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Inicio / Cuenteros Locales / La_columna / Carta a un señor que no conocí, pero casi. (de mi columna de los lunes, días difíciles si los hay) Por MCavalieri.

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Mire, usted no me conoce, y yo no lo hubiera conocido si no fuera por mi amigo Alberto que, una tarde de otoño, sacó de entre sus sombras y silencios un librito delgado que se titulaba La comparsa. Ahí leí su nombre por primera vez, Joaquín Gómez Bas decía; hace poco menos de un año de eso, le ruego que perdone mi ignorancia.
Luego llegaron, menos tímidos, Suburbio y Barrio gris, con la aquiescencia que le dieron mis ganas, porque ahí ya fue pedido señor, no hubo encuentro casual. Y a pesar de haberse camuflado en personajes diversos, supe encontrarlo a la sombra de un malevo, un cobarde, un niño bañado de aguas pútridas o una vieja corroída de lágrimas.
Se preguntará, si puede preguntarse en el lugar en que se encuentra, para qué le cuento todo esto, y yo le respondo que no sé, es que me ha emocionado comprobar que, en la trama inentendible de la existencia, coincidieron dos hilos similares.
Porque nos une llorar la misma cosa: el paso del tiempo, o la certeza de lo efímero.
Acaso fue en la infancia cuando decidió luchar en contra del olvido, una noche en que pensaba en la muerte futura de sus padres, de sus amigos, una noche atroz en que tuvo la seguridad de que un cajón de madera lo guardaría bajo tierra, justo en el momento en que el aire presionaba demasiado y se sentía aún más desprotegido, allí, en la soledad de su llanto.
Es probable que luego de eso ya no fuera su madre únicamente un vistazo que la diferenciara del fondo triste de las calles de tierra, sino una observación desesperada tratando de grabarla en la memoria para cuando ya no estuviera.
Después, así con todos, siempre. Escribiendo la historia de los otros para probar, tal vez, su propia historia; porque ellos también son parte suya desde el momento en que el recuerdo los guardó a imagen y semejanza de sus aspiraciones.
Me siento tan usted a veces que, le aseguro, cuando leo algún pasaje de sus textos, llega la sensación de haber sido yo la que empuñaba la pluma y garabateaba esas vidas corrompidas de tormentos, de fracasos…
Sí, también sé lo que es mirar la gente para no olvidarla. Cada vez que voy al pueblo que, increíble, se parece demasiado a su suburbio con los cercos de ligustrina y los viejos tirados en las veredas como tachos de basura que hay que volver a entrar cuando anochece*. Cada vez que voy al pueblo, le decía, dibujo a los míos con sus ojos buenos, sus pieles curtidas de soles y vientos de madrugada, sus vidas simples, sus esperanzas resecas por años iguales; y cuando vuelvo a lo que he elegido, sus manos se despiden en hasta luegos que asemejan adioses (¿se da cuenta que, sin querer, todos tenemos la impronta de lo fugaz?). Por qué llegará tan rápido la distancia, me digo, mientras las lágrimas borronean paisajes que no necesito ver para entenderlos.
Como usted tampoco precisaba tener los ojos abiertos para reconocer lo que había detrás de los párpados, lo sabía.
En fin. Como le digo en un principio, usted no me conoce y a mí me queda todavía un par de sus libros por leer, pero no quería dejar de contarle todo esto, como un modo de lograr que lo transitorio sea menos transitorio y que el descuido no le gane, a los tristes, otra batalla.


*Sacado del libro Suburbio.

Texto agregado el 22-11-2004, y leído por 219 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
25-11-2004 No ser complaciente con el paso del tiempo. Inevitable será, pero no hay porqué ser indiferente de quienes navegan por sus rápidos, y de quienes exponen la piel ante sus caricias que rasgan... venicio
24-11-2004 No sé si es raro visitar la columna del lunes de Melina Cavalieri un martes a las dos de la tarde, en esa hora, como escribió alguien que recuerdo pero es mas aterrador obviar, que nada acontece, que la siesta arremeta obligada para no evaporarnos bajo la sombra de los árboles, en las calles preñadas de figuras que se retiran con la brisa y los silencios. Nada extraordinario ocurre un martes a las dos de la tarde, y de golpe pensar que “estamos” por que la perrita, en su colchón, nos sostiene la mirada por un instante. Un escritor que, creo, no te apasiona, de quien ahora muto de modo desprolijo una idea: todos al leer una línea de William Shakespeare, somos, en realidad, William Shakespeare. Idea que no es nada, ante la inminente visión que, como pocas, evidentemente se cumplirá. Otra cosa no tan rara como el martes, me viene a la mente: el rostro de Jack Nicholson, al final de “Las confesiones del señor Schimdt”, cuando se pregunta que será de el, en las cercanías de su muerte, al morir todas las personas que lo recuerdan, y, de pronto, la difusa certeza que ha significado algo para alguien- en la peli, un niño de no sé que país africano-, y resarcir la existencia de pronto. Quizá el mayor mérito de Mcavalieri en este caso, o de Gómez Bas, en el tuyo, sea motivar tu columna y este comentario, desencadenar sensaciones y nociones, olvidos y miradas, que se entrelazan y son, aún, compartidas. ¡Abrazos mujer y nada más que agregar! Besotes... Abin_sur
23-11-2004 A mi me gustó su faceta de guionista; si que si, que al igual que a ti, se os nota en convencimiento de que el pasado está perdido. Saludos. Nomecreona
22-11-2004 Me ha gustado mucho tu Columna, Melina ¿será porque tengo ganas de llorar? pero no por el paso del tiempo, o la certeza de lo efímero, no. Simplemente, es, que a veces, uno tiene simplemente ganas de diluir los pensamientos en lágrimas. Besos maravillas
22-11-2004 ...y sí, Melina, Gómez Baz tiene eso que describís, y manejaba el lenguaje del suburbio como no he encontrado en otro sitio. Además de La Comparsa y Barrio Gris, sus novelas mayores, tiene otras no menos importantes como La Resaca y Oro Bajo, y los cuentos de La Gotera y el que mencionás Suburbio, editados por Plus Ultra. En algunos sitios aún se los encuentra. Te felicito por el hermoso homenaje que le has hecho. albertoccarles
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