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Martilu,07.03.2020
Noche en la selva aguaruna (Luis Sepulveda)



No conozco a ese hombre que se detiene a la orilla del río, que respira hondamente y sonríe al reconocer los aromas que viajan en el aire. No lo conozco, pero sé que ese hombre es mi hermano.
Ese hombre que sabe que el polen viaja prendido a la arbitraria voluntad del viento, más confiado y soñando con la fértil tierra que lo espera, ese hombre es mi hermano.
Y sabe muchas cosas mi hermano. Sabe, por ejemplo, que un gramo de polen es como un gramo de sí mismo, dulcemente predestinado al lodo germinal, al misterio del que se alzará vivo de ramas, de frutos y de hijos, con la bella certeza de las transformaciones, del comienzo inevitable y del necesario final, porque lo inmutable encierra el peligro de lo eterno y sólo los dioses tiene el tiempo para la eternidad.
Ese hombre que empuja su canoa sobre la playa de fina arena, y se prepara a recibir el milagro que cada atardecer en la selva abre las puertas del misterio, ese hombre es necesariamente mi hermano.
Mientras la sutil resistencia de la luz diurna se deja vencer amorosamente por el abrazo de las penumbras, lo escucho musitar las palabras justas que su embarcación merece: "te encontré cuando eras apenas una rama, limpié el terreno que te rodeaba, te protegí del comején y la termita, orienté la verticalidad de tu tronco y, al tumbarte para que fueras mi prolongación en el agua, por cada golpe de hacha marqué también una cicatriz en mis brazos. Luego, ya en el agua, prometí que juntos continuaríamos el viaje empezando en tu tiempo de semilla. He cumplido. Estamos en paz".
Entonces, ese hombre contempla cómo todo cambia, se transforma en el preciso instante en que el sol se cansa de ser mil veces diminuto, multiplicado en las escamas de oro que arrastran los arroyos.
La selva apaga su intenso color verde. El tucán clausura el brillo de sus plumas. Las pupilas del coatí dejan de reflejar la inocencia de los frutos. La infatigable hormiga suspende el traslado del mundo hasta su cónica morada. El yacaré decide abrir los ojos para que las sombras le muestren aquello que evitó ver durante el día. El curso del río se torna apacible, ingenuo de su terrible grandeza.
Ese hombre que dispone sobre la playa sus amuletos protectores, las piedras verdes y azules que mantendrán al río en su lugar, ese hombre es mi hermano, y con él miro la luna que a ratos se muestra entre las nubes bañando de plata las copas de los árboles.. Le escucho musitar: "Todo es como debe ser. La noche aprieta la pulpa de los frutos, despierta el deseo de los insectos, calma la inquietud de las aves, refresca la piel de los reptiles, ordena danzar a las luciérnagas. Sí. Todo es como debe ser."

Encaramada a su altar de piedras, la anaconda enrollada sobre la maldición de su cuerpo alza la cabeza para observar el cielo con la inocencia de los irremediablemente fuertes. Sus ojos amarillos son dos gemas ausentes, ajenos al rumor de los felinos que con el hambre pegada a las costillas rastrean a sus víctimas, a la brisa que, en esta época sin lluvias, no cesa de transportar el polen hasta los claros abiertos por el ingenio o la mezquindad de otros hombres, o por la eléctrica crueldad del rayo.
Ese hombre que ahora esparce sobre la arena las semillas de todo lo que crece en su territorio de origen, para tender luego sobre ellas su fatigado cuerpo, ese hombre es mi imprescindible hermano.
Duras son las semillas del cusculí, mas le traerán hasta sus sueños todas las bocas ansiosas que recibieron su sabor agridulce en el tiempo del amor. Ásperas son las semillas de achiote, pero su pulpa roja adornó las caras y los cuerpos de las elegidas. Punzantes son las semillas de la yahuasca, porque tal vez así disimulan la dulzura del licor que producen, y que bebido al amparo de los viejos sabios disipa el tormento de las dudas sin entregar repuestas, sino enriqueciendo la ignorancia del corazón.
En una alta rama que los resguarda del puma, los micos se sobresaltan al ver un destello en lontananza. Es ese hombre, mi hermano, que ha encendido una fogata y me invita a compartir sus bienes mientras musita quedamente: "Todo es como debe ser. El fuego atrae a los insectos. El jaguar y el oso hormiguero observan desde lejos. El perezoso y el lagarto quisieran acercarse. El escarabajo y el ciempiés se asoman entre el follaje. Las lenguas del fuego dicen que la madera arde sin rencor. Sí. Todo es como debe ser."
Ese hombre, mi hermano, me enseña que debo acercar los pies a la fogata, y con la ceniza tibia reparar los estragos que dejó el largo camino. La penumbra impide reconocer sus tatuajes y los trazos con que ha pintado su cara, pero la selva conoce la dignidad de su tribu, la importancia del rango que testimonian sus adornos.
Envuelto por la noche es simplemente un hombre, un hombre de la selva que observa la luna, las estrellas, las nubes que pasan, mientras escucha e identifica cada sonido que nace en la espesura; el terrorífico chillido del mico en las garras del felino, la monótona telegrafía de los grillos, el vehemente resoplar de los jabalíes, el siseo del crótalo que maldice su venenosa soledad, los fatigosos pasos de las tortugas que acuden a desovar en la playa, la quieta respiración de los papagayos enmudecidos por la oscuridad.
Así, lentamente, se adormece, agradecido de ser parte de la noche selvática. Del misterio que lo hermana a la minúscula larva y a la madera que cruje mientras se tensan los centenarios músculos de un ombú.
Lo miro dormir y me siento dichoso de compartir el sereno misterio que delimita el espacio entre las tiernas preguntas de la vida y la definitiva respuesta de la muerte.

 
Martilu,14.03.2020
Cuando bajaron las aguas

Gabriel Payares




La casa de los padres siempre forma parte

del escenario del crimen

Sándor Márai



Cuando bajaron las aguas, fui el primero en descender las escaleras. La madera podrida del pasamanos babeaba un líquido marrón, que acompañaba cada paso con un crujido y un burbujeo, lloriqueando bajo mis pies. Abajo, en la sala, reinaba el suave olor de la tierra removida. Desde los primeros peldaños, que bajé arrastrando el sueño con los talones, pude ver la puerta de la casa, entreabierta y desencajada como una mandíbula rota, denunciando la violencia a la que había sido sometida. Más brutal que la Seguridad Nacional de los relatos del abuelo, el río había arremetido contra nuestra puerta, abriéndose camino sin contemplaciones y convirtiendo nuestra sala en una pecera enorme; de la que sólo quedaba ahora una densa capa de lodo amarillo entre los escombros de lo que alguna vez habían sido nuestras pertenencias. Junto a las piedras y ramas que el río nos había traído, se encontraban los miembros mutilados de nuestras sillas y mesas, marcos vacíos de cuadros de familia y el silencio absoluto del prolongado apagón.

Hasta ese momento, nadie me había visto bajar. Mi mamá deliraba de fiebre, ardiendo en sudor sobre la cama del cuarto, con mi papá día y noche a su lado. Del abuelo no sabíamos nada desde el primer día de la inundación. Llevábamos así más de una semana, recluidos en el piso de arriba, pasando noches en vela mientras mi mamá se quejaba del frío y de los gusanos imaginarios que veía trepando por sus piernas; gusanos que mi papá le juraba ahuyentar untándole algún menjurje en la piel con un trapo viejo. Sin medicinas en casa y constantemente empapados por la lluvia, la fiebre cedía a ratos, y atacaba de nuevo cuando todo parecía calmarse. Mi papá culpaba de ello a los mosquitos, que se habían reproducido como locos durante los varios días en que estuvo la sala completamente sumergida. Días en los que, cuando anochecía y ellos se echaban a temblar –uno de fiebre, el otro de miedo– yo dedicaba horas enteras en mi habitación a arrancarme el sueño de los párpados, imaginando a los mosquitos revolotear sobre las aguas, y fantaseando con el lento brotar de sus larvas en una especie de orgía en miniatura. Me imaginaba miles de monstruitos germinando en las aguas oscuras, bebiéndose la sangre que nos habían robado; y a veces llegaba a escuchar los ruidos obscenos que hacían para recordarme su presencia, su hambre, y lo inútil de mi vigilia. Para recordarme que tarde o temprano tendría que dormir. A veces pasaba, delirante, de los mosquitos a las cucarachas y luego a toda una amplia variedad de animales inventados y terribles. En más de una ocasión creí distinguir en la penumbra un puñado de gusanos intentando colarse por la rendija de mi puerta, estrechándose unos sobre otros para tratar de acercarse a mi cama. Pero el sueño me solía vencer antes de que se abrieran camino hacia dentro, y a la mañana siguiente nunca había ni rastro de su visita. Desaparecían junto a la fiebre de mi mamá, que despertaba diciendo que ya se sentía un poco mejor.

Los ruidos usuales de nuestra sala –televisor, teléfono, perro– se encontraban sepultados por la arcilla blanquecina que cubría el suelo; habían sido reemplazados por un distante y sonoro goteo. Me detuve en el último peldaño, sujetándome firmemente al pasamanos, y preferí observar desde allí el húmedo desierto que se extendía en todas direcciones. No me sorprendió la ausencia de monstruos que el agua había dejado. Supuse que o bien no saldrían de sus escondites mientras yo pudiese gritar pidiendo auxilio, o que tal vez la corriente los había arrastrado lejos de casa. Esa idea me pareció a la vez posible y tranquilizadora. Dando media vuelta, corrí a buscar a mis padres.

Él acudió casi de inmediato, y ella a los pocos instantes. Por alguna razón, no compartieron mi sonrisa de alivio. Quedaron boquiabiertos al notar lo vacía que estaba la sala; o quizás para ellos estaba en realidad repleta de monstruos. Monstruos escondidos entre los trocitos de su propia vida, camuflados aquí y allá como la basura en cada rincón. Aferrándose a los hombros de su marido, mi mamá reprimió un sollozo. Él, por su parte, sostuvo un silencio seco, como el de las piedras. No sé si esperaban hallarlo todo en su sitio después de que el río derribara nuestras puertas, o si nunca se habían imaginado cómo quedaría la sala cuando las aguas por fin se retirasen; pero mi alegría inicial se marchitó en silencio.

Aquella noche cenamos enlatados: atún, sardinas, duraznos en almíbar. Mi papá había logrado rescatar de la cocina varias latas en perfecto estado y un cuchillo roto que usamos para destaparlas. El hambre acumulada nos dolía en el estómago; aún así, mi mamá comió apenas unos cuantos bocados. Sus labios rechazaron la comida con una mueca de asco, insistiendo en que el olor del lodo se había colado dentro de las latas. Yo no sabría decir si tenía o no tenía razón: comí tan rápido que apenas pude detallar la infame mezcla de sabores. Pero cuando el sueño comenzó a cerrarme los ojos, mi mamá no había comido casi nada, a pesar del hambre y de la insistencia de mi papá.

Los mediodías eran hirvientes, el punto de ebullición del día. Me levantaba con la boca pastosa y demasiado calor, y después de correr por el pasillo hasta el cuarto de mis padres, por lo general conseguía a mi mamá junto a la ventana, derribada como un viejo pilar. Sus ojos resecos por la fiebre anunciaban siempre una breve sonrisa. Demasiado débil para cargarme, me abrazaba con fuerza, inundándome de un calor que parecía brotarle de los poros; luego nos asomábamos al paisaje de la destartalada ventana de su cuarto, y observábamos el desierto submarino que rodeaba la casa. No sólo nuestras puertas habían sufrido el embate del agua: apenas algunos árboles permanecían en pie, islas producto de la lluvia torrencial y la crecida del río. El resto de la llanura se perdía en una enorme mancha azul y marrón. “Mira, mi amor”, me dijo alguna vez apuntando hacia el agua un dedo tembloroso, “el río se lo llevó todo lejos”. En esa ocasión me pregunté si en verdad el río se había llevado el mundo lejos de nosotros, o si más bien su corriente nos había arrastrado hacia el más allá, lejos de todo el mundo conocido.

Mi papá, por su parte, parecía decidido a recuperar la casa, a convertirla en algo similar a lo que había sido antes de la inundación. Se impuso a sí mismo una rutina diaria que iniciaba después del precario desayuno: revisar el cajetín de la electricidad, levantar los teléfonos en busca de señal y comprobar el gas de las bombonas. Los resultados nunca parecían ser muy alentadores. Ahora que el agua cedía terreno y que las lluvias se secaban, aquellos detalles cobraban cierta trascendencia. Yo lo acompañaba siempre en silencio, viéndolo hacer, como esperando a que me indicase mi propio lugar en aquel nuevo orden de las cosas.

Así fue que, impulsados por diversas razones, comenzamos a salir más de la casa. A veces hacía falta herramientas, otras veces un poco de sol. El clima sombrío nos negaba ambas cosas, amenazándonos con más y más lluvia. Nuestras provisiones habían comenzado a mermar más de lo usual y alguien tenía que echar un ojo alrededor. Y si bien la mayor parte del tiempo salíamos juntos, de vez en cuando mi papá me pedía con tono grave que me quedara con mi mamá, “por si acaso”. Nunca decía por si acaso qué. Por mi parte, asumía aquel mandato irremediable como una sentencia de aburrimiento: prefería mil veces pasar las horas contemplando la basura que anidaba en nuestra sala, u observándolo luchar con las bisagras destrozadas de la puerta, a contemplar el sueño inquieto y caluroso de mi mamá. Ya que prácticamente no dormía de noche, sumergida en la fiebre y el delirio, pasaba la mayor parte del día acostada, debatiéndose con la depresión y procurando ser útil en algunas cosas puntuales. Conmigo, no obstante, siempre se mantuvo igual de cariñosa: algunas veces me abrazaba durante horas, sin decir una sola palabra, y otras cotorreaba de manera incesante, desordenada, ofreciéndome cosas y más cosas cuando todo volviese a la normalidad.

Un día, después de recibir el tan temido “ve a cuidar de tu madre”, miré a mi papá a los pies y le pregunté si ella se iba a morir. “No”, me dijo acariciándome el cabello, “sólo tenemos que esperar a que se mejore”. Le agradecí el gesto tanto o más que las palabras. Su paciencia me resultaba protectora, como si su lucha diaria nos fortaleciera y uniera, a pesar de que yo no jugase en ella sino el papel de un pequeño espectador.

Fue a la tarde siguiente cuando nos tropezamos con el bote. Boca abajo, hundido a medias en el fango que rodeaba a leguas nuestra casa, nos llamó la atención de inmediato el nombre pintado en uno de sus costados: “San Cristóbal”. Yo nunca antes había visto un bote, ni nada que remotamente se le pareciera; a mi papá jamás le entusiasmó la idea de pescar y el río nunca estuvo lo suficientemente cerca. Tal vez fue esa precisa ironía lo que llevó a mi papá a desenterrar y arrastrar hasta la casa aquella pequeña embarcación sin remos. No lo sé a ciencia cierta, ni sé qué vio en su madera manchada y resbalosa, que a mí a lo sumo me recordaba a la de nuestras ruinosas escaleras. Lo cierto es que, en apenas unos días, el barco pasó a formar parte de nuestras escasas pertenencias y a ocupar un rincón preferencial de nuestra sala.. De entrada, sus pequeñas proporciones me fascinaron. Cada vez que mis juegos me llevaban cerca del bote, solían terminar siempre a bordo de él, remando hacia puertos lejanos, o volando por encima de la casa y viéndolo todo en miniatura. La aparición de mi papá, de regreso de alguna de sus breves expediciones, solía poner punto final a mis viajes, devolviéndome de golpe a la misma sala enmohecida. Pero yo descendía del bote cada vez con un rostro diferente, convertido en un osado piloto, un marinero tenaz o un explorador extraviado..

Mi mamá, por su parte, ni siquiera pareció notar su existencia. Absorta en sí misma, el poco tiempo que pasaba de pie lo dedicaba a luchar con los mareos de la fiebre y a atender la cocina tanto como le era posible. Limpiar era una tarea completamente inútil. Requería tanto la presencia de mi papá, que a veces no hacía más que esperarlo en el marco de la puerta. En su marasmo, no fue capaz de entender lo que el bote suponía, ni lo que quizás significó su repentina aparición en nuestra casa; la extrañeza parecía haberla abandonado por completo. Y si bien para mí el bote no era más que un juguete que mi papá había traído, a menudo me sorprendía esperando el día en el que alguno se subiese al bote conmigo. Había en mi espera una suerte de complicidad, de frustrada aventura compartida; y si bien nunca me atreví a interrumpir sus atareadas rutinas para pedirles que complacieran mi capricho, siempre hubo en el bote un lugar vacío con sus nombres.

Había pasado casi una semana de la llegada del barco, cuando mi papá no regresó de su acostumbrada salida matutina. Lo estuvimos esperando hasta que cayó la tarde y comenzó a hacerse de noche. Ninguno de los dos sabía qué esperar. Cenamos en completo silencio, y ya pasada la medianoche, los nervios y la fatiga nos obligaron a descansar. Dormí con mi mamá en su cuarto, un sueño aterrado y sin reposo, interrumpido cada dos horas cuando se levantaba a echar un vistazo al paisaje oscuro, esperando dar en la oscuridad con el cuerpo maltrecho de mi papá volviendo a casa.

Cuando amaneció todo seguía igual, impasible, aunque las cosas habían cambiado radicalmente. La tristeza de mi mamá se había trocado en ira, como si el calor de la fiebre se hubiese instalado dentro suyo; no paraba de sollozar con voz asfixiada un mantra de dos únicas palabras: “nos dejó”. No supe si asustarme más por la ausencia física de mi papá o por el exilio mental de mi mamá, pero de alguna manera ambos estaban ahora lejos de mí; a ambos se los había llevado el río. Aquel silencio desconcertado de mi parte poco ayudó a tranquilizar a mi mamá. La hizo centrarse en mí, queriendo consolar sus dolores con una avalancha de caricias y reafirmaciones. “No te preocupes” me repetía, tomándome en brazos febriles, “Yo sí estoy contigo. Yo no te voy a dejar”. Yo respondía con un ligero asentimiento, como aceptando algo que no lograba entender del todo.

Lo primero que hizo entonces fue cerrar las puertas. Viéndola luchar con el cerrojo podrido, me preguntaba si lo hacía para evitar que algo entrase a la casa, o más bien para impedir que algo saliese. Quizás no quería que mi papá volviese después de haberse marchado, o quizá sólo nos protegía de una nueva arremetida del río. Cualquiera que fuese el caso, un aire húmedo se apoderó inmediatamente de la sala, y mis eventuales paseos desaparecieron por completo. Su tristeza se tornó en una prisión para ambos, y yo de tanto echar de menos a mi padre, comencé a detestarlos a ambos: a él por marcharse y a ella por permanecer; a él por las explicaciones que me hicieron falta, y a ella por las que nunca le pedí. Aquella crueldad que crecía en mi interior no tardó en tomar cuerpo durante las noches, en los millares de insectos que trepaban los cristales de la ventana, espiando al interior de nuestra tumba con forma de casa, y esperando la noche en que nos hallaran sin vida y pudieran entrar tranquilamente a chuparnos la sangre que nos quedase.

La última noche que pasé en la casa, desperté con esas pesadillas. Casi sin pensarlo, dirigí mis pasos en silencio hacia la sala, esperando toparme con los engendros que me asediaban en el sueño. Si aparecían, me entregaría a ellos; dejaría que me devorasen de una buena vez, y con gesto suicida, guardaría silencio para no despertar a mi madre. Pero mis pasos dieron sólo con el bote. Después de mirarlo largo rato, hice acopio de todas mis fuerzas, para empujar con mis manos el borde de la madera, hasta desplazar el bote sobre el fango agrietado de la sala y hacer estrellar su punta de madera contra una de las hojas torcidas de la puerta. Empujé y empujé nuevamente, mientras las embestidas de la quilla comenzaban a abrirse paso torpemente hacia afuera, tal y como lo hace un niño al nacer, ensanchando con su propia cabeza la pelvis de su madre. Pero afuera no me esperaba el frío y aséptico aire del quirófano, sino la húmeda desolación de una llanura anegada. Aunque me ardían las manos y resbalé un par de veces en el lodo, nada detuvo mi deseo de sacar el bote de nuestra sala. Al final las puertas cedieron en su empeño carcelario y mi rostro se enfrentó desnudo a la medianoche.

Mis fuerzas flaquearon cuando la primera parte de la embarcación chapoteó en el agua. La humedad trepaba mis pantalones, los brazos me latían sin compás y el cabello sudado se adhería a mi frente; pero finalmente lo había logrado. El agua cenagosa, mezcla entre charco y espejo, prometía un viaje calmado, lento, un paseo en lo oscuro que me conduciría al lugar en que mi papá se encontrase. En mis hombros recaería aquella secreta aventura.

Tomé un descanso, dejándome caer dentro de mi salvavidas de madera; el cielo sin estrellas resultaba un espectáculo apropiado para la serena angustia que comenzaba a sentir. Me abrumaba la sensación de querer ir en mil direcciones a la vez, y ante aquella encrucijada interna, me abandoné a lo que los azares del sueño me deparasen. Fue así como desperté, no sé a qué hora, rodeado de nubes marrones dibujadas en el agua. A lo lejos, la oscuridad de la llanura. En mi barco, el tembloroso sabor del pánico. Me había dejado arrastrar por el capricho silencioso de las aguas. Enmudecí, pues no había nadie a quien pudiera gritarle, al tiempo que percibía el delicado compás de algo que rozaba insistentemente la madera. Un pequeño rasguño apenas, que no tardó en multiplicarse a mi alrededor hasta devenir en un coro nocturno de los quejidos del bote. Como si algo de muchas patas comenzase a trepar lentamente de las aguas. Algo hambriento. Algo que, cansado de espiarme desde las ventanas del cuarto de mi madre, había decidido embarcarse conmigo a la deriva, y ahora hallaba su oportunidad para hacerse cruelmente manifiesto.

Y en el instante preciso en que el enjambre alcanzó el borde y clavó sus miles de ojos diminutos en mi piel, no acerté más que a tapar rápidamente los míos con mis manos.

 
martilu,24.03.2020
Nagasaki

Gabriel Payares




Esta no habría sido nunca la ciudad que escogiera para envejecer. Si algún emisario del destino hubiese tenido a bien consultarme, mi dedo habría apuntado sin vacilar hacia el oriente, hacia ciudades lejanas en un país inverosímil, hacia lugares en donde ser extranjero y alcanzar la madurez son, al final del día, condiciones indistinguibles. Siento una desconfianza sincera hacia ciudades como esta, construida en el constante recuerdo de la caída; una ciudad en la que se va por ahí con la sensación de que un tropiezo inesperado significaría rodar a trompicones hacia el infierno, sin que nada pueda detener el cuerpo que se desploma como un peñasco. A ese vértigo se debe, seguramente, el andar sereno de quienes han nacido en estas montañas: se aferran bien al asfalto en cada paso y no ven nunca hacia atrás –hacia abajo– a menos que ya hayan alcanzado su destino. Solo entonces se permiten una rápida mirada hacia el vacío. Y es que sus ojos, fijos en el suelo, no parecen hechos para mirar hacia el sol, sino a la propia sombra en la tierra que les da de comer, la misma que algún día los recibirá entre sus brazos.
Aunque habito entre ellos mi propio destierro, producto de malas decisiones tomadas en aún peores momentos, no suelo realmente quejarme demasiado: he podido siempre abandonar estos rincones empinados con la frecuencia y el ímpetu del momento, con ese gesto de bumerán humano que persigue durante años una patria lejana y no logra devolverse sino con unas cuantas postales y un par de rollos de fotos. Y es que al final uno se cansa de apostar todo al desenfreno del viaje: a menudo me pregunto si la patria no será más bien ese suelo blando en el que menos duele echar las últimas raíces, y el hogar el sitio que se escoge para darle la bienvenida a la muerte. Mi problema es que desciendo de una estirpe mucho más cálida que esta, una concebida en el galope andariego de la llanura, entre distancias que se miden con el viento y un padre que predecía la llovizna con solo ver los zamuros a lo lejos. Provengo de una familia que criaba caballos ajenos. Yo preferí enseñar literatura.
Mis clases son lo único que oxigena el día a día. La pasión y la curiosidad que alguna vez me lanzaron de cabeza a la lectura se han ido extinguiendo a lo largo de los años hasta convertirse en brasas sosegadas: ideales para cocinar y digerir, pero de una presencia apenas notoria. Mis alumnos, en cambio, exhiben semestre tras semestre la llama estéril que caracteriza la veintena, esa época en que los varones persiguen la inconsciencia y las mujeres a un padre sustituto al que destrozarle el corazón. Y la literatura, esa cosa odiosa e inasible, al mismo tiempo serpiente y encantadora, es el sitial desde donde contemplo sus epidérmicas pasiones, con una mezcla de deseos y emociones que he preferido pensar como envidia. No deja de sorprenderme, año tras año, la reacción casi idéntica que obtengo de ellos a partir de la lectura de ciertos poetas, casi siempre los mismos: Baudelaire, Rimbaud, Ramos Sucre. Siempre esos tres, en cualquier orden. A los jóvenes entusiasma sobremanera el sufrimiento de la figura del poeta, el atrevimiento que muestran sus versos y el trágico destino que le aguarda. Les encanta la muerte, un concepto abstracto sin vínculo real con su existencia, y la nombran en casi todos sus ensayos finales. Ojalá pudiera conservarse toda la vida esa visión romántica del destino, en vez de este pánico ciego a la desaparición de los sentidos.
A menudo explico en clase que la vida, de no ser por la memoria, sería apenas una breve alternativa al vacío: cada amanecer sería siempre el último, pero cada verso leído sería siempre el primero. Mis alumnos fingen entender, asienten y fruncen el ceño; pero sé que hace falta mucha maestría en el arte de perder para entender las redes engañosas del recuerdo: eso que Dalí vio en relojes derretidos, un tiempo dúctil y tramposo que promete dejarnos eternamente en nuestro propio y mismo punto de partida. Nos aterra, en el fondo, que la muerte sea el único recuerdo imposible de formular; nos aterra que no podamos ni siquiera soñarla. «Pero los poetas pueden, profesor», me interrumpe su voz y dirijo hacia el final del aula la mirada, tropezándome con su rostro por primera vez. No es difícil, eso: en cada salón cabe una treintena de chicos diferentes y me ocupo al menos de tres cursos a la vez. Pero entre los noventa y tantos alumnos de ese año, ninguno me ha dado la impresión inicial que ella me da, ni me ha sabido responder jamás a nada, como no sea repitiendo lo que yo dijera minutos antes o a lo sumo haciendo preguntas necias e insistentes, que hay que arrancar de raíz para proceder con la siembra y el arado. Quizás sea mi propia extranjería, reflejada en sus facciones cetrinas o en sus ojos y vocales alargados, lo que me seduce de ella al instante: algo en sus ademanes parece invitarme al juego, una cierta ingenuidad que ha abandonado ya su etapa larvaria, pupa de futuras perversiones, y se me ofrece con un aire irreverente y dulce al mismo tiempo, como una mueca de rabia en una declaración de amor. O quizás sea su avidez de reconocimiento, promesa velada de otro tipo de seducciones. No lo sé. Asiento de inmediato, no sé si avalando su intervención o mis propias cavilaciones, y con la cruel determinación que da el poder le pido que comparta con la clase algún ejemplo de lo que dice. Mi tono inquisitorial la intimida, no sabe si recular o si alzar un estandarte. Finalmente traza una línea en la arena: nombra con timidez a Ramos Sucre. Ese habría sido el instante apropiado para darle la razón con un gesto condescendiente y dejarla correr como a la lluvia. Pero no: prefiero
encapricharme con ella y llevarle la contraria durante el tiempo suficiente para entusiasmarla con un ensayo final sobre el poeta cumanés. Le digo, a modo de juego, que si logra convencerme de su punto de vista tendrá la máxima nota; pero que de lo contrario tendrá que volver a cursar conmigo la asignatura. Ella acepta sin rechistar. Entiendo, a fuerza de retrospectivas, que lo hace empujada por alguna instancia secreta y artemisal, por una voz interior que la convence de que no hay forma de perder esa apuesta, que se trata de un juego de tontos, ganado desde el instante mismo en el que yo lo formulo.
Y es así como las cosas suceden, con una violencia silenciosa que ambos parecemos propiciar. Aunque precario, mi dominio de su lengua es suficiente para iniciar un juego de espejos: traducir implica saber reflejarse en el otro y ambos parecemos muy dispuestos a asomarnos en las esquinas contrarias. Un par de tímidas conversaciones, bajo la excusa del café, dejan el panorama lo suficientemente claro para los dos; pero reacios a interpretar el papel desabrido de la Lolita, mantenemos nuestros labios lo más limpios de tiza posible. Nuestros encuentros ocurren lejos de la academia, amparados vertiginosamente en la excusa del azar y del pueblo pequeño, hasta convertirse en noches que cierran en espiral, como en barrena, cayendo hacia mi apartamento y hacia mi cama.
En pocos días, su compañía se hace notablemente grata: jamás pregunta sobre mi divorcio, aunque a menudo aprisione entre sus labios la marca del anillo en mi dedo, ni alude a los rostros en mis escasos portarretratos, a pesar de que muchos tengan más o menos su edad. La dejo pasear por mi memoria con la delicadeza de un gato, indiferente a todo excepto a mi vocación por el oriente del mundo, un rasgo que pronto se hace notar en mi desordenada biblioteca y que a ratos parece llamarle la atención. Mientras recorre los anaqueles, asomándose a uno y otro libro con brevedad y con el aire de confianza que da el reconocimiento, me pregunto si algunos de aquellos nombres la hacen sentir quizás un poco más en casa, si sus padres acaso nombrarían alguno durante la cena o si leían en voz alta sus apellidos en el periódico. Pero no me atrevo a preguntárselo; la juventud lleva siempre su patria entre las piernas. Prefiero en todo caso contemplar su recorrido con discreción, divertirme con su aire semejante a la soberbia, un respeto similar al del conquistador que inspecciona las ruinas aborígenes. Agradezco hasta cierto punto ese silencio, cara falsa de la moneda, porque me provee de tiempo adicional para el recuerdo: ese tiempo que a ella le sobra todavía, pues tiene aún demasiadas memorias por construir.
Nos ignoramos durante el día, tan ajenos el uno del otro que sus visitas nocturnas parecen ecos de sueños afortunados. Y aunque nunca me atrevo a intentarlo, tengo la sensación constante de que el más leve gesto de indiscreción de mi parte desencadenaría una respuesta airada de la suya, quién sabe si incluso alguna denuncia pública por acoso; como si el día borrase en ella las huellas de la noche anterior sobre mi parquet. Sus intervenciones en clase se sostienen, igualmente, discretas y distantes, actuando a perfección su papel de alumna protagónica; a veces me da la impresión de que se trata de dos personas enteramente distintas. Todo en ella es peculiar: demuestra un escaso interés por los lujos y las experiencias que pueda ofrecerle, negada a la perspectiva de viajar o de salir juntos más allá de nuestras cacerías nocturnas, o incluso a recibir regalos como no sean libros o algún pequeño detalle. Me extraña también la ausencia de un novio joven y celoso que dificulte nuestro romance: a fin de cuentas se trata de una chica atractiva, dotada de una belleza inusual, contraria a la voluptuosidad del trópico; pero una chica ante todo solitaria, a la que nunca veo formar parte de grupos, ni involucrada en fiestas, ni estableciendo ningún tipo de nexos duraderos. Uno diría que se sabe transitoria, indispuesta a dejarse anclar entre nosotros.
Con el pasar de los días, sin embargo, sus barreras ceden, mostrándome zonas blandas casi imperceptiblemente, con el mismo afán de la abeja que ha clavado el aguijón y corre el riesgo de rasgar su propio vientre al emprender el vuelo. Demasiado viejo como para no darme cuenta, dejo el puñal en el fondo del bolsillo, seguro de que será ella quien intente clavarlo primero: tarde o temprano sabrá quién soy y de dónde vengo, por qué razones sufro y con qué fantasmas hablo durante el sueño; tarde o temprano lo habrá conquistado todo y se aburrirá de prestarme su cuerpo. Sé muy bien que seducir consiste en mantener una sombra de misterio en lo que se devela, en restar un poco a todo lo que se da para mantener al otro esperando la migaja faltante; y es que la ignorancia propicia el amor tanto como el entendimiento lo mutila. Pero aunque al superar los cincuenta años se resigne uno a ocupar el lugar que tiene en el mundo y abandone la ansiedad juvenil por resonar en él como un gigantesco diapasón, hay cosas de uno que nunca pierden su fuerza primitiva: una mirada joven y lujuriosa no es algo a lo que se renuncie sin un instante sincero de duda. Decido, pues, aguardar la estocada; decido dejármela asestar.
Abundantes incursiones en el mundo de los amantes me enseñaron a fijarme bien en los minutos posteriores al sexo. Esa pausa en el furor de los sentidos contiene la serenidad agotada del reencuentro: con el propio cuerpo, con las propias dimensiones, con el silencio ronco de la respiración. Y en contraste con mi usual adormecimiento, a ella le da en cambio por hablar, como si algo atragantado en su vientre se hubiese liberado durante el orgasmo. Hipnotizado por el olor que dejamos el uno en el otro, acepto una y otra vez el papel distraído del escucha: la acompaño a una niñez de perros diminutos, de flores dibujadas en la pared, a una adolescencia abundante en timidez y frustraciones, a una violenta relación con un padre pusilánime y manipulador, a una primera vez dolorosa y abusiva en manos de un primo mucho mayor, silenciada por el temor irracional a la deshonra. Por último, me relata sus estudios inconclusos de idiomas modernos, puente hacia una beca caída del cielo para estudiar español en el extranjero. Hay algo de Ulises en su cuerpo lampiño, una cierta curtimbre que me hace preguntarme si seré Calipso o Polifemo cuando llegue el final de la aventura. Aun así, escucho su recuento como a través de la portezuela de un submarino: lo he oído todo antes, en montones de rostros diferentes. Si la gente supiera lo parecidas que son nuestras vidas, lo indistintos que podemos llegar a ser al cabo de algunos años, como ondas similares sucediéndonos en un estanque, llegaría tarde o temprano a las mismas y exactas conclusiones: no existen buenas y malas iniciaciones, pero sí primeras y segundas veces, y entre una y otra puede mediar solamente el tamiz de la memoria. Es por eso que la vejez consiste en repeticiones: recuerdos de recuerdos, anécdotas contadas hasta el hartazgo. Una vida larga es como una enorme caverna: en ella todo hace eco. Finalmente, su relato se interrumpe en pos de la palabra adecuada y se detiene, excusándose en la gramática furiosa del español. Por mi parte, me limito a asentir en silencio; pronto ese mutismo la contagia.
La convenzo de cenar en mi casa el fin de semana siguiente. Me agrada la idea de hacerla probar sabores inéditos, de recetas silenciosas que acuden a la memoria canturreadas por mi madre los domingos, único día en que sus seis hijos compartían la casa y sus atenciones. De mi madre me quedan la sazón y la piel áspera del llano, y a lo sumo un par de fotos comidas por los ratones; retratarse, en aquella época, era aún algo exclusivo de los ricos. Y para quienes crecimos sin el respaldo del obturador, sin poder quedarnos con fragmentos de la vida, la memoria resulta una especie de evanescencia, de fantasma muy poco confiable: los rostros y los detalles se difuminan con el tiempo, hasta dejar en su lugar apenas ideas y sensaciones, débiles borraduras de los ausentes. Los jóvenes, en cambio, carecen de este defecto: vinieron al mundo a registrarlo todo en sus teléfonos celulares, a adueñarse de lo que ocurre como si lo real les perteneciera de siempre. Eternamente hambrientos, les han prometido el mundo entero: uno tan grande que sus vidas no alcanzarán para soñarlo siquiera. Pongo en duda, por ejemplo, que mi amante extranjera pueda tan solo imaginar el lugar en el que crecí; y eso asumiendo que comprendiera las palabras que preciso para describirlo. No todo, por lo visto, puede realmente compartirse.
Adivinando mis reflexiones, esa misma noche me entrega el relato de sus más recientes pesadillas: se imagina abandonada en el patio interno de alguna cárcel o fortaleza, quizás un antiguo monasterio desierto, invadida por un terror invisible en la boca del estómago. Y aunque dice estar plenamente consciente durante el sueño, de tanto que ya se le ha repetido, no logra volver a la vigilia sino hasta descubrir una gigantesca ola que a lo lejos se avecina. La escucho con ceño fruncido, pero es poco lo que pueda decirle; ella se muestra, en todo caso, preocupada por empezar cada día con la misma sensación brumosa de desastre. Dice sospechar de las imponentes alturas que rodean la ciudad: la suya, me explica, duerme sobre una llanura costera, de colinas cordiales como el tamaño de sus senos, muy lejanas a la furia de las afiladas cumbres andinas. Le pregunto si extraña mirar al horizonte, libre de las murallas verdes que se lo impiden, y ella asiente poniéndose ambas manos en el pecho y asumiendo frontalmente, por primera vez desde que nos frecuentamos, su de todas formas evidente condición de extranjería: «Nagasaki está siempre en el corazón».
Nagasaki: las cuatro sílabas de aquel nombre tan lejano y tan conocido, tan mío y tan suyo a la vez, se repiten en mis labios con indiferencia, veloces a pesar de sus consonantes. Na-ga-sa-ki, cuatro sílabas apenas, suficientes para evocar una ciudad entera que conozco y desconozco a la vez, así como a una mujer toda, desnuda y bajo mis sábanas: una jovencita engendrada en el horror. Le pido en un susurro que me repita ese nombre – su nombre, de ahora en adelante–, como si fuera algún hechizo u oración que solo conocieran aquellos criados en las cicatrices del mundo. Y al instante surgen entre sus labios generaciones enteras nacidas de esos cuatro aleteos de mariposa: camadas de niños bautizados con las cenizas de sus ancestros, crecidas mirando hacia el cielo con desconfianza; familias enteras marcadas por dentro, teniendo hijos y más hijos deformes como momias, viviendo una ciudad en ruinas, un hogar que otros les entregan ya roto. Aquel nombre desata una fiebre en mi interior, contagiado tal vez de alguna maldición milenaria encerrada en sus consonantes rotundas, Na-ga-sa-ki, una palabra repetida por los niños del África depauperada, por quinceañeras vietnamitas estrechando a sus hijos contra el pecho para impedirles ver el rostro de la muerte, por hombres resignados a dormir en trenes para el ganado o en camiones herméticos cargados de familias sufriendo el horror de una frontera, por el viento en pequeñas aldeas arrasadas por el fuego de la conquista; una misma palabra siempre, dicha desde el inicio de los tiempos, en lenguas primitivas, en aullidos lastimeros, en el silencio agotado del cementerio. Nagasaki: cuatro sílabas repitiéndose en la boca de aquellos que perecen, pocos sonidos para nombrar la crueldad humana. Ante el desconcierto total que su mirada me profesa, alcanzo apenas a musitar unas sudorosas disculpas. Su hogar se ha convertido en mi pesadilla; su nostalgia, mi violenta vergüenza. Dos caras de la misma moneda.
Le explico que no ha habido gesto más cruel en la historia de la humanidad que esa segúnda bomba atómica, arrojada apenas tres días después de perpetrada la primera masacre nuclear de la historia. Pero si Hiroshima significó el despertar de la humanidad a su propio fracaso moral, como un niño que abre por primera vez los ojos, Nagasaki fue entonces su primer parpadeo, su primer instante de duda, primera repetición de un error ya cometido, de una pesadilla desde entonces recurrente y por lo tanto su más grande sentencia de eternidad. ¿No fueron advertencia suficiente el horror y la vergüenza de la primera detonación, como para impedir la segunda a toda costa? Fooled me once, shame on you; fooled me twice, shame on me, recita un proverbio inglés, pues reiterar el error es lo más humano que existe. Nagasaki es a la vez un gesto humano por excelencia y un fracaso rotundo de la existencia moral de los hombres: la segunda oportunidad desperdiciada, el segundo chance que se deja pasar para repetir estúpidamente el primero. Nagasaki es la negación de la experiencia y del aprendizaje: es aquello que decidimos volver a vivir. No existen buenas y malas iniciaciones; tan solo primeras y segundas oportunidades.
Estoy a punto de retractarme, avergonzado, seguro de haber pisoteado bestialmente las fibras sensibles de lo patrio, cuando ella simplemente se encoge de hombros. La bomba atómica y sus horrores forman parte de un pasado remoto, de una vida que ella no solo no ha vivido, no recuerda y no comprende, sino que además conoce, probablemente, a través de las mismas fotografías que yo. Y confirmo con ese gesto el abismo que nos une y nos separa: somos, en el fondo, igual de extranjeros, el uno para el otro, ambos provenientes de un mundo alienígena; aventureros extraviados, como Gulliver, en un mundo por completo irreconocible. Con dos frases apenas, ella esquiva el tema a toda marcha, algo que consigue sin hacer demasiado esfuerzo: un pequeño mohín, un movimiento apenas perceptible del rostro le bastan para despertar en mí las partes adormiladas por el horrendo panorama de la bomba, y en pocos instantes mis labios silencian las posibles respuestas de los suyos. La dejo hacer, abandonado a ella como de costumbre. Nagasaki se duerme entre las sábanas mojadas.
Entiendo ahora que hemos asociado nuestras mujeres y nuestras ciudades por una razón específica. Empeñados en que el mundo decaiga y muera con nosotros, hemos querido ver la vejez de las primeras en la decadencia de las últimas; por eso cada generación venidera tiene una mejor ciudad que recordar en su niñez, y una realidad un poco más triste que vivir: las naciones se fundan a la sombra de su propia nostalgia. Las ruinas del bombardeo para el que nacimos muy tarde, la guerra en la que no participamos, la debacle económica que nunca presenciamos, todo eso que nos perdimos sin saberlo y que ocurrió antes de que ocurriéramos nosotros, nos niega el recuerdo del paraíso perdido, del tiempo mejor al que le puso punto y final: el Jardín del Edén es apenas un recuerdo ajeno, un préstamo, una herencia imposible que muere con nuestros padres. Y el hogar, entonces, es ese lugar en el que jugamos a repetirlos: tenemos descendencia, les ofrecemos un mundo y les contamos cómo es una sombra apenas del que nos fue encargado a nosotros. «Llegaste tarde», es la bienvenida que les damos.
Dudando, en aquel instante, de la sinceridad de sus ignorancias, insisto en descubrir los detalles que mi alumna olvida, en aseverar otros que desconozco y en preguntar los tantos que tengo ya muy en claro: jamás he estado en Nagasaki, pero existen máscaras de elocuencia. Algo malsano en mí, me doy cuenta ahora, querría tomarla de la piel y de los pechos y abrirla, como a un saco de cuero o a una lonchera infantil, y tenderla sobre la misma cama en que momentos antes me derramara gruñendo entre sus muslos. Pero mis juegos extraños no tardan en desconcertarla, o aburrirla o intimidarla, no sé qué es peor, y a partir de entonces me dosifica sus respuestas, fingiendo olvidar ciertas palabras o no entender mis preguntas sobre su tierra, sobre sus padres, sobre sus abuelos calcinados en una fracción de segundo. Me niega su hogar, y con él la posibilidad de repetirla en otras como ella: desea ser única, todas lo desean. El español, dice a modo de excusa, es un idioma irregular y caprichoso, y mi acento es rápido y serpentino; le doy la razón, aun sin creerle una sola palabra.
Nos sumergimos así en un duelo prolongado del que ninguno logra sacar una ventaja definitiva: el arrojo de la juventud compensa el cinismo calmo de la madurez, que deja entrever en el pasado golpes mucho más fuertes. Asumiendo aquel combate sensual, retraso lo más posible el instante de entregarme a sus carnes magras y voraces, a sus manos huesudas como de madera; sé bien que una vez dentro de ella poco durará la resistencia, y que al vencido le queda tan solo el honor de una larga batalla ofrecida. Sin embargo, la Guerra Fría no dura demasiado: ella a los pocos días desaparece, sin explicaciones, de mi clase y de mi cama y de todos los lugares comunes. No contesta llamadas ni mensajes, como si jamás hubiera existido. Y después de un par de días de paciencia, resiento en silencio sus silencios.
Pero es poco lo que puedo hacer, más que abandonar día a día el aula de clases mirando atrás por encima del hombro, como la mujer de Lot, temiendo dejar su rostro olvidado entre la multitud. Y es que lo vivido parece hecho para mirarse de esa manera, como quien huye de alguna bestia que lo persigue y tuerce el cuello para constatar que aún le lleva una cierta distancia. Finalmente, ya vencido, pregunto por ella a sus compañeros, disfrazando el interés por mera preocupación académica, y me responden a medias, evasivos, cómplices parricidas que empiezo a odiar de inmediato. ¿Cuántos de ellos sabrían lo que creí un secreto entre nosotros? ¿Cuántos se reirían, a mis espaldas, del vacío que mis preguntas ponen en evidencia? Las peores torturas, sin embargo, me las inflige mi propia mano: día y noche la imagino en brazos más jóvenes, más fieros, que hacen ver los míos como legajos débiles y resecos en comparación; y aunque la mueca de los celos se haga presente con cada pensamiento, con cada sospecha, poco a poco la rutina impone finalmente su regreso.
La he dado ya por perdida, cuando una tarde toca a mi puerta, oculta tras el ojo enorme de una cámara instantánea. La observo unos instantes, escondido detrás de la mirilla, tentado a dejarla afuera y así cobrar una estúpida venganza. Pero el reconocimiento tiene sus propias leyes: los dos cíclopes se sonríen. La dejo pasar sin decir una palabra y me roba un par de retratos juguetones con la Polaroid. No sé si darle la bienvenida, como al hijo pródigo, o si intentar exigir algunas explicaciones; opto por sonreír en silencio. «Son para llevarte conmigo a casa», responde a mi extrañeza frente al inesperado gesto de atesoramiento. Le pregunto a quién se las piensa mostrar, y ella contesta que no hay nadie esperando su regreso. Entonces le pido la máquina fotográfica y cambiamos roles durante unos instantes: no cabe duda de que era esa su verdadera intención, la de ser fotografiada. Vino a dejarme sus retratos, a perdurar en mi memoria y a despedirse. Quiere ser única, tal y como todas lo desean.
Sus primeros retratos son lúgubres y lejanos, como si se hubiese quedado de pronto sin baterías; así que dirijo el objetivo hacia otras partes de su cuerpo: muslos fuertes y blancos, pechos apenas haciéndose notar bajo la blusa o un cuello minado de pecas rojas, hasta finalmente convencerla de modelar para mí. Al principio con poses tímidas, atiborradas de sonrisas y muecas adolescentes, o de gestos falaces de seducción. La dejo exagerar a su antojo, pues pocos clics del aparato bastan para arrancarle el rojo vivo de sus entrañas: un pezón escondido entre la tela, un asomo de vello púbico o una espalda completamente desnuda. Su cuerpo se me ofrece a trozos, y los cuadritos plásticos que los contienen revolotean a nuestro alrededor, cayendo sobre las prendas de su ropa en el suelo. La imagino como un árbol desnudo, postrada de rodillas, sosteniendo la mirada de mi único ojo abierto a medida que sus manos se alzan para liberar mi sexo. La imagen es casi religiosa. La cámara funciona a todo dar, y la retrato devorándome, entregada a sus caricias caníbales hasta extraer de mí la última gota. Ella se yergue relamiéndose mientras yo me derrumbo, ahora un árbol talado, y entonces, victoriosa, me anuncia lo inminente de su partida.
Mis ofertas de acompañarla al aeropuerto son rechazadas con amabilidad: no amor, ni desespero, ni pasión; amabilidad, como quien agradece un asiento en el autobús, y con un gesto gélidamente cordial, japonés. Su único regalo de despedida consiste en el puñado de fotos que yo mismo le tomé: pechos, piernas, labios, manos, segmentos disociados de su cuerpo, a veces mezclados con el mío, rectángulos de cartón sin dedicatoria, sin marcas de pintura de labios, ni la desgarrada escritura manual de un tenebroso juramento de amor. Solo retazos de un brevísimo collage, que dejo guardados en el bolsillo de la chaqueta.
No vuelvo a verla ni a saber de ella.
Entrego los días siguientes a una soledad inusitada, intentando escuchar algunos ecos interiores revueltos durante su segunda partida. Es un lugar común que la vida rara vez otorgue segundas oportunidades: en realidad se compone de ellas. Un debut se aprecia solo al ver de nuevo representada la obra, una receta se comprueba después de haberla probado una primera vez en manos ajenas y un abandono se padece realmente en la medida en que es eco de otros anteriores; pues toda segunda vez entraña el espíritu de la primera, la persigue y la pretende: nos exige ignorar lo sabido y hacernos la vista gorda, mirar hacia el otro lado en vez de dar el grito de alarma. El lugar de las segundas oportunidades es siempre el mismo de la primera: siempre idénticas, siempre inéditas, las segundas veces son el tiempo que tardamos en darnos cuenta del déjà vu, de aquello que decidimos, de una u otra forma, no prever.
Seducido por estas ideas, me pierdo entre mis polvorientas enciclopedias y deambulo horas enteras en el computador, rastreando un rumbo desconocido hasta penetrar sin notarlo en territorios otrora velados: gavetas prohibidas, libretas sentenciadas al ostracismo en algún armario, dedicatorias arrancadas a libros regalados o desechados. Persigo alguna respuesta al enigma de Nagasaki en mis viejos apuntes de clase, en mis diarios de investigación, en las cartas que debí echar a la basura o en ese tímido poemario que preferí jamás publicar. Todo vuelve a mis ojos, viajando hacia atrás en el tiempo, hacia atrás en los rostros perdidos: el amor es la eterna promesa de un nuevo intento, de un segundo chance compuesto de olvidos y de perdones: todos los amantes están en
Nagasaki. Recorro montones de líneas escritas por un yo ahora distante, con la esperanza de hallar en mi propio puño respuestas viejas a preguntas recientes: alguna clase de alquimia que convierta el doloroso pasado en clave mágica para el presente, pues ¿qué valor tiene si no la memoria, esa memoria expandida con que llenamos cuadernos, libros y libretas? ¿De qué sirve tolerar el sufrimiento, sino como una promesa de paz en la experiencia?
«Los poetas pueden, profesor», me susurra al oído su recuerdo. Los poetas pueden obrar esa alquimia. La belleza salvará al mundo. Me río, finalmente, de mis propias reflexiones, dictadas en clase con grandilocuencia a quienes ven el mundo por primera vez: si toda segunda vez es cruel, es porque en ella se ponen a prueba la memoria y la experiencia. Y la repetición del error es la prueba misma de su inexistencia, el triunfo final del vacío: envejecer es cometer los mismos errores una y otra vez, despiadadamente consciente de ellos pero anhelando la trágica frescura de la juventud. Toda vejez insiste en el error, somos ecos agotados de nosotros mismos.
Extraigo sus fotografías una por una y las coloco, saboreando su conocida dulzura, en el marco de mis antiguos portarretratos, en las estanterías de mi biblioteca, en la mesita del comedor. Y renunciando silenciosamente a lo demás, reemprendo la rutina, tristemente sonriente, de recorrer esta ciudad propia y ajena, este camino transitado hasta el hartazgo. Viajar, a fin de cuentas, ha perdido ya todo el sentido: donde quiera que me encuentre estaré siempre mirando el final del día sobre mi hombro, a la espera lánguida de volver a verlo acontecerse. Adonde quiera que vaya, me digo con una amarga sonrisa de resignación, me encontraré siempre, de nuevo, en Nagasaki.
 
Marcelo_Arrizabalaga,01.04.2020
Cuento "La santa" de Gabriel García Márquez , extractado del libro "Doce cuentos peregrinos":

http://www.literatura.us...
 
Martilu,06.04.2020
Secretos

Sandra Santana
[Cuento. Texto completo.]
Con él aprendiste a guardar secretos. Entraba a tu cuarto, ponía un dedo sobre sus labios y te extendía la mano para que lo siguieras.

Con él descubriste el escondite de la hormiga reina y el lugar donde los cucubanos fabricaban su luz. Te contaba historias fantásticas y regresaban muy tarde, cuando papá ya dormía.

El día de la tormenta entró a tu cuarto, te arropó con una manta y corrieron hasta la tormentera de un vecino. En el trayecto se empaparon y les cayeron muchas ramas encima. Los rayos partían el espacio y los truenos estremecían el barro del camino. En la tormentera se colaba el agua, y el viento, furioso, parecía querer levantar los cimientos. Tu hermano te abrazó y te prometió que nunca te abandonaría. Con él, tus miedos tenían de dónde asirse.

Días después le comenzaron los ataques. Se le viraban los ojos y convulsaba. Caía al suelo, como muerto. Le guardaste el secreto, y lo protegiste. Hasta que un adulto lo vio y dijo que estaba poseído.

Se lo llevaron y no lo volviste a ver. Supiste que había muerto cuando comenzó a visitarte. No le dijiste a nadie. Hablar con los muertos es cosa de brujas. Y a ellas también las desaparecían.

Fue un secreto feliz que te acompañó siempre. Él llegaba, ponía un dedo en sus labios, y te hacía compañía. Te contaba de mamá, de la abuela, y de lugares hermosos donde se respiraba paz.

Pasaste momentos muy duros, como cuando tu marido te abandonó, siendo muy joven aún, y tuviste que afrontar la crianza de tus hijos sin ningún apoyo. Cuando, ya adultos, tus vástagos se fueron y quedaste sola. Cuando te declararon vieja y te internaron en un asilo.

Tu hermano siempre te acompañó. Así, cumplía su promesa, y tú guardabas el secreto. A veces, las enfermeras te sorprendían hablando o riendo, y te miraban compasivas. Ellas no entenderían. Y tú no les ibas a explicar.

Hoy tampoco les dirás que a tus 92 años tu hermano ha venido a verte, como siempre. Solo que esta vez, luego de la señal convenida, te ha extendido su mano para que lo sigas.

 
Martilu,06.04.2020
En la peluquería, un cuento breve de Hebe Uhart: retoma el guante desde nuestras costas(argentina) y nos entrega un puñado de textos breves sobre el día a día, teñidos de anécdotas y pequeñas reflexiones, que van desde la lucha imposible por dejar de fumar hasta la deriva de un día en la peluquería, que es el relato que aquí presentamos.


La peluquería me parece un lugar tan separado del mundo exterior, tan distante como el cine, por ejemplo. Tan distante que cuando estoy aburrida dentro de ella pienso en el bar que está en la esquina al que voy siempre, y con el pelo lleno de esa brea que ponen para teñir, pienso: “Quiero ir ahora mismo a tomar un café, con la bata negra puesta y los pelos untados”. Por suerte para mi reputación imagino después al café tan lejano e imposible como un viaje a Chascomús. Con el pelo teñido me miro al espejo, no es como el de mi casa, en casa me veo mejor. En el espejo de la peluquería veo todas mis imperfecciones: ojos cansados que me dan una expresión de atontada; llevé un pulóver viejo para que no se manchara y con la luz de ese espejo veo que está realmente viejo; no lo veo como en casa. Ya que parezco tan mal, debo ser simpática para compensar, debo demostrar que soy una persona razonable, sensata, y de ningún modo decir lo que pienso: “quiero ir al bar de la esquina, al cajero, a comprar peras”. Entonces charlo con el peluquero (dice que se llama Gustavo). Y le pregunto si trabaja muchas horas, cuándo viene menos gente y si atienden chicos. Yo me sé todas las respuestas y si no las supiera me importan un pito. La conversación con el peluquero me hace pensar en todo el esfuerzo y el tiempo que gastamos en hablar pavadas y el pensamiento de ese esfuerzo me trae cansancio y resentimiento; pienso que si yo estuviera más linda, él me atendería mejor. Si yo fuera linda podría ser exigente y aguantaría que me pusieran matizador, yo quisiera ser como una de esas mujeres que vuelven locos a los peluqueros diciendo: “Más arriba, más corto, no, del otro lado, no, más hacia el centro”. Pero aunque fuera linda, lamentablemente no tendría paciencia para todas esas exigencias; yo soy más bien como un taximetrero con el que hablamos de dientes y dentistas una vez y me dijo que él pidió a su dentista:

–Mire, yo no tengo tiempo para sacarme los dientes de a uno, sáqueme todos juntos.

Eran seis.

Con la cabeza llena de tintura (la cabeza se enfría) me voy a hacer los pies y ahí me siento mejor. Me atiende en un cubículo oculto porque la cabeza se muestra en público, los pies, no. Las pedicuras son dos, Violeta y María. (A los peluqueros siempre los cambian.) Violeta es ucraniana y quiero saber cosas de su país, pero nunca la saco de (“Oh, un poco diferente, pero todo como acá”. Yo no sé si encierra algún misterio o no le importa nada de nada, porque es muy bonita y nadie se percata de ello, anda como una sombra, se desliza como si no tuviera cuerpo; no, no le importa tampoco ser bonita. Por eso cuando está María, la correntina, prefiero ir con ella; inmediatamente se acuerda de todos los animales que tenía su papá en el campo en Corrientes, el tatú, la yegüita alimentada a biberón y el pájaro carpintero. Y ese cubículo blanco y frío, mezquino, se llena inmediatamente de animalitos del campo y del bosque. Ya no quiero ir al bar de la esquina, ni me acuerdo del cajero y de las peras: quiero ir a Corrientes para ver al pájaro carpintero. Me va entrando cierto bienestar porque el emplasto de la cabeza se va secando mientras me hacen otra cosa. No aguantaría un tiempo muerto sin hacer nada ni que me hagan nada, porque me parece que el mundo está en acción, como cuando hiervo verduras y controlo al mismo tiempo un partido de futbol o tenés por TV cuando juega Argentina, hago todo junto.
Así, en mi epitafio van a poner, como le pusieron a una mujer romana: “Fecit lenam” (tejió, era trabajadora).

Me llama entonces la chica que lava la cabeza. A ellas también las cambian pero por motivos distintos a los de los peluqueros: ellos se van dando un portazo o son transferidos a otra peluquería; cuando las chicas que lavan la cabeza se dan cuenta de que no las van a tomar como peluqueras (salvo alguna muy despierta que haga carrera) se quedan en su casa para mirar la novela de la tarde. Hay varias clases sociales en esa peluquería. Al sector más alto corresponde el que cobra, sentado en una silla alta y movible, todas deben ir con sus papeles y entregarlos a él. Los pedicuros son como un sector paralelo, poco clasificable porque no interactúan tanto como los peluqueros entre sí. Además estos se mueven en un lugar central, con espejos, donde hay pósters con mujeres hermosas de pelo luminoso. No hay fotos de extremidades, se ve que las extremidades son como apéndices. La chica barrendera que recoge pelo del suelo corresponde al sector inferior; ella no hace café a los clientes ni les acomoda las capas; va con su pelo así nomás, con una colita hecha de cualquier forma. Cuando la chica me lava el pelo estoy contenta, ya estoy cerca del café de la esquina. Ella me frota con unas uñas muy largas, que si las empleara a full, me sangraría la cabeza, pero dosifica la agresión del mismo modo que los gatos.

La que se empleaba a fondo era la pedicura Natasha; era la otra cara de violeta; en ese cubículo blanco parecía un tractor en acción. Maniobraba una máquina que pasaban por la planta de los pies como si estuviera arando en una superficie grande un campo de trigo, por ejemplo. Estaba hecha para una empresa heroica, para conducir un tanque por la estepa, no para pequeñas reparaciones de pies y manos. No aguantó las quejas de las clientas (decían que les dolía todo) y se volvió a Ucrania. Y con el pelo lavado me voy a buscar al peluquero. ¿Era Gerardo o Gustavo? Me olvido de que debo mostrarme como una señora sensata y bien comportada y le pido:

–Corte todo para arriba y para atrás; pero arriba quiero que sea como un nido de caranchos.

No pregunta en qué consiste ese peinado, no sé si conoce a sus caranchos y a su nido (yo tampoco), me mira con esa mirada acostrumbrada a cualquier cosa y corta.

Yo salgo contenta.
 



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