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Memo y Ángel gustaban de jugar juntos todas las tardes. Era un extraño ritual que los gemelos siempre llevaban acabo en el patio de su casa. La pelota continuamente botaba y botaba de una mano a otra. En el fondo se apreciaba como el otoño persistía en desnudar a los árboles y que estos mostrasen sus secretos. Las risas juguetonas cruzaban la vieja barda y daban a la calle; el viento a veces las llevaba un poco más lejos y se dejaban mezclar entre los demás ruidos citadinos. Daban vida a la casa y esa parte de la calle. En sus ojos se podía ver ese brillo inocente que residía en su iris, que solo las almas infantiles poseen. El patio de su casa no era un simple lugar más en el cual estar; se había vuelto su refugio. Su espacio vital.

Una tarde los ritos cesaron. El patio estuvo callado un buen rato. Memo decidió hurtar unas tijeras de la cocina. Impresionado por un documental de Hitler y el holocausto judío, corrió en busca de algo cortante, que fuese lo suficientemente hiriente y letal... Tenía que torturar, mancillar y flagelar. Era hora de vivir un nuevo orden. Su mente estaba obsesionada, llena de nuevas imágenes y puertas abriéndose tras de él. Ángel solo observaba silente como su hermano iba y venía agitando las manos como loco y soltando carcajadas histéricas que retumbaban por la casa. Salieron hacia el patio y se enfilaron rumbo a un hormiguero.

-Okay General, proceda a eliminarlos uno a uno, no los deje vivos. Esto va para la historia, ¿Entiende? ¡Hoy seremos héroes! Ordeno en un tono grave Memo a su hermano. Y este solo se sorprendió un poco y le contesta levemente: -¿Como? No te entiendo Memo, ¿De qué hablas?... Colérico, se levanta y señala con las tijeras el hormiguero.

Arrebata la pelota de las manos de Ángel y la patea lejos. Aterriza sobre un colchón de hojas secas. Las lagrimas pronto empezaron a brotar de los ojos asombrados de Ángel y tocaron el pasto seco.

-¡¡¡He dado una orden, tienes que matar a esos malditos judíos!!! Soy tu superior, ¿Entiendes? Mira, observa como lo hago. Solamente lo haré una vez. Sus ojos cambiaron. El brillo en su iris se volvió opaco. El niño juguetón y a veces imprudente que había en el se desvaneció. Su corazón sé mimetizo con el otoño. Su sonrisa no era mas que un falso adorno, en todo su rostro se veía la demencia. Sus ojos eran muy oscuros y profundos. Ángel sentía temor. Veía esa sonrisa tenebrosa y esos ojos. Él sentía caer dentro de un gran hoyo negro y se perdía dentro de esos ojos.

Memo fue matando las hormigas unas por una, sentía que estas merecían una tortura individual muy dedicada y bien celebrada. A unas les cortaba las patas; a otras les cercenaba sus antenas; a muchas las cortaba a la mitad y otras tantas mutilaciones que le llegaban a la mente; así se llevo un rato torturando y destrozando hormigas, una a una. El y las tijeras llevaban la batuta. Una a una morían. Muchas de ellas le picaban la mano y trepaban por sus tennis para impedir que ese gigante iracundo no acabase con ellas y su hogar.

Las hojas de los árboles seguían el curso de la gravedad. No había risas ni chistes tontos. Ángel no sabía que decir o hacer, solo seguía observando aquel extraño acto. Sus lagrimas aun corrían por sus cachetes. De pronto, hilos de baba corren por los labios de Memo, surcan su barbilla hasta ceder y caer en su playera. Detiene su masacre por unos instantes. Sacude levemente su cabeza y se rasca la nariz.

-¡Tú estas con ellos! Dice en un tono golpeado Memo hacia su hermano. Ángel retrocede unos cuantos pasos y pone sus manos frente a Memo, como si una barrera de aire impidiese que lo tocase y librara de semejante loco.

-¿Crees que no me doy cuenta? Te he visto como les das dulces y tiras tus sobras de comida, pero eso terminara hoy. ¡De eso me encargo yo! Los movimientos de Memo eran iguales de violentos que sus palabras. Advertían de algo siniestro, algo muy lamentable que estaba por venir. Ángel de algún modo lo sabía. Había temor en su corazón, desconocía a su hermano.

De un segundo para otro Memo ya estaba encima de su hermano. Con una mano sostenía su cuello y con la otra sostenía el cuchillo exterminador. Ángel intento detenerlo pero... era demasiado tarde. No se pudo librar de él. Sus pequeñas manitas no lograron conectarlo. Memo estaba como poseído. Tenía un impulso animal en su ser. Fueron muchas estocadas. Todas ellas mortales en el pequeño cuerpo de Ángel. Acabo a su otro yo de una manera implacable, no tuvo compasión por él. Reía y lloraba, era una risita de nervios mezclada con una creciente locura implacable.

Las hojas siguen cayendo y su destino es tan azaroso como la vida misma. Un gran charco de sangre tibia yacía sobre el cuerpo de Ángel. Las hormigas una a una llegaban a posarse en él. Memo solo se retorcía en el piso, parecía estar convulsionándose. Pataleaba, jadeaba, maldecía a más no poder. Los golpeteos terminaban en el pasto y los nudillos se embarraban de tierra y sangre. Se calmo un poco, se guardo las risas para sí mismo. Mostraba una mueca de satisfacción en sus labios. Era demasiado tarde ya; el daño estaba hecho. Los rituales han cesado para siempre. Hoy el patio, mañana. el mundo. Él enemigo ha muerto al fin, la conspiración termino. Es hora de ir a casa y planear lo siguiente. Él General puede morir ahora en paz. Él es ahora un recuerdo en el patio marchitándose lentamente.

Texto agregado el 12-01-2005, y leído por 165 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
14-01-2005 Está muy bien, sigue trabajando para crear más historias. abyecto
13-01-2005 Me gusto tu cuento la verdad que cada edad debe de enterarse de cada cosa sino todo esto podria volverse realidad camica
 
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