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Haciendo dedo con una amiga , a la salida del Campus San Joaquín, de la Universidad Católica, Cristián Hurtado las llevó en su auto blanco.

Delgado, alto y de penetrantes ojos café oscuro se dedicó a hablarle todo el tiempo a ella, ignorando, salvo excepciones de buena educación, a su amiga.

Que si conocía la CVX, le preguntó. Ante su negativa, le explicó que se trataba de Comunidades de Vida Cristiana, inspiradas en la espiritualidad de San Ignacio, fundador de la Congregación de los Jesuitas. La idea era formar comunidades de jóvenes y reflexionar a la luz del Evangelio sobre la vida universitaria.

Ese día de la reunión, se enteró que la espiritualidad ignaciana comprendía la contemplación en la acción. Por tanto la vida del universitario significaría comprometerse en los desafíos de su época y orando con la ayuda de la lectura de la Palabra y la reflexión en comunidad, llegar a construir un proyecto de vida acorde al seguimiento de Cristo.

Francisca se topó de lejos otra vez con Cristián. Estaba inscribiendo gente. Conoció a dos o tres de sus futuros compañeros que le parecieron muy amistosos e inteligentes.

En esa comunidad cristiana que duraría dos años tuvo la oportunidad de tener amigos hombres por primera vez en su vida. Con ellos conversó de todos los temas posibles a esa edad y contó con su acogida y sus consejos.

Para una jóven criada en colegio de monjas, los hombres eras siempre los hermanos o los hermanos de las amigas. Existían por entonces, las famosas invaciones de otros colegios de curas que entrando por las ventanas irrumpían en el virginal establecimiento en medio de los gritos extasiados de las niñas.

También estaban, claro las alumnas que en los recreos, colaban papelitos por la reja con los buenosmozos del Liceo del frente. Pero todos eran hombres distantes, hombres que se conocian en las fiestas.

Bueno, nuestra Francisca era alta, deslavada y casi no tenía senos, además de una verdadera ametralladora de ideas intelectualmente originales, que en la secundaria no tenían ningún exito. A menudo protagonizaba en grupo, conversaciones con los hombres más interesantes de la fiesta, que a la hora de bailar escogían una mujer más dulce y con más contornos de guitarra. Ella tenía que consolarse con algún admirador siempre más bajo que ella, de ideas cortas y manos largas o bien definitivamente colaborar con el decorado del papel mural y sus flores de la pared, muy de moda por esos tiempos.

Cabe hacer notar, que la experiencia universitaria llevó a Francisca a sentirse mucho más integrada en grupos mixtos. Se topó con una gran mayoría de machos interesados más en su cabeza y en su compromiso político que en sus senos. Además, ella casi no iba a fiestas. La revolución en la Universidad Católica, entre los jovencitos provenientes de colegios católicos, se hacía en la calle, los cumpleaños conversados, las reuniones de organización, las misas comprometidas. Nunca en fiestas. El ambiente de dictadura de aquellos años con sus noticias de muertos, torturados y desaparecidos no permitían un respiro. La culpa corroía el moviento como un angel denso. Solo reían, llenaban de color sus carteles y de vida sus propuestas porque la gran mayoría no había sufrido nada en carne propia y solo estaba por solidaridad en el tema.

En ese marco, Cristián con un compromiso más religioso y académico que político, la invitó a ver la película Camila de la cineasta argentina María Luisa Bembert a un cine pequeño ubicado en Pedro de Valdivia. Compraron los boletos y la invitó un rato a su casa:

- Para presentarte a mi mamá, le dijo.

Luego de los saludos, la invitó a sentarse cerca del piano y tocó para ella Para Elisa de Beethoven. Francisca con el corazón conmovido, lo acompañó al cine de vuelta.

La película relataba un amor entre un sacerdote (curiosamente jesuita) y una mujer en la Argentina colonial. Llegó el momento de la escena central de la película: El apuesto sacerdote finalmente, deja libre sus impulsos y emprende casi bestialmente contra la protagonista, lanzándola sobre una mesa. Camila, a horcajadas bajo el sacerdote, en medio de intensos gemidos y suspiros, entrecortadamente le recita su amor.

En medio de la pasional escena, prodigiosamente filmada, Francisca mantuvo sus virginales ojos de 19 años abiertos, repitiéndose a sí misma: yo soy moderna, yo soy moderna, pero no pudo evitar ruborizarse. Mientras Cristián la miraba atento a sus mínimas reacciones.

Ya en la plaza del frente del cine caminaron un poco y sentados entre estatuas, Cristián le tomó las manos y dió a entender que quería que pololearan.

Francisca conmocionada hasta el tuétano, lo soltó y le dijo que ella lo consideraba un amigo.

Cristián aclaró que lo había malinterpretado.

Francisca no dijo nada para que el recuperara su ego herido. Se fue, escapando de él para siempre, como del mismo demonio.

Texto agregado el 18-11-2004, y leído por 320 visitantes. (10 votos)


Lectores Opinan
06-07-2008 me gusto bastante. rextanaka
09-12-2004 Lograste dejarme reflexionando amiga. Primero tendré que buscar la película. En muchas ocasiones, lo confieso, actue como Francisca. Uno no sabe qué pensar. Ahora creo no detenerme ante nada. Por supuesto son situaciones diferentes, pero me permití recordarlas. Un abrazo. caselo
01-12-2004 Recuerdo de aquellos tiempos el libro de Wilhelm Reich, "La revolución sexual de los jóvenes". El compromiso político estaba ligado de alguna manera a "luchar" por la liberación de una sexualidad reprimida, como si una cosa llevara a la otra. Hoy ha pasado el tiempo y me he convencido que la libertad sexual no implica militancia social, y mucho menos "religiosa" tal como denuncias certeramente en tu relato. azulada
22-11-2004 muy bueno, bien narrado y con gran sentido, lo hubicas bien en el tiempo, logras el efecto deseado es muy bueno y vale leerlo.cien puntos linda. fredonedi
22-11-2004 Es interesante este relato...muy bien narrado. Graficas muy bien los temores y conflictos de esa edad...de ese tiempo misterioso
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