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Esa foto en la billetera es de ella. A veces me la recuerda y a veces revoluciona mi conciencia. Por esos motivos la arranqué de su lugar. La coloqué entre los otros papelitos, la dejé dormir en paz tratando yo de sentirme en paz. Siempre anduve en estas historias pero aún no podía evitar sentir remordimientos, dientes que masticaban mi cabeza. Esa noche llovía, llovía bastante. El viento rebelaba mi bufanda y los relámpagos arrojaban mi sombra contra las paredes. La tormenta era un line-man y su roja banderita me recordaba mi posición off-side. Pero yo seguí caminando, mojándome y tratando de esconder tantas cosas en algún otro lado. Toqué el timbre. Ya casi no era yo, el yo de siempre, y cuando ella bajó ya era otro. Ese otro que entró con la cara de piedra y sentó en esa mesa junto a la torta de cumpleaños. Sin esperar que corten la torta o pasen los años me puse a conversar y a comer. Ella se sentó a mi lado. Me sentí extraño cuando sentí su mano sobre la mía por debajo de la mesa. En ese momento quise yo estar debajo de la mesa y dejar al otro que siga pasándola bien, pero me serví un vaso de coca, me encendí un cigarrillo y tragué el humo como tragué el pudor. “Qué cosa, después de todo, para que estoy aquí” y le di un beso y por un momento la otra mujercita que me colgaba de la oreja desapareció. El pañal de la noche se fue deshaciendo con las risas, las voces y murió cuando se apagaron las velitas. Con el último pedazo de torta en la garganta saludé y nos fuimos. Nos fuimos digo no queriendo decir dos, sino tres. Tres porque la piba de la foto volvía a prenderse ahora de mis pelos picándome como un piojo. Yo me rascaba la conciencia con los otros besos y las otras caricias y en la oscuridad de ese boliche sentí un poco de paz. Ella y yo caminamos entre esa tormenta de seres oscuros y por fin la besé tanto como a veces. La música fue excusa para sentirla. Excusa para desdibujar mis manos por su cuerpo, por esas lindas cosas que tienen los cuerpos de mujeres. El sin cesar de nuestras lenguas nos llevó a algún rincón y mientras ella me opacaba contra la pared apareció la otra piba. La de siempre. Y empezó con un devenir insoportable a sembrarme semillitas en la cabeza. Y las semillitas germinaron y al rato tenía dos terribles árboles pesándome en los hombros. Ya no pude besar. Usándo esa excusa tan estúpida me fui al baño. Me miré en el espejo. Era casi otro. Casi, desgraciadamente casi. La fotito empezó a deslizarse afuera de la billetera y después subió por el bolsillo y llegó a mi mano. Miré el agua del inodoro. Reposaba como un pestilente pantano. ¿Qué caminos tomaría una foto por las cañerías después de tirar la cadena?. Nunca lo supe. Ni siquiera pude imaginarlo porque la foto saltó de vuelta a la billetera para ahí quedarse. Y se quedó. Se quedó pesándome como un adoquín de culpa. Me lavé la cara. Recordé que alguien me esperaba y el adoquín se hizo un minúsculo canto rodado y volví al callejón de los besos, los senos, los rincones oscuros y el sillón del reservado. Ese sillón donde no hay reservas de nada y gracias a Dios uno olvida. O se enajena. Y si bien había mucha gente no hubo nadie para detener que ella me invite y yo pase con disimulo. Me encuentre bien oculto, como en un vientre, disfrutando de nacer a mi gusto. Ese otro ya no era ni siquiera otro, no era nadie o no éramos nadie, solo una sombra desfigurada que entreveraba cosquillas con secretos. Sagrados secretos que jugaban a las trampas en la oscuridad.



Cuando el último beso la dejó tras la puerta. Yo volví a caminar. Y la noche a llover, y el viento a soplar y una satisfacción de gol hecho con la mano me recorría. Y yo corría , corría tratando de dejar la tormenta atrás, pero llovía mucho, demasiado, y las gotas se hicieron charco en mis ropas. Mis ropas se hicieron pesadas, pesadas como las piernas, los brazos, los lagos de mi cabeza, el regreso, y todas esas cosas que se arraigan de nuevo cuando uno vuelve a ser el yo de siempre. Llegué a la esquina donde a veces compro el pan. Me detuve bajo un árbol. Saqué la foto de entre los papelitos y la puse en donde siempre. Y mientras caminaba los últimos pasos pensé ¨¿cómo te puede gustar esto?” Y pensé un largo tiempo, pensé mientras las gotas intrusas me invadían por todos lados. Cuando el viento enfrió la humedad y me sentí helado, me di cuenta que no había respuesta. No había respuesta. Mañana era domingo, después la semana como casi siempre, no había respuesta, pero ya tenía ganas de volver al sábado.



Texto agregado el 17-11-2004, y leído por 195 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
19-11-2004 Muy bien contado, Naza! De esto hablábamos ayer en el chat o es mera coincidencia? jajaja ***** torovoc
18-11-2004 Me encantó... La manera de expresarte me llevó a pensar en muchas cosas y recordar mcuhas otras... Sigue adelante... Suerte.... NemesisAmante
17-11-2004 Wow. Buenísimo relato sobre eso horrible que es la infidelidad. Y sistemática, de remate. La culpa está ahí, claro; pero no se puede detener. Sea nuestra genética primaria o algo más, pero es difícil resistirse e irracional resulta al final final. Felicidades. Gracias. Desleal
 
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