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El payaso subió al microbús con su acostumbrada pachorra, saludó al chofer con esa burda desfachatez adquirida en la calle y comenzó su rutina entre grosera y poco graciosa que arrancaba tímidas sonrisas a algunos y carcajadas a otros. Yo, sentado en la quinta fila y abrumado ante tanta ordinariez, fijé mi vista en el paisaje que pasaba raudo ante mis ojos, en un desesperado intento por desentenderme de las desatinadas salidas del engendro pintarrajeado. El tipo crecía en confianza a medida que iba ganando adeptos, se reía de todo y de todos y los pasajeros celebraban con grandes aspavientos. De pronto siento su voz impostada y estridente dirigiéndose a mí. Lo contemplé con ojos de basilisco pero la mía fue una mirada de fogueo porque el individuo no cayó fulminado sino, muy por el contrario, continuó fustigándome. Sin saber que hacer, sentí que mi cabeza comenzaba a transformarse en el diapasón de los alborotados latidos de mi corazón y como si esta fuese una pesadilla, veía a la gente que miraba alternadamente al payaso y a mí, con una sonrisa sarcástica en sus labios.
-Usted tiene un serio problema, amigo –dijo el clown sentándose delante de mí.
Esto ya me pareció el colmo de la irreverencia y me disponía a responderle severamente cuando escucho que alguien sentado en la fila de atrás, reafirmaba el concepto.
-En realidad lo que tiene este señor es un gran complejo, tranca, o como quiera que se le llame.
La que decía esto, era una señora regordeta, que de tan asorochada que estaba, se abanicaba con una revista.
-No es su culpa –retrucó el payaso –a veces son los padres quienes van creando en la mente de sus hijos ideas erróneas que después este las conceptúa como verdaderas.
Iba a abalanzarme furioso sobre el insufrible personaje, cuando escuché la voz del chofer que afirmaba con voz inusualmente serena:
-La terapia para estos casos brinda generalmente muy buenos resultados. Existe, por ejemplo, la terapia grupal, en la cual se conversan estos temas con la equidad que brinda el que el otro también se saque la careta y abra la mente a sus problemas sicológicos.
Un niño de escasos cinco años también participó en esta especie de mesa redonda microbusera, expresando con su media lengua: -A mi me goban las manchanas en el colegio y mi agüeli me dice que no chea menso.
-¿Se da cuenta? –me dijo el caripintado –hasta esta criaturita comienza a tener conciencia de sus debilidades. ¿Ha visto usted a un siquiatra alguna vez?
-Sería recomendable –espetó un gordinflón sentado en los últimos asientos.
-¡Cuanto habrá sufrido este pobre señor! –afirmó una buena moza y ahí si que me dieron ganas que me consolara, ya resignado a ser el motivo de esta democrática conversación.
-¿No se da cuenta usted que sus problemas sicológicos pueden transformarse en una cadena interminable de infelicidades? –insistió el payaso, quien a todo esto se había sentado a mi lado. –Si usted no se ríe con mi rutina, yo voy a pensar que estoy haciendo el ridículo, ello puede afectarme tanto como para caer en el “síndrome del payaso triste”, lo cual –a su vez- rebotaría en todos estos pasajeros, quienes al verme tan alicaído, sólo van a sentir conmiseración por mí, mezquinarán sus monedas o simplemente me las darán como una dádiva indigna. Y eso –a su vez- será el detonante para que se sientan afectados por la depresión ya que un payaso está concebido para hacer reír y no para llorar. ¿Se da cuenta usted señor?
-Iba a responderle en tono más apacible, cuando escuché la voz bien timbrada del chofer que me ofrecía su ayuda.
-Yo puedo llevarlo al Hospital Siquiátrica, caballero. ¿Qué dicen los señores pasajeros.
-¡Siiiiiii! –dijeron todos a coro.
-¡Que yico! –dijo el infante, con su vocecita blanca.
Yo era un guiñapo a estas alturas y mi cabeza se desplomó sobre el hombro del payaso, quien me acariciaba paternalmente.
-¿Cuánto falta para que lleguemos? –preguntó la gorda asorochada.
-Yo me bajo en la próxima- dijo un señor de aspecto solemne y que no había participado del debate.
La buena moza dijo ser enfermera y se sentó detrás de mí para tomarme la temperatura.

Pocos minutos después, el microbús llegaba a destino y como un pasajero había anunciado vía celular de nuestro arribo, estaban esperando dos auxiliares, quienes abordaron el microbús y con profesional eficiencia me enfundaron en una camisa de fuerza y me instalaron en una camilla. El payaso se despidió con lágrimas en los ojos, la enfermera me estampó un beso en la mejilla y el chofer, en un acto de gran honradez, me devolvió el importe del pasaje.
-No aguante que le goben sus manchanas –me dijo el chiquitín y se alejó saltando y riendo.
Antes que el microbús reanudara su recorrido, alcancé a divisar de reojo el número de la línea. Era la 376. Recién entonces me di cuenta que todo era un tremendo error ya que el bus que me servía era el 276. Gritando y pataleando de lo lindo, intenté zafarme de las ataduras, pero todo fue en vano. Los auxiliares, acostumbrados a este tipo de reacciones, me condujeron inmutables al pabellón en donde quedaría internado acaso de por vida. ¡Si me hubiese fijado bien antes de encaramarme a ese endemoniado vehículo!..







Texto agregado el 13-03-2005, y leído por 271 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
15-03-2005 Sabes, me atrapo tu texto..estaba muy apurado por el trabajo y no pare hasta terminarlo. Estupendo. Asi me lleva años, voy a leer todos. lobomexiquense
14-03-2005 Me ha encantado esa mezcla de humor angustioso que has creado con la sucesiva intervención de personajes de ese autobus y con ese "no sé cómo parar este desquicie" que hay en el texto. Me ha recordado a las películas de terror en las que el miedo lo infunden los niños. Aquí la locura y la desesperación llega de manos de una situación cómica. Magnifico. entrelineas
14-03-2005 GUI¡¡¡¡¡ Q GUAYYY, como dice mi hija Besos y estrellas monilili
14-03-2005 ¡¡Que bueno!! Por algo miro dos veces el número del bus antes de subir...Está muy bien narrado y la história es alucinante...¡¡Me encantó!! yoria
 
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