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TERROR EN LAS SOMBRAS

CAPITULO IV

CREACIÓN MENTAL


Instantáneamente la mirada del tiempo y del espacio se precipitó velozmente sobre Ana, que dormía plácidamente en su cama, en su habitación, con un enorme ventanal, que estaba abierto, dándole la entrada al viento nocturno, que soplaba con ternura para desplegar el largo de las cortinas, cómo haciéndolas danzar. Junto con pálida luz de luna llena, entre sus modestos sueños, una calma detuvo todo movimiento en su habitación, dejando las cortinas paralizadas, cortando su armonioso baile de medianoche, y dejándolas sumergidas en una quietud suspendida en el aire, que dejó de ser, para transformase en una seco sentir comprimido. Mientras en las afueras todo se desplazaba con total normalidad, en la habitación de Ana dejó de existir realidad; solo los sueños establecían conexiones con recuerdos de sustancias reales, pero ahora, en su trabajólica cabeza, eran metáforas espontáneas de vapores imaginarios.

Su cuerpo dejó de funcionar. Todo lo que “estaba” sobre el plano de su habitación, existía a medias, bordeando y redibujando el límite entre lo sí y lo no, entre la vida y no vida, nada y/o algo, ceros y unos. Así es como comenzó a vivir en medio de sus sueños, desprendiéndose de lo material, y traspasando y configurando de un medio al otro. Su mente comenzó a recibir nuevos huéspedes, que Ana los recibía con confianza y conocimiento. De alguna manera logró introducir, en forma de exilio, figuras y colores, percepciones y sabores, olores y sensaciones. Cosas grandes ahora empezaban en su cabeza una nueva vida, una nueva realidad, que Ana podía manejar a la perfección, extraer e introducir elementos a su más mero antojo; era su mundo, ella era su Dios, ella era su propio rumbo.

En sus sueños podía hacer cantar y pronunciar discursos en todas las lenguas habidas y por inventar, a quienes su mente deseara que se le cruzara. No tenía enemigos, y si los pensaba, su mente procesaba toda la realidad modificando códigos y presencias, hasta volver todo al punto inicial, pero sin necesidad de haber empezado, o pensado lo que había pensado. En un sólo soplo podía provocar el Apocalipsis sobre lo que quisiera: materia o destrucción del espíritu. Ana logró establecer patrones que impedían no hacer lo que quería, aunque el hacer lo que quisiera implicara no hacerlo; las ecuaciones lógicas daban giros obedeciendo a sus más imposibles e intrínsecos deseos. Podía crear y destruir, convertir la lógica en un estúpido juego de niño retardado, y crear sus nuevas leyes cuánticas, a partir de imaginar un simple objeto inútil. Con su propio canto podía conmover hasta su propio cuerpo, instándolo a sufrir mutaciones benignas y que le facilitaran la expansión de sus abastecimientos mentales.

Fuera de su cabeza, en lo que los ojos pueden ver, pasaba la nada en absoluto. Sólo en su habitación acontecía algo extraordinario (que en realidad era la nada visible, pasando normalidad en el exterior): controlar el tiempo y mantener las leyes ocultas en planos infinitamente profundos, en funcionamiento constante en pro de sus necesidades.

Desde ese instante, Ana comenzó a soltar su imaginación, conjugándola con su voluntad. Así dio paso a una nueva vida dentro de sí misma.

El tiempo no regía en su universo, pero eso no era motivo para que viviera estáticamente sin contar con los segundos para realizar los movimientos; eso se necesitaba únicamente en el mundo que dejó abandonado, súbitamente y sin razón aparente. Sólo quería ser lo que deseaba ser, y, ahora, es.

Su cuerpo, tendido en la cama, inmóvil, junto con todo lo demás en su habitación, comenzó a recibir estrictas órdenes de no Ser ya más. Toda la materia, viva y no viva, obedeció la enorme decisión de Ana: hacer desaparecer todo. Ya no necesitaba nada, pues lo tenía todo en su interno universo, nuevo y creado a su diseño. Allí vivía como quería, pero no sin Leyes, pues comprendía que sin leyes es vivir en el caos absoluto; muerte y no existir, ni siquiera estar muerto, pues aun con todo su poder, respetaba los dominios de la no existencia; no estar muerto no es estar vivo, y no estar vivo no es estar muerto. Se desplazaba por las regiones más remotas que podía alcanzar en tan sólo un haz de luz, y cuantificar con una total facilidad y destreza ágil cual mente pudiera no poseer. Entonces, su cuerpo comenzaba un proceso extraño en desintegración, y se fusionaba con la nada, pero nada no es algo ni no algo; la existencia, el ser algo (inmensa paradoja cíclica). Desapareciendo como por arte de magia, pero suprimiendo trucos infantiles, su cuerpo, y seguido por todos los muebles, ropa y calzado, y un sinnúmero de objetos que habían en esa habitación que le esperaba un futuro en una dimensión que no existe allí, pero no que no vive en su interior; nunca pretenderá existir, pero contiene toda la nada, en una contradicción titánica e inconmensurablemente magnífica.

En cuestión de segundos no transcurridos, todo quedó reducido en un punto que para los ojos, sería imaginario, y no visto. La habitación quedó vacía, y hasta sus paredes y el techo, el suelo y la profundidad sofocante intermedia, quedaron impregnados de un “socio olor y un color hediondo”, que amenazaba con traer o con extraer planetas distantes y extrañas formas de vida más antiguas que ni siquiera la mente de Ana podría aguantar, pues era Su mundo, y no albergaría en su universo a criaturas ajenas y horrorosas que atentaran los cimientos de su pensar.

El mundo afuera de la habitación de Ana, seguía girando y su ritmo de vida era el mismo, pero con aquel sortilegio a las mentes y razones comunes, dejaba una extraña armonía en la percepción de los humanos, cuerpos celestes y materia inanimada.

Texto agregado el 17-03-2005, y leído por 149 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
01-04-2005 Una historia un tanto extraña, tiene un toque de misterio que me gusta rosaroja
 
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