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Inicio / Cuenteros Locales / nazareno / la musa de las tetas enormes

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Jamás había visto tetas de semejante tamaño. De esas tetas podrían haber mamado todos aquellos cachorros Coker que se me murieron de inanición, podrían haberse alimentado los chicos famélicos del Africa, podrían haberse transformado en juguetitos manoseables antiestrés para los histéricos. Pero estas reflexiones son condenadamente hipócritas. Es verdad, cuando ella desprendió su corpiñio como melodía no hubo lugar para el estrés, el hambre de mis cachorros Coker o los niños africanos de panza hinchada. No pensé en nada o tal vez sí, no sé, es todo un dilema para mí saber si siento o pienso frente a panoramas de esa índole, no sé si la imagen de mi boca acaparando pezones surge de mi mente como pensamiento o surge de no sé dónde como hambre sexual para decirlo explícitamente. Pero yendo al grano, es que le dí a esa especie de madama de lentes negros y grandes labios rojos los cuarenta pesos previamente acordados y me deje llevar creo que de la mano hacia una piezucha de ese departamento. Todavía no podía descolgar mis pupilas de esos senos hecatómbicos, y hoy no podría decir si se sacó la bombacha o ya estaba desnuda cuando me dijo que me pusiera cómodo. Hice eso. Me puse cómodo, sinónimo de que me saqué la camisa, desabroché el cinto y bajé los pantalones y para ser sincero con este texto debo confesar que continué alabando esos enormes melocotones con una mirada Borgeana, es decir desde el espejo. Era aún más grandioso saber que ahora esa voluptuosidad de vida en tetas se reencarnaba y reproducía en la imagen del espejo y me imaginé obsesivamente colocando espejos contra espejos indefinidamente para poder ampliar y proyectar al infinito esa imagen celestialmente coronada con pezones. Una continúa sucesión de reencarnaciones en tetas hacia un estado trascendental que arrazaría con la milenaria imagen del obeso Buda para reemplazarla por dos meditantes, puras y cálidas tetas en estado de máxima elevación espiritual.

Cuando me di vuelta por fin me dije, no seas cararota y mirala a los ojos, una sonrisa por lo menos, algo de dignidad para ella y para vos. Y en el esfuerzo de levantar la vista de esos senos creo que me salió alguna morisqueta como sonrisa porque ella también sonrió y me dijo


¿Te gustan?


Jamás había visto dos tetas tan grandes


desenfundé con un hilo de saliva hilvanando la frase de baboso que ya no dejaba dudas en ella si sospecha tenía alguna sobre mi identidad. Otra vez quedé capturado en una nebulosa que me llevaba a una especie de estado de nirvana que focalizaba toda mi energía vital en esas tetas enormes. Una mujer con unos pechos blancos, desnudos, sin secretos más que el gusto de sus pezones, parada frente a un pibe desnudo, con su impericia entumecida, el mentón caído y la mirada estrictamente petrificada en las tetas. Un cuadro deplorable pero totalmente justificado si uno es el pibe que se deleita con semejante paisaje. No había ya mundo mas allá de esos pechos, no había celulares que vender, alquiler que pagar, exámenes que rendir, inodoro que destapar, auto que sacar del corralón, nada, nada era significante mas allá que esos pechos. No creo que ella haya captado el estado mental al que me elevaban sus tetas pero como si algo presintiera empezó a moverse de tal forma que los planetoides esos comenzaron a balancearse de un lado a otro. Giraban en sus órbitas tal traslación mientras mis ojos como eje rotacional trataban de mantener en armonía ese universo creado con cuarenta pesos y mucha, mucha, mucha testosterona por no decir calentura. Y si aún quedaba espacio para retrotraerse en el tiempo y espacio comencé a recorrer mi historial de mujeres, canales codificados, revistas Penthouse, Playboy y Eroticón en busca de algo semenjante y solo me quedó pensar


"pobre tetamanti si se cree tetona"


esos dos médanos Himaláyicos ahora iban y venían de continente en continente, de aquí para allá, más lejos más cerca, y mis pobres y negras pupilitas trataban de seguir desesperadas ese desplazamiento tectónico. El movimiento oscilante fue ahora causa de otro estado diferente, algo así como un hipnotismo que me dejaba más allá de mi cuerpo, de mi alma, de mi eje existencial, hasta que. Si, hasta que una bola de fuego candente se apoderó de mi entrepierna y sentí algo caliente desparramarse en mi abdomen. Traído por tal situación abrupta de nuevo al cuarto mugroso de ese departamento me sentí tan boludo como aquella vez que me hice pis de miedo mirando el exorcista. Ahora si ya no pude mirar ni sus tetas ni su cara ni la alfombra marrón gastada que pisaba y había manchado con una salpicada deforme al mejor estilo Pollock. Quede así con la cabeza caída y sólo atiné a limpiarme con el papel higiénico que supongo ella me alcanzó. Me puse incómodo otra vez vistiendo mi camisa, mi pantalón, mis zapatos, olvidé mis medias, y pensé que aquella musa de las tetas enormes como zapallos jamás volverá a ganar cuarenta pesos de manera más fácil, es decir con solo sacarse el corpiñio.




Texto agregado el 08-02-2005, y leído por 231 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
30-08-2007 jajajaj pantagruélico , gracioso,buena narración...pobre protagonista,pero lo disfrutó. naiviv
08-02-2005 ay, qué obsesión...pero al menos te sirvió para escribir algo bueno. Igual, quién te quiere lo hace gratis y sin hacerte sentir un pelmazo...jaja. katya
 
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