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Sentado en su banca, Evaristo pasaba tardes enteras esperando que alguien le comprara sus golosinas. Acudían de vez en cuando algunos niños que le desordenaban la mercadería, regateaban esto y lo otro para finalmente llevarse un miserable caramelo de diez pesos. Del mismo modo, bullangueros escolares se arremolinaban frente a sus productos y en medio de las risas y el jolgorio, le escamoteaban algún chocolate o un paquete de galletas.

La anodina existencia de este vendedor, le obligaba a inventar mil formas para que el repetitivo paisaje no lo adormeciera. Sabedor que los chicuelos gustaban de jugarle bromas, se les adelantaba, les ofrecía pasteles espolvoreados con sal, sorbetes amargos y galletas insaboras. Se reía hasta quedar agotado cuando aquellos chicuelos se alejaban con sus rostros contraídos por el asco y ya sin ganas de jugarle otra trastada al vendedor.

Otro ejercicio que abreviaba sus monótonas tardes era inventar situaciones inverosímiles. Por ejemplo, se decía, “la primera mujer que doble esa esquina será mi esposa”. Y se quedaba expectante y con su corazón latiendo desaforado, esperando que la fémina que apareciera fuese digna de su gusto. A veces aparecían unas diosas que lo dejaban complacido y con ganas de que su fantasía fuese realidad, pero en otras ocasiones, las que asomaban eran unas ancianitas vetustas que recorrían ignorantes el tinglado imaginario de Evaristo y se perdían en las bocacalles sin saber que habían sido protagonistas de un particular juego.

En otras ocasiones apostaba a las estadísticas y se decía: “Si pasan tres hombres seguidos, seré millonario, si pasan dos hombres y una mujer joven, tendré un golpe de suerte dentro de este mes, si pasan dos mujeres y un hombre, mi suerte será pésima por tres años, si… Y así, casi sin darse cuenta, apostando y emocionándose con sus ficciones, se le desplomaba encima la tarde y luego la noche. Entonces guardaba sus mercaderías minuciosamente y partía a su modesto hogar con la satisfacción de otro día cumplido. Sus sueños eran tan intrincados como sus juegos. A veces creía distinguir a una bella chica que le pedía protección. Entonces, parecía crecer en envergadura física y desafiaba a quienes acosaban a la hermosa mujer. Su fuerza era descomunal, volcaba vehículos en los cuales viajaban los bandoleros, resistía los balazos, reducía a los forajidos y finalmente la niña lo premiaba con un apasionado beso. Hasta letras deslizándose en su pantalla onírica indicaban que la superproducción había llegado a su término. Instantes después, la alarma de su reloj le señalaba que comenzaba una nueva jornada.

Esa mañana decidió que se entretendría jugando a buscar esposa. Ya había despachado a una veintena de chicuelos que revoloteaban como picaflores delante de sus exquisiteces y ahora podría jugar tranquilamente sin que nadie le interrumpiese. Estaba decidiendo cuantas mujeres deberían pasar por la esquina antes de elegir a su futura cónyuge cuando una voz muy dulce le habló a sus espaldas.
-Querido, soy yo. Se volvió sorprendido para encontrarse con la mujer más hermosa que hubiese visto en toda su vida. Era alta, de cabello negrísimo y con unos ojazos verdes que resplandecían a la luz de la mañana. Tartamudeando emocionado ante ese magistral prototipo, le preguntó a la chica quien era ella. La mujer, que dijo llamarse Vanessa, le respondió que acostumbraba a jugar que el primer hombre que se cruzara en su camino sería su esposo y como el la había invocado en ese preciso momento, las misteriosa fuerzas del amor habían decidido que serían esposos. Atónito, Evaristo le preguntó de donde procedía y ella le dijo que era una princesa encantada que gracias a él había sido liberada.
-La vida tiene más secretos de los que uno cree, querido-le respondió. -Hay una suerte de lotería celestial que se acciona con una serie de invocaciones y tú al estar permanentemente apostando en este juego, algún día tendrías que ganar. Bueno, ganamos ambos, porque desde hoy seré tu amante compañera. Evaristo no cabía en sí de gozo. Esta princesa superaba en belleza y delicadeza a todas las mujeres que había conocido en su vida. No le cabía ninguna duda que sería inmensamente feliz con aquel bocado caído del cielo. Fue entonces que se percató que un grupo de treinta fornidos y mal encarados individuos se dirigían donde él.
-¡Huyamos!- dijo Vanesa y lo tironeó para que escaparan de aquellos, a todas luces, despiadados criminales. Corriendo a todo lo que les daban sus piernas, trataron de dejar atrás a esos forajidos, se internaron por unas callejuelas sombrías, saltaron muros y siguieron huyendo a campo traviesa. Horrorizados comprobaron que otra veintena de hombres a caballo, le cerraban el paso. Atrapados en medio de un amplio círculo y rodeados por esos espantosos personajes, Evaristo respiró hondo y sacudió su cabeza para de ese modo despertar, si se trataba de una horrible pesadilla. Los hombres continuaban allí sobre sus enormes caballejos, contemplándolos con expresión divertida. Uno, el que parecía que comandaba el grupo, bajó de su cabalgadura y les hizo señas a cuatro más para que lo secundaran. Los tipos tomaron en vilo a Evaristo y un quinto personaje se acercó con dos bolsas negras. Vanesa contemplaba la escena con el terror pintado en sus ojos.
-Por todos tus atropellos, por todos tus abusos, por no medir las consecuencias de tus malos actos, en este instante preciso, yo, Conde de Luxemburgo, te condeno a pagar con la misma vara con que mediste. Después de esto, los cielos se aclararán y hasta es posible que la humanidad sea más justa. Vanessa comenzó a sollozar. No comprendía el porque de tanta mala suerte. El tipo de las bolsas, hurgó en una de ellas, extrajo una especie de bocadillo y lo aproximó a los labios temblorosos de Evaristo.
-Ahora deberás tragar. ¡Hazlo! Así lo hizo el pobre hombre, convencido que después de eso, se desplomaría por efecto de un poderoso veneno. Mordió el bocado y un gesto de asco se dibujó en su pálido rostro. Era un delicioso pastelito, bañado con exquisita mermelada y ¡espolvoreado con sal!
-¡Puaj!- exclamó Evaristo ante la risotada general. Su garganta comenzó a arderle, por lo que pidió agua. El tipo abrió la otra bolsa y le extendió una hermosa jarra de plata. Ansioso, el pobre hombre se empinó el contenido y atragantado y tosiendo estruendosamente, escupió el líquido. El agua aquella estaba amarga como el natre. Nuevas risotadas mezcladas con los sollozos de la hermosa muchacha. Entonces el Conde de Luxemburgo alzó nuevamente su voz.
-Purgadas tus culpas, ahora los cielos se aclararán de inmediato, la humanidad toda se regocija con este acto de justicia. Ya limpia tu alma y liberada de tan deleznables pecados, se te otorga la mano de Vanessa Concourt, princesa desde siempre y por siempre jamás. Después de estas pomposas palabras, una extraña claridad iluminó los cielos, Evaristo se sintió más liviano y más pleno. Vanessa le contemplaba con la pasión pintada en su rostro. Los hombres subieron a sus cabalgaduras y luego de hacer un marcial saludo, se alejaron hasta perderse en el horizonte.

Desde entonces, Evaristo atiende a su público en un remozado carrito que se compró con parte de la dote que le dejaron los individuos y ahora atiende feliz a su público. Ya no les hace bromas a los pequeños ni estos le escamotean sus caramelos. Todos acuden fascinados a contemplar los maravillosos ojos de Vanessa y muchos pagarían cualquier cantidad con tal de poder contemplarlos una mañana entera. Pero Evaristo les permite que gocen de ese placer, siempre que le compren sus exquisitos dulces. A este paso, pronto tendrá el dinero suficiente para viajar con Vanessa al Castillo que les espera en Orleáns y que es herencia del padre de ella. En el vivirán felices para siempre y de este modo, una vez más se cumplirá aquel aserto del zapatito roto…

Texto agregado el 21-01-2005, y leído por 471 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
22-01-2005 de una realidad cualquiera decantas en los juegos de un solitario que invoca a la fantasía para perderse en sus la berintos. anemona
22-01-2005 Ojalá revises pequeñísimas faltas en la ortografía. En serio que es bueno. Sí me gustó mucho. Ravelli
21-01-2005 ¡Muy bueno! No es frecuente encontrar relatos con elementos maravillosos ... "amarga como el natre" ¡felicitaciones por esa comparación tan original como auténtica! Mis 5*para vos, gui. Saludos. saraeliana
 
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