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Inicio / Cuenteros Locales / Virgileo Leetrigal O. (cortezos) - [U:cortezos] 

(A modo de autobiografía)

No es fácil hacerse una autobiografía y hasta no lo considero necesaria. Sin embargo, diré algo de lo que viví y aprendí durante mi existencia; tal vez tenga alguna utilidad.

Nací en uno de los más bellos parajes del distrito Sucre, en Celendín, cerca del límite con su vecino Oxamarca. Me crié, hasta mis primeros seis años de vida, en la jurisdicción del centro poblado Calconga; y mi memoria registra vivencias prístinas en sus hermosos y coloridos parajes. Mantengo recuerdos de la naturaleza casi virgen; de paisajes verdosos conformados por cerros, quebradas, peñascos, pampas, bosques, manantiales, humedales, ríos, etc. Guardo imágenes de varios campesinos estoicos y trabajadores dejando sus huellas en casas rústicas para viviendas, chacras de cultivos, caminos de herradura, etc.

Junto con mi amor infantil por la naturaleza serrana empezó mi admiración por los animales libres: venados, zorros, tejones, conejos, zorrillos, etc. Desde infante también aprendí a identificar algunas aves: zorzales, "paucullas" (gallinita de agua), huanchacos, turrichas, "turcas" (paloma torcaza), huicucos, huaychaos, "gargachas" (especie de carpintero andino) y otros pájaros de trinos melodiosos. Los llamo ‘animales libres’ debido a que no creo en la existencia de animales salvajes; y porque no creo que haya más salvajismo en una especie viviente, que la que existe en el hombre.

Las marcas en mi subconsciente y memoria son tan fuertes que a veces me sueño, por esos parajes paradisíacos, caminando y aspirando su aire puro. Hoy estoy convencido que, gracias a este ambiente sano, sobrevivieron muchas generaciones a las inclemencias del tiempo, limitaciones económicas y enfermedades que atacan la niñez. Cuentan que conmigo se ensañaron el sarampión y la varicela. Luego tuve una leve desnutrición; no por carencia alimentaria, pues mis padres fueron muy trabajadores; sino porque, a consecuencia de las primeras, había perdido el apetito.

Mis padres se casaron muy jóvenes; tuvieron que dedicarse a la agricultura, y a la crianza de algunos ganados y animales domésticos. Fue por las faenas agrícolas que tuve la oportunidad de acercarme a las vivencias de los campesinos, y a los relatos de familiares y amistades; algunos de ellos se empeñaban en controlar mi engreimiento e hiperactividad, atemorizándome con la actuación de personajes fantasmales y/o malignos.

Mi madre ubicaba algunos de sus ancestros de línea materna en algún caserío del distrito cajamarquino La Encañada; mi padre, solo ubicaba por aquí a su abuelo materno. Ambos tenían mayores consideraciones por sus familiares que vivían en Sucre y José Gálvez, dos cercanos distritos de la provincia de Celendín.

A los cinco años mi madre me llevó por un camino accidentado, pedregoso y sinuoso a conocer ‘el pueblo’; así llamaban los campesinos a la ciudad. A temprana edad tuve la oportunidad de transitar por las entonces calles empedradas de Sucre y ver algunos de sus pobladores vestidos de otra manera: con zapatos en vez de llanques, con casacas en vez de ponchos; y umallas, o sea sin sombreros. Era como haber entrado en un mundo extraño, un tanto indiferente e indolente con todos los que vinieran del campo; entonces imaginé que los pueblerinos no conocían las dificultades y los padecimientos que había visto afrontar a los campesinos; pensé que ellos lo tenían todo en sus casas pintadas de hasta dos pisos. Imaginé que eran muy felices y, que para serlo aún más, le habían cambiado el nombre a su pueblo, de Huauco a Sucre. Y así me surgió un sueño: vivir algún día en un pueblo andino y apacible como Sucre; y hoy, después de vivir en algunas de las grandes ciudades del Perú, debo confesar que aún mantengo aquel sueño.

Aún niño, recuerdo que mis padres decidieron migrar a la ciudad. “Hijos, nos vamos para que estudien en el pueblo; no queremos para ustedes esta vida de sufrimientos que llevamos nosotros…”, dijeron; y allí permanecimos hasta culminar la secundaria. Cuando los mayores culminamos los estudios de este nivel, tuvimos otras mudanzas, éstas hacia Cajamarca, Trujillo y Lima.

Logramos salir adelante, gracias al ímpetu, exigencias y laboriosidad de nuestros padres, y a la buena calidad de la enseñanza pública de antaño. Yo también tuve la oportunidad de seguir una carrera universitaria y me gradué en la U.N.C. Trabajé como docente, los primeros años en provincias de la región La Libertad y otras; y finalmente en una progresista provincia de Cajamarca.

Mis maestros me indujeron para acercarme a los libros; tanto los de la escuela primaria, como los del colegio secundario y los de la universidad. Lecturas y vivencias constituyen en mí una especie de combinación perturbadora, por calificarlo de modo benévolo; y es ésta de la que quiero liberarme de modo definitivo. Pero los expertos sostienen que esta pretensión mía puede ser imposible de lograr; porque este tipo de perturbación suele ser permanente y que solo es posible aplacarla escribiendo. He optado por creerles y someterme a la terapia.

Virgileo Leetrigal
virgileeo@gmail.com
Nov. 2009


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