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Para Fernando.


El personaje de quien te quiero hablar, y de cuyo relato toma el nombre esta narración, es ahora un sabio vagabundo.
Bueno, lo veo hasta cierto punto natural, pues el “Converso”, así le dicen, está entrado en años, pero no es viejo. Su porte luce siempre una barba larga, calzado con sandalias viejas y a veces descalzo. Él estuvo unido en matrimonio, y hasta es experto en artes marciales, porque antes de ser un vagabundo de profesión había recorrido medio mundo en medio de esas competencias; sólo que ahora es el ser más pacífico que he conocido, luego de haber renunciado a toda violencia, cuando tomó como profesión la vida de los vagabundos. Además, desde hace muchos años vive en un admirable y continuo arrobamiento espiritual, que le da gran sensibilidad para toda obra buena; es comedido, educado, trabaja siempre y habla poco.

Él mismo fue quien cabalmente y no hace mucho tiempo, me contó esta historia. No sé a ciencia cierta si le sucedió a él mismo, aunque mucho me lo sospecho, pues jamás se refiere a su propia vida; no obstante, sé de cierto que estuvo cercano a estos hechos, pues la narra a los amigos de confianza, como algo que le es correspondiente, sin pagar derechos reservados.
Es la interesante historia de un hombre que estaba casado con una hermosa mujer que había elegido como esposa, y además, como fruto de su amor, dos hijos pequeños, a los cuales había dedicado siempre todo su tiempo, su trabajo y su cariño. Este personaje, que llamaremos, o mejor dicho, identificaremos con "El Converso", por tener —como anotaba arriba— fuertes sospechas de que se trata del mismo protagonista, llegado a un punto de su existencia, de pronto la encontró vacía y se puso a buscar con sinceridad el sentido más profundo de su vida. Preguntó aquí y allá; se entrevistó con varios personajes y gente de valía, hasta que dio por casualidad con un pobre vagabundo, quien le enseñó una cosa muy importante.
—¿Que qué cosa le descubrió el vagabundo?
Nada nuevo, solamente le dio una llave, para poder entrar a realidades más profundas. Tú conoces bien que para caminar por las regiones misteriosas e insondables del espíritu, allí donde solamente se puede encontrar la unidad y la vocación original de cada uno, indefectiblemente la clave es el silencio y la oración. Así que el “Converso” se dedicó a orar y esperar pacientemente la respuesta del Señor.
Ni que decir tiene que las experiencias espirituales son incomunicables, y quien trata de plasmarlas en palabras solamente se angustia por no poder expresarlas en todo su sabor, color, realidad y significado. Por eso, decía “El Converso” que para poder explicar adecuadamente su cambio, el Señor se le manifestó en la vida, con hechos, pero muy desconcertantes.
“El Converso”, alternaba su carrera de deportista con un trabajo de oficina que tenía en una grande empresa. Había conseguido una especialización en el ramo de Programación de Ordenadores, de modo que su empleo era de lo más cotizado en el mercado y competencia actuales. Ganaba bien, además de la subvención estatal y las recompensas que percibía por sus logros como despabilado jugador. Decía que vivía con bastante desahogo y más que bien, pues no carecía de lo necesario contando con más de lo estricto, y decía que tantas veces rayaba en lo superfluo cuanto adquiría para sí y para los suyos.
Pero, en el momento que sintió dentro de sí la vacuidad de su existencia y la insubstancialidad que lo rodeaba, hizo caso del consejo de aquel vagabundo del camino que le indicó un nuevo rumbo, o la división que lo separaría de la insensible y obnuvilada sinuosidad por donde endeblemente se deslizaba su paso por la vida.
Ciertamente que pasarían varios días de constante oración hasta cuando se le presentó la primera experiencia fuerte. Fue luego de un medio día del Octubre otoñal, cuando las hojas de los árboles empiezan a desprenderse de su sitio y luego de describir giros y algunos vuelcos gimnásticos por el aire, acaban por estamparse en las paredes, los vidrios de los carros o directamente sobre el pavimento frío. Salía sonriente de su oficina y comenzaba a ganar la calle que lo conducía a su casa y a los suyos; esa vez quería calmar el hambre de la soledad, olvidarse de los números y proseguir en su ejercicio de meditación diaria que le fascinaba cada vez más.
De pronto, al dar vuelta a una esquina, ya cerca de su domicilio, vio como envuelto en jirones de trapos un pordiosero pululento que le extendió la mano pidiéndole lastimero algún donativo que él precisaba tanto. Se detuvo, y sin pensarlo dos veces, tomó un fajo de billetes y sin contarlos se los alargó al menesteroso, quien con dos dientes amarillos y sarrosos, le agradeció tal gesto de desprendimiento sonriente. El “Converso” constató más delante, que había sentido una satisfacción interna donando parte del salario a aquel mendigo friolento, y le agradó mucho la sonrisa que le regaló. Así, feliz, tocó alegre la puerta de su casa, para hacer partícipes a los suyos del sobreabundante gozo que lo comprendía y abrasaba sus entrañas.
Sólo que en seguida comenzó la tormenta. Como el invierno estaba ya cercano, su esposa se quedó molesta más que en demasía. Pues resulta que la señora de casa anhelaba comprarse un abrigo de pieles, el cual incluso ya había apalabrado en un negocio de forros importados; de esos que les quitan a los osos polares su protección y seguro de vida; su sayal sedoso y delicado a los conejos orejones; sus guedejas a los antes sin después, y la pelambre a las zorras menos astutas. Y, claro, ante tamaña substracción del salario la esposa hizo bilis; pero más montó en cólera y se deshizo en lindas asperezas contra todo, cuando oyó del marido que el faltante de su mensualidad fue empleado en un barbudo sin oficio ni beneficio.
Antes de salir con su mamá para llorar y seguir lamentándose por el suceso, le dijo que esta acción hacía imposible el merecido y útil gasto pretendido para lucir su belleza y presumir ante sus amigas los últimos aretes, que combinaban con el abrigo elegido, ahora ido por el desamor para ella del marido.
Él solamente le pudo aclarar que ya la había hecho y debía esperar la siguiente mesada para satisfacer su antojo extravagante. También quiso hacerle partícipe de su gozo, pero no hubo espacio ni deseos de escucharlo, ya que la esposa estaba realmente contrariada por la prodigalidad actuada en favor de aquel a quien no dejaba de llamar un vago inútil y aprovechado. Luego, tomando a sus hijos como cosas salió de la casa, mientras seguía llorando.
Con paciencia elevada a grados de heroísmo, “el Converso” tuvo que escuchar durante toda la quincena los reclamos de su media naranja por el desorientado y desatinado modo de manejar las cosas desde un tiempo a la zaga, que todo le venía contabilizando aquella hembra de cuidado. No obstante estas grescas y debates, el “Converso” no se echó para atrás en su empeño de seguir orando y haciendo silencio en su interior, siempre que lo dejaba tranquilo su costilla. Y de esta actividad fue que extrajo la fuerza conveniente para continuar haciendo en modo responsable su trabajo, cada día más feliz por la libertad que sentía respecto de las cosas.
No quiso participar en unos juegos internacionales de Invierno, donde tenía la oportunidad no solo de triunfar, sino de adquirir medios para comprar a su esposa cuanto deseaba; al contrario, parecía que cada vez más se retiraba a la soledad a meditar y descubrir dentro de sí la realidad de cuanto su corazón le revelaba que tenía en lo más profundo y no acababa de brotar del todo.
Y, cuando llegaron los siguientes emolumentos, luego del cobro hecho, salió más contento que unas pascuas, porque su esposa se pondría feliz con el salario íntegro que depositaría en sus manos. Pero, al pasar por el puente del río que cruza la ciudad, vio de pronto que una viejecita —solo Dios sabía cómo—, se había aupado a lo alto de la balaustrada y estaba con el intento indubitable de lanzarse al río que arrastraba el agua revuelta de las lluvias recientes. El “Converso” apenas pudo llegar jadeante hasta aquel cordón tubular, donde la abatida anciana ya estaba a punto de dar el salto mortal arrojándose al abismo. Con un movimiento ágil la sujetó con firmeza y, mientras la sofrenaba resueltamente del borde de su vestido, le preguntaba azorado: —¿Qué pretende hacer abuela?, —¿acaso quiere Ud., quitarse la vida?, —¿qué no ve la altura en que se encuentra?—
Ella, queriéndose librar de sus manos y saltar al ensoberbecido río, le indicaba en medio de un llanto quebrado que la dejase lanzar al vacío. Eso era precisamente aquello que intentaba: quitarse la vida, ya que no había ninguna otra salida para solucionar sus abundantes problemas.
Entonces, asiéndola más fuerte, y en medio de una compasión filial, logró que descendiera. Luego, con palabras comedidas y hasta suplicantes, consiguió hacerla desistir de su fatal empeño. Ella, apesadumbrada, le contó en medio de premioso llanto toda su situación. Era sola, sin pensión, debía algunos meses de renta, estaban por echarla a la calle, desde hacía días no comía, etc.
El “Converso” la animó a confiar en la vida, y con un gesto solidario, puso en sus manos todo el salario de su quincena recién cobrada. Además, le prometió que podría vender algunas cosas para ayudarla a pagar todo el adeudamiento de la casa, pero que le prometiera iba amar y respetar su propia vida. La atribulada anciana se sintió de pronto frente al hijo que nunca tuvo, y regando sus manos con lágrimas se las besaba, y hasta quería poner un beso en sus pies, muy agradecida por la vida que le había salvado y por los medios que le proporcionaba para seguir en marcha por la existencia, pues con él no se sentía sola.
Lo imprevisto del caso y el gozo de hacer el bien no dejaron tiempo de pensar al “Converso” sobre las pretensiones y ambiciones de su esposa, sino más bien creyó con entusiasmo que ahora sí estaría ella orgullosa de que el sueldo hubiera sido empleado en una obra noble, justa, necesaria y urgente. Pero, la reacción de su pareja fue muy diversa de lo imaginado. No solo se molestó mucho, ultrapasando el paroxismo y llegando al atrabilismo, y todavía con un dolor del hígado rayando en cataclismo, se fue la adorada cónyuge con un amante, fabricado al hervor de la situación, —decían que aconsejada por la madre—. Y dejó hogar y marido con los dos vástagos, además el cargo de la casa a cuestas. Nada pudo hacer el “Converso”, sino seguir orando y empeñado en el trabajo cotidiano, haciéndolo cada vez con más respeto y con amor.
En ese lapso, tuvo que hacer frente al dispendioso gasto que significaba la contratación de una empleada que preparase la comida para los niños y los llevara a la escuela; él hacía todo lo demás, y hasta encontró más tiempo para jugar con ellos. Pero también comenzó a deshacerse de muchas otras cosas que consideraba superfluas, y vendió y hasta regaló, todo lo cual no solo causó desazón o inquietud, sino una mayor serenidad para arrostrar con satisfacción y hasta con encanto la nueva situación.
Esperaba con cierta expectación y curiosidad, pero sin ansia, el cobro de su siguiente quincena laboral, pues había diversos pagos por cumplir y alguna cuenta por saldar. Ya se percibía más galopante el asomo del invierno, que en aquellas regiones solía presentarse obligatoriamente descubierto, como invitando a todos a buscar un abrigo o una manta para poder capearlo indemnes. Debía adquirir ropa nueva para sus hijos quienes sin saberlo no dejaban de crecer, alzando más y más el cuello y sobrándoles la punta de las manos y los pies en pantalones y camisas. Asimismo, la casa demandaba nuevo ajuar o la substitución de utensilios rotos y en desuso
Por ello, en cuanto recibió el mejorado estipendio, pues había trabajado horas extras, corrió feliz hacia su casa, protegiendo entre sus manos la valija donde lo había depositado completo. Pero, justo a la vuelta de la esquina de una calle silenciosa, de pronto se le vino encima un motociclista con todo y su máquina rugiente.
Sorpresa y golpes, gritos e improperios todo fue uno y el maletín desapareció de entre sus manos. El “Converso”, quedó aturdido como su fuera un pasmarote; sin embargo, un resorte se movió en él cuando observó que algo le falló a la motocicleta de su atacante, pues la máquina indigesta combinaba estruendo y fragores con arranques lánguidos, y no avanzaba uniforme, según los deseos y ansias de su cabalgante motorista.
En aquel momento él despertó también a todo lo sobrevenido segundos atrás. Corrió como un gamo detrás del asaltante de ciudad, el cual por cierto, finalmente tuvo que dejar el averiado motorino y emprendió desesperado las de Villadiego. No obstante, y a pesar de la distancia que los separaba, al avezado deportista poco se le hizo el mar para hacer un buche de agua. Antes de que saltara el garduño cortabolsas una valla para internarse en una casa solariega, el victimado ya lo tenía bien prendido y bajo una llave marcial, completamente inmóvil e indefenso. En realidad el delincuente estaba sorprendido no solo por su fallido desvalijo, sino por la presteza con que había sido cazado por su víctima. Ahora estaba temblando como un pollo mojado, y esperaba le lloviera una apocalíptica granizada de golpes.
Pese a la rabia innegable que probó ante el suceso, el “Converso” solamente le quitó su maletín, sin decirle una sola palabra descomedida o improperio repulsivo; y, cuando sin rencor ni deseos de venganza lo dejaba en libertad para retirarse, algo le empujó a permanecer frente al incurso, para preguntar por qué lo había hecho, y qué lo obligaba a dedicarse a robar de esa manera.
El frustrado delincuente de banqueta entonces y en medio de un mar de lágrimas le dijo que era un drogadicto y estaba pasando por una crisis terrible; le contó además, que enloquecido por su vicio a esas alturas de su vida no podía medir peligro ni consecuencia alguna; le confesó que estaba amenazado y le exigían una gran cantidad de dinero para darle más morfina; la motocicleta también era escamoteada, y si esta vez no se le había hecho asaltarlo a él, lo seguiría intentando con otros desprevenidos transeúntes.
Viendo una necesidad semejante, entonces el “Converso” se detuvo a platicar tranquilamente con el desafortunado drogadicto. Con paciencia y vivo entusiasmo le refirió su propia experiencia y cómo en la oración había encontrado una fuerza que lo estaba transformando completamente; esto, aseguraba le había hecho a él dejar vicios más arraigados que esos fármacos y estupefacientes. El morfinómano se interesó vivamente al escuchar que había una puerta de salida para su problema, por eso le pidió que le enseñase a orar.
“El Converso” lo invitó a su casa; ahí le dio abrigo y protección, así como el necesario tiempo de acompañamiento para hacerlo entrar en la experiencia de la oración profunda. Tuvo que saldar las cuentas que el drogadicto tenía con sus compinches y asociados en la red de narcotráfico, de modo que no solo la última quincena, sino otros muchos objetos de la casa y sus trofeos tuvieron que cambiar de dueño.
Entre tanto, los hijos aconsejados por la madre, y ante esta nueva guapeza del “Converso” —como ella lo llamaba—, acabaron por abandonarlo y se fueron a vivir con ella y el amante sobrepuesto. Pero antes, legalmente le quitaron la casa y cuanto podía tener el filántropo y liberal moderno hijo pródigo.
Tiempo después, el adicto que comenzó a cambiar realmente, sintiéndose culpable de aquella situación desagradable en el hogar deshecho, quiso dejar al “Converso” también, con el fin de que reconquistara su familia. Y, se fue muy agradecido y plenamente reconocido por todo el bien espiritual que le había compartido y demás beneficios hechos en manera tan desinteresada y a tal precio.
Y, así, de repente, “El Converso” se quedó en la calle, con solo la ropa que llevaba puesta. No entendía por qué había sucedido todo aquella mezcla de sucesos, cuando él más quiso vivir en paz y armonía con Dios, los suyos y con el mundo. Entraron dudas en su interior sobre si había actuado bien o se habría equivocado de ruta en aquellos arranques de generosidad. Y, comprobó que su conciencia estaba tranquila, pues hizo cuanto debía desde las altas leyes de la caridad y solidaridad humana. Prefirió siempre el bien de los demás, y a los suyos les proporcionó lo indispensable para vivir.
Meditabundo y sin ninguna cosa en las manos, vacío su pensamiento también de toda otra ambición, deseo y anhelos que no fueran el crecimiento del amor, se puso a caminar por las calles, consumiendo gruesos sorbos de aire fresco; trataba de organizar, sin esforzarse, sus razonamientos e interesarse por buscar un nuevo trabajo la semana siguiente, pues por influencias de su esposa y el amante, hasta lo habían despedido de la empresa que lo ocupaba.
Así, caminando despacio y sin llevar cuenta del tiempo, recorrió varias cuadras aledañas a la periferia de la insidiosa ciudad, cuando vio de pronto un niño que corría tratando de cruzar la calle despavorido. Era un gitano zingarillo el cual huía con la bolsa de mano que apenas había arrebatado a una obesa señora, la cual todavía no se daba cuenta del desfalco, sin duda por lo sobrado que estaba de todo. Un automóvil guiado por un joven gaznápiro y sin licencia se enfilaba premuroso para arrollarlo, mientras muchos otros continuaban impertérritos su tránsito definido.
El “Converso” con un ágil movimiento y una maroma hacia atrás esquivó el primer carro que era un VolksWagen amarillo; alcanzó a empujar hacia fuera del asfalto y poner a salvo al niño trashumante llevándolo hasta la banqueta; pero él recibió el golpe de lleno de un Ford de lujo, cuyo joven dueño irresponsablemente se dio a la fuga.
Suenan las alarmas de socorro y otras de la policía que llevan al “Converso” debatiéndose entre la vida y la muerte. Él no siente nada. Está perdido. Flota en medio de un océano que levanta olas encrespadas y arroja espumas como esputos que hacen sudar copiosamente sus mejillas. La sangre se confunde con el sudor, las ropas con trozos de carne. Un hueso ensangrentado muestra a veces la blancura de su protuberancia y escurren hilillos de plasma como modestas cortinas que cubren la intimidad de nervios, tendones y fibras descubiertas.
En el Hospital donde fue llevado por la ambulancia, fue medianamente atendido, pues no hubo quién respondiera por él, y eran muchos que sentenciaban y deseaban su muerte. Pero sucedió todo lo contrario; solo y sin haber recibido visita alguna, abandonado en una sala general fue recobrando todo, primero la conciencia; después, y habiendo pasado varios meses de aplicación a una metódica rehabilitación de sus huesos descoyuntados parecía que podía volverse a poner de pie. Ciertamente hubo semanas de dolor intenso, que lo hacían como volver al coma e insensibilidad, estado en el que estuvo sobre todo las primeras semanas, cuando algunos le creían ya muerto, pues a nadie le interesaba que viviera. Pero, sin duda porque era joven y deportista, la recuperación vino en forma por demás asombrosa para los doctores que lo atendían. Y sanó completamente.

Un buen día del verano ardiente salió caminado por su propio pie. Avanzaba seguro, sin bastón, pero con una cuenta dejada atrás. Aunque, en realidad, eso no era lo más importante, sino aquello de que con el accidente toda su vida también la dejaba atrás. Sí, me decía que allí fue donde en verdad se convirtió; pues solía narrarme que durante el tiempo que estuvo inconsciente el personaje X del que hablaba, fue cuando realmente comprendió la existencia en modo nunca imaginado, y vio con toda claridad el peso de todo cuanto había hecho.
En aquella situación innominada de dolor, sueño, éxtasis o frenesí baldado, descubrió cabalmente el peso de su vida y el sentido de todas sus acciones. Primero, se vio transportado a un mundo etéreo donde halló que volaba con alas propias. Hubo una aprisionamiento y no pudo hacerlo más. Se le ofrecieron diversos apoyos; pero distinguió que eran todos nocivos. Decididamente los rechaza. Luego, vino la iluminación de la fe que faltaba para seguir volando como con alas propias, pero en realidad era Otro quien lo hacía por Él y con él, era Dios.
Me detalló que le fueron representadas cada una de sus actuaciones y su significado. Y pudo ver con sorpresa, que en todas ellas fue al mismo Cristo a quien ayudó. —Cristo era el mendigo que disimulado con un viejo abrigo le sonreía satisfecho y lleno del calor por su buena obra de amor; —Cristo era la anciana que bajo el techo de su protección lo bendecía; —Cristo era el drogadicto que regenerado había tomado con empeño el rumbo correcto de una vida hacia la realización; —Cristo era el niño por el cual ofreció su propia vida y lo llevó al hospital a conocer el sabor de un amor así en forma tan singular e incomprensible.
Por eso y sobre manera, se gozaba el “Converso” al pensar que además de toda esta representación de sucesos, vio claro cómo pasando el significado simple de todos ellos, Cristo lo acercó a través del amor concreto a Él mismo, para declararle en aquella circunstancias su amor personal e inconfundible. Esto era lo que hacía su espíritu inmensamente feliz. Perdiendo todo, su trabajo, su familia, a quien nunca más ha vuelto a ver, su salud, ahora estaba ganado para Dios.

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Saludos de tu tío “El Vagabundo”

Texto agregado el 05-01-2005, y leído por 198 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
02-10-2005 Excelente relato, bien escrito, no decae en ningún momento. "Y pudo ver con sorpresa, que en todas ellas fue al mismo Cristo a quien ayudó..." me hizzo recordar a "Mi Cristo roto" Gracias por este aporte. marimar
27-09-2005 Es una historia que no dudo que ocurra diario ,me llena de amor y de entusiasmo y mas si la les y despues lee por favor la que escribi ahora , carta a una hija....gracias por tu comentario. gatelgto
15-01-2005 las primeras estrellas , de cristo para ti poeta, bueno la historia es muy interesante, pero la fe es mas, asta la proxima vez, saludos desde Istanbul Turquia Juan_Poeta
 
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