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Inicio / Cuenteros Locales / gui / Anselmo, el solterón empedernido

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Anselmo creía tenerlo todo resuelto en su vida. Solterón, más por falta de osadía que por carencia de oportunidades, había sido, casi sin darse cuenta, sobrepasado por las hojas del calendario que implacablemente se desplomaban una tras otra, de tal suerte que más temprano que tarde, quedó muy atrás ese joven un tanto despreciativo con todo lo referente a lo matrimonial, para transformarse irremediablemente en un hombre maduro, el cual era contemplado por las féminas desde sus asientos del último ferrocarril, sabedoras que ya no habría otra oportunidad para él, en otras palabras, se había quedado en el andén de la estación de las ofertas mirando embobado como se alejaba ese postrero tren.
Pero, como decíamos, el creía ser una persona a la cual los problemas del resto le esquivaban y pasaban de largo. Por ejemplo, su pieza era un templo del orden, nada escapaba a su maniático afán de mantenerlo absolutamente todo en regla y hasta las moscas se frenaban en seco ante su mampara, sabedoras que en ese lugar inmaculado no habría nada para ellas. En su trabajo, realizaba sus labores sin inmiscuirse con la chimuchina del resto y se decían de él tantas cosas: que era un homosexual reprimido, que era un misógino, que tenía severos traumas, que cuando niño había sido violado, que esto y que lo otro y Anselmo sólo tenía claro que era un hombre soltero por convicción y doctrina.

Su vida estaba marcada por una rutina sin pausas, hacía todos los días el mismo itinerario y en ese previsible trajín, el ritual de sus hábitos cercenaba toda posibilidad de encontrar nuevos caminos que lo condujesen siquiera una sola vez a un paradero insospechado. Acaso los fines de semana esto fuese alterado en cierta forma por su incondicional afecto a su amigo de infancia, al cual continuaba visitando sin interrupciones de ningún tipo. Clemente, que así se llamaba, era para él su hermano, aquel que la naturaleza le había mezquinado. Visitarlo y permanecer charlando con él en su casa, era algo que le daba un gran sentido a su existencia y le proporcionaba fuerzas para enfrentar su inalterable rutina.
Pero no ocurría lo mismo con ese hermano supuesto que lo recibía con una sonrisa en sus labios pero con el aguijón de la incomodidad punzando sus espaldas. Clemente, antiguo compañero de preparatoria de Anselmo, esperaba todos los domingos a su amigo solterón. La mujer de este “hermano” ya comenzaba a sentirse molesta por las continuas demandas de su esposo, en el sentido de comprar algún tipo de producto que era sabido que le gustaba a Anselmo, desechar aquello que le provocaba repulsión, no hacer algunas cosas que le intranquilizaban, como colocar el aparato de radio más allá de cierto nivel, conversar sólo de ciertos temas y no haciendo, ni por broma, mención a otros que podrían herir la susceptibilidad de Anselmo. Ella, callaba, pero sus furibundas miradas ya comenzaban a hacer su parte en el inminente estrago que provocaría entre ambos, la intromisión de ese amigo consuetudinario.

Aquel domingo era precisamente el día en que Anselmo hacía su aparición con una enorme sonrisa en su rostro, estrechando en un contundente abrazo a ese que consideraba su hermano, besando a “su cuñada” quien, a su vez, lanzaba un beso de fogueo que se perdía en la atmósfera viciada de la incomodidad. Pero aquella jornada, Lucrecia tenía preparada una sorpresa. Hastiada por los remilgos de aquel a quien, más allá de toda apariencia, siempre había considerado un advenedizo, ese día se hablaría de todo, se comería de lo que hubiese y la música se escucharía al volumen que ella quisiera. Efectivamente, a la hora establecida sonó el dindong del timbre y Clemente, haciendo alarde de cortesía con el invitado y algo molesto por las precauciones establecidas, abrió la puerta para encontrar en ella al simpático “hermano”, quien se abalanzó encima suyo con todo el peso de us humanidad para palmotearle su espalda y lisonjearle con extremada afectación.
-Querido hermano, pero que gusto de verte. Tú estás cada vez más joven y mi cuñadita cada vez más linda.
La mujer le saludó con un desgano que no pudo disimular, su rostro no mostró señas de sentirse halagada y se dirigió a la cocina para continuar con sus quehaceres.

-Lucrecia ¿Qué pasó con el Pisco Sour?
-Se acabó la semana pasada.
-Sabías que hoy nos visitaba Anselmo.
-Lo sabía. Compré Cognac
-Tienes muy claro que mi hermano odia ese licor.
-Pues que comience a apreciarlo.
La primera banderilla estaba clavada en el lomo del solterón. Más tarde se producirían los reclamos por la comida, que Anselmo nunca ha comido esto, que la música está muy alta, que por favor no toquemos este punto porque a mi hermano le desagrada hablar de ello, que esto, que lo otro.

Cuando cayó la noche como el más negro pendón en el ánimo de Anselmo, este, ya bastante incomodado con tanta irregularidad, se despidió de Lucrecia y llamó a Clemente a un lugar apartado para hacerle algunas consultas.
-¿Qué sucede querido hermano?- preguntó el solterón.
-No te entiendo.
¿Qué pasa entre ustedes dos? He notado a Lucrecia algo desganada, se complace en hacer cosas que a mí me molestan y tú que la regañas a cada rato delante de mí. Eso me preocupa, hermano, porque somos una familia y en las familias debe existir unión. No se, pero me parece que algo anda mal entre ustedes. Deberían conversarlo y arreglarse, porque no quiero que el día de mañana llegue yo acá y me encuentre con la sorpresa que ambos se han separado.
Clemente no atinó a decir nada, abismado como estaba del rumbo que habían tomado las cosas.

A la semana siguiente apareció nuevamente Anselmo, esta vez con una pequeña maleta.
-¿Todo bien por acá?
-Todo bien. ¿Por qué habría de estar mal?- respondió sin ninguna efusividad Clemente.
-No se, no se. Es preciso que conversemos sobre nuestra relación familiar. Y atendiendo al hecho que es mucho lo que tenemos que conversar, he decidido, bueno, si tú me lo permites, quedarme a vivir en esta casa por esta semana.
Clemente se quedó estupefacto y Lucrecia que había escuchado todo desde su cocina, horrorizada. Estaba ya dispuesta a hacer el escándalo de su vida cuando se topó con su esposo, quien venía a tranquilizarla y a solicitarle que no pusiera reparos. Por el bien de su matrimonio, la mujer accedió de muy mala gana. Pero el desquite se produjo con la comida, con la música, que cobro inusitada estridencia y con la conversación alocada que propició la mujer y que fue escuchada sin disentir por el pasmado Anselmo.

Antes de prepararle su cama en el sillón del living, Clemente le dijo en voz baja a su “hermano” que al día siguiente, cuando se fuese a trabajar, no hiciera mucho ruido por que no quería intranquilizar a su esposa.
-Está bien, hermano. Pero yo me levanto a las seis de la mañana y me parece que es una muy buena hora para comenzar la jornada. A tu mujer –mi cuñada- le haría muy bien levantarse a esa hora, prepararnos el desayuno a los dos y comenzar con su rutina diaria. Tendría, por supuesto, mucho más tiempo para realizar otros menesteres.
Clemente empalideció. Estaba convencido que la llegada de Anselmo a su hogar, entorpecería aún más la desmedrada situación con su mujer.

Quince días más tarde, Lucrecia no hablaba con nadie. El solterón había sentado sus bases en ese incierto territorio que ahora comenzaba a ser tierra de nadie, ya que ni siquiera se producían los permanentes regaños a media voz de Clemente a su esposa y de esta a toda su parentela, sacando a relucir su poca personalidad e irresolución. El mutismo dio paso a la inacción y pereza. La mujer dejó de cumplir con sus tareas y se recostaba en su cama a ver televisión, mientras su esposo, evitando los conflictos a toda costa, realizaba torpemente las labores abandonadas por su mujer.
-Aquí está pasando algo, lo presiento- le dijo Anselmo a Clemente en una de esas ocasiones en que el hombre preparaba un guiso que olía a chamuscado.
-¿Por qué piensas eso?
-Pero mírate hombre, tú realizando estas denigrantes tareas que le corresponden a tu mujer. Tienes que ser sincero conmigo, hermano. Me aterra pensar que mi familia se vaya al despeñadero. ¿Te digo una cosa? Tienes que aplicar mano dura. Nunca te dejes avasallar por tu mujer porque después te perderá el respeto. Hazme caso, mano dura.

La trifulca pasó a mayores cuando Clemente, enceguecido por la furia, le propinó a su mujer una paliza de padre y señor mío, lo que dio como resultado que la mujer quedara en estado vegetal y el marido encarcelado. Anselmo, cariacontecido, narró a la policía los hechos tal y como los presenció y aduciendo ser el hermano mayor del inculpado y como el matrimonio no tenía descendencia, se apropió de la vivienda y ahora aprovecha que vive con más comodidad para incrementar sus manías, mientras con sus ojos achinados contempla en lontananza ese tren que lo dejó y que ahora es sólo un miserable puntito. Claro que a él eso lo tiene sin cuidado…






























Texto agregado el 12-11-2004, y leído por 256 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
17-11-2004 Uffffff narras con tranquilidad y la lectura corre sin prisa, pero con ansiedad de conocer el desenlace y luego...Anselmo se encarga de ponerle un final extraordinario a tu historia, con esa astucia y disfraz de (solterón empedernido). Muy buena. meci
14-11-2004 Gui, terrible. ¡He quedado con los pelos de gallina! ¡Cuán profundamente calas en la condción humana! Anselmo. ¿Cuántos Anselmos habremos? ¿Cúantos Clementes? ¿Cuántas Lucrecia? Excelente, amigo. Una galaxia de estrellas para este relato. Máximo islero
13-11-2004 Es un cuento, es sólo un cuento... me digo. Pero me asquea pensar que hay seres así, que no viven, y no dejan vivir. Que succionan como parásitos de los amigos, familiares y todo prójimo al que se arriman. Anselmo personifica a esa parte de la sociedad egoísta. Un abrazo. neusdejuan
13-11-2004 La vida segrega a los improductivos, mediocres y melífluos. Hubo quien dijo que a los tibios se les escupía de la boca. Me encanta la parsimonia con que describes la cotidianidad de esa acémila de solterón. graju
13-11-2004 La vida segrega a los improductivos, mediocres y melífluos. Hubo quien dijo que a los tibios se les escupía de la boca. Me encanta la parsimonia con que describes la cotidianidad de esa acémila de solterón. ¡Bravo! y estrellas graju
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