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Inicio / Cuenteros Locales / arnaldo / Mientras la esperaba a ella.

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Y vi a todos los reos desfilando por la avenida y pensé “Cual será mi puesto” – aun no – me dije, pero llegaría, llegaría. Y recordé todos los días que se desgranaron en trabajos insulsos y discusiones de salón y sentí que no quedaba demasiado tiempo y eso era verdad.
Y llore sentado en el cordón de la vereda de una calle cualquiera que no significaba nada y deseé de corazón que ella estuviera ahí para calmarme y me odie por mi debilidad y deje de llorar pero en realidad me desgarre por dentro y perdí todas las fuerzas que me restaban.

Presentí que nunca fui muy adecuado para nada, ni como ornamento, ni como elemento central, sólo quedaba esperar y consumirse, una especie de cigarrillo bobo tirado en la puerta del mundo, fumándose solo y frustrando rapaces.
Yo quería ser duro, reventado e infinito, quería ser Hank que nunca necesitaba más que su botella y sus putas tristes.
Pero era mentira, en este mundo eso te acababa demasiado rápido, no tenia sabor el viaje, y yo seguía divagando como cuando tenia quince años y todavía había tanto por hacer y días que gastar y culos nuevos y botellas eternas.
Y escuche mi respiración, lenta, lenta, lenta, un motor en estado de abandono, un modelo viejo e insulso anti-familiar y creí que si todo acababa ahí seria lo mismo que si lo hiciera mañana.
El tipo salio y me vio, se quedo en el umbral de la puerta pensando como manejar la situación. Yo estaba tranquilo, nada me importaba mucho, nada me dolía demasiado y ella no estaba y yo era un cobarde, no era Hank, no era Jimi, no era un sobreviviente, no era nada de lo que yo esperaba ser y el mundo era mas gris de lo que se veía en la tele.
Volvió adentro y me dejo en la vereda, al rato vi las luces azules, ellos también eran unos frustrados, la humanidad estaba frustrada, todos nos habíamos engañado, las cosas nunca cambiaron en realidad, sólo modificaron el color y los nombres, pero el sistema es el mismo, estamos atrapados en este merengue desde antes de nacer.

- Tenemos una denuncia por estar violando un espacio de propiedad privada, le vamos a pedir que por favor se levante despacio con las manos en alto, el oficial se encargara de retirar sus documentos si tiene la amabilidad de decirnos donde los tiene, por favor coopere con nosotros y todo saldrá bien, no haga movimientos violentos o…

Continuo no se cuanto tiempo, no se cuantas exhalaciones, no se cuantos minutos de vida, yo seguí impasible, tirado en esa vereda, imaginando mi puesto en la fila de los reos, esperando el final o el principio de algo y ella no venia y yo era todo miedo y sudor y mentiras.
Se cansaron y se aburrieron, me agarraron de los pelos, me arrastraron hasta el móvil, no grite aunque no fue por valor, no me importaba, yo sentía que estaba pasando por cosas peores, en mi cabeza y en mi alma.
Hablaban y reían y me amenazaban y me trataban bien y me trataban mal, no los sentía, estaba sordo a sus voces monocordes, voces institucionalizadas, cerebros de come mierda, me daban lastima aun mas de la que me daba mi misma persona.
Yo sabia donde estaba, ellos no.
Otra ves se abrió la puerta, otra ves me llevaron de los pelos y yo inmune a ese dolor forzado a ser dolor, enseñando pero ficticio, nada de nada, arde mi alma pero ellos no tienen nada que ver con eso, nunca podrían lograrlo.
Me preguntaron el nombre, se los dije, me preguntaron por que no tenia documentos, se los dije, me preguntaron muchas cosas, todas eran ensayadas y repetidas, a veces funcionaban otras no.
Tiki, Tiki, Tiki, Tiki, Tiki, Tiki, Tiki, Tiki, Tiki, Tiki, Tiki, Tiki, era la mujer policía (si se la puede llamar así a esa cosa gorda y estupida) que hacia sonar furiosa a la pobre maquina de escribir, no entendía que mis dos o tres palabras pudieran llenar tantas hojas pero eso tampoco importaba, ni a ellos, ni a mi, ni a la maquina rabiosa.
Ahora del brazo, fuerte, fuerte, fuerte y odio, policía pendejo despreciando mi persona desde mí brazo extendiéndolo a todo el cuerpo.
Estaba impecable, su placa brillaba, su pelo cortado al ras, el cuero cabelludo aparecía en un blanco-enfermo entre el cuello y su cabeza. Cabeza vacía, llena de ideas serviles y odio contra los libres de mente y odio por su propia sumisión. Sumisión fortuita que le daba de comer pero se comía su alma. Alma negativa, negra y mancillada por una vida idiota al servicio de todos y de nadie. Nadie el, alimentando al monstruo sin rostro del sistema, nadie yo desfalleciendo ante el mismo sistema y esperándola a ella.
Me tiro en una celda mugrienta y triste, caí al costado de otros dos, cerro la puerta, me escupió pero era saliva seca y muerta, pobre imbecil muerto sin saberlo, se fue, me quede ahí tirado, era como en la calle, el mundo también era una celda, no había grandes diferencias.

Dormí no se cuanto tiempo, recupere algo de lo que fui, logre pararme, los otros aun estaban ahí, fumaban y me miraban, me senté en una punta y me dieron ganas de fumar.

- Me convidan un cigarrillo.
- Si – dijo el más alto, era negro y feo como pocos.
- Tomá – fue el otro el que me convido, era flaco y blanco como el pus, tendría unos 24 años pero cuando sonrió tenia los dientes podridos hasta la raíz.
- Gracias – me acerque y lo fui a agarrar.
Lo tiro al suelo, no le vi la gracia al chiste aunque ellos reían como locos, me agache para alcanzarlo y recibí una patada en las costillas que me dejo sin aire.
- Ja, ja, ja, sos un hijo de puta rata de mierda – el flaquito sabia patear de eso no cabía duda - ¡Mira que tirarte al piso por un cigarrillo!, ¡Toma otro cigarrillo ja, ja, ja!
Pero lo que me dio fue otra patada, el tipo alto y negro silbaba y observaba todo desde la punta de la celda, se paro del catre y llego hasta mí, después piso el cigarrillo que supuestamente me habían dado, sus zapatos olían a bolsa de basura olvidada en el patio.
Su mano morocha y desgraciada me levanto la cabeza, el otro tipo me dio un buen gancho que encendió todas mis alarmas de dolor, “Ya pasara” pensé, pero estaba equivocado.
Otra trompada más, la nariz me sangraba como una represa rota, otra más y el ojo derecho me comenzó a llorar, otra más y me partieron el labio, después siguieron pero yo me desmaye.
El piso era fiel, siempre desperté sobre el y nunca me cobro alquiler, a lo lejos vi un par de piernas, eran los dos hijos de puta de los cigarrillos, me arrastre hacia la punta contraria de la celda, me dolía todo y todo estaba hinchado. No tenia grandes expectativas de salir vivo de allí.
Casi al instante llego el policía prolijo ese, entro a la celda con tres más, sacaron los bastones y comenzaron a golpear a los dos hijos de puta antes que se levantaran del catre en el que se encontraban, nadie se preocupaba por mi, era todo sangre e inflamaciones, era un pedazo de carne triste y estropeado.
Lloraban como nenas, el flaquito blanco abrazaba al morocho y pedían por favor que pararan, y cuanto más gritaban mas les daban, me sentí feliz cuando algo de sangre salto de sus rostros y callo junto a mis pies.
Perdieron dientes y perdieron su valor, eran dos chicos llorando y sangrando, yo aun estaba en el rincón y sentía latir mi rostro.
Más o menos media hora estuvieron dándoles, no eran muy originales en eso, casi todos los golpes fueron en la cabeza y los pies, después se los llevaron, quede solo y tranquilo, aproveche a fumarme el cigarrillo pisado, no estaba tan mal.
No se porque fue la golpiza, tampoco me preocupaba, ha veces la justicia tiene algo de divino aunque nada de poético.
A los 20 minutos me dormí sobre el diente arrancado de alguno de los dos.

Soñé en blanco y negro, ella estaba allí, vi gatos bajando de los árboles y yo estaba esperándola sobre un sillón negro de terciopelo. Fue un lindo sueño, cuando desperté me sentía reconfortado.
No se si fue un día o dos que estuve en esa celda, nunca vi el sol, el ventiluz era un ojo ciego que daba a otras paredes, en un momento los policías llegaron con otros cinco reos y me sacaron.
Me llevaron a un baño y me pidieron que me lavara y me quitara la remera.
Mi rostro en el espejo era un espanto, hinchado, morado, deformado, triste, casi un reflejo de mi alma. Escupí y salio sangre, revise mis encías pero estaban todos los dientes, la sangre era del labio y el labio era mío.
Hice lo que pude aunque mucho no mejoro, me dieron una remera amarilla y me ordenaron que me fuera, que no tenían lugar para mí, la historia de mi vida pensé.
Y ella no estaba afuera esperándome, y yo no sabia donde ir, entonces camine hasta la terminal y me senté a esperar.
Llegaron turistas y hombres de negocios, olían a colonia barata y desodorantes vencidos, subí con un grupo de viejos y les pedí que me pagaran el pasaje, Dios sabrá porque lo hicieron.
Estaba yéndome, estaba en el asiento 14 y no sabia si debería jugarle a la lotería, los viejos me hablaban y yo los escuchaba, era calido, como cuando era chico y estaba en lo de mi abuelo, salvo que los viejos hablaban de culos y pendejas, tenían un hambre feroz de algo que los haga sentir vivos, algunos llegarían a marcar tantos otros no.

Amanecer, yo sentado en otra terminal igual que todas las demás (siempre haciendo valijas y buscando mi lugar) con la cara echa un espanto, con la fe en la aduana, era mi ciudad, nunca debía haberme ido, nunca tendría que haber vuelto. Camine despacio por las calles que conocía y respetaba, llegue a la casa de mis viejos, nadie atendía, pase por lo del vecino y entre trepando por el paredón.
Todo seguía igual, me tire en la cama y me deslice hacia el sueño.
Un día entero dormí y nadie sabia que estaba allí, mejor, me dio tiempo a deshinchar algo mi cara.
Todos se alegraban de que hubiera vuelto, pero era alegría pasajera, era como un juguete perdido que al fin y al cabo tampoco era tan divertido. Busque trabajo y lo conseguí, lo perdí y conseguí otro y continué con esto durante un año mas o menos.

Y sentí que aun estaba en esa celda y los golpes llegaban de todos lados pero no dejaban marcas, lastimaban el alma y la fe y fui perdiendo mi humanidad.
Y cada jefe era ese policía prolijo escupiendo su saliva muerta y rencorosa pero lo hacían de manera educada, aunque el acto y el fin era el mismo “Yo te doy asco pero vos a mí también y yo mando y vos haces”
Y también vi las filas de reos y pensé “Cual será mi puesto” - aun no – me dije, pero ya llegaría, ya llegaría.
Y recordé todos los días que se suicidaron en personas insulsas y charlas de salón y sentí que no quedaba demasiado tiempo y eso era verdad.
Y me senté en una vereda que era igual a cualquier vereda, pero me aleje de cualquier casa o propiedad privada.
Y prendí un cigarrillo mientras la esperaba a ella y el sol se ocultaba a mis espaldas.






Texto agregado el 28-01-2005, y leído por 81 visitantes. (0 votos)


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