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	<channel>
		<title>gammboa en loscuentos.net</title>
		<link>/cuentos/local/gammboa/</link>
		<description><![CDATA[AVISO ------ AVISO



Disculpe las molestias que le ocasiona esta obra, literaria.

Gracias







]]></description>
		<language>es-es</language>
		
		<item>
			<title><![CDATA[Rodulfo llora]]></title>
			<link>https://www.loscuentos.net/cuentos/link/371/3714/</link>
			<description><![CDATA[Rodulfo llora


El fondo de las cosas no es la vida o la muerte.
Me lo prueban
el aire que se descalza en los p&aacute;jaros,
un tejado de ausencias que acomoda el silencio
y esta mirada m&iacute;a que da vuelta en el fondo,
como todas las cosas se dan vuelta cuando acaban.
		Roberto Juarroz


A Jes&uacute;s Lira Gamboa


Son las cuatro de la ma&ntilde;ana y Aid&eacute; abre los ojos. Escucha un llanto cercano. Sus o&iacute;dos funcionan como un radar que localiza el centro de aquel sonido rutinario; escuchado hasta el hartazgo. Se levanta con inercia mec&aacute;nica para cargar a Rodulfito, su ni&ntilde;o de ocho meses de edad; el &uacute;nico acompa&ntilde;ante de su viaje sin destino.

	Aid&eacute; comienza su vida en ese peque&ntilde;o cuarto que por momentos, a veces muy dilatados, parece no tenerla. Las paredes de adobe ensanchadas por la humedad y el olor descompuesto ya le son habituales. Lo que no le agrada es la oscuridad. Cuando era ni&ntilde;a, su padre, Don Rodulfo, le dijo que una casa sin luz es una casa sin vida: la vida se da con la luz, estar en la oscuridad es como querer morir. A veces Aid&eacute; piensa que aquel cuarto es el peor lugar para vivir, en ocasiones cree que no es tan malo. Tiene una ventana que mira a la calle y as&iacute;, ella puede pasar horas viendo a la gente pasar. Le agrada sentir que la vida transcurre all&aacute; afuera porque adentro el tiempo es distinto, se siente diferente: avanza lento y por momentos no camina. Pero no hay alternativa, el dinero no da pa m&aacute;s, se dice en un suspiro. Los pocos trabajos que le salen no son bien pagados, los del pueblo ya no la ven con buenos ojos desde que Roberto desapareci&oacute; con Robertito, la noche de aquel d&iacute;a cuando lo enter&oacute; que cargaba una nueva semilla dentro, que a&uacute;n no se pod&iacute;a sentir, s&oacute;lo imaginar. 

Roberto se fue, la abandon&oacute; dej&aacute;ndola casi sola. Casi sola porque la dej&oacute; acompa&ntilde;ada de un ni&ntilde;o, a&uacute;n sin nombre, y un mont&oacute;n de chismes: que si siempre fue una mala esposa, que si la casa siempre en desorden, que si ella nunca quiso salir de ah&iacute;, que si se la pasaba viendo la calle, que si no era abnegada, que si la encontr&oacute; en el lecho matrimonial con Jacinto, que si ese ni&ntilde;o no era del pobre Roberto. Pobre Roberto, &iquest;c&oacute;mo habr&aacute; sufrido con esa g&uuml;ila que tuvo por esposa? dec&iacute;an las malas lenguas.

Aid&eacute; piensa que no todo fue dicho por la boca de Roberto, no ser&iacute;a capaz. Las disgraciadas viejas son las que todo lo cambian, todo lo malintienden, se dedican a parir historias malformadas, copulando con sus lenguas brujas, como dec&iacute;a mi padre, a todo aquel que no se parezca a ellas. Los rumores corren a la velocidad de los vientos y cuando pasan a otras bocas se deforman todav&iacute;a m&aacute;s.

	El sol a&uacute;n no sale en la casa; la madrugada agoniza en la calle. As&iacute; lo anuncia el canto de un primer gallo que contagia a otros. Parecen coros tan distintos, como si fueran cantos de muchos d&iacute;as, piensa Aid&eacute; mientras sonr&iacute;e. Ella no tiene gallos, ni uno solo; siempre dese&oacute; tener por lo menos uno pero el dinero no alcanza. Suspira pensando en eso y balancea su cuerpo joven, peque&ntilde;o y delgado para tratar de arrullar a Rodulfito, para rogarle al sue&ntilde;o que regrese, que tenga piedad de ellos. Sosi&eacute;gate mi amor, le susurra a su hijo, es mejor estar dormitados, so&ntilde;ar y olvidarnos de todo esto, de todo esto que s&oacute;lo sirve para comer l&aacute;grimas. A veces Aid&eacute; se imagina so&ntilde;ando todo el tiempo. Se figura en un lugar donde hay luz, un campo grande en el que existen muchas frutas, donde puede correr como cuando era ni&ntilde;a pero despierta llorando en medio de ese cuarto oscuro y el sue&ntilde;o eterno nunca llega.

	Afuera, una carreta  jalada por un par de bueyes pasa frente a la ventana. Sus pasos son lentos, cansados; las ruedas rechinan sobre el camino de tierra como si no quisieran hacer su trabajo, como si no quisieran girar.

	Dentro, Rodulfito duerme en los brazos de su madre y sonr&iacute;e de a poco, como si adivinara que la mirada de Aid&eacute; busca en forma rastrera algo que la haga alegrarse. Ella contesta a la sonrisa, lo besa en la frente y lo recuesta otra vez. Est&aacute; acostumbrada a la oscuridad del cuarto, no es necesario encender la vela para caminar. Sus pies descalzos reciben el fr&iacute;o contundente de aquel piso cruel. Aid&eacute; avanza lento.

	Afuera, un hombre est&aacute; tirado en el centro de la calle reci&eacute;n empedrada; sucedi&oacute; todo tan r&aacute;pido, Aid&eacute; no se enter&oacute;. Las carretas y los bueyes avanzan, pisan el cuerpo inm&oacute;vil; no lo notan o no quieren notarlo. Los carreteros se saludan, se dan los buenos d&iacute;as, las buenas tardes. Buenas noches Don Jacinto. De nuevo, los buenos d&iacute;as con sonrisas golosas y est&uacute;pidas como reproducidas en serie; cada vez son m&aacute;s. La empecinada ceguera tambi&eacute;n crece ante el cuerpo inerte frente a la ventana de Aid&eacute;, justo en medio de la calle reci&eacute;n empedrada.

	Dentro, ya se escuchan los sonidos matinales de las ollas que chocan entre s&iacute;. Las paredes sucias de cochambre se iluminan por el fuego azul de la estufa de petr&oacute;leo que no sofoca el aire helado de la habitaci&oacute;n. El caf&eacute; est&aacute; listo. Aid&eacute; toma la cafetera, ya desgastada, sirve el l&iacute;quido en un pocillo (el met&aacute;lico sonido cae en su piel), siente en la comisura de sus labios el contorno despostillado de aquel recipiente; parece un beso; un roce fr&iacute;o pero deseado, un beso que bien podr&iacute;a guardarse en la eternidad.

	Afuera los d&iacute;as pasan, el cuerpo tirado de Rodulfo no cambia. Los coches lo pisan sin desenfado y todos se obstinan en no ver que est&aacute; ah&iacute;. Pobre Rodulfo. Toc&oacute; durante tantos d&iacute;as a la puerta de Aid&eacute;, su madre, y no abri&oacute;. No respondi&oacute; a su llamado. Y su infinita soledad se hizo presente en aquella acera blanca y reci&eacute;n hecha. Sus cabellos chinos y la barba le crecieron en forma inconmensurable, desordenada; como las plantas que crecen y lo cubren todo en los jardines olvidados. Rodulfo llora.

	Adentro, la ma&ntilde;ana todav&iacute;a no llega. Aid&eacute; termina su caf&eacute;, respira profundo antes de pararse de su vieja silla. El pocillo, su amante et&eacute;reo, est&aacute; sobre la mesa; Aid&eacute; le regala una caricia. Se para y camina hacia la ventana, abre la cortina y cae en cuenta que el sol ya sali&oacute;. Se sienta junto al &uacute;nico celador que ha sido capaz de mostrarle el mundo. Parece que el tiempo all&aacute; afuera es distinto, piensa Aid&eacute; y esboza una sonrisa triste. Permanece un largo rato viendo a trav&eacute;s de la ventana. Se convierte en una estatua hasta que el sol comienza a violar los l&iacute;mites de su territorio. Suspira. Un hombre est&aacute; tirado en medio de la calle, frente a su ventana. La gente de afuera no lo ve. Ella s&iacute; pero prefiere quedarse dentro. Todos siguen su propio camino y lo pisan. 

Adentro, desde su cuna, Rodulfito llora y Aid&eacute; sonr&iacute;e de alegr&iacute;a.

	Afuera, la soledad fermentada de Rodulfo comienza a pudrir su cuerpo. Los gusanos del aislamiento se lo comen. Grita, suplica, pero no hay respuestas. Su barba y sus cabellos canos hacen ra&iacute;ces en el suelo pavimentado, los siguen las manos y los pies. Aid&eacute; observa todo aquello, s&oacute;lo atina a suspirar. Rodulfito llora m&aacute;s fuerte, lanza un grito agudo, desgarrante. Aid&eacute; sonr&iacute;e, le dedica esa sonrisa a su hijo pero no al de adentro sino al de afuera. Una l&aacute;grima se desborda hacia su piel llena de surcos profundos. Ya no escucha nada. Sus descarnadas manos avanzan en forma pausada y tr&eacute;mula hacia la cortina. Rodulfo, observa desde afuera la silueta de una anciana que cierra, de manera pesada y torpe, el tel&oacute;n que cubre la &uacute;nica ventana que lo comunicaba con su madre. 




Gustavo Gamboa
]]></description>
			<dc:creator>gammboa</dc:creator>
			<dc:date>2003-04-06</dc:date>
			<pubDate>Sun, 06 Apr 2003 04:03:27 UTC</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[De porcelana]]></title>
			<link>https://www.loscuentos.net/cuentos/link/371/3715/</link>
			<description><![CDATA[De porcelana


Desde que desapareciste de mi vista las serpientes se enredaron en nuestros deseos. S&oacute;lo la luna, confundida por las hojas de la selva, me ret&oacute; a recordarte.

Yo nad&eacute; dentro de un lago de sue&ntilde;os mientras t&uacute; tocabas una flauta en la orilla; no quise aceptarlo. Te imagin&eacute; como sirena y te busqu&eacute; debajo de todas las piedras en aquel inmenso lago estancado de recuerdos de la noche que pasamos juntos. La luna entr&oacute;, se sumergi&oacute; en las oscuras aguas que tan precariamente hicimos, pens&eacute; que quer&iacute;a iluminar mi vista pero no lo hizo, se burl&oacute; de m&iacute; y me regal&oacute; su locura. La guard&eacute; en una cajita esf&eacute;rica detr&aacute;s de mis palabras, justo debajo de la lengua. Viv&iacute; mucho tiempo escarabajeando tus labios, las m&uacute;ltiples texturas de tu piel y las rejas de hueso en medio de tus senos, las mismas que me prometiste, hasta que las serpientes me encontraron escondido en la arena masturbando mis labios al pronunciar tu nombre; crucificaron mis recuerdos, mi libido y todo el sabor de tus fibras en mi cuerpo. Comenc&eacute; a escribir, y no es f&aacute;cil hacerlo bajo el agua, con un erizo de espinas agudas, sobre una roca. Entonces se les ocurri&oacute; a las serpientes cortarme los dedos; no pude escribir m&aacute;s. Desesperado repet&iacute; el nombre de cada hoja y cada flor, todos los aromas bajo el agua y los colores que alcanc&eacute; a sentir con mi piel desnuda. Quer&iacute;a contarte cada detalle. T&uacute; segu&iacute;as tocando en la playa; torturaste mi existencia dentro de un canto delirante de nubes y hojas de selva. Tus deseos te traicionaron y rodearon la flauta, la robaron y lleg&oacute; hasta m&iacute;; la recib&iacute; como queriendo llorar. S&eacute; lo del robo porque el regalo de la luna, que bien escond&iacute; tras mi voz, ten&iacute;a la palabra traici&oacute;n escrita con &oacute;xido profundo de tristeza. 

Hoy yo toco la flauta y torturo tu existencia desde el fondo del lago donde el viento no sopla para derramar tus l&aacute;grimas que son el silencio de nuestras culpas y te doblan de deseo durante la noche para que yo viva de tu angustia y me coma el dolor que destruye mis entra&ntilde;as de porcelana. 

Toco tu flauta, en una melod&iacute;a triste, para que puedas vivir mientras yo muero en forma lenta, muy lenta.


Gustavo Gamboa]]></description>
			<dc:creator>gammboa</dc:creator>
			<dc:date>2003-04-06</dc:date>
			<pubDate>Sun, 06 Apr 2003 04:12:27 UTC</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[Mujer saliendo del psicoanalista]]></title>
			<link>https://www.loscuentos.net/cuentos/link/371/3716/</link>
			<description><![CDATA[Mujer saliendo del psicoanalista

Basado en el cuadro hom&oacute;nimo
de Remedios Varo, 1960.


	Algo grave debi&oacute; haber ocurrido. La mitad de su rostro triste, a&uacute;n abatido, est&aacute; cubierto, envuelto en verde asfixiante. Sus cabellos, como roedores del aire, buscan la calma o tal vez la tempestad que no le pertenece al cielo. Ella es un fantasma sobre el camino circular con direcci&oacute;n a todos los lugares del mundo; no va a ninguno. S&oacute;lo su nariz y sus ojos pueden verse se&ntilde;alando hacia la pared infinita que la rodea. La mirada como taladro, que intenta traspasar la gruesa piedra, como si de ello dependiera su libertad, est&aacute; encerrada.

	Dos puertas hay a sus espaldas, la del psicoanalista y otra que no tiene nombre, tan an&oacute;nima como la mujer, tan cercana a su vida; tan vac&iacute;as como el color amarillo que contrasta con el verde ausencia que la cubre.

	Seguramente ella mat&oacute; al psicoanalista. No era para menos. Su peque&ntilde;a cabeza y su enorme barba exasperantes, sus ojos acusando y la voz rasposa, no era para menos.

	&iquest;A d&oacute;nde ir? Otros ojos, en el verde doliente, quieren pasar por los de ella y ven un punto distinto, un lado contrario. De nada sirve. El tiempo no avanza, se detuvo antes que la decisi&oacute;n llegara, antes que el cielo se desbordara sobre aquellas paredes de naranja y pi&ntilde;a y sobre la mujer de pasto que mira a ning&uacute;n lugar.



&copy; Gustavo Gamboa, 2002
]]></description>
			<dc:creator>gammboa</dc:creator>
			<dc:date>2003-04-06</dc:date>
			<pubDate>Sun, 06 Apr 2003 04:23:21 UTC</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[Simulador]]></title>
			<link>https://www.loscuentos.net/cuentos/link/373/3731/</link>
			<description><![CDATA[Simulador


From:  jltrevino@hotmail.com
To:  esperanza.garza@yahoo.com.mx
Sent: Monday, June 11, 2002 12:25 PM
Subject: Saludos desde Monterrey


Hola Mam&aacute;:

&iquest;C&oacute;mo has estado? &iquest;C&oacute;mo est&aacute;n mi pap&aacute; y mi hermana? Yo me encuentro muy bien aqu&iacute;, en la Ciudad de Monterrey.

Hace siete d&iacute;as que llegamos Mario y yo. Desde aquel d&iacute;a, el primero, nos enteramos de una exhibici&oacute;n de electr&oacute;nica y computaci&oacute;n que estaba por comenzar en la Macroplaza, entonces decidimos visitarla. Ya sabes, las computadoras son nuestra pasi&oacute;n. En realidad no esper&aacute;bamos que la feria tuviera cosas tan sorprendentes: van desde peque&ntilde;os cid&iacute;s con reproducci&oacute;n de video incre&iacute;bles hasta robots de inteligencia artificial que hacen todo por ti. Lo m&aacute;s sorprendente dentro de la exposici&oacute;n es un simulador de vuelo: es indescriptible la sensaci&oacute;n en cuanto te subes ah&iacute;. Lo trajeron desde Alemania, no recuerdo bien el nombre de la compa&ntilde;&iacute;a pero, te juro es mejor que subirse a un verdadero avi&oacute;n.

Por s&oacute;lo quince d&oacute;lares tienes derecho a cinco minutos de vuelo; as&iacute; puedes disfrutar la sensaci&oacute;n de conducir un avi&oacute;n de guerra. No importa que no sepas volar, no, ni siquiera que alguna vez hayas visto una cabina; ah&iacute; te colocan unos lentes con un casco especial (de realidad virtual), te mencionan algunas leves indicaciones de c&oacute;mo elevarte y comienza el juego. Estas en una especie de cub&iacute;culo que al cerrarlo parece que lo hacen de manera herm&eacute;tica, al menos eso dicen, por aquello de los ruidos y gritos, t&uacute; sabes. Al entrar sientes un fr&iacute;o... mmm, algo diferente; te pones la m&aacute;scara de ox&iacute;geno y te preparas para despegar.

Escuch&eacute; que un morro no sigui&oacute; bien las indicaciones para la colocaci&oacute;n de la m&aacute;scara y muri&oacute; asfixiado al despegar. No importa, son cosas que ocurren.

Yo, por supuesto, segu&iacute; todas las sugerencias. Al despegar es una sensaci&oacute;n &iexcl;s&uacute;per! Sientes c&oacute;mo la presi&oacute;n te oprime las costillas, llegas a pensar que se te van a romper; como en una implosi&oacute;n.
Despu&eacute;s viajas por donde t&uacute; lo prefieras, bosques, selvas, mar, desiertos.

En cierto lugar sale una advertencia de Zona de vuelo bajo su propia responsabilidad. Casi nadie duda en acceder.

Te encuentras en medio de una verdadera batalla de bombarderos. No s&eacute; a qu&eacute; pa&iacute;s representen los enemigos, pero del lugar que sean, s&iacute; saben lo que hacen.

La primera vez que entr&eacute; no dur&eacute; mucho tiempo, le dieron a mi nave y una bala me hiri&oacute; en el brazo; era tan fuerte el dolor que tuve que regresar pero ya no pude llegar hasta la base. Me decid&iacute; por un aterrizaje forzoso y, bueno, no lo s&eacute; hacer bien todav&iacute;a, sufr&iacute; una contusi&oacute;n en el cr&aacute;neo. En ese instante s&oacute;lo sent&iacute; la cabeza como hinchada y mi frente muy caliente; no sent&iacute;a dolor. Uno de mis ojos comenz&oacute; a cubrirse por una nube roja y &aacute;cida, entonces supe que algo malo hab&iacute;a pasado. Es que... todo es tan real. Se apagaron los sistemas, baj&eacute; de la nave y en realidad estaba sangrando mucho, tanto de la cabeza como del brazo. Lo bueno es que los organizadores de la exposici&oacute;n piensan en todo. Apenas sales del simulador hay dos m&eacute;dicos con enfermeras esper&aacute;ndote; me llevaron a un hospital y ah&iacute; me extrajeron la bala y curaron la herida en mi cabeza &iexcl;sin costo extra!

La segunda ocasi&oacute;n ya casi hab&iacute;a terminado con los enemigos. Pero los malditos, los dos &uacute;nicos que quedaban, hicieron tales maniobras... Lograron atacarme uno por la derecha y otro por la izquierda al mismo tiempo, una bala me dio en el ojo, dicen los m&eacute;dicos que ya es imposible salvarlo; no importa. Derrib&eacute; a cuatro de ellos y la pr&oacute;xima vez los derribar&eacute; a todos.

Dicen los due&ntilde;os del simulador que yo soy uno de los mejores, hay otros que no han tenido tanta suerte. Me platicaron de un piloto que desde su primer viaje le deshicieron su avi&oacute;n. Le amputaron el brazo derecho pues recibi&oacute; diecis&eacute;is balas, tiene quemaduras graves en la cara y en el cuerpo. Pero no hay nada de qu&eacute; preocuparse mam&aacute;. Los m&eacute;dicos aseguran que s&iacute; se salva. 

Tambi&eacute;n hay gente que peca de cobarde y no se mete a pelear con los bombarderos. No los entiendo, si no entras &iquest;d&oacute;nde est&aacute; la diversi&oacute;n?
Ma&ntilde;ana es el &uacute;ltimo d&iacute;a de la exposici&oacute;n y creo que no podr&eacute; asistir, aunque tengo much&iacute;simas ganas.
Lo que pasa es que hoy en la noche es el funeral de Mario, mi amigo, y ma&ntilde;ana lo entierran. Los malditos lo cercaron en una zona llena de altas monta&ntilde;as, dicen que hab&iacute;a mucha tempestad, tal vez por eso no vio que ten&iacute;a enfrente un est&uacute;pido cerro. Se estrell&oacute;. Muri&oacute; instant&aacute;neamente. Al menos creo que no sufri&oacute;. Los m&eacute;dicos entraron inmediatamente al simulador. Yo estaba afuera y desde que abrieron las puertas lo vi casi deshecho, muy chamuscado. Algo se hizo lento dentro de m&iacute; y el tiempo de los relojes comenz&oacute; a correr r&aacute;pido. Sent&iacute; en la boca del est&oacute;mago un alfiler que me atravesaba y un sabor amargo en todo mi cuerpo. Quise gritarle &iexcl;Mario! pero la voz no me sali&oacute;; se qued&oacute; muerta igual que &eacute;l. Los m&eacute;dicos quisieron quitarle los cinturones de seguridad y la ropa pero no pudieron, todo estaba adherido a su piel. Corr&iacute;, sin tener conciencia de lo que hac&iacute;a y lo abrac&eacute;. Nadie me lo prohibi&oacute;. Entonces supe que no hab&iacute;a nada m&aacute;s que hacer. Llor&eacute; un poco en silencio y le susurr&eacute; al o&iacute;do que me vengar&iacute;a.

Si ma&ntilde;ana no puedo estar all&aacute;, en la exposici&oacute;n, juro que el otro a&ntilde;o los derribar&eacute; a todos. Aunque dicen que no me debo arriesgar porque no es lo mismo manejar con un solo ojo. No importa. Por Mario juro que lo har&eacute;.

Te quiero mucho y espero verte pronto. Un abrazo.
Jos&eacute; Luis.






Gustavo Gamboa
]]></description>
			<dc:creator>gammboa</dc:creator>
			<dc:date>2003-04-06</dc:date>
			<pubDate>Sun, 06 Apr 2003 17:26:25 UTC</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[Cristobal]]></title>
			<link>https://www.loscuentos.net/cuentos/link/373/3732/</link>
			<description><![CDATA[Crist&oacute;bal


En ese ata&uacute;d, limpio y brillante como todo lo viejo, estuvo enterrado Crist&oacute;bal por muchos a&ntilde;os. Durante el tiempo que se gest&oacute; bajo tierra su familia lo visit&oacute; en el pante&oacute;n Jardines de la Esperanza. Al principio era s&oacute;lo una o dos veces al a&ntilde;o; conforme se acerc&oacute; la noche de su velorio, las visitas se hicieron m&aacute;s constantes hasta convertirse a tres o cuatro veces por mes.

Lo velaron en una de las capillas ardientes de los funerales Ram&iacute;rez, esas peque&ntilde;as e inc&oacute;modas en la Calzada de Tl&aacute;lpan. Aquella noche, Celia, la madre de Crist&oacute;bal, estuvo incontrolable: se ve&iacute;a inundada de cierta ansiedad silenciosa; con el Jes&uacute;s en la lengua. Ni siquiera Samuel, su esposo, pudo tranquilizarla.

Celia ten&iacute;a el nerviosismo de la primera vez, repasaba aquella noche en la que su primer hijo muri&oacute; al salir de la caja y nadie pudo hacer nada. Su cabello entrecano se ve&iacute;a revuelto, sus peque&ntilde;os ojos como cristales se entristec&iacute;an con el correr de los minutos, sus manos, flacas y tr&eacute;mulas, no encontraban ning&uacute;n lugar d&oacute;nde posarse. Celia a&uacute;n se nota joven, dijeron algunos familiares, aquellos que s&oacute;lo se aparecen cada dos o cuatro a&ntilde;os y que perciben los cambios m&iacute;nimos para comentarlos con toda la familia. Mientras, Celia rogaba de manera insistente a Dios y a la Guadalupana para que Crist&oacute;bal llegara con bien. El Ave Mar&iacute;a se repiti&oacute; en sus labios y se form&oacute; difuso, como un canto lejano, igual al humo que volaba por toda la habitaci&oacute;n, iluminada con cuatro velas como custodios infranqueables del ata&uacute;d de Crist&oacute;bal. 

Conforme avanzaron los minutos, despu&eacute;s las horas, la madera de f&eacute;retro gan&oacute; brillantez y perdi&oacute; los rasgu&ntilde;os tan propios de lo nuevo. Las cortinas de terciopelo en la capilla permanec&iacute;an cerradas y eso le otorg&oacute; un tono de tibieza al lugar, que se hizo acorde con aquel mes de julio. Buen mes para nacer, deliberaron las parientes de Puebla. Celia, a la mitad del velorio, conservaba a&uacute;n algunas patas de gallo, s&iacute;mbolo de una juventud ya distante, dijeron las primas de C&oacute;rdoba junto con el t&iacute;o Eustaquio. Sus arrugas, tan vanidosamente cuidadas, fueron desvanecidas por una goma invisible y cruel del tiempo: la angustia del momento le provoc&oacute; dar la imagen de ser unos cinco o seis a&ntilde;os m&aacute;s vieja. 

En el velatorio, las oraciones repetidas formaron un velo que tranquiliz&oacute; el &aacute;nimo de Celia; siete horas despu&eacute;s, la ansiedad gan&oacute; la batalla y la derrumb&oacute;, despu&eacute;s contagi&oacute; a los asistentes, por lo que los ojos de algunos fueron rotos por l&aacute;grimas.

Dios te salve Mar&iacute;a, llena eres de gracia... el humo de las voces repetidas llenaba el ambiente pero la incertidumbre en el alma de Celia se hac&iacute;a m&aacute;s profunda.

Santa Mar&iacute;a, madre de Dios, ruega se&ntilde;ora por &eacute;l... Los minutos nunca se detuvieron. La espera ya hab&iacute;a sido demasiado larga. M&aacute;s de ocho horas rezando y esperando la llegada de Crist&oacute;bal. 

El doctor dijo que pod&iacute;a haber problemas pero nunca mencion&oacute; que se fuera a tornar tan largo. Ese muchacho piensa llegar hasta el amanecer, dijo el t&iacute;o Eustaquio acariciando la cabeza de Celia como para serenarla.

...ruega se&ntilde;ora por &eacute;l y por nosotros los pecadores... &iexcl;Mi hijo no llega Se&ntilde;or! grit&oacute; Celia suplicante mientras derramaba una nueva l&aacute;grima frente a la imagen de Jesucristo crucificado. Esa misma ansiedad es la que sinti&oacute; en el velorio de Samuelito, su hijo muerto, pero aquella noche nadie le crey&oacute; y dejaron pasar el tiempo hasta su deceso.

Justo en la &uacute;ltima campanada que anunci&oacute; las doce de la noche la caja comenz&oacute; abrirse. Uno de los descarnados brazos de Crist&oacute;bal empuj&oacute; insistente mientras las oraciones bajaron su intensidad, hasta que toda la capilla se qued&oacute; en silencio.

&iexcl;Crist&oacute;bal... mijo! Celia grit&oacute; de manera ahogada. Un par de doctores se acercaron a Crist&oacute;bal para ayudarle a salir de la caja. Vamos Crist&oacute;bal, tu madre est&aacute; ansiosa por conocerte, le dijo un m&eacute;dico con una sonrisa suave, como de luna menguante. &Eacute;l apenas pudo balbucear un sinsentido mientras manos curiosas se acercaron para tocarlo. Se relegaron las l&aacute;grimas. &Eacute;l se incorpor&oacute; tambaleante, sus brazos flacos y sus manos tr&eacute;mulas indicaban s&iacute;ntomas de una posible artritis, tal vez parkinson, dijo el doctor mientras una enfermera le arreglaba el saco al reci&eacute;n llegado, Celia le relami&oacute; el cabello, totalmente cano, y le quit&oacute; de la cara los restos de una larva que a&uacute;n sobreviv&iacute;a la composici&oacute;n de su carne. Los ojos de Crist&oacute;bal, a&uacute;n cerrados, estaban en medio de surcos profundos y una piel amarilla.

Todos felicitaban a Celia y le daban palmaditas de bienvenida al nuevo. Fueron minutos de alegr&iacute;a. Mientras tanto, los trabajadores de los funerales Ram&iacute;rez trasladaron la caja para desarmarla y conducirla a su destino final: un enorme &aacute;rbol, un frondoso roble azul.

Con el tiempo, Crist&oacute;bal fue oscureciendo el tono de su cabello. En veinticinco a&ntilde;os perdi&oacute; casi todas sus canas y por m&aacute;s que intent&oacute; lo contrario, las arrugas comenzaron a consumirse en el recuerdo. C&oacute;mo te ves acabado, le dijeron las primas de C&oacute;rdoba, las mismas que a&uacute;n usaban velos en la cara, gruesos mallones, blusas gris&aacute;ceas de manga larga y grandes faldas, como si la sensualidad fuera eterna. Celia ya no ten&iacute;a ning&uacute;n rastro de arrugas, su cabello largo ya era de color negro, sedoso; media cinco cent&iacute;metros menos que la noche del velorio de Crist&oacute;bal, era mucho m&aacute;s delgada y comenzaban a dejarse ver algunos barros en su cara. Estoy muy vieja se dec&iacute;a entre l&aacute;grimas depresivas.

Crist&oacute;bal se cas&oacute;, con Aurora, una mujer tan joven que a&uacute;n conservaba su boca sin dientes, sus dedos deformes y descarnados; la artritis en sus rodillas. Despu&eacute;s de la boda los d&iacute;as pasaron uno igual al otro. Los a&ntilde;os corr&iacute;an lentos, mon&oacute;tonos. Mam&aacute;, quiero que me acompa&ntilde;es al pante&oacute;n, le dijo Crist&oacute;bal a Celia una ma&ntilde;ana casi como cualquier otra. Celia, con su sonrisa desganada, acept&oacute; maquillarse los granos de la frente y bajo el p&oacute;mulo, se compr&oacute; un vestido una talla m&aacute;s chica y unos zapatos nuevos.

Llegaron al pante&oacute;n y se situaron frente a una l&aacute;pida gris, despintada, escarapelada: muy nueva. Mira mam&aacute;, &eacute;l es Rogelio, dijo Crist&oacute;bal mientras se&ntilde;alaba la l&aacute;pida y sonre&iacute;a. Una l&aacute;grima corri&oacute; por la tersa mejilla de Celia cuando imagin&oacute; c&oacute;mo ser&iacute;a Rogelio, el primer hijo de Crist&oacute;bal.


Gustavo Gamboa
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			<dc:creator>gammboa</dc:creator>
			<dc:date>2003-04-06</dc:date>
			<pubDate>Sun, 06 Apr 2003 17:33:57 UTC</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[Carro&ntilde;a]]></title>
			<link>https://www.loscuentos.net/cuentos/link/373/3733/</link>
			<description><![CDATA[Carro&ntilde;a


No cerr&oacute; los ojos. No me sorprende, siempre fue as&iacute;: me vigil&oacute; en todo momento, cuid&oacute; cada paso, cont&oacute; cada minuto. No pod&iacute;a hacer algo sin que se enterara.

–&iquest;Qu&eacute; haces?

–Nada... s&oacute;lo veo la calle.

–&iquest;Estabas pensando?

–...no.

–&iexcl;Claro que estabas pensando! Como si no te conociera. Ya te dije que dejes de hacerlo, me pones nerviosa. Algo tramas. Ponte a hacer algo provechoso: Dale de comer al minino, mira c&oacute;mo llora porque no ha tragado.

Se convirti&oacute; en una sombra, en mi conciencia. Siempre  con miles de consejos en la lengua para concluir con un, te lo dije, como si lo supiera todo.

Tengo que aceptarlo, un d&iacute;a comenc&eacute; a odiarla. A ella y a ese gato que eran el mismo demonio en distintos cuerpos. Igual de simples, igual de hip&oacute;critas.

–Tr&aacute;eme otra botella que &eacute;sta se acab&oacute;.

–Ya tomaste mucho, es la tercera.

–&iexcl;C&aacute;llate! T&uacute; que sabes si tom&eacute; mucho o no. Me siento bien, s&oacute;lo quiero otra botella.

La casa era oscura, a veces h&uacute;meda. En verano hab&iacute;a goteras a lo largo de todo el techo, en invierno la vivienda era muy fr&iacute;a y yo siempre tuve que dormir desnudo. El calor de la primavera era sofocante pero las ventanas no se abr&iacute;an, Amparo no lo permit&iacute;a. Despu&eacute;s, en verano, regresaban las goteras pero prefiri&oacute; que nadie llegara a arreglarlo. A esos hombres s&oacute;lo les interesa cobrar sin trabajar, mascullaba para s&iacute; misma, adem&aacute;s, no vaya a ser que te quieran hacer algo. 

No le gustaba abrir las cortinas ni las ventanas. Odiaba que me quedara frente a ellas viendo pasar a las personas. Yo a veces lo hac&iacute;a a escondidas pero el nerviosismo en la panza me ganaba y prefer&iacute;a refugiarme en mi guarida junto a la del gato. Algunos d&iacute;as la casa ol&iacute;a a orines pero yo no pod&iacute;a decirlo.

–&iexcl;El gato no se m&iacute;a el suelo! Los gatos m&iacute;an y cagan en su caja; para eso la tienen. T&uacute; has de haber sido. &iexcl;Mira tus pantalones...! &iexcl;Cochino! &iexcl;Te lo dije!



–Dolores, peque&ntilde;o. Ven, acu&eacute;state aqu&iacute; conmigo.

–(...)

–Dolores, peque&ntilde;ito. Ac&eacute;rcate m&aacute;s, &iquest;qu&eacute; no sientes fr&iacute;o? 

Logr&oacute; seducir mis pensamientos y mi tiempo. Mi mente se concentr&oacute; en ella desde el amanecer hasta el ocaso. Mis entra&ntilde;as comenzaron a excitarse cada vez que mi piel la sent&iacute;a cerca, cada vez que su voz se aproximaba a mis o&iacute;dos y me hablaba quedito: suave como una flauta. Mis pensamientos se distorsionaron, varias noches me imagin&eacute; junto a ella en la cama; en mis sue&ntilde;os s&iacute; pod&iacute;a tocarla y ella me tocaba a m&iacute;. Al despertar todo era distinto.

–&iexcl;No me toques! Cochino, qu&eacute; no sabes qui&eacute;n soy. &iexcl;Sucio! b&aacute;jate de la cama. &iexcl;B&aacute;jate de la cama!
Durante el d&iacute;a ella siempre permaneci&oacute; en el cuarto: sin luz, con las cortinas cerradas y sumergida dentro de sus propias ideas.

Nunca me dej&oacute; salir. Me qued&eacute; encerrado en la galera formada de su piel y sus huesos tal como ella se qued&oacute; entre los cristales color &aacute;mbar, vac&iacute;os de ron. Las horas se contaban con botellas. A veces sol&iacute;a romperlas y amenazarme con los vidrios, en otros momentos lloraba con ellas  y platicaba hasta el amanecer como si fueran sus mejores amigas. 

Siempre me dijo que era mejor quedarse dentro. No se sabe qu&eacute; malas intenciones encuentres afuera, dec&iacute;a sin verme a la cara. A trav&eacute;s de la ventana de sus ojos, de los espejos rotos por toda la casa y aquellos instantes frente al ventanal en que me escapaba de su custodia, pude que imaginar c&oacute;mo ser&iacute;a el exterior.

Sol&iacute;a maldecir a todos los hombres que la conocieron antes que yo llegara a su vida: los insultaba por haberse alejado; despu&eacute;s me maldec&iacute;a a m&iacute; por no irme. Me culpaba de que ya nadie se le acercara, de que al verme junto a ella se alejaran. Mira c&oacute;mo me has dejado, dec&iacute;a se&ntilde;alando su cuerpo; despu&eacute;s se ve&iacute;a al espejo y de un golpe intentaba desvanecerlo todo. Lo &uacute;nico que desaparec&iacute;a era su reflejo y el m&iacute;o detr&aacute;s de ella; ambos permanec&iacute;amos ah&iacute;.

La odiaba por ser tan sensual, por provocarme ese infierno desde mis entra&ntilde;as y despu&eacute;s yo me aborrec&iacute;a por guardarlo como un secreto, como algo prohibido. Sus gritos rompieron mis deseos. Me asfixiaba su histeria. Deseaba odiarla. Odiaba desearla.

Me martiriz&oacute; durmiendo desnuda junto a m&iacute;. Nunca me dej&oacute; tocarla pero tampoco me permiti&oacute; dormir en una cama distinta a la suya. Y el gato… ese gato siempre entre nosotros.



Hoy soy yo quien la vigila desde su sill&oacute;n preferido. Desde este lugar alcanzo a ver su imagen tal como ella lo hac&iacute;a conmigo. Es gracioso, parece como si me observara. Puedo escuchar sus frases repiti&eacute;ndose en mi mente y, a&uacute;n, sus labios lanzando las palabras tan filosas como los vidrios que romp&iacute;a en los momentos de recriminarme. Estoy enloqueciendo…



Me pidi&oacute; la toalla cuando termin&oacute; de ba&ntilde;arse en la tina y as&iacute; no tuve que buscar otro pretexto est&uacute;pido para entrar al cuarto de ba&ntilde;o. Abr&iacute; la cortina y ah&iacute; estaba ella: desnuda, con su piel blanca y acuosa. La encontr&eacute; acostada, con los ojos cerrados. Se sent&oacute;, dej&oacute; mostrar sus pechos blancos y selv&aacute;ticos; envueltos en la espuma que no cubr&iacute;a en su totalidad aquellos pezones tan generosos.

Fue ah&iacute; donde la presi&oacute;n de la sangre comenz&oacute; a correr m&aacute;s fuerte por todo mi cuerpo y no pude esconder mi erecci&oacute;n. Ella, con una sonrisa extendi&oacute; su brazo para tomar la toalla y yo la dej&eacute; caer al agua, se moj&oacute; toda...

–&iexcl;Est&uacute;pido! &iexcl;Sab&iacute;a que ibas a hacerlo! &iexcl;Imb&eacute;cil! &iquest;Qu&eacute; no sabes hacer nada? &iexcl;No! si yo siempre supe que eras un pendejo. &iexcl;Mira! ni una toalla sabes dar en la mano. Pero... te... &iexcl;Te lo dije! &iexcl;Te lo dije!

 Al principio mi voz permaneci&oacute; callada mientras mis o&iacute;dos recib&iacute;an el golpe certero de sus labios; s&oacute;lo mis ojos pudieron lanzar un poco del odio acumulado. Esa &uacute;ltima frase, aquel te lo dije, me dio la fuerza para que mis manos cubrieran su cuello. Empez&oacute; a gritar y yo tambi&eacute;n. Sumerg&iacute; su cabeza dentro del agua y su mirada se llen&oacute; de rencor, de un coraje que antes no hab&iacute;a visto: como dici&eacute;ndome que merec&iacute;a morir pero que mi muerte provocar&iacute;a la suya. Una de sus manos alcanz&oacute; mis cabellos mientras la otra enterr&oacute; sus dedos en mis ojos, en mi brazo, en mi cara. Su cuello se escap&oacute; de mis manos y sus dientes alcanzaron mi mano. La mordida arranc&oacute; un pedazo de mi piel. Agarr&eacute; nuevamente su garganta y golpe&eacute; su cabeza en la tina, muchas veces. No paraba de gritar, de decirme imb&eacute;cil, de maldecir mi nombre y mi nacimiento; en ese tono seco, ba&ntilde;ada en l&aacute;grimas pero con aquel filo en el reclamo que congela lo d&eacute;bil y lo transforma en &aacute;spero. Me sumerg&iacute; en el coraje y mi pu&ntilde;o golpe&oacute; su nariz; explot&oacute; en una bomba escarlata y reemplaz&oacute; al color blanco de la tina. Mis dedos se celaron en su garganta y trataron de enterrarse en la piel pero lo &uacute;nico que lograron fue tatuar espacios morados alrededor del cuello. Mis dedos apretaron m&aacute;s y m&aacute;s hasta hundirse totalmente en su carne. Me dedic&oacute; una mirada terminal de resentimiento, de repugnancia, de hast&iacute;o. La &uacute;ltima en su estado vivo; la misma que a&uacute;n cargo en mi recuerdo. 

Por la ventana del cuarto de ba&ntilde;o pod&iacute;an verse las estrellas brillando, radiantes como sus ojos muertos, abiertos todav&iacute;a; brillantes y claros como el agua que goteaba despacio, tan despacio que pod&iacute;a seguir su camino al sumergirse en el rojo de la tina. Su piel se torn&oacute; morada y las u&ntilde;as que ya se hab&iacute;an enterrado en mi carne perdieron fuerza hasta convertirse en nada.



Ya han pasado tres d&iacute;as desde aquel momento. Su cuerpo a&uacute;n flota en el agua; cada vez se infla m&aacute;s y parece que va a reventar. La pared, sostiene todav&iacute;a, de manera c&oacute;mica, su brazo hinchado como pidiendo la palabra. Su mirada brillante se&ntilde;ala a donde quiera que voy y el hedor es m&aacute;s insoportable.

Hoy puedo sentarme en su sill&oacute;n preferido. Supongo que le hice un favor.



Todo lo que me queda es agradecerte, Amparo. T&uacute; me diste la vida. &iquest;Miserable? No importa. Nadie es perfecto.

–&iexcl;Sal, maldito gato! Hip&oacute;crita...

Mira Amparo: sus garras y su hocico llenos de sangre. No te preocupes, no dejar&eacute; que se coma el otro ojo ni la lengua que ya empez&oacute; a mordisquear. Aprovecha en las noches cuando duermo y el est&uacute;pido... &iexcl;c&iacute;nico! se relame los bigotes ba&ntilde;ados en sangre.


Gustavo Gamboa
]]></description>
			<dc:creator>gammboa</dc:creator>
			<dc:date>2003-04-06</dc:date>
			<pubDate>Sun, 06 Apr 2003 17:38:33 UTC</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[H&uacute;medo]]></title>
			<link>https://www.loscuentos.net/cuentos/link/375/3753/</link>
			<description><![CDATA[H&uacute;medo


Durante la noche se hizo presente y dispuso que todos participaran de su llegada. Mand&oacute; llamar al granizo y a los truenos. Arreci&oacute;. La gente se sinti&oacute; envuelta en un fantasma denso de incertidumbre; un miedo gris y fr&iacute;o ahog&oacute; la ciudad. 

A la ma&ntilde;ana siguiente una gota cay&oacute;, desde la peque&ntilde;a hoja de un arbusto, hasta un charco de agua sucia.


Gustavo Gamboa
]]></description>
			<dc:creator>gammboa</dc:creator>
			<dc:date>2003-04-07</dc:date>
			<pubDate>Mon, 07 Apr 2003 03:33:48 UTC</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[Sed]]></title>
			<link>https://www.loscuentos.net/cuentos/link/375/3754/</link>
			<description><![CDATA[Sed

Despert&eacute; con la sensaci&oacute;n de que hab&iacute;an transcurrido a&ntilde;os. Ten&iacute;a sed. Hice a un lado las cobijas para poner los pies en tierra. No sent&iacute; el suelo. Camin&eacute; con lentitud cuidando de recargar todo el peso del cuerpo sobre mis piernas. Cruc&eacute; la puerta y, frente a ella, un espejo me invit&oacute; a rememorar. &iexcl;Aja! exclam&eacute; asombrado y di un paso atr&aacute;s cuando vi la imagen del fondo. &iexcl;Aja! Grit&oacute; burl&oacute;n el fantasma y dio un paso atr&aacute;s alej&aacute;ndose del espejo. Despu&eacute;s, invadido por una sed ansiosa y un desgano perenne, sigui&oacute; su camino a trav&eacute;s de un pasillo tan muerto y sucio como el m&iacute;o.

Gustavo Gamboa


]]></description>
			<dc:creator>gammboa</dc:creator>
			<dc:date>2003-04-07</dc:date>
			<pubDate>Mon, 07 Apr 2003 03:41:26 UTC</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[Paciencia]]></title>
			<link>https://www.loscuentos.net/cuentos/link/375/3755/</link>
			<description><![CDATA[Paciencia

Intent&oacute; ver. Una negra densidad llen&oacute; su vista. Quiso incorporarse pero not&oacute; que nada en su cuerpo se mov&iacute;a. Se concentr&oacute; en un dedo. Pasaron minutos sin que nada sucediera. No muy lejos, escuchaba rezos, difusos como el humo, llantos y luego silencio. Sinti&oacute; el transcurrir de las horas y los d&iacute;as. Una voz familiar apareci&oacute; de repente y se ausent&oacute; as&iacute;, como a escondidas. Una ara&ntilde;a, lo supo por las muchas patas, jug&oacute; en su nariz, se pase&oacute; sobre los ojos; &eacute;l no dijo nada. Es un sue&ntilde;o, pens&oacute;. Entonces intent&oacute; gritar pero ni su garganta ni los labios respondieron. Quiso llorar pero sus ojos no lagrimaron. Las semanas sucedieron a los d&iacute;as. Intentaba moverse. De concentrarse en un dedo cambi&oacute; a dos y luego a cuatro, despu&eacute;s fueron siete y al final todos. Nada ocurri&oacute;. Trat&oacute; se sentarse sin lograrlo. Frente a &eacute;l un reflejo opaco lo retaba a moverse, a salir del sue&ntilde;o. Un gusano cosquille&oacute; desde dentro de su nariz y avanz&oacute; hasta la garganta, algunos otros jugaban en su cuello y su abdomen. Sinti&oacute; el pasar de los meses y los a&ntilde;os. Su cuerpo ya era un tejido flaco pero lo intent&oacute;; hasta que la ausencia de la carne lo cans&oacute; de hacerlo.


Gustavo Gamboa
]]></description>
			<dc:creator>gammboa</dc:creator>
			<dc:date>2003-04-07</dc:date>
			<pubDate>Mon, 07 Apr 2003 03:46:42 UTC</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[Torero]]></title>
			<link>https://www.loscuentos.net/cuentos/link/375/3756/</link>
			<description><![CDATA[Torero

Estaba solo otra vez. Por segunda ocasi&oacute;n, era el centro de miles de miradas que no lo soltaban ni un segundo. Su memoria le trajo a la cabeza el recuerdo de aquel primer domingo glorioso en la Plaza M&eacute;xico partiendo plaza con el Juli y el Zotoluco. La nostalgia siempre llegaba en los instantes cruciales de su vida. Pap&aacute; siempre me quiso ver vestido de luces, pens&oacute;, y me oblig&oacute; a cambiar el oficio de escritor por el de torero. Aquella tarde se consum&oacute; en oreja y rabo.

De regreso al presente, sinti&oacute; pena por el animal al tiempo que cambi&oacute; el ayudado por el estoque. Despu&eacute;s, se&ntilde;al&oacute; al toro y se tir&oacute; a matar. Antes que el animal lo embistiera, su &eacute;tica se desbarrancaba en un desfiladero de reproches. Nunca estuvo de acuerdo con las corridas. Esto va dedicado a ti, pap&aacute;, grit&oacute; con voz ahogada. El filo del estoque reban&oacute; el pescuezo y algunos &oacute;rganos m&aacute;s abajo; cumpli&oacute; con su trabajo. Cay&oacute;. La plaza completa se puso en pie.

Silencioso y olvidado, el toro regres&oacute; al establo sin saber que el torero hab&iacute;a cambiado su destino.


Gustavo Gamboa
]]></description>
			<dc:creator>gammboa</dc:creator>
			<dc:date>2003-04-07</dc:date>
			<pubDate>Mon, 07 Apr 2003 03:54:16 UTC</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[Egofobia]]></title>
			<link>https://www.loscuentos.net/cuentos/link/375/3757/</link>
			<description><![CDATA[Egofobia

En el sue&ntilde;o se sinti&oacute; perseguido y corri&oacute; hasta quedar exhausto. Se detuvo a respirar. Gir&oacute; y vio la cara de su cazador en franca actitud de amenaza. Entonces despert&oacute;.

Estaba empapado de sudor. Decidi&oacute; refrescarse un poco. Se levant&oacute; de la cama, pas&oacute; frente al espejo y mir&oacute; la imagen. &iexcl;Pinche puto!, grit&oacute; al verlo. Era el mismo del sue&ntilde;o. El coraz&oacute;n comenz&oacute; a latirle acelerado. Lo quiso golpear pero, al hacerlo, s&oacute;lo escuch&oacute; un estruendo de vidrios proyect&aacute;ndose contra el suelo. Tom&oacute; su arma. Le apunt&oacute; pero aquel hab&iacute;a desaparecido. Decidi&oacute; buscarlo por todo el departamento y lo encontr&oacute; en el ba&ntilde;o, el sicario le apuntaba con un arma igual a la suya y el rostro, empapado de sudor, proyectaba el mismo miedo, una fobia casi enferma. No te voy a dar el gusto de matarme, le dijo nervioso. Empez&oacute; a temblar por la idea que roz&oacute; su pensamiento. Le cost&oacute; trabajo meter el ca&ntilde;&oacute;n en su boca. Dispar&oacute;.


Gustavo Gamboa
]]></description>
			<dc:creator>gammboa</dc:creator>
			<dc:date>2003-04-07</dc:date>
			<pubDate>Mon, 07 Apr 2003 04:14:55 UTC</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[El bulto]]></title>
			<link>https://www.loscuentos.net/cuentos/link/380/3802/</link>
			<description><![CDATA[El bulto

-No creo que siquiera imagines la gravedad del problema. Cada d&iacute;a me alcanza menos y t&uacute; comes m&aacute;s, hasta un vegetal es m&aacute;s funcional que t&uacute;. 

-&iquest;Tu crees que yo estoy haci&eacute;ndome pendejo? &iexcl;No! Estoy tratando de conseguir una salida, una alternativa... 

Humberto continu&oacute; gritando. Ten&iacute;a seis meses sin trabajo y su mujer le sugiri&oacute; que se hab&iacute;a convertido en una carga, un bulto. 

-Entonces no comas... mucho ayuda el que no estorba -termin&oacute; ella y le dio la espalda. 

Humberto, desde aquel d&iacute;a, dej&oacute; de comer y se enterr&oacute; en el jard&iacute;n como un &aacute;rbol. En sus peticiones post mortem pidi&oacute; ser regado y podado, igual que una planta, al cuidado perenne de su esposa.

Gustavo Gamboa
]]></description>
			<dc:creator>gammboa</dc:creator>
			<dc:date>2003-04-08</dc:date>
			<pubDate>Tue, 08 Apr 2003 05:08:31 UTC</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[Metacuento]]></title>
			<link>https://www.loscuentos.net/cuentos/link/380/3803/</link>
			<description><![CDATA[Metacuento

El escritor, frente a una hoja en blanco, busc&oacute; en su memoria aquella idea que por la ma&ntilde;ana lo hab&iacute;a estremecido, la misma que le hizo enchinar la piel. Este ser&aacute; un cuento perfecto, pens&oacute;, tiene que ser meta literatura, no puede ser de otra manera. 

Entonces escribi&oacute;: “Decid&iacute; matarlo. Lo hice con una daga. Lo tom&eacute; por la espalda y enterr&eacute; el filo en la suavidad de su carne. Perfor&eacute; su pulm&oacute;n y cay&oacute; casi tan lento como su propia sangre que escurr&iacute;a a cuenta gotas desde las costillas hasta la parte m&aacute;s baja de su espina dorsal. Ni siquiera not&oacute; el sue&ntilde;o que le provocaba el vac&iacute;o”. Apenas termin&oacute; de apuntar, sinti&oacute; un dolor agudo en su espalda. El sangrado era ya muy avanzado y la respiraci&oacute;n se le hizo dificultosa. Muri&oacute; a los pocos segundos de dejarse caer. Ni siquiera le dio tiempo de sacar la pluma que, de manera dolorosa, qued&oacute; encajada en su pulm&oacute;n.

Gustavo Gamboa
]]></description>
			<dc:creator>gammboa</dc:creator>
			<dc:date>2003-04-08</dc:date>
			<pubDate>Tue, 08 Apr 2003 05:11:25 UTC</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[Angustia]]></title>
			<link>https://www.loscuentos.net/cuentos/link/380/3804/</link>
			<description><![CDATA[Angustia

Pens&oacute; en la muerte como algo antinatural, atormentado. Ella le tem&iacute;a al dolor e imagin&oacute; que la espera de su &uacute;ltimo momento ser&iacute;a un martirio.

Cosech&oacute; angustias en cada uno de sus d&iacute;as; contaba los minutos, las horas que llevaba viva al tiempo que calculaba cu&aacute;ndo llegar&iacute;a su momento.

No me va a tomar por sorpresa, se dijo. Entonces, la incertidumbre se convirti&oacute; en una soga que le puso fin a la espera.

Gustavo Gamboa
]]></description>
			<dc:creator>gammboa</dc:creator>
			<dc:date>2003-04-08</dc:date>
			<pubDate>Tue, 08 Apr 2003 05:14:19 UTC</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[Contraflujo]]></title>
			<link>https://www.loscuentos.net/cuentos/link/380/3805/</link>
			<description><![CDATA[Contraflujo


	Alberto sube las escaleras con lentitud. Le es dif&iacute;cil respirar. El ambiente tiene un aire sucio, pesado. El reloj marca las doce y media de la noche y Alberto clava su mirada en las manecillas, se queda as&iacute; unos instantes. Imagina lo que podr&iacute;a estar haciendo en casa, a esa misma hora. Bosteza intentando proyectar indiferencia. Despu&eacute;s, regresa al escritorio para despedirse de sus cosas y salir de la oficina. Quiere irse y al mismo tiempo no. Ya no hay nada qu&eacute; hacer en el trabajo pero, en realidad, ya no tiene un sitio a d&oacute;nde llegar.

	Aborda el autom&oacute;vil. Arranca el motor. Recorre algunas cuadras y piensa un poco en su esposa, la echa de menos. 

–A pesar de que te veo siempre –dijo Estela una noche–, a veces pienso que eres extraterrestre. Cada d&iacute;a me siento m&aacute;s ajena de ti –termin&oacute; su sentencia y lo enfrent&oacute; con la mirada; su mirada &aacute;spera, tan profunda, tan de ella. 

Hace un par de meses que la vida de Alberto se ahog&oacute; en la melancol&iacute;a. Apenas cumpli&oacute; treinta a&ntilde;os, comenz&oacute; a reprocharse todas sus metas frustradas. &Eacute;l quer&iacute;a dedicarse a pintar y nunca se dio tiempo para ello; culp&oacute; al matrimonio. Estela no me entiende, se dice mientras avanza por la avenida insurgentes, a sus veinticinco a&ntilde;os todav&iacute;a piensa en fiestas y desmadres, yo ya no quiero eso, ya no me interesa ver a los  amigos, como consuelo de fin de semana, ni seguir en la mon&oacute;tona vida de oficinista. Entonces, la &uacute;nica salida que encontr&oacute; Alberto fue el silencio. Piensa en eso al tiempo que acelera a fondo. Los edificios iluminados de luz artificial se reflejan en sus ojos; los imagina en un lienzo. Comienza a sudar.

–Es que nunca tienes tiempo para m&iacute; –grit&oacute; Estela y aquella voz fue una espada cortando el aire –todo el tiempo estas en el trabajo, desde la ma&ntilde;ana hasta la madrugada. Y yo aqu&iacute; como idiota esperando a ver a qu&eacute; hora te acuerdas de m&iacute;. &iquest;Qu&eacute; piensas que soy un mueble?... 

&Eacute;l guard&oacute; silencio. Pens&oacute; que era lo mejor.

La aguja del veloc&iacute;metro gira en forma vertiginosa. Cien, ciento cuarenta, ciento sesenta. Los sem&aacute;foros y las esquinas desaparecen de su vista. Alberto, apenas alcanza a ver hilos rojos de peque&ntilde;as luces que se quedan atr&aacute;s en segundos. El perif&eacute;rico est&aacute; cerca y decide entrar. Disminuye la velocidad. Hay pocos coches circulando a esa hora. 

–Estela –dijo Alberto una tarde cuando la encontr&oacute; comprando cosm&eacute;ticos– &iquest;No entiendes que las deudas engordan? Que es necesario reducir los gastos... 

–Contigo siempre es lo mismo –replic&oacute; ella–, siempre quieres vivir rodeado de pobreza... desde que nos casamos s&oacute;lo me has dado miserias –la frase le lleg&oacute; como el filo de una navaja, pero esta vez no rebanaba el aire, sino su orgullo.

El coraje se le desborda desde los poros de la piel cuando su memoria reproduce la voz de Estela, en el mismo tono de aquella tarde. Alberto siente ganas de golpear un &aacute;rbol hasta hacerlo escupir labios pintados de rojo. Est&aacute; empapado de sudor. Grita de rabia al tiempo que cierra los p&aacute;rpados a presi&oacute;n y frena el autom&oacute;vil. Golpea el volante. El resto de la ciudad est&aacute; en silencio; el bendito silencio, piensa.

Alberto abre los ojos y respira profundo. Se estremece por la idea que acaricia su cabeza; entonces, gira el volante a todo lo que da y da vuelta en u para avanzar en contraflujo. Acelera. A la una de la ma&ntilde;ana la ciudad est&aacute; vac&iacute;a, dice justific&aacute;ndose antes de cualquier serm&oacute;n. Un veh&iacute;culo se le enfrenta con las luces altas; pasa a un lado y se sigue de largo. El claxon se escucha distorsionado, lejano.

–&iexcl;Si quieres largarte hazlo, pero no vuelvas a esta casa! –grit&oacute; ella desesperada, en la ma&ntilde;ana de ese mismo d&iacute;a–. Me siento sola, contigo o sin ti. &iexcl;No quiero mirarte otra vez! –termin&oacute; mientras le daba la espalda a su esposo. 

&Eacute;l, sin decir nada, tom&oacute; sus libros, sus discos y se fue. Pidi&oacute; permiso para dormir en la oficina pero no se lo otorgaron. Entonces no supo qu&eacute; hacer.

Alberto sonr&iacute;e con despecho, con iron&iacute;a. Mira el veloc&iacute;metro que marca ciento sesenta kil&oacute;metros por hora. Sube la vista y contempla un nuevo par de luces blancas, se&ntilde;alando, lastimando la mirada a los lejos. Se aferra al volante y una gota de sudor se le desborda desde la nuca hasta la espalda. Alberto pisa el acelerador. El autom&oacute;vil contrario parece no detenerse. &Eacute;l, frunce el ce&ntilde;o y se concentra en la l&iacute;nea central. Un rechinido de llantas lo hace girar el volante, frenar y cubrirse el cuerpo con los brazos; todo es instinto. 

Humo, ruido, incertidumbre; todo, mezclado con el olor a llanta quemada, inunda el ambiente desde afuera. Despu&eacute;s del esc&aacute;ndalo regresa el silencio. A Alberto no le ocurri&oacute; nada, ni un rasgu&ntilde;o. El otro conductor no tuvo tanta suerte: el auto dio un par de vueltas y se proyect&oacute; contra la pared. Alberto se siente vivo. Necesitaba adrenalina para calmar su enojo. Piensa que separarse de su esposa no es motivo suficiente para morir. Entonces, respira profundo y enciende su veh&iacute;culo. Da vuelta y una nueva idea inunda su cabeza. 

No tiene que tocar el timbre porque a&uacute;n conserva las llaves. Despierta a Estela aunque ya pasan de las dos de la ma&ntilde;ana. El cabello enmara&ntilde;ado de su esposa y los ojos entrecerrados no le opacan su natural belleza. La misma gracia que deslumbr&oacute; a Alberto desde las primeras veces que la vio. &Eacute;l, nervioso, se sumerge en aquella mirada a contraflujo que le recrimina ausencia, desgano; la siente acercarse a m&aacute;s de doscientos kil&oacute;metros por hora. Sonr&iacute;e y Estela contesta esa mueca con otra igual.  Despu&eacute;s, en silencio, Alberto la abraza por la espalda y se sumerge en el olor de sus cabellos para compartir los sue&ntilde;os frustrados, su melancol&iacute;a eterna.



Gustavo Gamboa
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			<dc:creator>gammboa</dc:creator>
			<dc:date>2003-04-08</dc:date>
			<pubDate>Tue, 08 Apr 2003 05:18:57 UTC</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[La se&ntilde;al que desde la ventana, viaja en medio de un bloque helado de aire que exhalan tus pulmones e inhalan los m&iacute;os, esa que promete todo.]]></title>
			<link>https://www.loscuentos.net/cuentos/link/385/3852/</link>
			<description><![CDATA[







Y no lleva nada.






Gustavo Gamboa
]]></description>
			<dc:creator>gammboa</dc:creator>
			<dc:date>2003-04-09</dc:date>
			<pubDate>Wed, 09 Apr 2003 04:00:35 UTC</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[Teresa]]></title>
			<link>https://www.loscuentos.net/cuentos/link/188/18876/</link>
			<description><![CDATA[Teresa


–La fiesta ser&aacute; una bomba, g&uuml;ey –dijo Rub&eacute;n al tel&eacute;fono–. S&iacute;, no mames, con los de Guillotina todos quedar&aacute;n muertos. Claro, ser&aacute; hasta morir, g&uuml;ey. Neta.

Desde la sala, Teresa escuchaba la conversaci&oacute;n de su hermano al tiempo que, con control en mano, cambiaba una y otra vez los canales de la televisi&oacute;n. Sus tres a&ntilde;os no estaban como para soportar tantos programas de gente grande pero, desde d&iacute;as atr&aacute;s y por razones desconocidas, el televisor dej&oacute; de sintonizar los canales infantiles. Eso fue despu&eacute;s de que mam&aacute; y pap&aacute; le dijeron que pasaba demasiado tiempo frente al aparato. Pero hoy no estaban y Teresa pod&iacute;a disfrutar de la compa&ntilde;&iacute;a de aquella caja que dec&iacute;a tantas cosas. Muchas inentendibles y, desde que desaparecieron los canales para ni&ntilde;os, casi siempre aburridas.

En la pantalla del televisor hab&iacute;a im&aacute;genes de gente vestida de manera chistosa, todos armados de grandes tenedores o palos. Amontonados, lanzaban improperios en contra del rey. Adem&aacute;s, se escuchaba una voz mon&oacute;tona que explicaba la importancia del papel de las guillotinas durante la revoluci&oacute;n francesa y, con lujo de detalle, recreaba los &uacute;ltimos instantes en la vida de Luis XVI. Aquel d&iacute;a termin&oacute; en una fiesta para el pueblo franc&eacute;s, en especial para los llamados jacobinos, concluy&oacute; el narrador en close off mientras la c&aacute;mara enfocaba la cabeza reci&eacute;n cortada del rey al rodar en un suelo batido en sangre.

Teresa cambi&oacute; de canal y el aparato sintoniz&oacute; el Discovery Channel. Ahora, un documental a manera de conmemoraci&oacute;n de los cincuenta y ocho a&ntilde;os de la explosi&oacute;n en Nagasaki (Teresa se pregunt&oacute; qu&eacute; era eso) se regodeaba con un an&aacute;lisis sobre la explosi&oacute;n y los efectos que &eacute;sta tuvo para el pueblo y la isla japonesa. Un enorme hongo de humo aparec&iacute;a en la pantalla movi&eacute;ndose en c&aacute;mara lenta mientras los expertos calculaban el di&aacute;metro de la explosi&oacute;n y comparaban la ciudad antes y despu&eacute;s del suceso. Teresa apag&oacute; el televisor. Rub&eacute;n cruz&oacute; la sala con una revista en la mano y ella y decidi&oacute; seguirlo. No sab&iacute;a por qu&eacute;, s&oacute;lo le gustaba estar cerca de su hermano. Lo alcanz&oacute; cuando entraba al estudio de pap&aacute;. &Eacute;l la mir&oacute; con fastidio al tiempo que tomaba unas botellas del librero -aquel que ella pensaba intocable, lo hab&iacute;a aprendido despu&eacute;s de muchos rega&ntilde;os y l&aacute;grimas de por medio- y hojeaba esa revista llena de im&aacute;genes con muchachas de torsos desnudos y grandes pechos. Teresa sonri&oacute;; admiraba a su hermano.

–Se palecen mam&aacute; cuondo ma&ntilde;amos juntazz –dijo Teresa sin deshacer la sonrisa de su cara.

–Qu&iacute;tate de aqu&iacute;, ni&ntilde;a –contest&oacute; Rub&eacute;n y la hizo a un lado con aquella mano que cubr&iacute;a por completo el rostro de la peque&ntilde;a. &Eacute;l sali&oacute; del cuarto de estudio y ella permaneci&oacute; detr&aacute;s, como una sombra. Sigui&oacute; los pasos de su hermano un par de minutos. Se sent&iacute;a segura y c&oacute;moda con &eacute;l. Rub&eacute;n, despu&eacute;s de recorrer los cuartos, de entrar y salir dos o tres veces de cada habitaci&oacute;n grit&oacute; &iexcl;Ya!, mir&aacute;ndola a los ojos y con la impaciencia desbord&aacute;ndose por sus poros de manera salada. Entonces corri&oacute; hasta salir de la casa. Detr&aacute;s de &eacute;l la puerta se azot&oacute; con un ruido tan estruendoso como el de una explosi&oacute;n. Teresa imagin&oacute; que un hongo de humo se formaba por encima de la casa.

Despu&eacute;s de quedarse algunos minutos mirando a la puerta, rega&ntilde;&oacute; a su sombra por permanecer tanto tiempo detr&aacute;s de ella.

–&iquest;Qu&eacute; hashes k&iacute;? –dijo–, sto nes pada sombas. Vete nomil.

La casa se qued&oacute; sumergida en el mutismo y Teresa se mantuvo frente a la puerta con la esperanza de que Rub&eacute;n regresara. Afuera, el sol se escond&iacute;a detr&aacute;s de los volcanes del poniente y los hac&iacute;a resplandecer con una corona anaranjada alrededor de sus siluetas. El viento soplaba suave al comp&aacute;s de la tarde c&aacute;lida de aquel oto&ntilde;o. Las hojas de los &aacute;rboles se soltaron de sus ramas y se balanceaban en una ca&iacute;da vertical. Algunas alcanzaron a golpear las ventanas de la sala para despu&eacute;s dar media vuelta y desaparecer en silencio.

Teresa se aburri&oacute; de esperar y fue al televisor. Lo encendi&oacute;. Un par de minutos despu&eacute;s se qued&oacute; dormida. 

Rub&eacute;n regres&oacute; a las siete de la noche con algunos de sus amigos y otros que no lo eran. Los &uacute;ltimos cargaban aparatos desconocidos a Teresa que, seg&uacute;n calcul&oacute; ella, le duplicaban el tama&ntilde;o. Rub&eacute;n la baj&oacute; del sill&oacute;n donde se encontraba y le dijo que se hiciera a un lado. Era necesario reacomodar los muebles para que todo cupiera dentro de la sala.

–&iquest;Qu&eacute; son? –pregunt&oacute; Teresa.

–Son instrumentos musicales, ni&ntilde;a.

–&iquest;Qui&eacute;n son ellos?

–Son Guillotina -contest&oacute; orgulloso Rub&eacute;n con una sonrisa que ocupaba su rostro entero–. Tocan m&uacute;sica.

Teresa no recordaba haberlo visto tan feliz y sonri&oacute; con &eacute;l. Despu&eacute;s repiti&oacute; en su mente la palabra guillotina; la reconoci&oacute;.

–&iquest;Y qui&eacute;n es Luis?

–Es &eacute;l –dijo Rub&eacute;n y se&ntilde;al&oacute; a un hombre flaco, alto, de cabello largo y ondulado que se dedicaba a armar una serie de tambores sobre una alfombra reci&eacute;n puesta en el piso de la sala–. &iquest;De d&oacute;nde los conoces? –inquiri&oacute; Rub&eacute;n.

Teresa se qued&oacute; callada. Observ&oacute; a Luis algunos instantes y pens&oacute; que no se parec&iacute;a al de la televisi&oacute;n. El Luis que ten&iacute;a enfrente era m&aacute;s moreno. En la pantalla, seg&uacute;n recordaba ella, parec&iacute;a ser blanco y de cabellos rubios. Aunque los rizos y el largo del cabello coincid&iacute;an, el color no.

–Vete a jugar a otro lado –le orden&oacute; Rub&eacute;n –esto no es cosa de ni&ntilde;as. Los invitados –continu&oacute;, al tiempo que se&ntilde;alaba a sus amigos- se tienen que divertir.

Ella camin&oacute; hacia la cocina. Desde ah&iacute; y hasta el ba&ntilde;o, arrastr&oacute; la pesada silla de madera donde le agradaba sentarse para observar a mam&aacute; hacer la comida o lavar los trastes. Una vez en el lugar, con emoci&oacute;n e incertidumbre, escal&oacute; cada uno de los pelda&ntilde;os para llegar a la cima del mueble. Se esforz&oacute;, estir&aacute;ndose al m&aacute;ximo, para que sus peque&ntilde;as manos lograran abrir la puerta del botiqu&iacute;n y, despu&eacute;s, con la ayuda de una escoba, logr&oacute; tirar al suelo el algod&oacute;n, el alcohol y algunos curitas. Todo estaba listo.

Con el paso de los minutos lleg&oacute; m&aacute;s gente a la casa. Ella sab&iacute;a ser paciente y esper&oacute; sentada bajo el marco de la puerta de su propio cuarto con las provisiones listas para ser usadas.

La m&uacute;sica comenz&oacute; y con ella los gritos de los invitados. Teresa se puso nerviosa. Somos Guillotina y esta noche los vamos a hacer volar, dijo una voz al micr&oacute;fono. Las mujeres gritaron m&aacute;s fuerte. Teresa tom&oacute; el algod&oacute;n, el alcohol, los curitas, baj&oacute; las escaleras y se acerc&oacute; a la sala. Todo hab&iacute;a cambiado de lugar. Los sillones estaban amontonados del lado derecho y los amigos de Luis, con sus instrumentos musicales, se ve&iacute;an hasta el fondo, pegados a la ventana. La gente parec&iacute;a feliz. Cargaban un vaso o una botella en la mano, gritaban cosas y de vez en cuando levantaban los brazos como para lanzar improperios en contra del rey. Teresa se abri&oacute; paso entre las piernas de los asistentes para llegar al otro lado, justo donde se localizaba el grupo. Mir&oacute; un rato a Luis, que golpeaba en forma estridente los tambores que &eacute;l mismo hab&iacute;a armado, sinti&oacute; tristeza. Nunca antes hab&iacute;a sentido eso. Poco a poco se fue acercando m&aacute;s a &eacute;l. Luis la mir&oacute; y le sonri&oacute; por un segundo. Parec&iacute;a concentrado. Como cuando pap&aacute; estudiaba en su escritorio y le ped&iacute;a que saliera a jugar a otro lado. Claro que pap&aacute; hac&iacute;a menos ruido. Tal vez eso se tiene que hacer despu&eacute;s de que a uno le cortan el cuello con una guillotina, pens&oacute; Teresa. Despu&eacute;s mir&oacute; la alfombra y la imagin&oacute; llena de sangre. Cerr&oacute; los ojos y quiso no volver a abrirlos. A pesar de su deseo lo hizo. Le gustaba cerrar los ojos porque as&iacute; se convert&iacute;a en un fantasma; nadie la pod&iacute;a mirar. Pero esa noche, a pesar de tener los ojos abiertos, parec&iacute;a que nadie la notaba. Le result&oacute; divertido. Se acerc&oacute; tanto a Luis que &eacute;l dej&oacute; de tocar, le acarici&oacute; la cabeza y le pregunt&oacute; su nombre. Ella no respondi&oacute;, s&oacute;lo sonre&iacute;a y le miraba el cabello largo, el cuello. No logr&oacute; mirar la sangre ni alguna marca de cicatriz en el cuello de Luis. Cuando ella se cortaba, las cicatrices quedaban ah&iacute;, en sus rodillas o en sus brazos y funcionaban para que mam&aacute; la rega&ntilde;ara durante muchos d&iacute;as. No es importante, pens&oacute;, aunque no tenga cicatriz las cortadas duelen mucho. Tom&oacute; un curita y lo coloc&oacute; debajo de la oreja de Luis. &Eacute;l sonri&oacute; y se dej&oacute; hacer. Azz&iacute; no dega&ntilde;a mam&aacute;, musit&oacute; Teresa. El resto de los amigos de Luis dejaron de tocar sus instrumentos y de manera instant&aacute;nea todos los invitados dejaron de gritar. Teresa sonri&oacute;.

–&iexcl;Ni&ntilde;a! –grit&oacute; Rub&eacute;n al tiempo que entraba a la sala de la mano de una chica que intentaba peinarse y abotonar su blusa– &iquest;Qu&eacute; chingados haces aqu&iacute;? Vete a tu pinche rec&aacute;mara –y de un golpe le tir&oacute; los curitas, el algod&oacute;n y el alcohol. El &uacute;ltimo se derramo en el suelo y moj&oacute; la alfombra. Ella lo mir&oacute; avanzar cent&iacute;metro a cent&iacute;metro tal como lo hab&iacute;a hecho la sangre en el programa de televisi&oacute;n. Pinche Rub&eacute;n manchado, se escucharon los gritos de algunos invitados. Deja a la ni&ntilde;a en paz que no hizo nada malo. La mujer que ven&iacute;a con Rub&eacute;n levant&oacute; las cosas tiradas en el piso y las entreg&oacute; a las manos de Teresa. Ella, a&uacute;n con la sonrisa, tom&oacute; los objetos, dio media vuelta y subi&oacute; las escaleras. La fiesta y todos los invitados quedaron en silencio. Ella se sent&iacute;a satisfecha. Pens&oacute; que el rey estaba a salvo de la guillotina y de los rega&ntilde;os de su mam&aacute;.

Lleg&oacute; a su cuarto y el sue&ntilde;o le pesaba. Se acost&oacute; en la cama sin desvestirse, sin ponerse la pijama. Esas cosas que tanto le hab&iacute;an encargado mam&aacute; y pap&aacute; antes de salir a ese viaje intempestivo. Pero en ese momento no era importante. Ella se sent&iacute;a feliz. Pens&oacute; que al d&iacute;a siguiente su hermano, como recompensa, le comprar&iacute;a aquel helado de chocolate y zarzamora que le hab&iacute;a prometido dos semanas atr&aacute;s.







Gustavo Gamboa]]></description>
			<dc:creator>gammboa</dc:creator>
			<dc:date>2003-12-03</dc:date>
			<pubDate>Wed, 03 Dec 2003 04:00:23 UTC</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[Aquella l&aacute;pida en la que alguien duerme (versi&oacute;n arreglada)]]></title>
			<link>https://www.loscuentos.net/cuentos/link/200/20078/</link>
			<description><![CDATA[En ese ata&uacute;d, limpio y brillante como todo lo viejo, estuvo enterrado Crist&oacute;bal. Durante el tiempo que se gest&oacute; bajo tierra su familia lo visit&oacute; en el pante&oacute;n Jardines de la Esperanza. Al principio eran s&oacute;lo una o dos veces al a&ntilde;o, pero conforme se acerc&oacute; la noche de su velorio las visitas se hicieron m&aacute;s constantes hasta realizarse tres o cuatro veces al mes.

Lo velaron en una de las capillas ardientes de los funerales Ram&iacute;rez, esas peque&ntilde;as e inc&oacute;modas en la Calzada de Tl&aacute;lpan. Aquella noche, Celia, la madre de Crist&oacute;bal, estuvo envuelta en una nube de ansiedad y nerviosismo. El tiempo se hac&iacute;a lento y parec&iacute;a alargarse como la liga de una resortera.

Justo en la &uacute;ltima campanada que anunci&oacute; las doce de la noche la caja comenz&oacute; abrirse. Uno de los enjutos brazos de Crist&oacute;bal empujaba insistente. Las oraciones bajaron su intensidad y la capilla qued&oacute; en silencio.

&iexcl;Crist&oacute;bal... mijo!, Celia se acerc&oacute; al tiempo que lanzaba un grit&oacute; ahogado, como si le dolieran las palabras. Un par de doctores se acercaron al reci&eacute;n llegado para ayudarle a salir de la caja. Vamos Crist&oacute;bal, tu madre est&aacute; ansiosa por conocerte, le dijo un m&eacute;dico con su suave sonrisa como de luna menguante. &Eacute;l apenas pudo balbucear. Sus ojos, a&uacute;n cerrados, estaban en medio de surcos profundos y una piel muy amarilla. Tomaron sus signos vitales e hicieron distintas pruebas de salud. Pasaron varios minutos para que, tambaleante, Crist&oacute;bal lograra incorporarse. Un &quot;&iquest;mam&aacute;?&quot; se escuch&oacute; en sus labios y la palabra se form&oacute; difusa, deforme, igual al humo que volaba por la habitaci&oacute;n iluminada con cuatro velas como custodios infranqueables del ata&uacute;d brillante. Los dedos descarnados de Crist&oacute;bal y sus manos tr&eacute;mulas indicaban s&iacute;ntomas de una posible artritis, tal vez Parkinson, dijo el doctor mientras una enfermera le arreglaba el saco. Celia le relami&oacute; el cabello, totalmente cano, le quit&oacute; de la cara los restos de una larva que a&uacute;n sobreviv&iacute;a la composici&oacute;n de su carne al tiempo que, con la sonrisa m&aacute;s grande que conoc&iacute;a, lloraba emocionada. Los parientes y amigos felicitaban a Celia y le daban palmaditas de bienvenida al nuevo. Fueron minutos de alegr&iacute;a. Mientras tanto, los trabajadores de los funerales Ram&iacute;rez trasladaron la caja para desarmarla y conducirla a su destino final: un enorme &aacute;rbol, un frondoso roble azul.

Con el tiempo, Crist&oacute;bal padeci&oacute; el oscurecimiento de su cabello. En veintiocho a&ntilde;os perdi&oacute; casi todas sus canas y, por m&aacute;s que intent&oacute; lo contrario, las arrugas comenzaron a consumirse en el recuerdo. C&oacute;mo te ves acabado, le dijeron las primas de C&oacute;rdoba, las mismas que a&uacute;n usaban velos en la cara, gruesos mallones, blusas gris&aacute;ceas de manga larga y extensas faldas; como si la sensualidad fuera eterna. Celia ya no ten&iacute;a ning&uacute;n rastro de arrugas, su cabello era largo, sedoso y totalmente negro. Ella media cinco cent&iacute;metros menos que aquella noche del velorio de Crist&oacute;bal, era mucho m&aacute;s delgada y comenzaban a dejarse ver algunos barros en su cara. Estoy muy vieja, se dec&iacute;a entre suspiros y l&aacute;grimas depresivas.

Crist&oacute;bal se cas&oacute; con Aurora. Una mujer tan joven que a&uacute;n conservaba la boca sin dientes, sus dedos deformes y descarnados; la artritis en sus rodillas. Despu&eacute;s de la boda los d&iacute;as pasaron a marchas forzadas. Los a&ntilde;os corr&iacute;an lento, mon&oacute;tonos. Mam&aacute;, quiero que me acompa&ntilde;es al pante&oacute;n, le dijo Crist&oacute;bal a Celia en una ma&ntilde;ana soleada de domingo. Celia, con su sonrisa desganada, acept&oacute; maquillarse los granos de la frente y bajo el p&oacute;mulo, se compr&oacute; un vestido una talla m&aacute;s chica y zapatos nuevos.

Llegaron al pante&oacute;n y se situaron frente a una l&aacute;pida gris, despintada, escarapelada: muy nueva. Mira mam&aacute;, &eacute;l es Rogelio, dijo Crist&oacute;bal mientras se&ntilde;alaba la l&aacute;pida y sonre&iacute;a. Una l&aacute;grima corri&oacute; por la tersa mejilla de Celia cuando imagin&oacute; c&oacute;mo ser&iacute;a Rogelio, el primer hijo de Crist&oacute;bal.]]></description>
			<dc:creator>gammboa</dc:creator>
			<dc:date>2003-12-15</dc:date>
			<pubDate>Mon, 15 Dec 2003 02:12:12 UTC</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[El otro oriente]]></title>
			<link>https://www.loscuentos.net/cuentos/link/221/22108/</link>
			<description><![CDATA[El otro oriente


Se les ve&iacute;a sucios. El m&aacute;s moreno caminaba al frente con una sonrisa perezosa que trataba de esconder el bochorno, el cansancio, la prisa. Los otros dos cargaban regalos tan voluminosos como el primero y, de la misma manera, sus ropas extra&ntilde;as y llenas de polvo llamaban la atenci&oacute;n de todos los pasajeros en el tren. La gente, al mirarlos, lanzaba risillas c&oacute;mplices al tiempo que los ni&ntilde;os m&aacute;s peque&ntilde;os aprovechaban la oportunidad para acercarse y estrechar sus manos. Era un ruido como de avispas el que se escuchaba en aquel vag&oacute;n.

La caminata hab&iacute;a sido m&aacute;s larga de lo esperado. Antes de salir de casa Melchor sugiri&oacute; que pasaran a comprar unos tacos de canasta en la esquina de la Sor Juana y la Pantitl&aacute;n. A pesar de que la cita era a la una de la tarde los tres estuvieron de acuerdo porque el medio d&iacute;a los asalt&oacute; en ayunas y, ya en el trabajo, no tendr&iacute;an tiempo ni de probar bocado. Sab&iacute;an que esa noche ser&iacute;a la m&aacute;s atareada pero tambi&eacute;n la oportunidad para quedarse con la chamba durante el resto del a&ntilde;o. Caminaron entonces por las &aacute;ridas calles del oriente con unas enormes cajas de regalo envueltas en papel brilloso, gastado. Eran las mismas del a&ntilde;o pasado, aquellas cajas viejas y vac&iacute;as que tanto ilusionaban a los ni&ntilde;os y que un d&iacute;a despu&eacute;s ser&iacute;an olvidadas por todos, que no pertenec&iacute;an a nadie, que no ser&iacute;an regalo de ninguno. Comieron un par de tacos. Baltazar mir&oacute; el reloj y los apresur&oacute;. Por desgracia el dinero era escaso. Entonces, despu&eacute;s de los alimentos, no hubo el suficiente para pagar el colectivo que los llevar&iacute;a al metro. Decidieron caminar bajo el potente sol del oriente, ese que era el mismo del sur y del norte pero que en aquel lugar, en el mero cintur&oacute;n de miseria de la ciudad, se sent&iacute;a tan pesado como en ninguno otro. Despu&eacute;s, la tierra se levant&oacute; al comp&aacute;s del viento para golpear los rostros sudados y adherirse a la piel. Fueron cuatro kil&oacute;metros de caminata entre las calles de terracer&iacute;a.

Sus pies cansados pisaron un metro saturado de gente. Los &iacute;ntimos y repetidos ruegos por viajar sentados no funcionaron; tuvieron que hacerlo de pie con la audacia de un malabarista para no caer al suelo ni permitir que los regalos fueran aplastados por la multitud. A pesar de ello, con la responsabilidad aceptada en un contrato inexistente, todav&iacute;a ten&iacute;an que sonre&iacute;rle a la inocencia de los ojos infantiles que no dejaban de observar cada uno de sus movimientos.

-Hola, &iquest;c&oacute;mo te llamas? -dec&iacute;a Gaspar de manera repetida para continuar con un: -&iquest;Qu&eacute; le quieres pedir a los reyes?

-&iquest;Vienen desde el oriente?

-S&iacute;, desde el otro oriente -y sonre&iacute;a.

El tren se detuvo tantas veces en medio de cada estaci&oacute;n que perdieron la cuenta. Llegaron a su destino a eso de las cinco de la tarde y fueron recibidos por un contundente rega&ntilde;o de don Gonzalo, el due&ntilde;o del puesto. Aquella ser&iacute;a la &uacute;ltima noche en trabajar&iacute;an para &eacute;l, adem&aacute;s, les descontar&iacute;a medio d&iacute;a de paga. Los apresur&oacute; para que se acomodaran en sus lugares y saludaran desde lejos a los ni&ntilde;os que se paseaban por los estrechos pasillos de la alameda central. Con el desconcierto en sus rostros, los tres reyes obedecieron el mandato y dibujaron una sonrisa forzada. Se miraban sin decir nada. 

Pas&oacute; una hora y se hizo de noche. No hab&iacute;a estrellas en el cielo; las nubes lo hicieron inaccesible. Gaspar busc&oacute; una, la m&aacute;s grande, la llamada estrella de Bel&eacute;n; quiso pedir un deseo pero ella nunca apareci&oacute;. Despu&eacute;s, una ni&ntilde;a se acerc&oacute; y se sent&oacute; en el elefante de pl&aacute;stico. Entreg&oacute; a Melchor una hoja doblada mientras los padres de la ni&ntilde;a se arreglaban para la foto. Don Gonzalo agarr&oacute; la c&aacute;mara y les hizo se&ntilde;as para que tomaran sus posiciones. &quot;Whiski&quot; escuch&oacute; Melchor a lo lejos al tiempo que sosten&iacute;a una carta para los reyes en su mano y manten&iacute;a la mirada clavada en las letras redondas, como las de su hija. Al final, el flash ilumin&oacute; una l&aacute;grima que, muy lenta, avanzaba por su rostro.





]]></description>
			<dc:creator>gammboa</dc:creator>
			<dc:date>2004-01-07</dc:date>
			<pubDate>Wed, 07 Jan 2004 02:01:19 UTC</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[Del foro: &iquest;Patio interior?]]></title>
			<link>https://www.loscuentos.net/cuentos/link/271/27171/</link>
			<description><![CDATA[Miro a trav&eacute;s de la ventana, hacia el patio interior, y reconozco tu silueta inm&oacute;vil debajo de la jacaranda. Tus brazos, que siempre fueron largos, ahora parecen m&aacute;s extensos. Tu cuerpo se predice a trav&eacute;s de la delgada blusa que te cubre. Puedo adivinar el tama&ntilde;o de tus pezones por debajo de la tela y la forma de tus pechos descansando sobre las costillas. Nunca entend&iacute; c&oacute;mo pod&iacute;as usar aquellas delgadas blusas en tiempos tan fr&iacute;os. Mi vista recorre, lenta, cada parte de tu cuerpo y a veces se queda en un punto durante varios minutos, tal vez horas. Te contemplo y logro sentir la tibieza de tus montes, el ardor de tu oleaje, el mismo que me provoca explosiones en la entrepierna. 

Me gusta saber que est&aacute;s ah&iacute;, que no te has ido, que no quieres hacerlo.

Me levanto temblando porque, adem&aacute;s, durante toda la noche, estuve acostado sobre las g&eacute;lidas losas de la cocina. Ahora comprendo tus eternas quejas de que la casa parec&iacute;a un hielo. Extra&ntilde;o el caf&eacute; con leche que sol&iacute;as prepararme por las ma&ntilde;anas antes de acudir al trabajo. Tambi&eacute;n extra&ntilde;o los huevos con jam&oacute;n que religiosamente me preparabas los domingos y los molletes de los s&aacute;bados. 

&iquest;Sabes?, durante alg&uacute;n tiempo llegu&eacute; a pensar que nuestra vida juntos se hab&iacute;a tornado mon&oacute;tona, aburrida, que recorr&iacute;amos un camino circular como el de los insectos que dan vueltas alrededor de una luz y terminan muriendo al tocarla. As&iacute; pens&eacute; que era nuestra vida pero, hoy, esas creencias no cuentan; el cambio est&aacute; hecho.

Los verdaderos cambios en la vida son dr&aacute;sticos, se hacen de tajo; sin preguntas ni permisos. Llegan de manera intempestiva, como explotando desde adentro al tiempo que dan vuelta a la rueda de la fortuna en un giro de ciento ochenta grados. Y el de nosotros no ten&iacute;a por qu&eacute; ser la excepci&oacute;n. 

Apenas la semana pasada caminabas por esta misma cocina con la idea de marcharte para siempre, con la idea de sorprenderme por la ma&ntilde;ana con la novedad de tu ausencia. Y mira, fuiste t&uacute; la sorprendida. Tus pies descalzos ya no podr&aacute;n pisar las losetas de la cocina a pesar de que tanto te gustaban; recuerdo que t&uacute; misma escogiste el color. Con todo y eso te veo alegre, debe ser porque estas bajo la jacaranda que durante a&ntilde;os te acompa&ntilde;&oacute; en la soledad de la casa mientras yo me ausentaba por cuestiones de trabajo. S&iacute;, la misma jacaranda que, religiosamente, florec&iacute;a en abril y era como nuestra propia hija. La sembramos juntos, &iquest;te acuerdas? y la vimos crecer con el paso del tiempo. Por eso la escog&iacute; a ella como sicario de tu muerte, como c&oacute;mplice de algo que desde meses atr&aacute;s nos lo guard&aacute;bamos y lo discut&iacute;amos sin decir palabras, s&oacute;lo con la mirada y el silencio. Escog&iacute; la rama m&aacute;s fuerte para asegurarme de que te mantengas en el aire; estoy seguro que no te dejar&aacute; caer. 

Me gusta mirar el patio interior y recordarte como si a&uacute;n caminaras dentro de la casa. Me gusta saber que no te ir&aacute;s. Que somos polvo y seremos continuidad. Porque nosotros somos esta casa y la casa es nosotros y nos prometimos nunca dejarla. Lo recuerdo y entiendo que la decisi&oacute;n fue de ella porque ahora mismo no me permite salir de aqu&iacute;, me ha obligado a permanecer estos siete d&iacute;as frente al ventanal que mira al patio de atr&aacute;s dejando que me coma el polvo mientras a ti te devora el tiempo.]]></description>
			<dc:creator>gammboa</dc:creator>
			<dc:date>2004-02-19</dc:date>
			<pubDate>Thu, 19 Feb 2004 02:53:41 UTC</pubDate>
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