo sabe si mi hermana siempre lo ha visto a usted como ese príncipe encantado? ¡Acepte por favor y haga lo posible por devolverme a mi hermana!

El hombre, a regañadientes, tomó cuidadosamente a la gata entre sus toscos brazos y se encaminó a su miserable pieza.


A la mañana siguiente, Pancracio despertó con la sensación que alguien le pasaba una lija por su cara. Al abrir sus ojos pegó un brinco al constatar que era la gata la que lo estaba lamiendo. Horrorizado, le dijo a la que el creía que era Gina, que por favor no actuara de manera tan indecorosa, que recordara que ella era una señorita y gata o no gata esa era una virtud que no debía arrojar por la borda. La gata le miraba con sus ojos curiosos y él pensó que debería tener hambre por lo que le preparó dos huevos a la copa.
-Señorita Susana. Espero que este humilde desayuno sea de su agrado. El felino se arrellanó en su destartalado sillón y desde allí le miraba con insistencia.
Al final optó por abrir una lata de jurel y servírsela en un plato, para regocijo de la felina que se la devoró en un dos por tres.
La tarde siguiente, el bueno de Pancracio se dirigió a una peluquería para que le hicieran un lindo corte de cabello, más tarde se compró una bonita camisa y un elegante pantalón. Reconfortado con esos cambios, se dirigió feliz a su hogar con una rosa roja en su mano. Una vez allí le ofreció la flor a la gata, que adormilada, la olisqueó y siguió dormitando.
-Señorita Gina. Tengo que decirle algo.
La minina no le prestó la menor atención y movió una de sus orejas para espantar una mosca que importunaba su sueño.
-Señorita, yo la amo.
La gata, ronronea que ronronea.
-Quiero que usted sea mi esposa.
Otra oreja en movimiento para espantar la misma mosca.
-Por favor señorita Gina. No sabe cuanto la amo.
Casualmente, pasaba por su casa la verdadera Gina, quien, al percatarse de la curiosa escena, se acercó un poco para prestar oído.
-Daría mi vida por usted, señorita Gina. Yo quiero ser ese hombre varonil que la va a rescatar de ese malvado encantamiento. No sabe cuan felices vamos a estar su hermana Susana y yo.
La muchacha al escuchar su nombre se aproximó aún más a la ventana, justo en el preciso momento en que la gata pegó un tremendo salto y se escabulló por allí. Pancracio, desesperado, iba a salir corriendo detrás del felino, pero cual no sería su sorpresa cuando se encontró a boca de jarro con la verdadera Gina.
-¡Resultó, resultó! ¡Amor mío de mi vida! ¡Escuchaste mis palabras!-exclamó Pancracio y se arrojó a los brazos de la dulce chica, quien, sin tener corazón para desencantarlo, le siguió el juego. Además, mirándolo con paciencia, Pancracio no era del todo feo y acicalado como estaba, ya no parecía el tipo torpe y bobalicón que pasaba todos los días por enfrente de su casa. Por lo tanto, tomada ella amorosamente de su brazo, conversaron animadamente durante el trayecto a la casa de la joven y antes que llegaran a su destino, ambos se dieron cuenta que eran el uno para el otro por lo que terminaron perdidamente enamorados.

Susana casi se desmayó cuando los vio llegar tan acaramelados. La pareja, radiante, le contó todo con pelos y señales, Pancracio se mostraba feliz y satisfecho por haber liberado a la chica del encantamiento y esta le miraba con ojos arrobados. Susana, sin entender nada, quiso confesar su travesura pero un gesto de enojo de Gina la contuvo en su intento.

Dos semanas después Pancracio y Gina se comprometieron y un año más tarde, contrajeron matrimonio en la pequeña capillita del pueblo y por supuesto que fueron muy felices.

Susana, la bromista, ahora es una mujer taciturna que espera un galán que la libere del cruel encantamiento de haberse quedado completamente sola…









Texto agregado el 08-11-2004, y leído por 301 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
10-11-2004 cuento hermoso que deja el sabor de una moraleja, delicada pluma, un abrazo. Gracias por entrar por mi ventanita Gloria nito
09-11-2004 Me recuerda a los cuentos de Andersen y de los hnos. Grimm... y el final feliz, el que esperaba ansiosamente. Fui niña de 12 años otra vez. Gracias. Estrellas y abrazo. neusdejuan
09-11-2004 El encantamiento surge cuando una va leyendo estos cuentos tuyo. Sinceramente, admiro tu modo de narrar, tu ingenio y creatividad. Un abrazo. Shou
09-11-2004 esta bueno!! chincho
08-11-2004 Un delicioso cuento, todo amor y ternura yoria
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