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CON EL CORAZÓN EN LA MANO

Para Najibe Mayula

Tenía el corazón en la mano. No estaba en un sueño romántico de algún poeta, ni había consumido aquel polvo que guardaba en el cofre, ni tampoco estaba dormido, o al menos eso creía, porque las sensaciones eran muy nítidas y no me permitían ninguna duda de que efectivamente estaba despierto. De forma muy lenta observe el espacio donde mi corazón debía quedar, tratando de encontrar un agujero enorme por donde mi corazón había salido, pero todo era normal, mi camisa no tenía sangre, ni mi cuerpo parecía tener ninguna herida; pero la verdad no recordaba como tenía mi corazón en la mano, me cuestionaba si efectivamente era mi corazón porque si ese en verdad fuera, yo tendría que pertenecer al mundo de los muertos, así que también imaginé por un momento que era de alguien, tal vez de aquel vecino que cocinaba marrano y que tanto detestaba; pero no, sabía que era el mío, no por su forma viscosa, ni por la forma como latía que aunque lenta era notable, sino porque lo sentía pertenecer a mi ser como cuando eres dueño de sentimientos inmateriales. Entonces, me levante de la silla y con mucho cuidado, porque si se me caía el corazón sospechaba mi muerte, camine hacia el ventanal de la sala para verla a ella, aquella mujer de ojos negros que todas las tardes se asomaba por su ventana, poseedora de un rostro exótico y un cuerpo de musa que hacía que mi corazón se enloqueciera, pero si era así porque ese pedazo de carne que tenía en las manos tenía ese ritmo lento, a pesar de que cuando la vi en ese instante mi cuerpo se estremeció, la verdad no lo entendía, lo único que quería en ese espacio de tiempo era salir corriendo a aquella casa y decirle cuanto la amaba y que mi corazón se moría por ella (aunque en verdad ya no comprendía nada), y en un impulso poco común abrí la puerta de la casa con las dificultades que me otorga mi mano izquierda y crucé la calle hasta llegar a su casa y tocar la puerta. Ella abrió extrañada y al verme con el corazón en la mano me miró con miedo, como si yo fuera un homicida, o tal vez un brujo que ofrece un corazón en sacrificio, por lo que me asuste y sin pensarlo solté el corazón que llevaba cuidadosamente en mi mano y explotó en mil pedazos, sentí morir, sentí que el fin de mi vida había llegado por lo que cerré los ojos, pero cual fue mi sorpresa de que yo seguía hay, en ese lugar, vivo, y no me sentía mal, no tenía ningún dolor en el pecho, pero ella estaba allí, horrorizada, pensando que tal vez yo era un loco de remate, por lo que corrí sin pensarlo a mi casa a refugiarme, a ocultarme de aquella mirada que destrozaba mi alma y entendí de una vez y para siempre que mi corazón no era ese pedazo de arterias que cargaba en mi mano, sino que eran mis ansias, ansias inmensas, de besar aquellos labios de la mujer de los ojos negros que pensaba que yo era un brujo loco.

Texto agregado el 14-12-2004, y leído por 160 visitantes. (0 votos)


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