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Un lugar en la playa.



Fecha: Domingo 05 de septiembre de 1999. De noche.
Lugar: Playa San Sebastián, Quinta Región. Chile.


- Mira este celular es el último modelo de la Nokia. Tiene un montón de funciones; manos libres, es pequeño, fácil de usar y es muy liviano- me dijo la Doris, mostrándome el teléfono que tenía en la mano.
- No, la verdad nunca me han gustado los celulares, no me gusta estar siempre conectado, prefiero el contacto físico. Hablar, cara a cara.
- Ya pero igual, míralo.
- Sí, eh... ¿Por qué no mejor miramos la playa?
- Si esta bonita, se ve bien de noche.
- Sé que estás entusiasmada con tu trabajo de vendedora, pero a mí, desgraciadamente, no me vas a poder vender uno de esos.
- No, no es entusiasmo, es que debo cumplir una meta, si no la cumplo, me pueden echar, mi trabajo es a producción.
- Mmm... Ahora entiendo. Tal vez, después de todo... no, mejor no.
- Ya, no te preocupes, no te molestare más con el asunto, pero si necesitas un celular, ya sabes dónde localizarme, no dudes en llamarme a mí, la más Magnífica de todas.
- Buena oh!! Ya, no lo olvidare. Oye ¿Y los demás?
- No sé, eso estaba mirando. Se fueron, creo.
- O sea, ¿Estamos solos en la playa?
- Sip, creo que sí.
- Mmm... Que tentador.
- ¿Qué cosa?
- El agua.
- ¿Por qué?
- ...
- ¿Sabes? Parece que el Daniel se va a ir a España.
- ¿España?, ¿Por qué?
- Trabajo.
- ¿Trabajo?
- Si, además tiene una hermana que vive allá.
- ¡Ah! Menos mal, es que nadie se va tan lejos solo por trabajo, tal vez si estas huyendo o algo así, pero por trabajo, nadie.
- Si, dijo que cuando estuviera más estable me mandaría a buscar.
- ¿Entonces me voy a quedar solo?
- Ehhh... te escribiré.
- ¿Que va a pasar con tu hijo?
- No sé.
- ¿Cómo que no sé?
- ¿Qué quieres que te diga? No sé.
- ¿Pero no lo vas a abandonar?
- No, si esta con su padre.
- Ya, pero igual necesita una madre, ¿No crees?
- Ya, no me confundas más, para.
- No es esa mi intención.
- ...
- ...

En la oscuridad de la noche se adivinaba el mar a lo lejos. Estábamos solos desde hacía más o menos cuatro horas. Ella, Doris, estaba con esa cara que siempre pone cuando no sabe qué hacer. De algo estoy seguro y es que, ella, a pesar de su inseguridad, sabe cuándo tiene que tomar una decisión aunque casi nunca acierta, en cambio yo, a pesar de estar presionado por la circunstancias, siempre dudo y no hago nada, esa es la ventaja que tiene ella sobre mí, puede que este cometiendo el peor error de su vida, pero se atreve, en cambio yo, sólo miro, como ahora, que veo como un mechón de su cabello invade su rostro pálido y redondo.

- ¿Te puedo hacer una pregunta?- dice ella mientras juega con la arena haciéndola pasar de una mano a otra.
- Dale.
- ¿Por qué ya no usas reloj?
- Mmm... No sé, creo que es porque me aburrí de saber la hora. Me gusta disfrutar de los momentos sin estar presionado por un reloj, creo que es eso.
- Mmm...

Silencio.

Más silencio.

- ¿Te puedo hacer otra pregunta?
- Sip.
- ¿Qué me ibas a decir aquella noche, cuando te dije que estaba embarazada?, ¿Recuerdas, que los dos estábamos hablando y tú me ibas a decir algo, pero yo te atropelle con lo del embarazo?
- Se te ve bien ese mechón en la cara.
- ¿No quieres responder?

Silencio.

- Mmm... Mira, pienso que a veces las cosas no resultan como uno quisiera, por ejemplo, mi trabajo, lo odio, yo quería hacer dibujos...
- Dibujas bien.
- Sí, pero déjame terminar.
- Está bien.
- Como te decía, yo quería hacer dibujos, historias, comics, pero mírame, estoy atascado en esto y no sé si tengo fuerza para salir...
- Eres un cobarde.
- No, no se trata de cobardía, lo que quiero decir, es que las cosas tienen su tiempo, ahora odio lo que hago, no es lo que hubiese querido hacer el resto de mi vida. ¿Cuantos, en el mundo, piensas que hacen lo que realmente quieren? No debe ser ni la mitad. ¿Y sabes por qué?
- ¿Por qué?
- Porque cada cosa tiene su tiempo; los pantalones cortos tienen su tiempo; la etapa escolar tiene su tiempo; el sexo tiene su tiempo; y por último, los sueños tienen su tiempo.
- Ya, no estoy de acuerdo con tu teoría, pero ¿Qué tiene que ver todo esto con lo que te pregunte?

Una pausa. Quito la mirada un momento del rostro de Doris, respiro y la vuelvo a mirar, a los ojos, a esos ojos de color indefinido, de transparencia absoluta, de amor, creo.

- Que lo que iba a decir aquella noche, cuando me diste la noticia de tu embarazo, también tuvo su tiempo, es decir, ahora, ya no tiene sentido. Tal vez, en veinte años más te lo diga y los dos nos reiremos del asunto.
- Pero ¿Por qué en veinte años más?, ahora es el momento, tal vez mañana ya no nos veamos.
- ¿Qué onda, ya no quieres que nos sigamos viendo?
- No, no es eso y tú lo sabes, solo que las cosas, aunque no tengan sentido aparente, deben decirse, o sea, debes decirlas, es mejor hacerlo mientras puedas, después, tal vez, se transforme en una amargura, quien sabe, quizás, te podría resultar en este momento.
- Me podría resultar… ¿De qué hablas? ¿Qué quieres decir?

Silencio. Ella mira las olas que muerden la orilla de la playa. El mechón que invade su rostro la hace ver más tierna, más pequeña, más joven, aunque lo es, solo tiene 18, pero la vida que lleva es el doble de emocionante que la mía. Dejo de mirarla, también me concentro en las olas.

- Se siente bien la playa de noche. No hay nadie. Hace frío. Estamos solos.
- Creo que ahora tú no quieres decir lo que sientes.
- ...
- mmm... en invierno es mejor este lugar. Nadie te molesta. Por eso vine hoy con ustedes, además tu vieja insistió tanto cuando me vio llegar en la mañana.
- Si, te aprecia, debe ser porque tú eres el único que no se ha alejado, todos los seudo-amigos que tenía antes de que naciera Octavio, eran sólo amigos de carrete, amigos desechables, creo.
- ¿Eso piensas de ellos?
- No, eso me dijo un día mi vieja.

Silencio, un poco más largo. De repente ella apoya su cabeza en mi hombro y yo me dejo, ni tonto que fuera. Miro su cabeza. Su pelo, un poco ondulado, el rojo de temporada y después vuelvo a mirar la playa y la oscuridad.

- Yo tampoco quería esto para mí. No me gusta. No, nada de esto. ¿Crees que yo planee esto de ser madre a los 17, de pelearme con el Nacho y de que Octavio se quedara con él? ¿Crees que yo elegí esta vida?, nadie elige, son cosas que pasan, pero yo quería otra vida. Una en la que mi viejo me quisiera, mi vieja no me retara tanto, donde era lo que quería ser. Tal vez madre, tal vez esposa, tal vez lo que soy, pero feliz.

Siento que ella solloza, siento que se aferra más a mi brazo, tanto que me entierra las uñas. Siento que su respiración se agita. Siento sus pechos en mi estómago.

- Pero todavía puedes. Aún hay tiempo.
- Sí, claro, ¿Mira quién habla?, el señor optimismo, recién dijiste que las cosas tienen su tiempo, ¿O no?
- Sí, lo admito, pero existe una diferencia.
- ¿Cuál?
- Que tú eres tú y yo soy yo.
- ...
- Quiero decir que tú siempre te arriesgas, sales adelante, luchas. Mírame a mí, siempre lloriqueo, en cambio tú.
- Si, pero no sé si tengo fuerzas o ganas para salir adelante esta vez. Me quiero ir, huir.
- Bueno, eso sería una opción.
- Pero sería una cobarde.
- ¿Cómo yo?

Silencio.

- Mira el agua se acerca. Está subiendo la marea.
- Que tentador.
- ¿Qué?
- El mar, sabes, dicen que el agua de mar en la noche es tibia.
- ¿Tibia?
- Sí, tibia.
- Ya, ¿Y que hay con eso?
- Podríamos comprobarlo.
- De que forma.
- Metiéndonos en el agua.

En ese momento ella se endereza, me mira, pero no dice nada.

- ¿Qué pasa, por qué me miras así?
- ¿Pero cómo lo vamos a hacer con la ropa?
- Pues, nos la quitamos, sólo quedamos con ropa interior; yo con calzoncillos y tú, bueh...
- Ya, pero igual se mojarían ¿Te quieres ir con el poto mojado?
- Já, pero si nos metemos al agua, igual nos vamos a mojar y enteros.
- Mmm..
- Ya, sabís que más, yo me meto.

Comencé a quitarme la ropa, torpe, muy torpemente. Ella, Doris, miraba, pero guardaba silencio. Me saqué todo, sólo me quedaban los calzoncillos. Ella seguía mirando.

- Ya, ¿Y vienes o no?

Me miró nuevamente, pero no dijo nada. Me quite los calzoncillos y corrí al agua. Estaba fría, muy fría. El cielo se estaba nublando, había una especie de bruma. La verdad, tenía mucho frío y me había dado cuenta de que era todo falso, un error, fui un iluso al pensar que el agua del mar de Chile, fuera tibia. Bueno, me decidí a salir de mi derrota, pero como una especie si de una aparición se tratara, como de un fantasma o algo por el estilo, la vi a ella, estaba totalmente desnuda, solo cubría sus partes con las manos. Mi corazón retumbo dentro de mí como una piedra arrojada a un acantilado o a un tubo angosto. Se veía extraña, o sea, antes la había visto desnuda, pero por otras circunstancias, nunca antes se había cubierto de mí. Estaba sonrojada, creo que eso me excitaba. Tenía un par de kilos de más, pero se veía bien. Tenía un tatuaje cerca del ombligo, parece que era nuevo, no lo distinguí bien, pero tampoco le di mucha importancia. Se acercó a mí, tuve una erección, algo en mí se expandió, ella lo notó y yo me metí en el agua fría, para ver si con eso me relajaba o por lo menos aquella zona. Cuando salí, ella ya no se cubría, la mire bien; el bello púbico era abundante, dos pequeños flotadores habían en sus caderas y sus pechos, sus pechos eran también abundantes. Ella extendió su mano y dijo:

- ¿Y bien?

Yo la miré con expectación, con nerviosismo, con miedo creo. Después de un segundo me di cuenta que estaba enamorado de ella, que cualquier cosa que hubiese vivido hasta ese entonces, no se comparaba a ese instante. Me puse de pie, la miré a los ojos, después, al mechón que insistentemente invadía su rostro. Le tomé la mano, ella sonrió.






Fecha: Martes 07 de septiembre de 1999, en el trabajo, a las tres de la tarde.
Lugar: Santiago de Chile.



Ring... Ring... Ring... Ring....

- Buenas tardes.
- ¿L…?
- Si, con él.
- Hola, soy Doris.
- Hola, como estay.
- Bien, no, rara... es... que...
- ¡Cómo!, ¿no entiendo?
- ¿Nos podemos ver?
- Si claro, ¿Cuándo?
- Hoy.
- ¿Hoy?
- Sí.
- ¿Dónde?
- En el Food Garden del paseo San Agustín.
- Bueno. ¿A Qué hora?
- Como a las siete.
- Allí estaré.
- Ok. Chao.
- Chao.


Voy en la micro rumbo al Food Garden, es raro todo esto, porque ahora siento cosas extrañas, no es como antes, cuando me juntaba con ella en algún lugar. Creo que ahora que sé que estoy enamorado, todo es distinto, es todo raro, yo soy distinto, he cambiado, pero aun no sé qué hacer, es la indecisión de siempre. La micro se va lenta, por las calles; pasa por Independencia, después Balmaceda y por último, Teatinos. Me bajo. Camino hasta El Paseo San Agustín.

Nos encontramos en la entrada del lugar, nos saludamos con un beso en la cara. La invito a tomar once, ella acepta. Mientras pido algo ella se sienta en una mesa. Miro los combos en promoción, escojo algo no muy rebuscado ni exótico y camino hacia la mesa. Llego con una bandeja con comida rápida; papas fritas, hamburguesas y bebida, lo típico. Ella toma una papa pero no la come, juega con ella y la mayonesa que traje junto con el combo.

- Sabes, estuve pensando en lo del otro día.
- ¿Lo del domingo, en la playa?, mmm... si yo también, me siento raro, no sé cómo definirlo.
- Yo sí.
- ¿Cómo?
- Te amo.
- ...

Hay un silencio incomodo que me golpea, me pongo nervioso. Miro hacia otra mesa, la de mi derecha. Hay una señora gorda, con una niñita chiquitita, comiendo papas; la señora le dice algo a la niña que no alcanzo a escuchar, es como si susurrara las palabras y con las manos hiciera mímica, la niñita le responde con un ¡Ya¡ bastante sonoro y me mira, me siento sorprendido y miro mis papas. Intento decidirme. Descubro nuevamente la mirada de Doris, la miro a los ojos, se ve segura, como siempre, trato de hablar pero no puedo, algo se atora en mi pecho. Ella nuevamente toma la iniciativa y habla

- Veo que no tienes nada que decir, creo que he cometido un error. Mejor me voy.

Silencio y miedo creo.

Ella se levanta, toma sus cosas. En ese momento me decido y hablo.

- Espera.
- ¿Qué?

La tomo del brazo, respiro hondo y la beso, mientras lo hago la miro, sus ojos están abiertos y creo que me hablan. La suelto y las manos me sudan. Ella me mira, se muerde el labio inferior, respira agitada. Me toma la cara con sus manos y me besa suavemente, esta vez cierra los ojos, yo entiendo y también lo hago, rodeo su cintura con mis brazos. La aprieto contra mí y siento sus pechos y esa extraña electricidad que se siente en el estómago cuando uno se enamora. Después salimos del Food Garden y nos fuimos a... bueno, a donde van las parejas cuando necesitan estar solos.







Fecha: miércoles 6 de septiembre del año 2004. A las doce del día.
Lugar: Playa San Sebastián, Quinta Región. Chile.




Camino por la arena que intenta detener mis pasos. Me saco los zapatos y los uno con los cordones. A veces, cuando quiero escapar me voy a lugares que significan algo para mí, como hoy, en esta playa. En Santiago cuando no quiero ir muy lejos y a la vez quiero escapar, arranco al Mall Plaza Vespucio, sí, sé que suena a globalización y compras y frivolidad y todas las cosas que se nos viene a la mente cuando pensamos en un Mall. Pero yo no pienso así. En la escuela una vez con mis compañeros nos perdimos, teníamos que ir a la mutual de seguridad que está a la entrada de Vicuña Mackenna, para hacer un trabajo, pero seguimos de largo hasta el paradero 14, nos bajamos y llegamos allí y nos metimos al Mall. Lo pasamos rebien ese día. Hicimos una vaca y compramos un combo para todos; comimos papas fritas y todo... después recorrimos las tiendas. Andábamos con el buzo de gimnasia en las mochilas, nos cambiamos de ropa y nos metimos al cine, estaban dando El Día De La Independencia. Miramos muchas niñas guapas. Los guardias nos miraban feo. Nos fuimos. Después cada vez que hacíamos la cimarra, nos escapábamos para allá o sino a la Quinta Normal, pero lo de la Quinta es otra historia. Cuando quiero huir, me voy a ese Mall, me siento en una banca a pensar, a mirar cómo la gente pasa sin darse cuenta de mi existencia. Compro un combo del McDonald’s y entro al cine, claro, cuando tengo dinero.

Pero hoy estoy aquí, en San Sebastián, a un lado de Cartagena (sitio estigmatizado por la gente, como un lugar donde solo van pobres y rotos, yo soy pobre), camino sin prisa. Pienso que, tal vez, todo hubiese funcionado bien, que todo hubiese sido distinto, tal vez perfecto. Si aquella tarde, en que me junté con ella hubiese pasado lo que quería que hubiese pasado. Esa tarde hablamos, pero ella no dijo que me amaba, ni la besé, ni nos fuimos a amarnos como yo hubiese deseado. Nos juntamos, porque ella quería avisarme que Daniel, su pololo, la había llamado para que se fuera con él a España, y se fue. Después supe que las cosas no resultaron y como siempre, había tomado una mala decisión. Se devolvió a Chile pero no supe mucho más de ella, no me busco y su familia se había cambiado de casa. Mientras camino recuerdo las últimas palabras que hablamos en el Food Garden.

- ¿Y bien, que harás?
- ¿Con qué, o qué?
- Con lo que te dije, me voy, no sé si volveré.
- Mmm... No sé, hay un tiempo para todo y...
- Claro, me vas a salir con eso. Si es lo único que piensas decir, mejor me voy.
- ...

Silencio.

- Bien, creo que es cierto, es lo único que puedes decir. Siempre es igual, te quedas callado como un imbécil, aunque fuera una vez en tu vida di algo.

Hay una pequeña pausa. Me quedo helado, no sé qué hacer, menos que decir, me muero de miedo, me da miedo que alguien me pueda amar, estoy aterrado. La miro y digo.

- Sólo deseo que te vaya bien.

Ella toma sus cosas, se para y se va. Yo me quedo sentado con ganas de correr hacia ella, de decirle que la amo, de tomarla de brazo y besarla, pero no, no lo hago, en vez de eso, miro la hamburguesa que esta sobre la mesa y la tomo. La niñita que está sentada en la mesa a la derecha de mí, me mira, como si quisiera entender lo que recién ocurrió.

El viento salado de la playa golpea mi cara. A esta hora debería estar trabajando, pero ¿Qué más da?, de todas formas, no es lo que me gusta hacer, todavía sigo estancado en esa etapa de búsqueda. Debo reconocer que no me ha ido tan mal, pero sigo odiando lo que hago.

Distraído, me doy cuenta de que a lo lejos se dibuja una figura conocida. Es Doris. No sé qué hace aquí. No se da cuenta mi presencia, me acerco y hablo.

- Hola, que sorpresa verte aquí.

Ella me mira, no muy sorprendida, eso me descoloca un poco. Se ve segura, como siempre y hermosa muy hermosa. Ahora su pelo es castaño.

- Nada, camino, recuerdo, eso.
- Mmm... ¿Qué onda, por qué no me llamaste cuando volviste?
- Prefiero no hablar de eso.
- ¿Por qué?
- ....

Silencio.

- Ya, no es necesario que digas nada. ¿Recuerdas cuando nos bañamos aquí?
- No... Sí... no, recuerdo cuando una vez vine con el hombre que amaba hasta aquí.
- ¿Viniste alguna vez con El Daniel?

Me mira con rabia. Yo guardo silencio y me decido a hablar.

- Se ve tentador.
- ¿Qué?- me pregunta.
- El mar- le respondo.

Ella sonríe y el mar se mece de acá para allá invitándonos a bailar su seductora danza. Creo que este es nuestro tiempo, y nuestro lugar, aquí, en la playa, le digo. ¿Tú crees?, me responde. Estoy absolutamente seguro. Ella sonríe nuevamente. Cae un mechón de cabello sobre su rostro, la hace ver más hermosa, más joven, más inocente. Ella me toma la mano y caminamos juntos hasta que oscurece.


El cuervo__

Texto agregado el 16-11-2004, y leído por 141 visitantes. (0 votos)


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