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La primera vez que Marcel Enrique vio a esa gitana de cobre rojizo, negro cabello y ojos mas obscuros que la misma noche, su cerebro derecho se sonrojó y tan solo un pensamiento exhaló -¿Que tanto has vivido Marcel, que has olvidado todo lo que oíste de amor?- y su cerebro izquierdo le dio a ella, Mariza Elena, los santos de su mirada. Esa tarde de aquel año gris estaba llena de sonrisas húmedas caídas cielo y un aroma intrigante flotaba en ese noviembre color de humo. En esa tarde 29 de un gris noviembre, ella, mujer de hermosura lunar y belleza norteña peguntó a ese extraño de ojos confusos y claros
“¿Como son las lunas por allá por donde vives?” Mariza dijo.
“¿Que tanto has vivido Marcel, que has olvidado…” - Te habla -
El, tan confundido y atónico, en un relámpago de amor y esperanza no le pudo decir nada, sus cerebros se habían fijado en los ojos negros de ella.
“¿Como son las lunas por allá por donde vives?” de nuevo Mari preguntó,
Su dulce voz parecía buscar una respuesta, pero su corazón tibio de ella sabia, que tan sólo importaba dibujar una voz con ese villano.
Pobre vividor de caminos, sin nada, tan solo y tan mío, Mari pensaba.
Enrique quebró la nada que separaban sus manos y las de ella y sin pronunciar una palabra, tomó la pequeña dorada mano de ella y sin cruzar ninguna otra palabra la llevó caminando. Los dos aturdidos por la música y las gentes de las almas sin nombre y los nombres sin alma, cansados de las conversaciones triviales vestidas de largas mantas. Mari y Enrique buscaban huir y lo hicieron juntos, tomados de las miradas y manos, queriendo comerse el gris horizonte.
“Perdón…con permiso…lo siento…” los dos articulaban, pero nunca cruzando palabras.
“¡Date prisa Mari!” Él pensaba.
“¡Libérame!” ella en su cabeza guardaba.
En ese 29 gris noviembre se celebraba Royxinah, uno más de los santos guardianes de Talea de Castro, uno de los 300 que le sobrevivieron a los Españoles. Con nombres como Guarijaûo y Motexaâhoy pretendían proteger el orgullo y riqueza de esa cultura, la cultura zapoteca.
Tomados de las manos por las calles de polvo de uvas caminaron, las piedras del camino parecían crear más piedrecillas unas encajadas con las otras. En aquella calle de ventanas largas, Marcel Enrique se había preguntado, pero nunca explicado, ¿Por qué las ventanas si la luz no salía en aquel mundo? ¿Por qué todos los años eran bisiestos? pero esto no lo que cruzaba sus cerberos en aquellos momentos, lo único que importaba era Mari. Lo intrigaba su historia, pero más que nada le intrigaban sus ojos, las perlas negras que adornaban su delicado rostro como agua en plata quemada.
Caminaron por una o quinientas horas. Tomaron un café de amores viendo las lágrimas meterse entre las gotas de lluvia al otro lado del río y en la selva toda. Desde lo alto de la Ixtapa hasta los lugares recónditos de verdes selvas, sin intercambiar una palabra, charlaron. Desde los altos troncos de la baja Molina hasta las calles que parecían nunca acabar, solamente miradas.
Eran las 7 de la mañana; la loca Juliantra cantaba sin ritmo en un lenguaje común con un sentimiento de amor, Mariano jugaba su diaria partida de ajedrez con su perro, y Rocco seguía buscando el árbol perfecto para cometer su suicidio, todo era normal para un 30 del nuevo blanco noviembre. Ellos, cansados de amor se sentaron en aquella banca oxidada de detalles oscuros con los pies en río, se sentaron y se sirvieron otra tasa de ese café amoral.
“¿Como son las lunas por allá donde vives?” ella a Marcel de nuevo preguntó.
“Dime Marcel, ¿Como son?” Mariza insistió.
Pero el seguía admirando sus ojos y queriendo tocar las dulces manos de ella y poder contarle de su niñez cuando Manoanna le contó de las lunas de conejos llenas y de los amorosos dentro de las blancas nubes. Lo intentó por minutos y siglos, tomando su dulce mano y charlando a miradas, pero su cerebros lo seguían engañando – te habla Enrique, ¡te habla!- y el plomizo, sin color, solo miradas y amor –te habla Marcel, escucha-.
“Pobre amor mío” sonriendo ella pensaba.
Ella bella, única, y negros sus preciosos ojos. A él, sus noches de esperanza, se habían convertido en sonrisas de Mariza con quemadas y ardientes miradas. A ella, el placer de la caminata y la suavidad de sus pies mojados se había transformado en un amor de siglos y de manos unidas por idas y vuelas, de miradas y charlas sin una palabra.
Juntos, callados. Marcel fascinado y Mari tratando de callarlo con miradas, para preguntarle acerca de las flores o los morados de tierras lejanas, o tan sólo por callarlo para admirarlos. Juntos, callados, con los pies mojados vieron cuando la luna se acerco a ellos, como una gigante musa brillante y dentro de ella se observaron ojos y días. Dentro de la luna-musa-gigante, todo parecía una pequeña cuidad al lado de la rivera callada, con casas de madera y caballos de azucenas doradas, con pequeños personajes que parecían humanos. Todo era azul y lleno de flores. En las calles de piedra nadie caminaba solo, todos tenían un ángel con alas y aurora, otros de esos casi-humanos personajes llevaban de la mano niños de azúcar por las calles de sólida agua. Los arbustos opacos verdes no eran, azules vivían. Un sol y una luna en los ojos de Mariza, Marcel admiraba.
“Son como tus negras perlas, Mari mía” respondió Marcel a ella.

Texto agregado el 06-03-2005, y leído por 217 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
15-03-2005 Describes muy bien, la historia muy buena. flperez
 
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