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Tras un relampagueo fugaz las luces amainan y el teatro se sume en una frágil penumbra. Murmullos, carraspeos, toses tímidas, luego silencio. El telón deja al descubierto un espacio baldío, un decorado desdibujado por una negrura inesperada y repentina. Simón, que así se llama el apuntador de este teatro, permanece a la espera. Desciende de sus pensamientos y toma conciencia de la situación: los figurantes hace unos minutos que deberían estar en escena, no han sonado los compases que marcan el comienzo de la obra, sólo brilla la oscuridad. Ha llegado su momento. Las luces bailan en un recreo siniestro, alumbran circulares espacios sumergidos en sombras, vacíos de figuras, cómo una vida huída del destino. En el público se masca una ola creciente de inquietud, algunos espectadores se revuelven con animosidad en sus asientos, otros, se sienten destinatarios anónimos de una broma pesada, pero todos esperan el desenlace de esta situación absurda y peculiar, que si nada depara, les concederá al menos un singular protagonismo en la crítica del estreno.


Simón despereza sus piernas en el cubil, luego sus brazos, deshaciéndose del acostumbrado entumecimiento, hoy tan inútil. Va a salir a escena. Se acabó para él la soledad, el vacío obligado, el respirar aquel aire enmohecido y subterráneo. Apenas le quedan fuerzas para contener la ira acumulada, de tantos años de no ser otra cosa, que un conejo que habla desde una madriguera asfixiante. Pero hoy este cado será su trampolín, no hay cazadores en la superficie que le impongan el refugio del miedo. Hoy percibe la gloria, la verdadera, no busca el vanidoso aplauso que endiosa a los actores de estos teatrillos chabacanos; bien sabe lo que dice: son un puñado de simples histriónicos que no declaman ni su propio nombre, bellos semidioses que se venden a las carantoñas de la farándula. Sonríe para sus adentros. Piensa cuánto envidian las modulaciones y el tono de su voz, cómo quieren apropiarse de la fuerza de las palabras que surgen de su garganta, transfiguradas y vivas, pero ellos, no han nacido al alma de la tragedia, son actores de pega, no son teatro, como él... Tan pronto aparece, aupando sus rodillas bajo el impulso de sus brazos, se derrama la luz sobre su estampa. Su mirada se adueña del decorado que le envuelve, un espacio diáfano, una nada indolente y provocadora. ¡Por fin su obra!, él es el personaje, él es el actor. Se arrodilla despacio sobre el escenario, suelta el cabello que le cae en rizos sobre los hombros, y se deshace parsimoniosamente de la ropa. Ovilla su desnudez sobre sí mismo, hasta conseguir agazapado en postura fetal, el cobijo de la luz. Permanece así durante unos minutos. Subrepticiamente, mira hacia el lugar que comunica con bambalinas. Todo está quedo. Ahora o nunca... Gira sobre sí y vuelve a arrodillarse mostrando la cara oculta bajo una máscara, que deja al descubierto una boca carnosa y turbulenta, iniciando seguido un monólogo pausado e implacable...




“Treinta y tres años me preceden y no tengo nada”. El milagro se ha producido. Ha bastado una frase para que su voz profunda, mágica, penetre limpiamente en la sima de los corazones de su público. Todo es silencio y voz, una voz que no deja indiferente, que esclaviza como las turbulencias de un amor prohibido. Sus palabras se descuelgan lentas. ...“Tuve un sueño, un sueño que no dormí o del que no desperté, pero que hoy por fin, me toca vivir. Desde que recuerdo, desde mis días de adolescencia, deseé estar aquí, entre vosotros, sois mi destino. Huyo de una historia escrita por un autor apócrifo, de los grafismos insensatos que mis progenitores osaron esparcir en mi biografía”... Su voz en este momento suena cínica y rota. Invaden su memoria los gritos de súplica de sus padres, la sangre que salpicó la inmaculada tarima del salón de su casa. Oye aún con nitidez, a pesar de los años, el sonido seco de los disparos. Emite una risa entrecortada, levantándose al tiempo que su mano desciende, para encubrir la tumescencia incipiente de su sexo. ...“Mi camino, un camino marcado para su grandeza y la de Dios... Ja, ja, ja”. La carcajada se multiplica en ecos sobrehumanos, un escalofrío sobrecoge la atmósfera de la sala. ...“Me llamo Simón Askenazí, As ke na zí. ¿Les suena? Un apellido con historia. Yo les pregunto ¿Se puede ser un judío de estirpe y no desear serlo? No, no sin alterar el orden natural de las cosas, el orden de Dios, no, sin dejar de existir, sin ser ignorado por los otros. El hombre que lo hace es un proscrito. Es más, el hombre que nace en una familia como la mía, se convierte en un designio, su libertad en una quimera, siquiera puede pertenecerse. Cuando nací, se brindó con vino kosher en el Consejo Supremo, los más grandes rabinos de la aljama festejaron en casa el día de mi circuncisión.”. Coge la camiseta tirada sobre el suelo y la anuda a sus caderas, como si al nombrar el sufrido ritual se hubiera percatado de su desnudez. ... “Fue la primera vez que estuve junto a Miriam Litchmann. Lo contaba mi madre, cada vez que ella venía a casa. Descendía como mi familia de un linaje antiguo, sellado con tinta en varios capítulos del Talmud. Su vida no podía ser de otro modo que atada a mí destino. Así pensó el rabino cuando perdió a su esposa poco después del parto, y así vieron mis padres escritas en nosotros la palabra de Dios. Miriam, incunable de estirpe, prometida en pañales, futura esposa, predecible como las tardes de mi infancia leyendo con mi padre La Torá. Miriam, que debía ser amada por mí con el mismo anhelo que mis padres desearan un descendiente digno del pueblo judío, tal vez un profeta para estos tiempos de olvido. Esos eran sus sueños, sueños que aplastaban a los míos. Pero ellos ya se habían repartido las vestiduras de mi alma... ...A veces me pregunto si fui real en sus vidas. Todo alrededor y dentro de mí parecía planeado, todo era kosher , como la ropa, el vino, la comida o el pan. Y kosher era mi voz. Yo fui la voz de los judíos, como Sinatra fue la voz de América.”


Ahora se ríe con frescura, desenfadado; se entretiene en el recuerdo de sus trece años, en la fama que lo consagró aquél “Sabat” que su padre le invitó en la sinagoga a leer La Torá, cumplida ya su mayoría de edad. Los nervios, la vergüenza, incluso el enojo, todo se diluyó cuando le brotaron las primeras palabras y la congregación quedó sumida en un sortilegio bajo el poder de su voz. Venían de los alrededores para escuchar de sus labios aquél libro sagrado, la sinagoga hasta el momento holgada, quedó pequeña. El peregrinaje era tal, que los asientos sobrantes de la comunidad, tenían que ser reservados con antelación. ... “Desde que cumplí los trece años, sustituí a mi padre en la lectura del Libro Sagrado, ése era el deseo de la congregación y así me lo hizo saber el Gran Rabino. Simón –decían- la voz de Dios, y me cubrían de alabanzas cuando se despedían de mi padre. Mi voz, el garante que compensó la poca brillantez de mis estudios, cuando ingresé por imposición en el Instituto Superior de Estudios Rabínicos. La rebeldía propia de mi edad y ajena de mi casta, me confirmó en mis ideas: Dios era un farsante y le serviría desde la farsa y con la farsa. Yo, Simón Askenazí, sería actor.” ...”Comencé a ver en Dios a mi principal enemigo. Mi mundo se reducía a ser bueno para sus ojos, pero mis ojos no le veían. Me lo hacían presente en todos los actos de mi vida, paseaba por casa con un disfraz invisible, como lo hacía mi perro o cualquier judío de los que con asiduidad venían a comentar sus dudas con el rabino. Su presencia era tan real para ellos como Zacarías o como Sara, los mayordomos, y hablaban con él como si mantuvieran una conversación con un personaje próximo y real. A veces, me contagiaba de su alucinación, y me extrañaba haciéndole un hueco mental a mi derecha, mientras comíamos o cenábamos, procurando mantener los codos pegados a mi cuerpo para no molestarle. Comenzó a impacientarme esa continua presencia fantasmagórica en mi vida, que me perseguía y me importunaba en cualquier acto cotidiano, por banal que fuere. Yo podía aceptar, por tradición, compartir con Dios mi tiempo en las tres oraciones del día, pero aquélla sombra aplastante, vertida intencionada y machaconamente sobre mí, me resultaba insoportable. Tuve que empezar a zafarme de él, y cada día que pasaba, me sentía victorioso: no sólo no derramaba su cólera sobre mí, sino que a menudo ni se enteraba de que andaba merodeando por mi alma, los lugares más oscuros y prohibidos. Caín no supo esconderse a los ojos de Dios, pero mi marca, transparente y sutil, parecía pasar inadvertida a su omnipresencia.” ...“Si un engaño surte efecto, la maraña de la vida se hilvana sobre él, se entretejen los actos alrededor de una mentira de forma tan natural, que uno incluso puede no llegar a percatarse de que está iniciando un doblez espiritual. Reconozco que al principio no fue tan sencillo, y que la pegajosa culpa se adhería a mi espíritu como el lodo y por las noches, teniendo ya como cierto que Dios vivía respecto a mí un largo periodo de olvido, me tiraba en la cama con la angustia anudada a mi garganta, y un torrente de lágrimas de rabia y abandono inundaban mi cara. A veces le provocaba tras estos arrebatos y me abandonaba al onanismo con pasión, soñando que rompía la virginal figura de Myriam, otras, le echaba en cara el engaño con el que se había servido de los hombres, aunque conforme me fui adentrando en las enseñanzas del Talmud, comprendí que eso no podía ofenderle, pues era evidente que eran los hombres los que se servían de Él. Fuera lo que fuere, no parecía dispuesto a desperdiciar ni un segundo de su eterna existencia, y permanecía mudo a mis oídos y ciego para mis ojos, ahondando más la brecha que amenazaba en partirme en dos.” Simón se retira por una puerta falsa del tabique, tiene sed, está exhausto. Desde dentro activa el mecanismo del telón. Cuando desciende, puede escuchar unos tímidos aplausos. Seca la humedad de su rostro, y se estremece al ver mezcladas con el sudor unas trazas de sangre. Duda en si volver a salir, pero una fuerza oculta le empuja. Lo que está escrito, lo lleva escrito en el corazón y ya no tiene cabida para el silencio. Un llanto suave se percibe desde un rincón del escenario, como el de un bebé reclamando cuidados. Simón prefiere ignorarlo, no puede permitirse que nada le desvíe de su destino. Bebe agua y retorna a escena, esta vez envuelto por una túnica negra.


...“A medida que la indiferencia de Dios, se iba fundiendo en mi propia indiferencia, yo iba profundizando en mis estudios. La dejadez que me guió a no prestar dedicación a algo que yo vivía como ajeno, se transformó en una profunda curiosidad, pasaba horas en la biblioteca devorando libros, los sagrados, los prohibidos. Estudiaba las enseñanzas de Dios, en estas y en otras religiones, porque para mi sorpresa, todas las religiones tenían enseñanzas y profetas, y variaban no más, en relación a la necesidad de gobierno y de dominio de las gentes y en las aspiraciones de la mayor o menor tajada, con la cual pretendían gobernar al mundo. Sentí la necesidad imperiosa de desenmascarar a Dios y a mi pueblo y lograr mis aspiraciones en libertad y paz. Sólo quería ser hombre. Todavía entonces hablaba de pueblo... Imbuido en la soberbia de la raza, cuesta mucho deshacerse de los viejos estigmas. Desde el nacimiento, había amamantado, vestido y respirado judaísmo. Pertenecía a la estirpe de los elegidos: los hebreos éramos la semblanza de Dios, el Dios encarnado, el hombre celeste y uno no puede desprenderse de golpe de tantos privilegios adquiridos por el mero hecho de ser... Y ahí estaban mis padres, causantes, quizá sin culpa, de toda mi desazón interior. Me habían traído a un mundo de fe y de profetas, rico y poderoso, con un poder que traspasaba las naciones, portador de un don que pronto comprendieron y que les hizo creer que en mi, se cumpliría la última profecía. Eso significaba poder, poder y gloria para siempre, y cómo una locura a dos, fueron creando el monstruo que creyeron sería finalmente el Mesías y confiaron su amor y mis cuidados, al amor que sin lugar a dudas para ellos, recibía sobradamente de Dios. De este modo, quedé huérfano de afectos, mi corazón suspendido entre dos fuerzas, en las que ambos, habían vertido sus sendas responsabilidades. Mi padre ya no me llevaba pegado a su lado como hasta entonces, y redujo el tiempo que dedicaba a resolver los problemas de los miembros de su congregación. Pasaba largas horas orando en su despacho y escudriñando las líneas y las entrelíneas del Talmud, interpretando signos, recabando cualquier información que le situara en lo cierto de que había engendrado el baluarte de su raza. Mi madre por su lado, hacía gala de una santa resignación, al saberse descuidada de su esposo por un hecho que le sobrepasaba. Aprovechó en volcar sobre mí una esmerada educación, puliendo mis formas, mi figura, mis gestos, en resumen, el buen estar y hacer, del que para los dos, sin atisbo de duda, era el elegido de Dios.” Su gesto se enfada al recordar aquel periodo de su vida. A grandes pasos cruza una y otra vez el escenario, mostrándose al público en todos los planos posibles: eleva los brazos y vuelve las palmas de sus manos hacia el cielo, luego las acerca a sus ojos, las escudriña, las olfatea, las lame. Palpa su cara. Toquetea con ellas todas las partes de su cuerpo, se examina. Le resulta difícil entender lo que sus padres hicieron con su vida, qué vieron en él diferente de aquél ser que sólo deseaba su amor. ¡Tócame tú! Acerca su cuerpo a una mujer joven que le contempla estupefacta. Ha bajado en un suspiro las escaleras laterales y le ha impuesto su presencia. ¡Tócame!, le repite. Simón coge sus manos y las deja apoyadas sobre sus caderas insurrectas. ¡Tócame! Él desea mostrarse en toda su humanidad, y ella, la desconocida, fijos sus ojos en el actor, obedece y tiembla, tiemblan sus manos acariciando los contornos de su figura, rendida ella a esa voz que es a la vez orden y súplica, belleza y misterio, rendida a un deseo que estalla finalmente en sollozos. Entonces reacciona. Simón se percata del descalabro y le pide perdón, roza imperceptiblemente la frente con sus labios, y se escabulle precipitadamente detrás de las cortinas. Allí se estira sobre un sillón, hasta que se serena y su respiración se hace de nuevo imperceptible. Ya en escena, deja en blanco sus ojos, respira profundamente y retoma el hilo de la escena... ...”Por aquél tiempo, mi casa era un bullir de gentes extrañas, extranjeros de mil lenguas y razas que dominaban el hebreo, pasaban temporadas en mi estancia. El despacho de mi padre se convirtió en un escaparate de libros y pergaminos. Cuando se me llamaba (afortunadamente pocas veces), debía acudir a su presencia y dialogaba de cuestiones que a mí me parecían extrañas. Siempre dudaba de estar diciendo incoherencias, sin embargo sus rostros, sobretodo el de mi padre, se iluminaban con un gesto de admiración. Unos y otros, vocalizaban los textos hebreos de diferente modo, pero no estaban satisfechos con su exégesis, sus palabras vagaban sin rumbo adecuado, era entonces lo frecuente que yo compareciera ante ellos y compartiera aquel críptico mundo de susurros y signos. Entonces, yo leía retazos de escrituras que habían permanecido oscuros para ellos. Las palabras que surgían de mi vocalización, espontánea y hábil, encajaban a la perfección en aquél puzzle del que yo desconocía el significado, y casi con veneración, apoyando sus manos sobre mis hombros, se despedían uno a uno cuando me invitaban a retirarme de la sala. Fue mucho tiempo después, en una situación desgraciada para mí, cuando supe que todos ellos, incluido mi padre, pertenecían a la teosofía de La Cábala.”



...”Aquélla actividad pasmosa en la que estaban sumergidos los miembros de mi familia, me concedió finalmente un tiempo para mi libertad. De todos los soportes que habían conformado mi pasado, sólo Miriam permaneció inalterable y real. Cuando cumplió los doce años, la mayoría de edad para las mujeres judías, se reunieron nuestras familias y nos hicieron partícipes del pacto, que ya ellos sellaron cuando nuestro nacimiento. El rostro de Miriam no denotó sorpresa, es más, sus bellos ojos alumbraban un albor que no podía ser otra cosa que felicidad. Permanecí perplejo contemplando a aquella mujer recién estrenada, casi mi hermana, que creció apostada a mi vida como una sombra, y que ahora, se proyectaba en mi futuro como un nuevo sol, que disipaba la constelación de mi propio ser. Me sentí traicionado nuevamente por aquellos seres tan cercanos y queridos, que se habían empeñado en modelar mi vida, como si de un mero barro se tratara. Dije no, sencillamente, y abandoné la mesa haciendo caso omiso a la reprobación de mi madre y al castigo seguro, que por insolencia, me había ganado ante mi padre. Para entonces, yo ya la amaba con locura, ¡cómo no hacerlo! Su belleza se había añadido como un regalo, al amor profundo que había ido sedimentado poco a poco en mi amiga compañera de infancia; pero ellos, nuevamente me había robado el privilegio de realizar mi sueño, declararle mi amor abrazados bajo la luna, en la noche de Rash Hashaná.” (1) ...” Aquélla libertad inesperada me sumergió por fin en mis propios anhelos. De mis obligaciones a mis libros y de ellos, a Miriam. Pasábamos juntos la mayor parte del día, en su casa o en la mía, paseando, en el cine o en el teatro. Nos dedicábamos a conocernos y a profundizar más en nuestro amor, ya declarado una noche de San Valentín, en la que ambos nos regalamos El Cantar de los Cantares. Teníamos entonces dieciséis años, y cada año, después de aquélla fecha, nos recitábamos los versos llenos de pasión cuando llegaba el día de los enamorados, aunque nunca pasamos del umbral del beso, azorados por la carga de deseo que llevaban nuestras palabras. Pero aquél San Valentín, todo iba a ser distinto...La luna brillaba con más intensidad, con ese brillo provocador, que sólo perciben los ojos que desean. Yo declamé: ¡Qué bella eres, amada mía, qué bella eres! Palomas son tus ojos a través de tu velo; tu melena, cual rebaño de cabras, que ondulan por el monte Galaad (...) Me robaste el corazón, hermana mía, novia, me robaste el corazón con una mirada tuya, con una vuelta de tu collar (...) Mi voz se hizo ronca al acariciar su piel y Miriam, desabrochándose su camisa en un gesto de entrega, continuó: ¡Oh, si él me besara con besos de su boca! Porque mejores son tus amores que el vino (...) ¡Qué hermoso eres, amado mío, qué delicioso! Puro verdor en nuestro lecho (...) (2) Aquélla noche sellamos nuestro pacto, Miriam y yo, desnudos sobre el césped, entrelazados en un abrazo húmedo y dulce, cuando nuestro sexo trascendió dónde sólo a veces trasciende el espíritu.”



Simón apenas puede contener la emoción. Ha recitado los versos de forma entrecortada sorbiendo lágrimas esquivas a su control. Se permite un nuevo descanso y se retira hacia el interior. Ni acciona el telón. Y el público quieto, casi ni respira, no quiere despertarse de un sueño. Cuando regresa sobre el escenario, el llanto, que parece de mujer, se ha hecho más intenso. Prosigue su relato, su voz profunda sumergida en matices reverberantes, ampliándose en ecos las emociones tan largamente aprisionadas que cristalizan en el aliento contenido de los espectadores. ...”Se acercaba el día del Iom kipur, la festividad judía del perdón, y pronto regresaría a casa por un periodo de vacaciones. Deseaba ardientemente ver a Miriam, ni el teléfono ni los mail, me resarcían de sus brazos. Una semana antes de la fiesta perdí todo contacto con ella, nada de lo que hice por encontrarla dio resultado, parecía que se la hubiera tragado la tierra. Cuando llamé a mis padres, aunque sin aclarar nada, me tranquilizaron diciéndome que como siempre, nos veríamos en el Iom kipur. Sin embargo, Miriam no llegó, ni tampoco su padre. Mi consternación era tal que nadie se atrevía a mirarme. Pero yo sí miré, y veía culpa en sus ojos, culpa y miedo. Y yo también tuve miedo, pero me atreví a preguntar. Habíamos acabado de cenar y se acercaba peligrosamente la puesta de sol. Si así sucedía, mi padre se sumiría en sus oraciones y mi madre se retiraría a la sinagoga. ¿Dónde está Miriam?, grité con furia. Mi padre, sin mostrar la menor turbación, arrancó con un versículo de proverbios que utilizaba cuando me privaba de algún deseo o quería ocultarme una verdad, y por enésima vez en mi vida, escuche: “Hijo mío, dame tu corazón y deja que tus ojos observen Mis caminos” (3) Entonces mi móvil sonó. Ya me recriminaban por tener conectado el teléfono, habiendo comenzado el Iom kipur, cuando al otro lado de la línea, me sorprendió la voz del rabino Litchman. Miriam quería verme y sólo me llamaba por estricto deseo de ella. Tendrían que llover mil días del perdón, como una lluvia de estrellas, y aún así, nunca lo habría hecho, ni aún sabiendo que ello significara su condena. Me lo dijo atropelladamente, seco, como si hablar conmigo le resultara una carga insoportable. Pero Miriam quería, y él deseaba su paz. Me esperaban en el hospital de Jerusalem. Sus palabras me pusieron sobre aviso de que algo grave ocurría y mi semblante debió dibujar el rostro de la bestia, porque mis padres me miraron con terror. Entonces, con la tranquilidad del que sabe que va a transgredir las normas para siempre, apagué de un soplo la vela del Iom kipur. Hoy no os solicitaré el perdón, les dije, porque tampoco deseo vuestras bendiciones. Fue la penúltima vez que los viera con vida.”...


...”Cuando llegué a la habitación parecía dormida, blanca como la cera sonrió al escuchar mi voz. El rabino se retiró después de murmurarme al oído una maldición. Hacía una semana que le habían practicado un aborto, por eso estaba allí. Las cosas se habían complicado. Mis padres estaban enterados, y tal y cómo yo mismo pensaba (¡Dios mío, yo!), estuvieron de acuerdo de que ese era el mejor proceder para salvaguardar nuestro futuro. Contuve la ira porque la vi débil, tanto que pensé acertadamente que el tiempo apremiaba. Sujeté sus manos y en un murmullo le recité la oración del perdón. Yo había sido el causante de aquél daño horrible y la ignorancia de lo que había sucedido no hacía que me sintiera menos culpable. Así se lo dije mientras ella me miraba con los ojos llenos de amor, y con una entereza que ya siempre me faltó, le volví a susurrar: ¡Qué bella eres amada mía!, me robaste el corazón con una mirada tuya, ¡toda hermosa eres, amada mía, no hay tacha en ti! Llévame en pos de ti, ¡corramos! (4) Y cuando la besé, mis besos cayeron a lo más profundo del olvido.” Aquí Simón se ha desgarrado, grita un no rabioso y oculta los ojos tras sus manos. Espasmos convulsos, casi epilépticos, llanto gutural contenido, unas lamentaciones que no encuentran muro ni consuelo. Parece que la obra haya llegado a su fin, tal es la desolación del espíritu del actor. Finalmente recoge la cabeza entre sus rodillas, pequeños hipos, cada vez más espaciados, parecen devolverle a la calma. Cuando reinicia su soliloquio su voz se expande con la resonancia adquirida por el llanto recién abandonado.


...”Paseé quien sabe cuantas horas y supe que el dolor amainaría, igual que su pérdida crecería en mí, como las olas de un mar embravecido. Cuando regresé a casa comenzaba a amanecer. No sabía bien cual sería mi actitud para con mis padres, sólo sentía que a medida que me acercaba, el odio crecía con una furia desmedida. No los encontré en la sinagoga, donde siempre pasábamos la madrugada del Iom kipur. Ni aún sabiendo que yo podría haberme enterado de lo que había sucedido, tuvieron a bien esperarme, o quizá por eso no lo hicieron... No debían creer que Miriam hablase, pero tampoco esperaban que ella estuviera muerta. En silencio, me dirigí hacia el despacho de mi padre, pero tampoco estaba allí. Me senté en su sillón. Sobre la mesa, remarcados con rotulador fluorescente, estaban esparcidos varios papeles. Me había equivocado al pensar que ya nada más podría helarme el corazón. Sobre una carpeta, había varios papeles cabalísticos, que los devoré cercano a la naúsea, y debajo de un pisapapeles, subrayado en amarillo, unos párrafos de los versos del Qumrán: “Y Tú golpearás a los pueblos con la fuerza de tu boca; con tu cetro devastarás la tierra y con el soplo de tus labios darás muerte al impío...” (5) y sobre otro papel: “No se le conocerá mujer y no tendrá otra descendencia que la del pueblo judío, que poblará la tierra como las estrellas poblarán el firmamento hasta la eternidad”. Miriam había muerto en el empeño de mi padre, de que se cumplieran en mí las escrituras.”


...”Cuando llegué a la caseta del guarda, ya sabía que le quería matar. Cogí el arma y me apresuré de nuevo hacia la casa. Los encontré en el salón, cobijados y silenciosos junto al fuego. Cuando me miraron, vieron el arma. Miriam ha muerto, dije. Entonces comencé a disparar contra mi padre. Suplicaban perdón, era el Iom kipur, pero ella ya no podría perdonarles, el mal estaba hecho. Cuando miré a mi madre, vi a la mujer que en tantas ocasiones había abrazado a Miryam, vi a aquélla madre que ella amó como a la madre que no conoció, y supe entonces, que ella había abusado de su amor, de la misma manera que había abusado del mío. Acto seguido, le disparé. El primer acto de justicia de su Mesías, había recaído sobre ellos.” ...“Diez años después, salí de La Casa de la Salud de Teshuvá (6), cuando los médicos decidieron que mi estado no haría correr peligros a la sociedad, y los jueces creyeron que mi condena ya estaba cumplida. Desde entonces, he perseguido solitario mi último sueño, de compañía itinerante en compañía itinerante, hasta llegar aquí, Y ahora a vosotros os pongo por testigos. “Y os pongo por testigos al cielo y la tierra, he puesto frente a vosotros la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Por tanto, escoged la vida para que podáis vivir, vosotros y vuestra descendencia”. (7) Y tal es el día en que creo que todo se ha cumplido.”(...)


Inicia su tercera hora incansable. Se aproxima el relato al minuto que representa. Ya el llanto se escucha claramente y Simón vuelve la cara hacia el lugar dónde se desvían los ojos del público. Paralelo en el escenario, surge un nuevo foco, alumbrando un círculo de apariencia espectral. Al principio la imagen es borrosa, pero poco a poco, delimita las mismas líneas que Simón recorta sobre la luz. Lo que ahora declama, es su mismo presente. Siente temor. A medida que sus palabras salen de su boca, la otra imagen, la nueva, va tornándose oscura, nítida, tétrica. Su voz surge ya como un hilo delgado y siente que la vida se escapa de su ser. La luz que alumbra a Simón, se debilita hasta que lentamente su figura queda borrada de la escena. El apuntador ha dejado de oírse y quedamente desciende el telón. Cuando el telón se alza de nuevo, el escenario está bañado en una claridad sublime, ni un rescoldo de sombras. El público espera que el actor, todavía arrodillado y con su torso apoyado hacia adelante, se levante y reverencie a los espectadores, que ahora le vitorean puestos en pie. Pasan los minutos y continúa inmóvil. Siguen los aplausos... Simón, ha muerto.






(1)Año Nuevo judío (2)El Cantar de los Cantares de Salomón (3)Proverbios, 23-26 (4)El Cantar de los Cantares de Salomón (5) Quram, 1Q sb V, 23-25 (6)Teshubá (arrepentimiento) (7)Deuteronomio, 30-19


justine

Texto agregado el 10-11-2004, y leído por 948 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
23-12-2013 No voy a detenerme demasiado en eso de que muchas psicopatías son provocadas por los entornos en que se crían algunas almas desdichadas. Diré sí, que no me ha sido difícil imaginar el escenario, la obra, las emociones... todo se transmitía, dibujado y perfecto en mi mente a medida que lo leía. Y la historia, estudiada, bien pensada e hilvanada, es de una sensibilidad y un dramatismo abrumador. ikalinen
22-09-2013 el hombre celeste, un solo hombre del que toda la humanidad es parte. si nos lo es dado, ahondaremos en su misterio y descubriremos, más o menos, qué papel actuamos en él. Tal vez debamos compensar el dolor de no comprender del todo con la pasión del amor y la muerte. tal vez. quilapan
22-09-2013 Simón encarna al ser contemporáneo que debe asumir o sacudirse una tarea tan seria. todo descrito en un lenguaje diestro desplegado en mitad de la descripción y el monólogo interior. y hasta con un final dramático de novela policial. muy, muy bueno quilapan
11-04-2008 El destino, el perdón y el amor a Dios sobre lo demás (pero lo demás es el mismo también), en combinación, genera grandes contradicciones en que este perfecto texto busca escudriñar. Maravilloso. roberto_cherinvarito
16-01-2008 Encantador tu texto valiosa textura literaria asi que sin mas ni mas ***** arcangel_solar88
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