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Inicio / Cuenteros Locales / johansofos / Mi señora, y aunque feliz: cretino.®

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Mi querida señorita: Si acaso ha seguido creyendo que entre la multitud de hombres no habemos ninguno en el universo con la cantidad de cerebro que cree es sencillamente necesaria para mirarle los pechos y las piernas a una mujer como usted, sin un pensamiento de morbo o una proyección que no se remita a la cama, al bikini o a la playa; pues se equivoca. Porque conocí a Shantal, en medio de una confusión que me parece innecesaria comentarle, y al contrario, pensé primero en el sofá, que en la cama.
La última vez le escribí con el aliento altivo de quien se siente inmensamente feliz de alardear acerca de sus propios logros con su mayor competencia. Y es que desde que nos distanciamos, la vida me ha venido retribuyendo tantas victorias que con usted eran sencillamente imposibles de obtener. En ese correo escrito con las manos petulantes de este hombre que tanto la recuerda, le anunciaba que lo de la editorial se resolvió y ahora mi primera novela está próxima a publicarse. Al fin me invitan a cócteles en los que puedo encontrarme con el alcalde de la ciudad, sin que me sienta avergonzado por no ser columnista de las dominicales.
Pues en uno de esos actos protocolarios a los que asisto humildemente, encontré unas piernas tan hermosas y tan descubiertas que ni el frío siquiera se atrevía a tocarlas por puro respeto. Ella, era nada más y nada menos que la mojigata coqueta que usted repudiaba en la radio porque se sentaba a conducir un programa de política siendo tan hermosa ella y tan joven. Ciertamente la señorita no tenía las barbas blancas ni los años de su padre, quien murió con la desgarrada lucha infructuosa de hacerse notar en la política como una voz indispensable. Pero tuvo que haber estado presente esa noche usted, para ver cuánto admirábamos a su mojigata hablando de los problemas internos de la antigua Unión Soviética con tanta propiedad; para que cambiara su envidia respecto a ella; ya no por puta, sino por inteligente la boba esa.

Tanto como los otros descerebrados, me quedé escuchando dichoso las palabras de esa mujer que hablaba sonriendo y no dejaba de hacer círculos en el aire con la copa de vino. Ella evidentemente se hacía notar como alguna vez también usted lo hizo cuando gozaba de gloriosa vida popular, sólo que con ella me parecía aún más divertido; seguramente porque ahora estoy mucho mayor y encontrar mujeres bellas con tanta inteligencia es tan cómico, tan desconcertante, que me resuelvo en risas cuando pienso solitario en eso. Ella era, Shantal, la inalcanzable.

No le quería dar detalles de la manera curiosa en que di a parar en el apartamento de ella; pero en estas cartas que le escribo presumir es un hábito que me envilece el ego, sobretodo cuando la distancia permite que usted se enfurezca sin atentar contra mis pocas lozas y mis mejillas se mantengan intactas de sus improvistos zarpazos.
¿Cuánto hace que usted viajó a Europa? ¿Dos, tres años, tal vez? Es muy poco tiempo para una vida un poco fracasada, pero es mucho para un viejo como yo que tanto se divierte en corto plazo. Le dolerá un poco, yo entiendo; pero me agrada saberlo distante señorita.

Se acabó el cóctel, pero para este hombre maduro y tan buen conversador que tiene una vieja joya de Lenin atiborrada en polvo junto al escritorio y que acababa de encontrar a una mujer con la mitad de sus años dando un maravilloso discurso acerca de Rusia; la noche apenas se apretaba. Su tesis de que todos los hombres desgastamos el cerebro mirando las piernas únicamente y los pechos posterior; fue rechazada por la niña que usted tanto malquería. Nadie es culpable de su buen cuerpo, pero sí es responsable de lo bonito que le salen las palabras de la boca, mi antigua y querida Marta, es la realidad de la vida.

Entenderá que estos presuntuosos actos en las altas burguesías gozan de tener un par de visitantes recurrentes: los que hacen relaciones sociales y se encargan de hacer saber a todos sobre sus últimos logros, y los otros que comensales no pierden espacio para los pasabocas y se embriagan gratis de tanta bebida que hay a disposición. La chusma es la chusma, por eso no tengo vergüenza en reconocerle que soy del segundo grupo oportunista y que los tragos que amablemente y con frecuencia me brindaba Jorgito (el mesero con quien los del segundo grupo hacemos relación desde el principio) ya me estaban cargando de coraje –o mareito, llámelo como quiera Martica-, en tal caso yo estaba listo para convencer a la señorita Shantal de que también gusto de la política y que, además, tengo una reliquia legada de mi abuelo (que en paz descanse) que no debía perderse; eso más que suficiente, sin nombrar del poema ese que le escribí a Lenin a los diecisiete cuando dizque el comunismo era la personificación de la libertad de un pueblo reprimido. Como verá tenía armas que bastaban para convencer a una jovencita fetichista en una noche.
En el hall de la salida interrumpí a Shantal la inalcanzable y después de convidarle uno de mis cigarrillos, me involucré en la idea absurda que sólo se cree un mitómano como yo, de que mi abuelo estuvo en un discurso elocuente en la plaza roja oyendo por horas a Lenin apoltronado en su ideal que tanto, con el tiempo, se ha venido descalabrando. Usted dirá que yo soy un pendejo, pero lo fue más ella que abrió los ojos con inocente deleite y creyó todas las sandeces que a este atrevido y vetusto cerebro se le ocurría. No tarde mucho en usar el primero de mis recursos para pavonearme en que mis palabras podían corroborarse –claro, si ella lo permitía- mostrándole el recuerdo que me dejó el abuelo antes de irse y que conservo intacto en la repisa de la sala. Lo sabrá más usted que insistió en que vendiéramos esa vieja pieza, la subastáramos, o siquiera la cambiáramos por un cuadro pop-art que tanto le gustan y que yo tanto aborrezco en colores.
De haber sido usted me habría mandado al demonio, pero la gentileza de Shantal no se compara con la suya; y discúlpeme si me torno peyorativo, pero es que una cosa es la cobija calientita y otra muy distinta es la sabana tan fría que es usted; la respuesta que se recibe ante la necesidad entre una y otra es dispareja depende del momento, y en últimas, cobra más valor la atención, que el servicio.

Martica, no se imaginará lo fácil que fue que aceptara ir a mi apartamento, pero lo difícil que fue que me creyera que yo sí tenía carro, pero que un buen amigo se ofreció a llevarme al cóctel porque gozaba de mi compañía. La pobreza hace quedar a mucha gente en ridículo desgraciadamente, ni escritores como uno saben ingeniárselas para escabullirse de esa implacable amargura social. Mi señora, sin usted cómo es distinto, quién le pone la cara a otra que sale en televisión y en radio, sino otra cara que está en lo mismo.

No había otro remedio que embarcarme en su coche y hacerle creer que, en verdad, yo era un buen acompañante cuando me llevaban de pasajero y no era un pobretón, ni mucho menos. No sé que tantas ocurrencias tuve para que ella se sonriera tanto rato a lo largo del camino, pero me convencí de que entre una jovencita y un viejo, lo único que nunca se agota son las ganas de reírse de la vida, y que las paradojas más grandes, son las que permite la revolución bolchevique.



Si aún me sigue, le cuento, que me logré sentir casi tan joven como ella, Martica, limpios juntos, sin las pretensiones con que usted nos acusa a los hombres, sólo iban dos sujetos contentos nocturnos diagnosticando mentalmente cuál de los dos sabía más de historia, y aunque yo no quise jactarme de erudito, ella reconoció entre risas mis humildes bagajes. Dirá usted que tan perfecta ella, pero hasta con el dulce sabor de su sarcasmo estoy satisfecho.

Yo sé, soy un cretino, y apuré el paso para desempolvar la reliquia de Lenin sin que ella diera cuenta de mi malicia. Shantal no lo notó y al tener en las manos la joya, no pudo contener su emoción y por minutos quedó estupefacta como recordando en silencio, como si acaso esa olvidada pieza la transportara a la época en la que supuestamente el abuelo fue casi un héroe. Después de volver en sí, Shantal usó también uno de sus recursos y quiso que la acompañara a ver una edición antiquísima de un libro que ella guardaba con recelo. Mi querida Martica, ella parecía que estaba tratando de conquistarme a mí, de la misma forma en que yo a ella, cómo le parece.
Ya en su lujoso apartamento y con las horas sobrepasando la madrugada tomamos más vino y conversamos de tantas cosas que a su lado no hacía.
La miré con ojos perplejos, sus muslos mudos y sus senos vírgenes alzándola, me quedé dormido escuchándola en susurros, con una poca de cerebro; pero –también- como el que desperdicia un cuerpo por enamorado idiota, por dármelas dizque de Leninista, en apariencia.

Hace dos semanas que no la veo. Entre las cosas raras de la vida: una es el sexo y otra el cortejo de una anciano que se estremece pensando que sus artimañas de conquista mesurada siguen funcionando para que las mujeres queden a la expectativa de una nueva cita; si acaso hubiese pasado algo más comprometedor que una bella conversación nocturna donde supuse el sexo no era tan importante, si acaso, si acaso no fuese tan anticuado en mi metódica y que ya no importa.
Mañana tengo una cita con Shantal en un restauran que excede mis bolsillos, no sé qué hacer Martica. Búrlese cuanto pueda que ya ni le reprocho, porque en realidad me siento patético, me veo como un ridículo sin medida de lo mucho que me tiemblan las pantorrillas y de las tantas camisas que no me lucen pensando antes que eso no era tan importante para un escritor medio loco. Esas benditas mariposas que le metí en la panza a mis personajes en la novela hoy se sacuden, señorita, están imparables las condenadas en mi cuerpo y no sé si eso es saludable para el corazón, porque aunque le esté escribiendo a usted estoy pensando en ella muerto del susto, sin saber si soy pendejo o quizás un viejo iluso.
No sé que será de mañana, a lo mejor ni me levanto de la cama, como puedo morir en un instante y sólo usted lo sabría por medio de esta carta, puede que por el contrario desde mañana empiece Shantal a suplir su ausencia de por vida (así a usted no le agrade mucho este remplazo) y no me lo merezca, de cualquier manera este soplo de vida no me lo quería tomar yo solo.


Con caluroso afecto,

Su hombre, no tanto.

Texto agregado el 11-01-2005, y leído por 186 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
24-07-2005 Interesante texto, divertido en parte. medeaazul
23-07-2005 (shiiis susurros, carajoooo despierta chica, tsk tsk (chasquido de dedos), ais por favor que me dejas en vergüenza, quita esa gesto de bobalicona.... carajooo te ensimismaste con el viejoooo.. aiisn cualquiera diria que quisieras ser Shantal.. aiiis la verdad que como habla...entiendo bruja que te quedases sin palabras y mira que es bien dificil callarte a ti.) .. un susurro* (ajaj te dejo tambien mis estrellas of course,a jaja) susurros
15-03-2005 Ese es usted hermano, tanto el cretino cómo el buen escritor. Aunque en mi himulde opinión le hace falta algo de gancho. pero teniendo en cuenta que es tan solo una carta (la cual escribio un cretino) el mensaje es directo e implacable. Un abrazo. ELMASHUMILDE
31-01-2005 vaya, lo subiste de nuevo? ya no está mi comentario, cambiaste el final quizá?, noto algo distinto pero no estoy segura, la verdad me siguió divirtiendo mucho, mis estrellas para ti Vihima
23-01-2005 Lo del cobija calientita y la sábana fría estuvo genial. ***** Aniuxa
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