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Inicio / Cuenteros Locales / arnaldo / Un ovejero alemán

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El tipo tenía un perro enorme.
Yo odio los perros grandes.
Me intimidan, me ladran, me congelan.
Pasó junto a mí con su monstruo cuadrúpedo.
Pasó junto a mí y soltó esa bestia.
El perro gruño y me olfateo la entrepierna.
Pensé:
“Dios mío este animal me va a arrancar los huevos”
El tipo me miraba desinteresado, no le importaba mi virilidad en juego.
El perro retrocedió un par de metros y ladro, ladro y ¡LADRO!
Pensé:
“¡OH POR DIOS SE VA A TIRAR ARRIBA MÍO! ¡OH DIOS MÍO, DIOS MÍO!”
El tipo vino y volvió a sujetar al animal despiadado y sádico.

Fue casi imperceptible, una risita entre dientes, un insulto en susurros.
Casi...
pero lo escuche.
“ji, ji, ji”
Y me dieron la espalda,
como si yo no valiera nada,
como si fuera algo del pasado.
Me sentí:
Irrecuperable, sin importancia, de segunda mano.
Un daño en el espejo del mundo que más vale ignorar.
Una fotografía borrosa de la humanidad,
“fallas en el laboratorio, llevese mejor un almanaque de un gato”
Mierda de pájaros en el techo de un Dauphine abandonado.
Así me sentí.
Así...

Me quede tildado viéndolos alejarse por la avenida cincuenta y nueve.
Me quede sin aire ni recursos, inválido para enfrentar al tipo con su perro.
Y mi ropa caía sin gracia, los zapatos se decepcionaban al cargarme.
La gente a mi alrededor siguió circulando, me odiaban, les daba asco o no se que.

Volví a mi casa y agarre un tubo de acero que sostenía un aparador de la cocina.
Camine toda la tarde con el tubo en una mano y un cigarrillo en la otra.
Llegue al final de la avenida y comencé de nuevo,
las vidrieras se volvieron figuritas repetidas.
Finalmente lo encontré, el perro estaba cagando en un poste de luz.
El no me vio venir, perro el perro si.
No le di tiempo.
El caño se hundió en el hocico,
se escucho un “¡Crac!” y después aulló largo y finito.
El tipo no entendía nada y se tiro sobre el perro, acariciándolo y vociferando.
“¡ESTA LOCO! ¡ESTA LOCO! ¡QUIERE MATAR A MI PERRO! ¡AYUDA! ¡SOCORRO!”
Sin el perro no valía tres carajos el muy mierdita.
Me sentí muy macho, duro, espectacular.
Tire el tubo a la calle y lo mire fijo.

Estaba llorando, abrazaba el perro y lloraba.
Me pedía por favor que no lo lastimara más.
Decía que era un buen perro.
Decía que era todo para el en el mundo.
Mire al perro y vi la sangre chorreando desde el hocico a la vereda.
Tenía una mirada noble y triste, tenia años de instinto y fidelidad.
Y recordé como me sentí en nuestro primer encuentro.
Lo repetí mentalmente:
“irrecuperable, sin importancia, de segunda mano”
y tenían razón,
lo era.







Texto agregado el 28-03-2005, y leído por 90 visitantes. (0 votos)


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