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rhcastro,03.04.2015

El propósito es disfrutar de diversos autores. Imagina lo bien que la pasaremos compartiendo la experiencia. Si te agrada leer, agrega un texto al día que yo estaré fascinada de leerlo. Sin comentarios, sin más participación que tu aporte.


*Evita promover tus textos o textos de compañeros en este lugar.


EL QUE INVENTÓ LA PÓLVORA



Uno de los pocos intelectuales que aún existían en los días anteriores a la catástrofe, expresó que quizá la culpa de todo la tenía Aldous Huxley. Aquel intelectual -titular de la misma cátedra de sociología, durante el año famoso en que a la humanidad entera se le otorgó un Doctorado Honoris Causa, y clausuraron sus puertas todas las Universidades-, recordaba todavía algún ensayo de Music at Night: los snobismos de nuestra época son el de la ignorancia y el de la última moda; y gracias a éste se mantienen el progreso, la industria y las actividades civilizadas. Huxley, recordaba mi amigo, incluía la sentencia de un ingeniero norteamericano: «Quien construya un rascacielos que dure más de cuarenta años, es traidor a la industria de la construcción». De haber tenido el tiempo necesario para reflexionar sobre la reflexión de mi amigo, acaso hubiera reído, llorado, ante su intento estéril de proseguir el complicado juego de causas y efectos, ideas que se hacen acción, acción que nutre ideas. Pero en esos días, el tiempo, las ideas, la acción, estaban a punto de morir.

La situación, intrínsecamente, no era nueva. Sólo que, hasta entonces, habíamos sido nosotros, los hombres, quienes la provocábamos. Era esto lo que la justificaba, la dotaba de humor y la hacía inteligible. Éramos nosotros los que cambiábamos el automóvil viejo por el de este año. Nosotros, quienes arrojábamos las cosas inservibles a la basura. Nosotros, quienes optábamos entre las distintas marcas de un producto. A veces, las circunstancias eran cómicas; recuerdo que una joven amiga mía cambió un desodorante por otro sólo porque los anuncios le aseguraban que la nueva mercancía era algo así como el certificado de amor a primera vista. Otras, eran tristes; uno llega a encariñarse con una pipa, los zapatos cómodos, los discos que acaban teñidos de nostalgia, y tener que desecharlos, ofrendarlos al anonimato del ropavejero y la basura, era ocasión de cierta melancolía.

Nunca hubo tiempo de averiguar a qué plan diabólico obedeció, o si todo fue la irrupción acelerada de un fenómeno natural que creíamos domeñado. Tampoco, dónde se inició la rebelión, el castigo, el destino -no sabemos cómo designarlo. El hecho es que un día, la cuchara con que yo desayunaba, de legítima plata Christoph, se derritió en mis manos. No di mayor importancia al asunto, y suplí el utensilio inservible con otro semejante, del mismo diseño, para no dejar incompleto mi servicio y poder recibir con cierta elegancia a doce personas. La nueva cuchara duró una semana; con ella, se derritió el cuchillo. Los nuevos repuestos no sobrevivieron las setenta y dos horas sin convertirse en gelatina. Y claro, tuve que abrir los cajones y cerciorarme: toda la cuchillería descansaba en el fondo de las gavetas, excreción gris y espesa. Durante algún tiempo, pensé que estas ocurrencias ostentaban un carácter singular. Buen cuidado tomaron los felices propietarios de objetos tan valiosos en no comunicar algo que, después tuvo que saberse, era ya un hecho universal. Cuando comenzaron a derretirse las cucharas, cuchillos, tenedores, amarillentos, de alumno y hojalata, que usan los hospitales, los pobres, las fondas, los cuarteles, no fue posible ocultar la desgracia que nos afligía. Se levantó un clamor: las industrias respondieron que estaban en posibilidad de cumplir con la demanda, mediante un gigantesco esfuerzo, hasta el grado de poder reemplazar los útiles de mesa de cien millones de hogares, cada veinticuatro horas.

El cálculo resultó exacto. Todos los días, mi cucharita de té -a ella me reduje, al artículo más barato, para todos los usos culinarios- se convertía, después del desayuno, en polvo. Con premura, salíamos todos a formar cola para adquirir una nueva. Que yo sepa, muy pocas gentes compraron al mayoreo; sospechábamos que cien cucharas adquiridas hoy serían pasta mañana, o quizá nuestra esperanza de que sobrevivieran veinticuatro horas era tan grande como infundada. Las gracias sociales sufrieron un deterioro total; nadie podía invitar a sus amistades, y tuvo corta vida el movimiento, malentendido y nostálgico, en pro de un regreso a las costumbres de los vikingos.

Esta situación, hasta cierto punto amable, duró apenas seis meses. Alguna mañana, terminaba mi cotidiano aseo dental. Sentí que el cepillo, todavía en la boca, se convertía en culebrita de plástico; lo escupí en pequeños trozos. Este género de calamidades comenzó a repetirse casi sin interrupciones. Recuerdo que ese mismo día, cuando entré a la oficina de mi jefe en el Banco, el escritorio se desintegró en terrones de acero, mientras los puros del financiero tosían y se deshebraban, y los cheques mismos daban extrañas muestras de inquietud... Regresando a la casa, mis zapatos se abrieron como flor de cuero, y tuve que continuar descalzo. Llegué casi desnudo: la ropa se habla caído a jirones, los colores de la corbata se separaron y emprendieron un vuelo de mariposas. Entonces me di cuenta de otra cosa: los automóviles que transitaban por las calles se detuvieron de manera abrupta, y mientras los conductores descendían, sus sacos haciéndose polvo en las espaldas, emanando un olor colectivo de tintorería y axilas, los vehículos, envueltos en gases rojos, temblaban. Al reponerme de la impresión, fijé los ojos en aquellas carrocerías. La calle hervía en una confusión de caricaturas: Fords Modelo T, carcachas de 1909, Tin Lizzies, orugas cuadriculadas, vehículos pasados de moda.

La invasión de esa tarde a las tiendas de ropa y muebles, a las agencias de automóvil, resulta indescriptible. Los vendedores de coches -esto podría haber despertado sospechas- ya tenían preparado el Modelo del Futuro, que en unas cuantas horas fue vendido por millares. (Al día siguiente, todas las agencias anunciaron la aparición del Novísimo Modelo del Futuro, la ciudad se llenó de anuncios démodé del Modelo del día anterior -que, ciertamente, ya dejaba escapar un tufillo apolillado-, y una nueva avalancha de compradores cayó sobre las agencias.)

Aquí debo insertar una advertencia. La serie de acontecimientos a que me vengo refiriendo, y cuyos efectos finales nunca fueron apreciados debidamente, lejos de provocar asombro o disgusto, fueron aceptados con alborozo, a veces con delirio, por la población de nuestros países. Las fábricas trabajaban a todo vapor y terminó el problema de los desocupados. Magnavoces instalados en todas las esquinas, aclaraban el sentido de esta nueva revolución industrial: los beneficios de la libre empresa llegaban hoy, como nunca, a un mercado cada vez más amplio; sometida a este reto del progreso, la iniciativa privada respondía a las exigencias diarias del individuo en escala sin paralelo; la diversificación de un mercado caracterizado por la renovación continua de los artículos de consumo aseguraba una vida rica, higiénica y libre. «Carlomagno murió con sus viejos calcetines puestos -declaraba un cartel- usted morirá con unos Elasto-Plastex recién salidos de la fábrica.» La bonanza era increíble; todos trabajaban en las industrias, percibían enormes sueldos, y los gastaban en cambiar diariamente las cosas inservibles por los nuevos productos. Se calcula que, en mi comunidad solamente, llegaron a circular en valores y en efectivo, más de doscientos mil millones de dólares cada dieciocho horas.

El abandono de las labores agrícolas se vio suplido, y concordado, por las industrias química, mobiliaria y eléctrica. Ahora comíamos píldoras de vitamina, cápsulas y granulados, con la severa advertencia médica de que era necesario prepararlos en la estufa y comerlos con cubiertos (las píldoras, envueltas por una cera eléctrica, escapan al contacto con los dedos del comensal).

Yo, justo es confesarlo, me adapté a la situación con toda tranquilidad. El primer sentimiento de terror lo experimenté una noche, al entrar a mi biblioteca. Regadas por el piso, como larvas de tinta, yacían las letras de todos los libros. Apresuradamente, revisé varios tomos: sus páginas, en blanco. Una música dolorosa, lenta, despedida, me envolvió; quise distinguir las voces de las letras; al minuto agonizaron. Eran cenizas. Salí a la calle, ansioso de saber qué nuevos sucesos anunciaba éste; por el aire, con el loco empeño de los vampiros, corrían nubes de letras; a veces, en chispazos eléctricos, se reunían... amor rosa palabra, brillaban un instante en el cielo, para disolverse en llanto. A la luz de uno de estos fulgores, vi otra cosa: nuestros grandes edificios empezaban a resquebrajarse; en uno, distinguí la carrera de una vena rajada que se iba abriendo por el cuerpo de cemento. Lo mismo ocurría en las aceras, en los árboles, acaso en el aire. La mañana nos deparó una piel brillante de heridas. Buen sector de obreros tuvo que abandonar las fábricas para atender a la reparación material de la ciudad; de nada sirvió, pues cada remiendo hacía brotar nuevas cuarteaduras.

Aquí concluía el periodo que pareció haberse regido por el signo de las veinticuatro horas. A partir de este instante, nuestros utensilios comenzaron a descomponerse en menos tiempo; a veces en diez, a veces en tres o cuatro horas. Las calles se llenaron de montañas de zapatos y papeles, de bosques de platos rotos, dentaduras postizas, abrigos desbaratados, de cáscaras de libros, edificios y pieles, de muebles y flores muertas y chicle y aparatos de televisión y baterías. Algunos intentaron dominar a las cosas, maltratarlas, obligarlas a continuar prestando sus servicios; pronto se supo de varias muertes extrañas de hombres y mujeres atravesados por cucharas y escobas, sofocados por sus almohadas, ahorcados por las corbatas. Todo lo que no era arrojado a la basura después de cumplir el término estricto de sus funciones, se vengaba así del consumidor reticente.

La acumulación de basura en las calles las hacía intransitables. Con la huida del alfabeto, ya no se podían escribir directrices; los magnavoces dejaban de funcionar cada cinco minutos, y todo el día se iba en suplirlos con otros. ¿Necesito señalar que los basureros se convirtieron en la capa social privilegiada, y que la Hermandad Secreta de Verrere era, de facto, el poder activo detrás de nuestras instituciones republicanas? De viva voz se corrió la consigna: los intereses sociales exigen que para salvar la situación se utilicen y consuman las cosas con una rapidez cada día mayor. Los obreros ya no salían de las fábricas; en ellas se concentró la vida de la ciudad, abandonándose a su suerte edificios, plazas, las habitaciones mismas. En las fábricas, tengo entendido que un trabajador armaba una bicicleta, corría por el patio montado en ella; la bicicleta se reblandecía y era tirada al carro de la basura que, cada día más alto, corría como arteria paralítica por la ciudad; inmediatamente, el mismo obrero regresaba a armar otra bicicleta, y el proceso se repetía sin solución. Lo mismo pasaba con los demás productos; una camisa era usada inmediatamente por el obrero que la fabricaba, y arrojada al minuto; las bebidas alcohólicas tenían que ser ingeridas por quienes las embotellaban, y las medicinas de alivio respectivas por sus fabricantes, que nunca tenían oportunidad de emborracharse. Así sucedía en todas las actividades.

Mi trabajo en el Banco ya no tenía sentido. El dinero había dejado de circular desde que productores y consumidores, encerrados en las factorías, hacían de los dos actos uno. Se me asignó una fábrica de armamentos como nuevo sitio de labores. Yo sabía que las armas eran llevadas a parajes desiertos, y usadas allí; un puente aéreo se encargaba de transportar las bombas con rapidez, antes de que estallaran, y depositarlas, huevecillos negros, entre las arenas de estos lugares misteriosos.

Ahora que ha pasado un año desde que mi primera cuchara se derritió, subo a las ramas de un árbol y trato de distinguir, entre el humo y las sirenas, algo de las costras del mundo. El ruido, que se ha hecho sustancia, gime sobre los valles de desperdicio; temo -por lo que mis últimas experiencias con los pocos objetos servibles que encuentro delatan- que el espacio de utilidad de las cosas se ha reducido a fracciones de segundo. Los aviones estallan en el aire, cargados de bombas; pero un mensajero permanente vuela en helicóptero sobre la ciudad, comunicando la vieja consigna: «Usen, usen, consuman, consuman, ¡todo, todo!» ¿Qué queda por usarse? Pocas cosas, sin duda.

Aquí, desde hace un mes, vivo escondido, entre las ruinas de mi antigua casa. Huí del arsenal cuando me di cuenta que todos, obreros y patrones, han perdido la memoria, y también, la facultad previsora... Viven al día, emparedados por los segundos. Y yo, de pronto, sentí la urgencia de regresar a esta casa, tratar de recordar algo apenas estas notas que apunto con urgencia, y que tampoco dicen de un año relleno de datos- y formular algún proyecto.

¡Qué gusto! En mi sótano encontré un libro con letras impresas; es Treasure Island, y gracias a él, he recuperado el recuerdo de mí mismo, el ritmo de muchas cosas... Termino el libro («¡Pieces of eight! ¡Pieces of eight!» y miro en redor mío. La espina dorsal de los objetos despreciados, su velo de peste. ¿Los novios, los niños, los que sabían cantar, dónde están, por qué los olvidé, los olvidamos, durante todo este tiempo? ¿Qué fue de ellos mientras sólo pensábamos (y yo sólo he escrito) en el deterioro y creación de nuestros útiles? Extendí la vista sobre los montones de inmundicia. La opacidad chiclosa se entrevera en mil rasguños; las llantas y los trapos, la obsesidad maloliente, la carne inflamada del detritus, se extienden enterrados por los cauces de asfalto; y pude ver algunas cicatrices, que eran cuerpos abrazados, manos de cuerda, bocas abiertas, y supe de ellos.

No puedo dar idea de los monumentos alegóricos que sobre los desperdicios se han construido, en honor de los economistas del pasado. El dedicado a las Armonías de Bastiat, es especialmente grotesco.

Entre las páginas de Stevenson, un paquete de semillas de hortaliza. Las he estado metiendo en la tierra, ¡con qué gran cariño!... Ahí pasa otra vez el mensajero:

«USEN TODO... TODO... TODO»

Ahora, ahora un hongo azul que luce penachos de sombra y me ahoga en el rumor de los cristales rotos...

Estoy sentado en una playa que antes -si recuerdo algo de geografía- no bañaba mar alguno. No hay más muebles en el universo que dos estrellas, las olas y arena. He tomado unas ramas secas; las froto, durante mucho tiempo... ah, la primera chispa..

Carlos Fuentes.
 
rhcastro,03.04.2015
*Un cuento por día. Fijarse en la fecha del último posteo para agregar. Si alguien ya lo hizo espera al siguiente día para subir el siguiente.
 
rhcastro,04.04.2015
EL OJO SILVA


Lo que son las cosas, Mauricio Silva, llamado el Ojo, siempre intentó escapar de la violencia aun a riesgo de ser considerado un cobarde, pero de la violencia, de la verdadera violencia, no se puede escapar, al menos no nosotros, los nacidos en Latinoamérica en la década del cincuenta, los que rondábamos los veinte años cuando murió Salvador Allende.

El caso del Ojo es paradigmático y ejemplar y tal vez no sea ocioso volver a recordarlo, sobre todo cuando ya han pasado tantos años.

En enero de 1974, cuatro meses después del golpe de Estado, el Ojo Silva se marchó de Chile. Primero estuvo en Buenos Aires, luego los malos vientos que soplaban en la vecina república lo llevaron a México en donde vivió un par de años y en donde lo conocí.

No era como la mayoría de los chilenos que por entonces vivían en el D.F.: no se vanagloriaba de haber participado en una resistencia más fantasmal que real, no frecuentaba los círculos de exiliados.

Nos hicimos amigos y solíamos encontrarnos una vez a la semana, por lo menos, en el café La Habana, de Bucareli, o en mi casa de la calle Versalles en donde yo vivía con mi madre y con mi hermana. Los primeros meses el Ojo Silva sobrevivió a base de tareas esporádicas y precarias, luego consiguió trabajo como fotógrafo de un periódico del D.F. No recuerdo qué periódico era, tal vez El Sol, si alguna vez existió en México un periódico de ese nombre, tal vez El Universal; yo hubiera preferido que fuera El Nacional, cuyo suplemento cultural dirigía el viejo poeta español Juan Rejano, pero en El Nacional no fue porque yo trabajé allí y nunca vi al Ojo en la redacción. Pero trabajó en un periódico mexicano, de eso no me cabe la menor duda, y su situación económica mejoró, al principio imperceptiblemente, porque el Ojo se había acostumbrado a vivir de forma espartana, pero si uno afinaba la mirada podía apreciar señales inequívocas que hablaban de un repunte económico.

Los primeros meses en el D.F., por ejemplo, lo recuerdo vestido con sudaderas. Los últimos ya se había comprado un par de camisas e incluso una vez lo vi con corbata, una prenda que nosotros, es decir mis amigos poetas y yo, no usábamos nunca. De hecho, el único personaje encorbatado que alguna vez se sentó a nuestra mesa del café Quito, en la avenida Bucareli, fue el Ojo.

Por aquellos días se decía que el Ojo Silva era homosexual. Quiero decir: en los círculos de exiliados chilenos corría ese rumor, en parte como manifestación de maledicencia y en parte como un nuevo chisme que alimentaba la vida más bien aburrida de los exiliados, gente de izquierda que pensaba, al menos de cintura para abajo, exactamente igual que la gente de derecha que en aquel tiempo se enseñoreaba de Chile.

Una vez vino el Ojo a comer a mi casa. Mi madre lo apreciaba y el Ojo correspondía al cariño haciendo de vez en cuando fotos de la familia, es decir de mi madre, de mi hermana, de alguna amiga de mi madre y de mí. A todo el mundo le gusta que lo fotografíen, me dijo una vez. A mí me daba igual, o eso creía, pero cuando el Ojo dijo eso estuve pensando durante un rato en sus palabras y terminé por darle la razón. Sólo a algunos indios no les gustan las fotos, dijo. Mi madre creyó que el Ojo estaba hablando de los mapuches, pero en realidad hablaba de los indios de la India, de esa India que tan importante iba a ser para él en el futuro.

Una noche me lo encontré en el café Quito. Casi no había parroquianos y el Ojo estaba sentado junto a los ventanales que daban a Bucareli con un café con leche servido en vaso, esos vasos grandes de vidrio grueso que tenía el Quito y que nunca más he vuelto a ver en un establecimiento público. Me senté junto a él y estuvimos charlando durante un rato. Parecía translúcido. Esa fue la impresión que tuve. El Ojo parecía de cristal, y su cara y el vaso de vidrio de su café con leche parecían intercambiar señales, como si se acabaran de encontrar, dos fenómenos incomprensibles en el vasto universo, y trataran con más voluntad que esperanza de hallar un lenguaje común.

Esa noche me confesó que era homosexual, tal como propagaban los exiliados, y que se iba de México. Por un instante creí entender que se marchaba porque era homosexual. Pero no, un amigo le había conseguido un trabajo en una agencia de fotógrafos de París y eso era algo con lo que siempre había soñado. Tenía ganas de hablar y yo lo escuché. Me dijo que durante algunos años había llevado con ¿pesar?, ¿discreción?, su inclinación sexual, sobre todo porque él se consideraba de izquierdas y los compañeros veían con cierto prejuicio a los homosexuales. Hablamos de la palabra invertido (hoy en desuso) que atraía como un imán paisajes desolados, y del término colisa, que yo escribía con ese y que el Ojo pensaba se escribía con zeta.

Recuerdo que terminamos despotricando contra la izquierda chilena y que en algún momento yo brindé por los luchadores chilenos errantes, una fracción numerosa de los luchadores latinoamericanos errantes, entelequia compuesta de huérfanos que, como su nombre indica, erraban por el ancho mundo ofreciendo sus servicios al mejor postor, que casi siempre, por lo demás, era el peor. Pero después de reírnos el Ojo dijo que la violencia no era cosa suya. Tuya sí, me dijo con una tristeza que entonces no entendí, pero no mía. Detesto la violencia. Yo le aseguré que sentía lo mismo. Después nos pusimos a hablar de otras cosas, libros, películas, y ya no nos volvimos a ver.

Un día supe que el Ojo se había marchado de México. Me lo comunicó un antiguo compañero suyo del periódico. No me pareció extraño que no se hubiera despedido de mí. El Ojo nunca se despedía de nadie. Yo nunca me despedía de nadie. Mis amigos mexicanos nunca se despedían de nadie. A mi madre, sin embargo, le pareció un gesto de mala educación.

Dos o tres años después yo también me marché de México. Estuve en París, lo busqué (si bien no con excesivo ahínco), no lo encontré. Con el paso del tiempo empecé a olvidar hasta su rostro, aunque siempre persistió en mi memoria una forma de acercarse, un estar, una forma de opinar desde cierta distancia y desde cierta tristeza nada enfática que asociaba con el Ojo Silva, un Ojo Silva que ya no tenía rostro o que había adquirido un rostro de sombras, pero que aún mantenía lo esencial, la memoria de su movimiento, una entidad casi abstracta pero en donde no cabía la quietud.

Pasaron los años. Muchos años. Algunos amigos murieron. Yo me casé, tuve un hijo, publiqué algunos libros.

En cierta ocasión tuve que ir a Berlín. La última noche, después de cenar con Heinrich von Berenberg y su familia, cogí un taxi (aunque usualmente era Heinrich el que cada noche me iba a dejar al hotel) al que ordené que se detuviera antes porque quería pasear un poco. El taxista (un asiático ya mayor que escuchaba a Beethoven) me dejó a unas cinco cuadras del hotel. No era muy tarde aunque casi no había gente por las calles. Atravesé una plaza. Sentado en un banco estaba el Ojo. No lo reconocí hasta que él me habló. Dijo mi nombre y luego me preguntó cómo estaba. Entonces me di la vuelta y lo miré durante un rato sin saber quién era. El Ojo seguía sentado en el banco y sus ojos me miraban y luego miraban el suelo o a los lados, los árboles enormes de la pequeña plaza berlinesa y las sombras que lo rodeaban a él con más intensidad (eso creí entonces) que a mí. Di unos pasos hacia él y le pregunté quién era. Soy yo, Mauricio Silva, dijo. ¿El Ojo Silva de Chile?, dije yo. Él asintió y sólo entonces lo vi sonreír.

Aquella noche conversamos casi hasta que amaneció. El Ojo vivía en Berlín desde hacía algunos años y sabía encontrar los bares que permanecían abiertos toda la noche. Le pregunté por su vida. A grandes rasgos me hizo un dibujo de los avatares del fotógrafo free lancer. Había tenido casa en París, en Milán y ahora en Berlín, viviendas modestas en donde guardaba los libros y de las que se ausentaba durante largas temporadas. Sólo cuando entramos al primer bar pude apreciar cuánto había cambiado. Estaba mucho más flaco, el pelo entrecano y la cara surcada de arrugas. Noté asimismo que bebía mucho más que en México. Quiso saber cosas de mí. Por supuesto, nuestro encuentro no había sido casual. Mi nombre había aparecido en la prensa y el Ojo lo leyó o alguien le dijo que un compatriota suyo daba una lectura o una conferencia a la que no pudo ir, pero llamó por teléfono a la organización y consiguió las señas de mi hotel. Cuando lo encontré en la plaza sólo estaba haciendo tiempo, dijo, y reflexionando a la espera de mi llegada.

Me reí. Reencontrarlo, pensé, había sido un acontecimiento feliz. El Ojo seguía siendo una persona rara y sin embargo asequible, alguien que no imponía su presencia, alguien al que le podías decir adiós en cualquier momento de la noche y él sólo te diría adiós, sin un reproche, sin un insulto, una especie de chileno ideal, estoico y amable, un ejemplar que nunca había abundado mucho en Chile pero que sólo allí se podía encontrar.

Releo estas palabras y sé que peco de inexactitud. El Ojo jamás se hubiera permitido estas generalizaciones. En cualquier caso, mientras estuvimos en los bares, sentados delante de un whisky y de una cerveza sin alcohol, nuestro diálogo se desarrolló básicamente en el terreno de las evocaciones, es decir fue un diálogo informativo y melancólico. El diálogo, en realidad el monólogo, que de verdad me interesa es el que se produjo mientras volvíamos a mi hotel, a eso de las dos de la mañana.

La casualidad quiso que se pusiera a hablar (o que se lanzara a hablar) mientras atravesábamos la misma plaza en donde unas horas antes nos habíamos encontrado. Recuerdo que hacía frío y que de repente escuché que el Ojo me decía que le gustaría contarme algo que nunca antes le había contado a nadie. Lo miré. El Ojo tenía la vista puesta en el sendero de baldosas que serpenteaba por la plaza. Le pregunté de qué se trataba. De un viaje, contestó en el acto. ¿Y qué pasó en ese viaje?, le pregunté. Entonces el Ojo se detuvo y durante unos instantes pareció existir sólo para contemplar las copas de los altos árboles alemanes y los fragmentos de cielo y nubes que bullían silenciosamente por encima de éstos.

Algo terrible, dijo el Ojo. ¿Tú te acuerdas de una conversación que tuvimos en el Quito antes de que me marchara de México? Sí, dije. ¿Te dije que era gay?, dijo el Ojo. Me dijiste que eras homosexual, dije yo. Sentémonos, dijo el Ojo.

Juraría que lo vi sentarse en el mismo banco, como si yo aún no hubiera llegado, aún no hubiera empezado a cruzar la plaza, y él estuviera esperándome y reflexionando sobre su vida y sobre la historia que el destino o el azar lo obligaba a contarme. Alzó el cuello de su abrigo y empezó a hablar. Yo encendí un cigarrillo y permanecí de pie. La historia del Ojo transcurría en la India. Su oficio y no la curiosidad de turista lo había llevado hasta allí, en donde tenía que realizar dos trabajos. El primero era el típico reportaje urbano, una mezcla de Marguerite Duras y Hermann Hesse, el Ojo y yo sonreímos, hay gente así, dijo, gente que quiere ver la India a medio camino entre India Song y Sidharta, y uno está para complacer a los editores. Así que el primer reportaje había consistido en fotos donde se vislumbraban casas coloniales, jardines derruidos, restaurantes de todo tipo, con predominio más bien del restaurante canalla o del restaurante de familias que parecían canallas y sólo eran indias, y también fotos del extrarradio, las zonas verdaderamente pobres, y luego el campo y las vías de comunicación, carreteras, empalmes ferroviarios, autobuses y trenes que entraban y salían de la ciudad, sin olvidar la naturaleza como en estado latente, una hibernación ajena al concepto de hibernación occidental, árboles distintos a los árboles europeos, ríos y riachuelos, campos sembrados o secos, el territorio de los santos, dijo el Ojo.

El segundo reportaje fotográfico era sobre el barrio de las putas de una ciudad de la India cuyo nombre no conoceré nunca.

Aquí empieza la verdadera historia del Ojo. En aquel tiempo aún vivía en París y sus fotos iban a ilustrar un texto de un conocido escritor francés que se había especializado en el submundo de la prostitución. De hecho, su reportaje sólo era el primero de una serie que comprendería barrios de tolerancia o zonas rojas de todo el mundo, cada una fotografiada por un fotógrafo diferente, pero todas comentadas por el mismo escritor.

No sé a qué ciudad llegó el Ojo, tal vez Bombay, Calcuta, tal vez Benarés o Madrás, recuerdo que se lo pregunté y que él ignoró mi pregunta. Lo cierto es que llegó a la India solo, pues el escritor francés ya tenía escrita su crónica y él únicamente debía ilustrarla, y se dirigió a los barrios que el texto del francés indicaba y comenzó a hacer fotografías. En sus planes —y en los planes de sus editores— el trabajo y por lo tanto la estadía en la India no debía prolongarse más allá de una semana. Se hospedó en un hotel en una zona tranquila, una habitación con aire acondicionado y con una ventana que daba a un patio que no pertenecía al hotel y en donde había dos árboles y una fuente entre los árboles y parte de una terraza en donde a veces aparecían dos mujeres seguidas o precedidas de varios niños. Las mujeres vestían a la usanza india, o lo que para el Ojo eran vestimentas indias, pero a los niños incluso una vez los vio con corbatas. Por las tardes se desplazaba a la zona roja y hacía fotos y charlaba con las putas, algunas jovencísimas y muy hermosas, otras un poco mayores o más estropeadas, con pinta de matronas escépticas y poco locuaces. El olor, que al principio más bien lo molestaba, terminó gustándole. Los chulos (no vio muchos) eran amables y trataban de comportarse como chulos occidentales o tal vez (pero esto lo soñó después, en su habitación de hotel con aire acondicionado) eran estos últimos quienes habían adoptado la gestualidad de los chulos hindúes.

Una tarde lo invitaron a tener relación carnal con una de las putas. Se negó educadamente. El chulo comprendió en el acto que el Ojo era homosexual y a la noche siguiente lo llevó a un burdel de jóvenes maricas. Esa noche el Ojo enfermó. Ya estaba dentro de la India y no me había dado cuenta, dijo estudiando las sombras del parque berlinés. ¿Qué hiciste?, le pregunté. Nada. Miré y sonreí. Y no hice nada. Entonces a uno de los jóvenes se le ocurrió que tal vez al visitante le agradara visitar otro tipo de establecimiento. Eso dedujo el Ojo, pues entre ellos no hablaban en inglés. Así que salieron de aquella casa y caminaron por calles estrechas e infectas hasta llegar a una casa cuya fachada era pequeña pero cuyo interior era un laberinto de pasillos, habitaciones minúsculas y sombras de las que sobresalía, de tanto en tanto, un altar o un oratorio.

Es costumbre en algunas partes de la India, me dijo el Ojo mirando el suelo, ofrecer un niño a una deidad cuyo nombre no recuerdo. En un arranque desafortunado le hice notar que no sólo no recordaba el nombre de la deidad sino que tampoco el nombre de la ciudad ni el de ninguna persona de su historia. El Ojo me miró y sonrió. Trato de olvidar, dijo.

En ese momento me temí lo peor, me senté a su lado y durante un rato ambos permanecimos con los cuellos de nuestros abrigos levantados y en silencio. Ofrecen un niño a ese dios, retomó su historia tras escrutar la plaza en penumbras, como si temiera la cercanía de un desconocido, y durante un tiempo que no sé mensurar el niño encarna al dios. Puede ser una semana, lo que dure la procesión, un mes, un año, no lo sé. Se trata de una fiesta bárbara, prohibida por las leyes de la república india, pero que se sigue celebrando. Durante el transcurso de la fiesta el niño es colmado de regalos que sus padres reciben con gratitud y felicidad, pues suelen ser pobres. Terminada la fiesta el niño es devuelto a su casa, o al agujero inmundo donde vive y todo vuelve a recomenzar al cabo de un año.

La fiesta tiene la apariencia de una romería latinoamericana, sólo que tal vez es más alegre, más bulliciosa y probablemente la intensidad de los que participan, de los que se saben participantes, sea mayor. Con una sola diferencia. Al niño, días antes de que empiecen los festejos, lo castran. El dios que se encarna en él durante la celebración exige un cuerpo de hombre —aunque los niños no suelen tener más de siete años— sin la mácula de los atributos masculinos. Así que los padres lo entregan a los médicos de la fiesta o a los barberos de la fiesta o a los sacerdotes de la fiesta y éstos lo emasculan y cuando el niño se ha recuperado de la operación comienza el festejo. Semanas o meses después, cuando todo ha acabado, el niño vuelve a casa, pero ya es un castrado y los padres lo rechazan. Y entonces el niño acaba en un burdel. Los hay de todas clases, dijo el Ojo con un suspiro. A mí, aquella noche, me llevaron al peor de todos.

Durante un rato no hablamos. Yo encendí un cigarrillo. Después el Ojo me describió el burdel y parecía que estaba describiendo una iglesia. Patios interiores techados. Galerías abiertas. Celdas en donde gente a la que tú no veías espiaba todos tus movimientos. Le trajeron a un joven castrado que no debía tener más de diez años. Parecía una niña aterrorizada, dijo el Ojo. Aterrorizada y burlona al mismo tiempo. ¿Lo puedes entender? Me hago una idea, dije. Volvimos a enmudecer. Cuando por fin pude hablar otra vez dije que no, que no me hacía ninguna idea. Ni yo, dijo el Ojo. Nadie se puede hacer una idea. Ni la víctima, ni los verdugos, ni los espectadores. Sólo una foto.

¿Le sacaste una foto?, dije. Me pareció que el Ojo era sacudido por un escalofrío. Saqué mi cámara, dijo, y le hice una foto. Sabía que estaba condenándome para toda la eternidad, pero lo hice.

Ignoro cuánto rato estuvimos en silencio. Sé que hacía frío pues yo en algún momento me puse a temblar. A mi lado oí sollozar al Ojo un par de veces, pero preferí no mirarlo. Vi los faros de un coche que pasaba por una de las calles laterales de la plaza. A través del follaje vi encenderse una ventana.

Después el Ojo siguió hablando. Dijo que el niño le había sonreído y luego se había escabullido mansamente por uno de los pasillos de aquella casa incomprensible. En algún momento uno de los chulos le sugirió que si allí no había nada de su agrado se marcharan. El Ojo se negó. No podía irse. Se lo dijo así: no puedo irme todavía. Y era verdad, aunque él desconocía qué era aquello que le impedía abandonar aquel antro para siempre. El chulo, sin embargo, lo entendió y pidieron té o un brebaje parecido. El Ojo recuerda que se sentaron en el suelo, sobre unas esteras o sobre unas alfombrillas estropeadas por el uso. La luz provenía de un par de velas. Sobre la pared colgaba un póster con la efigie del dios. Durante un rato el Ojo miró al dios y al principio se sintió atemorizado, pero luego sintió algo parecido a la rabia, tal vez al odio.

Yo nunca he odiado a nadie, dijo mientras encendía un cigarrillo y dejaba que la primera bocanada se perdiera en la noche berlinesa.

En algún momento, mientras el Ojo miraba la efigie del dios, aquellos que lo acompañaban desaparecieron. Se quedó solo con una especie de puto de unos veinte años que hablaba inglés. Y luego, tras unas palmadas, reapareció el niño. Yo estaba llorando, o yo creía que estaba llorando, o el pobre puto creía que yo estaba llorando, pero nada era verdad. Yo intentaba mantener una sonrisa en la cara (una cara que ya no me pertenecía, una cara que se estaba alejando de mí como una hoja arrastrada por el viento), pero en mi interior lo único que hacía era maquinar. No un plan, no una forma vaga de justicia, sino una voluntad.

Y después el Ojo y el puto y el niño se levantaron y recorrieron un pasillo mal iluminado y otro pasillo peor iluminado (con el niño a un lado del Ojo, mirándolo, sonriéndole, y el joven puto también le sonreía, y el Ojo asentía y prodigaba ciegamente las monedas y los billetes) hasta llegar a una habitación en donde dormitaba el médico y junto a él otro niño con la piel aún más oscura que la del niño castrado y menor que éste, tal vez seis años o siete, y el Ojo escuchó las explicaciones del médico o del barbero o del sacerdote, unas explicaciones prolijas en donde se mencionaba la tradición, las fiestas populares, el privilegio, la comunión, la embriaguez y la santidad, y pudo ver los instrumentos quirúrgicos con que el niño iba a ser castrado aquella madrugada o la siguiente, en cualquier caso el niño había llegado, pudo entender, aquel mismo día al templo o al burdel, una medida preventiva, una medida higiénica, y había comido bien, como si ya encarnara al dios, aunque lo que el Ojo vio fue un niño que lloraba medio dormido y medio despierto, y también vio la mirada medio divertida y medio aterrorizada del niño castrado que no se despegaba de su lado. Y entonces el Ojo se convirtió en otra cosa, aunque la palabra que él empleó no fue "otra cosa" sino "madre".

Dijo madre y suspiró. Por fin. Madre.

Lo que sucedió a continuación de tan repetido es vulgar: la violencia de la que no podemos escapar. El destino de los latinoamericanos nacidos en la década de los cincuenta. Por supuesto, el Ojo intentó sin gran convicción el diálogo, el soborno, la amenaza. Lo único cierto es que hubo violencia y poco después dejó atrás las calles de aquel barrio como si estuviera soñando y transpirando a mares. Recuerda con viveza la sensación de exaltación que creció en su espíritu, cada vez mayor, una alegría que se parecía peligrosamente a algo similar a la lucidez, pero que no era (no podía ser) lucidez. También: la sombra que proyectaba su cuerpo y las sombras de los dos niños que llevaba de la mano sobre los muros descascarados. En cualquier otra parte hubiera concitado la atención. Allí, a aquella hora, nadie se fijó en él.

El resto, más que una historia o un argumento, es un itinerario. El Ojo volvió al hotel, metió sus cosas en la maleta y se marchó con los niños. Primero en un taxi hasta una aldea o un barrio de las afueras. Desde allí en un autobús hasta otra aldea en donde cogieron otro autobús que los llevó a otra aldea. En algún punto de su fuga se subieron a un tren y viajaron toda la noche y parte del día. El Ojo recordaba el rostro de los niños mirando por la ventana un paisaje que la luz de la mañana iba deshilachando, como si nunca nada hubiera sido real salvo aquello que se ofrecía, soberano y humilde, en el marco de la ventana de aquel tren misterioso.

Después cogieron otro autobús, y un taxi, y otro autobús, y otro tren, y hasta hicimos dedo, dijo el Ojo mirando la silueta de los árboles berlineses pero en realidad mirando la silueta de otros árboles, innombrables, imposibles, hasta que finalmente se detuvieron en una aldea en alguna parte de la India y alquilaron una casa y descansaron.

Al cabo de dos meses el Ojo ya no tenía dinero y fue caminando hasta otra aldea desde donde envió una carta al amigo que entonces tenía en París. Al cabo de quince días recibió un giro bancario y tuvo que ir a cobrarlo a un pueblo más grande, que no era la aldea desde la que había mandado la carta ni mucho menos la aldea en donde vivía. Los niños estaban bien. Jugaban con otros niños, no iban a la escuela y a veces llegaban a casa con comida, hortalizas que los vecinos les regalaban. A él no lo llamaban padre, como les había sugerido más que nada como una medida de seguridad, para no atraer la atención de los curiosos, sino Ojo, tal como le llamábamos nosotros. Ante los aldeanos, sin embargo, el Ojo decía que eran sus hijos. Se inventó que la madre, india, había muerto hacía poco y él no quería volver a Europa. La historia sonaba verídica. En sus pesadillas, no obstante, el Ojo soñaba que en mitad de la noche aparecía la policía india y lo detenían con acusaciones indignas. Solía despertar temblando. Entonces se acercaba a las esterillas en donde dormían los niños y la visión de éstos le daba fuerzas para seguir, para dormir, para levantarse.

Se hizo agricultor. Cultivaba un pequeño huerto y en ocasiones trabajaba para los campesinos ricos de la aldea. Los campesinos ricos, por supuesto, en realidad eran pobres, pero menos pobres que los demás. El resto del tiempo lo dedicaba a enseñar inglés a los niños, y algo de matemáticas, y a verlos jugar. Entre ellos hablaban en un idioma incomprensible. A veces los veía detener los juegos y caminar por el campo como si de pronto se hubieran vuelto sonámbulos. Los llamaba a gritos. A veces los niños fingían no oírlo y seguían caminando hasta perderse. Otras veces volvían la cabeza y le sonreían.

¿Cuánto tiempo estuviste en la India?, le pregunté alarmado.

Un año y medio, dijo el Ojo, aunque a ciencia cierta no lo sabía.

En una ocasión su amigo de París llegó a la aldea. Todavía me quería, dijo el Ojo, aunque en mi ausencia se había puesto a vivir con un mecánico argelino de la Renault. Se rió después de decirlo. Yo también me reí. Todo era tan triste, dijo el Ojo. Su amigo que llegaba a la aldea a bordo de un taxi cubierto de polvo rojizo, los niños corriendo detrás de un insecto, en medio de unos matorrales secos, el viento que parecía traer buenas y malas noticias.

Pese a los ruegos del francés no volvió a París. Meses después recibió una carta de éste en donde le comunicaba que la policía india no lo perseguía. Al parecer la gente del burdel no había interpuesto denuncia alguna. La noticia no impidió que el Ojo siguiera sufriendo pesadillas, sólo cambió la vestimenta de los personajes que lo detenían y lo zaherían: en lugar de ser policías se convirtieron en esbirros de la secta del dios castrado. El resultado final era aún más horroroso, me confesó el Ojo, pero yo ya me había acostumbrado a las pesadillas y de alguna forma siempre supe que estaba en el interior de un sueño, que eso no era la realidad.

Después llegó la enfermedad a la aldea y los niños murieron. Yo también quería morirme, dijo el Ojo, pero no tuve esa suerte.

Tras convalecer en una cabaña que la lluvia iba destrozando cada día, el Ojo abandonó la aldea y volvió a la ciudad en donde había conocido a sus hijos. Con atenuada sorpresa descubrió que no estaba tan distante como pensaba, la huida había sido en espiral y el regreso fue relativamente breve. Una tarde, la tarde en que llegó a la ciudad, fue a visitar el burdel en donde castraban a los niños. Sus habitaciones se habían convertido en viviendas en donde se hacinaban familias enteras. Por los pasillos que recordaba solitarios y fúnebres ahora pululaban niños que apenas sabían andar y viejos que ya no podían moverse y se arrastraban. Le pareció una imagen del paraíso.

Aquella noche, cuando volvió a su hotel, sin poder dejar de llorar por sus hijos muertos, por los niños castrados que él no había conocido, por su juventud perdida, por todos los jóvenes que ya no eran jóvenes y por los jóvenes que murieron jóvenes, por los que lucharon por Salvador Allende y por los que tuvieron miedo de luchar por Salvador Allende, llamó a su amigo francés, que ahora vivía con un antiguo levantador de pesas búlgaro, y le pidió que le enviara un billete de avión y algo de dinero para pagar el hotel.

Y su amigo francés le dijo que sí, que por supuesto, que lo haría de inmediato, y también le dijo ¿qué es ese ruido?, ¿estás llorando?, y el Ojo dijo que sí, que no podía dejar de llorar, que no sabía qué le pasaba, que llevaba horas llorando. Y su amigo francés le dijo que se calmara. Y el Ojo se rió sin dejar de llorar y dijo que eso haría y colgó el teléfono. Y luego siguió llorando sin parar.

Roberto Bolaños.
 
dimitri_paria,04.04.2015
La parábola de la mariposa de Chuang Tzu.

Cuentan que un día un hombre se soñó que era una mariposa, confundido de su transformación no supo que hacer hasta que se encontró con otras mariposas que le dieron la bienvenida y le enseñaron a volar, pronto se dio cuenta que era libre…feliz…podía volar cerca al cielo y disfruto mucho de su apariencia nueva de mariposa sin embargo un momento dado se levantó. Entonces se preguntó “no estoy seguro si soy humano que soñó ser mariposa o mariposa que esta soñando ser humano”
 
rhcastro,06.04.2015
El Tesoro De Los Incas.

El Perú ha tenido siempre fama de ser rico en oro. Antes de la llegada de los españoles era el centro del gran imperio de los incas, que ocupaba gran parte de la América del Sur. En el imperio había muchas minas de oro. Había también en las montañas muchos lugares donde se encontraban grandes cantidades de oro nativo.
Los indios del imperio de los incas eran comunistas y no usaban dinero, y, por eso, el oro y la plata casi no tenían valor comercial. Se usaban principalmente para adornar los templos dedicados al culto del sol. El templo principal estaba en el Cuzco, capital del imperio, pero había otros templos muy grandes y ricos en otras partes del país.
Los historiadores del antiguo Perú nos cuentan cosas casi incríbles acerca de la riqueza de los templos. dicen que entre los millares de estatuas de emperadores difuntos, de tamaño natural; un disco de oro con rayos de plata para representar el dol, tan grande que cubría una pared entera del edificio; y una representación del arco iris, del mismo tamaño. Fuera del templo había un jardín con árboles, plantas, insectos, pájaros y animales, todos de oro y plata.
En el siglo XVI los españoles invadieron el país, y pronto prendieron al emperador Atahualpa. Éste, para rescatarse, prometió dar a Francisco Pizarro, el general español, objetivo de oro suficiente para llenar el cuarto en que el emperador estaba aprisionado. Atahualpa, con permiso de los españoles, envió mensajeros a todas partes del país para pedir objetos de oro. Inmediatamente los indios principiaron a transportar oro a Cajamarca, donde estaba Atahualpa, para rescatarle. Ya habían llenado gran parte del cuarto cuando los españoles, de miedo a Atahualpa, le mataron, con el pretexto de que había causado la muerte de su hermano Huascar. cuando los indios del imperio supieron que los españoles habían matado a Atahualpa, escondieron en todos los lugares posibles el oro que llevaban a Cajamarca y la mayor parte del oro que quedaba en los templos.
a causa de estos acontecimientos, no podemos dudar qeu, al principio de la época colonial, había en el Perú grandes cantidades de oro incaico escondidas en cuevas y otros lugares secretos. De vez en cuando se ha hallado uno de estos tesoros. Existen todavía en el país muchas leyendas acerca de ellos.
Según una de estas leyendas, vivía en la ciudad de Trujillo, en el siglo XVII, cierto indio descendiente de los emperadores incaicos que se llamaba don Antonio Chayhuac. Cultivaba él mismo la pequeña finca en que vivía con su familia, y todo el mundo le consideraba muy pobre. Desde la época de la conquista su familia había sido católica, y él mismo era un hombre devoto.
El amigo más íntimo de don Antonio era un español llamado Garci-Gutiérrez, hombre de negocios. Éste hablaba continuamente con don Antonio de dificultades económicas. Decía que tenía deudas, y que el interés de las deudas consumía todo lo que producía el negocio. Para hacerse rico, necesitaba sólo dinero suficiente para pagar sus deudas. Habló tanto de estas cosas que un día don Antonio le dijo:
_Amigo mío, he pensado mucho en lo que has dicho, y he decidido hacer una cosa extraordinaria. Desde la conquista, mi familia ha sabido donde están escondidos ciertos tesoros incaicos. Por eso puedo darte oro suficiente para pagar tus deudas y hacerte sumamente rico. Yo no puedo usar este tesoro. si los blancos saben que un indio tiene oro, se lo roban. No sucede lo mismo con un blanco como tú. Pero tienes que cumplir ciertas condiciones. No puedes decir a nadiede dónde viene el dinero, y vas a dar a los padres franciscanos la cuarta parte del total. Siempre han tratado con mucha bondad a los indios pobres de este país, y por eso quiero ayudarlos a construir unos edificios que necesitan. Tienen también en la ciudad un gran asilo de huérfanos, que siempre necesita dinero. ¿Aceptarías mis condiciones?
Naturalemente Garci_Gutiérrez juró cumplir todo lo que pedía su amigo. Éste le llevó a ciertas ruinas que todavía existen cerca de Trujillo, abrió una cueva bien escondida, y entró en ella con una linterna. Garci-Gutiérrez estaba medio loco de alegría. la cueva estaba llena de ídolos, utensilios y figuras de animales, todos de oro puro.
_Este tesoro_ dijo el indio_ se llama el Pez Chico, a causa de esta figura de pez adornada de diamantes. Si cumples bien mis condiciones, te daré algún día otro todavía más grande, que se llama el Pez Grande.
Garci-Gutiérrez no dijo a nadie de dónde venía el dinero, pero no cumplió la otra condición de don Antonio: no dio nada a los pobres franciscanos. al contrario, compró propiedades grandes y muy costosas para su uso particular. Dio empleo a muchos criados. Trató de hacerse amigo de todas las personas distinguidas de la ciudad y de la provincia, entre ellas el gobernador, y para eso daba casi todo los días banquetes espléndidos. Así vivió muchos años, creyéndose rico, distinguido y querido de todos.
Pero al fin tuvo que reconocer que hasta las grandes fortunas tienen límites. Había gastado todo el tesoro, y hasta tenía deudas. Fué a buscar a don Antonio, a quien casi había olvidado.
_Amigo Antoni_dijo,_estoy arruinado. Cumple tu promesa de darme también el tesoro del Pez Grande.
_No te daré el Pez Grande_ contestó el indio. _No has cumplido todas las condiciones, y has astado como un tonto el tesoro de los incas. Prefiero dejar en su cueva el oro del Pez Grande, y esperar a otros dueños más honrados y más inteligente sque tú.
Nunca mudó de opinión don Antonio. Su decisión había sido final. cuando Garci-Gutiérrez vio que era inútil hablar más con él, fue a pedir dinero a sus amigos ricos, seguro de que alguno de ellos le ayudaría. Todo en vano. Llegó a ser tan pobre que no tenía ni qué comer ni dónde dormir. Entonces, irónicamente, le ayudaron las mismas personas que él había defraudado. Los padres franciscanos le dieron, en su viejo monasterio, una celda y comida, y allí murió.
Así se gasto uno de los grandes depósitos de oro qeu dejaron los súbditos de Atahualpa.

Fin.

K. Mapes
Lopez Morillas.
 
guy,07.04.2015
El Tesoro de Los Cancas.
Roberto Fontanarrosa.

El espeleólogo uruguayo Filisberto Nelson Amatista realizó un descubrimiento asombroso en una de sus, obviamente, profundas investigaciones por tierras peruanas.
Amatista se dio, literalmente, de narices, contra un libro de tapas ferruginosas, enmohecido hasta lo irreconocible, pero milagrosamente conservado, cuando recorría una interminable caverna en la incaica provincia de Huamanga.
A la escasa luz de la linterna que llevaba adosada a su casco de seguridad, el estudioso oriental pudo comprobar, con asombro, que dicho libro no era otra cosa que un diario de conquista, llevado cientos de años atrás por la mano severa de un adelantado español. No era tal material periodístico, por supuesto, lo que ambicionaba encontrar Filisberto Nelson Amatista en aquella gruta. El montevideano tenía un propósito muy distinto en principio, que consistía en hallar de una buena vez un especial tipo de gallina que, según le habían informado, pululaba en aquellos recovecos subterráneos ubicados nada menos que a 86 metros bajo la superficie de la tierra. El dato se lo había acercado un caciquejo de la tribu Potó, tributaria de los milenarios "cancas", parientes pobres de los incas. El caciquejo en cuestión fue encontrado casualmente por Amatista en Berna, en un Simposio de Productores de Líquidos de Frenos para Automotores, adonde el indígena había concurrido pensando que se trataba de una mesa redonda sobre temas aborígenes. Lo cierto es que el inquieto uruguayo, solo, según su costumbre, cargó su mochila y se lanzó en busca de aquella colonia avícola que moraba en las profundidades de la tierra.
Las aventuras y desventuras que le acaecieran durante su azaroso periplo tras las gallináceas subterráneas serían motivo, por sí solas, de constituir un libro. Pero el hallazgo de aquel documento invalorable es lo que ahora nos ocupa y lo que pasamos a transcribir procurando disimular, de ser posible, las omisiones, ausencias y obligadas confusiones propias de un escrito devastado por el tiempo y un ámbito húmedo y soterrado. De cualquier forma, la narración del capitán Diego de Mula Merced Uranga y Alvarado, condestable de La Pollina, es una pequeña joya que encarna un ejemplo del drama encerrado entre la codicia y el reuma.

13 de enero de 1528

Hemos atrapado a un nativo. Se acercó mucho a Francisco Urquijo de Samaniego, quizás deslumbrado por el brillo de la armadura y Pancho lo atrapó. El nativo se empeñaba en no hablar la lengua de Castilla. Son indios austeros en el lenguaje y empecinados. Debimos recurrir a un lenguaraz ya que los gestos en nada colaboraron. Es más, sospecho que muchos de los gestos que nos hacía el salvaje con las manos no eran otra cosa que una serie de procacidades. Se tomaba mucho los testículos, por ejemplo. Entre los aztecas eso significa: "Deben caminar dos lunas hacia la derecha", pero entre estas criaturas no arriesgaría una traducción. Finalmente pudimos hacerle entender que nuestro deseo era saber dónde se hallaba el tesoro de los "cancas", del cual tanto nos han hablado. El salvaje meneaba la cabeza, en señal de no comprender. No sé cómo pude conservar la paciencia. Siempre he sido partidario del suplicio. El padre Aparicio me convenció de que debemos persistir en la persuasión. Cercanas ya las sombras de la noche abandonamos el intento.

14 de enero de 1528

Espero que la decisión haya sido la más acertada. Hoy por la mañana el nativo prisionero insistía en decir que desconocía el sitio donde se halla oculto el tesoro de los "cancas". No sólo eso: reclamaba a voces el desayuno. Yo perdí la calma. El padre Aparicio pudo contenerme cuando ya estaba por pasar de lado a lado al insolente con mi espada, pero debió suministrarme un par de hostias para calmarme. Comprendo que mis nervios empeoran. Antes mi organismo no necesitaba nada para mantener la templanza. Hoy por hoy sólo duermo si ingiero una hostia antes de reposar. Es la única forma en que logro retener el cristianismo en el cuerpo, me ha dicho el padre Aparicio.
Enrique Pinzón me sugirió otra cosa para convencer al cautivo: comprar su voluntad con lo que nos quedaba de baratijas y chafalonías. Ante la vista de las fantasías multicolores la expresión del salvaje cambió. Su rostro cetrino se iluminó cuando arrojamos delante de él el contenido de dos alforjas de minucias. Estuvo probándose collares, pulseras y dijes durante más de tres horas, abusando de nuestra cristiana paciencia. Juro que debí contenerme para no degollarlo de un solo tajo. Pero lo que más me ofuscó fue que, agotado ese tiempo, arrojó todas las chafalonías a un lado haciendo gestos claros de que no le gustaban. Luego él nos ofreció algunos de sus inmundos collares hechos con vértebras de cochinillo y semillas de mandioca enhebradas en una tripa. Allí me tuvieron que contener entre cuatro en tanto el padre Aparicio me hacía tomar una hostia de las más fuertes. Cristóbal de Zarzaparrilla puso a mi consideración otra alternativa entonces: ofrecerle los espejos. Así fue que pusimos ante los ojos del salvaje varios trozos de espejo que sacamos del morral de Pinzón. Nunca he visto a ser humano alguno, si se puede llamar seres humanos a estas criaturas selváticas, poner expresión tal. Sólo recuerdo esa expresión en los ojos del adelantado Florián Hernández de Argensola, la jornada aquella en que nos caímos en la carabela por las cataratas del Diablo. El pobre Florián murió creyendo que la tierra era cuadrada. Lo cierto es que el indio modificó su tesitura negativa ante la visión de los espejos. Dijo que nos traería toda la información necesaria para llegar hasta el tesoro, solamente si le dábamos el morral completo conteniendo todos los espejos. Tuve que morderme para no destriparlo con mi daga. Sucio analfabeto. Hemos comprado cosechas enteras con un solo anillo de plomo. Obtuvimos cientos de onzas del mejor oro de Iquique, a cambio de un orinal de latón. Pero este insensato pedía todos los espejos que eran como quince trozos de buen porte. Decidimos discutirlo entre todos. Nos llevó más de una hora ponernos de acuerdo, especialmente convencer a Cristóbal de Zarzaparrilla, quien no puede peinarse sin que algo lo refleje. Finalmente, decidimos aceptar el canje. Si logramos dar con ese tesoro podremos ya volver a España e iniciar el armado de una nueva nave con más comodidades, con baños, por ejemplo. Fue ahí que el nativo salió con un desplante: debíamos dejarlo ir con los espejos y mañana él volvería con los datos. Tuvieron que tomarme de los brazos para que no castrase al impío. El padre Aparicio pidió mi asentimiento para dejarlo ir bajo su responsabilidad. Me dijo ser él un conocedor del espíritu humano y que había visto en los ojos de ese anacoreta el brillo inequívoco de la lealtad. Lo dejamos marchar.

15 de enero de 1528

No vino el indio.

16 de enero de 1528

Hoy tampoco.

17 de enero de 1528

Hoy hice crisis. Venía soportando bastante bien la ansiedad pero mis nervios me traicionaron. Para colmo me picó un bicho y me puse morado negro. Eugenio de Castellondo y Alcántara hubo de sajarme la pierna con su daga en torno a la picadura del maldito insecto para que fluyese la sangre adulterada. El imbécil del padre Aparicio, consciente de que su torpe actitud de liberar al indígena había sido un error histórico, no se aproximó a mi camastro. No sé que hubiese pasado de haber yo necesitado los últimos sacramentos. Recién se hizo presente a la noche cuando ya la fiebre se había retirado de mi cuerpo maltrecho. Me hizo tomar tres hostias y así, solamente, pude dormir. Al despertarme de unas horas de sueño, comimos con Eugenio un poco de lagarto. La cola de lagarto sabe muy bien. ¡Pensar que en mi lejana Castilla, veía pasar estos animalejos por entre las almenas del castillo y ni tan siquiera sentía hambre! Este último lagarto no me ha gustado. Quizás sea producto de la fiebre. La temperatura me sube cuando pienso en el salvaje que desapareció con nuestros espejos. Por otra parte, no puedo comer sin vino. Conservamos nuestros copones de oro, pero la única bebida que podemos poner en ellos es agua o una melaza fermentada que consumen los indios. Durante semanas la estuvimos bebiendo, hasta que nos enteramos de que los "cancas" sólo la usan para preservar el pelaje de los puercos.

18 de enero de 1528

¡Apareció el indio! Por supuesto, sin la información y sin los espejos. El muy ladino surgió desde la espesura acompañado de un lenguaraz que nos explicó que el tesoro de los "cancas" había sido robado por un cacique joven quien huyó con la fortuna a Europa. Según el intérprete, dicho cacique conoció a la hija de un Adelantado y ésta lo convenció de hacerse de las riquezas y escapar a vivir en una cabaña en los Alpes. Lógicamente todo esto me sonó a cuento. De un estoque pasé de parte a parte al traductor. Luego hice atar al salvaje que se llevara nuestros espejos y lo sometí a suplicio. En esta ocasión el padre Aparicio optó por callar. ¡Bueno hubiese sido que hablase! Lo suyo fue un error mayúsculo. Aunque vaya a saber luego qué escriben sobre él los historiadores. Así como dijeron que Hernán Cortés había quemado sus naves para afirmar su determinación de quedarse en estas tierras. Lo cierto es que se le había ocurrido festejar San Pedro y San Pablo y se le prendió una vela. Incluso había grumetes vestidos de cabezudos. Los historiadores arreglan todo a su gusto.
Lo importante es que pude demostrar palmariamente lo eficaz de mi sistema. Tan sólo había pasado una hora de tormento cuando el salvaje hizo señas de que nos indicaría el camino a seguir para llegar hasta el tesoro de los "cancas". Lo pusimos de pie y, orinando sobre el piso, dibujó en el suelo terroso el camino a la riqueza. El lugar queda a dos días de marcha si no nos detenemos a merendar y luego hay que descender a una serie de pasadizos subterráneos. No han sido tontos los "cancas" para ocultar sus valores. Yo ya había oído hablar sobre las cavernas subterráneas de la región, un laberinto de túneles naturales, poblados de demonios, monstruos y dioses del Mal, según los nativos. De un hachazo terminé con el salvaje, ya obtenido el informe. No me agrada verlos sufrir.

22 de enero de 1528

Hemos hallado la boca de la cueva. Se inicia en ella un túnel descendente que parece llevarnos a las mismas entrañas de la tierra. Mis articulaciones crujen por la humedad. Encendemos antorchas. Iniciamos el descenso.

23 de enero de 1528

El maldito tesoro no aparece por ningún lado. No sé cuánto tiempo llevamos recorriendo pasadizos, hostigados por los murciélagos a los que ya nos hemos acostumbrados a ver como acompañantes de ruta. Pero nos distraen en nuestro cometido ya que sus metálicos chistidos nos hacen pensar que alguien nos chista a nosotros y permanentenemente volteamos nuestras cabezas mirando a todas partes. No quiero pensar que hemos sido objeto de un nuevo engaño de parte de ese salvaje. No debe resquebrajarse nuestro temple.

Enero de 1528

Dimos con el tesoro. Paso a explicar el porqué de mi falta de alegría. El tesoro se hallaba en el centro de una amplia caverna donde incluso se apreciaba una laguna subterránea. Se trataba de unas cincuenta canastas de paja trenzada por los "cancas" y en ellas una enormidad de cuentas multicolores, pulseras de fantasía y aretes de latón pintado, producto del trueque, sin duda, con otros españoles. No dimos con nuestros espejos. Se ve que no tuvieron tiempo para depositarlos allí. Desalentados abandonamos toda aquella chafalonía barata y emprendemos el regreso.

Febrero de 1528

No hallamos la salida.

1528

Han muerto Esteban Cuquejo de Arancibia y Torres, Ezequiel Villaplana de Montepío "Baturro", y Armando Arguello de Aragón y Mosquera. El padre Aparicio propuso darles cristiana sepultura pero privó el lógico razonamiento de que es una redundancia enterrar a alguien que ya se halla unos cuarenta metros bajo la superficie. Temo que se termine la resina de nuestras teas. La oscuridad sería el fin de todos nosotros.

1528

Hay una tenue esperanza. Hoy, al límite de nuestras fuerzas, llegamos a la confluencia de dos pasadizos. Allí, debíamos decidir por cuál optar. Nuestra debilidad no permitía que nos equivocásemos de rumbo. Envié dos expedicionarios a que investigasen unos cien metros de cada túnel. ¡Y Federico "El Pollo" trajo la buena nueva! Al fondo de uno de los pasadizos podía advertirse una débil luz. Sin duda, la salida de este infierno. Optamos por descansar unas horas y, luego, lanzarnos al tramo final.
Ya la última tea se apaga. Quiero dejar constancia de que caminamos a buen paso en dirección a la luz que advirtiese Federico al fondo de una de las catacumbas. A medida que avanzábamos la luz se agrandaba, lo que redobló nuestro ánimo. De pronto, nos dimos de bruces contra una pared de roca que sellaba el fondo del pasadizo. Prolijamente pegados a esa pared pudimos comprobar que se hallaban los trozos de espejo que ese maldito salvaje tomara en canje de su información. Habían logrado así, esos perversos, una superfiecie espejada. Y la luz que advirtiésemos, confundiendo con la luz del día al final del pasadizo, no era otra cosa que el reflejo de nuestras propias antorchas. Le he pedido una hostia al padre Aparicio, pero ya no le quedan.

 
rhcastro,08.04.2015
La Radio

Esto nadie me lo contó, yo lo vi con mis propios ojos, pues los morros agarrábamos bastante cura cuando el Loco intervenía la radio. Una vez me asomé a su pequeño taller de reparación de aparatos electricos y electrónicos que se llamaba ''Marconi'', ubicado en la calle 22 y Serdán, en un localito del Hotel San José: actualmente, estaría a un lado del edificio Lubbert, donde se encuentran las oficinas de los incapacitados. Desde lejos, lo pude observar, quitando y moviendo piezas pequeñas de un aparato casero lleno de cables y cinta de aislar, el cual, según me enteré después, era el famoso invento para infringir las ondas radiofónicas (así decían los que sabían de eso).
Verás, era un tipo tan inteligente que, en aquella época, cuando las televisiones eran de bulbos se consiguió una muy barata, casi regalada, pues le faltaba justamente un bulbo, y así como lo oyes, usó un frasquito de Nescafé para construir el bulbo faltante.
Pero lo que te quería contar es que una vez estábamos escuchando la radio en casa; entonces yo era un chamaco y mi familia estaba muy atenta al debate político. Mientras discutían esos hombres, entre un argumento y otro y con la seriedad acostumbrada, de pronto una voz ajena los interrumpió: ''¡Dicen puras pendejadas!''. Todos se extrañaron en casa y los políticos siguieron hable y hable, como si fueran los únicos que no hubieran notado las palabrotas que todo el mundo escuchó; la frase se repitió unas tres veces, hasta que la voz interrumpió el debate de un modo más fuerte: ''¡Todos los problemas de Guaymas se arreglan con dos o tres funerales lujosos!''. De inmediato, los escuchas se dieron cuenta de que era la voz del Loco Montijo, quien estaba interviniendo la señal de la radio. El hecho fue muy comentado en las pláticas de café; todos lo consideraban loco, pero había más de uno que pensaba seriamente en aquella propuesta fúnebre. Eso de intervenir la radio lo hizo un montón de veces, no mostraba ningún remordimiento por echar a perder los programas noticieros o las canciones que la gente pedía; yo me imaginaba a los pobres ingenieros o al personal de la radio, intentando solucionar el problema y callar esa voz que les arruinaba toda la chamba; recuerdo incluso que a mitad del comercial de la cerveza Pacífico, muy popular en ese entonces, Rogelio prendía el mentado aparatito y gritaba: ''No la compren, no la compren, tiene cucarachas!''. Y mi tío, a quien le gustaba mucho esa cerveza, por si sí o por si no, de plano mejor empezó a tomar de otra marca. La cosa fue que muchos otros esparcieron el rumor, y en todos lados se decía que la cerveza Pacífico tenía cucarachas: ''Lo escuché en la radio'', decían. Debió tener grandes pérdidas económicas aquella empresa, y todo por culpa del Loco Montijo.
En una ocasión interrumpió la frecuencia de transmisión de la XEDR, y mientras hablaba algún funcionario importante, él simplemente dijo: ''Con permiso'' y se puso a tocar su piano con obras clásicas y música que no se oía por acá. cuando se cansó, o se aburrió, puso su reproductor de vinilos con Rachmaninov, y mientras en la radiodifusora, según cuentan, todos se volvían locos por no poder parar esa cosa, el Loco Montijo tranquilamente se fue a preparar un café bien cargadito y se fumó un cigarro para disfrutar de la función.

La Locura Y La Pared
Adolfo Ramirez.
 
rhcastro,09.04.2015
Nené Traviesa.

¡Quién sabe si hay una niña que se parezca a Nené! Un viejito que sabe mucho dice que todas las niñas son como Nené. A Nené le gusta más jugar a "mamá", o "a tiendas", o "a hacer dulces" con sus muñecas, que dar una lección de "treses y de cuatros" con la maestra que le viene a enseñar. Porque Nené no tiene mamá: su mamá se ha muerto: y por eso tiene Nené maestra. A hacer dulces es a lo que le gusta más a Nené jugar: ¿y por qué será?: ¡Quién sabe! Será porque para jugar dulces le dan azúcar de veras: por cierto que los dulces nunca le salen bien de la primera vez: ¡son unos dulces más difíciles!: siempre tiene que pedir azúcar dos veces. Y se conoce que Nené no quiere dar trabajo a sus amigas; porque cuando juega a paseo, o a comprar, o a visitar, siempre llama a sus amiguitas; pero cuando va a hacer dulces, nunca. Y una vez le sucedió a Nené una cosa muy rara: le pidió a su papá dos centavos para comprar un lápiz nuevo, y se le olvidó en el camino, se le olvidó como si no hubiera pensado nunca en comprar el lápiz: lo que compró fue un merengue de fresa. Eso se supo, por supuesto; y desde entonces sus amiguitas no le dicen Nené, sino "Merengue de Fresa".

El padre de Nené la quería mucho. Dicen que no trabajaba bien cuando no había visto por la mañana a "la hijita". Él no le decía "Nené", sino "la hijita". Cuando su papá venía del trabajo, siempre salía ella a recibirlo con los brazos abiertos, como un pajarito que abre las alas para volar; y su papá la alzaba del suelo, como quien coge de un rosal una rosa. Ella lo miraba con mucho cariño, como si le preguntase cosas: y él la miraba con los ojos tristes, como si quisiese echarse a llorar. Pero en seguida se ponía contento, se montaba a Nené en el hombro, y entraban juntos en la casa, cantando el himno nacional. Siempre traía el papá de Nené algún libro nuevo, y se lo dejaba ver cuando tenía figuras; y a ella le gustaban mucho unos libros que él traía, donde estaban pintadas las estrellas, que tiene cada una su nombre y su color: y allí decía el nombre de la estrella colorada, y el de la amarilla, y el de la azul, y que la luz tiene siete colores, y que las estrellas pasean por el cielo, lo mismo que las niñas por un jardín. Pero no: lo mismo no: porque las niñas andan en los jardines de aquí para allá, como una hoja de flor que va empujando el viento, mientras que las estrellas van siempre en el cielo por un mismo camino, y no por donde quieren: ¿quién sabe?: puede ser que haya por allá arriba quien cuide a las estrellas, como los papás cuidan acá en la tierra a las niñas. Sólo que las estrellas no son niñas, por supuesto, ni flores de luz, como parece de aquí abajo, sino grandes como este mundo: y dicen que en las estrellas hay árboles, y agua, y gente como acá: y su papá dice que en un libro hablan de que uno se va a vivir a una estrella cuando se muere. "Y dime, papá", le preguntó Nené: "¿por qué ponen las casas de los muertos tan tristes? Si yo me muero, yo no quiero ver a nadie llorar, sino que me toquen la música, porque me voy a ir a vivir en la estrella azul". "¿Pero, sola, tú sola, sin tu pobre papá?" Y Nené le dijo a su papá: –"¡Malo, que crees eso!" Esa noche no se quiso ir a dormir temprano, sino que se durmió en los brazos de su papá. ¡Los papás se quedan muy tristes, cuando se muere en la casa la madre! ¡Las niñitas deben querer mucho, mucho a los papás cuando se les muere la madre!

Esa noche que hablaron de las estrellas trajo el papá de Nené un libro muy grande: ¡oh, como pesaba el libro!: Nené lo quiso cargar, y se cayó con el libro encima: no se le veía más que la cabecita rubia de un lado, y los zapaticos negros de otro. Su padre vino corriendo, y la sacó de debajo del libro, y se rió mucho de Nené, que no tenía seis años todavía y quería cargar un libro de cien años. ¡Cien años tenía el libro, y no le habían salido barbas!: Nené había visto un viejito de cien años, pero el viejito tenía una barba muy larga, que le daba por la cintura. Y lo que dice la muestra de escribir, que los libros buenos son como los viejos: "Un libro bueno es lo mismo que un amigo viejo": eso dice la muestra de escribir. Nené se acostó muy callada, pensando en el libro. ¿Qué libro era aquel, que su papá no quiso que ella lo tocase? Cuando se despertó, en eso no más pensaba Nené. Ella quiere saber qué libro es aquel. Ella quiere saber cómo está hecho por dentro un libro de cien años que no tiene barbas.

Su papá está lejos, lejos de la casa, trabajando para ella, para que la niña tenga casa linda y coma dulces finos los domingos, para comprarle a la niña vestiditos blancos y cintas azules, para guardar un poco de dinero, no vaya a ser que se muera el papá, y se quede sin nada en el mundo "la hijita". Lejos de la casa está el pobre papá, trabajando para "la hijita". La criada está allá adentro, preparando el baño. Nadie oye a Nené: no la está viendo nadie. Su papá deja siempre abierto el cuarto de los libros. Allí está la sillita de Nené, que se sienta de noche en la mesa de escribir, a ver trabajar a su papá. Cinco pasitos, seis, siete... ya está Nené en la puerta: ya la empujó; ya entró. ¡Las cosas que suceden! Como si la estuviera esperando estaba abierto en su silla el libro viejo, abierto de medio a medio. Pasito a pasito se le acercó Nené, muy seria, y como cuando uno piensa mucho, que camina con las manos a la espalda. Por nada en el mundo hubiera tocado Nené el libro: verlo no más, no más que verlo. Su papá le dijo que no lo tocase.

El libro no tiene barbas: le salen muchas cintas y marcas por entre las hojas, pero esas no son barbas: ¡el que sí es barbudo es el gigante que está pintado en el libro!: y es de colores la pintura, unos colores de esmalte que lucen, como el brazalete que le regaló su papá. ¡Ahora no pintan los libros así! El gigante está sentado en el pico de un monte, con una cosa revuelta, como las nubes del cielo, encima de la cabeza: no tiene más que un ojo, encima de la nariz: está vestido con un blusón, como los pastores, un blusón verde, lo mismo que el campo, con estrellas pintadas, de plata y de oro: y la barba es muy larga, muy larga, que llega al pie del monte: y por cada mechón de la barba va subiendo un hombre, como sube la cuerda para ir al trapecio el hombre del circo. ¡Oh, eso no se puede ver de lejos! Nené tiene que bajar el libro de la silla. ¡Cómo pesa este pícaro libro! Ahora sí que se puede ver bien todo. Ya está el libro en el suelo.

Son cinco los hombres que suben: uno es un blanco, con casaca y con botas, y de barba también: ¡le gustan mucho a este pintor las barbas!: otro es como indio, sí, como indio, con una corona de plumas, y la flecha a la espalda: el otro es chino, lo mismo que el cocinero, pero va con un traje como de señora, todo lleno de flores: el otro se parece al chino, y llevaun sombrero de pico, así como una pera: el otro es negro, un negro muy bonito, pero está sin vestir: ¡eso no está bien, sin vestir! ¡por eso no quería su papá que ella tocase el libro! No: esa hoja no se ve más, para que no se enoje su papá. ¡Muy bonito que es este libro viejo! Y Nené está ya casi acostada sobre el libro, y como si quisiera hablarle con los ojos.

¡Por poco se rompe la hoja! Pero no, no se rompió. Hasta la mitad no más se rompió. El papá de Nené no ve bien. Eso no lo va a ver nadie. ¡Ahora sí que está bueno el libro este! Es mejor, mucho mejor que el arca de Noé. Aquí están pintados todos los animales del mundo. ¡Y con colores, como el gigante! Sí, ésta es, esta es la jirafa, comiéndose la luna: este es el elefante, el elefante, con ese sillón lleno de niñitos. ¡Oh, los perros, cómo corre, cómo corre este perro! ¡ven acá, perro! ¡te voy a pegar, perro, porque no quieres venir! Y Nené, por supuesto, arranca la hoja. ¿Y qué ve mi señora Nené? Un mundo de monos es la otra pintura. Las dos hojas del libro están llenas de monos: un mono colorado juega con un monito verde: un monazo de barba le muerde la cola a un mono tremendo, que anda como un hombre, con un palo en la mano: un mono negro está jugando en la yerba con otro amarillo: ¡aquellos, aquellos de los árboles son los monos niños! ¡qué graciosos! ¡cómo juegan! ¡se mecen por la cola, como el columpio! ¡qué bien, qué bien saltan! ¡uno, dos, tres, cinco, ocho, dieciseis, cuarenta y nueve monos agarrados por la cola! ¡se van a tirar al río! ¡se van a tirar al río! ¡visst! ¡allá van todos! Y Nené, entusiasmada, arranca al libro las dos hojas. ¿Quién llama a Nené, quién la llama? Su papá, su papá, que está mirándola desde la puerta.

Nené no ve. Nené no oye. Le parece que su papá crece, que crece mucho, que llega hasta el techo, que es más grande que el gigante del monte, que su papá es un monte que se le viene encima. Está callada, callada, con la cabeza baja, con los ojos cerrados, con las hojas rotas en las manos caídas. Y su papá le está hablando: –"¿Nené, no te dije que no tocaras ese libro? ¿Nené, tú no sabes que ese libro no es mío, y que vale mucho dinero, mucho? ¿Nené, tú no sabes que para pagar ese libro voy a tener que trabajar un año?" Nené, blanca como el papel, se alzó del suelo, con la cabecita caída, y se abrazó a las rodillas de su papá: –"¡Mi papá", dijo Nené, "mi papá de mi corazón! ¡Enojé a mi papá bueno! ¡Soy mala niña! ¡Ya no voy a poder ir cuando me muera a la estrella azul!"

José Martí
 
rhcastro,10.04.2015
Parecía un gusano blanco, con su sombrero de paja y un Bali colgándole del labio inferior. Todas las mañanas lo veía sentado en un banco de la Alameda mientras yo me metía en la Librería de Cristal a hojear libros. Cuando levantaba la cabeza, a través de las paredes de la librería que en efecto eran de cristal, ahí estaba él, quieto, entre los árboles, mirando el vacío.
Supongo que terminamos acostumbrándonos el uno al otro. Yo llegaba a las ocho y media de la mañana y él ya estaba allí, sentado en un banco, sin hacer nada más que fumar y tener los ojos abiertos. Nunca lo vi con un periódico, con una torta, con una cerveza, con un libro. Nunca lo vi hablar con nadie. En una ocasión, mientras lo miraba desde los estantes de literatura francesa, pensé que dormía en la Alameda, sobre un banco o en los portales de alguna de las calles próximas, pero luego conjeturé que iba demasiado limpio para dormir en la calle y que seguramente se alojaba en alguna pensión cercana. Era, constaté, un animal de costumbres, igual que yo. Mi rutina consistía en ser levantado temprano, desayunar con mi madre, mi padre y mi hermana, fingir que iba al colegio y tomar un camión que me dejaba en el centro, donde dedicaba la primera parte de la mañana a los libros y a pasear y la segunda al cine y de una manera menos explícita al sexo.
Los libros los solía comprar en la Librería de Cristal y en la Librería del Sótano. Si tenía poco dinero en la primera, donde siempre había una mesa con saldos, si tenía suficiente en la última, que era la que tenía las novedades. Si no tenía dinero, como sucedía a menudo, los solía robar indistintamente en una u otra. Se diera el caso que se diera, no obstante, mi paso por la Librería de Cristal y por la del Sótano (enfrente de la Alameda y ubicada, como su nombre lo indica, en un sótano) era obligado. A veces llegaba antes que los comercios abrieran y entonces lo que hacía era buscar a un vendedor ambulante, comprarme una torta de jamón y un jugo de mango y esperar. A veces me sentaba en un banco de la Alameda, uno oculto entre la hojarasca, y escribía. Todo esto duraba aproximadamente hasta las diez de la mañana, hora en que comenzaban en algunos cines del centro las primeras funciones matinales. Buscaba películas europeas, aunque algunas mañanas de inspiración no discriminaba el nuevo cine erótico mexicano o el nuevo cine de terror mexicano, que para el caso era lo mismo.
La que más veces vi creo que era francesa. Trataba de dos chicas que viven solas en una casa de las afueras. Una era rubia y la otra pelirroja. A la rubia la ha dejado el novio y al mismo tiempo (al mismo tiempo del dolor, quiero decir) tiene problemas de personalidad: cree que se está enamorando de su compañera. La pelirroja es más joven, es más inocente, es más irresponsable; es decir, es más feliz (aunque yo por entonces era joven, inocente e irresponsable y me creía profundamente desdichado). Un día, un fugitivo de la justicia entra subrepticiamente en su casa y las secuestra. Lo curioso es que el allanamiento tiene lugar precisamente la noche en que la rubia, tras hacer el amor con la pelirroja, ha decidido suicidarse. El fugitivo se introduce por una ventana, navaja en mano recorre con sigilo la casa, llega a la habitación de la pelirroja, la reduce, la ata, la interroga, pregunta cuántas personas más viven allí, la pelirroja dice que sólo ella y la rubia, la amordaza. Pero la rubia no está en su habitación y el fugitivo comienza a recorrer la casa, cada minuto que pasa más nervioso, hasta que finalmente encuentra a la rubia tirada en el sótano, desvanecida, con síntomas inequívocos de haberse tragado todo el botiquín. El fugitivo no es un asesino, en todo caso no es un asesino de mujeres, y salva a la rubia: la hace vomitar, le prepara un litro de café, la obliga a beber leche, etc.
Pasan los días y las mujeres y el fugitivo comienzan a intimar. El fugitivo les cuenta su historia: es un ex ladrón de bancos, un ex presidiario, sus ex compañeros han asesinado a su esposa. Las mujeres son artistas de cabaret y una tarde o una noche, no se sabe, viven con las cortinas cerradas, le hacen una representación: la rubia se enfunda en una magnífica piel de oso y la pelirroja finge que es la domadora. Al principio el oso obedece, pero luego se rebela y con sus garras va despojando poco a poco a la pelirroja de sus vestidos. Finalmente, ya desnuda, ésta cae derrotada y el oso se le echa encima. No, no la mata, le hace el amor. Y aquí viene lo más curioso: el fugitivo, después de contemplar el número, no se enamora de la pelirroja sino de la rubia, es decir del oso.
El final es predecible pero no carece de cierta poesía: una noche de lluvia, después de matar a sus dos ex compañeros, el fugitivo y la rubia huyen con destino incierto y la pelirroja se queda sentada en un sillón, leyendo, dándoles tiempo antes de llamar a la policía. El libro que lee la pelirroja, me di cuenta la tercera vez que vi la película, es La caída, de Camus. También vi algunas mexicanas más o menos del mismo estilo: mujeres que eran secuestradas por tipos patibularios pero en el fondo buenas personas, fugitivos que secuestraban a señoras ricas y jóvenes y que al final de una noche de pasión eran cosidos a balazos, hermosas empleadas del hogar que empezaban desde cero y que tras pasar por todos los estadios del crimen accedían a las más altas cotas de riqueza y poder. Por entonces casi todas las películas que salían de los Estudios Churubusco eran thrillers eróticos, aunque tampoco escaseaban las películas de terror erótico y las de humor erótico. Las de terror seguían la línea clásica del terror mexicano establecida en los cincuenta y que estaba tan enraizada en el país como la escuela muralista. Sus iconos oscilaban entre el Santo, el Científico Loco, los Charros Vampiros y la Inocente, aderezada con modernos desnudos interpretados preferiblemente por desconocidas actrices norteamericanas, europeas, alguna argentina, escenas de sexo más o menos solapado y una crueldad en los límites de lo risible y de lo irremediable. Las de humor erótico no me gustaban.
Una mañana, mientras buscaba un libro en la Librería del Sótano, vi que estaban filmando una película en el interior de la Alameda y me acerqué a curiosear. Reconocí de inmediato a Jaqueline Andere. Estaba sola y miraba la cortina de árboles que se alzaba a su izquierda casi sin moverse, como si esperara una señal. A su alrededor se levantaban varios focos de iluminación. No sé por qué se me pasó por la cabeza la idea de pedirle un autógrafo, nunca me han interesado. Esperé a que acabara de filmar. Un tipo se acercó a ella y hablaron (¿Ignacio López Tarso?), el tipo gesticuló con enojo y luego se alejó por uno de los caminos de la Alameda y tras dudar unos segundos Jaqueline Andere se alejó por otro. Venía directamente hacia mí. Yo también me puse a andar y nos encontramos a medio camino. Fue una de las cosas más sencillas que me han ocurrido: nadie me detuvo, nadie me dijo nada, nadie se interpuso entre Jaqueline y yo, nadie me preguntó qué estaba haciendo allí. Antes de cruzarnos Jaqueline se detuvo y volvió la cabeza hacia el equipo de filmación, como si escuchara algo, aunque ninguno de los técnicos le dijo nada. Después siguió caminando con el mismo aire de despreocupación en dirección al Palacio de Bellas Artes y lo único que tuve que hacer fue detenerme, saludarla, pedirle un autógrafo, ocultar mi sorpresa al constatar su baja estatura que ni siquiera los zapatos con tacón de aguja lograban disimular. Por un momento, tan solos estábamos, pensé que hubiera podido secuestrarla. La mera probabilidad me erizó los pelos de la nuca. Ella me miró de abajo hacia arriba, el pelo rubio con una tonalidad ceniza que yo desconocía (puede que se lo hubiera teñido), los ojos marrones almendrados muy grandes y muy dulces, pero no, dulces no es la palabra, tranquilos, de una tranquilidad pasmosa, como si estuviera drogada o tuviera el encefalograma plano o fuera una extraterrestre, y me dijo algo que no entendí.
La pluma, dijo, la pluma para firmar. Busqué en el bolsillo de mi chamarra un bolígrafo e hice que me firmara la primera página de La caída. Me arrebató el libro y lo estuvo mirando durante unos segundos. Sus manos eran pequeñas y muy delgadas. ¿Cómo firmo, dijo, como Albert Camus o como Jaqueline Andere? Como tú quieras, dije. Aunque no levantó la cara del libro noté que sonreía. ¿Eres estudiante?, dijo. Contesté afirmativamente. ¿Y qué haces aquí en vez de estar en clases? Creo que nunca más volveré a la escuela, dije. ¿Qué edad tienes?, dijo ella. Dieciséis, dije. ¿Y tus papás saben que no vas a clases? No, claro que no, dije. No me has contestado una pregunta, dijo ella levantando la mirada y posándola sobre mis ojos. ¿Qué pregunta?, dije yo. ¿Qué haces aquí? Cuando yo era joven, añadió, los novillos se hacían en los billares o en las boleras. Leo libros y voy al cine, dije. Además, yo no hago novillos. Ya, tú desertas, dijo. Esta vez fui yo el que sonreí. ¿Y qué películas se ven a esta hora?, dijo ella. De todas, dije yo, algunas tuyas. Eso pareció no gustarle. Volvió a mirar el libro, se mordió el labio inferior, me miró y parpadeó como si le dolieran los ojos. Después me preguntó mi nombre. Bueno, pues firmemos, dijo. Era zurda. Su letra era grande y poco clara. Me tengo que ir, dijo alargándome el libro y el bolígrafo. Me dio la mano, nos la estrechamos y se alejó por la Alameda de vuelta hacia donde estaba el equipo de rodaje. Me quedé quieto, mirándola, dos mujeres se le acercaron unos cincuenta metros más allá, iban vestidas como monjas misioneras, dos monjas mexicanas misioneras que se llevaron a Jaqueline hasta quedar debajo de un ahuehuete. Después se les acercó un hombre, hablaron, después los cuatro se alejaron por una de las sendas de salida de la Alameda.
En la primera página de La caída, Jaqueline escribió: «Para Arturo Belano, un estudiante liberado, con un beso de Jaqueline Andere.»
De golpe me encontré sin ganas de librerías, sin ganas de paseos, sin ganas de lecturas, sin ganas de cines matinales (sobre todo sin ganas de cines matinales). La proa de una nube enorme apareció sobre el centro del D.F., mientras por el norte de la ciudad resonaban los primeros truenos. Comprendí que la película de Jaqueline se había interrumpido por la proximidad inminente de la lluvia y me sentí solo. Durante unos segundos no supe qué hacer, hacia dónde ir. Entonces el Gusano me saludó. Supongo que después de tantos días él también se había fijado en mí. Me volví y allí estaba, sentado en el mismo banco de siempre, nítido, absolutamente real con su sombrero de paja y su camisa blanca. Al marcharse los técnicos cinematográficos, comprobé asustado, el escenario había experimentado un cambio sutil pero determinante: era como si el mar se hubiera abierto y pudiera ahora ver el fondo marino. La Alameda vacía era el fondo marino y el Gusano su joya más preciada. Lo saludé, seguramente hice alguna observación banal, se puso a diluviar, abandonamos juntos la Alameda en dirección a la avenida Hidalgo y luego caminamos por Lázaro Cárdenas hasta Perú.
Lo que sucedió después es borroso, como visto a través de la lluvia que barría las calles, y al mismo tiempo de una naturalidad extrema. El bar se llamaba Las Camelias y estaba lleno de mariachis y vicetiples. Yo pedí enchiladas y una TKT, el Gusano una Coca-Cola y más tarde (pero no debió de ser mucho más tarde) le compró a un vendedor ambulante tres huevos de caguama. Quería hablar de Jaqueline Andere. No tardé en comprender, maravillado, que el Gusano no sabía que aquella mujer era una actriz de cine. Le hice notar que precisamente estaba filmando una película, pero el Gusano simplemente no recordaba a los técnicos ni los aparejos desplegados para la filmación. La presencia de Jaqueline en el sendero en donde se hallaba su banco había borrado todo lo demás. Cuando dejó de llover el Gusano sacó un fajo de billetes del bolsillo trasero, pagó y se fue. Al día siguiente nos volvimos a ver. Por la expresión que puso al verme pensé que no me reconocía o que no quería saludarme. De todos modos me acerqué. Parecía dormido aunque tenía los ojos abiertos. Era flaco, pero sus carnes, excepto los brazos y las piernas, se adivinaban blandas, incluso fofas, como las de los deportistas que ya no hacen ejercicios. Su flaccidez, pese a todo, era más de orden moral que físico. Sus huesos eran pequeños y fuertes. Pronto supe que era del norte o que había vivido mucho tiempo en el norte, que para el caso es lo mismo. Soy de Sonora, dijo. Me pareció curioso, pues mi abuelo también era de allí. Eso interesó al Gusano y quiso saber de qué parte de Sonora. De Santa Teresa, dije. Yo de Villaviciosa, dijo el Gusano. Una noche le pregunté a mi padre si conocía Villaviciosa. Claro que la conozco, dijo mi padre, está a pocos kilómetros de Santa Teresa. Le pedí que me la describiera. Es un pueblo muy pequeño, dijo mi padre, no debe tener más de mil habitantes (después supe que no llegaban a quinientos), bastante pobre, con pocos medios de subsistencia, sin una sola industria. Está destinado a desaparecer, dijo mi padre. ¿Desaparecer cómo?, le pregunté. Por la emigración, dijo mi padre, la gente se va a ciudades como Santa Teresa o Hermosillo o a Estados Unidos. Cuando se lo dije al Gusano éste no estuvo de acuerdo, aunque en realidad la frase «estar de acuerdo» o «estar en desacuerdo» para él no tenían ningún significado. El Gusano no discutía nunca, tampoco expresaba opiniones, no era un dechado de respeto por los demás, simplemente escuchaba y almacenaba, o tal vez sólo escuchaba y después olvidaba, atrapado en una órbita distinta a la de la otra gente. Su voz era suave y monocorde aunque a veces subía el tono y entonces parecía un loco que imitara a un loco y yo nunca supe si lo hacía a propósito, como parte de un juego que sólo él comprendía, o si no lo podía evitar y aquellas salidas de tono eran parte del infierno. Cifraba su seguridad en la pervivencia de Villaviciosa en la antigüedad del pueblo; también, pero eso lo comprendí más tarde, en la precariedad que lo rodeaba y lo carcomía, aquello que según mi padre amenazaba su misma existencia.
No era un tipo curioso aunque pocas cosas se le pasaban por alto. Una vez miró los libros que yo llevaba, uno por uno, como si le costara leer o como si no supiera. Después nunca más volvió a interesarse por mis libros aunque cada mañana yo aparecía con uno nuevo. A veces, tal vez porque de alguna manera me consideraba un paisano, hablábamos de Sonora, que yo apenas conocía: sólo había ido una vez, para el funeral de mi abuelo. Nombraba pueblos como Nacozari, Bacoache, Fronteras, Villa Hidalgo, Bacerac, Bavispe, Agua Prieta, Naco, que para mí tenían las mismas cualidades del oro. Nombraba aldeas perdidas en los departamentos de Nacori Chico y Bacadéhuachi, cerca de la frontera con el estado de Chihuahua, y entonces, no sé por qué, se tapaba la boca como si fuera a estornudar o a bostezar. Parecía haber caminado y dormido en todas las sierras: la de Las Palomas y La Cieneguita, la sierra Guijas y la sierra La Madera, la sierra San Antonio y la sierra Cibuta, la sierra Tumacacori y la sierra Sierrita bien entrado en el territorio de Arizona, la sierra Cuevas y la sierra Ochitahueca en el noreste junto a Chihuahua, la sierra La Pola y la sierra Las Tablas en el sur, camino de Sinaloa, la sierra La Gloría y la sierra El Pinacate en dirección noroeste, como quien va a Baja California. Conocía toda Sonora, desde Huatabampo y Empalme, en la costa del Golfo de California, hasta los villorrios perdidos en el desierto. Sabía hablar la lengua yaqui y la pápago (que circulaba libremente entre los lindes de Sonora y Arizona) y podía entender la seri, la pima, la mayo y la inglesa. Su español era seco, en ocasiones con un ligero aire impostado que sus ojos contradecían. He dado vueltas por las tierras de tu abuelo, que en paz descanse, como una sombra sin asidero, me dijo una vez.
Cada mañana nos encontrábamos. A veces intentaba hacerme el distraído, tal vez reanudar mis paseos solitarios, mis sesiones de cine matinales, pero él siempre estaba allí, sentado en el mismo banco de la Alameda, muy quieto, con el Bali colgándole de los labios y el sombrero de paja tapándole la mitad de la frente (su frente de gusano blanco) y era inevitable que yo, sumergido entre las estanterías de la Librería de Cristal, lo viera, me quedara un rato contemplándolo y al final acudiera a sentarme a su lado.
No tardé en descubrir que iba siempre armado. Al principio pensé que tal vez fuera policía o que lo perseguía alguien, pero resultaba evidente que no era policía (o que al menos ya no lo era) y pocas veces he visto a nadie con una actitud más despreocupada con respecto a la gente: nunca miraba hacia atrás, nunca miraba hacia los lados, raras veces miraba el suelo. Cuando le pregunté por qué iba armado el Gusano me contestó que por costumbre y yo le creí de inmediato. Llevaba el arma en la espalda, entre el espinazo y el pantalón. ¿La has usado muchas veces?, le pregunté. Sí, muchas veces, dijo como en sueños. Durante algunos días el arma del Gusano me obsesionó. A veces la sacaba, le quitaba el cargador y me la pasaba para que la examinara. Parecía vieja y pesada. Generalmente yo se la devolvía al cabo de pocos segundos, rogándole que la guardara. A veces me daba reparo estar sentado en un banco de la Alameda conversando (o monologando) con un hombre armado, no por lo que él pudiera hacerme pues desde el primer instante supe que el Gusano y yo siempre seríamos amigos, sino por temor a que nos viera la policía del D.F., por miedo a que nos cachearan y descubrieran el arma del Gusano y termináramos los dos en algún oscuro calabozo.
Una mañana se enfermó y me habló de Villaviciosa. Lo vi desde la Librería de Cristal y me pareció igual que siempre, pero al acercarme a él observé que la camisa estaba arrugada, como si hubiera dormido con ella puesta. Al sentarme a su lado noté que temblaba. Poco después los temblores fueron en aumento. Tienes fiebre, dije, tienes que meterte en la cama. Lo acompañé, pese a sus protestas, hasta la pensión donde vivía. Acuéstate, le dije. El Gusano se sacó la camisa, puso la pistola debajo de la almohada y pareció quedarse dormido en el acto, aunque con los ojos abiertos fijos en el cielorraso. En la habitación había una cama estrecha, una mesilla de noche, un ropero desvencijado. En el interior del ropero vi tres camisas blancas como la que se acababa de quitar perfectamente dobladas y dos pantalones del mismo color colgados de sendas perchas. Debajo de la cama distinguí una maleta de cuero de excelente calidad, de aquellas que tenían una cerradura como de caja fuerte. No vi ni un solo periódico, ni una sola revista. La habitación olía a desinfectante, igual que las escaleras de la pensión. Dame dinero para ir a una farmacia a comprarte algo, dije. Me dio un fajo de billetes que sacó del bolsillo de su pantalón y volvió a quedarse inmóvil. De vez en cuando un escalofrío lo recorría de la cabeza a los pies como si se fuera a morir. Pero sólo de vez en cuando. Por un momento pensé que tal vez lo mejor sería llamar a un médico, pero comprendí que eso al Gusano no le iba a gustar. Cuando volví, cargado de medicinas y botellas de Coca-Cola, se había dormido. Le di una dosis de caballo de antibióticos y unas pastillas para bajarle la fiebre. Luego hice que se bebiera medio litro de Coca-Cola. También había comprado un pancake, que dejé en el velador por si más tarde tenía hambre. Cuando ya me disponía a irme, él abrió los ojos y se puso a hablar de Villaviciosa.
A su manera, fue pródigo en detalles. Dijo que el pueblo no tenía más de sesenta casas, dos cantinas, una tienda de comestibles. Dijo que las casas eran de adobe y que algunos patios estaban encementados. Dijo que de los patios escapaba un mal olor que a veces resultaba insoportable. Dijo que resultaba insoportable para el alma, incluso para la carencia de alma, incluso para la carencia de sentidos. Dijo que por eso algunos patios estaban encementados. Dijo que el pueblo tenía entre dos mil y tres mil años y que sus naturales trabajaban de asesinos y de vigilantes. Dijo que un asesino no perseguía a un asesino, que cómo iba a perseguirlo, que eso era como si una serpiente se mordiera la cola. Dijo que existían serpientes que se mordían la cola. Dijo que incluso había serpientes que se tragaban enteras y que si uno veía a una serpiente en el acto de autotragarse más valía salir corriendo pues al final siempre ocurría algo malo, como una explosión de la realidad. Dijo que cerca del pueblo pasaba un río llamado Río Negro por el color de sus aguas y que éstas al bordear el cementerio formaban un delta que la tierra seca acababa por chuparse. Dijo que la gente a veces se quedaba largo rato contemplando el horizonte, el sol que desaparecía detrás del cerro El Lagarto, y que el horizonte era de color carne, como la espalda de un moribundo. ¿Y qué esperan que aparezca por allí?, le pregunté. Mi propia voz me espantó. No lo sé, dijo. Luego dijo: una verga. Y luego: el viento y el polvo, tal vez. Después pareció tranquilizarse y al cabo de un rato creí que estaba dormido. Volveré mañana, murmuré, tómate las medicinas y no te levantes.
Me marché en silencio.
A la mañana siguiente, antes de ir a la pensión del Gusano, pasé un rato, como siempre, por la Librería de Cristal. Cuando me disponía a salir, a través de las paredes transparentes, lo vi. Estaba sentado en el mismo banco de siempre, con una camisa blanca holgada y limpia y unos pantalones blancos inmaculados. La mitad de la cara se la tapaba el sombrero de paja y un Bali le colgaba del labio inferior. Miraba al frente, como en él era usual, y parecía sano. Ese mediodía, al separarnos, me alargó con un gesto hosco varios billetes y dijo algo acerca de las molestias que yo había tenido el día anterior. Era mucho dinero. Le dije que no me debía nada, que hubiera hecho lo mismo por cualquier amigo. El Gusano insistió en que cogiera el dinero. Así podrás comprar algunos libros, dijo. Tengo muchos, contesté. Así dejarás de robar libros por algún tiempo, dijo. Al final le quité el dinero de las manos. Ha pasado mucho tiempo, ya no recuerdo la cifra exacta, el peso mexicano se ha devaluado muchas veces, sólo sé que me sirvió para comprarme veinte libros y dos discos de los Doors y que para mí esa cantidad era una fortuna. Al Gusano no le faltaba el dinero.
Nunca más me volvió a hablar de Villaviciosa. Durante un mes y medio, tal vez dos meses, nos vimos cada mañana y nos despedimos cada mediodía, cuando llegaba la hora de comer y yo volvía en el camión de la Villa o en un pesero rumbo a mi casa. Alguna vez lo invité al cine, pero el Gusano nunca quiso ir. Le gustaba hablar conmigo sentados en su banco de la Alameda o paseando por las calles de los alrededores y de vez en cuando condescendía a entrar en un bar en donde siempre buscaba al vendedor ambulante de huevos de caguama. Nunca lo vi probar alcohol. Pocos días antes de que desapareciera para siempre le dio por hacerme hablar de Jaqueline Andere. Comprendí que era su manera de recordarla. Yo hablaba de su pelo rubio ceniza y lo comparaba favorable o desfavorablemente con el pelo rubio amielado que lucía en sus películas y el Gusano asentía levemente, la vista clavada al frente, como si tuviera a Jaqueline Andere en la retina o como si la viera por primera vez. Una vez le pregunté qué clase de mujeres le gustaban. Era una pregunta estúpida, hecha por un adolescente que sólo quería matar el tiempo. Pero el Gusano se la tomó al pie de la letra y durante mucho rato estuvo cavilando la respuesta. Al final dijo: tranquilas. Y después añadió: pero sólo los muertos están tranquilos. Y al cabo de un rato: ni los muertos, bien pensado.
Una mañana me regaló una navaja. En el mango de hueso se podía leer la palabra «Caborca» escrita en finas letras de alpaca. Recuerdo que le di las gracias efusivamente y que aquella mañana, mientras platicábamos en la Alameda o mientras paseábamos por las concurridas calles del centro, estuve abriendo y cerrando la hoja, admirando la empuñadura, tentando su peso en la palma de mi mano, maravillado de sus proporciones tan justas. Por lo demás, aquel día fue idéntico a todos los otros. A la mañana siguiente el Gusano ya no estaba.
Dos días después lo fui a buscar a su pensión y me dijeron que se había marchado al norte. Nunca más lo volví a ver.

Roberto Bolaño
 
lucrezio,11.04.2015
León Tolstói
(1828-1910)

LA MUERTE DE IVÁN ILICH

1
DURANTE UNA PAUSA en el proceso Melvinski, en el vasto edificio de la Audiencia, los miembros del tribunal y el fiscal se reunieron en el despacho de Iván Yegorovich Shebek y empezaron a hablar del célebre asunto Krasovski. Fyodor Vasilyevich declaró acaloradamente que no entraba en la jurisdicción del tribunal, Iván Yegorovich sostuvo lo contrario, en tanto que Pyotr Ivanovich, que no había entrado en la discusión al principio, no tomó parte en ella y echaba una ojeada a la Gaceta que acababan de entregarle.
—¡Señores! —exclamó— ¡Iván Ilich ha muerto!
—¿De veras?
—Ahí está. Léalo —dijo a Fyodor Vasilyevich, alargándole el periódico que, húmedo, olía aún a tinta reciente.
Enmarcada en una orla negra figuraba la siguiente noticia: «Con profundo pesar Praskovya Fyodorovna Golovina comunica a sus parientes y amigos el fallecimiento de su amado esposo Iván Ilich Golovin, miembro del Tribunal de Justicia, ocurrido el 4 de febrero de este año de 1882. El traslado del cadáver tendrá lugar el viernes a la una de la tarde.»
Iván Ilich había sido colega de los señores allí reunidos y muy apreciado de ellos. Había estado enfermo durante algunas semanas y de una enfermedad que se decía incurable. Se le había reservado el cargo, pero se conjeturaba que, en caso de que falleciera, se nombraría a Alekseyev para ocupar la vacante, y que el puesto de Alekseyev pasaría a Vinnikov o a Shtabel. Así pues, al recibir la noticia de la muerte de Iván Ilich lo primero en que pensaron los señores reunidos en el despacho fue en lo que esa muerte podría acarrear en cuanto a cambios o ascensos entre ellos o sus conocidos.
«Ahora, de seguro, obtendré el puesto de Shtabel o de Vinnikov —se decía Fyodor Vasilyevich—. Me lo tienen prometido desde hace mucho tiempo; y el ascenso me supondrá una subida de sueldo de ochocientos rublos, sin contar la bonificación.»
«Ahora es preciso solicitar que trasladen a mi cuñado de Kaluga —pensaba Pyotr Ivanovich—. Mi mujer se pondrá muy contenta. Ya no podrá decir que no hago una maldita cosa por sus parientes.»
—Yo ya me figuraba que no se levantaría de la cama —dijo en voz alta Pyotr Ivanovich—. ¡Lástima!
—Pero, vamos a ver, ¿qué es lo que tenía?
—Los médicos no pudieron diagnosticar la enfermedad; mejor dicho, sí la diagnosticaron, pero cada uno de manera distinta. La última vez que lo vi pensé que estaba mejor.
—¡Y yo, que no pasé a verlo desde las vacaciones! Aunque siempre estuve por hacerlo.
—Y qué, ¿ha dejado algún capital?
—Por lo visto su mujer tenía algo, pero sólo una cantidad ínfima.
—Bueno, habrá que visitarla. ¡Aunque hay que ver lo lejos que viven!
—O sea, lejos de usted. De usted todo está lejos.
—Ya ve que no me perdona que viva al otro lado del río —dijo sonriendo Pyotr Ivanovich a Shebek. Y hablando de las grandes distancias entre las diversas partes de la ciudad volvieron a la sala del Tribunal.
Aparte de las conjeturas sobre los posibles traslados y ascensos que podrían resultar del fallecimiento de Iván Ilich, el sencillo hecho de enterarse de la muerte de un allegado suscitaba en los presentes, como siempre ocurre, una sensación de complacencia, a saber: «el muerto es él; no soy yo».
Cada uno de ellos pensaba o sentía: «Pues sí, él ha muerto, pero yo estoy vivo.» Los conocidos más íntimos, los amigos de Iván Ilich, por así decirlo, no podían menos de pensar también que ahora habría que cumplir con el muy fastidioso deber, impuesto por el decoro, de asistir al funeral y hacer una visita de pésame a la viuda.
Los amigos más allegados habían sido Fyodor Vasilyevich y Pyotr Ivanovich. Pyotr Ivanovich había estudiado Leyes con Iván Ilich y consideraba que le estaba agradecido.
Habiendo dado a su mujer durante la comida la noticia de la muerte de Iván Ilich y cavilando sobre la posibilidad de trasladar a su cuñado a su partido judicial, Pyotr Ivanovich, sin dormir la siesta, se puso el frac y fue a casa de Iván Ilich.
A la entrada vio una carroza y dos trineos de punto. Abajo, junto a la percha del vestíbulo, estaba apoyada a la pared la tapa del féretro cubierta de brocado y adornada de borlas y galones recién lustrados. Dos señoras de luto se quitaban los abrigos. Pyotr Ivanovich reconoció a una de ellas, hermana de Iván Ilich, pero la otra le era desconocida, Su colega, Schwartz, bajaba en ese momento, pero al ver entrar a Pyotr Ivanovich desde el escalón de arriba, se detuvo e hizo un guiño como para decir: «Valiente lío ha armado Iván Ilich; a usted y a mí no nos pasaría lo mismo.»
El rostro de Schwartz con sus patinas a la inglesa y su cuerpo flaco embutido en el frac, tenía su habitual aspecto de elegante solemnidad que no cuadraba con su carácter jocoso, que ahora y en ese lugar tenía especial enjundia; o así le pareció a Pyotr Ivanovich.
Pyotr Ivanovich dejó pasar a las señoras y tras ellas subió despacio la escalera. Schwartz no bajó, sino que permaneció donde estaba. Pyotr Ivanovich sabía por qué: porque quería concertar con él dónde jugarían a las cartas esa noche. Las señoras subieron a reunirse con la viuda, y Schwartz, con labios severamente apretados y ojos retozones, indicó a Pyotr Ivanovich levantando una ceja el aposento a la derecha donde se encontraba el cadáver.
Como sucede siempre en ocasiones semejantes, Pyotr Ivanovich entró sin saber a punto fijo lo que tenía que hacer. Lo único que sabía era que en tales circunstancias no estaría de más santiguarse. Pero no estaba enteramente seguro de si además de eso había que hacer también una reverencia. Así pues, adoptó un término medio. Al entrar en la habitación empezó a santiguarse y a hacer como si fuera a inclinarse. Al mismo tiempo, en la medida en que se lo permitían los movimientos de la mano y la cabeza, examinó la habitación. Dos jóvenes, sobrinos al parecer —uno de ellos estudiante de secundaria—, salían de ella santiguándose. Una anciana estaba de pie, inmóvil, mientras una señora de cejas curiosamente arqueadas le decía algo al oído. Un sacristán vigoroso y resuelto, vestido de levita, leía algo en alta voz con expresión que excluía toda réplica posible. Gerasim, ayudante del mayordomo, cruzó con paso ingrávido por delante de Pyotr Ivanovich esparciendo algo por el suelo. Al ver tal cosa, Pyotr Ivanovich notó al momento el ligero olor de un cuerpo en descomposición. En su última visita a Iván Ilich, Pyotr Ivanovich había visto a Gerasim en el despacho; hacía el papel de enfermero e Iván Ilich le tenía mucho aprecio. Pyotr Ivanovich continuó santiguándose e inclinando levemente la cabeza en una dirección intermedia entre el cadáver, el sacristán y los iconos expuestos en una mesa en el rincón. Más tarde, cuando le pareció que el movimiento del brazo al hacer la señal de la cruz se había prolongado más de lo conveniente, cesó de hacerlo y se puso a mirar el cadáver.
El muerto yacía, como siempre yacen los muertos, de manera especialmente grávida, con los miembros rígidos hundidos en los blandos cojines del ataúd y con la cabeza sumida para siempre en la almohada. Al igual que suele ocurrir con los muertos, abultaba su frente, amarilla como la cera y con rodales calvos en las sienes hundidas, y sobresalía su nariz como si hiciera presión sobre el labio superior. Había cambiado mucho y enflaquecido aún más desde la última vez que Pyotr Ivanovích lo había visto; pero, como sucede con todos los muertos, su rostro era más agraciado y, sobre todo, más expresivo de lo que había sido en vida. La expresión de ese rostro quería decir que lo que hubo que hacer quedaba hecho y bien hecho. Por añadidura, ese semblante expresaba un reproche y una advertencia para los vivos. A Pyotr Ivanovich esa advertencia le parecía inoportuna o, por lo menos, inaplicable a él. Y como no se sentía a gusto se santiguó de prisa una vez más, giró sobre los talones y se dirigió a la puerta —demasiado a la ligera según él mismo reconocía, y de manera contraria al decoro.
Schwartz, con los pies separados y las manos a la espalda, le esperaba en la habitación de paso jugando con el sombrero de copa. Una simple mirada a esa figura jocosa, pulcra y elegante bastó para refrescar a Pyotr Ivanovích. Diose éste cuenta de que Schwartz estaba por encima de todo aquello y no se rendía a ninguna influencia deprimente. Su mismo aspecto sugería que el incidente del funeral de Iván Ilich no podía ser motivo suficiente para juzgar infringido el orden del día, o, dicho de otro modo, que nada podría impedirle abrir y barajar un mazo de naipes esa noche, mientras un criado colocaba cuatro nuevas bujías en la mesa; que, en realidad, no había por qué suponer que ese incidente pudiera estorbar que pasaran la velada muy ricamente. Dijo esto en un susurro a Pyotr Ivanovich cuando pasó junto a él, proponiéndole que se reuniesen a jugar en casa de Fyodor Vasilyevich. Pero, por lo visto, Pyotr Ivanovich no estaba destinado a jugar al vint esa noche. Praskovya Fyodorovna (mujer gorda y corta de talla que, a pesar de sus esfuerzos por evitarlo, había seguido ensanchándose de los hombros para abajo y tenía las cejas tan extrañamente arqueadas como la señora que estaba junto al féretro), toda de luto, con un velo de encaje en la cabeza, salió de su propio cuarto con otras señoras y, acompañándolas a la habitación en que estaba el cadáver, dijo:
—El oficio comenzará en seguida. Entren, por favor.
Schwartz, haciendo una imprecisa reverencia, se detuvo, al parecer sin aceptar ni rehusar tal invitación. Praskovya Fyodorovna, al reconocer a Pyotr Ivanovich, suspiró, se acercó a él, le tomó una mano y dijo:
—Sé que fue usted un verdadero amigo de Iván Ilich... —y le miró, esperando de él una respuesta apropiada a esas palabras.
Pyotr Ivanovich sabía que, por lo mismo que había sido necesario santiguarse en la otra habitación, era aquí necesario estrechar esa mano, suspirar y decir: «Créame...» Y así lo hizo. Y habiéndolo hecho tuvo la sensación de que se había conseguido el propósito deseado: ambos se sintieron conmovidos.
—Venga conmigo. Necesito hablarle antes de que empiece —dijo la viuda—. Deme su brazo.
Pyotr Ivanovich le dio el brazo y se encaminaron a las habitaciones interiores, pasando junto a Schwartz, que hizo un guiño pesaroso a Pyotr Ivanovich. «Ahí se queda nuestro vint. No se ofenda si encontramos a otro jugador. Quizá podamos ser cinco cuando usted se escape —decía su mirada juguetona.
Pyotr Ivanovich suspiró aún más honda y tristemente y Praskovya Fyodorovna, agradecida, le dio un apretón en el brazo. Cuando llegaron a la sala tapizada de cretona color de rosa y alumbrada por una lámpara mortecina se sentaron a la mesa: ella en un sofá y él en una otomana baja cuyos muelles se resintieron convulsamente bajo su cuerpo. Praskovya Fyodorovna estuvo a punto de advertirle que tomara otro asiento, pero juzgando que tal advertencia no correspondía debidamente a su condición actual cambió de aviso. Al sentarse en la otomana Pyotr Ivanovich recordó que Iván Ilich había arreglado esa habitación y le había consultado acerca de la cretona color de rosa con hojas verdes. Al ir a sentarse en el sofá (la sala entera estaba repleta de muebles y chucherías) el velo de encaje negro de la viuda quedó enganchado en el entallado de la mesa. Pyotr Ivanovich se levantó para desengancharlo, y los muelles de la otomana, liberados de su peso, se levantaron al par que él y le dieron un empellón. La viuda, a su vez, empezó a desenganchar el velo y Pyotr Ivanovich volvió a sentarse, comprimiendo de nuevo la indócil otomana. Pero la viuda no se había desasido por completo y Pyotr volvió a levantarse, con lo que la otomana volvió a sublevarse a incluso a emitir crujidos. Cuando acabó todo aquello la viuda sacó un pañuelo de batista limpio y empezó a llorar. Pero el lance del velo y la lucha con la otomana habían enfriado a Pyotr Ivanovich, quien permaneció sentado con cara de vinagre. Esta situación embarazosa fue interrumpida por Sokolov, el mayordomo de Iván Ilich, quien vino con el aviso de que la parcela que en el cementerio había escogido Praskovya Fyodorovna costaría doscientos rublos. Ella cesó de llorar y mirando a Pyotr Ivanovich con ojos de víctima le hizo saber en francés lo penoso que le resultaba todo aquello. Pyotr Ivanovich, con un ademán tácito, confirmó que indudablemente no podía ser de otro modo.
—Fume, por favor —dijo ella con voz a la vez magnánima y quebrada; y se volvió para hablar con Sokolov del precio de la parcela para la sepultura.
Mientras fumaba, Pyotr Ivanovich le oyó preguntar muy detalladamente por los precios de diversas parcelas y decidir al cabo con cuál de ellas se quedaría. Sokolov salió de la habitación.
—Yo misma me ocupo de todo —dijo ella a Pyotr Ivanovich apartando a un lado los álbumes que había en la mesa. Y al notar que con la ceniza del cigarrillo esa mesa corría peligro, le alargó al momento un cenicero al par que decía—: Considero que es afectación decir que la pena me impide ocuparme de asuntos prácticos. Al contrario, si algo puede... no digo consolarme, sino distraerme, es lo concerniente a él.
Volvió a sacar el pañuelo como si estuviera a punto de llorar, pero de pronto, como sobreponiéndose, se sacudió y empezó a hablar con calma:
—Hay algo, sin embargo, de que quiero hablarle.
Pyotr Ivanovich se inclinó, pero sin permitir que se amotinasen los muelles de la otomana, que ya habían empezado a vibrar bajo su cuerpo.
—En estos últimos días ha sufrido terriblemente.
—¿De veras? —preguntó Pyotr Ivanovich.
—¡Oh, sí, terriblemente! Estuvo gritando sin cesar, y no durante minutos, sino durante horas. Tres días seguidos estuvo gritando sin parar. Era intolerable. No sé cómo he podido soportarlo. Se le podía oír con tres puertas de por medio. ¡Ay, cuánto he sufrido!
—¿Pero es posible que estuviera consciente durante ese tiempo? —preguntó Pyotr Ivanovich.
—Sí —murmuró ella—. Hasta el último momento. Se despidió de nosotros un cuarto de hora antes de morir y hasta dijo que nos lleváramos a Volodya de allí.
El pensar en los padecimientos de un hombre a quien había conocido tan íntimamente, primero como chicuelo alegre, luego como condiscípulo y más tarde, ya crecido, como colega, horrorizó de pronto a Pyotr Ivanovich, a pesar de tener que admitir con desgana que tanto él como esa mujer estaban fingiendo. Volvió a ver esa frente y esa nariz que hacía presión sobre el labio, y tuvo miedo.
«¡Tres días de horribles sufrimientos y luego la muerte! ¡Pero si eso puede también ocurrirme a mí de repente, ahora mismo!» —pensó, y durante un momento quedó espantado. Pero en seguida, sin saber por qué, vino en su ayuda la noción habitual, a saber, que eso le había pasado a Iván Ilich y no a él, que eso no debería ni podría pasarle a él, y que pensar de otro modo sería dar pie a la depresión, cosa que había que evitar, como demostraba claramente el rostro de Schwartz. Y habiendo reflexionado de esa suerte, Pyotr Ivanovich se tranquilizó y empezó a pedir con interés detalles de la muerte de Iván Ilich, ni más ni menos que si esa muerte hubiese sido un accidente propio sólo de Iván Ilich, pero en ningún caso de él.
Después de dar varios detalles acerca de los dolores físicos realmente horribles que había sufrido Iván Ilich (detalles que Pyotr Ivanovich pudo calibrar sólo por su efecto en los nervios de Praskovya Fyodorovna), la viuda al parecer juzgó necesario entrar en materia.
—¡Ay, Pyotr Ivanovich, qué angustioso! ¡Qué terriblemente angustioso, qué terriblemente angustioso! —Y de nuevo rompió a llorar.
Pyotr Ivanovich suspiró y aguardó a que ella se limpiase la nariz. Cuando lo hizo, dijo él:
—Créame... —y ella empezó a hablar otra vez de lo que claramente era el asunto principal que con él quería ventilar, a saber, cómo podría obtener dinero del fisco con motivo de la muerte de su marido. Praskovya Fyodorovna hizo como si pidiera a Pyotr Ivanovich consejo acerca de su pensión, pero él vio que ella ya sabía eso hasta en sus más mínimos detalles, mucho más de lo que él sabía; que ella ya sabía todo lo que se le podía sacar al fisco a consecuencia de esa muerte; y que lo que quería saber era si se le podía sacar más. Pyotr Ivanovich trató de pensar en algún medio para lograrlo, pero tras dar vueltas al caso y, por cumplir, criticar al gobierno por su tacañería, dijo que, a su parecer, no se podía obtener más. Entonces ella suspiró y evidentemente empezó a buscar el modo de deshacerse de su visitante. Él se dio cuenta de ello, apagó el cigarrillo, se levantó, estrechó la mano de la señora y salió a la antesala.
En el comedor, donde estaba el reloj que tanto gustaba a Iván Ilich, quien lo había comprado en una tienda de antigüedades, Pyotr Ivanovich encontró a un sacerdote y a unos cuantos conocidos que habían venido para asistir al oficio, y vio también a la hija joven y guapa de Iván Ilich, a quien ya conocía. Estaba de luto riguroso, y su cuerpo delgado parecía aún más delgado que nunca. La expresión de su rostro era sombría, denodada, casi iracunda. Saludó a Pyotr Ivanovich como si él tuviera la culpa de algo. Detrás de ella, con la misma expresión agraviada, estaba un juez de instrucción conocido de Pyotr Ivanovich, un joven rico que, según se decía, era el prometido de la muchacha. Pyotr Ivanovich se inclinó melancólicamente ante ellos y estaba a punto de pasar a la cámara mortuoria cuando de debajo de la escalera surgió la figura del hijo de Iván Ilich, estudiante de instituto, que se parecía increiblemente a su padre. Era un pequeño Iván Ilich, igual al que Pyotr Ivanovich recordaba cuando ambos estudiaban Derecho. Tenía los ojos llorosos, con una expresión como la que tienen los muchachos viciosos de trece o catorce años. Al ver a Pyotr Ivanovich, el muchacho arrugó el ceño con empacho y hosquedad. Pyotr Ivanovich le saludó con una inclinación de cabeza y entró en la cámara mortuoria. Había empezado el oficio de difuntos: velas, gemidos, incienso, lágrimas, sollozos. Pyotr Ivanovich estaba de pie, mirándose sombríamente los zapatos, No miró al muerto una sola vez, ni se rindió a las influencias depresivas, y fue de los primeros en salir de allí. No había nadie en la antesala. Gerasim salió de un brinco de la habitación del muerto, revolvió con sus manos vigorosas entre los amontonados abrigos de pieles, encontró el de Pyotr Ivanovich y le ayudó a ponérselo.
—¿Qué hay, amigo Gerasim? —preguntó Pyotr Ivanovich por decir algo—. ¡Qué lástima! ¿Verdad?
—Es la voluntad de Dios. Por ahí pasaremos todos —contestó Gerasim mostrando sus dientes blancos, iguales, dientes de campesino, y como hombre ocupado en un trabajo urgente abrió de prisa la puerta, llamó al cochero, ayudó a Pyotr Ivanovich a subir al trineo y volvió de un salto a la entrada de la casa, como pensando en algo que aún tenía que hacer.
A Pyotr Ivanovich le resultó especialmente agradable respirar aire fresco después del olor del incienso, el cadáver y el ácido carbólíco.
—¿A dónde, señor? —preguntó el cochero.
—No es tarde todavía... Me pasaré por casa de Fyodor Vasilyevich.
Y Pyotr Ivanovich fue allá y, en efecto, los halló a punto de terminar la primera mano; y así, pues, no hubo inconveniente en que entrase en la partida.
2
La historia de la vida de Iván Ilich había sido sencillísima y ordinaria, al par que terrible en extremo.
Había sido miembro del Tribunal de Justicia y había muerto a los cuarenta y cinco años de edad. Su padre había sido funcionario público que había servido en diversos ministerios y negociados y hecho la carrera propia de individuos que, aunque notoriamente incapaces para desempeñar cargos importantes, no pueden ser despedidos a causa de sus muchos años de servicio; al contrario, para tales individuos se inventan cargos ficticios y sueldos nada ficticios de entre seis y diez mil rublos, con los cuales viven hasta una avanzada edad.
Tal era Ilya Yefimovich Golovin, Consejero Privado e inútil miembro de varios organismos inútiles.
Tenía tres hijos y una hija. Iván Ilich era el segundo. El mayor seguía la misma carrera que el padre aunque en otro ministerio, y se acercaba ya rápidamente a la etapa del servicio en que se percibe automáticamente ese sueldo. El tercer hijo era un desgraciado. Había fracasado en varios empleos y ahora trabajaba en los ferrocarriles. Su padre, sus hermanos y, en particular, las mujeres de éstos no sólo evitaban encontrarse con él, sino que olvidaban que existía salvo en casos de absoluta necesidad. La hija estaba casada con el barón Greff, funcionario de Petersburgo del mismo género que su suegro. Iván Ilich era le phénix de la famille, como decía la gente. No era tan frío y estirado como el hermano mayor ni tan frenético como el menor, sino un término medio entre ambos: listo, vivaz, agradable y discreto. Había estudiado en la Facultad de Derecho con su hermano menor, pero éste no había acabado la carrera por haber sido expulsado en el quinto año. Iván Ilich, al contrario, había concluido bien sus estudios. Era ya en la facultad lo que sería en el resto de su vida: capaz, alegre, benévolo y sociable, aunque estricto en el cumplimiento de lo que consideraba su deber; y, según él, era deber todo aquello que sus superiores jerárquicos consideraban como tal. No había sido servil ni de muchacho ni de hombre, pero desde sus años mozos se había sentido atraído, como la mosca a la luz, por las gentes de elevada posición social, apropiándose sus modos de obrar y su filosofía de la vida y trabando con ellos relaciones amistosas. Había dejado atrás todos los entusiasmos de su niñez y mocedad, de los que apenas quedaban restos, se había entregado a la sensualidad y la soberbia y, por último, como en las clases altas, al liberalismo, pero siempre dentro de determinados límites que su instinto le marcaba puntualmente.
En la facultad hizo cosas que anteriormente le habían parecido sumamente reprobables y que le causaron repugnancia de sí mismo en el momento mismo de hacerlas; pero más tarde, cuando vio que tales cosas las hacía también gente de alta condición social que no las juzgaba ruines, no llegó precisamente a darlas por buenas, pero sí las olvidó por completo o se acordaba de ellas sin sonrojo.
Al terminar sus estudios en la facultad y habilitarse para la décima categoría de la administración pública, y habiendo recibido de su padre dinero para equiparse, Iván Ilich se encargó ropa en la conocida sastrería de Scharmer, colgó en la cadena del reloj una medalla con el lema respice finem, se despidió de su profesor y del príncipe patrón de la facultad, tuvo una cena de despedida con sus compañeros en el restaurante Donon, y con su nueva maleta muy a la moda, su ropa blanca, su traje, sus utensilios de afeitar y adminículos de tocador, su manta de viaje, todo ello adquirido en las mejores tiendas, partió para una de las provincias donde, por influencia de su padre, iba a ocupar el cargo de ayudante del gobernador para servicios especiales.
En la provincia Iván Ilich pronto se agenció una posición tan fácil y agradable como la que había tenido en la Facultad de Derecho. Cumplía con sus obligaciones y fue haciéndose una carrera, a la vez que se divertía agradable y decorosamente. De vez en cuando salía a hacer visitas oficiales por el distrito, se comportaba dignamente con sus superiores e inferiores —de lo que no podía menos de enorgullecerse— y desempeñaba con rigor y honradez incorruptible los menesteres que le estaban confiados, que en su mayoría tenían que ver con los disidentes religiosos.
No obstante su juventud y propensión a la jovialidad frívola, era notablemente reservado, exigente y hasta severo en asuntos oficiales; pero en la vida social se mostraba a menudo festivo e ingenioso, y siempre benévolo, correcto y bon enfant, como decían de él el gobernador y su esposa, quienes le trataban como miembro de la familia.
En la provincia tuvo amoríos con una señora deseosa de ligarse con el joven y elegante abogado; hubo también una modista; hubo asimismo juergas con los edecanes que visitaban el distrito y, después de la cena, visitas a calles sospechosas de los arrabales; y hubo, por fin, su tanto de coba al gobernador y su esposa, pero todo ello efectuado con tan exquisito decoro que no cabía aplicarle calificativos desagradables. Todo ello podría colocarse bajo la conocida rúbrica francesa: Il faut que jeunesse se passe. Todo ello se llevaba a cabo con manos limpias, en camisas limpias, con palabras francesas y, sobre todo, en la mejor sociedad y, por ende, con la aprobación de personas de la más distinguida condición.
De ese modo sirvió Iván Ilich cinco años hasta que se produjo un cambio en su situación oficial. Se crearon nuevas instituciones judiciales y hubo necesidad para ellas de nuevos funcionarios. Iván Ilich fue uno de ellos. Se le ofreció el cargo de juez de instrucción y lo aceptó, a pesar de que estaba en otra provincia y le obligaba a abandonar las relaciones que había establecido y establecer otras. Los amigos se reunieron para despedirle, se hicieron con él una fotografía en grupo y le regalaron una pitillera de plata. E Iván Ilich partió para su nueva colocación.
En el cargo de juez de instrucción Iván Ilich fue tan comme il faut y decoroso como lo había sido cuando estuvo de ayudante para servicios especiales: se ganó el respeto general y supo separar sus deberes judiciales de lo atinente a su vida privada. Las funciones mismas de juez de instrucción le resultaban muchísimo más interesantes y atractivas que su trabajo anterior. En ese trabajo anterior lo agradable había sido ponerse el uniforme confeccionado por Scharmer y pasar con despreocupado continente por entre los solicitantes y funcionarios que, aguardando temerosos la audiencia con el gobernador, le envidiaban por entrar directamente en el despacho de éste y tomar el té y fumarse un cigarrillo con él. Pero personas que dependían directamente de él había habido pocas: sólo jefes de policía y disidentes religiosos cuando lo enviaban en misiones especiales, y a esas personas las trataba cortésmente, casi como a camaradas, como haciéndoles creer que, siendo capaz de aplastarlas, las trataba sencilla y amistosamente. Pero ahora, como juez de instrucción, Iván Ilich veía que todas ellas —todas ellas sin excepción—, incluso las más importantes y engreídas, estaban en sus manos, y que con sólo escribir unas palabras en una hoja de papel con cierto membrete tal o cual individuo importante y engreído sería conducido ante él en calidad de acusado o de testigo; y que si decidía que el tal individuo no se sentase lo tendría de pie ante él contestando a sus preguntas. Iván Ilich nunca abusó de esas atribuciones; muy al contrario, trató de suavizarlas; pero la conciencia de poseerlas y la posibilidad de suavizarlas constituían para él el interés cardinal y el atractivo de su nuevo cargo. En su trabajo, especialmente en la instrucción de los sumarios, Iván Ilich adoptó pronto el método de eliminar todas las circunstancias ajenas al caso y de condensarlo, por complicado que fuese, en forma que se presentase por escrito sólo en sus aspectos externos, con exclusión completa de su opinión personal y, sobre todo, respetando todos los formalismos necesarios. Este género de trabajo era nuevo, e Iván Ilich fue uno de los primeros funcionarios en aplicar el nuevo Código de 1864.
Al asumir el cargo de juez de instrucción en una nueva localidad Iván Ilich hizo nuevas amistades y estableció nuevas relaciones, se instaló de forma diferente de la anterior y cambió perceptiblemente de tono. Asumió una actitud de discreto y digno alejamiento de las autoridades provinciales, pero sí escogió el mejor círculo de juristas y nobles ricos de la ciudad y adoptó una actitud de ligero descontento con el gobierno, de liberalismo moderado e ilustrada ciudadanía. Por lo demás, no alteró en lo más mínimo la elegancia de su atavío, cesó de afeitarse el mentón y dejó crecer libremente la barba.
La vida de Iván Ilich en esa nueva ciudad tomó un cariz muy agradable. La sociedad de allí, que tendía a oponerse al gobernador, era buena y amistosa, su sueldo era mayor y empezó a jugar al vint, juego que por aquellas fechas incrementó bastante los placeres de su vida, pues era diestro en el manejo de las cartas, jugaba con gusto, calculaba con rapidez y astucia y ganaba por lo general.
Al cabo de dos años de vivir en la nueva ciudad, Iván Ilich conoció a la que había de ser su esposa. Praskovya Fyodorovna Mihel era la muchacha más atractiva, lista y brillante del círculo que él frecuentaba. Y entre pasatiempos y ratos de descanso de su trabajo judicial Iván Ilich entabló relaciones ligeras y festivas con ella.
Cuando había sido funcionario para servicios especiales Iván Ilich se había habituado a bailar, pero ahora, como juez de instrucción, bailaba sólo muy de tarde en tarde. También bailaba ahora con el fin de demostrar que, aunque servía bajo las nuevas instituciones y había ascendido a la quinta categoría de la administración pública, en lo tocante a bailar podía dar quince y raya a casi todos los demás. Así pues, de cuando en cuando, al final de una velada, bailaba con Praskovya Fyodorovna, y fue sobre todo durante esos bailes cuando la conquistó. Ella se enamoró de él. Iván Ilich no tenía intención clara y precisa de casarse, pero cuando la muchacha se enamoró de él se dijo a sí mismo: «Al fin y al cabo ¿por qué no casarme?»
Praskovya Fyodorovna, de buena familia hidalga, era bastante guapa y tenía algunos bienes. Iván Ilich hubiera podido aspirar a un partido más brillante, pero incluso éste era bueno. Él contaba con su sueldo y ella —así lo esperaba él— tendría ingresos semejantes. Buena familia, ella simpática, bonita y perfectamente honesta. Decir que Iván Ilich se casó por estar enamorado de ella y encontrar que ella simpatizaba con su noción de la vida habría sido tan injusto como decir que se había casado porque el círculo social que frecuentaba daba su visto bueno a esa unión. Iván Ilich se casó por ambas razones: sentía sumo agrado en adquirir semejante esposa, a la vez que hacía lo que consideraban correcto sus más empingorotadas amistades.
Y así, pues, Iván Ilich se casó.
Los preparativos para la boda y el comienzo de la vida matrimonial, con las caricias conyugales, el flamante mobiliario, la vajilla nueva, la nueva lencería... todo ello transcurrió muy gustosamente hasta el embarazo de su mujer; tanto así que Iván Ilich empezó a creer que el matrimonio no sólo no perturbaría el carácter cómodo, placentero, alegre y siempre decoroso de su vida, aprobado por la sociedad y considerado por él como natural, sino que, al contrario, lo acentuaría. Pero he aquí que, desde los primeros meses del embarazo de su mujer, surgió algo nuevo, inesperado, desagradable, penoso e indecoroso, imposible de comprender y evitar.
Sin motivo alguno, en opinión de Iván Ilich —de gaieté de coeur como se decía a sí mismo—, su mujer comenzó a perturbar el placer y decoro de su vida. Sin razón alguna comenzó a tener celos de él, le exigía atención constante, le censuraba por cualquier cosa y le enzarzaba en disputas enojosas y groseras.
Al principio Iván Ilich esperaba zafarse de lo molesto de tal situación por medio de la misma fácil y decorosa relación con la vida que tan bien le había servido anteriormente: trató de no hacer caso de la disposición de ánimo de su mujer, continuó viviendo como antes, ligera y agradablemente, invitaba a los amigos a jugar a las cartas en su casa y trató asimismo de frecuentar el club o visitar a sus conocidos. Pero un día su mujer comenzó a vituperarle con tal brío y palabras tan soeces, y siguió injuriándole cada vez que no atendía a sus exigencias, con el fin evidente de no cejar hasta que él cediese, o sea, hasta que se quedase en casa víctima del mismo aburrimiento que ella sufría, que Iván Ilich se asustó. Ahora comprendió que el matrimonio —al menos con una mujer como la suya— no siempre contribuía a fomentar el decoro y la amenidad de la vida, sino que, al contrario, estorbaba el logro de ambas cualidades, por lo que era preciso protegerse de semejante estorbo. Iván Ilich, pues, comenzó a buscar medios de lograrlo. Uno de los que cabía imponer a Praskovya Fyodorovna eran sus funciones judiciales, e Iván Ilich, apelando a éstas y a los deberes anejos a ellas, empezó a bregar con su mujer y a defender su propia independencia.
Con el nacimiento de un niño, los intentos de alimentarlo debidamente y los diversos fracasos en conseguirlo, así como con las dolencias reales e imaginarias del niño y la madre en las que se exigía la compasión de Iván Ilich —aunque él no entendía pizca de ello—, la necesidad que sentía éste de crearse una existencia fuera de la familia se hizo aún más imperiosa.
A medida que su mujer se volvía más irritable y exigente, Iván Ilich fue desplazando su centro de gravedad de la familia a su trabajo oficial. Se encariñaba cada vez más con ese trabajo y acabó siendo aún más ambicioso que antes.
Muy pronto, antes de cumplirse el primer aniversario de su casamiento, Iván Ilich cayó en la cuenta de que el matrimonio, aunque aportaba algunas comodidades a la vida, era de hecho un estado sumamente complicado y difícil, frente al cual —si era menester cumplir con su deber, o sea, llevar una vida decorosa aprobada por la sociedad— habría que adoptar una actitud precisa, ni más ni menos que con respecto al trabajo oficial.
Y fue esa actitud ante el matrimonio la que hizo suya Iván Ilich. Requería de la vida familiar únicamente aquellas comodidades que, como la comida casera, el ama de casa y la cama, esa vida podía ofrecerle y, sobre todo, el decoro en las formas externas que la opinión pública exigía. En todo lo demás buscaba deleite y contento, y quedaba agradecido cuando los encontraba; pero si tropezaba con resistencia y refunfuño retrocedía en el acto al mundo privativo y enclaustrado de su trabajo oficial, en el que hallaba satisfacción.
A Iván Ilich se le estimaba como buen funcionario y al cabo de tres años fue ascendido a Ayudante Fiscal. Sus nuevas obligaciones, la importancia de ellas, la posibilidad de procesar y encarcelar a quien quisiera, la publicidad que se daba a sus discursos y el éxito que alcanzó en todo ello le hicieron aún más agradable el cargo.
Nacieron otros hijos. Su esposa se volvió más quejosa y malhumorada, pero la actitud de Iván Ilich frente a su vida familiar fue barrera impenetrable contra las regañinas de ella.
Después de siete años de servicio en esa ciudad, Iván Ilich fue trasladado a otra provincia con el cargo de Fiscal. Se mudaron a ella, pero andaban escasos de dinero y a su mujer no le gustaba el nuevo domicilio. Aunque su sueldo superaba al anterior, el coste de la vida era mayor; murieron además dos de los niños, por lo que la vida de familia le parecía aún más desagradable.
Praskovya Fyodorovna culpaba a su marido de todas las inconveniencias que encontraban en el nuevo hogar. La mayoría de los temas de conversación entre marido y mujer, sobre todo en lo tocante a la educación de los niños, giraban en torno a cuestiones que recordaban disputas anteriores, y esas disputas estaban a punto de volver a inflamarse en cualquier momento. Quedaban sólo algunos infrecuentes períodos de cariño entre ellos, pero no duraban mucho. Eran islotes a los que se arrimaban durante algún tiempo, pero luego ambos partían de nuevo para el océano de hostilidad secreta que se manifestaba en el distanciamiento entre ellos. Ese distanciamiento hubiera podido afligir a Iván Ilich si éste no hubiese considerado que no debería existir, pero ahora reconocía que su situación no sólo era normal, sino que había llegado a ser el objetivo de su vida familiar. Ese objetivo consistía en librarse cada vez más de esas desazones y darles un barniz inofensivo y decoroso; y lo alcanzó pasando cada vez menos tiempo con la familia y tratando, cuando era preciso estar en casa, de salvaguardar su posición mediante la presencia de personas extrañas. Lo más importante, sin embargo, era que contaba con su trabajo oficial, y en sus funciones judiciales se centraba ahora todo el interés de su vida. La conciencia de su poder, la posibilidad de arruinar a quien se le antojase, la importancia, más aún, la gravedad externa con que entraba en la sala del tribunal o en las reuniones de sus subordinados, su éxito con sus superiores e inferiores y, sobre todo, la destreza con que encauzaba los procesos, de la que bien se daba cuenta —todo ello le procuraba sumo deleite y llenaba su vida, sin contar los coloquios con sus colegas, las comidas y las partidas de whist. Así pues, la vida de Iván Ilich seguía siendo agradable y decorosa, como él juzgaba que debía ser.
Así transcurrieron otros siete años. Su hija mayor tenía ya dieciséis, otro hijo había muerto, y sólo quedaba el pequeño colegial, objeto de disensión. Iván Ilich quería que ingresara en la Facultad de Derecho, pero Praskovya Fyodorovna, para fastidiar a su marido, le matriculó en el instituto. La hija había estudiado en casa y su instrucción había resultado bien; el muchacho tampoco iba mal en sus estudios.
3
Así vivió Iván Ilich durante diecisiete años desde su casamiento. Era ya un fiscal veterano. Esperando un puesto más atrayente, había rehusado ya varios traslados cuando surgió de improviso una circunstancia desagradable que perturbó por completo el curso apacible de su vida. Esperaba que le ofrecieran el cargo de presidente de tribunal en una ciudad universitaria, pero Hoppe de algún modo se le había adelantado y había obtenido el puesto. Iván Ilich se irritó y empezó a quejarse y a reñir con Hoppe y sus superiores inmediatos, quienes comenzaron a tratarle con frialdad y le pasaron por alto en los nombramientos siguientes.
Eso ocurrió en 1880, año que fue el más duro en la vida de Iván Ilich. Por una parte, en ese año quedó claro que su sueldo no les bastaba para vivir, y, por otra, que todos le habían olvidado; peor todavía, que lo que para él era la mayor y más cruel injusticia a otros les parecía una cosa común y corriente. Incluso su padre no se consideraba obligado a ayudarle. Iván Ilich se sentía abandonado de todos, ya que juzgaban que un cargo con un sueldo de tres mil quinientos rublos era absolutamente normal y hasta privilegiado. Sólo él sabía que con el conocimiento de las injusticias de que era víctima, con el sempiterno refunfuño de su mujer y con las deudas que había empezado a contraer por vivir por encima de sus posibilidades, su posición andaba lejos de ser normal.
Con el fin de ahorrar dinero, pidió licencia y fue con su mujer a pasar el verano de ese año a la casa de campo del hermano de ella.
En el campo, Iván Ilich, alejado de su trabajo, sintió por primera vez en su vida no sólo aburrimiento, sino insoportable congoja. Decidió que era imposible vivir de ese modo y que era indispensable tomar una determinación.
Después de una noche de insomnio, que pasó entera en la terraza, decidió ir a Petersburgo y hacer gestiones encaminadas a escarmentar a aquellos que no habían sabido apreciarle y a obtener un traslado a otro ministerio.
Al día siguiente, no obstante las objeciones de su mujer y su cuñado, salió para Petersburgo. Su único propósito era solicitar un cargo con un sueldo de cinco mil rubIos. Ya no pensaba en tal o cual ministerio, ni en una determinada clase de trabajo o actividad concreta. Todo lo que ahora necesitaba era otro cargo, un cargo con cinco mil rublos de sueldo, bien en la administración pública, o en un banco, o en los ferrocarriles, o en una de las instituciones creadas por la emperatriz María, o incluso en aduanas, pero con la condición indispensable de cinco mil rublos de sueldo y de salir de un ministerio en el que no se le había apreciado.
Y he aquí que ese viaje de Iván Ilich se vio coronado con notable e inesperado éxito. En la estación de Kursk subió al vagón de primera clase un conocido suyo, F. S. Ilin, quien le habló de un telegrama que hacía poco acababa de recibir el gobernador de Kursk anunciando un cambio importante que en breve se iba a producir en el ministerio: para el puesto de Pyotr Ivanovich se nombraría a Iván Semyonovich.
El cambio propuesto, además de su significado para Rusia, tenía un significado especial para Iván Ilich, ya que el ascenso de un nuevo funcionario, Pyotr Petrovich, y, por consiguiente, el de su amigo Zahar Ivanovich, eran sumamente favorables para Iván Ilich, dado que Zahar Ivanovich era colega y amigo de Iván Ilich.
En Moscú se confirmó la noticia, y al llegar a Petersburgo Iván Ilich buscó a Zahar Ivanovich y recibió la firme promesa de un nombramiento en su antiguo departamento de justicia.
Al cabo de una semana mandó un telegrama a su mujer: «Zahar en puesto de Miller. Recibiré nombramiento en primer informe.»
Gracias a este cambio de personal, Iván Ilich recibió inesperadamente un nombramiento en su antiguo ministerio que le colocaba a dos grados del escalafón por encima de sus antiguos colegas, con un sueldo de cinco mil rublos, más tres mil quinientos de remuneración por traslado. Iván Ilich olvidó todo el enojo que sentía contra sus antiguos enemigos y contra el ministerio y quedó plenamente satisfecho.
Iván Ilich volvió al campo más contento y feliz de lo que lo había estado en mucho tiempo. Praskovya Fyodorovna también se alegró y entre ellos se concertó una tregua. Iván Ilich contó cuánto le había festejado todo el mundo en la capital, cómo todos los que habían sido sus enemigos quedaban avergonzados y ahora le adulaban servilmente, cuánto le envidiaban por su nuevo nombramiento y cuánto le quería todo el mundo en Petersburgo.
Praskovya Fyodorovna escuchaba todo aquello y aparentaba creerlo. No ponía peros a nada y se limitaba a hacer planes para la vida en la ciudad a la que iban a mudarse. E Iván Ilich vio regocijado que tales planes eran los suyos propios, que marido y mujer estaban de acuerdo y que, tras un tropiezo, su vida recobraba el legítimo y natural carácter de proceso placentero y decoroso.
Iván Ilich había vuelto al campo por breves días. Tenía que incorporarse a su nuevo cargo el 10 de septiembre. Por añadidura, necesitaba tiempo para instalarse en su nuevo domicilio, trasladar a éste todos los enseres de la provincia anterior y comprar y encargar otras muchas cosas; en una palabra, instalarse tal como lo tenía pensado, lo cual coincidía casi exactamente con lo que Praskovya Fyodorovna tenía pensado a su vez.
Y ahora, cuando todo quedaba resuelto tan felizmente, cuando su mujer y él coincidían en sus planes y, por añadidura, se veían tan raras veces, se llevaban más amistosamente de lo que había sido el caso desde los primeros días de su matrimonio. Iván Ilich había pensado en llevarse a la familia en seguida, pero la insistencia de su cuñado y la esposa de éste, que de pronto se habían vuelto notablemente afables e íntimos con él y su familia, le indujeron a partir solo.
Y, en efecto, partió solo, y el jovial estado de ánimo producido por su éxito y la buena armonía con su mujer no le abandonó un instante. Encontró un piso exquisito, idéntico a aquel con que habían soñado él y su mujer. Salones grandes altos de techo y decorados al estilo antiguo, un despacho cómodo y amplio, habitaciones para su mujer y su hija, un cuarto de estudio para su hijo —se hubiera dicho que todo aquello se había hecho ex profeso para ellos. El propio Iván Ilich dirigió la instalación, atendió al empapelado y tapizado, compró muebles, sobre todo de estilo antiguo, que él consideraba muy comme il faut, y todo fue adelante, adelante, hasta alcanzar el ideal que se había propuesto. Incluso cuando la instalación iba sólo por la mitad superaba ya sus expectativas. Veía ya el carácter comme il faut, elegante y refinado que todo tendría cuando estuviera concluido. A punto de quedarse dormido se imaginaba cómo sería el salón. Mirando la sala, todavía sin terminar, veía ya la chimenea, el biombo, la riconera y las sillas pequeñas colocadas al azar, los platos de adorno en las paredes y los bronces, cuando cada objeto ocupara su lugar correspondiente. Se alegraba al pensar en la impresión que todo ello causaría en su mujer y su hija, quienes también compartían su propio gusto. De seguro que no se lo esperaban. En particular, había conseguido hallar y comprar barato objetos antiguos que daban a toda la instalación un carácter singularmente aristocrático. Ahora bien, en sus cartas lo describía todo peor de lo que realmente era, a fin de dar a su familia una sorpresa. Todo esto cautivaba su atención a tal punto que su nuevo trabajo oficial, aun gustándole mucho, le interesaba menos de lo que había esperado. Durante las sesiones del tribunal había momentos en que se quedaba abstraído, pensando en si los pabellones de las cortinas debieran ser rectos o curvos. Tanto interés ponía en ello que a menudo él mismo hacía las cosas, cambiaba la disposición de los muebles o volvía a colgar las cortinas. Una vez, al trepar por una escalerilla de mano para mostrar al tapicero —que no comprendía cómo quería disponer los pliegues de las cortinas—, perdió pie y resbaló, pero siendo hombre fuerte y ágil, se afianzó y sólo se dio con un costado contra el tirador de la ventana. La magulladura le dolió, pero el dolor se le pasó pronto. Durante todo este tiempo se sentía sumamente alegre y vigoroso. Escribió: «Estoy como si me hubieran quitado quince años de encima.» Había pensado terminar en septiembre, pero esa labor se prolongó hasta octubre. Sin embargo, el resultado fue admirable, no sólo en su opinión sino en la de todos los que lo vieron.
En realidad, resultó lo que de ordinario resulta en las viviendas de personas que quieren hacerse pasar por ricas no siéndolo de veras, y, por consiguiente, acaban pareciéndose a otras de su misma condición: había damascos, caoba, plantas, alfombras y bronces brillantes y mates... en suma, todo aquello que poseen las gentes de cierta clase a fin de asemejarse a otras de la misma clase, y la casa de Iván Ilich era tan semejante a las otras que no hubiera sido objeto de la menor atención; pero a él, sin embargo, se le antojaba original. Quedó sumamente contento cuando fue a recibir a su familia a la estación y la llevó al nuevo piso, ya todo dispuesto e iluminado, donde un criado con corbata blanca abrió la puerta del vestíbulo que había sido adornado con plantas; y cuando luego, al entrar en la sala y el despacho, la familia prorrumpió en exclamaciones de deleite. Los condujo a todas partes, absorbiendo ávidamente sus alabanzas y rebosando de gusto. Esa misma tarde, cuando durante el té Praskovya Fyodorovna le preguntó entre otras cosas por su caída, él rompió a reír y les mostró en pantomima cómo había salido volando y asustado al tapicero.
—No en vano tengo algo de atleta. Otro se hubiera matado, pero yo sólo me di un golpe aquí... mirad. Me duele cuando lo toco, pero ya va pasando... No es más que una contusión.
Así pues, empezaron a vivir en su nuevo domicilio, en el que cuando por fin se acomodaron hallaron, como siempre sucede, que sólo les hacía falta una habitación más. Y aunque los nuevos ingresos, como siempre sucede, les venían un poquitín cortos (cosa de quinientos rublos) todo iba requetebién. Las cosas fueron especialmente bien al principio, cuando aún no estaba todo en su punto y quedaba algo por hacer: comprar esto, encargar esto otro, cambiar aquello de sitio, ajustar lo de más allá. Aunque había algunas discrepancias entre marido y mujer, ambos estaban tan satisfechos y tenían tanto que hacer que todo aquello pasó sin broncas de consideración. Cuando ya nada quedaba por arreglar hubo una pizca de aburrimiento, como si a ambos les faltase algo, pero ya para entonces estaban haciendo amistades y creando rutinas, y su vida iba adquiriendo consistencia.
Iván Ilich pasaba la mañana en el juzgado y volvía a casa a la hora de comer. Al principio estuvo de buen humor, aunque a veces se irritaba un tanto a causa precisamente del nuevo alojamiento. (Cualquier mancha en el mantel, o en la tapicería, cualquier cordón roto de persiana, le sulfuraban; había trabajado tanto en la instalación que cualquier desperfecto le acongojaba.) Pero, en general, su vida transcurría como, según su parecer, la vida debía ser: cómoda, agradable y decorosa. Se levantaba a las nueve, tomaba café, leía el periódico, luego se ponía el uniforme y se iba al juzgado. Allí ya estaba dispuesto el yugo bajo el cual trabajaba, yugo que él se echaba de golpe encima: solicitantes, informes de cancillería, la cancillería misma y sesiones públicas y administrativas. En ello era preciso saber excluir todo aquello que, siendo fresco y vital, trastorna siempre el debido curso de los asuntos judiciales; era también preciso evitar toda relación que no fuese oficial y, por añadidura, de índole judicial. Por ejemplo, si llegase un individuo buscando informes acerca de algo, Iván Ilich, como funcionario en cuya jurisdicción no entrara el caso, no podría entablar relación alguna con ese individuo; ahora bien, si éste recurriese a él en su capacidad oficial —para algo, pongamos por caso, que pudiera expresarse en papel sellado—, Iván Ilich haría sin duda por él cuanto fuera posible dentro de ciertos límites, y al hacerlo mantendría con el individuo en cuestión la apariencia de amigables relaciones humanas, o sea, la apariencia de cortesía. Tan pronto como terminase la relación oficial terminaría también cualquier otro género de relación. Esta facultad de separar su vida oficial de su vida real la poseía Iván Ilich en grado sumo y, gracias a su larga experiencia y su talento, llegó a refinarla hasta el punto de que a veces, a la manera de un virtuoso, se permitía, casi como jugando, fundir la una con la otra. Se permitía tal cosa porque, de ser preciso, se sentía capaz de volver a separar lo oficial de lo humano, y hacía todo eso no sólo con facilidad, agrado y decoro, sino con virtuosismo. En los intervalos entre las sesiones del tribunal fumaba, tomaba té, charlaba un poco de política, un poco de temas generales, un poco de juegos de naipes, pero más que nada de nombramientos, y cansado, pero con las sensaciones de un virtuoso —uno de los primeros violines que ha ejecutado con precisión su parte en la orquesta— volvía a su casa, donde encontraba que su mujer y su hija habían salido a visitar a alguien, o que allí había algún visitante, y que su hijo había asistido a sus clases, preparaba sus lecciones con ayuda de sus tutores y estudiaba con ahínco lo que se enseña en los institutos. Todo iba a pedir de boca. Después de la comida, si no tenían visitantes, Iván Ilich leía a veces algún libro del que a la sazón se hablase mucho, y al anochecer se sentaba a trabajar, esto es, a leer documentos oficiales, consultar códigos, cotejar declaraciones de testigos y aplicarles la ley correspondiente. Ese trabajo no era ni aburrido ni divertido. Le parecía aburrido cuando hubiera podido estar jugando a las cartas; pero si no había partida, era mejor que estar mano sobre mano, o estar solo, o estar con su mujer. El mayor deleite de Iván Ilich era organizar pequeñas comidas a las que invitaba a hombres y mujeres de alta posición social, y al igual que su sala podía ser copia de otras salas, sus reuniones con tales personas podían ser copia de otras reuniones de la misma índole.
En cierta ocasión dieron un baile. Iván Ilich disfrutó de él y todo resultó bien, salvo que tuvo una áspera disputa con su mujer con motivo de las tartas y los dulces. Praskovya Fyodorovna había hecho sus propios preparativos, pero Iván Ilich insistió en pedirlo todo a un confitero de los caros y había encargado demasiadas tartas; y la disputa surgió cuando quedaron sin consumir algunas tartas y la cuenta del confitero ascendió a cuarenta y cinco rublos. La querella fue violenta y desagradable, tanto así que Praskovya Fyodorovna le llamó «imbécil y mentecato»; y él se agarró la cabeza con las manos y en un arranque de cólera hizo alusión al divorcio. Pero el baile había estado muy divertido. Había asistido gente de postín e Iván Ilich había bailado con la princesa Trufonova, hermana de la fundadora de la conocida sociedad «Comparte mi aflicción». Los deleites de su trabajo oficial eran deleites de la ambición; los deleites de su vida social eran deleites de la vanidad. Pero el mayor deleite de Iván Ilich era jugar al vint. Confesaba que al fin y al cabo, por desagradable que fuese cualquier incidente en su vida, el deleite que como un rayo de luz superaba a todos los demás era sentarse a jugar al vint con buenos jugadores que no fueran chillones, y en partida de cuatro, por supuesto (porque en la de cinco era molesto quedar fuera, aunque fingiendo que a uno no le importaba), y enzarzarse en una partida seria e inteligente (si las cartas lo permitían); y luego cenar y beberse un vaso de vino. Después de la partida, Iván Ilich, sobre todo si había ganado un poco (porque ganar mucho era desagradable), se iba a la cama con muy buena disposición de ánimo.
Así vivían. Se habían rodeado de un grupo social de alto nivel al que asistían personajes importantes y gente joven. En lo tocante a la opinión que tenían de esas amistades, marido, mujer e hija estaban de perfecto acuerdo y, sin disentir en lo más mínimo, se quitaban de encima a aquellos amigos y parientes de medio pelo que, con un sinfín de carantoñas, se metían volando en la sala de los platos japoneses en las paredes. Pronto esos amigos insignificantes cesaron de importunarles; sólo la gente más distinguida permaneció en el círculo de los Golovin.
Los jóvenes hacían la rueda a Liza, y el fiscal Petrischev, hijo de Dmitri Ivanovich Petrischev y heredero único de la fortuna de éste, empezó a cortejarla, al punto que Iván Ilich había hablado ya de ello con Praskovya Fyodorovna para decidir si convendría organizarles una excursión o una función teatral de aficionados.
Así vivían, pues. Y todo iba como una seda, agradablemente y sin cambios.
4
Todos disfrutaban de buena salud, porque no podía llamarse indisposición el que Iván Ilich dijera a veces que tenía un raro sabor de boca y un ligero malestar en el lado izquierdo del estómago.
Pero aconteció que ese malestar fue en aumento y, aunque todavía no era dolor, sí era una continua sensación de pesadez en ese lado, acompañada de mal humor. El mal humor, a su vez, fue creciendo y empezó a menoscabar la existencia agradable, cómoda y decorosa de la familia Golovin. Las disputas entre marido y mujer iban siendo cada vez más frecuentes, y pronto dieron al traste con el desahogo y deleite de esa vida. Aun el decoro mismo sólo a duras penas pudo mantenerse. Menudearon de nuevo los dimes y diretes. Sólo quedaban, aunque cada vez más raros, algunos islotes en que marido y mujer podían juntarse sin dar ocasión a un estallido.
Y Praskovya Fyodorovna se quejaba ahora, y no sin fundamento, de que su marido tenía muy mal genio. Con su típica propensión a exagerar las cosas decía que él había tenido siempre ese genio horrible y que sólo la buena índole de ella había podido aguantarlo veinte años. Cierto que quien iniciaba ahora las disputas era él, siempre al comienzo de la comida, a menudo cuando empezaba a tomar la sopa. A veces notaba que algún plato estaba descantillado, o que un manjar no estaba en su punto, o que su hijo ponía los codos en la mesa, o que el peinado de su hija no estaba como debía, y de todo ello echaba la culpa a Praskovya Fyodorovna. Al principio ella le contradecía y le contestaba con acritud, pero una o dos veces, al principio de la comida, Iván Ilich se encolerizó a tal punto que ella, comprendiendo que se trataba de un estado morboso provocado por la toma de alimentos, se contuvo; no contestó, sino que se apresuró a terminar de comer, considerando que su moderación tenía muchísimo mérito. Habiendo llegado a la conclusión de que Iván Ilich tenía un genio atroz y era la causa de su infortunio, empezó a compadecerse de sí misma; y cuanto más se compadecía, más odiaba a su marido. Empezó a desear que muriera, a la vez que no quería su muerte porque en tal caso cesaría su sueldo; y ello aumentaba su irritación contra él. Se consideraba terriblemente desgraciada porque ni siquiera la muerte de él podía salvarla, y aunque disimulaba su irritación, ese disimulo acentuaba aún más la irritación de él.
Después de una escena en la que Iván Ilich se mostró sobremanera injusto y tras la cual, por vía de explicación, dijo que, en efecto, estaba irritado, pero que ello se debía a que estaba enfermo, ella le dijo que, puesto que era así, tenía que ponerse en tratamiento, e insistió en que fuera a ver a un médico famoso, y él así lo hizo. Todo sucedió como lo había esperado; todo sucedió como siempre sucede. La espera, los aires de importancia que se daba el médico —que le eran conocidos por parecerse tanto a los que él se daba en el juzgado—, la palpación, la auscultación, las preguntas que exigían respuestas conocidas de antemano y evidentemente innecesarias, el semblante expresivo que parecía decir que «si usted, veamos, se somete a nuestro tratamiento, lo arreglaremos todo; sabemos perfecta e indudablemente cómo arreglarlo todo, siempre y del mismo modo para cualquier persona». Lo mismísimo que en el juzgado. El médico famoso se daba ante él los mismos aires que él, en el tribunal, se daba ante un acusado.
El médico dijo que tal—y—cual mostraba que el enfermo tenía tal—y—cual; pero que si el reconocimiento de tal—y—cual no lo confirmaba, entonces habría que suponer tal—o—cual. y que si se suponía tal—o—cual, entonces..., etc. Para Iván Ilich había sólo una pregunta importante, a saber: ¿era grave su estado o no lo era? Pero el médico esquivó esa indiscreta pregunta. Desde su punto de vista era una pregunta ociosa que no admitía discusión; lo importante era decidir qué era lo más probable: si riñón flotante, o catarro crónico o apendicitis. No era cuestión de la vida o la muerte de Iván Ilich, sino de si aquello era un riñón flotante o una apendicitis, y esa cuestión la decidió el médico de modo brillante —o así le pareció a Iván Ilich— a favor de la apendicitis, a reserva de que si el examen de la orina daba otros indicios habría que volver a considerar el caso. Todo ello era cabalmente lo que el propio Iván Ilich había hecho mil veces, y de modo igualmente brillante, con los procesados ante el tribunal. El médico resumió el caso de forma asimismo brillante, mirando al procesado triunfalmente, incluso gozosamente, por encima de los lentes. Del resumen del médico Iván Ilich sacó la conclusión de que las cosas iban mal, pero que al médico, y quizá a los demás, aquello les traía sin cuidado, aunque para él era un asunto funesto, y tal conclusión afectó a Iván Ilich lamentablemente, suscitando en él un profundo sentimiento de lástima hacia sí mismo y de profundo rencor por la indiferencia del médico ante cuestión tan importante. Pero no dijo nada. Se levantó, puso los honorarios del médico en la mesa y comentó suspirando:
—Probablemente nosotros los enfermos hacemos a menudo preguntas indiscretas. Pero dígame: ¿esta enfermedad es, en general, peligrosa o no?
El médico le miró severamente por encima de los lentes como para decirle: «Procesado, si no se atiene usted a las preguntas que se le hacen me veré obligado a expulsarle de la sala.»
—Ya le he dicho lo que considero necesario y conveniente. Veremos qué resulta de un análisis posterior —y el médico se inclinó.
Iván Ilich salió despacio, se sentó angustiado en su trineo y volvió a casa. Durante todo el camino no cesó de repasar mentalmente lo que había dicho el médico, tratando de traducir esas palabras complicadas, oscuras y científicas a un lenguaje sencillo y encontrar en ellas la respuesta a la pregunta: ¿Es grave lo que tengo? ¿Es muy grave o no lo es todavía? Y le parecía que el sentido de lo dicho por el médico era que la dolencia era muy grave. Todo lo que veía en las calles se le antojaba triste: tristes eran los coches de punto, tristes las casas, tristes los transeúntes, tristes las tiendas. El malestar que sentía, ese malestar sordo que no cesaba un momento, le parecía haber cobrado un nuevo y más grave significado a consecuencia de las oscuras palabras del médico. Iván Ilich lo observaba ahora con una nueva y opresiva atención.
Llegó a casa y empezó a contar a su mujer lo ocurrido. Ella le escuchaba, pero en medio del relato entró la hija con el sombrero puesto, lista para salir con su madre. La chica se sentó a regañadientes para oír la fastidiosa historia, pero no aguantó mucho. Su madre tampoco le escuchó hasta el final.
—Pues bien, me alegro mucho —dijo la mujer—. Ahora pon mucho cuidado en tomar la medicina con regularidad. Dame la receta y mandaré a Gerasim a la botica —y fue a vestirse para salir.
«Bueno —se dijo él—. Quizá no sea nada al fin y al cabo.»
Comenzó a tomar la medicina y a seguir las instrucciones del médico, que habían sido alteradas después del análisis de la orina. Pero he aquí que surgió una confusión entre ese análisis y lo que debía seguir a continuación. Fue imposible llegar hasta el médico y resultó, por consiguiente, que no se hizo lo que le había dicho éste. O lo había olvidado, o le había mentido u ocultado algo. Pero, en todo caso, Iván Ilich siguió cumpliendo las instrucciones y al principio obtuvo algún alivio de ello.
La principal ocupación de Iván Ilich desde su visita al médico fue el cumplimiento puntual de las instrucciones de éste en lo tocante a higiene y la toma de la medicina, así como la observación de su dolencia y de todas las funciones de su organismo. Su interés principal se centró en los padecimientos y la salud de otras personas. Cuando alguien hablaba en su presencia de enfermedades, muertes, o curaciones, especialmente cuando la enfermedad se asemejaba a la suya, escuchaba con una atención que procuraba disimular, hacía preguntas y aplicaba lo que oía a su propio caso.
No menguaba el dolor, pero Iván Ilich se esforzaba por creer que estaba mejor, y podía engañarse mientras no tuviera motivo de agitación. Pero tan pronto como surgía un lance desagradable con su mujer o algún fracaso en su trabajo oficial, o bien recibía malas cartas en el vint, sentía al momento el peso entero de su dolencia. Anteriormente podía sobrellevar esos reveses, esperando que pronto enderezaría lo torcido, vencería los obstáculos, obtendría el éxito y ganaría todas las bazas en la partida de cartas. Ahora, sin embargo, cada tropiezo le trastornaba y le sumía en la desesperación. Se decía: «Hay que ver: ya iba sintiéndome mejor, la medicina empezaba a surtir efecto, y ahora surge este maldito infortunio, o este incidente desagradable...» y se enfurecía contra ese infortunio o contra las personas que habían causado el incidente desagradable y que le estaban matando, porque pensaba que esa furia le mataba, pero no podía frenarla. Hubiérase podido creer que se daría cuenta de que esa irritación contra las circunstancias y las personas agravaría su enfermedad y que por lo tanto no debería hacer caso de los incidentes desagradables; pero sacaba una conclusión enteramenté contraria: decía que necesitaba sosiego, vigilaba todo cuanto pudiera estorbarlo y se irritaba ante la menor violación de ello. Su estado empeoraba con la lectura de libros de medicina y la consulta de médicos. Pero el empeoramiento era tan gradual que podía engañarse cuando comparaba un día con otro, ya que la diferencia era muy leve. Pero cuando consultaba a los médicos le parecía que empeoraba, e incluso muy rápidamente. Y, ello no obstante, los consultaba continuamente.
Ese mes fue a ver a otro médico famoso, quien le dijo casi lo mismo que el primero, pero a quien hizo preguntas de modo diferente. y la consulta con ese otro célebre facultativo sólo aumentó la duda y el espanto de Iván Ilich. El amigo de un amigo suyo —un médico muy bueno— facilitó por su parte un diagnóstico totalmente diferente del de los otros, y si bien pronosticó la curación, sus preguntas y suposiciones desconcertaron aún más a Iván Ilich e incrementaron sus dudas. Un homeópata, a su vez, diagnosticó la enfermedad de otro modo y recetó un medicamento que Iván Ilich estuvo tomando en secreto durante ocho días, al cabo de los cuales, sin experimentar mejoría alguna y habiendo perdido la confianza en los tratamientos anteriores y en éste, se sintió aún más deprimido. Un día una señora conocida suya le habló de la eficacia curativa de unas imágenes sagradas. Iván Ilich notó con sorpresa que estaba escuchando atentamente y empezaba a creer en ello. Ese incidente le amedrentó. «¿Pero es posible que esté ya tan débil de la cabeza?» —se preguntó—. «jTonterías! Eso no es más que una bobada. No debo ser tan aprensivo, y ya que he escogido a un médico tengo que ajustarme estrictamente a su tratamiento. Eso es lo que haré. Punto final. No volveré a pensar en ello y seguiré rigurosamente ese tratamiento hasta el verano. Luego ya veremos. De ahora en adelante nada de vacilaciones...» Fácil era decirlo, pero imposible llevarlo a cabo. El dolor del costado le atormentaba, parecía agravarse y llegó a ser incesante, el sabor de boca se hizo cada vez más extraño. Le parecía que su aliento tenía un olor repulsivo, a la vez que notaba pérdida de apetito y debilidad física. Era imposible engañarse: algo terrible le estaba ocurriendo, algo nuevo y más importante que lo más importante que hasta entonces había conocido en su vida. Y él era el único que lo sabía; los que le rodeaban no lo comprendían o no
 
rhcastro,12.04.2015
continuación de:

LA MUERTE DE IVAN ILICH


querían comprenderlo y creían que todo en este mundo
iba como de costumbre. Eso era lo que más atorme
ntaba a Ivan Ilich. Veía que las gentes de casa,
especialmente su mujer y su hija -quienes se movían en un verdadero torbellino de visitasno entendían nada
de lo que le pasaba y se enfadaban porque se mostraba tan deprimido y exigente, como si él tuviera la culpa
de ello. Aunque trataban de disimularlo, él se daba
cuenta de que era un estorbo para ellas y que su mujer
había adoptado una concreta actitud ante su enfermedad y la mantenía a despecho de lo que él dijera o
hiciese. Esa actitud era la siguiente:
-¿Saben ustedes? -decía a sus amistades-. Ivan Ilich
no hace lo que hacen otras personas, o sea, atenerse
rigurosamente al tratamiento que le han impuesto. Un día toma sus gotas, come lo que le conviene y se
acuesta a la hora debida; pero al día siguiente, si yo no estoy a la mira, se olvida de tomar la m~dicina,
come esturión -que le está prohibidoy se sienta a jugar a las cartas hasta las tantas.
-¡Vamos, anda! ¿Yeso cuándo fue? -decía Ivan Ilic
h enfadado-. Sólo una vez, en casa de Pyotr
Ivanovich.
-Y ayer en casa de Shebek. -Bueno, en todo
caso el dolor no me hubiera dejado dormir.
-Di lo que quieras, pero así no te pondrás nunca bien y seguirás fastidiándonos.
La actitud evidente de Praskovya Fyodorovna, según la
manifestaba a otros y al mismo Ivan Ilich, era la
de que éste tenía la culpa de su propia enfermedad, con la cual imponía una molestia más a su esposa. Él
opinaba que esa actitud era involuntaria, pe
ro no por eso era menor su aflicción.
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En los tribunales Ivan I
lich notó, o creyó notar, la misma extraña
actitud hacia él: a veces le parecía que
la gente le observaba como a quien pronto dejarí
a vacante su cargo. A veces también sus amigos se
burlaban amistosamente de su aprensión, como si la cosa atroz, horrible, inaudita, que llevaba dentro, la
cosa que le roía sin cesar y le arrastraba irremisiblem
ente hacia Dios sabe dónde,
fuera tema propicio a la
broma. Schwartz, en particular, le irritaba con su
jocosidad, desenvoltura y
agudeza, cualidades que le
recordaban lo que él mismo había sido diez años antes.
Llegaron los amigos a echar una partida y tomaron asiento. Dieron las cartas, sobándolas un poco porque
la baraja era nueva, él apartó los oros y vio que tení
a siete. Su compañero de ju
ego declaró «sin-triunfos» y
le apoyó con otros dos oros. ¿Qué más se podía pedir? La cosa iba a las mil maravillas. Darían capote. Pero
de pronto Ivan Ilich sintió ese dolor agudo, ese mal sabor de boca, y le pareció un tanto ridículo alegrarse
de dar capote en tales condiciones.
Miró a su compañero de juego Mihail Mihailovich. Éste dio un fuerte golpe en la mesa con la mano y, en
lugar de recoger la baza, empujó cortés y compasivamen
te las cartas hacia Ivan Ilich para que éste pudiera
recogerlas sin alargar la mano. «¿Es que se cree que estoy demasiado débil para estirar el brazo?», pensó
Ivan Ilich. y olvidando lo que hacía sobrepujó los triunfos de su compañero y falló dar capote por tres
bazas. Lo peor fue que notó lo mo
lesto que quedó Mihail Mihailovich y
lo poco que a él le importaba. Y
era atroz darse cuenta de por qué no le importaba.
Todos vieron que se sentía mal y le dijeron: «Podemos suspender el juego si está usted cansado.
Descanse.» ¿Descansar? No, no estaba cansado en
lo más mínimo; terminarían la mano. Todos estaban
sombríos y callados. Ivan Ilich tenía la sensación de
que era él la causa de esa tristeza y mutismo y de que
no podía despejadas. Cenaron y se fueron. Ivan Ilich se quedó solo, con la conciencia de que su vida estaba
emponzoñada y empozoñaba la vida de otros, y de que esa ponzoña no disminuía, sino que penetraba cada
vez más en sus entrañas.
Y con esa conciencia, junto con el sufrimiento físico y el terror, tenía que meterse en la cama,
permaneciendo a menudo despierto la mayor parte de la noche. Y al día siguiente tenía que levantarse,
vestirse, ir a los tribunales, hablar, escribir; o si no
salía, quedarse en casa esas veinticuatro horas del día,
cada una de las cuales era una tortura. Y vivir así, solo, al borde de un abismo, sin nadie que le
comprendiese ni se apiadase de él.
5
Así pasó un mes y luego otro. Poco antes de Año Nuevo llegó a la ciudad su cuñado y se instaló en casa
de ellos. Ivan Ilich estaba en el juzgado. Praskovya Fyodorovna había salido de compras. Cuando Ivan Ilich
volvió a casa y entró en su despacho vio en él a su cuñado, hombre sano, de tez sanguínea, que estaba
deshaciendo su maleta. Levantó la cabeza al oír los pasos de Ivan Ilich y le miró un momento sin articular
palabra. Esa mirada fue una total revelación para Ivan Ilich. El cuñado abrió la boca para lanzar una
exclamación de sorpresa, pero se contuvo, gesto que lo confirmó todo.
-Estoy cambiado, ¿eh? -Sí... hay un cambio.
y si bien Ivan Ilich trató de hablar de su aspecto físico con su cuñado, éste guardó silencio. Llegó
Praskovya 'Fyodorovna y el cuñado sa
lió a verla. Ivan Ilich cerró la pu
erta con llave y empezó a mirarse en
el espejo, primero de frente, luego de lado. Cogió un
retrato en que figuraban él y su mujer y lo comparó
con lo que veía en el espejo. El cambio era enorme. Luego se remangó los brazos hasta el codo, los miró, se
sentó en la otomana y se sintió más negro que la noche.
«¡No, no se puede vivir así!» -se dijo, y levantándose de un salto fue a la mesa, abrió un expediente y
empezó a leerlo, pero no pudo seguir. Abrió la puerta y entró en el salón. La puerta que daba a la sala
estaba abierta. Se acercó a ella de puntillas y se puso a escuchar.
-No. Tú exageras -decía Praskovya Fyodorovna.
-¿Cómo que exagero? ¿Es que no ves que es un muerto? Mírale los ojos... no hay luz en ellos. ¿Pero qué
es lo que tiene?
-Nadie lo sabe. Nikolayev (que era otro médico) dijo
algo, pero no sé lo que es. Y Leschetitski (otro
galeno famoso) dijo lo contrario...
Ivan Ilich se apartó de allí, fue a su habitación, se
acostó y se puso a pensar: «El riñón, un riñón flotante.»
Recordó todo lo que habían dicho los médicos: cómo se desprende el riñón y se desplaza de un lado para
otro. Y a fuerza de imaginación trató de apresar ese riñón, sujetarlo y dejarlo fijo en un sitio; «y es tan poco
-se decíalo que se necesita para ello. No. Iré una vez
más a ver a Pyotr Ivanovich». (Éste era el amigo cuyo
amigo era médico.) Tiró de la campanilla, pidió el coche y se aprestó a salir.
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-¿A dónde vas,
Jean?
-preguntó su mujer con expresión esp
ecialmente triste y acento insólitamente
bondadoso.
Ese acento insólitamente bondadoso le
irritó. Él la miró sombríamente.
-Debo ir a ver a Pyotr Ivanovich.
Fue a casa de Pyotr Ivanovich y, acompañado de éste,
fue a ver a su amigo el médico. Lo encontraron en
casa e Ivan Ilich habló largamente con él.
Repasando los detalles anatómicos y fisiológicos de lo que, en opinión del médico, ocurría en su cuerpo,
Ivan Ilich lo comprendió todo.
Había una cosa, una cosa pequeña, en el apéndice
vermiforme. Todo eso podría remediarse. Estimulando
la energía de un órgano y frenando la actividad de otro se produciría una absorción y todo quedaría
resuelto. Llegó un poco tarde a la comida. Mientras
comía, estuvo hablando am
igablemente, pero durante
largo rato no se resolvió a volver al trabajo en su cuarto. Por fin, volvió al despacho y se puso a trabajar.
Estuvo leyendo expedientes, pero la conciencia de haber dejado algo aparte, un asunto importante e íntimo
al que tendría que volver cuando terminase su trabajo, no le abandonaba. Cuando terminó su labor recordó
que ese asunto íntimo era la cuestión del apéndice verm
iforme. Pero no se rindió a ella, sino que fue a
tomar el té a la sala. Había visitantes charlando, to
cando el piano y cantando; estaba también el juez de
instrucción, apetecible novio de su hija. Como hizo notar Praskovya Fyodorovna, Ivan Ilich pasó la velada
más animado que otras veces, pero sin olvidarse un
momento de que había aplazado la cuestión importante
del apéndice vermiforme. A las once se despidió y pasó a su habitación. Desde su enfermedad dormía solo
en un cuarto pequeño contiguo a su despacho. Entró en él, se desnudó y tomó una novela de Zola, pero no
la leyó, sino que se dio a pensar, y en su im
aginación efectuó la deseada corrección del apéndice
vermiforme. Se produjo la absorción,
la evacuación, el restablecimiento
de la función normal. «Sí, así es,
efectivamente -se dijo-. Basta con ayud
ar a la naturaleza.» Se acordó de su
medicina, se levantó, la tomó, se
acostó boca arriba, acechando cómo la medicina surtía
sus benéficos efectos y eliminaba el dolor. «Sólo
hace falta tomada con regularidad y evitar toda influenc
ia perjudicial; ya me siento un poco mejor, mucho
mejor.» Empezó a palparse el costado; el contacto no le hacía daño. «Sí, no lo siento; de veras que estoy
mucho mejor.» Apagó la bujía y se volvió de lado... El apéndice vermiforme iba mejor, se producía la
absorción. De repente sintió el an
tiguo, conocido, sordo, corrosivo dolor, agudo y contumaz como siempre;
el consabido y asqueroso sabor de boca. Se le encogió el
corazón y se le enturbió la mente. «Pios mío, Dios
mío! -murmuró entre dientes-. jOtra vez, otra vez! j
Y no cesa nunca!» Y de pronto el asunto se le presentó
con cariz enteramente distinto. «¡El apéndice vermifor
me! jEl riñón! -dijo para sus adentros-. No se trata
del apéndice o del riñón, sino de la vida y... la muerte. Sí, la vida estaba ahí y ahora se va, se va, y no puedo
retenerla. Sí. ¿De qué sirve engañarme? ¿Acaso no ven todos, menos yo, que me estoy muriendo, y que
sólo es cuestión de semanas, de días... quizá ahora mismo? Antes había luz aquí y ahora hay tinieblas. Yo
estaba aquí, y ahora voy allá. ¿A dónde?» Se sintió transido de frío, se le cortó el aliento, y sólo percibía el
golpeteo de su corazón.
«Cuando yo ya no exista, ¿qué habrá? No habrá nada. Entonces ¿dónde estaré cuando ya no exista? ¿Es
esto morirse? No, no quiero.» Se incorporó de un salto, quiso encender la bujía, la buscó con manos
trémulas, se le escapó al suelo junto con la palmatoria, y él se dejó caer de nuevo sobre la almohada.
«¿Para qué? Da lo mismo -se dijo, mirando la oscuridad con ojos muy abiertos-. La muerte. Sí, la muerte.
Y ésos no lo saben ni quieren saberlo, y no me tienen lástima. Ahora están tocando el piano. (Oía a través
de la puerta el sonido de una voz y su acompañamiento.) A ellos no les importa, pero también morirán.
jldiotas! Yo primero y luego ellos, pero a ellos les
pasará lo mismo. Y ahora tan contentos... jlos muy
bestias!» La furia le ahogaba y se sentía atormentado,
intolerablemente afligido. Era imposible que todo ser
humano estuviese condenado a sufrir ese horrible espanto. Se incorporó.
«Hay algo que no va bien. Necesito calmarme; necesito
repasarlo todo mentalmente desde el principio.»
Y, en efecto, se puso a pensar. «Sí, el principio de la
enfermedad. Me di un golpe
en el costado, pero estuve
bien ese día y el siguiente. Un poco molesto y lueg
o algo más. Más tarde los médicos, luego tristeza y
abatimiento. Vuelta a los médicos, y seguí acercá
ndome cada vez más al abis
mo. Fui perdiendo fuerzas.
Más cerca cada vez. Y ahora estoy dem
acrado y no tengo luz en los ojos.
Pienso en el apéndice, pero esto
es la muerte. Pienso en corregir el apéndice, pero mi
entras tanto aquí está la muerte. ¿De veras que es la
muerte?» El espanto se apoderó de él una vez más, volvió a jadear, se agachó para buscar los fósforos,
apoyando el codo en la mesilla de noche. Como ésta le estorbaba y le hacía daño, se encolerizó con ella, se
apoyó en ella con más fuerza y la volcó. Y desesperad
o, respirando con fatiga, se dejó caer de espaldas,
esperando que la muerte llegase al momento.
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Mientras tanto, los visitantes se marchaban. Praskovya Fyodorovna los acompañó a la puerta. Ella oyó
caer algo y entró.
-¿Qué te pasa? ,:
-Nada. Que la he derribado sin querer.
Su esposa salió y volvió con una bujía. Él seguía acostado boca arriba, respirando con rapidez y esfuerzo
como quien acaba de correr un buen trecho
y levantando con fijeza los ojos hacia ella.
-¿Qué te pasa,
lean?
-Na...da. La he de...rri...bado. (¿Para qué hablar
de
ello? No lo comprenderá -pensó.)
Y, en verdad, ella no comprendía. Levantó la mesilla
de noche, encendió la bujía de él y salió de prisa
porque otro visitante se despedía. Cuando volvió, él seguía tumbado de espaldas, mirando el techo.
-¿Qué te pasa? ¿Estás peor?
-Sí.
Ella sacudió la cabeza y se sentó.
-¿Sabes,
Jean?
Me parece que debes pedir a Leschetitski que venga a verte aquí.
Ello significaba solicitar la visita del médico famoso
sin cuidarse de los gastos. Él sonrió maliciosamente
y dijo: «No.» Ella permaneció sentada un ratito más y lueg
o se acercó a él y le dio un beso en la frente.
Mientras ella le besaba, él la abor
recía de todo corazón; y tuvo que h
acer un esfuerzo para no apartarla de
un empujón.
-Buenas noches. Dios quiera que duermas.
-Sí.
6
Ivan Ilich vio que se moría y su desesperación era continua. En el fondo de su ser sabía que se estaba
muriendo, pero no sólo no se habituaba a esa idea, sino que sencillamente no la comprendía ni podía
comprenderla.
El silogismo aprendido en la
Lógica
de Kiezewetter: «Cayo es un se
r humano, los seres humanos son
mortales, por consiguiente Cayo es
mortal», le había parecido legíti
mo únicamente con relación a Cayo,
pero de ninguna manera con relación a sí mismo.
Que Cayo -ser humano en abstractofuese mortal le
parecía enteramente justo; pero él no era Cayo, ni
era un hombre abstracto, sino un hombre concreto, una
criatura distinta de todas las demás: él había sido el pequeño Vanya para su papá y su mamá, para Mitya y
Volodya, para sus juguetes, para el cochero y la niñera, y más tarde para Katenka, con todas las alegrías y
tristezas y todos los entusiasmos de la infancia, la a
dolescencia y la juventud. ¿Acaso Cayo sabía algo del
olor de la pelota de cuero de rayas que tanto gustaba
a Vanya? ¿Acaso Cayo besaba de esa manera la mano
de su madre? ¿Acaso el frufrú del vestido de seda de ella le sonaba a Cayo de ese modo? ¿Acaso se había
rebelado éste contra las empanadillas que servían en
la facultad? ¿Acaso Cayo se había enamorado así?
¿Acaso Cayo podía presidir una sesión como él la presidía?
Cayo era efectivamente mortal y era
justo que muriese, pero «en mi caso -se decía-, en el caso de Vanya,
de Ivan Ilich, con todas mis ideas y emociones, la cosa es bien distinta. y no es posible que tenga que
morirme. Eso sería demasiado horrible».
Así se lo figuraba. «Si tuviera que morir como Cayo, habría sabido que así sería; una voz interior me lo
habría dicho; pero nada de eso me ha ocurrido. Y tanto yo como mis amigos entendimos que nuestro caso
no tenía nada que ver con el de Cayo. ¡Y ahora se presenta esto! -se dijo-. jNo puede ser! jNo puede ser,
pero es! ¿Cómo es posible? ¿Cómo entenderlo?»
Y no podía entenderlo. Trató de ahuyentar aquel pensamiento falso, inicuo, morboso, y poner en su lugar
otros pensamientos saludables y correctos. Pero aquel pensamiento -y más que pensamiento la realidad
mismavolvía una vez tras otra y se encaraba con él.
Y para desplazar ese pensamiento co
nvocó toda una serie de otros, co
n la esperanza de encontrar apoyo
en ellos. Intentó volver al curso de pensamientos que anteriormente le habían protegido contra la idea de la
muero te. Pero -cosa raratodo lo que antes le había servido de escudo, todo cuanto le había ocultado,
suprimido, la conciencia de la muerte, no produc
ía ahora efecto alguno. Últimamente Ivan Ilich pasaba
gran parte del tiempo en estas tentativas de reconstituir el curso previo de los pensamientos que le protegían
de la muerte. A veces se decía: «Volveré a mi trabajo,
porque al fin y al cabo
vivía de él.» Y apartando de
sí toda duda, iba al juzgado, entablaba conversaci
ón con sus colegas y, según costumbre, se sentaba
distraído, contemplaba meditabundo
a la multitud, apoyaba los enflaqu
ecidos brazos en los del sillón de
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roble, y, recogiendo algunos papeles, se inclinaba hacia un colega, también según costumbre, murmuraba
algunas palabras con él, y luego, levantando los ojos
e irguiéndose en el sillón, pronunciaba las consabidas
palabras y daba por abierta la sesión. Pero de pronto,
en medio de ésta, su dolor
de costado, sin hacer caso
en qué punto se hallaba la sesión, iniciaba su propia
labor corrosiva. Ivan Ilich
concentraba su atención en
ese dolor y trataba de apartarlo de sí, pero el dolor pr
oseguía su labor, aparecía, se levantaba ante él y le
miraba. Y él quedaba petrificado, se le nublaba la luz de los ojos, y comenzaba de nuevo a preguntarse:
«¿Pero es que sólo este dolor es verdad?» y sus colegas y subordinados veían con sorpresa y amargura que
él, juez brillante y sutil, se embrollaba y equivocaba.
Él se estremecía, procuraba volver en su acuerdo,
llegar de algún modo al final de la sesión y volverse a casa con la triste convicción de que sus funciones
judiciales ya no podían ocultarle, como antes ocurría,
lo que él quería ocultar;
que esas labores no podían
librarle de
aquello.
y lo peor de todo era que
aquello
atraía su atención hacia sí, no para que él tomase
alguna medida, sino sólo para que él
lo mirase fijamente, cara a cara, lo
mirase sin hacer nada y sufriese lo
indecible.
Y para librarse de esa situación, Ivan Ilich buscaba consuelo ocultándose tras otras pantallas, y, en efecto,
halló nuevas pantallas que durante breve tiempo parecían salvarle, pero que muy pronto se vinieron abajo
o, mejor dieho, se tomaron transparentes, como si
aquello
las penetrase y nada pudiese ponerle coto.
En estos últimos tiempos solía entrar en la sala que
él mismo había arreglado -la sala en que había tenido
la caída y a cuyo acondicionamiento-, jqué amargamente
ridículo era pensarlo! -había sacrificado su vida,
porque él sabía que su dolencia había empezado con aquel golpe. Entraba y veía que algo había hecho un
rasguño en la superficie barnizada de la mesa. Buscó
la causa y encontró que era el borde retorcido del
adorno de bronce de un álbum. Cogía el costoso álbum, que él mismo había ordenado pulcramente, y se
enojaba por .la negligencia de su hija y los amigos
de ésta -bien porque el álbum estaba roto por varios
sitios o bien porque las fotografías estaban del revé
s. Volvía a arreglarlas debidamente y a enderezar el
borde del adorno.
Luego se le ocurría colocar todas esas cosas en otro
rincón de la habitación, junto a las plantas. Llamaba
a un criado, pero quienes venían en su ayuda eran su hija o su esposa. Éstas no estaban de acuerdo, le
contradecían, y él discutía con ellas y se enfadaba. Pero eso estaba bien, porque mientras tanto no se
acordaba de
aquello, aquello
era invisible.
Pero cuando él mismo movía algo su mujer le decía: «Deja que lo hagan los criados. Te vas a hacer daño
otra vez.» y de pronto
aquello
aparecía a través de la pantalla y él lo veía. Era una aparición momentánea y
él esperaba que se esfumara, pero sin querer presta
ba atención a su costado.
«Está ahí continuamente,
royendo como siempre.» y ya no podía olvidarse de
aquello,
que le miraba abiertamente desde detrás de las
plantas. ¿A qué venía todo eso?
«y es cierto que fue aquí, por causa de esta cortina,
donde perdí la vida, como en el asalto a una fortaleza.
¿De veras? JQué horrible y qué estúpido! JNo puede ser verdad! JNo puede serIo, pero lo es!»
Fue a su despacho, se acostó y una vez más se quedó solo con
aquello:
de cara a cara con
aquello.
Y no
había nada que hacer, salvo mirado y temblar.



continua...
 
rhcastro,14.04.2015
La Muerte De Ivan Ilich

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Imposible es contar cómo ocurrió la cosa, porque vino paso a paso, insensiblemente, pero en el tercer
mes de la enfermedad de Ivan Ilich, su mujer, su hija, su hijo, los I conocidos de la familia, la servidumbre,
los médicos y, sobre todo él mismo, se dieron cuenta de que el único interés que mostraba consistía en si
dejaría pronto vacante su cargo, libraría a los demás de las molestias que su presencia les causaba y se
libraría a sí mismo de sus padecimientos.
Cada vez dormía menos. Le daban opio y empezaron
a ponerle inyecciones de morfina. Pero ello no le
paliaba el dolor. La sorda congoja que sentía durante la somnolencia le sirvió de alivio sólo al principio,
como cosa nueva, pero luego llegó a ser tan torturante como el dolor mismo, o aún más que éste.
Por prescripción del médico le prep
araban una alimentación especial, pero también ésta le resultaba cada
vez más insulsa y repulsiva.
Para las evacuaciones también se tomaron medidas es
peciales, cada una de las cuales era un tormento
para él: el tormento de la inmundicia, la indignidad y el olor, así como el de saber que otra persona tenía
que participar en ello.
Pero fue cabalmente en esa desagradable función donde Ivan Ilich halló consuelo. Gerasim, el ayudante
del mayordomo, era el que siempre venía a llevarse
los excrementos. Gerasim era un campesino joven,
limpio y lozano, siempre alegre
y espabilado, que había engordado
con las comidas de la ciudad. Al
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principio la presencia de este individuo, siempre
vestido pulcramente a la rusa, que hacía esa faena
repugnante perturbaba a Ivan Ilich.
En una ocasión en que éste, al levantarse del orinal,
sintió que no tenía fuerza bastante para subirse el
pantalón, se desplomó sobre un sillón blando y miró con horror sus muslos desnudos y enjutos, perfilados
por músculos impotentes.
Entró Gerasim con paso firme y ligero, esparciendo el gr
ato olor a brea de sus botas recias y el fresco aire
invernal, con mandil de cáñamo y limpia camisa de percal de mangas remangadas sobre sus fuertes y
juveniles brazos desnudos, y sin mirar a Ivan Ilich -por lo visto para no agraviarle con el gozo de vivir que
brillaba en su rostrose acercó al orinal.
-Gerasim -dijo Ivan Ilich con voz débil.
Gerasim se estremeció, temeroso al parecer de ha
ber cometido algún desliz,
y con gesto rápido volvió
hacia el enfermo su cara fresca, bondadosa, sencilla
y joven, en la que empezaba a despuntar un atisbo de
barba.
-¿Qué desea el señor?
-Esto debe de serte muy desagradable. Perdóname. No puedo valerme.
-Por Dios, señor -y los ojos de Gerasim brillaron al par que mostraba sus brillantes dientes blancos-. No
es apenas molestia. Es porque está usted enfermo.
Y con manos fuertes y hábiles hizo su acostumbrado menester y salió de la habitación con paso liviano.
Al cabo de cinco minutos volvió con igual paso.
Ivan Ilich seguía sentado en el sillón. -Gerasim -dijo
cuando éste colocó en su sitio el utensilio ya limpio
y bien lavado-, por favor ven acá y ayúdame -Gerasim
se acercó a él-. Levántame. Me cuesta mucho
trabajo hacerlo por mí mismo y le dije a Dmitri que se fuera.
Gerasim fue a su amo, le agarró a la vez con fuer
za y destreza -lo mismo que cuando andaba-, le alzó
hábil y suavemente con un brazo, y con el otro le levantó el pantalón y quiso sentarle, pero Ivan Ilich le dijo
que le llevara al sofá. Gera
sim, sin hacer esfuerzo ni
presión al parecer, le condujo
casi en vilo al sofá y le
depositó en él.
-Gracias. jQué bien y con cuánto tino lo haces todo
! Gerasim sonrió de nuevo y se dispuso a salir, pero
Ivan Ilich se sentía tan a gusto co
n él que no quería que se fuera.
-Otra cosa. Acerca, por favor, esa silla. No, la otra
, y pónmela debajo de los pies. Me siento mejor
cuando tengo los pies levantados.
Gerasim acercó la silla, la colocó suav
emente en el sitio a la vez que leva
ntaba los pies de Ivan Ilich y los
ponía en ella. A éste le parecía sentirse mejo
r cuando Gerasim le tenía los pies en alto.
-Me siento mejor cuando tengo los pies levantados -dijo Ivan Ilich-. Ponme ese cojín debajo de ellos.
Gerasim así lo hizo. De nuevo le levantó los pies y volvió a depositarIos. De nuevo Ivan Ilich se sintió
mejor mientras Gerasim se los levantaba. Cuando los
bajó, a Ivan Ilich le pareció que se sentía peor.
-Gerasim -dijo-, ¿estás ocupado ahora? -No, señor, en absoluto -respondió Gerasim, que de los criados de
la ciudad había apren,dido cómo hablar con los señores.
-¿Qué tienes que hacer todavía? -¿Que qué tengo que hacer? Ya lo he hecho todo, salvo cortar leña para
mañana.
-Entonces levántame las piernas un poco más, ¿puedes?
-jCómo no he de poder! -Gerasim levantó aún más las piernas de su amo, y a éste le pareció que en esa
postura no sentía dolor alguno.
-¿Y qué de la leña? -No se preocupe el señor. Hay tiempo para ello. Ivan Ilich dijo a Gerasim que se
sentara y le tuviera los pies levantados y empezó a ha
blar con él. Y, cosa rara, le parecía sentirse mejor
mientras Gerasim le tenía levantadas las piernas.
A partir de entonces Ivan Ilich llamaba de vez en cuando a Gerasim, le ponía las piernas sobre los
hombros y gustaba de hablar con él. Gerasim hacía todo ello con tiento y sencillez, y de tan buena gana y
con tan notable afabilidad que conmovía a su amo. La salud, la fuerza y la vitalidad de otras personas
ofendían a Ivan Ilich; únicamente la energía y la vitalidad de Gerasim no le mortificaban; al contrario, le
servían de alivio.
El mayor tormento de Ivan Ilich era la mentira, la mentira que por algún motivo todos aceptaban, según
la cual él no estaba muriéndose, sino que sólo
estaba enfermo, y que bastaba con que se mantuviera
tranquilo y se atuviera a su tratamiento para que se pusiera bien del todo. Él sabía, sin embargo, que
hiciesen lo que hiciesen nada resultaría de ello,
salvo padecimientos aún más
agudos y la muerte. Y le
atormentaba esa mentira, le atormentaba que no quisier
an admitir que todos ellos sabían que era mentira y
que él lo sabía también, y que le mintieran acerca de
su horrible estado y se aprestaran -más aún, le
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obligarana participar en esa mentir
a. La mentira -esa mentira perpetrada sobre él en vísperas de su
muerteencaminada a rebajar el hecho atroz y solemne de
su muerte al nivel de las visitas, las cortinas, el
esturión de la comida... era un horrible tormento para
Ivan Ilich. Y, cosa extrañ
a, muchas veces cuando se
entregaban junto a él a esas patrañas estuvo a un pelo
de gritarles: «jDejad de mentir! iVosotros bien sabéis,
y yo sé, que me estoy muriendo! jConque al menos dejad de mentir!» Pero nunca había tenido arranque
bastante para hacerlo. Veía que el hecho atroz, horrib
le, de su gradual extinción era reducido por cuantos le
rodeaban al nivel de un incidente casual, en parte ind
ecoroso (algo así como si un individuo entrase en una
sala esparciendo un mal olor), resultado de ese mismo «decoro» que él mismo había practicado toda su
vida. Veía que nadie se compadecía de él, porque nadie quería siquiera hacerse cargo de su situación.
Únicamente Gerasim se hacía cargo de ella y le tenía lá
stima; y por eso Ivan Ilich se sentía a gusto sólo con
él. Se sentía a gusto cuando Gerasim pasaba a veces la
noche entera sosteniéndole las piernas, sin querer ir
a acostarse, diciendo: «No se preocupe, Ivan Ilic
h, que dormiré más tarde.» O cuando, tuteándole,
agregaba: «Si no estuvieras enfermo, sería distinto,
¿pero qué más da un poco de ajetreo?» Gerasim era el
único que no mentía, y en todo lo que hacía mostraba que comprendía cómo iban las cosas y que no era
necesario ocultadas, sino sencillamente tener lástima
a su débil y demacrado seño
r. Una vez, cuando Ivan
Ilich le decía que se fuera, incluso llegó a decide:
-Todos tenemos que morir. ¿Por qué no habría de hacer algo por usted? -expresando así que no
consideraba oneroso su esfuerzo por
que lo hacía por un moribundo y esperaba que alguien hiciera lo propio
por él cuando llegase su hora.
Además de esas mentiras, o a causa de ellas, lo
que más torturaba a Ivan Ilich era que nadie se
compadeciese de él como él quería. En algunos instantes, después de prolongados sufrimientos, lo que más
anhelaba -aunque le habría dado vergüenza confesarloera que alguien le tuviese lástima como se le tiene
lástima a un niño enfermo. Quería que le acariciaran, que
le besaran, que lloraran por él, como se acaricia y
consuela a los niños. Sabía que era un alto funcionario, que su barba encanecía y que, por consiguiente, ese
deseo era imposible; pero, no obstante, ansiaba todo eso. y en sus relaciones con Gerasim había algo
semejante a éllo, por lo que esas relaciones le servía
n de alivio. Ivan Ilich quería llorar, quería que le
mimaran y lloraran por él, y he aquí que cuando llegaba su colega Shebek, en vez de llorar y ser mimado,
Ivan Ilich adoptaba un semblante serio, severo, profundo y, por fuerza de la costumbre, expresaba su
opinión acerca de una sentencia del Tribunal de Casaci
ón e insistía porfiadamente en ella. Esa mentira en
torno suyo y dentro de sí mismo emponzoñó más que nada los últimos días de la vida de Ivan Ilich.
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Era por la mañana. Sabía que era por la mañana sólo
porque Gerasim se había id
o y el lacayo Pyotr había
entrado, apagado las bujías, descorrido una de las co
rtinas y empezado a poner or
den en la habitación sin
hacer ruido. Nada importaba que fuera mañana o ta
rde, viernes o domingo, ya que era siempre igual: el
dolor acerado, torturante, que no cesaba un moment
o; la conciencia de una vida que se escapaba
inexorablemente, pero que no se extinguía; la proximidad de esa horrible y odiosa muerte, única realidad; y
siempre esa mentira. ¿Qué significaban días
, semanas, horas, en tales circunstancias?
-¿Tomará té el señor? «Necesita que todo se haga debidamente y quiere que los señores tomen su té por
la mañana» -pensó Ivan Ilich y sólo dijo:
-No. -¿No desea el señor pasar al sofá? «Necesita arre
glar la habitación y le
estoy estorbando. Yo soy la
suciedad y el desorden» -pensaba, y sólo dijo:
-No. Déjame. El criado siguió removiendo cosas. Ivan Ilich alargó la mano. Pyotr se acercó
servicialmente.
-¿Qué desea el señor? -Mi reloj.
Pyotr cogió el reloj, que estaba al alcance de la mano, y se lo dio a su amo.
-Las ocho y media. ¿No se han levantado todavía? -No, señor, salvo Vasili Ivanovich (el hijo) que ya se
ha ido a clase. Praskovya Fyodorovna me ha mandado despertarla si el señor preguntaba por ella. ¿Quiere
que lo haga?
-No. No hace falta. -«Quizá debiera tomar té», se dijo-. Sí, tráeme té.
Pyotr se dirigió a la puerta, pero a Ivan Ilich le aterraba quedarse solo. «¿Cómo retenerle aquí? Sí, con la
medicina.»
-Pyotr, dame la medicina. -«Quizá la medicina me ayude todavía». Tomó una cucharada y la sorbió. «No,
no me ayuda. Todo esto no es más que una bobada, una superchería -decidió cuando se dio cuenta del
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conocido, empalagoso e irremediable sabor~. No, ahora ya no puedo creer en ello. Pero el dolor, ¿por qué
este dolor? iSi al menos cesase un momento!»
y lanzó un gemido. Pyotr se volvió para mirarle. -No. Anda y tráeme el té.
Salió Pyotr. Al quedarse solo, Ivan Ilich empezó a gemir, no tanto por el dolor físico, a pesar de lo atroz
que era, como por la congoja mental que sentía. «Siempre lo mismo, siempre estos días y estas noches
interminables. iSi viniera más de prisa! ¿Si viniera
qué
más de prisa? ¿La muerte, la tiniebla? jNo, no!
jCualquier cosa es mejor que la muerte!»
Cuando Pyotr volvió con el té en una bandeja, Ivan Ilich le estuvo mirando perplejo un rato, sin
comprender quién o qué era. A Pyotr le turbó esa mirada y esa turbación volvió a Ivan Ilich en su acuerdo.
-Sí -dijo-, el té... Bien, ponlo ahí. Pero
ayúdame a lavarme y ponerme una camisa limpia.
E Ivan Ilich empezó a lavarse. Des
cansando de vez en cuando se lavó
las manos, la cara, se limpió los
dientes, se peinó y se miró en el espejo. Le horrorizó lo que vio. Le horrorizó sobre todo ver cómo el pelo
se le pegaba, lacio, a la frente pálida.
Cuando le cambiaban de camisa se di
o cuenta de que sería mayor su horror si veía su cuerpo, por lo que
no lo miró. Por fin acabó aquello. Se puso la bata, se arropó en una manta y se sentó en el sillón para tomar
el té. Durante un momento se sintió más fresco, pero tan pronto como empezó a sorber el té volvió el
mismo mal sabor y el mismo dolor. Concluyó con dificultad de beberse el i té, se acostó estirando las
piernas y despidió a Pyotr.
Siempre lo mismo. De pronto brilla una chispa de esperanza, luego se encrespa furioso un mar de
desesperación, y siempre dolor, siempre dolor, siempre congoja y siempre lo mismo. Cuando quedaba solo
y horriblemente angustiado sentía el deseo de llamar a alguien, pero sabía de antemano que delante de otros
sería peor. «Otra dosis de morfina -y perder el conocimi
ento-. Le diré al médico que piense en otra cosa. Es
imposible, imposible, seguir así.»
De ese modo pasaba una hora, luego
otra. Pero entonces sonaba la campanilla de la puerta. Quizá sea el
médico. En efecto, es el médico, fresco, animoso,
rollizo, alegre, y con ese aspecto que parece decir:
«jVaya, hombre, está usted asustado de algo, pero vamos a remediarlo sobre la marcha!» El médico sabe
que ese su aspecto no sirve de nada aquí, pero se ha revestido de él de una vez por todas y no puede
desprenderse de él, como hombre que se ha pues
to el frac por la mañana para hacer visitas.
El médico se lava las manos vigorosamente y con aire tranquilizante.
-jHuy, qué frío! La helada es formidable. Deje que
entre un poco en calor -d
ice, como si bastara sólo
esperar a que se calentase un poco para arreglarlo todo-. Bueno, ¿cómo va eso?
Ivan Ilich tiene la impresión de que lo que el médico quiere decir es «¿cómo va el negocio?», pero que se
da cuenta de que no se puede hablar así, y en
vez de eso dice: «¿Cómo ha pasado la noche?»
Ivan Ilich le mira como preguntando: «¿Pero es que usted no se avergüenza nunca de mentir?» El
médico, sin embargo, no quiere comprender la pregunta, e Ivan Ilich dice:
-Tan atrozmente como siempre.
El dolor no se me quita ni se me calma. Si hubiera algo...
-Sí, ustedes los enfermos son siempre lo mismo. Bi
en, ya me parece que he entrado en calor. Incluso
Praskovya Fyodorovna, que es siem
pre tan escrupulosa, no tendría na
da que objetar a mi temperatura.
Bueno, ahora puedo saludarle -y el médico estrecha la mano del enfermo.
y abandonando la actitud festiva de antes, el
médico empieza con semblante serio a reconocer al
enfermo, a tomarle el pulso y la temper
atura, y luego a palparle y auscultarle.
Ivan Ilich sabe plena y firmemente que todo eso es tontería y pura falsedad, pero cuando el médico,
arrodillándose, se inclina sobre él, aplicando el oí
do primero más arriba, luego más abajo, y con gesto
significativo hace por encima de él
varios movimientos gimnásticos, el enfermo se somete a ello como
antes solía someterse a los discursos de los abogados, aun sabiendo perfectamente que todos ellos mentían
y por qué mentían.
De rodillas en el sofá, el médico está auscultando cuando se nota en la puerta el frufrú del vestido de seda
de Praskovya Fyodorovna y se oye cómo regaña a Pyotr porque éste no le ha anunciado la llegada del
médico.
Entra en la habitación, besa al marido y al instante se dispone a mostrar que lleva ya largo rato levantada
y sólo por incomprensión no estaba allí cuando llegó el médico.
Ivan Ilich la mira, la examina de pies a cabeza, echándole mentalmente en cara lo blanco, limpio y rollizo
de sus brazos y su cuello, lo lustroso de sus cabellos y lo brillante de sus ojos llenos de vida. La detesta con
toda el alma. y el arrebato de odio que sien
te por ella le hace sufrir cuando ella le toca.
Su actitud respecto a él y su enfermedad sigue sien
do la misma. Al igual que el médico, que adoptaba
frente a su enfermo cierto modo de proceder del que no podía despojarse, ella también había adoptado su
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propio modo de proceder, a saber, que su marido no hacía lo que debía, que él mismo tenía la culpa de lo
que le pasaba y que ella se lo reprochaba amor
osamente. Y tampoco podía desprenderse de esa actitud.
-Ya ve usted que no me escucha y no toma la medicina a su debido tiempo. Y, sobre todo, se acuesta en
una postura que de seguro no le conviene. Con las piernas en alto.
y ella contó cómo él hacía que Gerasi
m le tuviera las piernas levantadas.
El médico se sonrió con sonrisa mitad afable mitad despectiva:
-jQué se le va a hacer! Estos enfermos se figuran a
veces niñerías como ésas, pero hay que perdonarles.
Cuando el médico terminó el reconocimiento, miró su reloj, y entonces Praskovya Fyodorovna anunció a
Ivan Ilich que, por supuesto, se haría lo que él quisiera, pero que ella había mandado hoy por un médico
célebre que vendría a reconocerle y a
tener consulta con Mihail Danilovich
(que era el médico de cabecera).
-Por favor, no digas que no. Lo hago también por mí misma -dijo ella con ironía, dando a entender que
ella lo hacía todo por él y sólo
decía eso para no darle motivo de negárselo. Él calló y frunció el ceño.
Tenía la sensación de que la red de mentiras que le
rodeaba era ya tan tupida que era imposible sacar nada
en limpio.
Todo cuanto ella hacía por él sólo
lo hacía por sí misma, y le decí
a que hacía por sí misma lo que en
realidad hacía por sí misma, como
si ello fuese tan increíble que
él tendría que entenderlo al revés.
En efecto, el célebre galeño llegó a las once y media.
Una vez más empezó la auscultación y, bien ante el
enfermo o en otra habitación, comenzaron las conversaci
ones significativas acerca del riñón y el apéndice y
las preguntas y respuestas, con tal aire de suficiencia que, de nuevo, en vez de la pregunta real sobre la vida
y la muerte que era la única con la
que Ivan Ilich ahora se enfrentaba, de lo que hablaban era de que el
riñón y el apéndice no funcionaban correctamente y que ahora Mihail Danilovich y el médico famoso los
obligarían a comportarse como era debido.
El médico célebre se despidió con cara seria, pero no
exenta de esperanza. y a
la tímida pregunta que le
hizo Ivan Ilich levantando hacia él ojos brillantes de pavor y esperanza, contestó que había posibilidad de
restablecimiento, aunque no podía asegurarlo. La mirada de esperanza con la que Ivan Ilich acompañó al
médico en su salida fue tan conmovedora que, al verla, Praskovya Fyodorovna hasta rompió a llorar cuando
salió de la habitación con el médico para entregarle sus honorarios.
El destello de esperanza provocado por el comentario estimulante del médico no duró mucho. El mismo
aposento, los mismos cuadros, las cortinas, el papel de las paredes, los frascos de medicina... todo ello
seguía allí, junto con su cuerpo su
friente y doliente. Ivan Ilich empezó
a gemir. Le pusieron una inyección
y se sumió en el olvido.
Anochecía ya cuando volvió en sí. Le trajeron la comida. Con dificultad tomó un poco de caldo. y otra
vez lo mismo, y llegaba la noche.
Después de comer, a las siete, entró en la habitación Praskovya Fyodorovna en vestido de noche, con el
seno realzado por el corsé y huellas de polvos en la cara. Ya esa mañana había recordado a su marido que
iban al teatro. Había llegado a la ciudad Sarah Bernhardt y la familia tenía un palco que él había insistido
en que tomasen. Ivan Ilich se había olvidado de eso y la indumentaria de ella le ofendió, pero disimuló su
irritación cuando cayó en la cuenta de que él mismo había insistido en que tomasen el palco y asistiesen a
la función porque seria un placer
educativo y estético para los niños.
Entró Praskovya Fyodorovna, satisfecha de sí misma pero con una punta de culpabilidad. Se sentó y le
preguntó cómo estaba, pero él vio que preguntaba sólo por preguntar y no para enterarse, sabiendo que no
había nada nuevo de qué enterarse, y entonces empezó a hablar de lo que realmente quería: que por nada
del mundo iría al teatro, pero que habían tomado un palco e iban su hija y Hélene, así como también
Petrischev (juez de instrucción, novio de la hija), y que de ningún modo podían éstos ir solos; pero que ella
preferiría con mucho quedarse con él un rato. Y que él
debía seguir las instrucciones del médico mientras
ella estaba fuera.
-jAh, sí! Y Fyodor Petrovich (el novio) qui
siera entrar. ¿Puede hacerlo? ¿Y Liza?
-Que entren. Entró la hija, también en vestido de noche, con el cuerpo juvenil bastante en evidencia, ese
cuerpo que en el caso de él tanto sufrimiento le
causaba. y ella bien que lo exhibía. Fuerte, sana,
evidentemente enamorada e irritada contra la enfermed
ad, el sufrimiento y la mu
erte porque estorbaban su
felicidad.
Entró también Fyodor Petrovich vestido de frac, con el pelo rizado
d la Capou4
un cuello duro que
oprimía el largo pescuezo fibroso, enorme pechera blanca y con los fuertes muslos embutidos en unos
pantalones negros muy ajustados. Tenía puesto un guante blanco y llevaba la chistera en la mano.
Tras él, y casi sin ser notado, entró el colegial en uniforme nuevo y con guantes, pobre chico. Tenía
enormes ojeras, cuyo signifi
cado Ivan Ilich conocía bien.
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Su hijo siempre le había parecido lamentable, y ahora era penoso ver el aspecto timorato y condolido del
muchacho. Aparte de Gerasim, Ivan Ilich cr
eía que sólo Vasya le comprendía y compadecía.
Todos se sentaron y volvieron a preguntarle cómo se sentía. Hubo un silencio. Liza preguntó a su madre
dónde estaban los gemelos y se produjo un altercado entre madre e hija sobre dónde los habían puesto.
Aquello fue desagradable.
Fyodor Petrovich preguntó a Ivan Ilich si había visto alguna vez a Sarah Bernhardt. Ivan Ilich no
entendió al principio lo que se le preguntaba, pero luego contestó:
-No. ¿Usted la ha visto ya? -Sí, en
Adrienne Lecouvreur.
Praskovya Fyodorovna agregó que había estado especial
mente bien en ese papel. La hija dijo que no.
Inicióse una conversación acerca de la elegancia y el re
alismo del trabajo de la actriz -una conversación que
es siempre la misma.
En medio de la conversación Fyodor Petrovich miró a Ivan Ilich y quedó callado. Los otros le miraron a
su vez y también guardaron silencio. Ivan Ilich mira
ba delante de sí con ojos brillantes, evidentemente
indignado con los visitantes. Era pr
eciso rectificar aquello, pero impos
ible hacerlo. Había que romper ese
silencio de algún modo, pero nadie se atrevía a intentarlo. Les aterraba que de pronto se esfumase la
mentira convencional y quedase claro lo que ocurría de
verdad. Liza fue la primera
en decidirse y rompió el
silencio, pero al querer disimular lo que todos sentían se fue de la lengua.
-Pues bien, si
vamos a ir
ya es hora de que lo hagamos -dijo mirando su reloj, regalo de su padre, y con
una tenue y significativa sonrisa al joven Fyodor Pe
trovich, acerca de algo que sólo ambos sabían, se
levantó haciendo crujir la tela de su vestido.
Todos se levantaron, se despidieron y se fueron. Cuando hubieron salido le pareció a Ivan Ilich que se
sentía mejor: ya no había mentira porque se había ido con ellos, pero se quedaba el dolor: el mismo dolor y
el mismo terror de siempre, ni más ni menos penoso que antes. Todo era peor.
Una vez más los minutos se sucedían uno tras otro, las horas una tras otra. Todo seguía lo mismo, todo
sin cesar. y lo más terrible de todo era el fin inevitable.
-Sí, dile a Gerasim que venga -respondió a la pre--' gunta de Pyotr.
9
Su mujer volvió cuando iba muy avanzada la noche. Entró de puntillas, pero él la oyó, abrió los ojos y al
momento los cerró. Ella quería que Gerasim se fuera para
quedarse allí sola con su marido, pero éste abrió
los ojos y dijo:
-No. Vete. -¿Te duele mucho? -No importa.
-Toma opio. Él consintió y tomó un poco. Ella se fue. Hasta eso de las tres de la mañana su estado fue de
torturante estupor. Le par
ecía que a él y su dolor los me. tían a la fuerza en un saco estrecho, negro y
profundo pero por mucho que empujaban no podían hacerlos lle. gar hasta el fondo. y esta circunstancia,
terrible ya en sí iba acompañada de padecimiento físico. Él estaba espantado, quería meterse más dentro en
el saco y se esforzab~ por hacerlo, al par que ayudaba a que lo metieran. Y he aquí que de pronto desgarró
el saco, cayó y volvió en sí Gerasim estaba se
ntado a los pies de la cama, dormitando tranquila
pacientemente, con las piernas flacas de su amo, enfu
ndadas en calcetines, apoyadas en los hombros. Allí
estaba la misma bujía con su pantalla y allí estaba también el mismo incesante dolor.
-Vete, Gerasim -murmuró.
-No se preocupe, señor. Estaré un ratito más.
-No. Vete.
Retiró las piernas de los hombros de Gerasim, se volvió de lado sobre un brazo y sintió lástima de sí
mismo. Sólo esperó a que Gerasim pasase a la habit
ación contigua y entonces, sin poder ya contenerse,
rompió a llorar como un niño. Lloraba a causa de su impot
encia, de su terrible soledad, de la crueldad de la
gente, de la crueldad de Dios, de la ausencia de Dios.
«¿Por qué has hecho Tú esto? ¿Por qué me has traído aquí? ¿Por qué, dime, por qué me atormentas tan
atrozmente?»
Aunque no esperaba respuesta lloraba porque no la había ni podía haberla. El dolor volvió a agudizarse,
pero él no se movió ni llamó ~ nadie. Se dijo: «iHala, sigue! pame otro golpe! ¿Pero con qué fin? ¿Yo qué
te he hecho? ¿De qué sirve esto?»
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Esos tres días, durante los cuales el tiempo no existía
para él, estuvo resistiendo en ese saco negro hacia
el interior del cual le empujaba una fuerza invisible e irresistible. Resistía como resiste un condenado a
muerte en manos del verdugo, sabiendo que no puede salvarse; y con cada minuto que pasaba sentía que, a
despecho de j todos sus esfuerzos, se acercaba cada v
ez más a lo que tanto le aterraba. Tenía la sensación
de que su tormento se debía a que le empujaban haci
a ese agujero negro y, aún más, a que no podía entrar
sin esfuerzo en él. La causa de no
poder entrar de ese modo era el c
onvencimiento de que su vida había
sido buena. Esa justificación de su vida le retenía,
no le dejaba pasar adelante, y era el mayor tormento de
todos.
De pronto sintió que algo le golpeaba en el pecho y el costado, haciéndole aún más difícil respirar; fue
cayendo por el agujero y allá, en el
fondo, había una luz. Lo que le oc
urría era lo que suele ocurrir en un
vagón de ferrocarril cuando piensa uno que va hacia atrás y en realidad va hacia delante, y de pronto se da
cuenta de la verdadera dirección.
«Sí, no fue todo como debía ser -se dijo-, pero no importa. Puede serio. ¿Pero cómo debía ser?» -se
preguntó y de improviso se calmó.
Esto sucedía al final del tercer día, un par de horas antes de su muerte. En ese momento su hijo, el
colegial, había entrado calladamente y se había acercado a su padre. El moribundo seguía gritando
desesperadamente y agitando los brazo
s. Su mano cayó sobre la cabeza del muchacho. Éste la cogió, la
apretó contra su pecho y rompió a llorar.
En ese mismo momento Ivan Ilich se hundió, vio la luz y se le reveló que, aunque su vida no había sido
como debiera haber sido, se podría corregir aún. Se preguntó: «¿Cómo debe ser?» y calló, oído atento.
Entonces notó que alguien le besaba la mano. Abrió los ojos y miró a su hijo. Tuvo lástima de él. Su mujer
se le acercó. Le miraba con los ojos abiertos, con hue
llas de lágrimas en la nariz y las mejillas y un gesto de
desesperación en el rostro. Tuvo lástima de ella también.
«Sí, los estoy atormentando a todos -pensó-. Les tengo lástima, pero será mejor para ellos cuando me
muera.» Quería decirles eso, pero no tenía fuerza ba
stante para articular las palabras. «¿Pero, en fin de
cuentas, para qué hablar? Lo que debo es hacer» -pensó. Con una
mirada a su mujer apuntó a su hijo y dijo:
-Llévatelo... me da lástima... de ti también... -Quiso
decir asimismo «perdóname», pero dijo «perdido», y
sin fuerzas ya para corregirlo hizo un gesto de desdén con la mano, sabiendo que Aquél cuya comprensión
era necesaria lo comprendería.
Y de pronto vio claro que lo que le había estado sujetando y no le soltaba le dejaba escapar sin más por
ambos lados, por diez lados, por todos los lados. Les tenía lástima a todos, era menester hacer algo para no
hacerles daño: liberarlos y liberarse de esos sufrimi
entos. «iQué hermoso y qué
sencillo! -pensó-. ¿Y el
dolor? -se preguntó-. ¿A dónde se ha ido? A ver, dolor, ¿dónde estás?»
Y prestó atención.
.
«Sí, aquí está. Bueno, ¿y qué? Que si
ga ahí.» «y la muerte... ¿dónde está?»
Buscaba su anterior y habitual temor a la muerte
y no lo encontraba. «¿Dónde está? ¿Qué muerte?» No
había temor alguno porque tampoco había muerte.
En lugar de la muerte había luz.
-¡Conque es eso! -dijo de pronto en voz alta-. ¡Qué alegría!
Para él todo esto ocurrió en un solo instante, y el significado de ese instante no se alteró. Para los
presentes la agonía continuó durante dos horas más. Algo borbollaba en su pecho, su cuerpo extenuado se
crispó bruscamente, luego el borbolleo y el
estertor se hicieron menos frecuentes.
-jÉste es el fin! -dijo alguien a su lado.
Él oyó estas palabras y las repitió en su alma. «Éste es el fin de la muerte» -se dijo-. «La muerte ya no
existe.» Tomó un sorbo de aire, se detuvo en medio de un suspiro, dio un estirón y murió.

FIN
 
rhcastro,14.04.2015
13/04/2015





Desgracia.


Vuelve a ser domingo. Bev Shaw y él están de lleno en una de sus sesiones de Lósung. Uno por uno, él lleva primero a los gatos y luego a los perros: los viejos, los ciegos, los tullidos, los impedidos, los tarados... pero también a los jóvenes, a los sanos: a todos aquellos a los que les ha llegado la hora. Uno por uno Bev los toca, les habla, los acaricia, los consuela y los despacha, y se aparta un poco a contemplar cómo sella él los restos en un sudario de plástico.
Bev y él no cruzan palabra. Él ha aprendido a estas alturas, gracias a ella, a concentrar toda su atención en el animal que van a matar, a darle lo que él ya no tiene dificultad alguna en llamar por su nombre propio: amor.
Sella la última bolsa y se la lleva a la puerta. Veintitrés. Solo queda el perro joven, el perro que ama la música, el que, de haber tenido la posibilidad, habría acudido cojeando tras sus camaradas hasta el edificio de la clínica, hasta el teatro de operaciones y la encimera de
zinc, donde todavía penden olores intensos, mezclados, incluido uno con el que todavía no se ha topado a lo largo de su vida: el olor del último hálito, el olor suave y efímero del alma liberada del cuerpo.
Lo que el perro jamás llegará a saber (¡ni siquiera de chiripa lo sabría nunca!, se dice él), lo que su olfato no le dirá jamás, es cómo se pue-
de entrar en lo que parece una habitación normal y corriente y no salir jamás de ella. Algo sucede en esa estancia, algo innombrable: ahí es donde se arranca el alma del cuerpo, donde brevemente pende en el aire, retorciéndose y contorsionándose; ahí es donde luego es succionada y desaparece. Lejos está de entender que esa estancia no es una estancia, sino un agujero en el que uno deja atrás la existencia
gota a gota.

Cada vez es más dócil, le dijo Bev Shaw una vez. Más difícil, pero también más sencillo. Uno se acostumbra a que las cosas sean cada
vez más difíciles, ya no se sorprende de que lo que era todo lo difícil que podía ser pueda ser más difícil todavía. Si quiere, puede dejarle al perro joven una semana más, pero habrá de llegar un momento, no hay forma de evitarlo, en que haya de llevarlo a presencia de Bev Shaw, a su quirófano (tal vez lo lleve en brazos, tal vez eso es algo que pueda hacer por él), y acariciarlo y cepillarle el pelaje a contrapelo hasta que la aguja encuentre la vena, y susurrarle y consolarlo en el momento en que, desconcertantemente, las patas cedan bajo su peso; entonces, cuando el alma haya salido del cuerpo, podrá doblarlo en dos e introducirlo en su bolsa, y al día siguiente llevarse la bolsa a las llamas y comprobar que termine quemada, requemada. Todo eso es algo que hará por él cuando le llegue el momento. De poca cosa
habrá de servir, de menos aún: de nada.
Atraviesa el quirófano.
-¿Era el último? -pregunta Bev Shaw.
-Queda uno más.
Abre la puerta de la jaula.
-Ven -dice, y se agacha y abre los brazos. El perro menea el trasero
inválido, le olisquea la cara, le lame las mejillas, los labios, las orejas.
Él no hace nada por impedírselo-. Ven.
Llevándolo en brazos como si fuera un cordero, vuelve a entrar en el
quirófano.
-Pensé que preferirías dejarlo para la próxima semana -dice Bev
Shaw-. ¿Vas a renunciar a él?
-Sí, voy a renunciar a él.

J.M Coetzee
 
rhcastro,14.04.2015
http://www.taller-palabr...
 
deimos,29.04.2015
ya se retrasó rh con el uno diario
 
rhcastro,29.04.2015
Richard tomas extrajo de un cajòn un grueso expediente con cubierta de tela. En el interior se encontraba una serie de carpetas de cartòn que abriò una despuès de otra, recorriendo ràpidamente los papeles que contenìan. Al cabo de un momento, su lectura se hizo màs atenta. Tenìan en la mano un legajo de hojas con membrete de la National Software Agency.

National Software Agency
Prospective Commission
CONFIDENCIAL. Defensa.
Expediente Francia/ Proyecciones.
Utrasecreto: 6 ejemplares

La jugada francesa:
''Francia, tiene una sòlida reputaciòn internacional en materia de programaciòn. Nuestro objetivo debe ser mantener fiel al màximo de nuestra clientela para hacer frente a la oleada norteamericana. En esta empresa, conviene emplear todas las armas a nuestro alcance. Debemos insistir ante nuestros socios, y especialmente ante paìses de habla francesa, en el hecho de que la programaciòn es un FORMIDABLE VECTOR CULTURAL. Un programa informàtico concentra en si, toda la tradiciòn cultural de un paìs. Debemos poner por delante el hecho de que frente al colonialismo cultural de Norteamèrica, Francia ofrece otro modelo. Estos elementos han sido claramente percibidos por el gobierno puesto que el Consejo de Ministros concediò colocar entre las prioridades del comercio exterior, las exportaciones francesas de programaciòn.''
Pierre Fromentin. ''Por una polìtica de programaciòn.'' Jugada, febrero de 1983. ( Fromentin es jefe de gabinete del ministro de investigaciòn e industria. )

Proyecciones para una eventual intervenciòn de la NSA
Para apoyar nuestras propuestas, nos hemos interesado en una situaciòn parecida a la que se pretenta ahora. En 1975, una delegaciòn soviètica propuso a Air France volve3r a comparle la vieja computadora Univac sobre la cual la compañìa aèrea francesa desarrollò el famoso programa Alpha3, que maneja todas las reservaciones de Air France en el mundo entero.

La Guerra Dulce
Thierry Breton y Denis Beneich


http://orlandoolguin.wor...
 
rhcastro,29.04.2015
CAPÌTULO I

12 de mayo de 1980, Boston

_¡Anda, golpea! ¡Golpea! ¡Más aprisa! ¡Golpea, por Dios! ¡Tu izquierda!
Brendan inclinó la cabeza y el cuero rozó su mejilla. En la esquina del ring donde estaba arrinconado., la voz del entrenador le llegaba a través de una niebla ardiente como el soplo de una fragua, una niebla horadada a cada instante por la irrupción de un puño enguantado que arremetía contra él con la rapidez de una bala de cañon. A pesar de la tensión del combate, una parte de él mismo seguía analizando con indiferencia, comparado y formulado: vivía una experiencia de desdoblamiento del tiempo. Cuando levantaba el brazo para bloquear el golpe, cuando lanzaba el puño hacia el mentón del adversario, cuando esquivaba, Brendan confirmaba estupefacto, con cuánta lentitud reaccionaba su cuerpo.

Se diría... se diría que estoy en un tiempo diferido. Y más allá de las nubes jadeantes y dolorosas que lo rodeaban, las órdenes del entrenador y los ataques del adversario pertenecían a otro mundo, a aquél en que el cerebro responde en milisegundos, el mundo del tiempo real.
_¡Anda, avanza, avanza, golpea!, golpea, te digo, ¡pero golpea, por Dios! ¡tira tu gancho izquierdo!
Brendan sacudió la cabeza y unas gotitas de sudor revolotearon a su alrededor.
 
rhcastro,29.04.2015
*no puedo mandarles una copia pdf porque no hay en internet(o yo no la encuentro). Poco a poco iré integrando pequeños fragmentos.

 
rhcastro,30.04.2015
_Golpea, ¡es fàcil decirlo! Aguanto, ¡ya es bastante! bueno... ¡A la carga!
Dando saltitos concienzudamente, como le habìan enseñado, Brendan intentò lanzarse sobre el lado izquierdo de su adversario. Pero un golpe directo en el hombro derecho parò en seco su maniobra.
Es seguro, me ha reventado algo.
Mientras una parte de èl mismo opinaba asì frìamente, sus labios gemìan. Las cuerdas le mordieron la espalda. Su puño derecho se lanzò en busca del costado enemigo; pero sòlo encontrò el vacìo.
_¡Apoya tus golpes! ¡Làrgalos! ¡Muèvete, por dios!
Los guantes pesaban toneladas. Los levantò hacia su rostro. El otro frente a èl se ensañaba en su contra con ràpidos golpes cortos, como un escultor que hubiese querido remodelarle el rostro. Los codos sobre el estòmago, los brazos replegados, la cabeza entre las manos, Brendan luchaba contra el sentimiento de pànico que lo embargaba. Al otro lado de sus guantes, un porfiado martillo pilòn buscaba llegar a la cara, querìa golpear los fràgiles maxilares, hacer estallar la nariz.
Bueno, ya basta.
El torso bruscamente inclinado hacia la izquierda, Brendan fintò con la derecha, intentò un gancho con el otro puño; y un bòlido chocò contra su mentòn.
Todo su cuerpo resoñò con el golpe asestado sin odio, con la tranquila potencia de una maquinaria . Perplejo, Brendan contemplò el apacible derrumbamiento de sus fuerzas. Sus piernas cedieron suavemente bajo èl. La niebla se hacìa màs espesa. El tiempo se hizo aùn màs lento.
Brendan se arrodillò...
_¡Out!
Ex alumno de Princeton y del Massachusetts Institute of Techonology, bachiller en ciencias, maestro en ciencias y doctor en filosofìa, el profesor Brendan Barnes cayò a la lona.
Tuvo un ùltimo pensamiento claro, antes de que su espìritu siguiera el rumbo de su cuerpo: ''¿Voy a morir? Me anulò completamente''. Luego, fragmentos de recuerdos, imàgenes y palabras se atropellaron en su cabeza.
10 CLS
10 INPUT ''Brendan a la lona''
30 iF ''Brendan moribundo'' THEN ''Recuerdos toda una vida'' ELSE ''Recuerdos confusos''
40 PRINT
_Brendan, por Dios, afloja los dientes...
_Brendan, ¿me oyes? Haz lo que te dicen.
_Ah, ¡a pesar de todo!
Le quitaron el protector bucal. Abriò los ojos, dos rostros entraron en su campo visual. La cara simpàtica de Tonio, su sparring-partner puertorriqueño, se iluminò con una sonrisa de alivio. La cara cortada y llena de cicatrices de Jerry, el entrenador, lucìa su eterna mueca sarcàstica.
_Y bien, pequeña damisela, ¿tenemos vapores?
Brendan se incorporò y se enjugò el sudor que aùn bañaba su frente. le habìan quitado el casco de entrenamiento. le tendiò los guantes a Tonio, quien se puso a desatarlos.
_Està bien, està bien _mascullò_, ya sè lo que vas a decirme...
_Con-cen-tra-do _concluyò Brendan, ponièndose de pie con ayuda de tonio.
Jerry se plantò frente a Brendan y lo examinò con su mirada de ave de rapiña que hacìa aùn màs temible las prominentes y anguladas cejas, gruesas como todas sus facciones remodeladas por el boxeo.
_Escùchame, Brendie, tal vez eres un crack en tu universidad y frente a tus computadoras, pero aquì no eres màs que un peso ligero aficionado, no muy dotado.
_Eres duro_ observò Brendan.
En realidad, no estaba muy impresionado por la apreciaciòn poco lisonjera de Jerry; pero habìa que poner cara contrita, era parte del juego. Brendan adoraba a su entrenador. Ex campeòn mundial de los superwèlters, Jerry Connolly habìa entrado al mundo del boxeo como se entra a una religiòn. Un dìa, Brendan le dijo a Jerry que parecìa un pastor conduciendo sin debilidad a sus ovejas por el camino de la redenciòn. Jerry estuvo a punto de perder su eterna sonrisa irònica.
_Hijo _sentenciò el entrenador_, nunca serè lo bastante duro si quiero que aguante4s màs de un asalto en el campeonato para aficionados del Massachusetts.
_De todos modos, todavìa no he dicho que sì para ese campeonato. No sè si podrè participar...
_Ah, no vas a volver a empezar, ¿eh? , escucha...
Bueno, se dijo Brendan. voy a tener derecho a una màxima...
_Tienes tus posibilidades, no digo que de llegar a la final, pero al menos a cuartos de final... Es necesario que te concentres màs. Te lo he dicho y te lo vuelvo a decir. ¿En que pensabas durante el combate?
_En ti, Jerry, no puedo pensar màs que en ti.
Tonio, que en ese momento pasaba bajo las cuerdas llevando los guantes y los cascos, no pudo contener una risa ahogada. Jerry lo fulminò con la mirada. sus cicatrizados pòmulos enrojecieron de furor.
_Idiota _espetò a Brendan_ , pensabas, y eso ya es demasiado. Es necesario que te entregues al combate, a fondo, con ... todos tus recursos mentales y fìsicos.
_Hablas como un libro, Jerry _bromeò Tonio, dirigièndose hacia el guardarropa.
_Vas a cerrarla. ¿si? _vociferò el entrenador, buscando con la mirada un proyectil.
Pero sòlo habìa una esponja sobre el piso y Tonio acababa de desaparecer. Jerry aspirò una gran bocanada de aire, apretò y aflojò varias veces los puños y luego volviò a Bredan:
_bueno, ademàs tardaste demasiado en contraatacar. Tu juego de piernas no està mal, aguantas bien. Pero, como decìa mi padre, si te dan una bofetada en la mejilla izquierda, pon la mejilla derecha, y asì sucesivamente, hasta que tengas la energìa suficiente para tirar al tipo de una sola bofetada en el hocico. sobre el ring, es como en la vida, hay que saber aguantar, pero no demasiado tiempo.
 
principenegromx,13.05.2015
Calidoscopio

Ray Bradbury.


El primer impacto rajó la nave como si fuera un gigantesco abrelatas. Los hombres fueron arrojados al espacio, retorciéndose como una docena de peces fulgurantes. Se diseminaron en un mar oscuro mientras la nave, convertida en un millón de fragmentos, proseguía su ruta semejando un enjambre de meteoritos en busca de un sol perdido.

-Barkley, Barkley, ¿dónde estás?

Voces aterrorizadas, niños perdidos en una noche fría.

-¡Woode, Woode!

-¡Capitán!

-Hollis, Hollis, aquí Stone.

-Stone, soy Hollis. ¿Dónde estás?

-¿Cómo voy a saberlo? Arriba, abajo... Estoy cayendo. ¡Dios mío, estoy cayendo!

Caían. Caían, en la madurez de sus vidas, como guijarros diminutos y plateados. Se diseminaban como piedras lanzadas por una catapulta monstruosa. Y ahora en vez de hombres eran sólo voces.

Voces de todos los tipos, incorpóreas y desapasionadas, con distintos tonos de terror y resignación.

-Nos alejamos unos de otros.

Era cierto. Hollis, rodando sobre sí mismo, sabía que lo era y, de alguna forma, lo aceptó. Se alejaban para recorrer distintos caminos y nada podría reunirles de nuevo. Vestían sus trajes espaciales, herméticamente cerrados, sus pálidos rostros ocultos tras las placas faciales. No habían tenido tiempo de acoplarse las unidades energéticas. Con ellas, habrían sido pequeños botes salvavidas flotando en el espacio. Se habrían salvado, habrían salvado a otros, habrían encontrado a todos hasta unirse para formar una isla de hombres y pensar en alguna salida. Pero ahora, sin las unidades energéticas acopladas a sus hombros, eran meteoritos alocados encaminándose hacia destinos diversos e inevitables.

Pasaron diez minutos. El terror inicial se apagó, dando paso a una calma metálica. Sus voces extrañas empezaron a entrelazarse en el espacio, un telar inmenso y oscuro, cruzándose y volviéndose a cruzar hasta formar el tejido final.

-Stone a Hollis. ¿Cuánto tiempo podremos hablar por radio?

-Depende de tu velocidad y la mía.

-Una hora, supongo.

-Algo así -dijo Hollis, pensativo y tranquilo.

-¿Qué sucedió? -preguntó Hollis al cabo de un minuto.

-El cohete estalló, eso es todo. Los cohetes estallan, ¿sabes?

-¿Hacia dónde caes?

-Creo que me estrellaré en el Sol.

-Yo en la Tierra. De vuelta a la madre Tierra a quince mil kilómetros por hora, arderé como una cerilla.

Hollis pensó en ello con una sorprendente serenidad. Le parecía estar separado de su cuerpo, viéndolo caer y caer en el espacio, con la misma tranquilidad con la que había visto caer los primeros copos de nieve de un invierno muy lejano.

Los otros guardaban silencio. Pensaban en el destino que les había llevado a esto, a caer y caer sin poder hacer nada para evitarlo. Hasta el capitán callaba, porque no había orden o plan que pudiera arreglarlo todo.

-¡Oh, esto es interminable! ¡Interminable, interminable! -exclamó una voz. ¡No quiero morir, no quiero morir! ¡Esto es interminable!

-¿Quién habla?

-No lo sé.

-Creo que es Stimson. Stimson, ¿eres tú?

-Esto es interminable y no me gusta. ¡Dios mío, no me gusta nada!

-Stimson, aquí Hollis. Stimson, ¿me oyes?

Una pausa. Seguían separándose unos de otros.

-¿Stimson?

-Sí -replicó por fin.

-Stimson, tranquilízate. Todos tenemos el mismo problema.

-No quiero estar aquí. Me gustaría estar en cualquier otro sitio.

-Hay una posibilidad de que nos encuentren.

-Si, sí, seguro -dijo Stimson-. No creo en esto, no creo que esté sucediendo realmente.

-Es una pesadilla -dijo alguien.

-¡Cállate! -ordenó Hollis.

-Ven y hazme callar -contestó la voz. Era Applegate. Se reía con toda tranquilidad, sin histeria-. Ven y hazme callar.

Por primera vez, Hollis sintió su impotencia. La cólera se adueñó de él porque en aquel momento deseaba, más que ninguna otra cosa, herir a Applegate. Había esperado muchos años para poder hacerlo..., y ahora era demasiado tarde. Applegate era únicamente una voz radiofónica.

¡Y seguían cayendo y cayendo!

Dos de los hombres se pusieron a gritar, de repente, como si acabaran de descubrir el horror de su situación. Hollis vio a uno de ellos, en una pesadilla, flotando muy cerca de él, chillando y chillando.

-¡Basta!

El hombre estaba casi al alcance de su mano. Gritaba enloquecido. Nunca se callaría. Seguiría chillando durante un millón de kilómetros, mientras se encontrara en el campo de acción de la radio. Fastidiaría a todos los demás e impediría que hablaran entre sí.

Hollis alargó la mano. Era mejor así. Hizo un último esfuerzo y tocó al hombre. Se agarró a su tobillo y fue desplazando la mano hasta llegar a la cabeza. El hombre chilló y se retorció como si estuviera ahogándose. Sus gritos llenaron el universo.

"Da lo mismo -pensó Hollis-. El Sol, la Tierra o los meteoros lo matarán igualmente. ¿Por qué no ahora?"

Hollis aplastó la placa facial del hombre con su puño metálico. Los gritos cesaron. Se apartó del cadáver y lo dejó alejarse siguiendo su propio curso, cayendo y cayendo.

Hollis y los demás seguían cayendo sin cesar en el espacio, en el interminable remolino de un terror silencioso.

-Hollis, ¿sigues ahí?

Hollis no contestó. Una oleada de calor inundó su rostro.

-Aquí Applegate otra vez.

-¿Qué hay, Applegate?

-Hablemos. No podemos hacer otra cosa.

El capitán intervino.

-Ya es suficiente. Tenemos que encontrar una solución.

-Capitán, ¿por qué no se calla?

-¿Qué?

-Ya me ha oído, capitán. No pretenda imponerme su rango, porque nos separan quince mil kilómetros y no tenemos que engañarnos. Tal como dijo Stimson, la caída es interminable.

-¡Compórtese, Applegate!

-No quiero. Esto es un motín de uno solo. No tengo una maldita cosa que perder. Su nave era mala, usted un mal capitán, y espero que se ase cuando llegue al Sol.

-¡Le ordeno que se calle!

-Adelante, vuelva a ordenarlo. -Applegate sonrió a quince mil kilómetros de distancia. El capitán no dijo nada más-. ¿Dónde estábamos, Hollis? Ah, sí, ya recuerdo. También te odio a ti. Pero tú ya lo sabes. Hace mucho tiempo que lo sabes.

Hollis, desesperado, cerró los puños.

-Quiero confesarte algo -prosiguió Applegate-. Algo que te hará feliz. Fui uno de los que votaron contra ti en la Rocket Company, hace cinco años.

Un meteorito surcó el espacio. Hollis miró hacia abajo y vio que no tenía mano izquierda. La sangre brotaba a chorros. De repente, advirtió la falta de aire en su traje. El oxígeno que conservaba en los pulmones le permitió, sin embargo, hacer un nudo a la altura de su codo izquierdo, apretando la juntura y cerrando el escape. La rapidez del suceso no le dio tiempo a sorprenderse. Ninguna cosa podía sorprenderle en aquel momento. Ya cerrado el boquete, el aire volvió a llenar el traje en un instante. Y la sangre, que había brotado con tanta facilidad, quedó comprimida cuando Hollis apretó aún más el nudo, hasta convertirlo en un torniquete.

Todo esto había sucedido en medio de un terrible silencio por parte de Hollis. Los otros hombres conversaban. Uno de ellos, Lespere, hablaba sin cesar de su mujer de Marte, de su mujer venusiana, de su mujer de Júpiter, de su dinero, sus buenos tiempos, sus borracheras, su afición al juego, su felicidad... Hablaba y hablaba, mientras todos caían. Lespere, feliz, recordaba el pasado mientras se precipitaba a la muerte.

¡Todo era tan raro! Espacio, miles de kilómetros de espacio, y voces vibrando en su centro. Ningún hombre al alcance de la vista, sólo las ondas de radio se agitaban tratando de emocionar a otros hombres.

-¿Estás enfadado, Hollis?

-No.

Y no lo estaba. Había recuperado la serenidad. Era una masa insensible, cayendo para siempre hacia ninguna parte.

-Durante toda tu vida quisiste llegar a la cumbre, Hollis. Y yo lo impedí. Siempre quisiste saber lo que había ocurrido. Bien, voté contra ti antes de que me despidieran a mí también.

-No tiene importancia.

Y no la tenía. Todo había terminado. Cuando la vida llega a su fin es como un intenso resplandor. Un instante en el que todos los prejuicios y pasiones se condensan e iluminan en el espacio, antes de que se pueda decir una sola palabra. Hubo un día feliz y otro desdichado, hubo un rostro perverso y otro bondadoso... El resplandor se apaga y se hace la oscuridad.

Hollis pensó en su pasado. Al borde de la muerte, una sola cosa le atormentaba y por ella, únicamente por ella, deseaba seguir viviendo. ¿Sentirían lo mismo sus compañeros de agonía? ¿Tendrían aquella sensación de no haber vivido nunca? ¿Pensarían, como él, que la vida surge y muere antes de poder respirar una vez? ¿Les parecería a todos tan abrupta e imposible, o sólo a él, aquí, ahora, con escasas horas para meditar?

Uno de los otros hombros estaba hablando.

-Bueno, yo viví bien. Tuve una esposa en Marte, otra en Venus y otra en Júpiter. Todas tenían dinero y se portaron muy bien conmigo. Fue maravilloso. Me emborrachaba, y hasta una vez gané veinte mil dólares en el juego.

"Pero ahora estás aquí -pensó Hollis-. Yo no tuve nada de eso. Tenía celos de ti, Lespere. En pleno trabajo envidiaba tus mujeres y tus juergas. Las mujeres me asustaban y huía al espacio, siempre deseándolas, siempre celoso de ti por tenerlas, por tu dinero, por toda la felicidad que podías conseguir con aquella vida alocada. Pero ahora se acabó todo, caemos. Ya no tengo celos de ti. Es mi final y el tuyo y todo parece no haber sucedido nunca."

Hollis levantó el rostro y gritó por la radio:

-¡Todo ha terminado, Lespere!

Silencio.

-¡Como si nunca hubiese ocurrido, Lespere!

-¿Quién habla? -preguntó Lespere temblorosamente.

-Soy Hollis.

Se sintió miserable. Era la mezquindad, la absurda mezquindad de la muerte. Applegate le había herido y él, Hollis, quería herir a otro. Applegate y el espacio le habían herido.

-Ahora estás aquí, Lespere. Todo ha terminado, como si nunca hubiera sucedido, ¿no es cierto?

-No.

-Cuando llega el final, todo parece no haber ocurrido nunca. ¿Es mejor tu vida que la mía, ahora? Antes, sí, ¿y ahora? El presente es lo que cuenta. ¿Es mejor? ¿Lo es?

-¡Sí, es mejor!

-¿Por qué?

-Porque conservo mis pensamientos, ¡porque recuerdo! -gritó Lespere, muy lejos, indignado, apretando los recuerdos a su pecho con ambas manos.

Y estaba en lo cierto. Hollis lo comprendió mientras una sensación fría como el hielo fluía por todo su cuerpo. Existían diferencias entre los recuerdos y los sueños. A él sólo le quedaban los sueños de las cosas que había deseado hacer, pero Lespere recordaba cosas hechas, consumadas. Este pensamiento empezó a desgarrar a Hollis con una precisión lenta, temblorosa.

-¿Y para qué te sirve eso? -gritó a Lespere-. ¿De qué te sirve ahora? Lo que llega a su fin ya no sirve para nada. No estás mejor que yo.

-Estoy tranquilo -contestó Lespere-. Tuve mi oportunidad. Y ahora no me vuelvo perverso, como tú.

-¿Perverso?

Hollis meditó. Nunca, en toda su vida, había sido perverso. Nunca se había atrevido a serlo. Durante muchos años debió de haber estado guardando su perversidad para una ocasión como la actual. "Perverso". La palabra martilleó en su mente. Se le saltaron las lágrimas y resbalaron por su cara.

-Cálmate, Hollis.

Alguien había escuchado su voz sofocada.

Era completamente ridículo. Tan sólo un momento antes, había estado aconsejando a otros, a Stimson... Había sentido coraje y creído que era auténtico. Pero, ahora lo comprendía, no se trataba más que de conmoción, y de la "serenidad", que puede acompañarla. Y ahora trataba de condensar toda una vida de emociones reprimidas en un intervalo de minutos.

-Sé lo que sientes, Hollis -dijo Lespere, ya a treinta mil kilómetros de distancia, con una voz cada vez más apagada-. No me has ofendido.

"Pero, ¿no somos iguales? -se preguntó un aturdido Hollis-. ¿Lespere y yo? ¿Aquí, ahora? Si algo ha terminado, ya está hecho. ¿Qué tiene de bueno, entonces? Los dos moriremos, de una forma o de otra."

Pero Hollis sabía que todo aquello era puro raciocinio. Era como intentar explicar la diferencia entre un hombre vivo y un cadáver: uno poseía una chispa, un aura, un elemento misterioso, y el otro no.

Y lo mismo ocurría con Lespere y él. Lespere había vivido enteramente, y ello le convertía ahora en un hombre diferente. Y él, Hollis, había estado muerto durante muchos años. Se acercaban a la muerte siguiendo distintos caminos y, con toda probabilidad, si existieran varios tipos de muertes, el de Lespere y el suyo serían tan diferentes como la noche y el día. La cualidad de la muerte, como la de la vida, debe ser de una variedad infinita. Y si uno ya ha muerto una vez, ¿por qué preocuparse de morir para siempre, tal como estaba muriendo él ahora?

Un momento después descubrió que su pie derecho había desaparecido. Estuvo a punto de reír. El aire por segunda vez había escapado de su traje. Se inclinó rápidamente y vio salir la sangre. El meteorito había cortado la carne y el traje hasta el tobillo. Oh, la muerte en el espacio era humorística: te despedaza poco a poco, cual tétrico e invisible carnicero. Hollis apretó la válvula de la rodilla. Sentía dolor y mareo. Luchó por no perder la conciencia, apretó más la válvula y contuvo la sangre, conservando el aire que le quedaba. Se enderezó y prosiguió su caída. No podía hacer más.

-¿Hollis?

Hollis respondió cansinamente, harto de aguardar la muerte.

-Aquí Applegate de nuevo -dijo la voz.

-Sí.

-He estado pensando, y escuchándote. Esto no va bien. Nos convierte en perversos. Es una forma de morir muy mala, nos saca toda la maldad que llevamos dentro. Hollis, ¿me escuchas?

-Sí

-Te mentí. Hace un momento. Te mentí. No voté contra ti. No sé por qué lo dije. Creo que deseaba hacerte daño. Parecías el más indicado. Siempre nos hemos peleado, Hollis. Creo que me estoy haciendo viejo de repente, arrepintiéndome. Cuando oí que tú eras un perverso me avergoncé. Es igual, quiero que sepas que yo también fui un idiota. No hay ni pizca de verdad en todo lo que dije. Y vete al infierno.

Hollis sintió que su corazón volvía a latir. Había estado parado durante cinco minutos. Ahora, todos sus miembros recuperaron el calor. La conmoción había terminado, y los sucesivos ataques de cólera, terror y soledad iban disipándose. Era un hombre recién salido de una ducha fría matutina, listo para desayunar y enfrentarse a un nuevo día.

-Gracias, Applegate.

-No hay de qué. Y anímate, bobo.

-¿Dónde está Stimson? ¿Cómo se encuentra?

-¿Stimson?

Todos escuchaban atentamente:

-Debe de haber muerto.

-No lo creo. ¡Stimson!

Volvieron a escuchar.

Y oyeron una respiración dificultosa, lejana, lenta...

-Es él. Escuchad.

-¡Stimson!

Nadie respondió.

Sólo podían oír una respiración lenta y bronca.

-No contestará.

-Ha perdido el conocimiento. Dios lo ayude.

-Es él, escuchen.

Una respiración apenas audible, el silencio.

-Está encerrado como una almeja. Encerrado en sí mismo, haciendo una perla. Considérenlo así, todo tiene su poesía. Él es más feliz que nosotros.

Stimson flotaba en la lejanía. Todas lo escucharon.

-¡Eh! -dijo Stone.

-¿Qué?

Hollis había contestado con toda su fuerza. Stone, más que ningún otro, era un buen amigo.

-Estoy entre un enjambre de meteoritos, pequeños asteroides.

-¿Meteoritos?

-Creo que es el grupo de Mirmidón, que se desplaza entre Marte y la Tierra y tarda cien años en recorrer su órbita. Me encuentro justo en el medio. Es como un calidoscopio gigante. Hay colores, formas y tamaños de todos los tipos. ¡Dios mío, qué hermoso es todo esto!

Silencio.

-Me voy con ellos -prosiguió Stone-. Me llevan con ellos. Estoy condenado. -Y se rió de buena gana.

Hollis trató de ver algo, pero sin conseguirlo. Allí sólo había las grandes joyas del espacio, los diamantes, los zafiros, las nieblas de esmeraldas y las tintas de terciopelo del espacio, y la voz de Dios confundiéndose entre los resplandores cristalinos. Era algo increíble y maravilloso pensar en Stone acompañando al enjambre de meteoritos. Iría más allá de Marte y volvería a la Tierra cada cinco años. Entraría y saldría de las órbitas de los planetas durante las siguientes miles y miles de años. Stone y el enjambre de Mirmidón, eternos e infinitos, girarían y se modelarían como los colores del calidoscopio de un niño cuando éste levanta el tubo hacia el sol y lo va girando.

-Adiós, Hollis. -La voz de Stone, ya muy debilitada-. Adiós.

-Buena suerte -gritó Hollis, a cincuenta mil kilómetros de distancia.

-No te hagas el gracioso -dijo Stone.

Silencio. Las estrellas se unían más y más entre ellas.

Todas las voces iban apagándose. Todas y cada una seguían su propia ruta; unas hacia el Sol, otras hacia el espacio remoto. Como el mismo Hollis. Miró hacia abajo. Él, y sólo él, volvía solitario a la Tierra.

-Adiós.

-Tómatelo con calma.

-Adiós, Hollis -dijo Applegate.

Adioses innumerables, despedidas breves. El gran cerebro, extraviado, se desintegraba. Los componentes de aquel cerebro, que habían trabajado con eficiencia y perfección dentro de la caja craneal de la nave espacial, cuando ésta aún surcaba el espacio, morían uno a uno. Todo el significado de sus vidas saltaba hecho añicos. Igual que el cuerpo muere cuando el cerebro deja de funcionar, el espíritu de la nave, todo el tiempo que habían pasado juntos, lo que los unos significaban para los otros, todo eso moría. Applegate ya no era más que un dedo arrancado del cuerpo paterno, ya nunca más sería motivo de desprecio o intrigas. El cerebro había estallado y sus fragmentos inútiles, faltos de misión que cumplir, se desperdigaban. Las voces desaparecieron y el espacio quedó en silencio. Hollis estaba solo, cayendo.

Todos estaban solos. Sus voces se habían desvanecido como los ecos de palabras divinas vibrando en el cielo estrellado. El capitán marchaba hacia el Sol. Stone se alejaba entre la nube de meteoritos, y Stimson, encerrado en sí mismo. Applegate iba hacia Plutón. Smith, Turner, Underwood... Los restos del calidoscopio, las piezas de lo que otrora fue algo coherente, se esparcían por el espacio.

"¿Y yo? -pensó Hollis-. ¿Qué puedo hacer?. ¿Puedo hacer algo para compensar una vida terrible y vacía? Si pudiera hacer algo para reparar la mezquindad de todos estos años, el absurdo del que ni siquiera me daba cuenta... Pero no hay nadie aquí. Estoy solo. ¿Cómo hacer algo que valga la pena cuando se está solo? Es imposible. Mañana por la noche me estrellaré contra la atmósfera de la Tierra. Arderé, y mis cenizas se esparcirán por todos los continentes. Seré útil. Sólo un poco, pero las cenizas son cenizas y se mezclarán con la tierra."

Caía rápidamente, como una bala, como un guijarro, como una pesa metálica. Sereno, ni triste ni feliz... Lo único que deseaba, cuando todos los demás se habían ido, era hacer algo válido, algo que sólo él sabría.

"Cuando entre en la atmósfera, arderé como un meteoro."

-Me pregunto si alguien me verá -dijo en voz alta.

Desde un camino, un niño alzó la vista hacia el cielo.

-¡Mira, mamá! ¡Mira! -gritó-. ¡Una estrella fugaz!

La estrella blanca, resplandeciente, caía en el polvoriento cielo de Illinois.

-Pide un deseo -dijo la madre del niño-. Pide un deseo.
 
rhcastro,14.05.2015
La Guerra Dulce
Thierry Breton y Denis Beneich

Continuación Capítulo I

Ésa es la Máxima, admiró Brendan en su interior. Pero conservó una expresión de prudente, neutraalidad. Brendan levantó la cara hacia el cálido chorro de agua de la ducha, retrocedió con los brazos ligeramente separados, las palmas vueltas hacia arriba en una pausa casi extática. Por largo rato dejó que el agua chorreara sobre su piel, la mordedura del fuego alternando con la del hielo; brutalizaba voluntariamente su cuerpo magullado. Jerry le había dicho que sólo los brutos peligrosos para los demás y para ellos mismos nunca tenían miedo en el ring. Pero de todos modos él estaa descontento por haberse dejado llevar a reacciones demasiado emocionales.
Después de cerrar el grifo, descolgó una enorme toalla y se friccionó vigorosamente, con un furor que iba en aumento. Detestaba la sensación de perder el dominio de sus pensamientos. Si subía al ring, no era para tener estados de ánimo, sino para desecharlos a puñetazos.
_¿Quieress arrancarte la piel?_preguntó jerry, entrando al cuarto de las duchas.
_Ah, ¡esto hace bien! _exclamó Brendan, arrojando su toalla en dirección al cesto de la ropa sucia_. ¿Te acompaño o viniste en auto?
_Tengo mi caricoche. vine a hacerte la misma pregunta. Jerry ocultó su decepción bajo una sonrisa sardónica. le gustaban los trayectos en automóvil en compañía de Brendan. Lo interrogaba sobre su ramo, haciendo esfuerzos loables por comprender la diferencia entre binario y octal, microprocesadores y minicomputadoras, dispac y disquette.
_Me voy _dijo_. Ya no ocurrió nada. Insistió. Nada. con un suspiro de fastidio, bajó a la acera de la aveida Dorchester y echó un vistazo hacia el oscuro callejón a donde daba el Gimnasio connolly, el salón de Jerry. El guardia no había llegado aún y no estaba seguro de que ese viejo italiano de oído duro fuera capaz de ayudarlo. Brendan hurgó en la guantera en busca de una linterna eléctrica, encontró una, abrió el cofre y oprimió el conmutador de la lámpaa. Estaba muerta también. En el instante en que levantó el brazo para estrellarla contra la acera, escuchó una voz femenina a sus espaldas:
_Es inútil que se exaspere. La batería está descargada. Brendan, furioso, giró sobre sus talones. Un Volkswagen rojo brillante se había deenido junto a él. la conductora había bajado el vidrio de su portezuela y le dirigía una sonrisa desarmante. Un rostro muy dulce, ojos muy azules, un poco turbados, el conjunto era tan encantador que Brendan sintió que su furor se derretía.
_ya sé que la batería está descargada. pero usted, ¿Cómo lo sabe?
Hace una hora me estacioné junto a su auto y noté que los faros estaban encendidos, ¿Quiere que lo deje en alguna parte?
Brendan cerró el cofre.
_con gusto.
_¿Qué le sucedió? _preguntó ella mirando de hito en hito a Brendan que se sentó a su lado_. ¿Se peleó?
_No, claro que no... en fin, en cierto sentido sí, hace poco tiempo que practico el boxeo, así es que todos los golpes son para mí...
_No soy insensible a la belleza de una buena pelea, pero... parece que es malo para el cerebro
_Mi IQ está bien, gracias.
la joven rió y dijo:
_Me llamo Sally.
_Y yo Brendan. ¿Cenamos juntos esta noche?
_¡No pierde usted su tiempo! ¿Cree tener futuro en el boxeo?
_Desvía usted la conversación. No, practico el boxeo como aficionado. Soy profesor en el MIF.*
-Ah, ¿da clases en el ''Tec'' ? Conozco mucha gente...
_Por favor, me gustaría que evitáramos el desfile de relaciones comunes. Prefiero habérmelas con una desconocida a quien he invitado a cenar.
_Otra vez! Pero¿Por qué se empeña tanto en invitarme a cenar?¿Es realmente necesario que sus aproximaciones tengan tanto pegue?
Ela pronunció esta última frase sin agresividad, con una indiferencia apenas burlona. Brendan adoptó un semblante más doctoral para responder:
_En toda situación, lo importante es determinar, entre procesos empleados, aquellos que la lograrán. Así el momento presente es confuso porque rebasa potencialidades contradictorias. Usted puede frenar de golpe y pedir socorro al primer polizonte que venga, declarándole que subió en su auo a un sátiro. Podemos tener una conversación fastidiosa sobre los inconvenientes y las ventajas de la práctica del boxeo. Yo puedo sumirme en el silencio del macho sorprendido por una bella mujer en un situación poco gloriosa: con el auto averiado y un hematoma en el mentón. Existen muchas otras posibilidades; pero antes de seleccionar una, propongo que tomemos en cuenta dos elementos principales, en primer lugar, ustesd es tan bonita que yo estoy presto a seguirla, en segundo lugar, usted me recogió a la orilla el camino pero no me preguntó a dónde iba... tanto que el tiempo pasa y no ceso de alejarme de mi casa... Usted me lleva, por tanto, a alguna parte sin mi consentimiento, de ahi mi preunta: ¡le gustaría un ''poulet Marcel? en Aother Seasons? A menos que prefiera un ''poulet Verdichio'' en Felicia...
_¡Uf! _exclamó ella_, ¡qué planteamiento!
Aminoró bruscamente la velocidad. Acababan de dejar atrás el Massachusetts General Hospital, y el auto tomó Storrow Drive, desde donde divisaron las bellas residencias de Beacon Hill y el domo dorado de la State House.
_¡A dónde iba? _preguntó Sally.
_Ah, déjeme aquí. tomaré un taxi. En south boston, hubiera tenido todas las dificultades del mundo para encontrar uno. Le agradezco que me haya sacado de este mal paso...
El auto se detuvo junto a la acera. Brendan abrió la portezuela.
_Escuche _dijo Sally_, no crea que no tengo ganas de cenar con usted, pero esta noche estoy invitada al cumpleños de una amiga. Es en commonwealth Avenue y estoy retrasada...
_No me diga que es en el Saint-Botolph, ese cumpleaños.
_¡Sí!
_Y su amiga se llama elisabeth...
_Winfield _completó Sally_. ¿la conoce?
_Es una de mis alumnas. Me invitó , pero no tenía deseos de ir, no estaba de humor.
_¿Habla usted en pasado?
_Sí, convino Brendan, instalándose de nuevo en su asiento. Cerró de golpe la portezuela._ Ahora -añadió sonriendo-, estoy de humpor para ir.


12 de mayo de 1980. bitebsk, Bielorrusia.

Cuando me casé, no tenía ni la menor idea de lo que era el matrimonio para una mujer. Sin duda es una perspectiva que se impone por sí misma, cuando una ha renunciado a la libertad y al sueño del príncipe azul.
Tenía veintiocho años y sabía que la jovencita que llevaba dentro había callado para siempre. Me sentía más mujer cada día, que tomaba cuerpo, en cierto modo, y me volvía más consciente de la vida que habitaba en mí.
Durante mucho tiempo creí que había algo en la nube de los sueños y quise aprisionarlo. Creí en los fantasmas de mi imaginación, que mecían dulcemente mi alma romántica.
''Desconfía del mundo material'' murmurában, ''hay contornos peligrosos, ángulos agudos, aristas constantes... ''
Ahora sé que el fantasma es el mundo y que únicamente tiene el rostro que uno le atribuye. Si ya no tengo miedo, es porque me reconozco en él.
Supongo que, en el momento de casarse, una mujer debe hacer una especie de balance de su existencia, trazar una gran línea en el horizonte para separa lo alto de lo bajo, lo que quedará para siempre como el sueño de lo que hace la realidad. Una clasifica sus sentimientos y condena algunos a cubrirse de polvo bajo el rayo de luz de los recuerdos. a esto se le llama poner orden en su vida y se considera qu este orden os da un cierto dominio sobre nuestro destino.Yo lo dudo mucho, pero es más sencillo vivir como si lo creyera.
Hoy, a cinco años de distancia, el día en que tracé esa línea en mi vida viene a mi menmoria con ua extraodinaria nitidez...
Serguei, mi esposo, está sentado a mi lado, la mesa del banquete está dispuesta en el prado. Es la hora en que el coñac georgiano corre a chorros. Después de la ceremonia en la Casa del Pueblo, todos los personajes del partido, de la secretario del comité del Partido de la ciudad conversó largamente con serguei, el coronel Kirchniev, del Comité de Seguridad del Estado. Mi madre se encontraba en el extremo opuesto del buffet cuando trajeron los telegramas, los interceptó y me gritó de un lado a otro:
_¡Felicitacions de Minsk!
Entre la multitud de colaboradores del Comité de la región de Vitebsk, de directores de departamento de la universidad y de funcionarios regionales de la KGB, pareció un poco intempestiva esta manifestación de orgullo maternal. Serguei se contentó con sonreir. Después de su primer encuentro, mi madre y él firmaron un pacto de no agresión. Ella de ninguna manera se comportaría como en la historia que se propala en el instituto, la de la campesina que visitó a su hijo, alto funcionario del Comité Central, diciéndole al ver su aspecto:
_Es muy hermoso, hijo, pero ¿qué será de nosotros si llegan los Rojos?
Mi babouchka no se inquietó, sino que se mostró encantada cuando descubrió el apartamento de mi futuro esposo. Admiró como convenía su colección de discos occidentales, que más uqe probar el buen gusto musical de Serguei(efectivamente tiene buen gusto) comprobaba su pertenencia a la dichosa élite de los ''vyezdnye'', personas autorizadas a viajar al extranjero. Ella restó oído atento a sus explicaciones sobre la carrrera que se abre ante un responsable de la seguridad del Estado, cuando ha sabido solucionar ciertos asuntos delicados, y sobre todo, cuando ha tenido la suerte de trabajar bajo las órdenes de Pavliv pavlovtsev, un hombre a quien Andropov, el amo de la KGB, ha tenido empeño en mantener cerca de él en Moscú.
 
rhcastro,24.08.2015
Confesiones de una mujer.

Amigo mío, me ha pedido usted que le cuente los recuerdos más vivos de mi existencia. Soy muy vieja, sin parientes, sin hijos; puedo, pues, libremente confesarme con usted. Prométame sólo que jamás desvelará mi nombre. He sido muy amada, usted lo sabe; y a menudo amé yo también. Era muy hermosa; puedo decirlo hoy, cuando ya nada queda. El amor era para mí la vida del alma, como el aire es la vida del cuerpo. Hubiera preferido morir a existir sin ternura, sin un pensamiento siempre clavado en mí. Las mujeres pretenden con frecuencia no amar sino una sola vez con todo el poder de su corazón; con frecuencia me ocurrió que amaba tan violentamente que me parecía imposible que aquellos transportes finalizasen. Y sin embargo se extinguían siempre de una forma natural, como un fuego falto de leña. Le contaré hoy la primera de mis aventuras, en la que yo fui muy inocente, aunque determinó las otras. La horrible venganza de ese espantoso farmacéutico de Le Pecq me ha recordado el terrible drama al cual asistí muy a mi pesar. Estaba casada desde hacía un año, con un hombre rico, el conde Hervé de Ker..., un bretón de vieja cepa al cual, por supuesto, no amaba. El amor, el verdadero, necesita, o por lo menos así lo creo, libertad y obstáculos al mismo tiempo. El amor impuesto, sancionado por la ley, bendecido por el sacerdote, ¿es amor? Un beso legal nunca vale lo que un beso robado. Mi marido era de elevada estatura, elegante y todo un gran señor de aspecto. Pero carecía de inteligencia. Hablaba de un modo terminante, emitía opiniones cortantes como cuchillos. Se le notaba una mente llena de ideas preconcebidas, infundidas en él por sus padres que a su vez las habían recibido de sus antepasados. No vacilaba jamás, daba sobre todo una opinión inmediata y limitada, sin el menor embarazo y sin comprender que pudieran existir otros modos de ver. Se notaba que aquella cabeza estaba cerrada, que por ella no circulaban ideas, esas ideas que renuevan y sanean un espíritu como el viento que atraviesa una casa cuyas puertas y ventanas se abren. El castillo donde vivíamos se encontraba en plena región desierta. Era un gran edificio triste, enmarcado por árboles enormes cuyo musgo hacía pensar en las blancas barbas de los ancianos. El parque, un verdadero bosque, estaba rodeado por un profundo foso de esos que llaman salto de lobo; y al final, del lado del páramo, teníamos dos grandes estanques llenos de cañas y de hierbas flotantes. Entre los dos, a orillas de un arroyo que los unía, mi marido había mandado construir una pequeña choza para tirar sobre los patos salvajes. Teníamos, amén de nuestros criados normales, un guarda, una especie de bruto adicto a mi marido hasta la muerte, y una doncella, casi una amiga, locamente ligada a mí. Yo la había traído de España cinco años antes. Era una niña abandonada. Se la hubiera tomado por una gitana a causa de su tez morena, de sus ojos oscuros, de sus cabellos profundos como un bosque y siempre encrespados en torno a la frente. Contaba entonces dieciséis años, pero aparentaba veinte. Comenzaba el otoño. Cazábamos mucho, unas veces en las propiedades de los vecinos, otras en la nuestra; y yo me fijé en un joven, el barón de C..., cuyas visitas al castillo se volvían singularmente frecuentes. Después dejó de venir, y no pensé más en él; pero me di cuenta de que mi marido cambiaba de actitud conmigo. Parecía taciturno, preocupado, ya no me abrazaba; y aunque casi no entraba en mi dormitorio, que yo había exigido separado del suyo con el fin de vivir un poco sola, a menudo oía, de noche, unos pasos furtivos que llegaban hasta mi puerta y se alejaban tras unos minutos. Como mi ventana estaba en la planta baja, a menudo creí también oír merodeos en la sombra, en torno al castillo. Se lo dije a mi marido, que me miró fijamente durante unos segundos y después respondió: -No es nada, es el guarda. Ahora bien, una noche, cuando acabábamos de cenar, Hervé, que parecía muy alegre, contra su costumbre, con una alegría socarrona, me preguntó: -¿Le gustaría a usted pasar tres horas al acecho para matar un zorro que viene por las noches a comerse mis gallinas? Me quedé sorprendida; vacilaba; pero como él me examinaba con singular obstinación, acabé respondiendo: -Claro que sí, amigo mío. Tengo que decirle que yo cazaba como un hombre lobos y jabalíes. Conque era muy natural que me propusiera aquel acecho. Pero mi marido de repente adoptó un aire extrañamente nervioso; y durante toda la velada estuvo agitado, levantándose y volviéndose a sentar febrilmente. Hacía las diez me dijo de pronto: -¿Está usted preparada? Me levanté. Y cuando él me trajo mi escopeta, pregunté: -¿Hay que cargar con bala o con posta? Pareció sorprendido, y después prosiguió: -¡Oh!, sólo con posta, bastará, puede estar segura. Después, tras unos segundos, agregó con singular tono: -¡Puede usted alabarse de su sangre fría! Me eché a reír: -¿Yo? ¿Por qué? ¡Sangre fría para ir a matar un zorro! Pero, ¡qué ideas tiene usted, amigo mío! Y henos aquí en marcha, sin hacer ruido, a través del parque. Toda la casa dormía. La luna llena parecía teñir de amarillo el viejo edificio oscuro cuyo tejado de pizarra relucía. Las dos torrecillas que lo flanqueaban ostentaban en su cima dos placas de luz, y ningún ruido turbaba el silencio de aquella noche clara y triste, dulce y pesada, que parecía muerta. Ni el menor soplo de aire, ni un grito de un sapo, ni un gemido de lechuza; un lúgubre entorpecimiento se había abatido sobre todo. Cuando estuvimos bajo los árboles del parque me asaltó su frescura, y un olor a hojas caídas. Mi marido no decía nada, pero escuchaba, espiaba, parecía olfatear en las sombras, poseído de pies a cabeza por la pasión de la caza. Pronto llegamos al borde de los estanques. Su cabellera de juncos permanecía inmóvil, ningún soplo la acariciaba; pero por el agua corrían movimientos apenas sensibles. A veces un punto se agitaba en la superficie, y de allí partían leves círculos, semejantes a arrugas luminosas, que se agrandaban sin fin. Cuando llegamos a la choza donde debíamos emboscarnos, mi marido me dejó pasar delante, después armó lentamente su escopeta y el chasquido seco de las piezas me produjo un extraño efecto. Me sintió temblar y me preguntó: -¿Es, acaso, que ya le basta a usted con esta prueba? Pues márchese. Respondí, muy sorprendida: -Nada de eso, no he venido para regresar. ¿Está usted de broma esta noche? Murmuró: -Como usted quiera. Y permanecimos inmóviles. Al cabo de una media hora, como nada turbaba la pesada y clara tranquilidad de aquella noche de otoño, dije, en voz baja: -¿Está usted seguro de que pasa por aquí? Hervé tuvo una sacudida, como si lo hubiera mordido, y, con la boca pegada a mi oído: -Estoy seguro, escuche. Y volvió a reinar el silencio. Creo que empezaba a amodorrarme cuando mi marido me apretó el brazo; y su voz silbante, cambiada, pronunció: -¿No le ve usted, allá abajo, entre los árboles? Por mucho que miraba, yo no distinguía nada. Y lentamente Hervé apuntó, mientras me miraba fijamente a los ojos. Yo misma estaba preparada para disparar, cuando de pronto, a treinta pasos de nosotros, apareció a plena luz un hombre que avanzaba a pasos rápidos, con el cuerpo inclinado, como si viniera huyendo. Me quedé tan estupefacta que lancé un violento grito; pero antes de que pudiera volverme, ante mis ojos pasó una llama, una detonación me aturdió, y vi al hombre rodar por el suelo como un lobo que recibe una bala. Lancé agudos clamores, espantada, asaltada por la locura; y entonces una mano furiosa, la de Hervé, me asió por la garganta. Fui derribada, y después alzada en sus robustos brazos. Corrió, llevándome en vilo, hacia el cuerpo tendido sobre la hierba, y me arrojó sobre él, violentamente, como si hubiera querido romperme la cabeza. Me sentí perdida; iba a matarme; y ya alzaba sobre mi frente su tacón, cuando a su vez fue sujetado y derribado, sin que yo hubiese entendido aún lo que estaba ocurriendo. Me alcé bruscamente y vi, de rodillas sobre él, a Paquita, mi criada, que, aferrada a él como un gato furioso, crispada, enloquecida, le arrancaba la barba, el bigote y la piel del rostro. Después, como asaltada bruscamente por otra idea, se levantó y, arrojándose sobre el cadáver, lo estrechó entre sus brazos, besándolo en los ojos, en la boca, abriendo con sus labios los labios muertos, buscando en ellos un hálito, y la profunda caricia de los amantes. Mi marido, en pie, la miraba. Comprendió y, cayendo a mis pies: -¡Oh! perdón, querida mía; sospeché de ti y he matado al amante de esta muchacha; mi guarda me ha engañado. Yo, por mi parte, miraba los extraños besos de aquel muerto y aquella viviente; y los sollozos de ella, y sus sobresaltos de amor desesperado. Y en ese momento comprendí que le sería infiel a mi marido. -

Guy de Maupassant.
 
rhcastro,01.10.2015
A la deriva [Cuento. Texto completo.] Horacio Quiroga

El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque. El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras. El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho. El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento. Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba. -¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña1! Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno. -¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña! -¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada. -¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo! La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta. -Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre
gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla. Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo. Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú. El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte. La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados. La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho. -¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano. -¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva. El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única. El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración. El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas
para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú. El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje. ¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay. Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente. De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración... Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves... El hombre estiró lentamente los dedos de la mano. -Un jueves... Y cesó de respirar. FIN

Cuentos de amor de locura y de muerte, 1917
 
lucrezio,01.10.2015
Inamible- Baldomero Lillo

Ruperto Tapia, alias "El Guarén", guardián tercero de la policía comunal, de servicio esa mañana en la población, iba y venía por el centro de la bocacalle con el cuerpo erguido y el ademán grave y solemne del funcionario que está penetrado de la importancia del cargo que desempeña.
De treinta y cinco años, regular estatura, grueso, fornido, el guardián Tapia goza de gran prestigio entre sus camaradas. Se le considera un pozo de ciencia, pues tiene en la punta de la lengua todas las ordenanzas y reglamentos policiales, y aun los artículos pertinentes del Código Penal le son familiares. Contribuye a robustecer esta fama de sabiduría su voz grave y campanuda, la entonación dogmática y sentenciosa de sus discursos y la estudiada circunspección y seriedad de todos sus actos. Pero de todas sus cualidades, la más original y característica es el desparpajo pasmoso con que inventa un término cuando el verdadero no acude con la debida oportunidad a sus labios. Y tan eufónicos y pintorescos le resultan estos vocablos, con que enriquece el idioma, que no es fácil arrancarles de la memoria cuando se les ha oído siquiera una vez.

Mientras camina haciendo resonar sus zapatos claveteados sobre las piedras de la calzada, en el moreno y curtido rostro de "El Guarén" se ve una sombra de descontento. Le ha tocado un sector en que el tránsito de vehículos y peatones es casi nulo. Las calles plantadas de árboles, al pie de los cuales se desliza el agua de las acequias, estaban solitarias y va a ser dificilísimo sorprender una infracción, por pequeña que sea. Esto le desazona, pues está empeñado en ponerse en evidencia delante de los jefes como un funcionario celoso en el cumplimiento de sus deberes para lograr esas jinetas de cabo que hace tiempo ambiciona. De pronto, agudos chillidos y risas que estallan resonantes a su espalda lo hacen volverse con presteza. A media cuadra escasa una muchacha de 16 a 17 años corre por la acera perseguida de cerca por un mocetón que lleva en la diestra algo semejante a un latiguillo. "El Guarén" conoce a la pareja. Ella es sirvienta en la casa de la esquina y él es Martín, el carretelero, que regresa de las afueras de la población, donde fue en la mañana a llevar sus caballos para darles un poco de descanso en el potrero. La muchacha, dando gritos y risotadas, llega a la casa donde vive y se entra en ella corriendo. Su perseguidor se detiene un momento delante de la puerta y luego avanza hacia el guardián y le dice sonriente:
-¡Cómo gritaba la picarona, y eso que no alcancé a pasarle por el cogote el bichito ese!
Y levantando la mano en alto mostró una pequeña culebra que tenía asida por la cola, y agregó:
-Está muerta, la pillé al pie del cerro cuando fui a dejar los caballos. Si quieres te la dejo para que te diviertas asustando a las prójimas que pasean por aquí.
Pero "El Guarén", en vez de coger el reptil que su interlocutor le alargaba, dejó caer su manaza sobre el hombro del carretelero y le intimó.
-Vais a acompañarme al cuartel.
-¡Yo al cuartel! ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Me lleváis preso, entonces? -profirió rojo de indignación y sorpresa el alegre bromista de un minuto antes.
Y el aprehensor, con el tono y ademán solemnes que adoptaba en las grandes circunstancias, le dijo, señalándole el cadáver de la culebra que él conservaba en la diestra:
-Te llevo porque andas con animales -aquí se detuvo, hesitó un instante y luego con gran énfasis prosiguió-: Porque andas con animales inamibles en la vía pública.
Y a pesar de las protestas y súplicas del mozo, quien se había librado del cuerpo del delito, tirándolo al agua de la acequia, el representante de la autoridad se mantuvo inflexible en su determinación.
A la llegada al cuartel, el oficial de guardia, que dormitaba delante de la mesa, los recibió de malísimo humor. En la noche había asistido a una comida dada por un amigo para celebrar el bautizo de una criatura, y la falta de sueño y el efecto que aún persistía del alcohol ingerido durante el curso de la fiesta mantenían embotado su cerebro y embrolladas todas sus ideas. Su cabeza, según el concepto vulgar, era una olla de grillos.
Después de bostezar y revolverse en el asiento, enderezó el busto y lanzando furiosas miradas a los inoportunos cogió la pluma y se dispuso a redactar la anotación correspondiente en el libro de novedades. Luego de estampar los datos concernientes al estado, edad y profesión del detenido, se detuvo e interrogó:
-¿Por qué le arrestó, guardián?
Y el interpelado, con la precisión y prontitud del que está seguro de lo que dice, contestó:
-Por andar con animales inamibles en la vía pública, mi inspector.
Se inclinó sobre el libro, pero volvió a alzar la pluma para preguntar a Tapia lo que aquella palabra, que oía por primera vez, significaba, cuando una reflexión lo detuvo: si el vocablo estaba bien empleado, su ignorancia iba a restarle prestigio ante un subalterno, a quien ya una vez había corregido un error de lenguaje, teniendo más tarde la desagradable sorpresa al comprobar que el equivocado era él. No, a toda costa había que evitar la repetición de un hecho vergonzoso, pues el principio básico de la disciplina se derrumbaría si el inferior tuviese razón contra el superior. Además, como se trataba de un carretelero, la palabra aquella se refería, sin duda, a los caballos del vehículo que su conductor tal vez hacía trabajar en malas condiciones, quién sabe si enfermos o lastimados. Esta interpretación del asunto le pareció satisfactoria y, tranquilizado ya, se dirigió al reo:
-¿Es efectivo eso? ¿Qué dices tú?
-Sí, señor; pero yo no sabía que estaba prohibido.
Esta respuesta, que parecía confirmar la idea de que la palabra estaba bien empleada, terminó con la vacilación del oficial que, concluyendo de escribir, ordenó en seguida al guardián:
-Páselo al calabozo.
Momentos más tarde, reo, aprehensor y oficial se hallaban delante del prefecto de policía. Este funcionario, que acababa de recibir una llamada por teléfono de la gobernación, estaba impaciente por marcharse.
-¿Está hecho el parte? -preguntó.
-Sí, señor -dijo el oficial, y alargó a su superior jerárquico la hoja de papel que tenía en la diestra.
El jefe la leyó en voz alta, y al tropezar con un término desconocido se detuvo para interrogar:
-¿Qué significa esto? -Pero no formuló la pregunta. El temor de aparecer delante de sus subalternos ignorante, le selló los labios. Ante todo había que mirar por el prestigio de la jerarquía. Luego la reflexión de que el parte estaba escrito de puño y letra del oficial de guardia, que no era un novato, sino un hombre entendido en el oficio, lo tranquilizó. Bien seguro estaría de la propiedad del empleo de la palabreja, cuando la estampó ahí con tanta seguridad. Este último argumento le pareció concluyente, y dejando para más tarde la consulta del Diccionario para aclarar el asunto, se encaró con el reo y lo interrogó:
-Y tú, ¿qué dices? ¿Es verdad lo que te imputan?
-Sí, señor Prefecto, es cierto, no lo niego. Pero yo no sabía que estaba prohibido.
El jefe se encogió de hombros, y poniendo su firma en el parte, lo entregó al oficial, ordenando:
-Que lo conduzcan al juzgado.
En la sala del juzgado, el juez, un jovencillo imberbe que, por enfermedad del titular, ejercía el cargo en calidad de suplente, después de leer el parte en voz alta, tras un breve instante de meditación, interrogó al reo:
-¿Es verdad lo que aquí se dice? ¿Qué tienes que alegar en tu defensa?
La respuesta del detenido fue igual a las anteriores:
-Sí, usía; es la verdad, pero yo ignoraba que estaba prohibido.
El magistrado hizo un gesto que parecía significar: "Sí, conozco la cantinela; todos dicen lo mismo". Y, tomando la pluma, escribió dos renglones al pie del parte policial, que en seguida devolvió al guardián, mientras decía, fijando en el reo una severa mirada:
-Veinte días de prisión, conmutables en veinte pesos de multa.
En el cuartel el oficial de guardia hacía anotaciones en una libreta, cuando "El Guarén" entró en la sala y, acercándose a la mesa, dijo:
-El reo pasó a la cárcel, mi inspector.
-¿Lo condenó el juez?
-Sí; a veinte días de prisión, conmutables en veinte pesos de multa; pero como a la carretela se le quebró un resorte y hace varios días que no puede trabajar en ella, no le va a ser posible pagar la multa. Esta mañana fue a dejar los caballos al potrero.
El estupor y la sorpresa se pintaron en el rostro del oficial.
-Pero si no andaba con la carretela, ¿cómo pudo, entonces, infringir el reglamento del tránsito?
-El tránsito no ha tenido nada que ver con el asunto, mi inspector.
-No es posible, guardián; usted habló de animales...
-Sí, pero de animales inamibles, mi inspector, y usted sabe que los animales inamibles son sólo tres: el sapo, la culebra y la lagartija. Martín trajo del cerro una culebra y con ella andaba asustando a la gente en la vía pública. Mi deber era arrestarlo, y lo arresté.
Eran tales la estupefacción y el aturdimiento del oficial que, sin darse cuenta de lo que decía, balbuceó:
-Inamibles, ¿por qué son inamibles?
El rostro astuto y socarrón de "El Guarén" expresó la mayor extrañeza. Cada vez que inventaba un vocablo, no se consideraba su creador, sino que estimaba de buena fe que esa palabra había existido siempre en el idioma; y si los demás la desconocían, era por pura ignorancia. De aquí la orgullosa suficiencia y el aire de superioridad con que respondió:
-El sapo, la culebra y la lagartija asustan, dejan sin ánimo a las personas cuando se las ve de repente. Por eso se llaman inamibles, mi inspector.
Cuando el oficial quedó solo, se desplomó sobre el asiento y alzó las manos con desesperación. Estaba aterrado. Buena la había hecho, aceptando sin examen aquel maldito vocablo, y su consternación subía de punto al evidenciar el fatal encadenamiento que su error había traído consigo. Bien advirtió que su jefe, el Prefecto, estuvo a punto de interrogarlo sobre aquel término; pero no lo hizo, confiando, seguramente, en la competencia del redactor del parte. ¡Dios misericordioso! ¡Qué catástrofe cuando se descubriera el pastel! Y tal vez ya estaría descubierto. Porque en el juzgado, al juez y al secretario debía haberles llamado la atención aquel vocablo que ningún diccionario ostentaba en sus páginas. Pero esto no era nada en comparación de lo que sucedería si el editor del periódico local, "El Dardo", que siempre estaba atacando a las autoridades, se enterase del hecho. ¡Qué escándalo! ¡Ya le parecía oír el burlesco comentario que haría caer sobre la autoridad policial una montaña de ridículo!

Se había alzado del asiento y se paseaba nervioso por la sala, tratando de encontrar un medio de borrar la torpeza cometida, de la cual se consideraba el único culpable. De pronto se acercó a la mesa, entintó la pluma y en la página abierta del libro de novedades, en la última anotación y encima de la palabra que tan trastornado lo traía, dejó caer una gran mancha de tinta. La extendió con cuidado, y luego contempló su obra con aire satisfecho. Bajo el enorme borrón era imposible ahora descubrir el maldito término, pero esto no era bastante; había que hacer lo mismo con el parte policial. Felizmente, la suerte érale favorable, pues el escribiente del Alcaide era primo suyo, y como el Alcaide estaba enfermo, se hallaba a la sazón solo en la oficina. Sin perder un momento, se trasladó a la cárcel, que estaba a un paso del cuartel, y lo primero que vio encima de la mesa, en sujetapapeles, fue el malhadado parte. Aprovechando la momentánea ausencia de su pariente, que había salido para dar algunas órdenes al personal de guardia, hizo desaparecer bajo una mancha de tinta el término que tan despreocupadamente había puesto en circulación. Un suspiro de alivio salió de su pecho. Estaba conjurado el peligro, el documento era en adelante inofensivo y ninguna mala consecuencia podía derivarse de él.

Mientras iba de vuelta al cuartel, el recuerdo del carretelero lo asaltó y una sombra de disgusto veló su rostro. De pronto se detuvo y murmuró entre dientes:
-Eso es lo que hay que hacer, y todo queda así arreglado.
Entre tanto, el prefecto no había olvidado la extraña palabra estampada en un documento que llevaba su firma y que había aceptado, porque las graves preocupaciones que en ese momento lo embargaban relegaron a segundo término un asunto que consideró en sí mínimo e insignificante. Pero más tarde, un vago temor se apoderó de su ánimo, temor que aumentó considerablemente al ver que el Diccionario no registraba la palabra sospechosa.

Sin perder tiempo, se dirigió donde el oficial de guardia, resuelto a poner en claro aquel asunto. Pero al llegar a la puerta por el pasadizo interior de comunicación, vio entrar en la sala a "El Guarén", que venía de la cárcel a dar cuenta de la comisión que se le había encomendado. Sin perder una sílaba, oyó la conversación del guardián y del oficial, y el asombro y la cólera lo dejaron mudo e inmóvil, clavado en el pavimento.

Cuando el oficial hubo salido, entró y se dirigió a la mesa para examinar el Libro de Novedades. La mancha de tinta que había hecho desaparecer el odioso vocablo tuvo la rara virtud de calmar la excitación que lo poseía. Comprendió en el acto que su subordinado debía estar en ese momento en la cárcel, repitiendo la misma operación en el maldito papel que en mala hora había firmado. Y como la cuestión era gravísima y exigía una solución inmediata, se propuso comprobar personalmente si el borrón salvador había ya apartado de su cabeza aquella espada de Damocles que la amenazaba.

Al salir de la oficina del Alcaide el rostro del Prefecto estaba tranquilo y sonriente. Ya no había nada que temer; la mala racha había pasado. Al cruzar el vestíbulo divisó tras la verja de hierro un grupo de penados.

Su semblante cambió de expresión y se tornó grave y meditabundo. Todavía queda algo que arreglar en ese desagradable negocio, pensó. Y tal vez el remedio no estaba distante, porque murmuró a media voz:
-Eso es lo que hay que hacer; así queda todo solucionado.

Al llegar a la casa, el juez, que había abandonado el juzgado ese día un poco más temprano que de costumbre, encontró a "El Guarén" delante de la puerta, cuadrado militarmente. Habíanlo designado para el primer turno de punto fijo en la casa del magistrado. Éste, al verle, recordó el extraño vocablo del parte policial, cuyo significado era para él un enigma indescifrable. En el Diccionario no existía y por más que registraba su memoria no hallaba en ella rastro de un término semejante.

Como la curiosidad lo consumía, decidió interrogar diplomáticamente al guardián para inquirir de un modo indirecto algún indicio sobre el asunto. Contestó el saludo del guardián, y le dijo afable y sonriente:
-Lo felicito por su celo en perseguir a los que maltratan a los animales. Hay gentes muy salvajes. Me refiero al carretelero que arrestó usted esta mañana, por andar, sin duda, con los caballos heridos o extenuados.

A medida que el magistrado pronunciaba estas palabras, el rostro de "El Guarén" iba cambiando de expresión. La sonrisa servil y gesto respetuoso desaparecieron y fueron reemplazados por un airecillo impertinente y despectivo. Luego, con un tono irónico bien marcado, hizo una relación exacta de los hechos, repitiendo lo que ya había dicho, en el cuartel, al oficial de guardia.

El juez oyó todo aquello manteniendo a duras penas su seriedad, y al entrar en la casa iba a dar rienda suelta a la risa que le retozaba en el cuerpo, cuando el recuerdo del carretelero, a quien había enviado a la cárcel por un delito imaginario, calmó súbitamente su alegría. Sentado en su escritorio, meditó largo rato profundamente, y de pronto, como si hubiese hallado la solución de un arduo problema, profirió con voz queda:
-Sí, no hay duda, es lo mejor, lo más práctico que se puede hacer en este caso.

En la mañana del día siguiente de su arresto, el carretelero fue conducido a presencia del Alcaide de la cárcel, y este funcionario le mostró tres cartas, en cuyos sobres, escritos a máquina, se leía:
"Señor Alcaide de la Cárcel de... Para entregar a Martín Escobar". (Éste era el nombre del detenido.)

Rotos los sobres, encontró que cada uno contenía un billete de veinte pesos. Ningún escrito acompañaba el misterioso envío. El Alcaide señaló al detenido el dinero, y le dijo sonriente:
-Tome, amigo, esto es suyo, le pertenece.
El reo cogió dos billetes y dejó el tercero sobre la mesa, profiriendo:
-Ese es para pagar la multa, señor Alcaide.

Un instante después, Martín el carretelero se encontraba en la calle, y decía, mientras contemplaba amorosamente los dos billetes:
-Cuando se me acaben, voy al cerro, pillo un animal inamible, me tropiezo con "El Guarén" y ¡zas! al otro día en el bolsillo tres papelitos iguales a éstos.

 
filiberto,07.10.2015
El cuento A la deriva, más lo leo, más me atrapa. Que lindo este lugar, vendré más seguido. Hay mucho que leer aquí.
 
glori,07.10.2015
La muerte de Ivan Ilich, me encantó. Gracias.
 
rhcastro,07.10.2015
¡Y mucho que agregar fil!

Si, tambié me encantó glori, fue un muy buen aporte de lucrezio.
 
rhcastro,07.10.2015
, glori,
 
rhcastro,07.10.2015

La tona. Francisco Rojas Gonzales.

Crisanta descendió por la vereda que culebreaba entre los peñascos de la loma clavada entre la aldehuela y el río, de aquel río bronco al que tributaban los torrentes que, abriéndose paso entre jarales y yerbajos, se precipitaban arrastrando tras sí costras de roble hurtadas al monte. Tendido en la hondonada, Tapijulapa, el pueblo de indios pastores. Las torrecitas de la capilla, patinadas de fervores y lamosas de años, perforaban la nube aprisionada entre los brazos de la cruz de hierro.
Crisanta, india joven, casi niña, bajaba por el sendero; el aire de la media tarde calosfriaba su cuerpo encorvado al peso de un tercio de leña; la cabeza gacha y sobre la frente un manojo de cabellos empapados de sudor. Sus pies —garras a ratos, pezuñas por momentos— resbalaban sobre las lajas, se hundían en los líquenes o se asentaban como extremidades de plantígrado en las planadas del senderillo… Los muslos de la hembra, negros y macizos, asomaban por entre los harapos de la enagua de algodón, que alzaba por delante hasta arriba de las rodillas, porque el vientre estaba urgido de preñez… la marcha se hacía más penosa a cada paso; la muchacha deteníase por instantes a tomar alientos; mas luego, sin levantar la cara, reanudaba el camino con ímpetus de bestia que embistiera al fantasma del aire.
Pero hubo un momento en que las piernas se negaron al impulso, vacilaron. Crisanta alzó por primera vez la cabeza e hizo vagar sus ojos en la extensión. En el rostro de la mujercita zoque cayó un velo de angustia; sus labios temblaron y las aletas de su nariz latieron, tal si olfatearan. Con pasos inseguros la india buscó las riberas; diríase llevada entonces por un instinto, mejor que impulsada por un pensamiento. El río estaba cerca, a no más de veinte pasos de la vereda. Cuando estuvo en las márgenes, desató el ―mecapal‖ anudado en su frente y con apremios depositó en el suelo el fardo de leña; luego, como lo hacen todas las zoques, todas:
la abuela,
la madre,
la hermana,
la amiga,
la enemiga,
remangó hasta arriba de la cintura su faldita andrajosa, para sentarse en cuclillas, con las piernas abiertas y las manos crispadas sobre las rodillas amoratadas y ásperas. Entonces se esforzó al lancetazo del dolor. Respiró profunda, irregularmente, tal si todas las dolencias hubiéransele anidado en la garganta. Después hizo de sus manos, de aquellas manos duras, agrietadas y rugosas de fatigas, utensilios de consuelo, cuando las pasó por el excesivo vientre ahora convulso y acalambrado. Los ojos escurrían lágrimas que
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brotaban de las escleróticas congestionadas. Pero todo esfuerzo fue vano. Llevó después sus dedos, únicos instrumentos de alivio, hasta la entrepierna ardorosa, tumefacta y de ahí los separó por inútiles… Luego los encajó en la tierra con fiereza y así los mantuvo, pujando rabia y desesperación… De pronto la sed se hizo otra tortura… y allá fue, arrastrándose como coyota, hasta llegar al río: tendióse sobre la arena, intentó beber, pero la náusea se opuso cuantas veces quiso pasar un trago; entonces mugió si desesperación y rodó en la arena entre convulsiones. Así la halló Simón su marido.
Cuando el mozo llegó hasta su Crisanta, ella lo recibió con palabras duras en lengua zoque; pero Simón se había hecho sordo. Con delicadeza la levantó en brazos para conducirla a su choza, aquel jacal pajizo, incrustado en la falda de la loma. El hombrecito depositó en el petate la carga trémula de dos vidas y fue en busca de Altagracia, la comadrona vieja que moría de hambre en aquel pueblo en donde las mujeres se las arreglaban solas, a orillas del río, sin más ayuda que sus manos, su esfuerzo y sus gemidos.
Altagracia vino al jacal seguida de Simón. La vieja encendió un manojo de ocote que dejó arder sobre una olla, en seguida, con ademanes complicados y posturas misteriosas, se arrodilló sobre la tierra apisonada, rezó un credo al revés, empezando por el ―amén‖ para concluir en el ―… padre, Dios en creo‖; fórmula, según ella, ―linda‖ para sacar de apuros a la más comprometida. Después siguió practicando algunos tocamientos sobre la barriga deforme.
— No te apures, Simón, luego la arreglamos. Esto pasa siempre con las primerizas… ¡Hum, las veces que me ha tocado batallas con ellas…! —dijo.
— Obre Dios —contestó el muchacho mientras echaba a la fogata una raja resinosa.
— ¿Hace mucho que te empezaron los dolores hija?
Y Crisanta tuvo por respuesta sólo un rezongo.
— Vamos a ver, muchacha —siguió Altagracia—: dobla tus piernas… Así, flojas. Resuella hondo, puja, puja fuerte cada vez que te venga el dolor… Más fuerte, más… ¡Grita, hija…!
Crisanta hizo cuanto se le dijo y más; sus piernas fueron hilachos, rugió hasta enronquecer y sangró sus puños a mordidas.
— Vamos, ayúdame muchachita —suplicó la vieja en los momentos en que pasaba rudamente sus manos sobre la barriga relajada, pero terca en conservar la carga…
Y los dedazos de uñas corvas y negras echaban toda su habilidad, toda su experiencia, todas sus mañas en los frotamientos que empezaban en las mamas rotundas, para acabar en la pelvis abultada y lampiña.
Simón, entre tanto, habíase acurrucado en un rincón de la choza; entre sus piernas un trozo de madera destinado a ser cabo de azadón. El chirrido de la
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lima que aguzaba un extremo del mango distraía el enervamiento, robaba un poco la ansiedad del muchacho.
— Anda, madrecita, grita por vida tuya… Puja, enconrajínate… Dime chiches de perra; pero date prisa… Pare, haragana. Pare hembra o macho, pero pronto… ¡Cristo de Esquipulas!
La joven no hacía esfuerzo ya; el dolor se había apuntado un triunfo.
Simón trataba ahora de insertar a golpes el mango dentro del arillo del azadón; de su boca entreabierta salían sonidos roncos.
Altagracia sudorosa y desgreñada, con las manos tiesas abiertas en abanico, se volvió hacia el muchacho quien había logrado, por fin, introducir el astil en la argolla de la azada; el trabajo había alejado un poco a su pensamiento del sitio en que se escenificaba el drama.
— Todo es de balde, Simón, viene de nalgas —dijo la vieja a gritos, mientras se limpiaba la frente con el dorso de su diestra.
Y Simón, como si volviese del sueño, como si hubiese sido sustraído por las destempladas palabras de una región luminosa y apacible:
— ¿De nalgas? Bueno… ¿y‘hora qué?
La vieja no contestó; su vista vagaba por el techo del jacal.
— De ahí —dijo de pronto—, de ahí, de la viga madre cuelga la coyunda para hacer con ella el columpio… Pero pronto, muévete —ordenó Altagracia.
— No, eso no —gimió él.
— Anda, vamos a hacer la última lucha… Cuelga la coyunda y ayúdame a amarrar a la muchacha por los sobacos.
Simón trepó sin chistar por los amarres de los muros pajizos e hizo pasar la cinta de jarcia sobre el morillo horizontal que sostenía la techumbre.
— Jala fuerte… fuerte, con ganas. ¡Hum, no pareces hombre…! Jala, demonio.
A poco Crisanta era un títere que pateaba y se retorcía pendiente de la coyunda.
Altagracia al cuerpo de la muchacha… Ahora más que pelele, era una péndola de tragedia, un pezón de delirio…
Pero Crisanta ya no hacía nada por ella, había caído en un desmayo convulsivo.
— Corre, Simón —dijo Altagracia con acento alarmado—, ve a la tienda y compra un peso de chile seco; hay que ponerlo en las brasas para que el humo la haga toser. Ella ya no puede, se está pasando… Mientras tú vas y vienes, yo sigo mi lucha con ayuda de
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Dios y de María Santísima… Le voy a trincar la cintura con mi rebozo, a ver si así sale… ¡Corre por vida tuya!
Simón ya no escuchó las últimas palabras de la vieja; había salido en carrera para cumplir el encargo.
En el camino tropezó con Trinidad Pérez, su amigo el peón de la carretera inconclusa que pasaba a corta distancia de Tapijulapa.
— Aguárdate, hombre, saluda siquiera —gritó Trinidad Pérez
— Aquella está pariendo desde antes de que el sol se metiera y es hora que todavía no puede —informó el otro sin detenerse.
Trinidad Pérez se emparejó con Simón, los dos corrían.
— Le está ayudando doña Altagracia… por luchas no ha quedado.
— ¿Quieres un consejo, Simón?
— Viene…
— Vete al campamento de los ingenieros de la carretera. Allí está un doctor que es muy buena gente, llámalo.
— ¿Y con qué le pago?
— Si le dices lo pobres que somos, él entenderá… Anda, déjate de Altagracia.
Simón ya no reflexionó más y en lugar de torcer hacia la tienda, tomó por el atajo que más pronto lo llevaría al campamento. La luna, muy alta, decía que la media noche estaba cercana.
Frente al médico, un viejo amable y bromista, Simón el indio zoque no tuvo necesidad de hablar mucho y, por ello, tampoco poner en evidencia su mal español.
— ¿Por qué se les ocurrirá a las mujeres hacer sus gracias precisamente a estas horas? —se preguntaba el doctor a sí mismo, mientras un bostezo ahogaba sus últimas palabras… Mas luego de desperezarse, añadió de buen talante—: ¿Por qué se nos ocurre a algunos hombres ser médicos? Iré, muchacho, iré luego, no faltaba más… ¿Está bueno el camino hasta tu pueblo?
— Bueno, parejito, como la palma de la mano…
El médico guardó en su maletín algunos instrumentos niquelados, una jeringa hipodérmica y un gran paquete de algodón; se caló su viejo ―panamá‖, echó ―a pico de botella‖ un buen trago de mezcal, aseguró sus ligas de ciclista sobre las ―valencianas‖ del pantalón de dril y montó en su bicicleta, mientras escuchaba a Simón que decía:
— Entrando por la zurda, es la casita más repegada a la loma.
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Cuando Simón llegó a su choza, lo recibió un vaguido largo y agudo, que se confundió entre el cacareo de las gallinas y los gruñidos de ―Mit-Chueg‖, el perro amarillo y fiel.
Simón sacó de la copa de su sombrero un gran pañuelo de yerbas; con él se enjugó el sudor que le corría por las sienes; luego respiró profundo, mientras empujaba tímidamente la puertecilla de la choza.
Crisanta, cubierta con un sarape desteñido, yacía sosegada. Altagracia retiraba ahora de la lumbre una gran tinaja con agua caliente, y el médico, con la camisa remangada, desmontaba la aguja de la jeringa hipodérmica.
— Hicimos un machito —dijo con voz débil y en la aglutinante lengua zoque Crisanta cuando miró a su marido. Entonces la boca de ella se iluminó con el brillo de dos hileras de dientes como granitos de elote.
— ¿Macho? —preguntó Simón orgulloso—. Ya lo decía yo…
Tras de pescar el mentón de Crisanta entre sus dedos toscos e inhábiles para la caricia, fue a mirar a su hijo, a quien se disponían a bañar el doctor y Altagracia. El nuevo padre, rudo como un peñasco, vio por unos instantes aquel trozo de canela que se debatía y chillaba.
— Es bonito —dijo—: se parece a aquella en lo trompudo —y señaló con la barbilla a Crisanta. Luego, con un dedo tieso y torpe, ensayó una caricia en el carrillo del recién nacido.
— Gracias, doctorcito… Me ha hecho usté el hombre más contento de Tapijulapa.
Y sin agregar más, el indio fue hasta el fogón de tres piedras que se alzaba en medio del jacal. Ahí se había amontonado gran cantidad de ceniza. En un bolso y a puñados, recogió Simón los residuos.
El médico lo seguía con la vista, intrigado. El muchacho, sin dar importancia a la curiosidad que despertaba, echóse sobre los hombros el costalillo así salió del jacal.
— ¿Qué hace ese? —inquirió el doctor.
Entonces Altagracia habló dificultosamente en español:
— Regará Simón la ceniza alrededor de la casa… Cuando amanezca saldrá de nuevo. El animal que haya dejado pintadas sus huellas en la ceniza será la tona del niño. Él llevará el nombre del pájaro o la bestia que primero haya venido a saludarlo; coyote o tejón, chuparrosa, liebre o mirlo, asegún…
— ¿Tona has dicho?
— Si, tona, ella lo cuidará y será su amiga siempre, hasta que muera.
— Ahá —dijo el médico sonriente—, se trata de buscar al muchacho un espíritu tutelar…
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— Si —aseguró la vieja— ése es el costumbre de po‘acá…
— Bien, bien, mientras tanto, bañémoslo, para que el que ha de ser su tona lo encuentre limpiecito y buen mozo.
Cuando regresó Simón con el bolso vacío de cenizas, halló a su hijo arropadito y fresco, pegado al hombro de la madre. Crisanta dormía dulce y profundamente… El médico se disponía a marcharse.
— Bueno, Simón —dijo el doctor—, estás servido.
— Yo quisiera darle a su mercé más que juera un puñito de sal…
— Deja, hombre, todo está bien… Ya te traeré unas medicinas para que el niño crezca saludable y bonito…
— Señor doctor —agregó Simón con acento agradecido—, hágame su mercé otra gracia, si es tan bueno.
— Dime, hombre.
— Yo quisiera que su persona juera mi compadre… Lleve usté a cristianar a la criaturita ¿Quere?
— Si, con mucho gusto, Simón, tú me dirás.
— El miércoles, por favor, es el día en que viene el padre cura.
— El miércoles vendré… Buenas noches, Simón… Adiós, Altagracia, cuida a la muchacha y al niño…
Simón acompañó al médico hasta la puerta del jacal. Desde ahí lo siguió con la vista. La bicicleta tomó los altibajos del camino gallardamente; su ojo ciclópeo se abría paso entre las sombras. Un conejo encandilado cruzó la vereda.
Puntual estuvo el médico el miércoles por la mañana.
La esquila llamó a misa, los zoques vestidos de limpio aguardaban en el atrio. La chirimía tocaba aires alegres. Tronaban los cohetes. Todos los ahí reunidos, hombres y mujeres, esperaban ansiosos la llegada de Simón y su comitiva bautismal.
Por allá, hacia la loma, se miró al grupo que se dirigía a la iglesia. Crisanta fresca y rozagante, cargaba a su hijo seguida de Altagracia, la madrina. Atrás de ellas, Simón y el médico charlaban amigablemente…
— ¿Y qué nombre le vas a poner a mi ahijado, compadre Simón?
— Pos verá usté, compadrito doctor… Damián, porque así dice el calendario de la iglesia… Y Bicicleta, porque ésa es su tona, así me lo dijo la ceniza…
— Conque ¿Damián Bicicleta? Es un bonito nombre, compadre…
— Áxcale —afirmó muy categóricamente el zoque.
 
rhcastro,08.10.2015
Raíces. Basada en algunos textos de Francisco Rojas.

 
filiberto,08.10.2015
La muerte de Ivan Ilich Uno de los mejores que he leído en mi vida, un gran trabajo.
 
filiberto,08.10.2015

Un cuento navideño

Imaginad una mañana de finales de noviembre. Una mañana de comienzos de invierno, hace más de veinte años. Pensad en la cocina de un viejo caserón de pueblo. Su principal característica es una enorme estufa negra; pero también contiene una gran mesa redonda y una chimenea con un par de mecedoras delante. Precisamente hoy comienza la estufa su temporada de rugidos.
Una mujer de trasquilado pelo blanco se encuentra de pie junto a la ventana de la cocina. Lleva zapatillas de tenis y un amorfo jersey gris sobre un vestido veraniego de calicó. Es pequeña y vivaz, como una gallina bantam; pero, debido a una prolongada enfermedad juvenil, tiene los hombros horriblemente encorvados. Su rostro es notable, algo parecido al de Lincoln, igual de escarpado, y teñido por el sol y el viento; pero también es delicado, de huesos finos, y con unos ojos de color jerez y expresión tímida.
-¡Vaya por Dios! -exclama, y su aliento empaña el cristal-. ¡Ha llegado la temporada de las tartas de frutas!
La persona con la que habla soy yo. Tengo siete años; ella, sesenta y tantos. Somos primos, muy lejanos, y hemos vivido juntos, bueno, desde que tengo memoria. También viven otras personas en la casa, parientes; y aunque tienen poder sobre nosotros, y nos hacen llorar frecuentemente, en general, apenas tenemos en cuenta su existencia. Cada uno de nosotros es el mejor amigo del otro. Ella me llama Buddy, en recuerdo de un chico que antiguamente había sido su mejor amigo. El otro Buddy murió en los años ochenta del siglo pasado, de pequeño. Ella sigue siendo pequeña.
-Lo he sabido antes de levantarme de la cama -dice, volviéndole la espalda a la ventana y con una mirada de determinada excitación-. La campana del patio sonaba fría y clarísima. Y no cantaba ningún pájaro; se han ido a tierras más cálidas, ya lo creo que sí. Mira, Buddy, deja de comer galletas y vete por nuestro carricoche. Ayúdame a buscar el sombrero. Tenemos que preparar treinta tartas.
Siempre ocurre lo mismo: llega cierta mañana de noviembre, y mi amiga, como si inaugurase oficialmente esa temporada navideña anual que le dispara la imaginación y aviva el fuego de su corazón, anuncia:
-¡Ha llegado la temporada de las tartas! Vete por nuestro carricoche. Ayúdame a buscar el sombrero.
Y aparece el sombrero, que es de paja, bajo de copa y muy ancho de ala, y con un corsé de rosas de terciopelo marchitadas por la intemperie: antiguamente era de una parienta que vestía muy a la moda. Guiamos juntos el carricoche, un desvencijado cochecillo de niño, por el jardín, camino de la arboleda de pacanas. El cochecito es mío; es decir que lo compraron para mí cuando nací. Es de mimbre, y está bastante destrenzado, y sus ruedas se bambolean como las piernas de un borracho. Pero es un objeto fiel; en primavera lo llevamos al bosque para llenarlo de flores, hierbas y helechos para las macetas de la entrada; en verano, amontonamos en él toda la parafernalia de las meriendas campestres, junto con las cañas de pescar, y bajamos hasta la orilla de algún riachuelo; en invierno también tiene algunas funciones: es la camioneta en la que trasladamos la leña desde el patio hasta la chimenea, y le sirve de cálida cama a Queenie, nuestra pequeña terrier anaranjada y blanca, un correoso animal que ha sobrevivido a mucho malhumor y a dos mordeduras de serpiente de cascabel. En este momento Queenie anda trotando en pos del carricoche.
Al cabo de tres horas nos encontramos de nuevo en la cocina, descascarillando una carretada de pacanas que el viento ha hecho caer de los árboles. Nos duele la espalda de tanto agacharnos a recogerlas: ¡qué difíciles han sido de encontrar (pues la parte principal de la cosecha se la han llevado, después de sacudir los árboles, los dueños de la arboleda, que no somos nosotros) bajo las hojas que las ocultaban, entre las hierbas engañosas y heladas! ¡Caaracrac! Un alegre crujido, fragmentos de truenos en miniatura que resuenan al partir las cáscaras mientras en la jarra de leche sigue creciendo el dorado montón de dulce y aceitosa fruta marfileña. Queenie comienza a relamerse, y de vez en cuando mi amiga le da furtivamente un pedacito, pese a que insiste en que nosotros ni siquiera la probemos.
-No debemos hacerlo, Buddy. Como empecemos, no habrá quien nos pare. Y ni siquiera con las que hay tenemos suficiente. Son treinta tartas.
La cocina va oscureciéndose. El crepúsculo transforma la ventana en un espejo: nuestros reflejos se entremezclan con la luna ascendente mientras seguimos trabajando junto a la chimenea a la luz del hogar. Por fin, cuando la luna ya está muy alta, echamos las últimas cáscaras al fuego y, suspirando al unísono, observamos cómo van prendiendo. El carricoche está vacío; la jarra, llena hasta el borde.
Tomamos la cena (galletas frías, tocino, mermelada de zarzamora) y hablamos de lo del día siguiente. Al día siguiente empieza el trabajo que más me gusta: ir de compras. Cerezas y cidras, jengibre y vainilla y piña hawaiana en lata, pacanas y pasas y nueces y whisky y, oh, montones de harina, mantequilla, muchísimos huevos, especias, esencias: pero ¡si nos hará falta un pony para tirar del carricoche hasta casa!
Pero, antes de comprar, queda la cuestión del dinero. Ninguno de los dos tiene ni cinco. Solamente las cicateras cantidades que los otros habitantes de la casa nos proporcionan muy de vez en cuando (ellos creen que una moneda de diez centavos es una fortuna) y lo que nos ganamos por medio de actividades diversas: organizar tómbolas de cosas viejas, vender baldes de zarzamoras que nosotros mismos recogemos, tarros de mermelada casera y de jalea de manzana y de melocotón en conserva, o recoger flores para funerales y bodas. Una vez ganamos el septuagésimo noveno premio, cinco dólares, en un concurso nacional de rugby. Y no porque sepamos ni jota de rugby. Sólo porque participamos en todos los concursos de los que tenemos noticia: en este momento nuestras esperanzas se encuentran en el Gran Premio de cincuenta mil dólares que ofrecen por inventar el nombre de una nueva marca de cafés (nosotros hemos propuesto “A.M.”; y después de dudarlo un poco, porque a mi amiga le parecía sacrílego, como eslogan: “¡A.M.! ¡Amén!”). A fuer de sincero, nuestra única actividad provechosa de verdad fue lo del Museo de Monstruos y Feria de Atracciones que organizamos hace un par de veranos en una leñera. Las atracciones consistían en proyecciones de linterna mágica con vistas de Washington y Nueva York prestadas por un familiar que había estado en esos lugares (y que se puso furioso cuando se enteró del motivo por el que se las habíamos pedido); el Monstruo era un polluelo de tres patas, recién incubado por una de nuestras gallinas. Toda la gente de por aquí quería ver al polluelo: les cobrábamos cinco centavos a los adultos y dos a los niños. Y llegamos a ganar nuestros buenos veinte dólares antes de que el museo cerrara sus puertas debido a la defunción de su principal estrella.
Pero entre unas cosas y otras vamos acumulando cada año nuestros ahorros navideños, el Fondo para Tartas de Frutas. Guardamos escondidos este dinero en un viejo monedero de cuentas, debajo de una tabla suelta que está debajo del piso que está debajo del orinal que está debajo de la cama de mi amiga. Sólo sacamos el monedero de su seguro escondrijo para hacer un nuevo depósito, o, como suele ocurrir los sábados, para algún reintegro; porque los sábados me corresponden diez centavos para el cine. Mi amiga no ha ido jamás al cine, ni tiene intención de hacerlo:
-Prefiero que tú me cuentes la historia, Buddy. Así puedo imaginármela mejor. Además, las personas de mi edad no deben malgastar la vista. Cuando se presente el Señor, quiero verle bien.
Aparte de no haber visto ninguna película, tampoco ha comido en ningún restaurante, viajado a más de cinco kilómetros de casa, recibido o enviado telegramas, leído nada que no sean tebeos y la Biblia, usado cosméticos, pronunciado palabrotas, deseado mal alguno a nadie, mentido a conciencia, ni dejado que ningún perro pasara hambre. Y éstas son algunas de las cosas que ha hecho, y que suele hacer: matar con una azada la mayor serpiente de cascabel jamás vista en este condado (dieciséis cascabeles), tomar rapé (en secreto), domesticar colibríes (desafío a cualquiera a que lo intente) hasta conseguir que se mantengan en equilibrio sobre uno de sus dedos, contar historias de fantasmas (tanto ella como yo creemos en los fantasmas) tan estremecedoras que te dejan helado hasta julio, hablar consigo misma, pasear bajo la lluvia, cultivar las camelias más bonitas de todo el pueblo, aprenderse la receta de todas las antiguas pócimas curativas de los indios, entre otras, una fórmula mágica para quitar las verrugas.
Ahora, terminada la cena, nos retiramos a la habitación que hay en una parte remota de la casa, y que es el lugar donde mi amiga duerme, en una cama de hierro pintada de rosa chillón, su color preferido, cubierta con una colcha de retazos. En silencio, saboreando los placeres de los conspiradores, sacamos de su secreto escondrijo el monedero de cuentas y derramamos su contenido sobre la colcha. Billetes de un dólar, enrollados como un canuto y verdes como brotes de mayo. Sombrías monedas de cincuenta centavos, tan pesadas que sirven para cerrarle los ojos a un difunto. Preciosas monedas de diez centavos, las más alegres, las que tintinean de verdad. Monedas de cinco y veinticinco centavos, tan pulidas por el uso como guijas de río. Pero, sobre todo, un detestable montón de hediondas monedas de un centavo. El pasado verano, otros habitantes de la casa nos contrataron para matar moscas, a un centavo por cada veinticinco moscas muertas. Ah, aquella carnicería de agosto: ¡cuántas moscas volaron al cielo! Pero no fue un trabajo que nos enorgulleciera. Y, mientras vamos contando los centavos, es como si volviésemos a tabular moscas muertas. Ninguno de los dos tiene facilidad para los números; contamos despacio, nos descontamos, volvemos a empezar. Según sus cálculos, tenemos 12,73 dólares. Según los míos, trece dólares exactamente.
-Espero que te haya equivocado tú, Buddy. Más nos vale andar con cuidado si son trece. Se nos deshincharán las tartas. O enterrarán a alguien. Por Dios, en la vida se me ocurriría levantarme de la cama un día trece.
Lo cual es cierto: se pasa todos los días trece en la cama. De modo que, para asegurarnos, sustraemos un centavo y los tiramos por la ventana.
De todos los ingredientes que utilizamos para hacer nuestras tartas de frutas no hay ninguno tan caro como el whisky, que, además, es el más difícil de adquirir: su venta está prohibida por el Estado. Pero todo el mundo sabe que se le puede comprar una botella a Mr. Jajá Jones. Y al día siguiente, después de haber terminado nuestras compras más prosaicas, nos encaminamos a las señas del negocio de Mr. Jajá, un “pecaminoso” (por citar la opinión pública) bar de pescado frito y baile que está a la orilla del río. No es la primera vez que vamos allí, y con el mismo propósito; pero los años anteriores hemos hecho tratos con la mujer de Jajá, una india de piel negra como la tintura de yodo, reluciente cabello oxigenado, y aspecto de muerta de cansancio. De hecho, jamás hemos puesto la vista encima de su marido, aunque hemos oído decir que también es indio. Un gigante con cicatrices de navajazos en las mejillas. Le llaman Jajá por lo tristón, nunca ríe. Cuando nos acercamos al bar (una amplia cabaña de troncos, festoneada por dentro y por fuera con guirnaldas de bombillas desnudas pintadas de colores vivos, y situada en la embarrada orilla del río, a la sombra de unos árboles por entre cuyas ramas crece el musgo como niebla gris) frenamos nuestro paso. Incluso Queenie deja de brincar y permanece cerca de nosotros. Ha habido asesinatos en el bar de Jajá. Gente descuartizada. Descalabrada. El mes próximo irá al juzgado uno de los casos. Naturalmente, esta clase de cosas ocurren por la noche, cuando gimotea el fonógrafo y las bombillas pintadas proyectan demenciales sombras. De día, el local de Jajá es destartalado y está desierto. Llamo a la puerta, ladra Queenie, grita mi amiga:
-¡Mrs. Jajá! ¡Eh, señora! ¿Hay alguien en casa?
Pasos. Se abre la puerta. Nuestros corazones dan un vuelco. ¡Es Mr. Jajá Jones en persona! Y es un gigante; y tiene cicatrices; y no sonríe. Qué va, nos lanza miradas llameantes con sus satánicos ojos rasgados, y quiere saber:
-¿Qué queréis de Jajá?
Durante un instante nos quedamos tan paralizados que no podemos decírselo. Al rato, mi amiga medio encuentra su voz, apenas una vocecilla susurrante:
-Si no le importa, Mr. Jajá, querríamos un litro del mejor whisky que tenga.
Los ojos se le rasgan incluso más. ¿No es increíble? ¡Mr. Jajá está sonriendo! Hasta riendo.
-¿Cuál de los dos es el bebedor?
-Es para hacer tartas de frutas, Mr. Jajá. Para cocinar.
Esto le templa el ánimo. Frunce el ceño.
-Qué manera de tirar un buen whisky.
No obstante, se retira hacia las sombras del bar y reaparece unos cuantos segundos después con una botella de contenido amarillo margarita, sin etiqueta. Exhibe su centelleo a la luz del sol y dice:
-Dos dólares.
Le pagamos con monedas de diez, cinco y un centavo. De repente, al tiempo que hace sonar las monedas en la mano cerrada, como si fueran dados, se le suaviza la expresión.
-¿Sabéis lo que os digo? -nos propone, devolviendo el dinero a nuestro monedero de cuentas-. Pagádmelo con unas cuantas tartas de frutas.
De vuelta a casa, mi amiga comenta:
-Pues a mí me ha parecido un hombre encantador. Pondremos una tacita más de pasas en su tarta.
La estufa negra, cargada de carbón y leña, brilla como una calabaza iluminada. Giran velozmente los batidores de huevos, dan vueltas como locas las cucharas en cuencos cargados de mantequilla y azúcar, endulza el ambiente la vainilla, lo hace picante el jengibre; unos olores combinados que hacen que te hormiguee la nariz, saturan la cocina, empapan la casa, salen volando al mundo arrastrados por el humo de la chimenea. Al cabo de cuatro días hemos terminado nuestra tarea. Treinta y una tartas, ebrias de whisky, se tuestan al sol en los estantes y los alféizares de las ventanas.
¿Para quién son?
Para nuestros amigos. No necesariamente amigos de la vecindad: de hecho, la mayor parte las hemos hecho para personas con las que quizás sólo hemos hablado una vez, o ninguna. Gente de la que nos hemos encaprichado. Como el presidente Roosevelt. Como el reverendo J. C. Lucey y señora, misioneros baptistas en Borneo, que el pasado invierno dieron unas conferencias en el pueblo. O el pequeño afilador que pasa por aquí dos veces al año. O Abner Packer, el conductor del autobús de las seis que, cuando llega de Mobile, nos saluda con la mano cada día al pasar delante de casa envuelto en un torbellino de polvo. O los Wiston, una joven pareja californiana cuyo automóvil se averió una tarde ante nuestro portal, y que pasó una agradable hora charlando con nosotros (el joven Wiston nos sacó una foto, la única que nos han sacado en nuestra vida). ¿Es debido a que mi amiga siente timidez ante todo el mundo, excepto los desconocidos, que esos desconocidos, y otras personas a quienes apenas hemos tratado, son para nosotros nuestros más auténticos amigos? Creo que sí. Además, los cuadernos en donde conservamos las notas de agradecimiento con membrete de la Casa Blanca, las ocasionales comunicaciones que nos llegan de California y Borneo, las postales de un centavo firmadas por el afilador, hacen que nos sintamos relacionados con unos mundos rebosantes de acontecimientos, situados muy lejos de la cocina y de su precaria vista de un cielo recortado.
Una desnuda rama de higuera decembrina araña la ventana. La cocina está vacía, han desaparecido las tartas; ayer llevamos las últimas a correos, cargadas en el carricoche, y una vez allí tuvimos que vaciar el monedero para pagar los sellos. Estamos en la ruina. Es una situación que me deprime notablemente, pero mi amiga está empeñada en que lo celebremos: con los dos centímetros de whisky que nos quedan en la botella de Jajá. A Queenie le echamos una cucharada en su café (le gusta el café aromatizado con achicoria, y bien cargado). Dividimos el resto en un par de vasos de gelatina. Los dos estamos bastante atemorizados ante la perspectiva de tomar whisky solo; su sabor provoca en los dos expresiones beodas y amargos estremecimientos. Pero al poco rato comenzamos a cantar simultáneamente una canción distinta cada uno. Yo no me sé la letra de la mía, sólo: Ven, ven, ven a bailar cimbreando esta noche. Pero puedo bailar: eso es lo que quiero ser, bailarín de claqué en películas musicales. La sombra de mis pasos de baile anda de jarana por las paredes; nuestras voces hacen tintinear la porcelana; reímos como tontos: se diría que unas manos invisibles están haciéndonos cosquillas. Queenie se pone a rodar, patalea en el aire, y algo parecido a una sonrisa tensa sus labios negros. Me siento ardiente y chisporroteante por dentro, como los troncos que se desmenuzan en el hogar, despreocupado como el viento en la chimenea. Mi amiga baila un vals alrededor de la estufa, sujeto el dobladillo de su pobre falda de calicó con la punta de los dedos, igual que si fuera un vestido de noche: Muéstrame el camino de vuelta a casa, está cantando, mientras rechinan en el piso sus zapatillas de tenis. Muéstrame el camino de vuelta a casa.
Entran dos parientes. Muy enfadados. Potentes, con miradas censoras, lenguas severas. Escuchad lo que dicen, sus palabras amontonándose unas sobre otras hasta formar una canción iracunda:
-¡Un niño de siete años oliendo a whisky! ¡Te has vuelto loca! ¡Dárselo a un niño de siete años! ¡Estás chiflada! ¡Vas por mal camino! ¿Te acuerdas de la prima Kate? ¿Del tío Charlie? ¿Del cuñado del tío Charlie? ¡Qué escándalo! ¡Qué vergüenza! ¡Qué humillación! ¡Arrodíllate, reza, pídele perdón al Señor!
Queenie se esconde debajo de la estufa. Mi amiga se queda mirando vagamente sus zapatillas, le tiembla el mentón, se levanta la falda, se suena y se va corriendo a su cuarto. Mucho después de que el pueblo se haya ido a acostarse y la casa esté en silencio, con la sola excepción de los carillones de los relojes y el chisporroteo de los fuegos casi apagados, mi amiga llora contra una almohada que ya está tan húmeda como el pañuelo de una viuda.
-No llores -le digo, sentado a los pies de la cama y temblando a pesar del camisón de franela, que aún huele al jarabe de la tos que tomé el invierno pasado-, no llores -le suplico, jugando con los dedos de sus pies, haciéndole cosquillas-, eres demasiado vieja para llorar.
-Por eso lloro -dice ella, hipando-. Porque soy demasiado vieja. Vieja y ridícula.
-Ridícula no. Divertida. Más divertida que nadie. Oye, como sigas llorando, mañana estarás tan cansada que no podremos ir a cortar el árbol.
Se endereza. Queenie salta encima de la cama (lo cual le está prohibido) para lamerle las mejillas.
-Conozco un sitio donde encontraremos árboles de verdad, preciosos, Buddy. Y también hay acebo. Con bayas tan grandes como tus ojos. Está en el bosque, muy adentro. Más lejos de lo que nunca hemos ido. Papá nos traía de allí los árboles de Navidad: se los cargaba al hombro. Eso era hace cincuenta años. Bueno, no sabes lo impaciente que estoy porque amanezca.
De mañana. La escarcha helada da brillo a la hierba; el sol, redondo como una naranja y anaranjado como una luna de verano, cuelga en el horizonte y bruñe los plateados bosques invernales. Chilla un pavo silvestre. Un cerdo renegado gruñe entre la maleza. Pronto, junto a la orilla del poco profundo riachuelo de aguas veloces, tenemos que abandonar el carricoche. Queenie es la primera en vadear la corriente, chapotea hasta el otro lado, ladrando en son de queja porque la corriente es muy fuerte, tan fría que seguro que pilla una pulmonía. Nosotros la seguimos, con el calzado y los utensilios (un hacha pequeña, un saco de arpillera) sostenidos encima de la cabeza. Dos kilómetros más: de espinas, erizos y zarzas que se nos enganchan en la ropa; de herrumbrosas agujas de pino, y con el brillo de los coloridos hongos y las plumas caídas. Aquí, allá, un destello, un temblor, un éxtasis de trinos nos recuerdan que no todos los pájaros han volado hacia el sur. El camino serpentea siempre por entre charcos alimonados de sol y sombríos túneles de enredaderas. Hay que cruzar otro arroyo: una fastidiada flota de moteadas truchas hace espumear el agua a nuestro alrededor, mientras unas ranas del tamaño de platos se entrenan a darse panzadas; unos obreros castores construyen un dique. En la otra orilla, Queenie se sacude y tiembla. También tiembla mi amiga: no de frío, sino de entusiasmo. Una de las maltrechas rosas de su sombrero deja caer un pétalo cuando levanta la cabeza para inhalar el aire cargado del aroma de los pinos.
-Casi hemos llegado. ¿No lo hueles, Buddy? -dice, como si estuviéramos aproximándonos al océano.
Y, en efecto, es como cierta suerte de océano. Aromáticas extensiones ilimitadas de árboles navideños, de acebos de hojas punzantes. Bayas rojas tan brillantes como campanillas sobre las que se ciernen, gritando, negros cuervos. Tras haber llenado nuestros sacos de arpillera con la cantidad suficiente de verde y rojo como para adornar una docena de ventanas, nos disponemos a elegir el árbol.
-Tendría que ser -dice mi amiga- el doble de alto que un chico. Para que ningún chico pueda robarle la estrella.
El que elegimos es el doble de alto que yo. Un valiente y bello bruto que aguanta treinta hachazos antes de caer con un grito crujiente y estremecedor. Cargándolo como si fuese una pieza de caza, comenzamos la larga expedición de regreso. Cada pocos metros abandonamos la lucha, nos sentamos, jadeamos. Pero poseemos la fuerza del cazador victorioso que, sumada al perfume viril y helado del árbol, nos hace revivir, nos incita a continuar. Muchas felicitaciones acompañan nuestro crepuscular regreso por el camino de roja arcilla que conduce al pueblo; pero mi amiga se muestra esquiva y vaga cuando la gente elogia el tesoro que llevamos en el carricoche: qué árbol tan precioso, ¿de dónde lo habéis sacado?
-De allá lejos -murmura ella con imprecisión.
Una vez se detiene un coche, y la perezosa mujer del rico dueño de la fábrica se asoma y gimotea:
-Os doy veinticinco centavos por ese árbol.
En general, a mi amiga le da miedo decir que no; pero en esta ocasión rechaza prontamente el ofrecimiento con la cabeza:
-Ni por un dólar.
La mujer del empresario insiste.
-¿Un dólar? Y un cuerno. Cincuenta centavos. Es mi última oferta. Pero mujer, puedes ir por otro.
En respuesta, mi amiga reflexiona amablemente:
-Lo dudo. Nunca hay dos de nada.
En casa: Queenie se desploma junto al fuego y duerme hasta el día siguiente, roncando como un ser humano.
Un baúl que hay en la buhardilla contiene: una caja de zapatos llena de colas de armiño (procedentes de la capa que usaba para ir a la ópera cierta extraña dama que en tiempos alquiló una habitación de la casa), varios rollos de gastadas cenefas de oropel que el tiempo ha acabado dorando, una estrella de plata, una breve tira de bombillas en forma de vela, fundidas y seguramente peligrosas. Adornos magníficos, hasta cierto punto, pero no son suficientes: mi amiga quiere que el árbol arda ?como la vidriera de una iglesia baptista?, que se le doblen las ramas bajo el peso de una copiosa nevada de adornos. Pero no podemos permitirnos el lujo de comprar los esplendores made-in-Japan que venden en la tienda de baratijas. De modo que hacemos lo mismo que hemos hecho siempre: pasarnos días y días sentados a la mesa de la cocina, armados de tijeras, lápices y montones de papeles de colores. Yo trazo los perfiles y mi amiga los recorta: gatos y más gatos, y también peces (porque es fácil dibujarlos), unas cuantas manzanas, otras tantas sandías, algunos ángeles alados hechos de las hojas de papel de estaño que guardamos cuando comemos chocolate. Utilizamos imperdibles para sujetar todas estas creaciones al árbol; a modo de toque final, espolvoreamos por las ramas bolitas de algodón (recogido para este fin el pasado agosto). Mi amiga, estudiando el efecto, entrelaza las manos.
-Dime la verdad, Buddy. ¿No está para comérselo?
Queenie intenta comerse un ángel.
Después de trenzar y adornar con cintas las coronas de acebo que ponemos en cada una de las ventanas de la fachada, nuestro siguiente proyecto consiste en inventar regalos para la familia. Pañuelos teñidos a mano para las señoras y, para los hombres, jarabe casero de limón y regaliz y aspirina, que debe ser tomado ?en cuanto aparezcan Síntomas de Resfriado y Después de salir de Caza?. Pero cuando llega la hora de preparar el regalo que nos haremos el uno al otro, mi amiga y yo nos separamos para trabajar en secreto. A mí me gustaría comprarle una navaja con incrustaciones de perlas en el mango, una radio, medio kilo entero de cerezas recubiertas de chocolate (las probamos una vez, y desde entonces está siempre jurando que podría alimentarse sólo de ellas: -Te lo juro, Buddy, bien sabe Dios que podría…, y no tomo su nombre en vano-). En lugar de eso, le estoy haciendo una cometa. A ella le gustaría comprarme una bicicleta (lo ha dicho millones de veces: -Si pudiera, Buddy. La vida ya es bastante mala cuando tienes que prescindir de las cosas que te gustan a ti; pero, diablos, lo que más me enfurece es no poder regalar aquello que les gusta a los otros. Pero cualquier día te la consigo, Buddy. Te localizo una bici. Y no me preguntes cómo. Quizás la robe-). En lugar de eso, estoy casi seguro de que me está haciendo una cometa: igual que el año pasado, y que el anterior. El anterior a ése nos regalamos sendas hondas. Todo lo cual me está bien: porque somos los reyes a la hora de hacer volar las cometas, y sabemos estudiar el viento como los marineros; mi amiga, que sabe más que yo, hasta es capaz de hacer que flote una cometa cuando no hay ni la brisa suficiente para traer nubes.
La tarde anterior a la Nochebuena nos agenciamos una moneda de veinte centavos y vamos a la carnicería para comprarle a Queenie su regalo tradicional, un buen hueso masticable de buey. El hueso, envuelto en papel de fantasía, queda situado en la parte más alta del árbol, junto a la estrella. Queenie sabe que está allí. Se sienta al pie del árbol y mira hacia arriba, en un éxtasis de codicia: llega la hora de acostarse y no se quiere mover ni un centímetro. Yo me siento tan excitado como ella. Me destapo a patadas y me paso la noche dándole vueltas a la almohada, como si fuese una de esas noches tan sofocantes de verano. Canta desde algún lugar un gallo: equivocadamente, porque el sol sigue estando al otro lado del mundo.
-¿Estás despierto, Buddy?
Es mi amiga, que me llama desde su cuarto, justo al lado del mío; y al cabo de un instante ya está sentada en mi cama, con una vela encendida.
-Mira, no puedo pegar ojo -declara-. La cabeza me da más brincos que una liebre. Oye, Buddy, ¿crees que Mrs. Roosevelt servirá nuestra tarta para la cena?
Nos arrebujamos en la cama, y ella me aprieta la mano diciendo te quiero.
-Me da la sensación de que antes tenías la mano mucho más pequeña. Supongo que detesto la idea de verte crecer. ¿Seguiremos siendo amigos cuando te hagas mayor?
Yo le digo que siempre.
-Pero me siento horriblemente mal, Buddy. No sabes la de ganas que tenía de regalarte una bici. He intentado venderme el camafeo que me regaló papá. Buddy -vacila una poco, como si estuviese muy avergonzada-, te he hecho otra cometa.
Luego le confieso que también yo le he hecho una cometa, y nos reímos. La vela ha ardido tanto rato que ya no hay quien la sostenga. Se apaga, delata la luz de las estrellas que dan vueltas en la ventana como unos villancicos visuales que lenta, muy lentamente, va acallando el amanecer. Seguramente dormitamos; pero la aurora nos salpica como si fuese agua fría; nos levantamos, con los ojos como platos y errando de un lado para otro mientras aguardamos a que los demás se despierten. Con toda mala intención, mi amiga deja caer un cacharro metálico en el suelo de la cocina. Yo bailo claqué ante las puertas cerradas. Uno a uno, los parientes emergen, con cara de sentir deseos de asesinarnos a ella y a mí; pero es Navidad, y no pueden hacerlo. Primero, un desayuno lujoso: todo lo que se pueda imaginar, desde hojuelas y ardilla frita hasta maíz tostado y miel en panal. Lo cual pone a todo el mundo de buen humor, con la sola excepción de mi amiga y yo. La verdad, estamos tan impacientes por llegar a lo de los regalos que no conseguimos tragar ni un bocado.
Pues bien, me llevo una decepción. ¿Y quién no? Unos calcetines, una camisa para ir a la escuela dominical, unos cuantos pañuelos, un jersey usado, una suscripción por un año a una revista religiosa para niños: El pastorcillo. Me sacan de quicio. De verdad.
El botín de mi amiga es mejor. Su principal regalo es una bolsa de mandarinas. Pero está mucho más orgullosa de un chal de lana blanca que le ha tejido su hermana, la que está casada. Pero dice que su regalo favorito es la cometa que le he hecho yo. Y, en efecto, es muy bonita; aunque no tanto como la que me ha hecho ella a mí, azul y salpicada de estrellitas verdes y doradas de Buena Conducta; es más, lleva mi nombre, “Buddy”, pintado.
-Hay viento, Buddy.
Hay viento, y nada importará hasta el momento en que bajemos corriendo al prado que queda cerca de casa, el mismo adonde Queenie ha ido a esconder su hueso (y el mismo en donde, dentro de un año, será enterrada Quennie). Una vez allí, nadando por la sana hierba que nos llega hasta la cintura, soltamos nuestras cometas, sentimos sus tirones de peces celestiales que flotan en el viento. Satisfechos, reconfortados por el sol, nos despatarramos en la hierba y pelamos mandarinas y observamos las cabriolas de nuestras cometas. Me olvido enseguida de los calcetines y del jersey usado. Soy tan feliz como si ya hubiésemos ganado el Gran Premio de cincuenta mil dólares de ese concurso de marcas de café.
-¡Ahí va, pero qué tonta soy! -exclama mi amiga, repentinamente alerta, como la mujer que se ha acordado demasiado tarde de los pasteles que había dejado en el horno-. ¿Sabes qué había creído siempre? -me pregunta en tono de haber hecho un gran descubrimiento, sin mirarme a mí, pues los ojos se le pierden en algún lugar situado a mi espalda-. Siempre había creído que para ver al Señor hacía falta que el cuerpo estuviese muy enfermo, agonizante. Y me imaginaba que cuando Él llegase sería como contemplar una vidriera baptista: tan bonito como cuando el sol se cuela a chorros por los cristales de colores, tan luminoso que ni te enteras de que está oscureciendo. Y ha sido una vidriera de colores en la que el sol se colaba a chorros, así de espectral. Pero apuesto a que no es eso lo que suele ocurrir. Apuesto a que, cuando llega a su final, la carne comprende que el Señor ya se ha mostrado. Que las cosas, tal como son -su mano traza un círculo, en un ademán que abarca nubes y cometas y hierba, y hasta a Queenie, que está escarbando la tierra en la que ha enterrado su hueso-, tal como siempre las ha visto, eran verle a Él. En cuanto a mí, podría dejar este mundo con un día como hoy en la mirada.
Ésta es la última Navidad que pasamos juntos.
La vida nos separa. Los Enterados deciden que mi lugar está en un colegio militar. Y a partir de ahí se sucede una desdichada serie de cárceles a toque de corneta, de sombríos campamentos de verano a toque de diana. Tengo además otra casa. Pero no cuenta. Mi casa está allí donde se encuentra mi amiga, y jamás la visito.
Y ella sigue allí, rondando por la cocina. Con Queenie como única compañía. Luego sola. (“Querido Buddy”, me escribe con su letra salvaje, difícil de leer, “el caballo de Jim Macy le dio ayer un horrible coz a Queenie. Demos gracias de que ella no llegó a enterarse del dolor. La envolví en una sábana de hilo, y la llevé en el carricoche al prado de Simpson, para que esté rodeada de sus Huesos…”) Durante algunos noviembres sigue preparando sus tartas de frutas sin nadie que la ayude; no tantas como antes, pero unas cuantas: y, por supuesto, siempre me envía “la mejor de todas”. Además, me pone en cada carta una moneda de diez centavos acolchada con papel higiénico: “Vete a ver una película y cuéntame la historia.” Poco a poco, sin embargo, en sus cartas tiende a confundirme con su otro amigo, el Buddy que murió en los años ochenta del siglo pasado; poco a poco, los días trece van dejando de ser los únicos días en que no se levanta de la cama: llega una mañana de noviembre, una mañana sin hojas ni pájaros que anuncia el invierno, y esa mañana ya no tiene fuerzas para darse ánimos exclamando: “¡Vaya por Dios, ha llegado la temporada de las tartas de frutas!”
Y cuando eso ocurre, yo lo sé. El mensaje que lo cuenta no hace más que confirmar una noticia que cierta vena secreta ya había recibido, amputándome una insustituible parte de mí mismo, dejándola suelta como una cometa cuyo cordel se ha roto. Por eso, cuando cruzo el césped del colegio en esta mañana de diciembre, no dejo de escrutar el cielo. Como si esperase ver, a manera de un par de corazones, dos cometas perdidas que suben corriendo hacia el cielo.

Truman Capote
 
lucrezio,11.11.2016
La aguja del Almirantazgo
(Vladimir Nabokov)

Querrá perdonarme, querida señora, pero soy una persona rústica y franca, por lo tanto pondré de inmediato las cartas sobre la mesa. No se engañe: la presente carta está lejos de ser la de un admirador. Más bien, y se dará cuenta dentro de un instante, es una epístola, pequeña y más bien insólita, que quizás podría servir, por así decir, además de una lección a usted, también a otras escritoras impulsivas. Como primera cosa, me apresuro en presentarme, donde se pueda vislumbrar mi imagen visiva, como en filigrana; considero sea más honesto que el estimular, con el silencio, conclusiones equivocadas que el ojo pueda involuntariamente sacar de líneas escritas a mano. No, a pesar de mi caligrafía seca y el juvenil embellecimiento de las comas, soy corpulento y de mediana edad; es verdad que mi adiposidad no es fláccida, más bien, tiene un no sé qué de picante, posee ardor, irascibilidad. Está muy lejos, señora, de los cuellitos alzados del poeta Apuchtin, el gordo bienamado por las señoras. Pero pasemos a otra cosa. Usted, como escritora, ya ha recogido indicios suficientes como para completar mi retrato. Bonjour Madame. Y ahora vamos al punto.
El otro día, en una librería rusa que el destino analfabeto ha relegado en una oscura callejuela de Berlín, cogí en mano tres o cuatro novedades, entre las cuales su novela, La guglia dell’Ammiragliato. Bonito título, aunque sea sólo porque es -¿concuerda, verdad?-, un tetrámetro yámbico, admiraltéjskaja iglá, además que un famoso verso de Puškin. Era la elegancia misma del título que nada de bueno hacía presagiar. Además, en general desconfío de los libros publicados en lejanas y desoladas regiones de nuestro exilio, como Riga o Reval. No obstante, como decía, he cogido su novela.
¡Ah, querida señora, ah, “Mr” Serge Solncev, cómo es fácil comprender que el nombre del autor no es que un seudónimo, que el autor non es un hombre! Cada frase suya se abotona de la izquierda. La predilección por expresiones del tipo “el tiempo pasaba” o bien “se acurrucaba frileusement en el chal de mamá”, la inevitable aparición de un ocasional alférez (imitación directa de Guerra y paz) que pronuncia la letra r como una g dura, y, por fin, las notas al pie de página con traducción de frases convencionales en francés, proporcionan suficientes elementos de juicio acerca su talento literario. Pero no es todo.
Imagínese lo siguiente: Suponga que un día yo vaya a caminar en un lugar maravilloso, con tumultuosas aguas que precipitan desde los alto y plantas trepadoras que sofocan las columnas en medio a desoladas ruinas, y después, muchos años después, en la casa de un desconocido yo vea una fotografía donde aparezco pavoneándome delante de un pilar claramente de cartón; en el fondo, la baba blancuzca de una cascada mal pintada, y además alguien me ha dibujado un par de bigotes. ¿De dónde viene todo esto? ¡Lejos de mí este horror! Las ensordecedoras aguas que recuerdo eran reales y aquello que más cuenta, nadie me ha sacado una fotografía.
¿Debo explicarle la parábola? ¿Debo decirle que he probado la misma sensación, sólo que más desagradable y necia, en el leer su ágil obra, su tremenda Aguja? Mientras poco a poco mi índice separaba con furia las páginas sin cortar y los ojos devoraban las líneas, lograba tan sólo batir los párpados por el shock desconcertante.
¿Desea saber qué cosa sucedió? Contento de complacerla. Mientras, pesadamente abandonada sobre la hamaca, sin preocuparse de lo que su pluma de oca le permitía graznar (un juego de palabras), usted, señora, escribía la historia de mi primer amor. Sí, un shock desconcertante, y siendo también yo una persona de una cierta pesantez, al desconcierto se acompaña la respiración afanosa. A este punto ambos acezamos porque, indudablemente, también usted está desconcertada por la aparición inesperada del protagonista que ha inventado. No, se trata de un lapsus: el contorno es suyo, se lo concedo, y así también la salsa, pero la carne de caza la aporté yo (otro juego de palabras). Estoy asombrado: ¿dónde y cómo ha sido posible que una señora, para mí desconocida, robara mi pasado? ¿Debo admitir que usted conozca Katya –que sean incluso amigas íntimas- y que Katya le haya pregonado toda la historia, en el ocio de los crepúsculos estivos, bajo los pinos bálticos, en su compañía de escritora voraz? ¿Pero cómo ha osado, dónde ha encontrado la impudicia, no sólo para usar la historia de Katya sino también, y sobretodo, para adulterarla irremediablemente?
Han pasado dieciséis años del día de nuestro último encuentro: la edad de una novia, de un viejo perro, o de la República Soviética. Por inciso, señalamos el primer error, aunque en gran medida no el más grave, entre aquellos, innumerables y desaliñados, por usted cometidos: yo y Katya no somos coetáneos. Yo tenía casi dieciocho años y ella casi veinte. Contando con una praxis consolidada y segura, usted hace desnudarse a la heroína de cuerpo entero, frente a un espejo, y después procede a describir su pelo suelto, rubio ceniza, naturalmente, y sus jóvenes curvas. Estando a cuanto usted escribe, los ojos flor de lis de Katya tienden al violeta en los momentos de melancolía: ¡qué milagro botánico! Se los ha ensombrecido con una negra franja de cejas que, si puedo permitirme una precisación personal, resultaban más largas hacia los ángulos externos, donando en tal modo a los ojos un particularísimo corte oriental, aunque engañador. Katya tenía una figura elegante, si bien su postura fuese un poco curva, y solía enderezar los hombros cuando entraba en una habitación. Usted la describe como una doncella imponente, con tonos de contralto en la voz.
Una bella y buena laceración. Tenía la intención de copiar sus descripciones, que suenan todas falsas, y yuxtaponerles, con sarcasmo, mis infalibles observaciones, pero habría resultado una “absurdidad de pesadilla”, como la Katya de carne y hueso habría dicho, debido a que el Logos que me ha sido concedido no posee ni la precisión ni la capacidad suficientes para tomar las distancias. Al contrario, yo mismo me empantano en las trampas viscosas de sus descripciones convencionales, y ya no tengo la fuerza para liberar a Katja de su pluma. A pesar de esto, como Hamlet, diré mis razones y al final lograré desmentirla.
El argumento de su remendada mixtura es el amor: un amor en leve declino, de fondo la Revolución de febrero, pero, sin embargo, igualmente amor. Usted ha cambiado el nombre de Katya en Olga, y yo me convertí en Leonid. Y está bien. Nuestro primer encuentro, en casa de amigos la víspera de Pascua; nuestras citas en la pista de patinaje Jusupov; su pieza, de papel pintado de índigo, el mobiliario de caoba, y la única chuchería, una bailarina de porcelana con la pierna alzada –todo bien, todo verdadero. Pero usted lo ha hecho con una invención pretenciosa de modo de contaminar cada cosa. Al tomar su lugar en el cine Parisiana en Perspectiva Nevskij, Leonid, estudiante del Liceo Imperial, coloca los guantes en el tricornio, mientras después de un par de páginas ya lleva hábitos civiles: se quita el sombrero y el lector se encuentra delante un joven elegante, con la raya del pelo à l’anglaise exactamente al centro de su pequeña cabeza que parece engominada, y un pañuelo purpúreo en el bosillo de la chaqueta, cayendo hacia abajo. De hecho, sospecho que vestía como el actor cinematográfico Max Linder, y me recuerda las generosas rociadas de loción Vezetal que me refrescaban el cuero cabelludo, y Monsieur Pierre que, armado de peines, miraba fijo mi cabeza y, con un movimiento rotatorio de linotipo, me giraba el pelo de la parte opuesta y después, quitando la toalla de un tirón, le gritaba a un tipo bigotudo de mediana edad: “¡Muchacho! ¡Escobilla!”. Hoy mi memoria ironiza con el pañuelo en el bolsillo de la chaqueta y sobre las polainas blancas de aquellos días, pero, por otro lado, no logra absolutamente conciliar los tormentos de los cortes de pelo de la adolescencia, como ellos retornan a la mente, con la “palidez lisa y opaca” de su Leonid. Le quedarán sobre la conciencia los ojos lermontovianos y el perfil aristocrático del joven, hoy irreconocible a causa de un incremento improviso de pinguosidad.
¡Oh, Señor! ¡No permitir que me empantane en la prosa de esta escritora, que no conozco y no deseo conocer, la cual todavía se ha entrometido, con inaudita insolencia, en el pasado de otro ser humano! ¿Cómo osa escribir: “El gracioso árbol de Pascua adornado de luces chatoyant parecía prometer a ellos una exultante dicha”? Usted, con su soplo, apagó el árbol entero porque basta meter un adjetivo junto a un nombre por puro gusto estético y se mata incluso el recuerdo más preciso. Antes del desastre, es decir de su libro, uno de mis recuerdos era el intermitente encresparse de la luz en los ojos de Katya y, en su mejilla, el reflejo cereza del papel patinado con que era hecha la minúscula, luminosa casa de muñecas colgada de una rama, cuando, apartando el híspido follaje, ella se extendía para apagar con los dedos la llama enloquecida de una candela. ¿Qué me queda de todo esto? Nada –solamente la bocanada nauseabunda de la combustión literaria.
Su versión hace creer que yo y Katya vivíamos en una especie de beau monde exquisitamente culto. Querida señora, sus paralajes están equivocados. Aquel ambiente social elevado –la buena sociedad, si quiere-, al que Katya pertenecía, tenía gustos retrógrados, para usar un eufemismo. Chejov era considerado un “impresionista”; aquel poetastro de la alta sociedad, el gran duque Konstantin, un importante poeta, y al archicristiano Aleksander Blok un hebreo depravado que escribía sonetos futuristas de cisnes moribundos y licores de lilas. Circulaban copias manuscritas de álbumes de versos en inglés y francés, que a su vez venían recopiadas, no sin alteraciones, y el nombre del autor se desvanecía poco a poco, de modo que aquellas efusiones del corazón terminaban, del todo casualmente, con el asumir una fascinante anonimia; y en línea de máxima es divertido yuxtaponer su tortuoso vagar a la copia clandestina de poesías cortas, sediciosas en ambientes más plebeyos. Para darse cuenta de cuánto indignamente aquellos monólogos femeninos y masculinos acerca del amor fuesen considerados modernísimos ejemplos del lirismo extranjero, baste pensar que el fragmento predilecto era una composición del pobre Louis Bouilhet, que escribía a mediados del siglo pasado. Katya deleitándose del ritmo, declamaba los versos alejandrinos de Bouilhet, y me reprochaba cuando me venía de reír en una cierta estrofa altisonante donde el autor, después de haberse referido a la propia pasión como al arquillo de un violín, paragonaba la amante a una guitarra.
A propósito de guitarras, señora, usted escribe que “en la tarde los jóvenes se reunían y Olga, sentada a la mesa, cantaba con espléndida voz de contralto”. Paciencia... otra muerte, otra víctima de su ampulosa prosa. Sin embargo, ¡cómo me eran queridos los ecos de la tziganshchina, la romanza rusa a la gitana, entonces en voga, que inducía a Katya a cantar y a mí a componer versos! Sé demasiado bien que aquella no era la auténtica arte gitana que encantó a Puškin y, más tarde, Apollón Grigóriev, sino más bien una musa que respiraba a duras penas, extenuada, condenada; todo contribuía a su ruina: el gramófono, la guerra, y esas canciones así llamadas zigane. Blok tenía óptimas razones para transcribir, en uno de sus habituales accesos de previsión, las palabras que aún recordaba de las romanzas gitanas, como si se apurase a salvar al menos aquellas, antes que fuese demasiado tarde.
¿Debo decirle qué cosa significaban para nosotros aquellas murmuraciones y aquellos roncos lamentos? ¿Debo revelarle la imagen de un mundo lejano, diverso, donde:

Inclinándose hacia abajo
sobre el estanque dormitan
los sauces llorones

donde, escondido entre los arbustos de lilas

el ruiseñor solloza apasionado,

y donde todos los sentidos están dominados por el recuerdo del amor perdido, pérfido soberano del romanticismo pseudogitano? También Katya y yo habríamos querido volver a recorrer el pasado, pero, no pudiendo todavía abandonarse a algún recuerdo, falsificábamos la lejanía temporal y ahí confinábamos nuestra felicidad presente. Cada cosa vista la transformábamos en un monumento a nuestro pasado aún inexistente, esforzándonos de mirar el sendero de un jardín, la luna, los sauces llorones con los mismos ojos con que ahora –ya del todo conscientes de lo que irreparablemente hemos perdido- habríamos quizás mirado la vieja balsa empapada sobre el estanque y aquella luna sobre el establo oscuro. También pienso que, inducidos por alguna vaga inspiración, nosotros nos preparásemos con anticipación para algunas cosas, nos entrenásemos a recordar, imaginando un pasado lejano y ejercitando la nostalgia, de tal modo que enseguida, cuando aquel pasado fuese realmente existido para nosotros, habremos sabido como afrontarlo, para evitar de sucumbir bajo su peso.
¿Pero qué le interesa de todo esto? Cuando usted describe el verano que transcurrí en las propiedades de sus antepasados, les llama “Glinskoe”, y me persigue por los bosques para obligarme a escribir versos “fragantes de juventud y confianza en la vida”. No era exactamente así. Mientras los otros jugaban a tenis (con una sola pelota roja y raquetas Doherty, pesadas y desvencijadas, descubiertas en la buhardilla) o bien a cróquet sobre un prado con el pasto absurdamente alto y un vilano de diente de león delante a cada arquito, con Katya íbamos a la huerta y allí, agazapados, nos atragantábamos con dos variedades de frutillas: la “Victoria” (Sadovaja zemljanika) roja clara, y la Fragaria moschata, rusa (klubnika) de frutos purpúreos, a menudo recubiertos de baba de rana; también estaba la variedad que más nos gustaba, la “Ananas”, o Fragaria ananassa, que de aspecto parecía acerba, pero era maravillosamente dulce. Permanecíamos agachados y nos desplazábamos a través de los surcos haciendo algún rumor con la boca, y los tendones de las rodillas nos dolían y nuestra barriga se llenaba de un alimento color rubí. Y el sol quemante nos oprimía y aquel sol, y las frutillas, y el vestido en tusor de Katya con los halones que se oscurecían bajo los brazos, y la sombra bronceada sobre su nuca... todo se fundía en una sensación de delicia oprimente; y que felicidad al coger, sin alzarme y continuando a recoger frutillas, un ardiente hombro de Katya y sentir su risa callada y los pequeños rumores de glotonería y el crujir de sus articulaciones mientras ella hurgaba bajo las hojas. Perdóneme si paso directamente de aquella huerta –que se aleja fluctuando con los enceguecedores reflejos de luz de sus invernaderos y el ondular de las velludas amapolas a lo largo de los senderos- al retrete donde, en la pose de El pensador de Rodin, la cabeza aún caliente de sol, componía mis versos. Eran horribles en todos los sentidos, aquellos versos.; dentro de ellos estaban los trinos de los ruiseñores de las romanzas zigane y fragmentos de Blok, como también fútiles ecos de Verlaine: “Souvenir, Souvenir, que me veux-tu? L’automne...”, aunque el otoño fuese aún lejano y mi felicidad gritase con espléndida voz allí cerca, quizás propio allá, cerca del campo de bolos, detrás de los añosos matorrales de lilas, bajo los cuales yacían restos de cocina y escarbaban las gallinas. Por las tardes, en la veranda, la boca del gramófono abierta de par en par, roja como las jinetas de la guerrera de los generales rusos, narraba profusamente de la irrefrenable pasión gitana; o bien, al son de Under a Cloud the Moon’s Hidden, una voz amenazadora imitaba la del Kaiser: “Dadme una pluma y un portaplumas, la hora de escribir los ultimátums ha llegado”. Y en el jardín jugaban una partida de gorodki (“aldea”): el padre de Katya, el cuello desabrochado, un pie, calzado en un mórbido zapato de casa, inclinado hacia adelante, hacia los puntos con el bate como si estuviese disparando con un fusil y lo lanzaba con fuerza (errando completamente el blanco) contra la “aldea” de palos mientras el sol poniente, con el extremo del último rayo, rozaba la empalizada de troncos de pinos dejando sobre cada uno de ellos una franja llameante. Y cuando finalmente descendía la noche, y la casa estaba adormentada, Katya y yo mirábamos el oscuro edificio desde el jardín, donde nos teníamos abrazados sobre una banca dura, fría, invisible, hasta casi hacernos doler los huesos, y nos parecía que algo similar fuese ya ocurrido mucho tiempo antes: el perfil de la casa contra el cielo verde pálido, el soñoliento moverse del follaje, y nuestros largos besos con los ojos cerrados.
En la elegante descripción, constelada de puntos fijos, que usted hace de aquel verano, obviamente no olvida ni siquiera por un instante –como en cambio nosotros olvidábamos- que ya desde el mes de febrero de aquel año la nación estaba “bajo el Gobierno Provisional”, y constringe a Katya y a mí, a seguir con intensa preocupación los eventos revolucionarios, es decir a entretenernos (por decenas de páginas) en conversaciones políticas y místicas que, le aseguro, nunca hemos tenido. Antes que nada, habría sentido embarazo en hablar, con el virtuoso pathos que usted generosamente me ha donado, del destino de la Rusia y, en segundo lugar, Katya y yo estábamos demasiado ensimismados el uno en el otro como para interesarnos a la revolución. Baste decir que mi impresión más viva al respecto es una verdadera futilidad: un día, en la calle Millionnaja de San Pietroburgo, un camión atestado de revoltosos en fiesta viró en forma descompuesta, pero precisa para aplastar un gato que pasaba por ahí, quedando a tierra como un pequeño tapiz negro, perfectamente plano y bien estirado (sólo la cola era la de un gato... estaba derecha y la punta, si bien recuerdo, aún se movía). Entonces me pareció que lo ocurrido tuviese un significado particular, profundo y oculto; tiempo después, pero, en un bucólico pueblito de España, me ocurrió de ver un autobús que aplastaba de la misma idéntica manera un gato, exactamente igual que el primero y, por lo tanto, no creo más en significados recónditos. Usted, por otra parte, además de exagerar mi natural disposición poética al punto de rendirla irreconocible, ha hecho de mí incluso un profeta, porque sólo un profeta habría podido hablar, en el otoño del 1917, de la pulpa verde del difunto cerebro de Lenin, o de la emigración “interna” de los intelectuales de la Rusia soviética.
No, aquel otoño y aquel invierno hablamos de otras cosas. Yo estaba prisionero de la angustia. A nuestra historia de amor le sucedían las cosas más horribles. Usted le da una explicación simple: “Olga comprendió poco a poco que la suya era sensualidad y no pasión, mientras para Leonid era verdadero lo contrario. Comprensiblemente, las audaces caricias la embriagan, pero en lo profundo siempre permanecía un fragmento que no se fundía”- y adelante con este paso, con inalterado espíritu tosco y presumido. ¿Qué cosa puede entender de nuestro amor? Hasta el momento, deliberadamente he evitado hablar en términos claros: pero ahora, si no temiese el contagio de su estilo, describiría en forma bastante más detallada el fuego que lo nutría y su oculta melancolía. Sí, era en verano, y el constante susurrar del follaje, y los pedaleos a cabeza gacha a lo largo de los tortuosos senderos del parque para ver quién, desde diversas direcciones, habría llegado primero a la rotonda, donde la arena roja estaba marcada por los retorcidos surcos serpentinos de nuestros neumáticos duros como piedras, y cada vivo matiz cotidiano de aquel último verano ruso, nos gritaba desesperado: “¡Soy real! ¡Estoy aquí, ahora!”. Mientras aquella radiante euforia permaneció en superficie, la tristeza ínsita de nuestro amor no fue más allá de la devoción a un pasado inexistente. Pero cuando yo y Katya nos reencontramos en San Pietroburgo, y ya había nevado más de una vez, y los bloques de madera que pavimentaban las calles estaban cubiertos por ese velo amarillento –nieve mezclada a estiércol de caballo- sin el cual no logro imaginar una ciudad rusa, la grieta vino a flote, y no nos quedó más que la desesperación.
Ahora la vuelvo a ver –abrigo negro de piel de foca, un manguito amplio y liso y botas adornadas de piel gris- mientras recorre con sus ágiles piernas una vereda muy resbalosa, como si caminase sobre zancos; o bien, con ese vestido negro de cuello alto, sentada en un diván azul, el rostro demasiado empolvado después de haber llorado tanto. Al anochecer yendo a su casa y regresando muy tarde, reconocía en la noche de granito, bajo un gélido cielo que la luz de las estrellas confería un matiz gris tórtola, los inmutables e imperturbables puntos de referencia de mi itinerario –siempre los mismos objetos enormes de Pietroburgo, solitarios edificios de épocas legendarias que adornaban las desoladas estepas nocturnas, negándose parcialmente al caminante, como siempre hace la belleza: no te ve, está absorta, indolente, su mente en otra parte. Hablaba conmigo mismo, solicitaba al destino, Katya, las estrellas, las columnas de una enorme catedral, muda y abstracta; y cuando en las calles oscuras comenzaba algún tiroteo ocasional, me venía en mente, por casualidad y no sin placer, que una bala vagabunda pudiera alcanzarme y que moriría ahí mismo, derribado sobre la indefinida costra de nieve, en mi elegante abrigo de piel, con el sombrero torcido, entre las blancas ediciones de bolsillo de las nuevas colecciones de versos de Gumilev o de Mandel’stam escapadas de mis manos y apenas distinguibles sobre la nieve. O bien, mientras caminaba sollozando y gimiendo, trataba de convencerme que era yo que había dejado de amar a Katya, y me apresuraba a reunir todo cuanto pudiese recordar su falsedad, su arrogancia, su vacuidad, un gracioso lunar postizo que disimulaba un grano, el grasseyement artificioso que aparecía en su hablar cuando, sin necesidad alguna, pasaba al francés, la invencible predilección por los poetastros titulados, y la expresión enfadada, dura, de los ojos cuando yo intentaba por la centésima vez de obligarla a decirme con quién había pasado la noche anterior. y después de haber reunido todo y sopesado todo en la balanza, comprendía con angustia que había conseguido solamente que el amor, oprimido por toda esa basura, precipitara aún más en profundidad, tanto que ni siquiera los caballos de tiro con sus músculos de acero lo habrían sacado del pantano. Y la tarde siguiente, de nuevo, superaba los controles que los marineros hacían en las esquinas de las calles (debía poseer los documentos que me permitían llegar, al menos, hasta el umbral del alma de Katya, y que no eran válidos más allá de ese punto); iba una vez más a mirar a Katya la cual, a las primeras palabras infelices que yo pronunciaba, se transformaba en una grande muñeca rígida que bajaba los párpados convexos y respondía con el lenguaje de las muñequitas de porcelana. Cuando, una memorable noche, pretendí que me diera una respuesta definitiva, absolutamente sincera, simplemente no dice nada, y permaneció inmóvil, acostada sobre el diván, en los ojos el reflejo llameante de la candela, que en aquella noche de histórica turbulencia sustituía la luz eléctrica, y, después de haber escuchado hasta el final su silencio, me alcé y me fui. Tres días más tarde mandé donde ella a mi criado con un mensaje donde escribí que si no podía volver a verla una vez más, me habría suicidado. De este modo una espléndida mañana, con un sol rosado y la nieve que crujía bajo los pies, nos encontramos en la calle Poctamtskaja; mudo, le besé la mano y por un cuarto de hora, sin que una sola palabra rompiese el silencio, caminamos ida y vuelta, mientras en las cercanías, en la esquina del boulevard, fumando y fingiendo indiferencia había un hombre de aspecto muy respetable con un gorro de astracán. Mientras caminábamos para arriba y para abajo, pasó un muchacho tirando un trineo recubierto por un paño de la franja andrajosa, y el desagüe pluvial de un techo, de improviso vomitó un pedazo de hielo con un rumor sordo, mientras el hombre parado en la esquina continuaba a fumar; por lo tanto, en el punto exacto en que nos habíamos encontrado, siempre en silencio le besé la mano que se recogió dentro al manguito, para siempre.

¡Adiós mi dicha y mi dolor,
adiós mi sueño del corazón!
Por los vetustos senderos del jardín
nunca más caminaré contigo cerca.

Sí, sí: adiós, como dice la canción gitana. A pesar de todo eras muy hermosa, impenetrablemente hermosa, y así adorable que habría llorado, ignorando tu alma miope, y la banalidad de tus opiniones, y las miles de pequeñas traiciones; mientras yo, con mis versos demasiado ambiciosos, la opresiva y confusa multitud de mis sentimientos, el jadeante tartamudeo. a pesar de todo el inmenso amor que sentía por ti, te parecería despreciable y repugnante. Y no es necesario que te describa los tormentos que después he soportado, cómo miraba y volvía a mirar la fotografía donde, con un resplandor sobre el labio y un reflejo luminoso en el pelo, fija la mirada detrás de mí. ¿Katya, por qué ahora has estropeado todo?
Adelante, entonces, hablemos francamente, con calma. Con un lúgubre silbido salió el aire del arrogante gordo de goma que, inflado al máximo, se comportaba como un bufón al inicio de esta carta; y usted, querida, no es una corpulenta novelista que se mece en su hamaca narrativa, pero es siempre la misma Katya de un tiempo, con aquel matiz calculado en el modo típico de Katya, Katya de los hombros estrechos, una señora agradable, del maquillaje discreto que, por pura, sosa coquetería, ha chapuceado un libro que no vale nada. ¡Pensar que ni siquiera te has ahorrado nuestra separación! La carta en la cual Leonid amemaza con dispararle a Olga y de la cual Olga habla con su futuro marido; aquel futuro marido en el rol de agente secreto, parado en la esquina de una calle y pronto a intervenir en caso que Leonid extraiga la pistola que tiene apretada convulsivamente entre los dedos, dentro al bolsillo del abrigo, mientras con pasión le implora a Olga de no abandonarlo, y con sus sollozos trunca las equilibradas palabras de ella: ¡Qué nauseante e insensata exageración! Y al final del libro me enrolas en la Armada Blanca, me haces capturar por los Rojos durante un patrullaje, y al fin, con el nombre de dos traidoras –Rusia y Olga- sobre los labios, me haces morir de valiente, abatido por una bala de un comisario del pueblo ”con el pelo oscuro de hebreo”. ¡Cuánto debo haberte amado si aún te veo como eras dieciséis años atrás, si con angustiosos esfuerzos trato de liberar nuestro pasado de una esclavitud humillante y de poner a salvo tu imagen de la ruina y la deshonra de tu propia pluma! De verdad no sé, pero, si lo conseguiré. Esta carta tiene el sabor de la epístola en rima que ostentabas a memoria -¿recuerdas?

Quizás te sorprenderás al ver mi escritura

pero me contendré de terminar, como lo hace Apuchtin, con la invitación:

¡Aquí te espera el mar, vasto como el amor
y el amor, vasto como el mar!

-me contendré porque, en primer lugar, aquí no está el mar y, en segundo lugar, no deseo mínimamente verte. En efecto, después de haber leído el libro, tú, Katya, me das miedo. De verdad no había razón de regocijarse y sufrir como nosotros nos habíamos regocijado y sufrido sólo para encontrar el propio pasado ensuciado en una novela para señoras. ¡Escúchame: no escribir más libros! Que al menos este fracaso te sirva de lección: “Al menos” porque tengo el derecho de augurar que tú, cuando te darás cuenta del delito que has cometido, quedes estupefacta del horror. ¿Y sabes qué otra cosa deseo ardientemente? Quizás, quizás (es un “quizás” muy pequeñito y endeble, pero ahí me aferro y, por lo tanto, no firmo esta carta) –quizás, después de todo, se ha tratado de una rara coincidencia, y has sido tú quien ha escrito esa estupidez, y tu imagen equívoca pero encantadora no resultó disminuida. En tal caso, perdóname, colega Solncev.
 
rhcastro,11.11.2016
Oh! ¡Qué bien! Regreso.
 
rhcastro,12.11.2016
Qué bien que está.
 
rhcastro,12.11.2016
Me habría gustado escribir sobre alguien, algún recuerdo o qué se yo. Algunos árboles nacen secos y mueren cuando verdean dicen por ahi. Pienso por eso mis letras son tan frías e insensibles como metales. No recuerdo sentir nada de lo que lei.

Gracias Lucrezio.
 
lucrezio,12.11.2016
Creo no haber entendido tu última frase leticia, porque me fluctúa con dos sentidos diversos. El primero está relacionado con la historia del cuento. Una fuerte historia de amor, en mi opinión, con ese aire de estepas rusas, en la cual todos los que han amado, pienso, pueden hacer vibrar sus propias experiencias.
La otra interpretación, es simplemente que al final de la lectura, tu memoria canceló lo leído.
 
rhcastro,12.11.2016
Perdón, no fui clara me doy cuenta.

Mientras leía imaginaba a otros que también leen y disfrutan este tipo de literatura, muy buena en forma e imágenes, pero pensaba en el tema, en lo alejada que estoy de sentimientos de este tipo y el efecto casi nulo que me provocan. Es como si al leer todo mi yo lo rechazase y es inconsciente. En todas partes que se habla de amor y parejas y esos asuntos algo interno lo critica, no avienta fuera y se cierra y mientras pensaba lo escribía. Suelo hacer esas cosas creo que ya me conoces un poco.

En sí son gustos y placeres nada más. Casi nunca leo historias de amor o romance porque mi cerebro dice: ''Fuchi, es primitivo'' y luego recapacito y digo: Para tí que eres un monstruo, a los demás les hace bien.

Me gustó la idea del escritor escribiendo a su ex, original por supuesto siendo dos escritores. El hace una crítica que al final de cuentas como decía Wilde: 'La crítica hace de la obra otra obra''. Este es el resultado.
 
rhcastro,12.11.2016
* lo avienta fuera y se cierra. Este teclado anda pal asunto.
 
lucrezio,12.11.2016
Entiendo, gracias por la aclaración.
Personalmente disfruté, además, esa lección de escritura que contiene la historia.
Como también eso de ir haciendo pasado, la pareja, los momentos vividos en el presente. Algo como ir construyendo futuros recuerdos en la movilización instantánea de la memoria, algo así.
El viento en el follaje lo aferro en su momento, y éste se volverá un pasado lejano un día, y que traerá de vuelta esos momentos donde el amor pasó.
Nabokov es un escritor, múltiple, imprevisto. Su obra, para mí, una compañía muy valiosa.
 
rhcastro,12.11.2016
Si, lo sé y comprendo que seas un humano sensible a lo que los humanos deben ser sensibles, pero cuando estás vacío de esos sentimientos no te conectas y es lo que me sucede me disculpo por ser un mal lector.
 
lucrezio,16.11.2016
“Un buen lector, un gran lector, un lector activo es un “relector”)

(Vladimir Nabokov)
 
rhcastro,15.09.2017


 
remos,06.10.2017
EL OJO DEL AMO (Italo Calvino)

-El ojo del amo -le dijo su padre, señalándose un ojo, un ojo viejo entre los párpados ajados, sin pestañas, redondo como el ojo de un pájaro-, el ojo del amo engorda el caballo.
-Sí -dijo el hijo y siguió sentado en el borde de la mesa tosca, a la sombra de la gran higuera.
-Entonces -dijo el padre, siempre con el dedo debajo del ojo-, ve a los trigales y vigila la siega.
El hijo tenía las manos hundidas en los bolsillos, un soplo de viento le agitaba la espalda de la camisa de mangas cortas.
-Voy -decía, y no se movía.
Las gallinas picoteaban los restos de un higo aplastado en el suelo.
Viendo a su hijo abandonado a la indolencia como una caña al viento, el viejo sentía que su furia iba multiplicándose: sacaba a rastras unos sacos del depósito, mezclaba abonos, asestaba órdenes e imprecaciones a los hombres agachados, amenazaba al perro encadenado que gañía bajo una nube de moscas. El hijo del patrón no se movía ni sacaba las manos de los bolsillos, seguía con la mirada clavada en el suelo y los labios como silbando, como desaprobando semejante despilfarro de fuerzas.
-El ojo del amo -dijo el viejo.
-Voy -respondió el hijo y se alejó sin prisa.
Caminaba por el sendero de la viña, las manos en los bolsillos, sin levantar demasiado los tacones. El padre se quedó mirándolo un momento, plantado debajo de la higuera con las piernas separadas, las grandes manos anudadas a la espalda: varias veces estuvo a punto de gritarle algo, pero se quedó callado y se puso a mezclar de nuevo puñados de abono.
Una vez más el hijo iba viendo los colores del valle, escuchando el zumbido de los abejorros en los árboles frutales. Cada vez que regresaba a sus pagos, después de languidecer seis meses en ciudades lejanas, redescubría el aire y el alto silencio de su tierra como en un recuerdo de infancia olvidado y al mismo tiempo con remordimiento. Cada vez que venía a su tierra se quedaba como en espera de un milagro: volveré y esta vez todo tendrá un sentido, el verde que se va atenuando en franjas por el valle de mis tierras, los gestos siempre iguales de los hombres que trabajan, el crecimiento de cada planta, de cada rama; la pasión de esta tierra se adueñará de mí, como se adueñó de mi padre, hasta no poder despegarme de aquí.
En algunos bancales el trigo crecía a duras penas en la pendiente pedregosa, rectángulo amarillo en medio del gris de las tierras yermas, y dos cipreses negros, uno arriba y otro abajo, que parecían montar guardia. En el trigal estaban los hombres y las hoces moviéndose; el amarillo iba desapareciendo poco a poco como borrado, y abajo reaparecía el gris. El hijo del patrón, con una brizna de hierba entre los dientes, subía por atajos la pendiente desnuda: desde los trigales los hombres ya lo habían visto subir y comentaban su llegada. Sabía lo que los hombres pensaban de él: el viejo será loco pero su hijo es tonto.
-Buenas -le dijo U Pé al verlo llegar.
-Buenas -dijo el hijo del patrón.
-Buenas -dijeron los otros.
Y el hijo del patrón respondió:
-Buenas.
Bien: todo lo que tenían que decirse estaba dicho. El hijo del patrón se sentó en el borde de un bancal, las manos en los bolsillos.
-Buenas -dijo una voz desde el bancal de más arriba: era Franceschina que estaba espigando. Él dijo una vez más:
-Buenas.
Los hombres segaban en silencio. U Pé era un viejo de piel amarilla que le caía arrugada sobre los huesos. U Qué era de edad mediana, velludo y achaparrado; Nanín era joven, un pelirrojo desgarbado: el sudor le pegaba la camiseta y una parte de la espalda desnuda aparecía y desaparecía con cada movimiento de la hoz. La vieja Girumina espigaba, acuclillada en el suelo como una gran gallina negra. Franceschina estaba en el bancal más alto y cantaba una canción de la radio. Cada vez que se agachaba se le descubrían las piernas hasta las corvas.
Al hijo del patrón le daba vergüenza estar allí haciendo de vigilante, erguido como un ciprés, ocioso en medio de los que trabajaban. «Ahora», pensaba, «digo que me den un momento una hoz y pruebo un poco.» Pero seguía callado y quieto mirando el terreno erizado de tallos amarillos y duros de espigas cortadas. De todos modos no sería capaz de manejar la hoz y haría un triste papel. Espigar: eso sí podía hacerlo, un trabajo de mujeres. Se agachó, recogió dos espigas, las arrojó en el mandil negro de la vieja Girumina.
-Cuidado con pisotear donde todavía no he espigado -dijo la vieja.
El hijo del patrón se sentó de nuevo en el borde, mordisqueando una brizna de paja.
-¿Más que el año pasado, este año? -preguntó.
-Menos -dijo U Qué-, cada año menos.
-Fue- dijo U Pé- la helada de febrero. ¿Se acuerda de la helada de febrero?
-Sí -dijo el hijo del patrón. Pero no se acordaba.
-Fue -dijo la vieja Girumina- el granizo de marzo. En marzo, ¿se acuerda?
-Cayó granizo -dijo el hijo del patrón, mintiendo siempre.
-Para mí -dijo Nanín- fue la sequía de abril. ¿Recuerda qué sequía?
-Todo abril -dijo el hijo del patrón. No se acordaba de nada.
Ahora los hombres habían empezado a discutir de la lluvia y el hielo y la sequía: el hijo del patrón estaba fuera de todo ello, separado de las vicisitudes de la tierra. El ojo del amo. El era sólo un ojo. Pero, ¿para qué sirve un ojo, un ojo solo, separado de todo? Ni siquiera ve. Claro que si su padre hubiera estado allí habría cubierto a los hombres de insultos, habría encontrado el trabajo mal hecho, lento, la cosecha arruinada. Casi se sentía la necesidad de los gritos de su padre por aquellos bancales, como cuando se ve a alguien que dispara y se siente la necesidad del estallido en los tímpanos. Él no les gritaría nunca a los hombres, y los hombres lo sabían, por eso seguían trabajando sin darse prisa. Sin embargo era seguro que preferían a su padre, su padre que los hacía sudar, su padre que hacía plantar y recoger el grano en aquellas cuestas para cabras, su padre que era uno de ellos. Él no, él era un extraño que comía gracias al trabajo de ellos, sabía que lo despreciaban, tal vez lo odiaban.
Ahora los hombres reanudaban una conversación iniciada antes de que él llegara, sobre una mujer del valle.
-Eso decían -dijo la vieja Girumina-, con el párroco.
-Sí, sí -dijo U Pé-. El párroco le dijo: Si vienes te doy dos liras.
-¿Dos liras? -preguntó Nanín.
-Dos liras -dijo U Pé.
-De las de entonces -dijo U Qué.
-¿Cuánto serían hoy dos liras de entonces? -preguntó Nanín.
-No poco -dijo U Qué.
-Caray -dijo Nanín.
Todos reían de la historia de la mujer; el hijo del patrón también sonrió, pero no entendía bien el sentido de esas historias, amores de mujeres huesudas y bigotudas y vestidas de negro.
Franceschina también llegaría a ser así. Ahora espigaba en el bancal más alto, cantando una canción de la radio, y cada vez que se agachaba la falda se le subía más, descubriendo la piel blanca de las corvas.
-Franceschina -le gritó Nanín-, ¿irías con un cura por dos liras?
Franceschina estaba de pie en el bancal, con el manojo de espigas apretado contra el pecho.
-¿Dos mil? -gritó.
-Caray, dice dos mi l-dijo Nanín a los otros, perplejo.
-Yo no voy ni con curas ni con «civiles» -gritó Franceschina.
-Con militares, ¿sí? -gritó U Qué.
-Ni con militares -contestó y se puso a recoger espigas de nuevo.
-Tiene buenas piernas la Franceschina -dijo Nanín, mirándoselas.
Los otros las miraron y estuvieron de acuerdo.
-Buenas y rectas -dijeron.
El hijo del patrón las miró como si no las hubiera visto antes e hizo un gesto de asentimiento. Pero sabía que no eran bonitas, con sus músculos duros y velludos.
-¿Cuándo haces el servicio militar, Nanín? -dijo Girumina.
-Hostia, depende de que quieran examinar otra vez a los eximidos -dijo Nanín-. Si la guerra no termina, me llamarán a mí también, con mi insuficiencia torácica.
-¿Es cierto que Norteamérica ha entrado en la guerra? -preguntó U Qué al hijo del patrón.
-Norteamérica -dijo el hijo del patrón. Tal vez ahora podría decir algo-. Norteamérica y Japón- dijo y se calló. ¿Qué más podía decir?
-¿Quién es más fuerte: Norteamérica o Japón?
-Los dos son fuertes -dijo el hijo del patrón.
-¿Es fuerte Inglaterra?
-Eh, sí, también es fuerte.
-¿Y Rusia?
-Rusia también es fuerte.
-¿Alemania?
-Alemania también.
-¿Y nosotros?
-Será una guerra larga -dijo el hijo del patrón-. Una guerra larga.
-Cuando la otra guerra -dijo U Pé-, había en el bosque una cueva con diez desertores-. Y señaló arriba, en dirección de los pinos.
-Si dura un poco más -dijo Nanín- yo digo que nosotros también terminaremos metidos en las cuevas.
-Bah -dijo U Qué-, quién sabe cómo irá a terminar.
-Todas las guerras terminan así: al que le toca, le toca.
-Al que le toca le toca -repitieron los otros.
El hijo del patrón empezó a subir por los bancales mordisqueando la brizna de paja hasta llegar a Franceschina. Le miraba la piel blanca de las corvas cuando se inclinaba a recoger las espigas. Tal vez con ella sería más fácil; se imaginaría que le hacía la corte.
-¿Vas alguna vez a la ciudad, Franceschina? -le preguntó. Era un modo estúpido de iniciar una conversación.
-A veces bajo los domingos por la tarde. Si hay feria, vamos a la feria, si no, al cine.
Había dejado de trabajar. No era eso lo que él quería; ¡si su padre lo viera! En vez de montar la guardia, hacía hablar a las mujeres que trabajaban.
-¿Te gusta ir a la ciudad?
-Sí, me gusta. Pero en el fondo, por la noche, cuando vuelves, qué te ha quedado. El lunes, vuelta a empezar, y te fue como te fue.
-Claro -dijo él mordiendo la brizna.
Ahora había que dejarla en paz, si no, no volvería a trabajar. Dio media vuelta y bajó.
En los bancales de abajo los hombres casi habían terminado y Nanín envolvía las gavillas en lonas para bajarlas cargadas sobre las espaldas. El mar altísimo con respecto a las colinas empezaba a teñirse de violeta del lado del ocaso. El hijo del patrón miraba su tierra, pura piedra y paja dura, y comprendía que él le sería siempre desesperadamente ajeno.
 
rhcastro,07.10.2017
Es un maravilloso lugar.
 
MarceloArrizabalaga,02.12.2017
Un cuento breve de Hermann Hesse:


Parábola china

Un anciano llamado Chunglang, que quiere decir «Maese La Roca», tenía una pequeña propiedad en la montaña. Sucedió cierto día que se le escapó uno de sus caballos y los vecinos se acercaron a manifestarle su condolencia.

Sin embargo el anciano replicó:

-¡Quién sabe si eso ha sido una desgracia!

Y hete aquí que varios días después el caballo regresó, y traía consigo toda una manada de caballos cimarrones. De nuevo se presentaron los vecinos y lo felicitaron por su buena suerte.

Pero el viejo de la montaña les dijo:

-¡Quién sabe si eso ha sido un suceso afortunado!

Como tenían tantos caballos, el hijo del anciano se aficionó a montarlos, pero un día se cayó y se rompió una pierna. Otra vez los vecinos fueron a darle el pésame, y nuevamente les replicó el viejo:

-¡Quién sabe si eso ha sido una desgracia!

Al año siguiente se presentaron en la montaña los comisionados de «los Varas Largas». Reclutaban jóvenes fuertes para mensajeros del emperador y para llevar su litera. Al hijo del anciano, que todavía estaba impedido de la pierna, no se lo llevaron.

Chunglang sonreía.
 
chilicote,03.12.2017
http://soundcloud.com/ta...

Música folklórica de Argentina.
 
chilicote,03.12.2017
http://soundcloud.com/ta...
 
henrym,18.09.2018
Muy buen foro, ya compartiré algo de mis autores preferidos.
 
henrym,19.09.2018
LA PALABRA
Vladimir Nabokov (1899-1977)

Barrido del valle de la noche por el genio de un viento onírico, me encontré al borde de un camino, bajo un cielo de oro puro y claro, en una tierra montañosa de extraordinaria naturaleza. Sin necesidad de mirar, sentía el brillo, los ángulos y las múltiples facetas de aquellos inmensos mosaicos que constituían las rocas, de los precipicios deslumbrantes, y el destello de innumerables lagos que me miraban como espejos en algún lugar abajo en el valle, tras de mí. Mi alma se vio embargada por un sentido de iridiscencia celestial, de libertad, de grandiosidad: supe que estaba en el Paraíso. Y sin embargo, dentro de esta mi alma terrenal, surgió un único pensamiento mortal como una llama que me traspasara – y con qué celo, con qué tristeza lo preservé del aura de aquella gigantesca belleza que me rodeaba-. Ese único pensamiento, esa llama desnuda de sufrimiento puro, no era sino el pensamiento de mi tierra mortal. Descalzo y sin dinero, al borde de aquel camino de montaña, esperé a los amables y luminosos habitantes del cielo, mientras el viento, como la anticipación de un milagro, jugaba con mi pelo, llenaba las gargantas con un zumbido de cristal, y agitaba las sedas fabulosas de los árboles que florecían entre las rocas que bordeaban el camino. Largos filamentos de todo tipo de hierbas lamían los troncos de los árboles como si fueran lenguas de fuego; grandes flores se rompían abiertas en las ramas brillantes y, como copas volantes que rezumaran luz del sol, planeaban por el aire, exhalando en sus jadeos unos pétalos convexos y translúcidos. Su aroma dulce y húmedo me recordaba todas las cosas maravillosas que había experimentado a lo largo de mi vida.
De repente, cuando me encontraba cegado y sin aliento ante aquel resplandor, el camino se llenó de una tempestad de alas. Escapándose de las cegadoras profundidades llegaron en enjambre los ángeles que yo estaba esperando, con sus alas recogidas apuntando a las alturas. Se movían con pasos etéreos; eran como nubes de colores en movimiento, y sus rostros transparentes permanecían inmóviles a excepción de un leve temblor extasiado en sus pestañas radiantes. Unos pájaros turquesa volaban entre ellos con risas felices como de adolescentes, y unos animales color naranja deambulaban ágiles, en una fantasía de manchas negras. Las criaturas se enrollaban como ovillos en el aire, estirando sus piernas de satén en silencio para atrapar las flores volantes que circulaban y se elevaban, apretándose ante mí con ojos brillantes.
¡Alas! ¡Más alas! ¡Por todas partes, alas! ¿Cómo describir sus circunvoluciones y colores? Eran suaves y también poderosas – leonadas, violetas, azul profundo, negro aterciopelado, con un polvillo arrebolado en las puntas redondeadas de las plumas curvas. Eran como nubes escarpadas fijas en la espalda luminosa de los ángeles, suspendidas en arrogante equilibrio; de tanto en tanto, un ángel, en una especie de trance maravilloso, como si le fuera imposible contener por más tiempo su felicidad, en un efímero segundo, abría sin previo aviso esa su belleza alada y era como un estallido de sol, como una burbuja de millones de ojos.
Pasaban en enjambres, mirando al cielo. Sus ojos eran simas jubilosas, y en sus miradas acerté a ver el vértigo del vuelo. Se acercaban con pasos deslizantes, bajo una lluvia de flores. Las flores derramaban su brillo húmedo en el vuelo; los esbeltos y elegantes animales jugaban, sin dejar de ascender en remolinos; los pájaros tañían de felicidad, remontando el vuelo para luego caer en picado. Y yo, un mendigo cegado y azogado, seguía parado al borde del camino, con un mismo y único pensamiento que apenas lograba balbucear dentro de mi alma de mendigo: Llámales, diles… oh, diles que en esa la más espléndida de las estrellas de Dios hay una tierra, mi tierra… que se muere en la más absoluta y acongojada oscuridad. Tuve la sensación de que si tan sólo hubiera podido agarrar con la mano aquel tornasol resplandeciente, hubiera podido traer a mi tierra una alegría tal que las almas de los humanos se hubieran visto iluminadas al instante y hubieran comenzado a girar alrededor…
Alcé mis manos trémulas, y esforzándome por impedir el camino de los ángeles traté de agarrar el dobladillo de sus casullas brillantes, de tocar los bordes, los extremos tórridos y ondulantes de sus alas curvadas que se deslizaban entre mis dedos como flores con pelusa. Yo corría y me precipitaba de uno a otro, implorando como en un delirio su indulgencia, pero los ángeles seguían su camino sin detenerse, ajenos a mí, con sus rostros cincelados mirando a las alturas. Era una hueste que ascendía hacia una fiesta celestial, hacia un claro de un bosque de un resplandor insoportable, donde tronaba y respiraba una divinidad en la que no me atrevía ni a pensar. Vi telarañas de fuego, manchas de colores, dibujos y diseños de carmesí gigante, rojos, alas violetas, y sobre todo y sobre mí, el suave susurro de una ola vellosa que ascendía. Los pájaros coronados con un arco iris turquesa picoteaban, las flores se desprendían de las brillantes ramas y flotaban. ¡Esperad un minuto, escuchadme!, les gritaba, tratando de abrazarme a las piernas de algún ángel vaporoso, pero sus pies, impalpables, inalcanzables, se me escurrían de las manos, y los extremos de aquellas alas grandes se limitaban a quemarme los labios a su paso. En la distancia, una tormenta incipiente amenazaba con descargar en un claro dorado abierto entre rocas vívidas, los ángeles se retiraban, los pájaros cesaron en sus agudas risas agitadas; las flores ya no volaban desde los árboles; sentí una cierta debilidad, fui enmudeciendo…
Y entonces ocurrió un milagro. Uno de los últimos ángeles se quedó rezagado, se volvió y en silencio se acercó a mí. Divisé sus ojos cavernosos de diamante fijos en mí desde el arco imponente de su ceño. En las nervaduras de sus alas extendidas relucía algo que parecía hielo. Las propias alas eran grises, un tono inefable de gris, y cada pluma acababa en una hoz de plata. Su rostro, la silueta levemente risueña de sus labios y su frente limpia y despejada me recordaron otros rasgos que conocía y había visto en la tierra. Las curvas, el destello, el encanto de todos los rostros que yo había amado en vida… parecieron fundirse en un semblante maravilloso. Todos los sonidos familiares que habían llegado discretos y nítidos a mis oídos parecían ahora fundirse en una única y perfecta melodía.
Se acercó hasta mí. Sonrió. Yo no pude devolverle la mirada. Pero observando sus piernas, noté una red de venas azules en sus pies y también una pálida marca de nacimiento. Y deduje, a partir de esas venas, de aquel lunar diminuto, que todavía no había acabado de abandonar la tierra por completo, que quizás pudiera entender mi plegaria.
Y entonces, inclinando la cabeza, tapándome los ojos medio ciegos con las palmas de las manos, sucias de barro, comencé a enumerar mis penas. Quería explicarle lo maravillosa que era mi tierra, y lo terrible de su síncope negro, pero no encontré las palabras que necesitaba. A borbotones, repitiéndome, balbuceé una serie de trivialidades, le hablé de una casa quemada en la que hubo un tiempo en el que el brillo que el sol dejaba en el parqué se reflejaba en un espejo inclinado. Parloteé de viejos libros y tilos viejos, de pequeñeces, de mis primeros poemas escritos en un cuaderno escolar color cobalto, de un gran peñasco gris, cubierto de frambuesas salvajes en medio de un campo lleno de mariposas y escabiosas… pero no pude, no acerté a expresar lo más importante. Me confundía, me trastabillaba, me quedaba callado, comenzaba de nuevo, una y otra vez, en un hablar confuso que no llevaba a ninguna parte, y le hablé de habitaciones en una casa de campo fría y llena de ecos, le hablé de tilos, de mi primer amor, de abejorros durmiendo entre las escabiosas. Me parecía que en cualquier momento, en cualquier momento, me vendrían las palabras para decir aquello que quería, lo más importante, que llegaría a poder contarle todo el dolor de mi tierra. Pero por alguna extraña razón sólo me acordaba de minucias, de pequeñeces y detalles mundanos que no acertaban a decir ni a llorar aquellas lágrimas corpulentas de fuego que yo quería contar sin acertar a hacerlo…
Me quedé callado y alcé la cabeza. El ángel esbozó una sonrisa atenta, silenciosa, contemplándome con celo desde sus ojos alargados de diamante. Y supe entonces que me entendía.
-Perdóname –exclamé y besé con humildad aquel pálido pie con su marca de nacimiento-. Disculpa que no sepa hablar sino de lo efímero, de trivialidades. Y sin embargo, tú, mi ángel gris, de corazón amable, me entiendes. Contéstame, ayúdame, dime, dime, ¿qué es lo que puede salvar a mi tierra?
Me tomó por los hombros un instante en un abrazo de sus alas de paloma y pronunció una sola palabra, y en su voz reconocí todas aquellas voces silenciadas y adoradas. La palabra que pronunció era tan maravillosa que, con un suspiro, cerré los ojos e incliné aún más la cabeza. La fragancia y la melodía de la voz se extendieron por mis venas, y se alzaron como el sol en mi mente: las innumerables cavidades que habitaban mi conciencia se prendieron en ella y repitieron aquella canción edénica y brillante. Estaba lleno de ella. Con la tensión de un nudo bien lazado, me golpeaba en las sienes, su humedad temblaba en mis pestañas, su dulce hielo abanicaba mis cabellos, y era una lluvia de calor celeste sobre mi corazón.
La grité, me deleité en cada una de sus sílabas, alcé mis ojos con violencia, rebosantes de arcos iris radiantes de lágrimas de alegría…
Dios mío… el amanecer de invierno brilla verdoso ya en la ventana y no consigo recordar aquella palabra de mi grito.

 
rhcastro,19.09.2018
Qué hermoso gracias por compartir.
 
rhcastro,22.10.2018

Cuento del canario, las pinzas y los tres muertos
La ley de Herodes y otros cuentos (1967)
jorge ibargüengoitia

1. El canario

A pesar de estar a veinte metros de una calle muy transitada, durante muchos años mi casa estuvo rodeada de los terrenos selváticos que habían sido de la Compañía de Jesús y se habían convertido en basurero, excusado público, refugio de mendigos, casino de tahúres indigentes y lecho de parejas pobres o urgidas.
Los hechos que culminaron con el robo del canario son los siguientes:
Una noche estaba yo en la sala de mi casa, recostado en el sofá color tabaco, leyendo una novela, en compañía de mi señora madre, que estaba en un sillón leyendo otra novela, cuando sentí que a escasos quince centímetros de mi oreja izquierda alguien estaba escalando el muro de mi casa.
—Ha de ser un gato —dijo mi madre.
Dejé la novela a un lado, subí al segundo piso, salí a la azotea y en la oscuridad distinguí algo, que al principio me pareció efectivamente un gato y que al verlo bien se convirtió en la cabeza y los hombros de un individuo que estaba echado boca abajo en el tejado. Le toqué el hombro impacientemente:
—¡Vámonos de aquí! —le dije.
El hombre se puso de pie. Llevaba un costal vacío.
—Es que me subí a dormir aquí, porque abajo está muy húmedo el piso.
—No me importa que el piso esté húmedo. ¡Vámonos de aquí!
El hombre empezó a descolgarse por donde había subido.
—Perdóneme —me dijo.
Para reforzar mi actitud, le dije:
—¡Y dése de santos que no lo acribillo a balazos!
Era una bravata porque yo no tenía pistola. El hombre caminó entre el matorral hasta llegar al pie de un árbol.
—¿Me da permiso de dormir aquí? Llevé la bravata a extremos heroicos: —Duerma donde quiera, pero si vuelve a poner un pie en mi casa, lo sacan con los pies por delante.
Cerré las ventanas del segundo piso y regresé a la sala.
—¿Verdad que fue un gato? —preguntó mi madre.
—Sí, fue un gato.
El segundo hecho ocurrió seis meses después. Yo había dejado abiertas las ventanas de mi cuarto, que está en el segundo piso, y había salido. Mi familia, que tuvo visitas aquella noche, afirma que entre el rumor de la conversación podían oírse pasos misteriosos en el tejado. Cuando decidieron investigar qué estaba ocurriendo, vieron que alguien había vaciado mi guardarropa y se había llevado cuatro trajes viejos, pasados de moda y que me quedaban chicos, y unas veinte corbatas. Una tía mía salió corriendo a la calle a pedir auxilio y vio venir a dos hombres; uno de ellos llevaba un costal.
—¿No han visto a unos ladrones? —No, señora —le contestaron y siguieron su camino. A la mañana siguiente, envuelto en un impermeable, exploré el solar de junto y guiándome por las huellas, encontré mis corbatas abandonadas. Debo confesar que me ofendí bastante.
Tres días después de esto, mi madre, que estaba sola en la casa, oyó pasos en la azotea, salió al patio, no vio a nadie, regresó a su cuarto y encontró a un hombre con chamarra de cuero abriendo el cajón de la cómoda en donde tenía guardados catorce pesos.
—¿Pero qué te estás creyendo? —le dijo mi madre—. ¡Lárgate inmediatamente si no quieres que te vaya muy mal!
El hombre salió corriendo despavorido de mi casa, por la puerta principal, que le costó bastante trabajo abrir. Se robó $2.50 que estaban arriba de la cómoda.
Seis meses después, vuelvo a estar en la sala, recostado sobre el sofá color tabaco, leyendo una novela y vuelve a estar mi madre sentada en un sillón leyendo otra, vuelvo a oír que alguien escala el muro, vuelve mi madre a decir que es un gato, vuelvo a subir a la azotea, no encuentro a nadie, me doy media vuelta y descubro, atrás de la ventana por donde yo acababa de salir, unos pelos negros, tiesos y grasosos, muy mexicanos. Voy al encuentro del ladrón, para decirle que se vaya y lo veo salir de su escondite: lívido, con la cara deformada por el terror y las manos por delante. Cuando yo iba a empezar a decirle que se fuera, me cerró la boca con el puñetazo más fuerte que me han dado en mi vida. Cuando comprendí que me había golpeado, ya me había golpeado otras dos veces y estaba sangrando por la boca. Empecé a pegarle y vi cómo se le estiraba el pescuezo como si fuera un gallo. Decidí arrojarlo al patio. Le di un empujón y como yo era más pesado, lo acerqué al borde. Entonces cambié de opinión. Si se caía al patio y se rompía una pierna, ¿cómo iba a poder sacarlo de la casa? No tenía la menor intención de llamar a la policía, que me parece mucho más temible que todos los criminales de México. Mientras yo reflexionaba, él había seguido pegándome y cuando acabé de reflexionar, me caí de rodillas, casi K.O. Entonces, afortunadamente, se fue. Pegó un brinco y cayó en el solar, rompiéndose la pierna que no se había roto en el patio de mi casa. Lo vi perderse entre la maleza, salir a la calle y desaparecer arrastrando una pierna.
Entré en el baño y me miré en el espejo. Tenía la cara como la de Charles Laughton, que en paz descanse, y estaba ensangrentado. Oí que mi madre subía la escalera a toda la velocidad que le permitían sus piernas. Entró en el baño convencida de que iba a encontrar al bandido maniatado, en un rincón.
—¿Lo agarraste?
Entonces me vio la cara y me puso fomentos calientes.
Decidí no correr más riesgos. Alguien me regaló una pistola y la cargué haciendo esta reflexión: “La próxima vez que yo esté leyendo una novela y alguien escale el muro de mi casa”, me dije, “subo al segundo piso, abro la ventana, y apoyado cómodamente en el repisón, acribillo a tiros al asaltante”.
Desgraciadamente, nadie volvió a escalar el muro ni a entrar en la azotea de mi casa. El siguiente robo fue mucho más espectacular y estuvo a punto de terminar en tragedia.
Eran las tres de la tarde y había en mi casa ocho o diez personas tomando daikiris. Yo estaba en la cocina, con una coctelera en la mano, cuando vi que un gancho de alambre entraba en el patio de servicio, descolgaba la jaula del canario predilecto de mi tía y desaparecía. Cuando me repuse de la sorpresa, corrí a mi cuarto, saqué la pistola de su escondite, corté cartucho, fui a la ventana y la abrí. A veinte metros estaba un ladrón pobrísimo, con la jaula en la mano, tratando de saltar una barda que da a la calle más transitada de Coyotlán. Apunté y apreté el gatillo. No pasó nada, porque el seguro estaba puesto. Quité el seguro y volví a cortar cartucho. Fue un error. La pistola se embaló y estuve forcejeando con ella mientras el hombre desaparecía tras la barda, con su cargamento. No me quedó otra que bajar a donde estaban los invitados y platicarles lo ocurrido.
Al día siguiente, mi tía dijo:
—¡Qué noche habrá pasado el canario, entre bandidos!

2. Las pinzas

Un mendigo de pelo cano, bigote espeso y panza de bon vivant vino a mi casa a pedir un taco. Como el día anterior habíamos tenido fiesta y habían sobrado veinte medias noches bastante feas, fui a la cocina, las puse en una bolsa de papel y se las di. El mendigo gordo se quitó el sombrero destartalado, hizo una ligera reverencia, dio las gracias y se fue.
Poco después, subí al segundo piso y por la ventana lo vi; estaba sentado en un montículo de cascajo sacando de la bolsa las medias noches y acomodándolas en hileras sobre el periódico, que le servía de mantel. Frente a él, en cuclillas, estaba un trapero, contemplando la comida con una mano en la quijada. Cuando el gordo le hizo una seña de invitación, el trapero cogió una medianoche y empezó a comérsela; el gordo cogió otra e hizo lo mismo. En ese momento apareció un tercer personaje: una mujer que andaba entre el matorral recogiendo varas secas para hacer leña. Era una vieja que en sus tiempos debió ser guapa. El gordo tomó una medianoche y se la ofreció; ella dejó la leña en el suelo y se sentó a comer junto a ellos.
Cuando llegaron los primeros fríos del invierno, vino el gordo a mi casa y me dijo:
—¿No tendría una cobijita vieja que me regalara? Porque nomás tengo esto para ponerme encima —me señaló el suéter roto que traía puesto.
Yo no tenía cobija, pero le di una camisa desteñida, un saco lustroso, unos pantalones luidos y unos zapatos que eran tan duros que nunca me los pude poner.
El gordo se quitó el sombrero destartalado, hizo una ligera reverencia, me dio las gracias y se fue. Desde ese día, siempre que venía a mi casa se ponía los zapatos que le di. Si esto fue un tormento para él, se vengó con creces, porque tomó la costumbre de venir una vez a la semana, a las siete de la mañana. Yo le daba dos, tres, hasta cinco pesos, según el humor de que estuviera y el estado de mis finanzas. A veces, le decía:
—Ahora sí me agarró muy pobre.
—¡Cuánto lo siento, patrón! Pero no desespere, que Dios no falta.
Y se iba después de consolarme.
Un día lo vi, por la ventana, bajarse los pantalones que habían sido míos, y hacer el amor entre el matorral con la vieja de la leña. Otro día lo vi pasear afuera de una obra que estaba frente a mi casa y, en un momento en que los albañiles se descuidaron, robarse unas pinzas que estaban en el suelo. Se las echó en la bolsa, cruzó la calle y llamó a la puerta de mi casa. Cuando le abrí, sacó las pinzas de la bolsa y me las ofreció.
—Patrón, permítame que le haga un regalito.
El truco me conmovió tanto, que le di cinco pesos y guardé las pinzas, que todavía conservo. Son muy útiles.
Otro día, se empeñó en regalarme un anillo espantoso y tuve que darle diez pesos para que se lo llevara sin irse ofendido; otro, me trajo una moneda de veinticinco centavos de dólar.
—¿Cuánto valdrá esta moneda? —me preguntó.
—Tres pesos.
—Se la regalo.
Tuve que regalarle cinco pesos.
Otro día trajo unos camotes en una bolsa.
—Son de lirio, patrón. Del fino.
Le di diez pesos y planté los camotes, que nunca brotaron.
Un día me dijo, con mucho misterio.
—Usted no está para saberlo, patrón, pero tengo una grave urgencia. ¿Puede prestarme veinte pesos?
Se los presté. El día en que había prometido devolverlos, se presentó con doce pesos nada más.
—Patrón, no pude acabalarle los veinte pesos, pero aquí le traigo doce, para que vea que la voluntad no me falta.
No se los acepté y le perdoné la deuda.
A la siguiente vez que vino, me dijo:
—Patrón, usted no está para saberlo, pero tengo a la mujer muy enferma. ¿Puede usted prestarme cincuenta pesos?
—Bueno, pero me los pagas.
No volvió por un tiempo. Por fin se presentó.
—Patrón, no he tenido dinero para devolverle sus centavos. ¿Puede prestarme otros cincuenta pesos?
—No.
Me había cansado de darle dinero y de que me hiciera levantarme a las siete de la mañana. Cuando le dije que no, él me miró estupefacto.
—Pero si usted no me ayuda, ¿quién va a ayudarme?
—No sé —le dije y cerré la puerta.
Regresó a los pocos días.
—Ahora no hay nada —le dije.
Esa vez, lloró.
Hizo otros dos intentos y después, desapareció. Cuando desapareció, me arrepentí de haberlo tratado mal.
Años después, cuando estaba yo viviendo en otra parte del país y venía a México solamente los fines de semana, me dijeron en mi casa:
—Vino el gordo, muy derrotado, y dijo que si no podrías regalarle algo de ropa.
Le preparé un ajuar. Un saco, tres camisas, dos pantalones y un par de zapatos. Pero el tiempo pasó, el gordo no regresó, mi madre se impacientó y le regaló la ropa al jardinero.
Una mañana, cuando regresé a México, estaba profundamente dormido cuando alguien tocó el timbre; eran las siete de la mañana. Era el gordo que venía por su ajuar.
—¿Por qué no vino antes? Ya le dieron el tambache a otro.
—He estado muy enfermo —me dijo.
Estaba harapiento, el sombrero, peor que nunca, y los zapatos destrozados. Le di veinte pesos.
—Necesito ropa, patrón —me dijo mientras se los guardaba.
Le dije que regresara en una semana, a ver si mientras le conseguía algo. Se despidió como siempre, quitándose el sombrero e inclinándose ligeramente. Se fue caminando muy despacito y nunca volvió.

3. Los tres muertos

El primero fue el cuidador que dejamos en la casa cuando fuimos a pasar tres meses en otra parte del país. Era un antiguo albañil que un accidente dejó baldado y trabajaba velando las construcciones que hacía mi arquitecto. Tenía unos cincuenta años, color enfermizo y una pierna chueca y tiesa. Dormía solo en la casa; por la mañana venía uno de sus hijos pequeños con la comida de todo el día; después de almorzar, ambos salían a la calle, se sentaban en la banqueta y pasaban el día tomando el sol; al anochecer, el niño se iba y el padre se metía en la cama y dormía hasta el día siguiente.
Durante el tiempo en que él estuvo de velador, vine a México dos o tres veces y me quedé a dormir en la casa; no sé por qué razón, Ramón, que así se llamaba, decidió que yo necesitaba despertar a las siete, y todas las mañanas subía cojeando la escalera de madera y tocaba en la puerta de mi cuarto.
—Ya son las siete, señor —me decía.
—Muchas gracias, Ramón —le contestaba yo y seguía durmiendo.
Un día conocí a su mujer, que era flaca, muy chocante y demasiado respetuosa.
Ramón dejó dos recuerdos: una planta de camelia, que él plantó y nosotros tuvimos que pagar dos veces, porque se la pagamos primero a él y después al que vino y dijo que la planta era suya y nadie se la había pagado; el segundo recuerdo fue la mugre que dejó entre las páginas de Fortunata y Jacinta que mi madre le prestó para que se distrajera. Cada vez que veíamos la planta o el libro, nos acordábamos de Ramón.
Meses después de haberse ido él vino su mujer a decirnos que estaba muy enfermo y que necesitaba veinte pesos para las medicinas. Mi madre se los dio. Al mes, la mujer regresó llorosa a pedir cincuenta para la caja. Mi madre se los dio y después dijo:
—¡Pobre Ramón, ya en el otro mundo! La tercer visita le costó a mi madre diez pesos, a cambio de los cuales, la mujer prometió traer una foto que le habían tomado a Ramón, ya muerto. La cuarta fue la última, gracias a que la encontré orinando en la calle y ya no se atrevió a llegar a mi casa a darnos el sablazo.
Pasaron varios años. Cada vez que la camelia daba una flor o que alguien hojeaba el libro de Fortunata y Jacinta, mi madre decía:
—¡Pobre Ramón, ya en el otro mundo!
Hasta que un día dijo esto delante del arquitecto, que había venido a comer en tiempo de camelias. El arquitecto la miró perplejo.
—¿Cómo en el otro mundo, si está trabajando conmigo en un edificio que estoy haciendo en la Calzada de Tlalpan?
Desde ese día, cada vez que hay una camelia o que ve las hojas de Fortunata y Jacinta, mi madre dice:
—¡Y aquella mujer, que iba a traerme el retrato de Ramón, ya muerto!

El segundo muerto fue probablemente real.
Había un viejo jardinero, con mal del pinto, que cada seis meses tocaba el timbre de mi casa y me pedía trabajo.
—Gracias —le decía yo—, pero tenemos un jardinero que viene cada ocho días.
Y el viejo se echaba al hombro su cortadora de pasto y se iba.
Pero un día, el jardinero que venía cada semana se fue a vivir a Querétaro y nos quedamos sin nadie que nos arreglara el jardín. Por eso, cuando volvió el pinto, lo contraté. Venía acompañado de un indio grandote, bigotón y muy risueño, que era el que ahora cargaba la cortadora.
—Yo ya estoy muy viejo, pero mi ayudante hace el trabajo pesado —me explicó el pinto.
Y en efecto, el indio cortaba el pasto y removía la tierra, mientras el pinto quitaba las hojas secas. Cuando terminaron su trabajo, se fueron.
Al día siguiente, regresó el pinto con la cortadora.
Venía temblando y apenas podía hablar.
—Un coche atropello a mi compañero y tengo que ir a verlo en la Cruz Roja.
Quería que le guardáramos la máquina y que le diéramos algo de dinero para el taxi. Le dimos cincuenta pesos. Regresó días después, a recoger la cortadora. Su compañero había muerto, dijo, y agregó:
—Ahora ya no podré trabajar de jardinero, porque estoy muy viejo.
Se dedicó a comerciante. Nos ha vendido plantas de hortensia, semillas de tulipán, camotes de alcatraz, abono químico, violetas, nardos y una hoz.

El tercer muerto fue ficticio.
José Zamora es un plomero y electricista muy hábil, muy rápido y muy carero. Lo llama uno y en media hora está el desperfecto arreglado y Zamora cobrando una suma exagerada.
Un día pasó repartiendo tarjetas en las casas de sus clientes.
—Aquí le dejo, patrón, para que cuando se le ofrezca algún trabajo sepa dónde encontrarme.
No es que se hubiera cambiado de casa, sino que había tenido dinero para imprimir tarjetas.
Las tarjetas decían: “José Zapata. Trabajos de Plomería y Electricidad.”
—¿No dijo usted que se llamaba Zamora? —le pregunté.
—Es que me llamo Zamora Zapata y prefiero llamarme Zapata que Zamora —me explicó.
El maestro Zamora venía en una bicicleta, con un estuche de herramientas y un chiquillo, que era hijo suyo y le servía de ayudante.
Un día, llegó un joven desconocido a la casa y dijo, tartamudeando:
—Vengo de parte del maestro Zamora que dice que le manden cincuenta pesos, prestados o regalados, porque a su hijo lo acaba de atropellar un camión y necesita dinero para lo que se ofrezca.
Mi madre le entregó los cincuenta pesos y se pasó tres meses diciendo:
—¡Pobre de Zamora, cómo estará, con el hijo herido, baldado o muerto!
Cuando hubo un desperfecto y necesidad de llamar al plomero, mi madre le dijo a la criada:
—Ve a buscar a Zamora, a ver si puede venir, porque el hijo puede estar en el hospital o ya enterrado.
Cuando llegó Zamora, le preguntó:
—¿Cómo siguió su hijo?
—¿Cuál de ellos?
—El atropellado.
—¿Cuál atropellado?
Cuando mi madre le explicó el episodio de los cincuenta pesos, Zamora dijo:
—¡Qué infamia! ¡Cómo hay gente sinvergüenza!
Pero a los ocho días, mandó al hijo “atropellado” a pedir cincuenta pesos “a cuenta de trabajos futuros”. Se los mandamos y después se cambió de casa sin dejar rastro y no hemos vuelto a verlo.
 
henrym,22.10.2018
En el cuento del canario me pareció impresionante la cantidad de ladrones que no dejaban leer novelas en paz. Lamentablemente el amarillo y cantor pajarillos lo más seguro que se lo comerán asado.
Entretenido el cuento.
 
Martilu,23.10.2018
Guiando la hiedra Hebe Uhart



Aquí estoy acomodando las plantas, para que no se estorben unas a otras, ni tengan partes muertas, ni hormigas. Me produce placer observar cómo crecen con tan poco; son sensatas y se acomodan a sus recipientes; si éstos son chicos, se achican, si tienen espacio, crecen más. Son diferentes de las personas: algunas personas, con una base mezquina, adquieren unas frondosidades que impiden percibir su real tamaño; otras, de gran corazón y capacidad, quedan aplastadas y confundidas por el peso de la vida. En eso pienso cuando riego y trasplanto y en las distintas formas de ser de las plantas: tengo una que es resistente al sol, dura, como del desierto, que tomó para sí sólo el verde necesario para sobrevivir; después una hiedra grande, bonita, intrascendente, que no tiene la menor pretensión de originalidad porque se parece a cualquier hiedra que se puede comprar en todos lados, con su verde tornasolado. Pero tengo otra hiedra, de color verde uniforme, que se volvió chica; ella parece decir: "Los tornasoles no son para mí"; ella responde creciendo muy lentamente, umbría y segura en su cautela. Es la planta que más quiero; de vez en cuando la guío, yo comprendo para dónde quiere ir y ella entiende para dónde yo la quiero guiar. A la hiedra tornasolada a veces le digo "estúpida" porque hace unos arabescos al pedo; a la planta del desierto la respeto por su resistencia, pero a veces me parece fea. Pero me parece fea cuando la veo con la mirada de otras personas, cuando viene visita: a mí en general me gustan todas. Por ejemplo hay una especie de margarita chica, silvestre, que la llaman flor de bicho colorado; no sé con qué criterio se la distingue de la margarita. A veces miro mi jardín como si fuera de otro y descubro dos defectos: uno, que pocas plantas caen graciosamente, con cierta frondosidad y movimientos sinuosos: mis plantas son como quietitas, cortitas, metidas en su maceta. El segundo defecto es que tengo una gran cantidad de macetitas chicas, de todos los tamaños, en vez de grandes macizos estructurados, bien pensados; porque fui demorando mucho esa tarea de tirar lastre, digamos y la misma expresión, tirar lastre, o sanear, referida a mis plantas, tiene algo de maligno. Fui demorando todo lo posible el uso de la malignidad necesaria para sobrevivir, ignorándola en mí y en otros. Vinculo la malignidad a la mundanidad, a la capacidad de discernir inmediatamente si una planta es flor de bicho colorado o margarita, si una piedra es preciosa o despreciable. Vinculo o vinculaba malignidad a desprecio electivo en función de algunos objetivos que ahora no me son extraños: el trato con gente, con mucha gente, los rencores, la reiteración de personas y situaciones; en fin, el reemplazo del asombro por el espíritu detectivesco me contaminó a mí también de maldad. Pero me siguen asombrando algunas cosas. Yo hace cuatro o cinco años había rogado a dios o a los dioses que no me volviera drástica, despreciativa. Yo decía: "Dios mío, que no me vuelva como la madre de 'Las de Barranco'". La vida de esa madre era un perpetuo aquelarre; invadía los asuntos de los que la rodeaban, vivía su vida a través de ellos, de modo que no se sabía cuáles eran sus verdaderos deseos; no tenía otro placer que no fuera la astucia. Yo, antes de ser un poco como la de Barranco, miraba a ese modelo como algo espantoso y una vez incorporado, me sentí más cómoda: la comodidad de dejar lastre y olvidar, cuando hay tanto para recordar que no se quiere volver atrás. Ahora a la mañana pienso una cosa, a la tarde, otra. Mis decisiones no duran más allá de una hora y están exentas del sentimiento de ebriedad que las solía acompañar antes; ahora decido por necesidad, cuando no tengo más remedio. Por eso otorgo escaso valor a mis pensamientos y decisiones; antes mis pensamientos me enamoraban; yo quería lo que pensaba; ahora pienso lo que quiero. Pero lo que quiero se me confunde con lo que debo y perdí la capacidad de llorar; debo distraerme mucho de lo que quiero y debo, o simplemente estoy en una especie de limbo donde se sufre un poco: algunas contrariedades (cuyo efecto puede ser previsto), pequeñas frustraciones (susceptibles de ser analizadas y compensadas). Descubrí la parte de invento que tienen las necesidades y los deberes: pero los respeto en seco, sin gran adhesión, porque organizan la vida. Si lloro, es más bien sin mi consentimiento, debo distraerme de lo que quiero y debo; sólo permito que aflore un poquito de agua. Los sentimientos hacia las personas también han cambiado; lo que antes era odio, a veces por motivos ideológicos muy elaborados, ahora es sólo dolor de barriga, un aburrimiento se traduce en dolor de cabeza. Perdí la inmediatez que facilita el trato con los chicos y aunque sé que se recupera con tres carreritas y dos morisquetas, no tengo ganas de hacerlas, porque envidio todo lo que hacen ellos: correr, nadar, jugar, desear mucho y pedir hasta el infinito. Últimamente me he pasado gran parte del tiempo criticando la educación de los chicos porteños con quien fuese, y sobre todo con los taximetreros. En general nos ponemos de acuerdo; sí, los chicos porteños son muy mal educados. Pero es un acuerdo tan triste, que a partir de ese tema no cunde ninguna conversación.

Pienso ahora que el motivo de la quema de brujas no fue ni andar por el aire con la escoba, ni las asambleas que hacían; era más bien el que picaran huesos, picaran sesos hasta dejarlos bien molidos. También dejaban orejas de cerdo en remojo y usaban el caldo para dar brillo a los pisos; de paso, podía ser que alguien patinara y se cayera, esto como un beneficio muy ulterior; ellas no le atribuían demasiada importancia. Las brujas mataban así tres pájaros de un tiro y ése era su poder. Rumiando reconstituían los pensamientos, los cocinaban y también cocinaban el tiempo para obtener el mismo producto bajo diferentes formas. Por ejemplo, el gato; la bruja no tiene antepasados, ni marido, ni hijos; el gato representa todo eso para ella, con el gato anula la muerte. La bruja trabaja como los jíbaros, para reconstituir un orden de lo semivivo; por eso remoja, hierve y mezcla perfumes con sustancias asquerosas: es para rescatar del olvido a las sustancias asquerosas; se las recuerda a los que quieren olvidarlas en nombre del encanto, de la estética y de la vida viva. No, no es por franquear las distancias por lo que fueron castigadas; fue por la trama secreta de la experimentación que podía alterar la inmediatez de los sentimientos, de las decisiones, de los seres, que la vida sostiene con las reglas que le son propias. Y no retrocede ante la cruz, como se dice, porque es un objeto inanimado; retrocede ante el cordero pascual.

Ahora, que soy un poco bruja, me observo una veta grosera. Como directamente de la cacerola, muy rápido, o hago lo contrario, voy a un restaurante donde todos mastican reglamentariamente seis veces cada bocado, para la salud y me produce placer masticar —así como si fuéramos caballos, me enamoro de las chancletas viejas, tiro demasiada agua a las plantas después de lavar el balcón para que caiga barro y ensucie lo lavado (anulo el tiempo, ya que vuelvo a limpiar), cocino mucho, porque encuentro placer en que lo crudo se vuelva cocido y desestimo totalmente los argumentos ecologistas; si el planeta se destruye dentro de doscientos años, me gustaría resucitar para ver el espectáculo. Cambio impresiones con algunas brujas amigas y nuestra conversación se reduce a fugaces comunicados, historias de obstinaciones diversas, controles mutuos de brujerías, para perfeccionarlas, por ejemplo, aprender a matar tres pájaros de un tiro, no necesariamente para hacer maldades, pero igual para ganarle al tiempo, para no gastar pólvora en chimango, para no dar por el pito más de lo que el pito vale, cuando en realidad un pito es algo muy difícil de evaluar.

Pero no siempre fue así, no fue así. Antes de que yo pensara en tirar lastre y en matar dos pájaros de un tiro, sufrí en dos años como nunca había sufrido en mi vida, una mañana lloré con igual intensidad por dos motivos distintos.

Entendí qué pasa con los que se mueren y con los que se van; vuelven en sueños y dicen: "Estoy, pero no estoy; estoy, pero me voy" y yo les digo: "Quedate otro ratito" y no dan ninguna explicación. Si se quedan lo hacen como ajenos, en otra cosa, y me miran como visitas lejanas. En esa región del olvido adonde han ido tienen otras profesiones y han adquirido otro modo de ser. Y todo lo que hemos peleado, hablado, comido y reído pasa al olvido y no quiero yo conocer personas nuevas ni ver a mis amigos; en cuanto empiezo a hablar con alguien, ya lo mando yo misma a la región del olvido, antes de que le llegue el turno de irse o de morirse.

Me despierto y percibo que estoy viva, amanece. No viene ninguna idea a mi cabeza; nada para hacer, nada para pensar. No pienso seguir fumando en la cama sin ninguna idea en la cabeza. De repente me agarran muy buenos propósitos pero sin relación a nada concreto: me lavo, me peino, caliento agua; me voy entonando y los buenos propósitos aumentan. Es un día de marzo y la luz va viniendo pareja, los pajaritos trabajan, van de acá para allá. Yo también voy a trabajar. Ya sé lo que voy a hacer: voy a guiar la hiedra, pero no con un hilo grosero, la voy a atar con un hilo vegetal. Ella está ahí, firme contra la pared: le saco las hojas muertas a la hiedra y a todo lo que veo. Podría decir que tengo un ataque de sacar hojas muertas pero no es adecuada la expresión porque es un ataque tranquilo, pero no pienso terminar hasta que no haya sacado la última hormiga y la última hoja que no sirve. Amontono todas esas macetas chicas, van a ir a otras casas, tal vez con otras plantas. Pasa un avión muy alto y de repente me agarran una felicidad y una paz tan grandes al hacer este trabajo que lo hago más despacio para que no termine. Me gustaría que viniera alguien para que me encontrara así, a la mañana. Pero todos están haciendo otros trabajos distintos, tal vez sufran o renieguen o se engripen; no importa, eso pasa y en algún momento tendrán alguna felicidad como ésta mía. Me siento tan humilde y tan gentil al mismo tiempo que agradecería a alguien, pero no sé a quién. Reviso mi jardín y tengo hambre, me merezco un durazno. Enciendo la radio y oigo que hablan de la onza troy: no sé qué es, ni me importa: arre, hermosa vida.
 
glori,23.10.2018
La noche e los feos (Mario Benedetti)

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

“¿Qué está pensando?”, pregunté.

Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.

“Un lugar común”, dijo. “Tal para cual”.

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

“Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?”

“Sí”, dijo, todavía mirándome.

“Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida.”

“Sí.”

Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

“Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo.”

“¿Algo cómo qué?”

“Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad.”

Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

“Prométame no tomarme como un chiflado.”

“Prometo.”

“La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?”

“No.”

“¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?”

Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.

“Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca.”

Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.

“Vamos”, dijo.

2

No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.

Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.

En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.
 
henrym,24.10.2018
Un cuento duro, potente, impecable, de gran belleza.
Abre una ventana desconocida, con el estilo y el lenguaje justo y efectivo, no hacia la belleza de la fealdad, en mi opinión, sino a la belleza arruinada por una violencia externa que vulnera esa simetría de un rostro común, aceptable o deseable que sea.
Es detrás de ese muro donde se encuentran dos almas sensibles e inteligentes en la soberbia pluma de Mario Benedetti.
 
Clorinda,25.10.2018
En memoria de Paulina
[Cuento - Texto completo.]
Adolfo Bioy Casares

Siempre quise a Paulina. En uno de mis primeros recuerdos, Paulina y yo estamos ocultos en una oscura glorieta de laureles, en un jardín con dos leones de piedra. Paulina me dijo: Me gusta el azul, me gustan las uvas, me gusta el hielo, me gustan las rosas, me gustan los caballos blancos. Yo comprendí que mi felicidad había empezado, porque en esas preferencias podía identificarme con Paulina. Nos parecimos tan milagrosamente que en un libro sobre la final reunión de las almas en el alma del mundo, mi amiga escribió en el margen: Las nuestras ya se reunieron. “Nuestras” en aquel tiempo, significaba la de ella y la mía.

Para explicarme ese parecido argumenté que yo era un apresurado y remoto borrador de Paulina. Recuerdo que anoté en mi cuaderno: Todo poema es un borrador de la Poesía y en cada cosa hay una prefiguración de Dios. Pensé también: En lo que me parezca a Paulina estoy a salvo. Veía (y aún hoy veo) la identificación con Paulina como la mejor posibilidad de mi ser, como el refugio en donde me libraría de mis defectos naturales, de la torpeza, de la negligencia, de la vanidad.

La vida fue una dulce costumbre que nos llevó a esperar, como algo natural y cierto, nuestro futuro matrimonio. Los padres de Paulina, insensibles al prestigio literario prematuramente alcanzado, y perdido, por mí, prometieron dar el consentimiento cuando me doctorara. Muchas veces nosotros imaginábamos un ordenado porvenir, con tiempo suficiente para trabajar, para viajar y para querernos. Lo imaginábamos con tanta vividez que nos persuadíamos de que ya vivíamos juntos.

Hablar de nuestro casamiento no nos inducía a tratarnos como novios. Toda la infancia la pasamos juntos y seguía habiendo entre nosotros una pudorosa amistad de niños. No me atrevía a encarnar el papel de enamorado y a decirle, en tono solemne: Te quiero. Sin embargo, cómo la quería, con qué amor atónito y escrupuloso yo miraba su resplandeciente perfección .

A Paulina le agradaba que yo recibiera amigos. Preparaba todo, atendía a los invitados, y, secretamente, jugaba a ser dueña de casa. Confieso que esas reuniones no me alegraban. La que ofrecimos para que Julio Montero conociera a escritores no fue una excepción.

La víspera, Montero me había visitado por primera vez. Esgrimía, en la ocasión, un copioso manuscrito y el despótico derecho que la obra inédita confiere sobre el tiempo del prójimo. Un rato después de la visita yo había olvidado esa cara hirsuta y casi negra. En lo que se refiere al cuento que me leyó -Montero me había encarecido que le dijera con toda sinceridad si el impacto de su amargura resultaba demasiado fuerte-, acaso fuera notable porque revelaba un vago propósito de imitar a escritores positivamente diversos. La idea central era que si una determinada melodía surge de una relación entre el violín y los movimientos del violinista, de una determinada relación entre movimiento y materia surgía el alma de cada persona. El héroe del cuento fabricaba una máquina para producir almas (una suerte de bastidor, con maderas y piolines). Después el héroe moría. Velaban y enterraban el cadáver; pero él estaba secretamente vivo en el bastidor. Hacia el último párrafo, el bastidor aparecía, junto a un estereoscopio y un trípode con una piedra de galena, en el cuarto donde había muerto una señorita.

Cuando logré apartarlo de los problemas de su argumento, Montero manifestó una extraña ambición por conocer a escritores.

-Vuelva mañana por la tarde -le dije-. Le presentaré a algunos.

Se describió a sí mismo como un salvaje y aceptó la invitación. Quizá movido por el agrado de verlo partir, bajé con él hasta la puerta de calle. Cuando salimos del ascensor, Montero descubrió el jardín que hay en el patio. A veces, en la tenue luz de la tarde, viéndolo a través del portón de vidrio que lo separa del hall, ese diminuto jardín sugiere la misteriosa imagen de un bosque en el fondo de un lago. De noche, proyectores de luz lila y de luz anaranjada lo convierten en un horrible paraíso de caramelo. Montero lo vio de noche.

-Le seré franco-me dijo, resignándose a quitar los ojos del jardín-. De cuanto he visto en la casa esto es lo más interesante.

Al otro día Paulina llegó temprano; a las cinco de la tarde ya tenía todo listo para el recibo. Le mostré una estatuita china, de piedra verde, que yo había comprado esa mañana en un anticuario. Era un caballo salvaje, con las manos en el aire y la crin levantada. El vendedor me aseguró que simbolizaba la pasión.

Paulina puso el caballito en un estante de la biblioteca y exclamó: Es hermoso como la primera pasión de una vida. Cuando le dije que se lo regalaba, impulsivamente me echó los brazos al cuello y me besó.

Tomamos el té en el antecomedor. Le conté que me habían ofrecido una beca para estudiar dos años en Londres. De pronto creímos en un inmediato casamiento, en el viaje, en nuestra vida en Inglaterra (nos parecía tan inmediata como el casamiento). Consideramos pormenores de economía doméstica; las privaciones, casi dulces, a que nos someteríamos; la distribución de horas de estudio, de paseo, de reposo y, tal vez, de trabajo; lo que haría Paulina mientras yo asistiera a los cursos; la ropa y los libros que llevaríamos. Después de un rato de proyectos, admitimos que yo tendría que renunciar a la beca. Faltaba una semana para mis exámenes, pero ya era evidente que los padres de Paulina querían postergar nuestro casamiento.

Empezaron a llegar los invitados. Yo no me sentía feliz. Cuando conversaba con una persona, sólo pensaba en pretextos para dejarla. Proponer un tema que interesara al interlocutor me parecía imposible. Si quería recordar algo, no tenía memoria o la tenía demasiado lejos. Ansioso, fútil, abatido, pasaba de un grupo a otro, deseando que la gente se fuera, que nos quedáramos solos, que llegara el momento, ay, tan breve, de acompañar a Paulina hasta su casa.

Cerca de la ventana, mi novia hablaba con Montero. Cuando la miré, levantó los ojos e inclinó hacia mí su cara perfecta. Sentí que en la ternura de Paulina había un refugio inviolable, en donde estábamos solos. ¡Cómo anhelé decirle que la quería! Tomé la firme resolución de abandonar esa misma noche mi pueril y absurda vergüenza de hablarle de amor. Si ahora pudiera (suspiré comunicarle mi pensamiento. En su mirada palpitó una generosa, alegre y sorprendida gratitud.

Paulina me preguntó en qué poema un hombre se aleja tanto de una mujer que no la saluda cuando la encuentra en el cielo. Yo sabía que el poema era de Browning y vagamente recordaba los versos. Pasé el resto de la tarde buscándolos en la edición de Oxford. Si no me dejaban con Paulina, buscar algo para ella era preferible a conversar con otras personas, pero estaba singularmente ofuscado y me pregunté si la imposibilidad de encontrar el poema no entrañaba un presagio. Miré hacia la ventana. Luis Alberto Morgan, el pianista, debió de notar mi ansiedad, porque me dijo:

-Paulina está mostrando la casa a Montero.

Me encogí de hombros, oculté apenas el fastidio y simulé interesarme, de nuevo, en el libro de Browning. Oblicuamente vi a Morgan entrando en mi cuarto. Pensé: Va a llamarla. En seguida reapareció con Paulina y con Montero.

Por fin alguien se fue; después, con despreocupación y lentitud partieron otros. Llegó un momento en que sólo quedamos Paulina, yo y Montero. Entonces, como lo temí, exclamó Paulina:

-Es muy tarde. Me voy.

Montero intervino rápidamente:

-Si me permite, la acompañaré hasta su casa.

-Yo también te acompañaré -respondí.

Le hablé a Paulina, pero miré a Montero. Pretendí que los ojos le comunicaran mi desprecio y mi odio.

Al llegar abajo, advertí que Paulina no tenía el caballito chino. Le dije:

-Has olvidado mi regalo.

Subí al departamento y volví con la estatuita . Los encontré apoyados en el portón de vidrio, mirando el jardín. Tomé del brazo a Paulina y no permití que Montero se le acercara por el otro lado. En la conversación prescindí ostensiblemente de Montero.

No se ofendió. Cuando nos despedimos de Paulina, insistió en acompañarme hasta casa. En el trayecto habló de literatura, probablemente con sinceridad y con fervor. Me dije: Él es el literato; yo soy un hombre cansado, frívolamente preocupado con una mujer. Consideré la incongruencia que había entre su vigor físico y su debilidad literaria. Pensé: una caparazón lo protege; no le llega lo que siente el interlocutor. Miré con odio sus ojos despiertos, su bigote hirsuto, su pescuezo fornido.

Aquella semana casi no vi a Paulina. Estudié mucho. Después del último examen, la llamé por teléfono. Me felicitó con una insistencia que no parecía natural y dijo que al fin de la tarde iría a casa.

Dormí la siesta, me bañé lentamente y esperé a Paulina hojeando un libro sobre los Faustos de Müller y de Lessing.

Al verla, exclamé:

-Estás cambiada.

-Si -respondió-. ¡Cómo nos conocemos! No necesito hablar para que sepas lo que siento.

Nos miramos en los ojos, en un éxtasis de beatitud.

-Gracias -contesté.

Nada me conmovía tanto como la admisión, por parte de Paulina, de la entrañable conformidad de nuestras almas. Confiadamente me abandoné a ese halago. No sé cuándo me pregunté (incrédulamente) si las palabras de Paulina ocultarían otro sentido. Antes de que yo considerara esta posibilidad, Paulina emprendió una confusa explicación. Oí de pronto:

-Esa primera tarde ya estábamos perdidamente enamorados

Me pregunté quiénes estaban enamorados. Paulina continuó.

-Es muy celoso. No se opone a nuestra amistad, pero le juré que, por un tiempo, no te vería.

Yo esperaba, aún, la imposible aclaración que me tranquilizara. No sabía si Paulina hablaba en broma o en serio. No sabía qué expresión había en mi rostro. No sabía lo desgarradora que era mi congoja. Paulina agregó:

-Me voy. Julio está esperándome. No subió para no molestarnos.

-¿Quién? -pregunté.

En seguida temí -como si nada hubiera ocurrido- que Paulina descubriera que yo era un impostor y que nuestras almas no estaban tan juntas.

Paulina contestó con naturalidad:

-Julio Montero.

La respuesta no podía sorprenderme; sin embargo, en aquella tarde horrible, nada me conmovió tanto como esas dos palabras. Por primera vez me sentí lejos de Paulina. Casi con desprecio le pregunté:

-¿Van a casarse?

No recuerdo qué me contestó. Creo que me invitó a su casamiento.

Después me encontré solo. Todo era absurdo. No había una persona más incompatible con Paulina (y conmigo) que Montero. ¿O me equivocaba? Si Paulina quería a ese hombre, tal vez nunca se había parecido a mí. Una abjuración no me bastó; descubrí que muchas veces yo había entrevisto la espantosa verdad.

Estaba muy triste, pero no creo que sintiera celos. Me acosté en la cama, boca abajo. Al estirar una mano, encontré el libro que había leído un rato antes. Lo arrojé lejos de mí, con asco .

Salí a caminar. En una esquina miré una calesita. Me parecía imposible seguir viviendo esa tarde.

Durante años la recordé y como prefería los dolorosos momentos de la ruptura (porque los había pasado con Paulina) a la ulterior soledad, los recorría y los examinaba minuciosamente y volvía a vivirlos. En esta angustiada cavilación creía descubrir nuevas interpretaciones para los hechos. Así, por ejemplo, en la voz de Paulina declarándome el nombre de su amado, sorprendí una ternura que, al principio, me emocionó. Pensé que la muchacha me tenía lástima y me conmovió su bondad como antes me conmovía su amor. Luego, recapacitando, deduje que esa ternura no era para mí sino para el nombre pronunciado.

Acepté la beca, y, silenciosamente, me ocupé en los preparativos del viaje. Sin embargo, la noticia trascendió. En la última tarde me visitó Paulina.

Me sentía alejado de ella, pero cuando la vi me enamoré de nuevo. Sin que Paulina lo dijera, comprendí que su aparición era furtiva. La tomé de las manos, trémulo de agradecimiento. Paulina exclamó:

-Siempre te querré. De algún modo, siempre te querré más que a nadie.

Tal vez creyó que había cometido una traición. Sabía que yo no dudaba de su lealtad hacia Montero, pero como disgustada por haber pronunciado palabras que entrañaran -si no para mí, para un testigo imaginario- una intención desleal, agregó rápidamente:

-Es claro, lo que siento por ti no cuenta. Estoy enamorada de Julio.

Todo lo demás, dijo, no tenía importancia. El pasado era una región desierta en que ella había esperado a Montero. De nuestro amor, o amistad, no se acordó.

Después hablamos poco. Yo estaba muy resentido y fingí tener prisa. La acompañé en el ascensor. Al abrir la puerta retumbó, inmediata, la lluvia.

-Buscaré un taxímetro -dije.

Con una súbita emoción en la voz, Paulina me gritó:

-Adiós, querido.

Cruzó, corriendo, la calle y desapareció a lo lejos. Me volví, tristemente. Al levantar los ojos vi a un hombre agazapado en el jardín. El hombre se incorporó y apoyó las manos y la cara contra el portón de vidrio. Era Montero.

Rayos de luz lila y de luz anaranjada se cruzaban sobre un fondo verde, con boscajes oscuros. La cara de Montero, apretada contra el vidrio mojado, parecía blanquecina y deforme.

Pensé en acuarios, en peces en acuarios. Luego, con frívola amargura, me dije que la cara de Montero sugería otros monstruos: los peces deformados por la presión del agua, que habitan el fondo del mar.

Al otro día, a la mañana, me embarqué. Durante el viaje, casi no salí del camarote. Escribí y estudié mucho.

Quería olvidar a Paulina. En mis dos años de Inglaterra evité cuanto pudiera recordármela: desde los encuentros con argentinos hasta los pocos telegramas de Buenos Aires que publicaban los diarios. Es verdad que se me aparecía en el sueño, con una vividez tan persuasiva y tan real, que me pregunté si mi alma no contrarrestaba de noche las privaciones que yo le imponía en la vigilia. Eludí obstinadamente su recuerdo. Hacia el fin del primer año, logré excluirla de mis noches, y, casi, olvidarla.

La tarde que llegué de Europa volví a pensar en Paulina. Con aprehensión me dije que tal vez en casa los recuerdos fueran demasiado vivos. Cuando entré en mi cuarto sentí alguna emoción y me detuve respetuosamente, conmemorando el pasado y los extremos de alegría y de congoja que yo había conocido. Entonces tuve una revelación vergonzosa. No me conmovían secretos monumentos de nuestro amor, repentinamente manifestados en lo más íntimo de la memoria; me conmovía la enfática luz que entraba por la ventana, la luz de Buenos Aires.

A eso de las cuatro fui hasta la esquina y compré un kilo de café. En la panadería, el patrón me reconoció, me saludó con estruendosa cordialidad y me informó que desde hacia mucho tiempo -seis meses por lo menos- yo no lo honraba con mis compras. Después de estas amabilidades le pedí, tímido y resignado, medio kilo de pan. Me preguntó, como siempre:

-¿Tostado o blanco?

Le contesté, como siempre:

-Blanco.

Volví a casa. Era un día claro como un cristal y muy frío.

Mientras preparaba el café pensé en Paulina. Hacia el fin de la tarde solíamos tomar una taza de café negro.

Como en un sueño pasé de una afable y ecuánime indiferencia a la emoción, a la locura, que me produjo la aparición de Paulina. Al verla caí de rodillas, hundí la cara entre sus manos y lloré por primera vez todo el dolor de haberla perdido.

Su llegada ocurrió así: tres golpes resonaron en la puerta; me pregunté quién sería el intruso; pensé que por su culpa se enfriaría el café; abrí, distraídamente.

Luego -ignoro si el tiempo transcurrido fue muy largo o muy breve- Paulina me ordenó que la siguiera. Comprendí que ella estaba corrigiendo, con la persuasión de los hechos, los antiguos errores de nuestra conducta. Me parece (pero además de recaer en los mismos errores, soy infiel a esa tarde) que los corrigió con excesiva determinación . Cuando me pidió que la tomara de la mano (“¡La mano!”, me dijo. “¡Ahora!”) me abandoné a la dicha. Nos miramos en los ojos y, como dos ríos confluentes, nuestras almas también se unieron. Afuera, sobre el techo, contra las paredes, llovía. Interpreté esa lluvia -que era el mundo entero surgiendo, nuevamente- como una pánica expansión de nuestro amor.

La emoción no me impidió, sin embargo, descubrir que Montero había contaminado la conversación de Paulina. Por momentos, cuando ella hablaba, yo tenía la ingrata impresión de oír a mi rival. Reconocí la característica pesadez de las frases; reconocí las ingenuas y trabajosas tentativas de encontrar el término exacto; reconocí, todavía apuntando vergonzosamente, la inconfundible vulgaridad.

Con un esfuerzo pude sobreponerme. Miré el rostro, la sonrisa, los ojos. Ahí estaba Paulina, intrínseca y perfecta. Ahí no me la habían cambiado.

Entonces, mientras la contemplaba en la mercurial penumbra del espejo, rodeada por el marco de guirnaldas, de coronas y de ángeles negros, me pareció distinta. Fue como si descubriera otra versión de Paulina; como si la viera de un modo nuevo. Di gracias por la separación, que me había interrumpido el hábito de verla, pero que me la devolvía más hermosa.

Paulina dijo:

-Me voy. Julio me espera.

Advertí en su voz una extraña mezcla de menosprecio y de angustia, que me desconcertó. Pensé melancólicamente: Paulina, en otros tiempos, no hubiera traicionado a nadie. Cuando levanté la mirada, se había ido.

Tras un momento de vacilación la llamé. Volví a llamarla, bajé a la entrada, corrí por la calle. No la encontré. De vuelta, sentí frío. Me dije: “Ha refrescado. Fue un simple chaparrón”. La calle estaba seca.

Cuando llegué a casa vi que eran las nueve. No tenía ganas de salir a comer; la posibilidad de encontrarme con algún conocido, me acobardaba. Preparé un poco de café. Tomé dos o tres tazas y mordí la punta de un pan.

No sabía siquiera cuándo volveríamos a vernos. Quería hablar con Paulina. Quería pedirle que me aclarara unas dudas (unas dudas que me atormentaban y que ella aclararía sin dificultad). De pronto, mi ingratitud me asustó. El destino me deparaba toda la dicha y yo no estaba contento. Esa tarde era la culminación de nuestras vidas. Paulina lo había comprendido así. Yo mismo lo había comprendido. Por eso casi no hablamos. (Hablar, hacer preguntas hubiera sido, en cierto modo, diferenciarnos.)

Me parecía imposible tener que esperar hasta el día siguiente para ver a Paulina. Con premioso alivio determiné que iría esa misma noche a casa de Montero. Desistí muy pronto; sin hablar antes con Paulina, no podía visitarlos. Resolví buscar a un amigo -Luis Alberto Morgan me pareció el más indicado- y pedirle que me contara cuanto supiera de la vida de Paulina durante mi ausencia.

Luego pensé que lo mejor era acostarme y dormir. Descansado, vería todo con más comprensión. Por otra parte, no estaba dispuesto a que me hablaran frívolamente de Paulina. Al entrar en la cama tuve la impresión de entrar en un cepo (recordé, tal vez, noches de insomnio, en que uno se queda en la cama para no reconocer que está desvelado). Apagué la luz.

No cavilaría más sobre la conducta de Paulina. Sabía demasiado poco para comprender la situación. Ya que no podía hacer un vacío en la mente y dejar de pensar, me refugiaría en el recuerdo de esa tarde.

Seguiría queriendo el rostro de Paulina aun si encontraba en sus actos algo extraño y hostil que me alejaba de ella. El rostro era el de siempre, el puro y maravilloso que me había querido antes de la abominable aparición de Montero. Me dije: Hay una fidelidad en las caras, que las almas quizá no comparten.

¿O todo era un engaño? ¿Yo estaba enamorado de una ciega proyección de mis preferencias y repulsiones? ¿Nunca había conocido a Paulina?

Elegí una imagen de esa tarde -Paulina ante la oscura y tersa profundidad del espejo- y procuré evocarla. Cuando la entreví, tuve una revelación instantánea: dudaba porque me olvidaba de Paulina. Quise consagrarme a la contemplación de su imagen. La fantasía y la memoria son facultades caprichosas: evocaba el pelo despeinado, un pliegue del vestido, la vaga penumbra circundante, pero mi amada se desvanecía.

Muchas imágenes, animadas de inevitable energía, pasaban ante mis ojos cerrados. De pronto hice un descubrimiento. Como en el borde oscuro de un abismo, en un ángulo del espejo, a la derecha de Paulina, apareció el caballito de piedra verde.

La visión, cuando se produjo, no me extrañó; sólo después de unos minutos recordé que la estatuita no estaba en casa. Yo se la había regalado a Paulina hacía dos años.

Me dije que se trataba de una superposición de recuerdos anacrónicos (el más antiguo, del caballito; el más reciente, de Paulina). La cuestión quedaba dilucidada, yo estaba tranquilo y debía dormirme. Formulé entonces una reflexión vergonzosa y, a la luz de lo que averiguaría después, patética. “Si no me duermo pronto”, pensé, “mañana estaré demacrado y no le gustaré a Paulina”.

Al rato advertí que mi recuerdo de la estatuita en el espejo del dormitorio no era justificable. Nunca la puse en el dormitorio. En casa, la vi únicamente en el otro cuarto (en el estante o en manos de Paulina o en las mías).

Aterrado, quise mirar de nuevo esos recuerdos. El espejo reapareció, rodeado de ángeles y de guirnaldas de madera, con Paulina en el centro y el caballito a la derecha. Yo no estaba seguro de que reflejara la habitación. Tal vez la reflejaba, pero de un modo vago y sumario. En cambio el caballito se encabritaba nítidamente en el estante de la biblioteca. La biblioteca abarcaba todo el fondo y en la oscuridad lateral rondaba un nuevo personaje, que no reconocí en el primer momento. Luego, con escaso interés, noté que ese personaje era yo.

Vi el rostro de Paulina, lo vi entero (no por partes), como proyectado hasta mí por la extrema intensidad de su hermosura y de su tristeza. Desperté llorando.

No sé desde cuándo dormía. Sé que el sueño no fue inventivo. Continuó, insensiblemente, mis imaginaciones y reprodujo con fidelidad las escenas de la tarde.

Miré el reloj. Eran las cinco. Me levantaría temprano y, aun a riesgo de enojar a Paulina, iría a su casa. Esta resolución no mitigó mi angustia.

Me levanté a las siete y media, tomé un largo baño y me vestí despacio.

Ignoraba dónde vivía Paulina. El portero me prestó la guía de teléfonos y la Guía Verde. Ninguna registraba la dirección de Montero. Busqué el nombre de Paulina; tampoco figuraba. Comprobé, asimismo, que en la antigua casa de Montero vivía otra persona. Pensé preguntar la dirección a los padres de Paulina.

No los veía desde hacía mucho tiempo (cuando me enteré del amor de Paulina por Montero, interrumpí el trato con ellos). Ahora, para disculparme, tendría que historiar mis penas. Me faltó el ánimo.

Decidí hablar con Luis Alberto Morgan. Antes de las once no podía presentarme en su casa. Vagué por las calles, sin ver nada, o atendiendo con momentánea aplicación a la forma de una moldura en una pared o al sentido de una palabra oída al azar. Recuerdo que en la plaza Independencia una mujer, con los zapatos en una mano y un libro en la otra, se paseaba descalza por el pasto húmedo.

Morgan me recibió en la cama, abocado a un enorme tazón, que sostenía con ambas manos. Entreví un líquido blancuzco y, flotando, algún pedazo de pan.

-¿Dónde vive Montero? -le pregunté.

Ya había tomado toda la leche. Ahora sacaba del fondo de la taza los pedazos de pan.

-Montero está preso -contestó.

No pude ocultar mi asombro. Morgan continuó:

-¿Cómo? ¿Lo ignoras?

Imaginó, sin duda, que yo ignoraba solamente ese detalle, pero, por gusto de hablar, refirió todo lo ocurrido. Creí perder el conocimiento: caer en un repentino precipicio; ahí también llegaba la voz ceremoniosa, implacable y nítida, que relataba hechos incomprensibles con la monstruosa y persuasiva convicción de que eran familiares.

Morgan me comunicó lo siguiente: Sospechando que Paulina me visitaría, Montero se ocultó en el jardín de casa. La vio salir, la siguió; la interpeló en la calle. Cuando se juntaron curiosos, la subió a un automóvil de alquiler. Anduvieron toda la noche por la Costanera y por los lagos y, a la madrugada, en un hotel del Tigre, la mató de un balazo. Esto no había ocurrido la noche anterior a esa mañana; había ocurrido la noche anterior a mi viaje a Europa; había ocurrido hacía dos años.

En los momentos más terribles de la vida solemos caer en una suerte de irresponsabilidad protectora y en vez de pensar en lo que nos ocurre dirigimos la atención a trivialidades. En ese momento yo le pregunté a Morgan:

-¿Te acuerdas de la última reunión, en casa, antes de mi viaje?

Morgan se acordaba. Continué:

-Cuando notaste que yo estaba preocupado y fuiste a mi dormitorio a buscar a Paulina, ¿qué hacía Montero?

-Nada -contestó Morgan, con cierta vivacidad-. Nada. Sin embargo, ahora lo recuerdo: se miraba en el espejo.

Volvía a casa. Me crucé, en la entrada, con el portero. Afectando indiferencia, le pregunté:

-¿Sabe que murió la señorita Paulina?

-¿Cómo no voy a saberlo? -respondió-. Todos los diarios hablaron del asesinato y yo acabé declarando en la policía.

El hombre me miró inquisitivamente.

-¿Le ocurre algo? -dijo, acercándose mucho-. ¿Quiere que lo acompañe?

Le di las gracias y me escapé hacia arriba. Tengo un vago recuerdo de haber forcejeado con una llave; de haber recogido unas cartas, del otro lado de la puerta; de estar con los ojos cerrados, tendido boca abajo, en la cama.

Después me encontré frente al espejo, pensando: “Lo cierto es que Paulina me visitó anoche. Murió sabiendo que el matrimonio con Montero había sido un equivocación -una equivocación atroz- y que nosotros éramos la verdad. Volvió desde la muerte, para completar su destino, nuestro destino”. Recordé una frase que Paulina escribió, hace años, en un libro: Nuestras almas ya se reunieron. Seguí pensando: “Anoche, por fin. En el momento en que la tomé de la mano”. Luego me dije: “Soy indigno de ella: he dudado, he sentido celos. Para quererme vino desde la muerte”.

Paulina me había perdonado. Nunca nos habíamos querido tanto. Nunca estuvimos tan cerca.

Yo me debatía en esta embriaguez de amor, victoriosa y triste, cuando me pregunté -mejor dicho, cuando mi cerebro, llevado por el simple hábito de proponer alternativas, se preguntó- si no habría otra explicación para la visita de anoche. Entonces, como una fulminación, me alcanzó la verdad.

Quisiera descubrir ahora que me equivoco de nuevo. Por desgracia, como siempre ocurre cuando surge la verdad, mi horrible explicación aclara los hechos que parecían misteriosos. Éstos, por su parte, la confirman.

Nuestro pobre amor no arrancó de la tumba a Paulina. No hubo fantasma de Paulina. Yo abracé un monstruoso fantasma de los celos de mi rival.

La clave de lo ocurrido está oculta en la visita que me hizo Paulina en la víspera de mi viaje. Montero la siguió y la esperó en el jardín. La riñó toda la noche y, porque no creyó en sus explicaciones -¿cómo ese hombre entendería la pureza de Paulina?- la mató a la madrugada.

Lo imaginé en su cárcel, cavilando sobre esa visita, representándosela con la cruel obstinación de los celos.

La imagen que entró en casa, lo que después ocurrió allí, fue una proyección de la horrenda fantasía de Montero. No lo descubrí entonces, porque estaba tan conmovido y tan feliz, que sólo tenía voluntad para obedecer a Paulina. Sin embargo, los indicios no faltaron. Por ejemplo, la lluvia. Durante la visita de la verdadera Paulina -en la víspera de mi viaje- no oí la lluvia. Montero, que estaba en el jardín, la sintió directamente sobre su cuerpo. Al imaginarnos, creyó que la habíamos oído. Por eso anoche oí llover. Después me encontré con que la calle estaba seca.

Otro indicio es la estatuita. Un solo día la tuve en casa: el día del recibo. Para Montero quedó como un símbolo del lugar. Por eso apareció anoche.

No me reconocí en el espejo, porque Montero no me imaginó claramente. Tampoco imaginó con precisión el dormitorio. Ni siquiera conoció a Paulina. La imagen proyectada por Montero se condujo de un modo que no es propio de Paulina. Además, hablaba como él.

Urdir esta fantasía es el tormento de Montero. El mío es más real. Es la convicción de que Paulina no volvió porque estuviera desengañada de su amor. Es la convicción de que nunca fui su amor. Es la convicción de que Montero no ignoraba aspectos de su vida que sólo he conocido indirectamente. Es la convicción de que al tomarla de la mano -en el supuesto momento de la reunión de nuestras almas- obedecí a un ruego de Paulina que ella nunca me dirigió y que mi rival oyó muchas veces.

 
rhcastro,25.10.2018
Gracias. Me ha gustado mucho.



 
rhcastro,25.10.2018
Me falta leer el de Martilu mañana sin falta.

 
rhcastro,25.10.2018
El foro exige continuidad y ya pesa.
Acá les dejo el enlace para subir el siguiente texto a compartir:

Literatura :: Talleres/Rincón del Lector II


 
Martilu,25.10.2018

Piedras
como estrellas
Angélica gorodischer


que no existían las paredes, que el techo no
tenía sentido, eso descubrió siendo muy pero
muy chica.
–¿Qué le pasa a esta nena?
–Nada, ¿no ves que nada? Los bebés suelen
hacer así.
–¿Así cómo?
–Así, poner esas caras.
No supo. Ella no supo de qué se trataba, pero lo
sentía, y usted estará de acuerdo conmigo en que
sentir y saber son dos cosas muy distintas.
Creció con eso, eso que fue pronto un deleite.
Podía hacerlo y a veces bastaba con saber que podía.
Otras veces había que salir de ahí cuanto antes y
meterse, ir, partir, huir, zarpar, no sabía verbos, no
sabía cuál usar, no los conocía, sólo hacía lo que
había aprendido y a la par aprendía otras cosas. Salía,
simplemente salía cuando se le daba la gana.
Es preocupante eso de crecer y ella lo hizo a los
tirones pero nadie se dio cuenta de nada porque todas
crecemos a los tirones. Un día supo leer y escribir y
1
chau, con eso había completado su aprendizaje. Las
letras, ya se sabe, tienen sus secretos pero en cuanto
una puede decir quiero salir de este lugar, hay literalmente
años luz recorridos desde el bebé hasta ese
instante: quiero salir de este lugar, y ya no hay secretos.
Sólo que, ah, sí, sólo que las cosas no deben
dejarse a medio hacer (acá entre nosotras le aclaro
que madres y tías solían repetir eso con este dedito en
alto y caras de serás como nosotras un día, y cruz diablo
pensaba ella). Hay gente rara. Digo, entre toda la
población del mundo hay una buena dosis de gente
rara. Ella era no precisamente rara: no sabemos cuántas,
e incluso cuántos hay que están capacitados
quizá no para dirigir una empresa o para vender paco
o para presentar escritos ante el juez o para curar la
tuberculosis, pero sí para salir de ese lugar y que
nadie nunca sepa nada. Ella era distinta; eso, distinta.
Cuando lo puso en palabras no supo si alegrarse o
llorar. Puedo era para alegrarse pero soy única era
para llorar o por lo menos retorcerse por acá adentro
como si una cuchara le cambiara de lugar las tripas,
el corazón y los epiplones. Bueno, que se acostumbró
y empezó a gustarle.
Podía volar, vamos, digámoslo de una vez. Pero
cuidado, digámoslo tal como era, tal como ella lo
sentía, cuchara o no, llanto o tal vez sí. Podía flotar en
el espacio negro, podía salir al vacío silencioso del
universo y recorrer piedras como estrellas y estrellas
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como lagos y ver las naves de arena y oír el graznido
de los pájaros siderales. Podía y volver y nadie se
daba cuenta de modo que eso, además del placer y la
extrañeza, eso le enseñó algo sobre el tiempo: que el
tiempo es un invento maravilloso. Que en realidad no
existe pero que quien lo inventó era probablemente
como ella aunque también probablemente tenía más
pelo y se acostaba sobre el páramo a mirar hacia arriba
y pensaba si es que eso se podía, ya, llamar pensar,
que algo faltaba a su alrededor, algo que tenía
que horadar el espesor de lo que iba desde su barriga
hasta el helecho gigante más allá del agua, algo faltaba.
Y así, presumiblemente pero casi seguro, así se
inventó el tiempo. Ella, entonces, lo aprovechaba. Se
iba, que no existían las paredes, que los techos no
tenían sentido; se iba y al volver volvía en el mismo
instante pero en ese mismo instante pasaban varias
vidas bajo las palmas de sus manos.
–¿Qué le pasa a esta chica?
–Nada, está distraída, plena edad del pavo, qué
querés.
Supo, más tarde, que flotar en el espacio negro
del universo tampoco tenía sentido, que no servía
para nada y en eso era parecido a la orografía y la
hidrografía de Europa que les hacía estudiar la vieja
de geografía, pero que al mismo tiempo le enseñaba
cosas que tampoco tenían sentido y que eran como
alhajas en una vidriera a la que nunca iba a llegar.
3
Es que era precisamente eso: nunca llegaría. Y al año
siguiente (física, química y literatura española) se
dijo: Y qué.
No se trataba de llegar, óigame bien lo que le
digo: no se trataba de llegar. Tampoco de esa cosa
angustiosa de buscar a alguien que sea como yo, ay,
no quiero ser única. No. Se trataba de hacer lo que
sabía, de irse, de moverse en el mar seco que era el
aire; no, ni siquiera el aire. La nada. Tampoco,
caramba, qué difícil se le hacía encontrar los nombres
de las cosas. Tal vez no hubiera nombres. Tal
vez Adán, pobre tipo, dijo cosas alegremente vacías
y alguien se las creyó y, dicen, propuso construir la
torre de Babel. Bien hecho. Para qué nombres. Salía,
sabía. Y por lo tanto las civilizaciones precolombinas
importaban muy poco, casi nada.
De pronto, porque fue así, de pronto, de pronto
fue feliz. Dejó de importarle la sangre que se le
escapaba cada veintiocho días; dejaron de importarle
las prohibiciones, los libros, las medias de seda,
las amonestaciones y el futuro. Se dio cuenta de
algo maravilloso: puedo hacer lo que otros no hacen
y no necesito palabras para eso.
Sigamos diciéndolo lo más claramente posible: sólo
con desearlo podía salir al vasto universo y moverse
entre la música de los cometas, el grito de las supernovas,
el murmullo de los anillos y los satélites, el silencio
de los nacimientos de mundos, el rugido de las tor-
4
mentas de polvo, el abismo como un vientre, los pulmones
ahítos de espacio, los colores de lo negro, las
sinfonías de lo que aún no ha nacido.
Ah, sí, porque no hay silencio allá en lo que nos
rodea y nos solicita. Todo es voz y estruendo; todo
es allegro vivace y rock; todo es himno y nana; todo
es trueno y roce; todo es silbido y hervor; todo es
bullicio y zarabanda; todo es estrépito y maremoto.
Todo habla.
De día, de noche, cuando fuera, le era igual. Y no
es que el turbulento espacio del universo sea siempre
igual. Al contrario. Tal vez usted no me crea pero cambia
segundo a segundo, segmento de microsegundo a
segmento de microsegundo y ella se hamacaba en
eso, quedaba encerrada en una burbuja de medio
minuto de duración en la que respiraba colores y
hablaba con el fragor de los anillos de gas que rodean
a los reyes del espacio, y salía sólo con un movimiento,
apenas, de los talones, para zambullirse en el algo
innombrable que iba a llegar a las lentes gigantescas
algún día o al menos a eso que acá se llama día, otra
burbuja aunque más sólida y extranjera.
Y así vivió y yo le digo a usted que vivir se dice de
muchas maneras y que ella probó no todas y que algunas
le interesaron y la mayoría no. Se enamoró y dejó
de pensar en el espacio negro de allá afuera. Pero un
momento: cuando tuvo que decidir qué hacer con ese
hombre, ese hombre tan bello y tan dulce, se fue se
5
fue se fue y estuvo girando entre luces y rocosos alaridos
de lunas vertiginosas hasta que se dijo, esta vez
con seguridad y cierto orgullo, que sería a sus ojos, a
los de él, mucho más deseable cuando se enterara de
qué era capaz. ¿Y si lo llevara conmigo?, pensó.
De modo que se lo dijo y él se rió muchísimo. Le
encantaban, dijo, los sueños locos que ella tenía.
Dame la mano dijo ella y se lo llevó con ella no
puedo ni siquiera tratar de decirle hasta dónde; hasta
donde usted ni se imagina.
Al segundo siguiente, acá en este mundo, él le preguntó:
–Maravilloso. ¿Cómo lo hacés? Ya sé: me hipnotizaste.
Después de un segundo más ella supo que sabía,
otra vez; que había aprendido, otra vez; que a los tirones,
otra vez, había subido un escalón y había mirado
de veras a ese hombre tan bello, ese hombre tan
dulce. De modo que a pesar de la desilusión de las
tías, no se casó con él.
Hizo las paces con el espacio, con las piedras
como estrellas, con los techos sin sentido, con el
ulular del viento del sidéreo y vivió atenta y casi plácidamente,
los cinco sentidos puestos en donde
muchos no podrían siquiera empezar a comprender
un color, una voz, una luz.
Se casó con un abogado, encantador, sensato y
próspero con el que las tías estaban casi casi en un
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todo de acuerdo, y tuvieron cuatro hijos. Al primero
lo llevó al espacio a los pocos días de nacido. Estás
haciendo lo que nadie, sapito, le dijo casi como si
le cantara, estás tomándote la leche de las estrellas.
Y el muchachito chupaba goloso y la miel blanca
caía del pecho redondo como caen las luces a las
que se les pide en la noche tres deseos.
A la segunda no la llevó al espacio. Ni al tercero.
Pero a la cuarta sí. No voy a tener más chicos, le dijo,
así que vení conmigo. La muchachita gorda sonreía
en la cuna. Vamos, le dijo. Y flotaron un buen rato y
el tiempo que había inventado aquel peludo padre
perdido en los milenios perdidos, las envolvió hasta
que volvieron, más sabias, más felices, más abrazadas
la una a la otra como dos plantas entrelazadas en
una reja de oro.
Vivió muchos años. Viajó al espacio muchísimas
veces, desde su cocina, desde la terraza, desde una
fiesta aburrida, desde una clase, desde un transatlántico,
desde un cine, desde la calle y la plaza y el
supermercado y el auto.
Murió muy viejita, tranquila, con una sonrisa en
los labios. No, su sonrisa no quedó en el espacio
como la del gato de Cheshire, pero si usted se esfuerza
tal vez pueda ver la sombra de sus ojos, los de ella,
en la luz rasante de un rayo dorado en las tardes de
verano. Fíjese bien, pero no se deje ver, mire que es
tímida y se ausenta enseguida.
 



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