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Cuando estuvo profundamente dormido, su alma esperó unos minutos -como tenía por costumbre-, y al estar segura de la condición del hombre en el que habitaba, saltó fuera de su cuerpo. Luego, lentamente, salió de la habitación dejándolo inmerso en un pesado sueño.
Ya fuera de la casa, pensó a qué lugar iría aquella noche. El cielo estaba despejado, y las estrellas brillaban de una manera casi exagerada. La noche era ideal para ir al muelle, donde podría deleitarse con la fresca brisa y el oleaje lento de las aguas. La orilla del lago era su lugar favorito. En ella reinaba cierta paz que no encontraba si deambulaba por las calles desiertas o los mudos pastizales de aquellas horas.
Cuando llegó al muelle, se acercó despacio al barandal y se enfrascó en los sonidos y luces que provenían de la otra orilla. Había mucha agitación en la ciudad aquella noche. Podía distinguir fácilmente la excitación y regocijo que emanaban de muy lejos. Sintió el impulso de atravesar el lago y averiguar en que consistía aquello, pero no quería separarse tanto del cuerpo. En eso, se oyó un ruido sordo. El cielo, de repente, se llenó de colores y formas diferentes. Emocionada, levantó su vista. Al ver juegos artificiales por primera vez, surcando las estrellas, se quedó maravillada. Nunca había visto algo parecido. Un haz de destellos desordenados, un arco iris detonado a medianoche. Embelesada, se perdió por horas en aquel espectáculo de tonos brillantes que iluminaban aún más el cielo ya encendido por las estrellas.
Lejos de ahí, en la casa, el cuerpo abrió los ojos, y cuando se disponía a levantarse, sintió un vacío en su interior que le obligó a detenerse. Algo no estaba bien. De pronto, se sintió helado, sudoroso y rígido. Tembló ligeramente; luego volvió a cerrar bruscamente los ojos.
Mientras tanto, el alma marchaba por las calles, aún extasiada por la fascinante noche que había vivido. Cuando entró en la casa, oyó a muchas personas gritando un nombre, y subió rápidamente las escaleras. Al entrar al cuarto, se encontró con una mujer que gritaba y lloraba arrodillada frente al cuerpo, pálido y tieso. El alma trató de entrar en él, pero era ya imposible. Entonces supo que era demasiado tarde. Culpable, salió de la habitación, al mismo tiempo que otras personas entraban, vociferando con caras desesperadas y tristes.
Nunca lo había hecho. Nunca… hasta ahora. Asistió al funeral. Se mantuvo algo alejada, separada de la gente que sollozaba y gemía, con ojos rotos por la tragedia. Al ver ese cuerpo postrado sobre un ataúd, se dio cuenta de la libertad que había ganado. Ya no había mente alguna que impusiera sus convicciones, ni cuerpo que limitara sus horizontes. Sus percepciones eran armoniosas, lúcidas, puras… Nunca se aferraría de nuevo a un cerebro con brazos y piernas. No se recluiría en ningún tipo de prisión. Y no lo hizo,… hasta que la independencia le supo empalagante y la eternidad comenzó a volverse aburrida.

Texto agregado el 17-01-2005, y leído por 111 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
19-01-2005 Ah, narrás bien. La idea es original y el final tiene matices filosóficos que expanden la dimensión del relato. 5 Desleal
17-01-2005 Excelente. Original y entretenido. Muy bien narrado, te felicito nuevamente y van mis 5* jorval
 
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