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Maldita San Remo


Apareció una mujer saludándome sorprendida por también verme. De un dialogo formal de 2 personas que se encuentran después de años pasé a una invitación, con un directo, te invito a tomar algo. Llegamos a un restaurant y nos sentamos junto a la ventana. Con vista al exterior podríamos recurrir al clima si nos quedáramos sin tema. No fue necesario, mutuamente manteníamos el interés despierto.

Iba a revisar cuánto dinero disponía, entonces lamenté recordar que mi billetera estaba en mi mochila, junto a mis apuntes tirados en algún mesón de la facultad. Porque nunca imaginé que en mi recreo, en la breve vida y muerte de un cigarro, tendría semejante aparición.

Sin dinero, prometí que la próxima vez pagaba yo, y que ella podría pedir lo que quisiera. Para ella no fue problema y nos ajustamos a su presupuesto (similar al de mi billetera). Alcanzó para una cajetilla y lo demás, una bebida chica. La conversación era gratuita y eso era lo importante. La bebida duró como si fuera de 3 litros. Las colillas fueron apilándose mientras con palabras construimos un lugar común, de coincidencias, un lazo que uniera las respectivas individualidades que hoy por un azar parecían conectar, y podía verla, sentirla cerca, todo en una tarde.

Salimos a caminar hacia ninguna parte y dimos vueltas en cuadrado, porque Concepción es así, aunque al pasear sin repetir las calles, quitándonos las capas y dejarlas tiradas como ropas que nos impedían estar desnudos, dibujamos un trapezoide hasta oscurecer. Con la misma sinceridad, sin efectos especiales, sentados en un paradero le dije. Creo que me gustas. Me contestó que era imposible, que recién nos veíamos. Agregué la otra mitad de la verdad. Es que me gustas desde siempre, desde que te conocí. Y la besé, la besé con valentía y la experiencia que antes no tenía, con la intención de redimir un pasado en el que pude ser sincero y decirle muchas cosas que explicaría mejor besándola.

Al despegarnos sus grandes ojos azules me miraban sorprendidos. Me dijo que había sido el mejor beso que alguien le había dado. Para mí también lo fue, pero no me sorprendí, yo sabía cuánto me gustaba. Para mí ese beso no era suficiente, entonces ahora de pie la ataqué de nuevo buscando sorprenderme.

Cuando por segunda vez nos despegamos, la definitiva, consiguió descolocarme de verdad, porque en ese instante ella con un movimiento único y sincronizado, me dijo que debía irse y se dio la vuelta y caminó 3 pasos levantando el brazo como pretendiendo parar un taxi y arrancar. Pero en Concepción casi no hay taxi, sólo buses que demoran 10 minutos, pero al estirar el brazo y sin dejar de caminar, un maldito bus frenó y abrió la puerta para que su octavo paso subiera un escalón.

Su ansiosa prisa pretendía llevarla lejos, pero aquello al chofer no le importaba, él esperaba, con el motor en marcha, sobrellenar el bus también por la puerta trasera. Por eso ella, de pie en los escalones de la puerta delantera, no pudo avanzar más y quedó quieta al alcance de mi poder de convicción. Subí a su escalón y por la espalda la abracé de la cintura, sin presión, pero rodeándola. Mi cabeza asomó sobre su hombro y al oído le pedí que se quedara.

Convencida que su prisa ya era inútil y que la lentitud ganó terreno, no se apuró en resolver mi incertidumbre. Esperando en su cuello, recordé que tengo nariz y que también sirve para sentir aromas placenteros. Respiré.

Ella era creativa, pero en su persona era un rasgo general. Se atisbaba en su forma de vestir. Solía decir que nunca luciría como una lady porque era súper lana. Aun así, conseguía verse femenina sin la ayuda de la ropa. Era creativa para conversar y un dialogo con ella terminaba descontextualizado fácilmente en otro tema. También la consideraba muy crédula, para creer de verdad que yendo a protestas y colaborando sin piedras se podía generar un cambio (y se pudo). A veces era demasiado sincera y reconocía decir cosas de las cuales se arrepentía con vergüenza. Por cosas como esas, me gustaba la mitad. La otra mitad rebosaba apenas verla.

Por eso en la tarde fue extraño escucharla decirme que siempre los hombres terminaban odiándola. Yo nunca la odiaría. Pero me lo enfatizaba con pruebas, con hechos, numerando relaciones toxicas, tragedias.

Exhalé.

El bus empezó andar. Con un paso atrás volví a la calle, pero solo.

Mantuvimos el contacto y nos vimos otras tardes, pero fueron encuentros concertados, sin azar. Tardes con menos prisa y despedidas menos abruptas. Espacios disfrutables y cercanos, pero que no formaron una relación.

En el presente ella formó una familia. Me alegra saber que con quien está, es un buen tipo, y me consta que él nunca la va odiar.

Yo aquella tarde dejé ir ese bus, porque realmente era tarde y debía irse. Quizá no hubo relación porque no hice lo suficiente o porque al contrario de lo parezca, el de la prisa fui yo. Pero en el futuro conocería a otra mujer, y con ella hice lo necesario. Incluso en una oportunidad corrí un par de cuadras detrás de un bus y me subí, simplemente porque la despedida me pareció fome e insuficiente. A esa mujer le dije que tenía muchas ganas de quererla, de amarla, y con su ayuda lo conseguí.

Texto agregado el 01-09-2015, y leído por 52 visitantes. (0 votos)


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