El hombre se levantó de la silla y llevó el plato hasta el tacho de basura para tirar los restos de la cena; el perro, que hasta ese momento estaba echado en el piso cerca de la mesa, lo siguió hasta allí.
—No hay nada para vos acá, Indio —dijo mientras se agachaba y mostraba las sobras al animal, un pastor alemán de buen porte, que olisqueó un poco y se sentó sobre sus patas traseras en el lugar con los ojos y las orejas atentos al otro.
—¿Qué querés vos? Ya comiste, loquito. —Le acarició la cabeza y el perro le apoyó una pata en la rodilla. Entonces dejó el plato en el suelo y con ambas manos lo tomó por las mejillas, lo movió con cierta brusquedad de un lado a otro como en un juego; el animal gruñó apenas y sacudió la cabeza como para zafarse con la lengua afuera, enderezó el lomo pujando con las patas traseras, lo tumbó hacia atrás, logró liberarse y quedó con las patas delanteras sobre el pecho del hombre, ladró un par de veces moviendo la cola hasta que finalmente se apartó un metro.
—Vos querés ir a dar una vuelta. Ya es tu hora, ¿no cierto, Indio? —dijo apoyado sobre los antebrazos.
El animal ladró otra vez moviendo la cola mientras el otro se ponía de pie. Dejó el plato y los cubiertos dentro de la pileta y volvió hasta la mesa con un trapo. Barrió las migas con el trapo hasta el borde con cuidado y de ahí hasta su mano izquierda. Las tiró en el tacho de basura y enjuagó el trapo en la pileta. Dejó caer el agua sobre los utensilios unos segundos mientras estiraba el trapo sobre la mesada. Lo interrumpió un gemido del perro.
—Ya va, Indio.
Cerró la canilla y se secó las manos con un repasador.
—Ya va, loquito.
Al identificar los movimientos del hombre el perro se apuró hacia la puerta de calle.
Era una noche despejada de luna llena. El hombre tenía estacionada su camioneta a un costado del terreno. No había alambrado ni nada similar que marcara el límite entre su propiedad y el camino de ripio. Bajo la luz del porche quedó unos minutos contemplando al perro alejarse entre el chirrido de los grillos. Se sentó en un banco de madera y encendió un cigarrillo.
No había terminado de fumar cuando oyó que desde adentro empezó a timbrar el teléfono. Dejó caer el cigarrillo al suelo y se apuró.
—¡Pedro! —respondió de pie junto a la mesa.
—Tranquilo, Pedro. Acá estoy.
Levantó la vista hacia el reloj de pared, que daba apenas pasadas las diez.
—Acá estoy, Pedro. Sí…
Dio una vuelta alrededor de la mesa y se apoyó con la mano libre en el respaldo de la silla que había usado.
—Antes que nada, respirá, Pedro. Respirá hondo. Estoy acá. —Soltó la silla y se masajeó la nuca enderezando la espalda.
—Así, Pedro. Eso. Tomate tu tiempo.
—¿Dónde estás?
—¿Estás solo?
—Decime si estás solo, Pedro.
—Solo. Oquéi.
—Oquéi. Estás conmigo ahora. Estás en casa conmigo…
—¿Me escuchaste?
—Sí. Eso mismo. Quiero estar seguro de que me estás escuchando lo que te digo.
—Respirá hondo. Despacio…
—No. No hables todavía. Esperá, Pedro. Respirá despacio. Despacio. Retenés el aire.
Levantó la silla a pocos centímetros del suelo y giró media vuelta como si fuera llevársela, pero enseguida la bajó y volvió a apoyarse en ella.
—Eso. Así. Largás de a poco. Puedo escuchar que lo estás haciendo bien.
—¿Viste? Ya estamos mejor.
—No. No estaba durmiendo. Es temprano…
—¿Qué querés decir con eso? —Se rio apenas—. ¿Me estás llamando viejo choto?
Arrimó un poco la silla a la mesa y se sentó.
—Parece que hoy tenemos uno de esos días, ¿no?
—Está bien, Pedro, está perfectamente. Todos tenemos nuestros días malos. ¿Cómo te sentís?
—¿Tomaste las…?
—Sí. Oquéi.
—Bueno, está bien. En eso tenés razón. No está bueno que todos te pregunten lo mismo. Pero…
—Perdoname, Pedro. Yo…
—Te entiendo perfectamente. Lo que pasa que a esta hora…
—No, no estaba durmiendo.
—No quise decir eso.
—Sí, es cierto. No importa la hora…
—No. Todavía no me iba a ir a dormir, Pedro.
—Contame cómo están las cosas, cómo te sentís.
El hombre apoyó ambos codos sobre la mesa sin apartar el teléfono de la oreja. Se quitó los anteojos, los dejó con cuidado en la madera con un movimiento lento del antebrazo, subió la mano hasta la cara y se masajeó los párpados con los dedos. Después deslizó pulgar y medio hacia las sienes presionando las cejas en movimientos de apertura y cierre unos pocos segundos hasta que algo lo hizo enderezarse de repente en la silla y se inclinó hacia atrás hasta apoyarse en el respaldo.
—Entiendo, Pedro. Igualmente me alegra que me llames. Hacía rato que no hablábamos, ¿no?
—Quiero decir que me gusta que hablemos…
—Sí, me acuerdo. Me acuerdo bastante del asunto, cómo no me voy a acordar.
Palpó con la izquierda el bulto que hacía el paquete de cigarrillos en el bolsillo de la camisa.
—Sí sí, te escucho, Pedro. Estoy acá…
—Ya lo sé. No hace falta ni que lo digas. Soy tu tío.
Dejó los cigarrillos junto a los anteojos y otra vez tocó el bolsillo de la camisa. Se puso de pie y, siempre con la mano izquierda libre, comprobó los del pantalón.
—Bueno, no es exclusivamente por el hecho de que seamos…
—Yo sí lo sé, ¿sabés? Llamás porque necesitás hablar, Pedro. Y está perfecto.
—Por eso mismo, sí, ¿viste?
—¿Hoy? —Volvió a sentarse en la silla.
—No, Pedro. La verdad es que creo que deberías evitar esos pensamientos, no importa si se te cruza o lo que sea. Ya habíamos quedado en eso, ¿te acordás?
—Sí, bueno. Un hola y chau alcanza, no hace falta más con esa chica, Pedro. Sobre todo por lo que me decís que te pasa, ¿no te parece?
—No. No lo hace a propósito. Mirá si lo va a hacer a propósito…
—No, Pedro…
—Sabés que no…
—A veces no vemos las cosas como son; lo sabés mejor que nadie.
—Dije mejor que nadie por la situación…
—Pedro, oíme…
—Pedro…
—Pero Laurita tiene su vida con sus cosas; sabemos que nada que ver con vos, no…
—Dije Laurita porque para mí es una nena, no la estoy menospreciando…
—Trece dentro de dos meses me dijiste, así que ahora tiene doce, ¿cierto?
—Pero…
—Oquéi. Laura. Se llama Laura. Digámosle Laura.
—Mejor que no. No necesito que me cuentes esas fantasías, Pedro; no me hace falta. —Negó con la cabeza y dejó colgando al costado de la silla el brazo con la mano que sostenía el teléfono. Resopló el aire despacio como si hubiera contenido una exhalación mientras desde el aparato se oía la voz. Se llevó la mano izquierda a la nuca y movió la cabeza hacia atrás en una especie de masaje, después hacia abajo hasta tocarse el esternón con la barbilla. Finalmente levantó el teléfono.
—Pedro, oíme, no…
—No. No estoy juzgando que sean horribles, no juzgo nada. No es por…
—Oquéi, horribles. Horribles, pero…
—Pedro. Pedro. Pedro. Escuchame. Escuchame bien lo que te digo. Vos de ninguna manera te merecés eso, ¿estamos?
—Pedro, oíme. Nadie se lo merece porque le guste. Porque le guste no. Mejor dicho porque crea que le guste una chica o porque se sienta atraído por una chica ni aunque sea de esa manera…
—No, no empieces con eso de los piecitos. Esperá…
Se levantó y volvió a tocarse los bolsillos del pantalón. Después manipuló el paquete de cigarrillos con los dedos de la izquierda hasta que pudo sacar uno. Caminó hacia la cocina.
—Bueno, podemos ver eso como algo, sí. Si te parece un problema entonces grave o no es un problema. No lo voy a discutir. Ahora que sea tu vecina es más difícil; ya sabemos y no podemos pedirles que se muden, ¿cierto?
—Tranquilo, Pedro. Estoy acá. Claro que estoy acá.
—Primero contestame lo que te dije.
—Oquéi. Oquéi. Pero yo sé que no lo vas a hacer. Vos y yo sabemos que no lo vas a hacer.
—Por los que te queremos. Porque lo sé…
—A ver. No. Enfermedad terminal es el cáncer, Pedro. Y no siempre.
Dejó el cigarrillo sobre la mesada y abrió un cajón, cambió a la mano izquierda el teléfono y con la otra movió un poco las cosas, se detuvo a observar un instante el interior, después a su alrededor.
—Sí, bien jodidos, pero quieren vivir a toda costa; creeme que es así.
—Cómo que no. ¿No se te ocurre que en ciertas circunstancias la vida es lo único, y digo lo único valioso, o lo mejor que uno tiene? —Cerró el cajón.
—Sí, bueno, a veces sí. Pero en general quieren vivir, quieren mejorarse. Todos queremos vivir y estar mejor cuando algo anda mal y eso. Así es por naturaleza. Oíme…
—No te entiendo.
—No, no se cortó, medio que te estaba hablando y me perdí.
—Ah oquéi. ¿A Laura decís?
Levantó el cigarrillo de la mesada y volvió hasta la mesa del comedor. Se puso los anteojos y
quedó parado junto a la silla como si ahora la voz del teléfono le impidiera moverse.
—Bueno, sí. Dije una chica pero ella no sería una chica en realidad, se entiende. Para alguien de tu edad no es una chica como las demás chicas, como si dijéramos una mina o una minita, Pedro. Esto ya lo hablamos y quedamos en que esas fantasías…
—Te sigue pasando, está clarísimo que te sigue pasando; no lo podés evitar. Es así, a veces no se puede. Uno no decide todas las cosas de uno mismo. Te entiendo perfectamente.
—Te entiendo.
—No. Nadie tiene la culpa, es cierto, pero…
—Pero vas a cumplir treinta y…
—Pero qué decís, chabón. Uno nunca sabe. Quiero decir no sabés la cantidad de cosas que te quedan por vivir…
—Oquéi. Escuchame una…
—Tenemos que trabajarlo. Tenés que trabajarlo con paciencia, con ayuda y con paciencia como lo venís haciendo. Sabés que no estás solo en esto. No estás solo…
—Pedro. Pedro, escuchame, dejame que te diga una…
—A ver. Te cuento que yo a los treinta y dos, treinta y tres años, por ahí andaba, conocí a una venezolana, una negra venezolana hermosa, mirá.
Fue hasta la sala y se desplomó en el sillón. Quedó frente a la pantalla del televisor apagado sobre un rack de madera, aún tenía el cigarrillo en la mano.
—No sé, Pedro, capaz que sí. Todos tenemos nuestras cosas…
—Escuchame. Escuchame un poco. Nos vendría bien cambiar de tema.
—Sí, ahora mismo, justamente ahora mismo. Estamos empantanados, ¿te das cuenta?
—¿Por qué no? Si yo también valoro mucho hablar con vos. En serio, Pedro…
—Claro que lo que te pasa es importante para mí porque vos sos alguien importante. Te hablo como te hablo porque sos importante, ¿sabés?
—No no no. No me refiero a eso de que todos somos importantes, Pedro, no soy el papa que saluda con la manito. Hablo de vos, de vos, que para mí sos importante de verdad. Lo sabés.
—Bueno, mirá. Escuchame un poquito. Te quiero contar algo que por ahí viene al…
—¿No te puedo contar algo que me pasó hace mucho porque es importante para mí?
—Oquéi. Oquéi. Dale.
—¿El campo del abuelo? Por supuesto, el campo del abuelo.
—¡Claro! Cómo no me voy a acordar de cuando pasábamos esos fines de semana largos allá.
—Sí, vos eras un pibe. Yo era joven. Bueno no es que ahora se un viejo choto, eh.
—Sí, algo de eso, por supuesto que sí. Había un…
—¿Los patitos?
—Ah ya veo adónde querés ir. Esperá…
—Esperá, Pedro. Te voy a decir que…
—¿Te cuento algo? Te cuento que ya lo sabía, Pedro.
—Sí.
—¿Y qué problema hay? Siempre supe lo de los patitos.
—En su momento me lo contó tu abuelo…
—Mi viejo, sí. Me lo contó una vuelta…
—Nada. No pensé nada ni me pareció nada. No fue para hacer un mundo de eso, Pedro. No fue ni es para tanto. Nadie te juzgó antes ni te va a juzgar ahora por eso. Son cosas de chicos.
—Oíme. En serio. No creo que sea necesario hablar de eso ahora, la verdad.
—Pero ya es historia, Pedro. Éramos otras personas.
—Sí, bueno, el abuelo estuvo dándole vueltas a ese tema en su momento…
—No pasa nada, Pedro, en serio. Vos sabés que justo el otro día me estaba acordando del viejo de los caballos por uno de acá de la zona. Mirá qué casualidad. ¡El viejo de los caballos!
—¡Exacto! Mirá que tenés buena memoria, eh…
—Sí sí sí. Pará. Pará. Ya que estamos, ¿vos te acordás del tanque australiano de tu abuelo? Yo siempre me acuerdo de eso, del agua fría aunque hiciera un calor bárbaro.
—Sí, vos te metías. Claro que te metías como si nada y tu madre se volvía loca.
—¡Cierto! ¡El día que te caíste del caballo! ¡Me había olvidado!
—Sí, ahora te reís. Pero el julepe que nos pegamos todos, sobre todo mi hermana. Qué bárbaro.
—Sí. Sí que te reíste, Pedro. Yo mismo te acabo de oír que te reíste. No te hagas.
—¡Ah claro! ¿Ves? Ese día también se puso como loca tu vieja. Me acuerdo. ¡Cómo no me voy a acordar si me recagó a pedos!
—Yo te dije mejor no le digas nada a tu mamá de que fuimos a tirar unos tiros con la carabina del abuelo y cuando entraste a la casa lo primero que hiciste fue decir que los tiros de las películas no suenan como los de verdad, ¿te acordás?
—Yo sí me acuerdo. Yo sí que me acuerdo…
—¡Ah! ¿Viste? Eso también son cosas de chiquilines.
—Igual es cierto eso de los tiros de las películas, ¿o no?
—Sí, y la entendí a tu vieja. Medio que me ofendí un poco en ese momento, pero la entendí.
—Bueno, hizo lo mejor que pudo. Pensá que estaba sola. No era fácil.
Guardó el cigarrillo en el bolsillo de la camisa. Se levantó y de una de las puertas del rack sacó una botella de vodka, que llevó hasta la cocina.
—No, creo que en esa época todavía vivíamos en lo de la abuela. Vos tendrías cinco o seis años cuando me fui.
Se sirvió un vaso hasta la mitad sobre la mesada con el teléfono sostenido entre la cabeza y el hombro. Sacó una cubetera del freezer y agregó un hielo.
—Sí, bueno, yo ayudaba con vos. Te cuidaba cuando estábamos solos y jugábamos y eso.
—Es normal que no te acuerdes; eras muy chico.
—Qué es lo que querés saber, Pedro.
Movió el hielo con un dedo sin levantar el vaso de la mesada. Guardó la cubetera en su lugar. Llevó el vaso hasta la mesa del comedor y se sentó.
—Cuál secreto. No recuerdo haber tenido secretos con vos, la verdad. —Bebió un trago largo e hizo una mueca involuntaria sacudiendo apenas la cabeza con los párpados apretados.
—Yo que vos no le daría tantas vueltas a un recuerdo borroso de cuando eras tan chiquito, Pedro. No me suena eso que decís. Pasaron muchos años…
—A Borguetti le contaste, oquéi.
Se levantó de un salto y fue con el vaso hasta la puerta de calle. Cuando se disponía a sentarse vio el encendedor sobre el banco de madera.
—¿Y le pareció que puede ser importante eso para la terapia?
—No sé, Pedro.
—A las escondidas, los autitos, qué sé yo…
—En la pieza. Puede ser.
—No me acuerdo. Si se me viene algo a la cabeza te digo.
Acabó el vaso de un trago y lo dejó en el suelo. Se levantó, anduvo los metros hasta el camino de ripio y observó durante unos segundos el panorama de un flanco a otro. Al frente se alzaban alto unos pinos tras un alambrado precario.
—¿Cómo está el tiempo allá?
—Es que no lo sé. No me acuerdo bien, Pedro. La verdad.
—Acá hay una luna enorme.
Encendió el cigarrillo y regresó hasta el porche.
—Oquéi. Quedamos así.
—Un abrazo, Pedro.
|