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Circunlóquio y Metaforina eran dos excéntricos millonarios enfermos de erotismo. Contaban las comadronas que cuando nació el bebé, intentó poseer a una de ellas y la más vieja salió arrancando mientras gritaba a voz en cuello: ¡Acabo de Mundo! ¡Acabo de Mundo! Dicen las malas lenguas que sus padres tuvieron que fabricarle un cinturón de castidad masculino y arrojar la llave al Mediterráneo, puesto que el muchacho no sabía contenerse y ya a los cinco años, en pleno kindergarten, tuvo relaciones con todas sus compañeras y dejó embarazada a la tía del jardín y a dos auxiliares. Temerosos que se vinieran en avalancha los reclamos por paternidad no asumida, los padres inventaron ese ingenio, pero todo fue infructuoso, puesto que el muchacho sobornó al fabricante del aparato y le pagó un par de millones de euros para que le hiciera otra llave. Agradecido por el favor, el chico le entregó una propina que doblaba la cantidad y de yapa sedujo al cerrajero y lo poseyó también. Las malas lenguas, que las hay en todas partes, propalaban la aterradora noticia que cuando la gata parió cuatro lindos gatitos, estos tenían la misma mirada pícara de Circunlóquio. Pero, ya se sabe, lenguas viperinas las hay en todas partes y no sólo en las fauces de esas esbeltas bichas que tanto atemorizan a algunos.

Metaforina por su parte no lo hacía peor ya que apenas nacida, adoptó una pose de modelo que cautivó al propio matrón, quien estuvo a punto de pedirla en matrimonio, pero eso no fue más que una gota de locura en su académico cerebro. Lo cierto es que a los dos años, la pequeña usaba sensuales portaligas y pañales de seda con encaje y a escondidas de su madre se pintaba sus ojos y labios de tal modo que parecía la imagen reducidísima de una top model.

A los diez años de edad se conocieron por esas causalidades que a veces traza la mano insondable del destino y desde ese momento supieron que estaban destinados a ser el uno para el otro. Veteranos en el arte de la seducción y ya experimentados personajes en todo lo referente a las relaciones sexuales, esa misma tarde se entrelazaron en una fluida comunicación que implicaba lo formal y lo impronunciable, pequeñas almas ardiendo en su incombustible calidad de seres incandescentes.

Desde entonces y para siempre su vida transcurrió en un ininterrumpido orgasmo y como contaban ambos con los medios para procurarse cuanto se les viniera en ganas, hicieron el amor en la cúspide de la torre Eiffel, sobre la antorcha que flamea pétrea en la mano de La Estatua de la Libertad, en los milenarios bloques que conforman la Pirámide de Keops, en las alturas de Machu Pichu y en las abisales profundidades del océano Indico. De lo único que se repelían ambos era de no haberse conocido antes ya que a sus diez años, ya casi se consideraban un par de veteranos.

Efectivamente, cuando ambos cumplieron los treinta años, ya no había lugar sobre la tierra en donde no hubieran hecho el amor. Muchos de esos sitios no los nombraré acá para evitar alguna odiosa cacería de brujas. En una de sus mútiples y exóticas aventuras amorosas, se lanzaron en paracaídas y como dos pájaros eróticos se poseyeron el uno al otro a dos mil quinientos kilómetros de altura y entreverados en su pasión, olvidaron que venían en caída libre y cuando se dieron cuenta que la tierra ya estaba a punto de recibirlos, abrieron sus paracaídas, pero no fue suficiente para amortiguar el costalazo y ambos fueron a parar a un hospital traumatológico en donde, acostados en el mismo lecho, quejumbrosos y enyesados, prosiguieron con su fogoso e interminable romance.

Muchos otros peligros los asediaron, ya que no había límites para su osadía. Hicieron el amor en la cornisa de un rascacielos, a bordo de un globo aerostático, dentro de una jaula de leones, quienes, hambrientos y todo, los respetaron para presenciar el encendido espectáculo.

Cuando cumplieron ambos los setenta años, la fogosidad le cobró la cuenta a Curcunlóquio y fue a parar a un hospital gracias a un inoportuno infarto cardíaco. Esta vez, el erotismo dio paso a la preocupación puesto que el rostro del hombre era el fiel espejo de su cercano ocaso y Metaforina sólo atinó a sentarse en una silla colocada al borde del lecho y asiendo la mano de su esposo, se dedicó a contemplarlo con el amor más infinito y con el dolor más insoportable.

Un par de días más tarde, Circunlóquio supo que estaba a las puertas de la muerte y apretando con fuerzas la mano de su amada cónyuge, le pidió con su voz cascada que se desnudase. Ella abrió tamaños ojos pero no cuestionó la petición porque en el fondo, lo único que deseaba era volver a tener esas fogosas relaciones con su esposo. Por lo tanto, se quitó toda la ropa y se recostó al lado del enfermo y entre quejidos de pasión y ayes de agotamiento, tuvieron la póstuma relación. Hicieron el amor durante dos días y nadie osó molestarlos puesto que era cosa sabida su ardiente condición.

Al tercer día, aparecieron médicos y enfermeras y no pudieron sofocar un sollozo cuando se dieron cuenta que ambos ancianos se habían ido para siempre, unidos en una relación que seguramente se perpetuaría en algún lugar inespecífico…







Texto agregado el 16-12-2004, y leído por 637 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
14-11-2007 Qué buen humor. Y qué fluidez y facilidad la tuya. volarela
05-01-2005 Entreteniday erótica hasta los pelos, sí. lusacan2004
17-12-2004 Un relato muy fluído, como el goce en que se entrelazaron los protagonistas desde que se conocieron. Divertido y pervertido. libelula
17-12-2004 Buen relato. Ligeramente convencional en la elección del punto de vista pero inobjetable en todo lo demás. El humor, cierta iroía algo menos evidente y todo un mensaje implícito hacen del conjuto una lectura diferente, muy saludable. mariog
16-12-2004 me haces reír, mis estrellas anemona
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