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En toda mi vida habré estado en el Park Güell más de mil veces. Me gusta correr por sus caminos. Supongo que me relaja. Desde la parte más alta se ve una magnífica panorámica de Barcelona y sumergido entre su abundante vegetación natural y arquitectónica llegas a sentirte un privilegiado.

Ayer fuí a hacer mi sesión de jogging de los martes. Empecé algo lento la primera cuesta, como para acostumbrar mi corazón al ritmo de carrera y así llegué hasta las tres cruces que coronan el parque. Una vez allí y aprovechando que la pendiente es favorable decidí acelerar el ritmo. Y fue así que tras la quinta curva levanté la vista hacia el horizonte y vi una imagen que estoy seguro que no está en ninguna postal, pero que es la instantánea más bella que se puede conseguir del parque. Continué mi descenso vertiginoso con esa imagen en la cabeza varios pasos más... hasta chocar con una turista que subía en dirección contraria.

Caímos los dos. Me levanté rápidamente para ayudar a la pobre chica arrollada y me encontré con ¡Laura!, mi amiga del alma hasta que cumplimos los diez años.

- ¿Laura?

Sorprendida por tanta casualidad y recordando lo ridículo del encuentro se puso a reír. A lo que yo, que iba a interesarme por si se había hecho daño, le pregunté “¿qué haces por aquí?” y me contagié de su risa.

Haría unos quince años que no nos veíamos y sin embargo nos reconocimos enseguida.

- ¡Estás igualito!

Laura estaba preciosa. Aquella niña traviesa con la que compartía veranos de tres meses se había convertido en una mujer guapísima. Esos ojos de los que siempre me burlaba por ser demasiado grandes eran ahora dos soles turquesa y su sonrisa, que sólo podía recordar con los agujeros que dejaban los dientes de leche caídos, era ahora un cielo de nubes perfectamente alineadas que hasta la fecha habría embrujado a un millón de hombres. Sin embargo, cuando me dijo que estaba igualito sólo se me ocurrió responderle:

- ¡Tú también!

Y antes de que pudiera añadir nada más me agarró del cuello y me dió un beso en la mejilla. Me recriminó que estuviera sudado y en cuanto fuí a secarme con la manga de la camiseta se rió de mí, como tantas veces había hecho.

Nos sentamos en un banco y nos contamos las vidas desde nuestro divorcio por fuerza mayor, o sea desde que su padre Guillermo aceptó una oferta de trabajo en una ciudad a la que no podía llegar en mi bicicleta.

Laura habría sido la mejor nadadora del mundo, lo sé porque íbamos juntos a la piscina desde muy pequeños y nunca le gané una carrera. Y quien la hubiese visto trepar a los árboles no tendría duda de que habría sido una gran escaladora. Sin embargo estudió matemáticas, lo cual me dejó literalmente boquiabierto, porque si había una sola cosa en la que ganaba a Laura era en la resolución de problemas de sumas y restas. Una niña que nunca entendió la intersección de conjuntos resultaba ser ahora una experta en teoría matemática.

Yo le hablé de mis anuncios, de mi trabajo en la agencia de publicidad... Laura me escuchaba con atención, como siempre había hecho, pero esta vez acompañaba su mirada atenta con una sonrisa perenne que era nueva para mí.

Me contó que todavía guardaba la cadena de mi primera comunión. Esa que le regalé el día en que desaparecimos de nuestra vida inseparable. Me confesó que lloró cuando recibió mi primera carta, esa en la que le prometía escribir “cada semana aunque tú no me contestes”. Una promesa que a duras penas pude mantener con la segunda carta y que a la tercera se me hizo insostenible.

Laura continuó recordando pequeñas batallitas y mientras hablaba me asaltó una pregunta: ¿tendrá novio?

- ¿Te acuerdas de esa vez que te caíste en la piscina vestido?

- Claro que lo recuerdo. ¡Me empujaste!

Como si los años no hubieran pasado, nos enzarzamos en una de nuestras peleas de niños. Una de esas que terminaban a golpes y con Laura sentada encima de mi cuerpo indefenso obligándome a presentar mi rendición sin condiciones. Esta vez cambiamos los manotazos y las cosquillas por argumentos, pero el resultado fue el mismo. Cuando ya estaba a punto de demostrar que efectivamente me empujó, Laura me atrapó con su sonrisa. Y no contenta con tenerme a su merced, me soltó:

- ¿Y cómo vas de novias, Casanova?

Quince años más tarde ella seguía siendo más rápida que yo. Noté que mis mejillas se sonrojaban. Le conté que había tenido algunos líos, nada serio y que en ese mismo momento estaba soltero y sin compromiso.

- ¿Y tú?

Recé por un “no, yo tampoco”. Pero en su lugar sonó su teléfono móvil. Habló con un tal Pedro y pareció ponerse muy contenta al oír su voz. Se alejó unos pasos de mí mientras charlaba con él y yo, medio por educación y medio entendiendo que ese tal Pedro pudiera ser la respuesta a mi pregunta, fingí interesarme por una partida de petanca y me senté en otro banco del parque.

Después de su animada charla no me apetecía continuar la conversación donde la dejamos, así que cambié de tema. Inventé que se me había hecho tarde, pero que si seguía en la ciudad al día siguiente podríamos ir a tomar un café. Laura dijo que de acuerdo, pero que invitaba ella. Así que le di mi número de móvil y nos despedimos “hasta mañana”.

Y mañana es hoy. Y ese café lo tomamos hace un par de horas. Laura me contó que esta noche iba a ser la última en Barcelona. Que debía volver a su casa, ni más ni menos que a Halifax, Canadá, para presentar su tesis doctoral. Le pregunté cómo podía llegar en bicicleta hasta allí. Se rió y por primera vez me pareció ver en sus ojos que no le gustaba la idea de irse.

Si no fuera por ese Pedro le pediría que se quedara conmigo o que me llevase con ella. Pero no hace falta ser matemático para saber que tres es multitud. Así que cuando salga del baño me limitaré a desearle mucha suerte con la tesis y a dejarla marchar con sus dos soles turquesa y su cielo de nubes.

Y yo quedaré otra vez solo en Barcelona, enamorado de los problemas, de las bases por alturas y de los sueños partidos por dos. Con otra fracción en mi corazón, haciéndome el entero.

- Ei, Casanova, ¿en qué piensas?

- En mañana.

- ¿Y qué planes tienes?

- Creo que iré de nuevo al Park Güell. Me gusta correr por sus caminos. Supongo que me relaja.

Texto agregado el 22-12-2004, y leído por 725 visitantes. (17 votos)


Lectores Opinan
27-05-2008 Amigo Jau... Me ha dejado usted suspirando con esta historia de Laura, con sus ojos turquesa, con su cielo de nubes, con tu bicicleta y con todos esos recuerdos, inolvidables, de alguien a quien se ha amado y aún se ama. ¿Qué decirte de la narrativa? Perfecta. Leerte a tí es saber de, antemano, que cada detalle está cuidado desde el punto de vista de la cohesión y la coherencia, que no conseguirás piedritas en tu camino que te doblen el pie en tu andar, es remontarse al firmamento y no querer bajar para que no se acabe la diversión al poner los pies sobre la tierra; es querer remontar al castillo de naju (uno de los cuenteros) usando como transporte la estrella que lo conduce hasta ese castillo; es simplemente soñar. Te felicito y gracias por tan bella prosa. Un abrazo. Sofiama
10-04-2008 Jau, escribir con un lenguaje fuido, sin carencias ni excesos no es fácil, me atrapa como lector y me invita a volver a tu espacio. Me queda la duda de si eres un poeta narrando un cuento o eres un cuentero escribiendo poesía; lo digo por las metáforas sobre la mirada y la sonrisa de Laura. Lógico mis 5* aprendizdecuentero
04-04-2008 a veces nos limitamos a decir las cosas por miedo a hacerlas...sigo insistiendo eres bueno kalebcillo
15-06-2007 El miedo del protagonista a enfrentarse con la realidad lo hace muy humano, un relato muy bien llevado. krasna
30-05-2007 Me ha parecido precioso y muy realista, era como tenerlos delante y escucharlos. Felicidades. taber
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