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El jefe estaba medio loco en realidad pero era uno de esos a los que se les suele llamar locos lindos. Era dueño de esa inmensa empresa metalúrgica y –cosa rara- sus trabajadores le amaban, puesto que pagaba bien, el trabajo nunca faltaba y para las fiestas de fin de año les agasajaba con un opíparo almuerzo en donde le entregaba un suculento cheque a cada uno por los servicios prestados en la temporada. A cambio, siempre les hacía una petición algo excéntrica. Años atrás les pidió –por ejemplo- que el penúltimo día llegaran todos a trabajar disfrazados de lo que se les ocurriera. Y como sus deseos eran órdenes, el Gerente General llegó disfrazado de oso panda, la secretaria se disfrazó de bailarina de ballet, el jefe de Recursos Humanos lucía un colorido traje de payaso con su nariz roja incluida y el gestor de esta idea, Anacleto Morgan, supervisaba cada tenida con una minuciosidad que a su vez era otro disfraz de su extraordinaria personalidad. El mismo apareció vestido de Drácula, causando el espanto de algunas colombinas que realizaban sus labores diarias en los respectivos computadores. En los talleres la cosa no era distinta, los soldadores aparecieron disfrazados de granaderos, los maestros armadores no lograron unanimidad y cada uno llegó con un disfraz diferente. Había ángeles, duendes, corsarios, monjes, beduinos y cosacos, cada uno de ellos realizando su labor con la pericia acostumbrada.

Esta vez se le ocurrió al creativo Anacleto Morgan que pondría en escena una monumental ópera. ¿De Verdi? ¿De Mozart? ¿De Bizet? Nada. Sería una obra escrita por el mismo en sus años mozos y sus protagonistas serían los propios trabajadores.
-Pero don Cleto, yo soy muy desafinado.
-No te preocupes hombre, tienes un mes para ensayar tu parte.
-¿Cómo se le ocurre don Cleto? Ni en un año aprendería a cantar.
-Tienes que ponerle empeño hombre. El mismo empeño con que trabajas en el torno. Y el hombre se iba con la cola entre las piernas, pensando que tal vez hubiese sido preferible trabajar en una empresa normal, con patrones exigentes y cicateros en la paga, a cambio de no tener que hacer el ridículo delante de todos.

Entre los trabajadores existía un par de ex presidiarios que durante el día se dedicaban a fabricar cerraduras. Las mismas que, llegada la noche eran violadas por sus manos expertas. Ellos representarían el papel de guardias reales y con esa excusa se quedaban hasta altas horas de la noche “ensayando” la forma de desvalijar la caja de fondos de la Gerencia.

A las tres semanas ya se podía visualizar la magnitud de la obra, que, a decir verdad, era un bodrio del porte de un trasatlántico pero que puesta en escena sólo dependería de las actuaciones de cada trabajador. La jornada finalizaba dos horas antes con el fin de permitir a cada operario o empleado, según fuese el caso, para que ensayara su parte.

Dos días antes del estreno, ya todo estaba acoplado. Como escenografía se utilizaría la misma maestranza y entremedio de cerchas, vigas, enrejados y monumentales estructuras, irían apareciendo los protagonistas. Anacleto Morgan se sobaba las manos ante ese grandioso espectáculo. La música la pondría un conjunto tecno que tuvo que vérselas con las enrevesadas pautas del entusiasta compositor.

Cuando llegó el gran día, cada actor cantante apareció con su traje de caracterización. La función estaba programada para las doce del día. Se sentía en el ambiente un nerviosismo generalizado. Algunos afinaban su voz, otros revisaban el maquillaje y los menos se reían para sus adentros al contemplarse en los espejos y verse tan grotescos. A las doce en punto se produjo un silencio expectante. El conjunto lanzó los primeros acordes y desde lejos se escuchó la voz bien timbrada de don Benedicto, experto intérprete de tangos y debutante en las lides operáticas, que gorgoreaba esta aria:

Alzad la mirada a los cielos estrellados
no pretendáis robarle el fulgor a Ganímedes
ni desmerecer a Casiopea, más bien contemplad
la joya de diamantes engarzados que domina
la larga lengua láctea de nuestra galaxia…


Desde el otro extremo de la maestranza apareció la figura rechoncha de Pascual Soto, ataviado como un príncipe que entonaba lo siguiente, desafinando muy poco:

Mirad, las estrellas se han concertado y sonríen aprobando la visita del rey de Alejandría
los cielos han hablado, han dado su veredicto preparad el castillo, engalanadlo pronto
que las trompetas anuncien a todo el mundo
que la paz pronto será firmada por los reyes…


Cuando le tocó el turno al maestro tornero, cundió la expectación, puesto que días antes había renunciado a su cargo por sentirse imposibilitado de representar su papel. Pues bien, Anacleto Morgan no sólo no le aceptó la renuncia sino que también lo puso en manos de un cantante profesional que le sacó buen trote al limitado talento del trabajador. Disfrazado de monje, el hombre fraseó dignamente lo que le correspondía:

Dios está enfadado con los hombres eso se ve manda pestes y calamidades y el hombre
no entiende que la cultura de la guerra
lo conduce a su propio fin
Ave María Purísima, intercede por este hijo belicoso que está cavando su tumba en las entrañas del prejuicio…


Todo iba perfecto, pero cuando les tocó el turno a los ex presidiarios, no bien atacó la orquesta, ellos se disponían a interpretar su parte a dúo, cuando aparecieron de improviso los detectives y sin tener arte ni parte en la obra, pusieron la nota dramática al llevárselos detenidos. Como esto no estaba contemplado en ninguna parte, Anacleto Morgan y Venericio Fuenzalida, su asesor más directo, hicieron la parte de los cacos, con tal maestría que sacaron reiterados aplausos de toda la planta. Al final, todo quedó registrado en sendas cámaras de video, lo cual permitió que todos los trabajadores pudieran contemplar más tarde su debut operático.

Anacleto Morgan cumplió con creces su parte, entregándole a cada trabajador un sustancioso cheque. Lo complicado es que a este loco lindo de los fierros se le ocurrió otra extravagancia: montar el Lago de los Cisnes para el año siguiente en la misma maestranza. Varios presentaron la renuncia de inmediato, aunque ya todos saben lo que ocurrirá porque en un año se puede aprender muy bien ballet, sobre todo si se es asesorado por un buen profesor…

Texto agregado el 24-02-2005, y leído por 238 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
25-02-2005 ¡Jajaja! Me encantó. Imaginé todo, los disfraces, y la manera feliniana de actuar del empresario. ¡Qué goce chico! Tu humor es valiosísimo y tu narración muy bien llevada. Mis ***** Mena
 
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