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Miraba de reojo el título de un libro todavía por leer. Un título mágico para el alma, seductor... Minutos antes acaricié la tapa y sonreí. Lo dejé sobre el escritorio dilatando la espera de una satisfacción que sabía segura. Hablaba de memorias: un hombre que gana un Nóbel ha de tenerlas, como cualquier hombre y tal vez sea interesante incluso que las escriba, y que se las editen... Siempre ha sido así. Yo era escritor (de esos que se asustan si piensan que alguien puede leer lo que escribe), pero tenía una vida y me apetecía contarla, como él; mi vida en la vida, dentro de cualquier historia, como un personaje de ficción, dentro de cualquier tiempo y fuera del mismo, anacrónica como una eternidad mal concebida. Ahí seguía el libro, y lo seguía mirando. Sus letras bailaban en las tapas, círculos como ojos, espasmos como guiños, pura provocación... Me pareció que reía cuando cogí la pluma, así que lo trabé y le puse tapas abajo. Entonces vi que me sonreía el autor. ¡Joder cómo sonríen cuando alcanzan la gloria! Pero no me rendí, y escuché el sesgado roce de la plumilla sobre la hoja en blanco y los grafismos dibujaron el nombre de Alejandro. El libro me comenzó a hablar. No sé si eran sus celos o mis celos. Su locura o la mía. Por un instante permanecí confundido, pero comprendí que quien trajinaba en sus dominios, era aquel libro que ahora me cegaba con sus colores eléctricos. Las ediciones de bolsillo tenían a veces esos inconvenientes, hojas pegadas o cables sueltos. Sigilosamente pues, tratando de que no se percatara de mis intenciones, abrí el primer cajón de la cómoda, y extraje una toallita pequeña y oscura, con la que me apresuré a clausurar la imagen insolente del que sabe que finalmente y sin remedio, vencerá la batalla y será amado. Cuando volví la cabeza hacia el papel, Alejandro ya se había quitado la ropa y la había depositado delicadamente al lado de mi pluma. Había llegado la hora de mi acometida. Eso pensé. Pero él me miraba impúdico, altanero desde su desnudez., se acercaba hacia mí y su arrimo intimidaba mi alma. “No serás tú quien hable”. Por un momento miré al libro, pero estaba callado bajo la tela de rizo negro. Entonces presté atención: aquella voz surgía de mis cuatro puntos cardinales. Si hubiera tenido una brújula, la flecha hubiera salido disparada por la fuerza centrífuga. Aquellas voces se arremolinaban en ondas poderosas, me dejaban inerme y se apoderaban de mi voluntad. Me abalancé sobre la pluma, pero fue inútil. El hombre al desnudo se había apoderado de ella mucho antes que yo. En mis manos, vencido ante lo inesperado, me quedé contemplando la plumilla dorada, estéril en su savia azul, inútil para desgranar a golpe de palabra la historia de mi historia, mi ficción, que impunemente y sin escrúpulos, me había robado Alejandro ante mis propias narices. Y sin más preámbulos, me retó, dejó jugueteando entre mis manos la pluma de oro, como un fetiche espiritual rescatando recuerdos. Y él me los cogía, los volteaba, zarandeaba, los dejaba de lado y luego abandonaba según su criterio. Mi personaje, apenas esbozado en la cuartilla en blanco, se abalanzó sobre mi espíritu y se relamía con sonrisa cínica mientras se adueñaba de todas mis palabras. Otra vez el bloqueo, la gota informe del silencio amenazándome detrás de cada palabra. Me llamo Alejandro, Alejandro...

Texto agregado el 12-01-2005, y leído por 4704 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
05-01-2014 Qué personaje más siniestro que se apoderó de la vida de su escritor! O es el escribiente el que, queriendo relatar su propia historia a través de una ficción, le entregó su espíritu al personaje en bandeja de plata? Me dio un escalofrío. ikalinen
10-05-2010 Muy buen cuento, felicidades. Un saludo de SOL-O-LUNA
23-02-2010 Espero que los próximos capítulos sean tan buenos como éste. zumm
03-01-2010 ¿Por qué no el principio de una novela? Esa a la que te resistes pudorosa. preludio
30-12-2009 Un relato trepidaqnte y en el que no puedes cesar de leer, seguiré... Un abrazo. josef
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