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Me gustaba eso de ir a tirarle piedras a los pacos. Por un lado me sacaba de encima las trancas que cada año acumulaba, y por otro, servía para manifestar mi desprecio por el dictador y todos sus sucedáneos (entiéndase entre ellos al profesor prosudo de la facultad, al infeliz de mi jefe, a mi taita que cada vez que podía se encargaba de dejarme claro que él era el amo y señor de la casa donde yo vivía, al arbitro reconchaesumadre que nos robó en el último partido, al chofer de la micro, entre tantos otros desgraciados de la misma calaña).

Cada 11 de septiembre el sol se ensañaba con Santiago. En las calles sólo transitaban los que tenían claro que hacerlo era un verdadero desafío. El resto de la población seguía por los noticieros las escaramusas de los protestantes y de las fuerzas especiales, que se traducían en un festival de apaleos, violencias innecesarias, daño a la propiedad pública y privada, barricadas, miguelitos, weones atropellaos, viejas con ataque de histeria, etcétera.

Claro que lo mío no era una cosa tan política como eso de andar marchando con cartelitos y el puño en alto. No, eso ni cagando, lo mío era más bien del 'lumpen', de los patos malos, de aquellos maldadosos que acostumbraban a llevar capucha y resortera. No se vaya a entender que yo era uno de ellos; nada más lejos de la realidad -¿o si lo era?-. Por lo menos yo tenía para pagar la micro y a mi madre le alcanzaba la plata para pagarme la universidad, por ejemplo. Ellos, entre los que se contaban monrreros, ambulantes, universitarios, lanzas y secundarios; se movían motivados por la rabia. Y yo también, claro ésta. Rabia daba ver a los pacos con sus caras de perro y con permiso más encima para chantarle un lumazo en el espinazo a quien se cruzara por el camino.

En fin, aquella mañana como siempre, salí de casa premunido de mi mochila y mis bototos. Había quedado de encontrarme con el cabezón Felipe en la estación mapocho del metro. Antes eso sí, tenía que pasar a buscar al jaimoto al departamento de su vieja. Siempre hacíamos el mismo trío de montoneros con apenas las patas y el buche.

Juntos caminamos río arriba. Antes matamos unas colitas y secamos un par de botellas sudorosas. Era pal' envalentonamiento. El Jaime como siempre llevaba el limón y la sal pa' las lacrimógenas, que dicho sea de paso, cada año eran más chacales. Yo por mi lado, era el encargado de proveer los puchos y el fuego que no podían faltar. Al cabezón pipe le correspondía llevar el spray para el rayado. Me gustaba rayar las paredes, era como subirle el jumper a las niñas en el liceo y correrles mano. Allí se me salía con todo el resentido que llevaba adentro: '¡Muera el dictador!, ¡ni anmistía ni perdón, Pinochet al paredón!, ¡pal' rico la anchura y pal pueblo la angostura!. Encontraba total eso de rayar las murallas. De preferencia la de los bancos y los Mc Donalls que se ubicaban en la avenida La Paz, que era la avenida que daba con el cementerio general.

De todos los años que nos hicimos presente para rendirle homenaje a los caídos, nunca nos quedamos a oir los discursos que se organizaban en el punto donde partía la marcha. Siempre virábamos antes pal cementerio, allí era la fiesta, allí se parapetaban los pacos más agresors y zarpaos, porque por costumbre nacional, allí siempre quedaba 'la cagá'.

La peregrinación por la avenida se llevaba a efecto entre la humareda de los neumáticos quemándose en plena calle y la gente corriendo de vereda en vereda como lauchas. De vez en cuando quedaba una cagá grande, como por ejemplo un ventanal de algún banco que se venía abajo por los piedrazos, o una bomba molotov que caía adentro de un local comercial, el que tras unos minutos generalmente quedaba reducido a escombros. Aquello casi siempre marcaba el comienzo de la batalla callejera. Por eso había que estar prevenido, y aquel día no fue la excepción. Como los sospechosos de siempre el trío de maldadosos caminamos atentos para no ser sorprendidos por la micro de los pacos que de cuando en cuando se cruzaba sin aviso en plena calle para subir a los weones pajarones que marchaban desprevenidos. Yo, para no ser menos, me saqué la polera negra de sound garden y me la puse en la cabeza como una capucha. La guata me quedó al aire, lo mismo que mi tatuaje del che que me había quedao entero de 'pulento'. El sol ya estaba en medio de la bóveda del cielo cuando la tormenta de piedras y bombas lacrimógenas, se desató con descontrol. Nosotros, siempre juntos, aquella vez ayudamos a preparar las barricadas que cortaban el camino. Llevamos y trajimos neumáticos, palos, cartones y señalética que había sido sacada por los demás a punta de patadas de su sitio. En mis oídos el zumbido de las lacrimógenas avivaron mi adrenalina a límites altísimos. Cada diez minutos el piño que armamos en la calle debió replegarse hacia el interior del cementerio para evitar en lo posible la embestida de los pacos que con el zorrillo, el guanaco y la micro hacían su recogida de costumbre. Aquello era un juego que se repetía cada año con apego a la más estricta liturgia. Ellos, los pacos, también lo sabían, y estoy seguro que al igual como ocurría con los de este lado, en cierto modo lo disfrutaban. Al menos tenían chipe libre pa' apalear a cuanto cristiano que se las diera de revolucionario.

Adentro, en el cementerio, la cosa no era muy distinta. Al principio se respetaban los discursos que se hacían al pie del memorial. El nombre de Allende sonaba aguerrido en todos los discursos y en las arengas de la enorme fila que cada año marchaba hacia el memorial de los detenidos desaparecidos: ¡¡¡cooompañero Salvadooor Allendeeee!!!! -gritaba uno- ¡¡presenteee!!! -respondía el resto- ¿quiiiéeen lo matóooo? -gritaba uno- ¡¡¡el facismoooo!!! -gritaba el resto!!!!. Allende por todos lados. Siempre pensé que el com-pa-ñe-ro Salvador Allende salía a la palestra esa fecha, más que el chancho seis en el dominó. Pero aquello no duraba mucho. Entre gritos acalorados y cánticos insurgentes, las bombas lacrimógenas y la respuesta petroglífica de los desordenaos no tardaban en disolver la concentración. Entonces se daba paso a la más frenética lucha entre bandos contrarios, sin respetar tumbas, móbiles de tv, ni nada. El jaime era un verdadero gato cuando se escabullía entre los nichos. Yo prefería el primer piso porque era un tronco y sigo siéndolo, en ese sentido era más 'asegurao' que los otros dos. El cabezón era un poco más cabeza de pistola eso sí. Le gustaba encarar a los pacos con su resortera. Para él era un verdadero gusto aguantar el humo y el fuego de la primera línea. Yo era feliz arrancando de los pacos entre las tumbas grises del pateón. Me gustaba un kilo esconderme en los mousoleos subterráneos entre flores y fotos desteñidas de los muertitos, con el corazón a punto de salirse por mi garganta y la frente como pileta de 'mojá'.

Habían veces que de tanto guerrear con los mismos pacos de la novena comisaría de Recoleta, uno hasta llegaba a hacerse conocido de más de alguno de ellos. Sin embargo los perros más bravos provenían de las demás prefecturas de la región metropolitana. Con ellos la cosa sí que iba en serio. Más de alguna vez vimos locos tirados a la vera de la cuneta con los sesos al aire. Claro que de estos pobres desgraciados nunca se sabía nada en las noticias.

El asunto es que en una de las tantas escaramuzas que se desarrollaron ese día de calor en el interior del camposanto, vimos entrar al zorrillo de los pacos como nunca hecho un cohete pa' adentro. Como era su costumbre el cabezón pipe no tardó en pararse en medio del trayecto con una actitud desafiante mientras lanzaba una bomba molotov que dejó una estela de fuego en el pavimento; ese weón siempre se las dió de kurt cobain, era un caradura. Nunca logramos saber de donde cresta la sacó. El cuento es que de inmediato el zorrillo lanzó ese chorro de agua que el cabezón nunca más olvidaría; ni nosotros tampoco evidentemente. De partida y como si se tratase de un rayo, el chorro vino a estrellarse en pleno pecho del pobre weón. De más está decir que lo mandó cagando al piso dejándolo todo averiado. Hasta lo arrastró unos metros por el cemento diría yo. El Jaime dice que no, pero yo digo que sí porque lo vi con mis propios ojos. El pobre cristiano casi muere atropellado cuando el maldito zorrillo se le vino encima. Menos mal que el jaime me despaviló y juntos logramos sacarlo del lugar. Lo arrastramos tomado de los brazos entre las tumbas en busca de un sitio seguro, el pobre iba aturdido. A mí el chorro me hizo cagar los ojos. Fue un chorro lacrimógeno lanzado con pica. Corrimos como desesperados, atrás los pacos venían correteándonos con cara de asesinos. Yo casi no podía respirar cuando comenzamos a sentir ese olor prutrefacto. Era un olor a mierda que provenía de los más profundo del pantalón del cabezón. Pues sí; el loco se había cagado y la mierda comenzaba a chorrearle por los pantalones. Los pacos maricones le habían echado un químico al agua que provocaba el descontrol de los esfínteres. El jaime no se dió ni cuenta cuando le vinieron también los retortijones. Era un hecho que algo le habían echado al agua los pacos reculiaos porque yo también comencé a transpirar helado cuando las ganas de cagar me vinieron a mí también. Para más remate tenía los ojos tan irritados que apenas podía abrirlos, necesitaba urgente limón y sal, sin embargo la mochila del jaime donde venían los limones se había perdido en la fuga.

Ya casi no podía respirar cuando una mina se acercó a mí ofreciéndome un paño húmedo. A esas alturas el cementerios parecía vietnam después de un bombardeo. Yo le dije que no se molestara porque estaba cierto que el agua es peor pal' ataque lacrimógeno; sin embargo ella insistió diciendo que se trataba de amoníaco. Yo sólo había oído hablar del amoníaco a mi mami. Ella echaba mil puteadas cuando le tocaba limpar la taza del inodoro en casa. La mujer me dijo que el amoníaco era lo mejor para mi mal, por eso le creí y sin más me llevé el paño mojado hasta la boca y la nariz. Aspiré como un drogo y la patada del líquido volátil me mandó a la cresta. De allí en más no recuerdo un carajo. Dicen que me volé y que me vino un ataque de risa que a los pacos enfureció más todavía mientras me reventaban a palos. Dicen que me las dí de jim morrison y que al capitán de los represores lo dejé todo manchado con mi mierda. Algunos me cuentan que también me las dí de choro. Eso, como era de esperar, me valió una feroz patiadura del porte de un buque que me dejó postrado una temporada larga. Mi mami peregrinó dos días por cárceles y morgues, hasta dar conmigo en la posta central. De los otros dos cagones sólo vine a saber harto tiempo después, cuando aparecieron por el hospital. Ni siquiera fueron capaces de avisarle a mi mami los muy maricones. Muertos de miedo por las eventuales represalias, el parcito anduvo perdido los dos días sin que nadie supiera nada de ellos.

A estas altura del vinilo de más está decir que como una cruel paradoja, ese mismo año el dictador fue detenido en Londres y allí (en la london clinic) estuvo pagando un buen tiempo sus pecados. Con ello muchos de nuestros atavismos de pendejos se esfumaron irremediablemente, ya no tuvimos a quien echarle la culpa de todos nuestros males. Pinocho dejó de ser el asesino de mis sueños y pasó a transformarse en un desdichado abuelito enfermo. Con los años el día 11 de septiembre dejó de ser feriado y la cosa se enfrío para siempre. Los combatientes que en esos años marchaban con los cartelitos, ahora aparecen en las sociales de las revistas más rechonchitos y vestidos con corbatas rojas de seda. Seguro que don 'chicho' estará retorciéndose en su tumba. Ahora ellos son gobierno y nosostros no somos ninguna weá.

Para ahogar las penas en democracia, el trío de weones que eramos nos dedicamos a saltar en el tablón de la galucha trasladando la guerra con los pacos desde las calles al estadio. También le hicimos a las tocatas punk rock que un tiempo se organizaron en la disco planet. Allí acostumbrábamos a ahogar nuestras penas y todas las frustraciones al son de unos buenos vinos y unos yuyos que más parecían zepellines. Allí vimos el 'monsters of rock' que trajo a pantera y a ozzy a Chile.

Hoy después de algunos años visto de terno y corbata como el edwards norton en el club de la pelea, trabajo en un módulo de 4x4 metros, como si fuera un hamsters, y obedezco a un patrón. Cosa parecida le pasa al jaimoto y al pipe. En el recuerdo quedaron los inti illimani, los silvio rodríguez y la internacional socialista. Hoy ya más viejo soy un sushi que tiene que tapar en lo posible sus tatuajes para no morir en los estigmas, pagar sus cuentas y agachar la cabecita no más; quién lo diría. Pero las ganas de derribar un par de edificios se mantienen intactas, tal vez un poco tapadas por tanto colesterol. Quizás sea porque lo haya visto en mtv, o porque hoy la economía marcha diez puntos y gracias a Dios tengo 'pega', que es lo único que importa ¿o no?.

Texto agregado el 06-01-2005, y leído por 635 visitantes. (11 votos)


Lectores Opinan
08-03-2006 Te felicito por el texto, muy bueno. ***** fabiangs
17-01-2005 Uno jamás agacha la cabeza, aunque traten de reventársela contra el piso, estoy seguro de que no vas a hacerlo nunca. La miseria moral en este mundo globalizado de mierda, es el antídoto ideal para esta siesta de la que estamos despertando, mas furiosos y aguerridos que nunca. ¡Aplaudan, aplaudan... no dejen de aplaudir, que el cerdo hijo de puta se tiene que morir! Excelente mi amigo y compañero de victorias. juanromero
08-01-2005 Te felicito Cao. Traes a las letras un pedazo de la historia reciente que ha dejado su estigma. Tremendo! Te leo y me parece estar allí, en las vivencia de tantos. Y ese olvido de muchos que mata tanto como la misma muerte. Libertad y Paz... y una utopía que lastima como un hierro candente. Humildemente mis estrellas y un abrazo. Shou
08-01-2005 A pesar de perderme el sentido de ciertos giros y palabras gozo con su lectura ideándome su significado ajeno a mi jerga y que intuyo muy sentido y vívido. Pero sobre todo con lo que me quedo es esa nostalgia de la utopia pasada a la que el protagonista se resiste a pasar página. azulada
08-01-2005 ufffffff... tremendo pedazo de historia, de una historia que parece haber quedado relegada a un segundo plano, pero que es la esencial: la que vive el luchador. Todo este tiempo nos hemos encerrado en ver la historia a través de las victimas y victimarios, polarizando la realidad que siempre es más abanicada, y donde se encuentran los verdaderos superhéroes, como la película los increíbles... es difícil adaptarse en un contexto que se desvirtúa de lo que se soñó sería, por lo que se luchó y se entregó tanto, hay que trabajar, cerrarse y pertenecer "al sistema", pero nada señala que no vuelvan los superhéroes a aparecer en acción. Excelentemente narrado, con todo un despliegue de sensaciones que se transmiten. Me hiciste recordar a un loco (Mario si no me equivoco) que decía que un día 11 prendió la tele y vio que en el cementerio se llevaban a sus amigos...jajajaja... y que al llegar a la comisario uno todavía tenía una honda de trofeo… jooo… loco verdad? Niñit@ cao, usted de lujo. CaroStar
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