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Estaba cansada de tanto viaje, tanta presentación, tanta fiesta. Mis agentes literarios obedecían a sus propósitos sin tener en cuenta mi aprobación. Yo no importaba demasiado, salvo por los beneficios editoriales que mi figura parecía multiplicar, figura por otro lado arrugada, que retenía con esfuerzo rasgos decididos de una hermosura que antaño fuera cierta. Mi presencia vendía mucho más que la más novedosa técnica de marketing, el morbo de acercarse a un personaje antediluviano salido de la soledad oscura de la senectud; tenía el brillo propio de un misterio desvelado. Yo amadrinaba la inesperada fuerza de aquel libro que ya había vivido su historia más amarga. Por pura casualidad, emergió de la chistera como una de las novelas universales que cerrarían el variopinto devenir literario del siglo XX. Y yo era su autora. Este mundo nunca había sido mi mundo, pero sucumbí a él tras el éxito anacrónico de aquella novela, rescatada de un manuscrito ajado, con párrafos amontonados sobre otros en un sin fin de correcciones, en el que apenas sí podían leerse desleídas las palabras.


El joven que me embarcó en esta disparatada odisea, era un atolondrado cazador de talentos, que dio por casualidad en la obsoleta página Web, por la que de vez en cuando despabilaba mi aturdida conciencia intelectual. Cómo llego hasta mí, dejaría de ser objeto de este pequeño relato del que por fin, soy yo misma la protagonista. No me tentó la fama (que si antes busqué), ni el dinero (que ya para qué lo quería). Me embaucó su ímpetu, su alegría, su compañía, aquella admiración que me llegaba tarde y que él mostraba ante mí, un dulce engaño para la soledad. Me había convertido casi sin pensarlo en la escritora del momento. Mi ancianidad me hacía venerable, mi libro respetable, mi sonrisa, tierna. El dinero me llegaba a espuertas. Y cómo decirlo, yo ya no quería nada de eso. Me había ganado a pulso la libertad, pudiera decirse también que había sido víctima de ella, y ahora, nada de lo que era yo contaba para nadie. Sólo apariencias, luces de bohemia. Siempre era la última vez, y siempre reaparecía aquel destalentado, aporreando la puerta de mi casa con un último proyecto y manejando los hilos a su antojo.
Cuando vino a buscarme en esta última ocasión, no me resistí. Me entregaban un premio en mi ciudad natal, Zaragoza, y eso siempre tira. Me honraban con el título de “hija predilecta” algo por fin inesperado y entrañable. Por primera vez en los últimos años me sentía viva. Aquella mañana, rodeada por respetuosos hombres públicos y trajeados hombres de negocios, desplegaron ante mí un montón de papeles y embarullados proyectos urbanísticos, en los cuales figuraría mi nombre para siempre. A punto de morir, y ya tenía en mi poder dos llaves para la inmortalidad, la putrefacción atemperada por el aliento divino de la palabra y la arquitectura sutil de una fontana que vertería sus aguas de colores perforando una imagen de mi misma, que ni de lejos reconocería como propia.



Había regresado a mi ciudad desde una larga ausencia. Ya no quedaba ni un vestigio del aire que antaño respiré, pero seguía siendo hermosa, siempre es hermoso aquello que queda grabado en el corazón. No fingí las lágrimas cuando abandoné el Patio de la Infanta después del homenaje, recostada en el brazo de mi cicerone artístico. Entonces lo vi. Caminaba despacio siguiendo los pasos de un perro callejero atado a su cinto con una cuerda de pita. Vestía ropas viejas de vagabundo pertrechado, de forma tan natural, que parecía elegante en su miseria. Vi sus espaldas, la cadencia de aquel caminar cansino que se le adelantó en el tiempo; su cuerpo curvado, sin ninguna rigidez ni ningún vestigio de haber sido tratado con neurolépticos. No había claudicado ante la indigencia, no era un vagabundo de los míos. La mayoría de los vagabundos son reductos de los hospitales psiquiátricos. Cuando veo uno callejeando o rebuscando por los contenedores de basura, no puedo deshacerme de mi ojo clínico. Durante tiempo hice uso de él en mis años útiles, siendo adjunta de planta en el hospital psiquiátrico de Mendiluce. Sin querer, busco en ellos la lacra que el arsenal terapéutico deja en sus cuerpos, como marca de ganado. Piel cérea, apenas sin sudor, rostros engrosados y surcos profundos, cuerpos envarados desposeídos de toda flexibilidad, las cabezas gachas. Es difícil que uno de ellos te mire a los ojos. Mejor. Cuando te atreves, cuando un ángulo inverosímil tropieza casual en su mirada, te acuchillan unos ojos profundos, oscuros, desprovistos de espíritu; ojos que dejan escapar el reproche o la provocación. Es el precio de apaciguar mentes inasequibles y antisociales. Nunca me reconocí porque sentía hacia ellos esa debilidad. Quizás intuía que el insólito final de mi personaje, callejeando libre por las calles de la Gran Ciudad, pudiera ser el final de aquel hombre, que libre lo dejé, y libre le volví a encontrar…

Mi atolondrado representante hizo ademán de abrirme la puerta del coche, pero le sorprendí insistiendo en que hoy íbamos a caminar. "Quiero tocar la tierra de mi ciudad con los pies", le dije, y disimuladamente, reseguí la estela del camino que Eliseo marcaba al compás de su perro. Poco después de atravesar la puerta del Duque, mi amado vagabundo saltó la barandilla y bajó las escaleras hasta el ribazo del río Huerva. Bajo el puente, adelantándome a sus pasos con la vista, divisé una burda construcción de cartones apilados. El olor a alcantarilla se hacía irresistible. Deduje que aquél era su hogar. El perro, que ya caminaba suelto, corrió hacia el aposento y se acomodó en unos retazos sucios. Una vez el vigilante guardara su puesto, Eliseo dio la vuelta y partió sobre sus pasos. Alcancé a ver sus ojos luminosos, atrincherada bajo los brazos de mi joven acompañante. La caminata había sido suficiente. Con la excusa de un inesperado cansancio, dejé al cazatalentos a la búsqueda del coche y en un taxi me dirigí al hotel. Me faltaron segundos para no aparecer ante el conserje anegada en lágrimas. Un cuchillo me atravesaba el corazón, bien pudiera ser el infarto que desde hace unos años me vaticinara sin acierto mi médico de familia. Respiré hondo y me deshice de aquel peso en el pecho. Casi por rebeldía, encendí un cigarro. Ahora no me venía bien. Ahora no. De forma inesperada habían desenterrado mi libro, le habían sacudido el polvo y con ello habían desempolvado todos mis recuerdos. Era de nuevo una persona vulnerable. Toda una vida de dedicación sin descanso a la psiquiatría, el abandono de mi ciudad, mi huída, no habían servido para nada. El implacable éxito había sido devastador para con mi alma. Fuera de guión, el singular personaje había salido sin aviso del interior de las páginas y paseaba harapiento por las calles de mi ciudad. Se abrían sin piedad todas las compuertas de mi espíritu cobarde; pero ahora, después de tantos años de soledad, sentía la certeza de mi futuro. Este era mi libro y esta era mi historia. La ficción, no había servido más que para apartarme de un guión que previamente ya había escrito la vida. Una vez en mi habitación, me deshice como pude del abotonado traje. Tenía ateridos los dedos. Saqué de mi maleta un oscuro pantalón de gomas y un pulóver negro y enfundada en gorro, bufanda y guantes me tiré sobre la cama. Pronto oscureció. Cuando dieron las nueve, vacié el minibar sobre el cubrecama y me hice con dos copas. Anude el improvisado hatillo y lo colgué en mi hombro. Sigilosa, abandone mi cuarto, sin olvidarme de colgar el cártel de “no molestar” sobre la manilla de la puerta.
Me había metido unos billetes en el bolsillo, pensado hacer en taxi una parte del trayecto, pero una inesperada sensación de libertad, me decidió a caminar. El cierzo soplaba con fuerza y dejaba al descubierto todas las estrellas del universo, las mismas estrellas con las que años atrás había aprendido a soñar. Después de un largo trecho, atisbé bajo las farolas la escalinata de piedra que descendía hacia la casa de Eliseo. Di un pequeño rodeo hasta alcanzar la verja que separaba las riberas del río. Cuando encaré la primera escalinata sentí cierto temor. Nadie me garantizaba que él estuviera allí, y que aún estando él, no hubiera también otros. El gruñido de un perro me percató de su cercanía. La oscuridad bajo el puente era absoluta.

Una voz conocida apaciguó al animal, y escuche el rumor de un cuerpo que cambiaba de posición. A trompicones me aproximé hasta el bulto y me arrodille a su lado. “Soy yo” dije. Después de tantos años, después de tanta vida. No contestó; quizá fueran normales las incursiones nocturnas entre los indigentes. Revolvió sus cachivaches durante un rato, hasta encender al fin una linterna que proyectó hacia mí. Tardé en reaccionar. Poco a poco mis ojos deslumbrados fueron acostumbrándose de nuevo a la oscuridad. Me sonrió, cómo si aquella aparición intempestiva fuera un encuentro largamente esperado. Tal vez. No articulamos ni una sola palabra. Deshice el nudo del hatillo y llené las copas. Comenzamos con champagne. Reímos y bebimos sin hablar, como dos locos, peleando a ratos por ganar un pedazo de los harapientos trapos, aproximándonos luego para compartirlos. Agotados, empapados en alcohol, entrelazamos nuestros cuerpos y nos cobijamos debajo de la manta. El perro abandonó a Eliseo y se enroscó bajo mis pies. Ya una única estrella titilaba su luz. Comenzaba a amanecer. Ví tan cerca mi final, que ya no me asustaba el resto del camino.

Aquella fue mi primera noche bajo las estrellas.

Texto agregado el 24-02-2005, y leído por 373 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
23-07-2008 Me gustó. Me recuerda "La edad de Hierro", tiene cierta afinidad de protagnista a protagonista incluso más allá de la anécdota. Me lo leí de un viaje, muy buen ritmo. eride
17-04-2005 Muy tierno y escrito maravillosamente bien. Seguiré leyéndote. Enhorabuena didi
14-04-2005 Muy buen texto. Redactado a la perfección. No le falta nada. Me ha sido una grata sorpresa leerlo. Mis felicitaciones. Un saludo de SOL-O-LUNA
14-03-2005 jo, que tia elcorinto
14-03-2005 ¿Qué te digo? Que si hasta ahora nadie se animó a escribir algo es porque nos dejaste sin palabras. ¿No escuchabas el silencio, el temblor que agitaba la página. La culpa la tuvo este texto tan pero tan tan que ¿ves? no puedo compararlo con nada. Espero que cuando serás famosa recuerdes que yo te lo vaticiné. Lástima que las estrellas no sean sonoras, escucharías los aplausos Yvette NINIVE
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