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Abrió la puerta suavemente, le temblaban un poco las manos y su respiración se había agitado notablemente. Prendió la luz y la tenue iluminación de la sala le dio un escalofrío. Hacía dos años que no entraba en esa casa y sin embargo todo estaba tal cual lo recordaba. Solo algo de polvo había cubierto los antiguos y cuidados muebles. Era temprano y hacía algo de frío, una preciosa mañana de otoño. Se asomó a la ventana del patio, corrió un poco la cortina bordada y vio en el patio a su querido naranjo. Su árbol preferido de la infancia. Lo recordó lleno de naranjas coloridas, tan lleno que parecía venirse debajo de tanto peso. De pequeña solía ponerse triste por eso, y le decía a su abuela que lo ayudaran bajando algunas naranjas para aliviar el sufrimiento de su amado naranjo en flor.
El olor de las naranjas llenó por un momento la cocina, y hasta le pareció ver a su abuela revolviendo la mermelada en el fuego. El aroma de las tostadas recién hechas, las flores en el jarrón de la mesa, los limones en el canasto. Cada cosa en su lugar, su abuela siempre fue muy ordenada. Recordó la dulce voz de María, sus cuentos y sus caricias. Los remedios caseros que aliviaban sus fiebres y curaban sus empachos de caramelos.
Se sentó y se imaginó pelando una naranja enorme, sintió el jugo derramándose en sus manos, y el aroma que invadía su nariz. La iba desgajando suave, sin romper ningún gajo. Se sonrió al escuchar a María diciéndole pon una servilleta debajo, no manches la mesa.
Se llamaba María igual que ella, había heredado su nombre y sus ojos. Siguió recorriendo la casa, abriendo puertas y ventanas, detrás de cada una iba hallando recuerdos , aromas e historias. Le parecía ver a los cinco primos jugando a las escondidas, corriendo por las escaleras, y detrás oyendo la dulce voz de María , llamándolos a comer galletas recién hechas.
Hacía un año que María había muerto y eso le había cambiado la vida. Se había vuelto una mujer triste y solitaria. La extrañaba mucho, y mas aún cuando todos le decían que tenía los mismos ojos de ella. Que era la nieta que mas se parecía.
Entro en la habitación y los rayos tímidos del sol iban iluminando la cama. Vieja , despintada pero bonita. Alegre con su colcha de colores que María tejió antes de casarse.
Miró su reloj, ya llegarían los demás. Sintió de nuevo un escalofrío y el aroma de naranjas seguía en su mente.
Fue buena idea llegar antes y poder recorrer la casa sola, lo necesitaba. Era una manera de aceptar la muerte de su querida abuela. La miró en una foto con su sonrisa blanca y cálida, se empezaron a escapar algunas lágrimas; por un momento deseó volver a tener 12 años. Subir al árbol a bajar naranjas, y ver a María a los pies con el canasto en la mano, contando historias de su niñez.
Bajó las escaleras y se fue a cerrar la puerta del patio, estaba entrando un aire muy frío, pero al acercarse sintió el olor de su niñez y no pudo resistir la tentación se salir a tocar su naranjo.
De pronto sintió el timbre que la despertó de sus sueños. Entró de nuevo a la casa y abrió la puerta principal. Ahí estaban todos los demás. Apurados, serios y solo pensando en el dinero que les quedaría de la venta de la casa. Ni siquiera se detuvieron a recordar, solo tenían en sus bocas la palabra dinero.
María sintió una pena enorme y solo deseaba pedirle perdón a su abuela por la brutalidad absurda de tratar el tema de sus primos.
La abuela era mas que una herencia, era mas que una casa grande llena de muebles caros. María era caricia, era niñez y mermelada, era cuentos y risas, era agua que lavaba heridas, era voz que invitaba a la obediencia. María era un rostro sano y arrugado dignamente, era amiga y abuela.
Por un momento volvió a mirar su naranjo y volvió a llorar , ante la mirada incrédula de sus primos. Claro, era la más pequeña, la mujer, la débil, no le importó lo que pensaran.
Nada podía hacer para salvar la casa, pero si podía salvar sus recuerdos, resguardarlos del materialismo absurdo de su familia.
Se sentó mirando al patio y escuchó lo que decían sin poner objeciones. De pronto preguntó a sus primos si ellos no sentían el aroma a naranjas?
No era la única que lo sintió, al menos eso la consoló.
Escuchó como se repartían los muebles, las joyas, las fotos, la casa se iba desmembrando igual que una naranja.
Volvió a tener 12 años y a bajar frutas de su árbol mientras María revolvía la mermelada en la cálida cocina.
Cuando todos se habían ido apagó la luz y puso llave. Estaba todo decidido , pero sus recuerdos estarían a salvo en su corazón.

Texto agregado el 02-12-2004, y leído por 374 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
03-12-2004 mmmm, este te lo has currao; que bonito está... ya se a que viene este olor... nomecreona
03-12-2004 "¿Quién me compra una naranja para mi consolación? Una naranja madura en forma de corazón." (José Gorostiza). excelente y emotivo. danielnavarro
03-12-2004 Muy bien redactado , he sentido ese aroma a naranjas!Laura marazul70
02-12-2004 primero hay que saber sufrir, después amar después partir y al fin andar sin pensamiento. . . un saludo, gracias por traerme al recuerdo tan buen tema. espalda
02-12-2004 era más blanca que el agua, que el agua blanca, era más fresca que el día, naranjo en flor, y en esa calle vestida, calle perdida, dejo un pedazo de vida y se marchó. con olor a naranja. espalda
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